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Edición 100

event 11 Octubre 2020
schedule 17 min.
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Daniel Osorio Posada Esta dirección de correo electrónico está protegida contra spambots. Necesita activar JavaScript para visualizarla.
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  • “Me senté a ver el río moverse”

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    El 29 de noviembre de 2011, durante un paseo escolar, un profesor y su hija cayeron a las aguas del río Cauca al desprenderse una sección en mal estado del Puente de Occidente. Sus cuerpos nunca aparecieron y hoy, nueve años más tarde, sigue en curso un proceso judicial que reclama una reparación directa por parte del Estado colombiano, responsable del mantenimiento del puente.

     

    Foto familiar

    Foto familiar

     

    “Cuando todo pasó, me senté a la orilla a ver el río moverse. Ninguno de los balseros podía navegar el río porque la corriente era demasiado fuerte y tenían miedo de que también los arrastrara. Lo último que pude ver de mi familia fue a mi esposo tratando de levantar a mi hija antes de que esa corriente se los llevara. Cuando se hizo de noche me dijeron que no había nada por hacer, me llevaron a un hotel en Santa Fe de Antioquia donde el párroco me consiguió una pieza y ahí, por el shock, mi memoria empezó a fallar”.

    María Luceny Restrepo vivió casi toda su vida en el campo. Nació en la vereda El Guadual, del corregimiento de Altamira, en Betulia, Antioquia, en un hogar humilde y trabajador de una tierra fértil para el café. Vivió una historia de amor en su juventud. Conoció a los 18 años a su vecino Elkin Castaño, quien llegó a la vereda después de prestar servicio militar en Puerto Berrío. Tenía la piel blanca, el pelo negro y una sonrisa que hacía la atrajo. Se enamoraron, se casaron y se fueron a vivir juntos. “Él estaba estudiando en la Normal Superior Sagrada Familia de Urrao para ser profesor y yo trabajaba la tierra. Sembrábamos café, plátano, yuca, cebolla y otras hortalizas. Trabajábamos mucho, pero vivíamos tranquilos y sin que nos faltara nada”, recuerda María.

    En enero de 2003 se dio cuenta de que estaba en embarazo. Fueron meses complicados, con riesgos de aborto. Elkin la acompañó y cuidó todo el tiempo. El 23 de septiembre de ese año, María entró en trabajo de parto en su pueblo, pero estaba tan delicada que la tuvieron que remitir a la Clínica Las Vegas en Medellín.

    Valeria nació por cesárea, creció curiosa, como su papá. Eran muy parecidos, desde sus ojos hasta en la forma de ser: siempre queriendo aprender, siempre leyendo. “Era un reflejo de él, alegre. Después de hacer tareas siempre leía. Todos los días pedía un cuento y otro cuento y otro cuento”.

    ***

    ‒Y en el hotel, ¿qué pasó?
    ‒Allá llegué gracias al párroco Luis Enrique Tobón que ha sido el que más me ha ayudado en todo esto. Cuando llegué, mi sobrino me dijo que debía tranquilizarme para que no me doparan porque estaba muy alterada. Yo trataba de calmarme pensando en la esperanza de poder ir a buscarlos al otro día. El desespero no me dejó dormir esa noche. Nada más lloraba.

    Al otro día llegué a mi casa y me di cuenta de que habíamos salido los tres y solo pude volver yo.

    ***
    Elkin, además de ser profesor de matemáticas, ciencias, inglés y educación física de la escuela rural El Tostado, era líder comunitario. Cuando se fue a terminar sus estudios para oficializar su trabajo como profesor, sus estudiantes lo seguían buscando. “Mi esposo era el encargado de las navidades, de los fondos para hacer los torneos de fútbol, de la Junta de Acción Comunal; él movía a toda la vereda y era la alegría de todos”.
    A finales de noviembre de 2011, Elkin y otros dos profesores del colegio planearon un viaje con las familias de la vereda al parque de Los Tamarindos en Santa Fe de Antioquia. La idea era celebrar, ese 29 de noviembre, el fin del año escolar y la llegada de diciembre.
    ***
    ‒¿Cómo fue ese día?
    ‒La escalera nos recogió temprano para pasar todo el día de sol en el parque. Éramos 70 personas. Nos metimos en las piscinas y comimos juntos. Después, le dijimos al conductor de la chiva que nos llevara al puente para que los niños lo pudieran conocer. Cuando estábamos cruzándolo yo me paré a esperar a la esposa de otro profesor y quedamos casi de últimas. Mi esposo cargó a mi hija para ayudarla a pasar. Ellos iban de primeros. Después solo escuché el chapuzón.

