Sonsón, entre las puertas del progreso y las de la tradición

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12 julio, 2026
Por: Isabella Navarrete Barrero | isabella.navarrete@udea.edu.co

Entre montañas y balcones de madera, un municipio ubicado a 115 kilómetros de Medellín se pregunta cada día por lo que es y lo que quiere ser; si parecerse cada vez más a un moderno polo turístico o seguir defendiendo su tradición. La resistencia por la permanencia de las personas sonsoneñas tiene dos caras: la de quienes quieren irse y volver y la de quienes quieren quedarse para cambiar desde adentro.

La fachada colonial de este edificio, en el parque principal, tiene “el balcón más lindo de Antioquia”. Foto: Isabella Navarrete.

Rechina, se escucha un crujido largo y sostenido. Se abre una puerta de madera color aguamarina, alta y desgastada por la exposición al sol. Como esa, hay muchas y llevan a balcones coloniales y coloridos desde donde se divisan los faroles al borde de la calle, una que otra chiva y los avisos de los negocios con la misma tipografía sobre un fondo café oscuro. Desde ahí arriba se ve el parque de Sonsón, Antioquia, aparentemente tranquilo y sorpresivamente quieto a pesar de las personas que transitan por ahí durante el día.

Sin embargo, detrás de esa puerta, esa quietud que parece suspender el tiempo no es tan simple. Hay un pueblo que busca conservar su memoria desde la permanencia en el territorio. Un pueblo que conserva sus historias de vida y trabaja para ser algo más que «la cuna de la colonización paisa» y el segundo con más museos en Antioquia.

Sonsón, en el Oriente antioqueño, tiene 35.750 habitantes distribuidos en un 48 % en la zona rural y un 52 % en la cabecera municipal, según proyecciones de Telencuestas y el Banco de Estadísticas de la Alcaldía de Sonsón. Esta ruralidad se despliega en un territorio que, como describe Yuliana Corrales, directora técnica de Cultura y Patrimonio, dependencia adscrita a la Secretaría de Educación, Cultura y Deporte, comprende 107 veredas y nueve corregimientos, algunos tan remotos que carecen de carreteras y solo son accesibles «a lomo de mula«. Sonsón es tan extenso que posee todos los pisos térmicos, desde la ribera del río más importante de Colombia, hasta el páramo.

Dentro de este mapa, Alejandro Galvis, coordinador de Juventud de la Secretaría de Inclusión Social y Familia, identifica una realidad poblacional específica: solo en los cuatro corregimientos del Magdalena Medio sonsoneño –San Miguel, La Danta, Jerusalén y La Linda– habitan aproximadamente 3400 jóvenes, quienes viven un marcado «choque cultural» respecto a la zona fría de la cabecera. Fernando Otálvaro Jiménez, coordinador de Emprendimiento en la Secretaría de Asistencia Rural y Medio Ambiente, señala que a pesar de que la vocación del municipio es agrícola en un 70 % o 75 %, este sector enfrenta una crisis de permanencia.

Natalia Zapata, cofundadora de la Asociación Ambiental y