    ***
    El Puente de Occidente fue diseñado por el ingeniero José María Villa, quien también participó en la construcción del puente de Brooklyn en Nueva York. Villa diseñó el puente para comunicar a Santa Fe de Antioquia con Olaya sin tener que navegar el caudal del ancho río Cauca. En 1978, casi un siglo después de su construcción, la obra fue declarada Monumento Nacional. Desde entonces, la entidad responsable de su mantenimiento es el Ministerio de Cultura, pero esa entidad puede delegar este trabajo de conservación en el departamento o en los municipios de la jurisdicción.

    El día en el que murieron el esposo y la hija de María, el río Cauca estaba crecido. Durante esos meses las lluvias habían hecho que el caudal fuera un peligro para los pobladores de sus orillas, tanto que varias personas habían desaparecido y varios cuerpos fueron encontrados durante la búsqueda.

    Después de escuchar el sonido del golpe en el agua, María sintió que un tumulto corría en estampida, como si estuviera huyendo de algo. En ese momento los gritos llenaron el puente: “¡El profe, el profe!”. Ella se asomó y vio un pedazo de tabla quebrada y a su esposo tratando de salvar la vida de su hija, la cargó en sus hombros, pero la corriente los cubrió. Nunca los volvió a ver. Pese a la búsqueda que duró varios días, los cuerpos no aparecieron.

    Al día siguiente, la noticia de la muerte del profesor y su hija apareció en los periódicos y fue calificada como una tragedia anunciada. Algunos pobladores de la zona llevaban desde 2010 denunciando en los diarios locales el mal estado del sendero peatonal del puente y, unos meses después de la tragedia, un artículo de El Tiempo relató cómo algunos comerciantes de la zona recogieron dinero y cambiaron con sus propios recursos los tablones más cuarteados.

    En 2014, María abandonó su vida campesina en Betulia para irse a vivir a Niquía, en Bello, y estar atenta a la demanda de reparación directa que interpuso contra el Estado. En esos primeros años luego del accidente enfrentó no solo el duelo de perder a su familia, sino las dificultades económicas que le dejó una pensión de sobrevivencia mucho menor al salario que recibió antes de que su esposo fuera declarado con una figura que se denomina “muerte presunta por desaparecimiento”.

    Desde entonces ha trabajado en almacenes y tiendas para mantenerse cerca de Medellín mientras el proceso se resuelve. Fue gracias al mismo sacerdote que le consiguió una habitación de hotel el día de la muerte de su familia, que logró contactar a un abogado y emprender el pleito judicial.

    El 2 de agosto de 2019, después de seis años de que María interpusiera la demanda, el expediente llegó al despacho del juez Saúl Martínez Salas, en el Juzgado 26 Administrativo de Medellín. Allí sigue a la espera de una sentencia. El proceso se ha alargado como la mayoría de los casos de reparación directa que se realizan en Colombia ya que, en estos casos, las normas no estipulan un tiempo máximo para que se emita un fallo.

    La controversia radica en sobre quién recae la responsabilidad y esto es lo que, en parte, ha dilatado el caso de María. Aunque el departamento de Antioquia aparecía como el principal responsable del mantenimiento del puente al ser delegado para ese fin por el Ministerio de Cultura, siete meses antes del accidente, en abril de 2011, la Gobernación había celebrado un contrato con el municipio de Santa Fe de Antioquia con ese propósito. Durante el proceso ninguna de las entidades involucradas aceptó conciliar. Según el Banco Mundial, Colombia es la sexta justicia más lenta en el mundo. Pasan ministros, alcaldes, gobernadores y María sigue esperando el fallo de la justicia que declare la negligencia del Estado.

    María no recuerda con detalle lo que pasó los días después del accidente. Su memoria vuelve a fallar “quizá por el trauma”, dice ella. Pero sabe que se pasó el tiempo llorando y esperando una llamada de los rescatistas. Fueron varias las que recibió para informarle del rescate de algún cuerpo, pero ninguno de su esposo o su hija. Ahora vive en una casa pequeña en Castilla, en el noroccidente de Medellín, lejos de los cultivos entre los que creció y formó una familia. Trabaja junto a su hermana en un depósito de materiales y la llamada que espera es una que le anuncie algo de justicia.

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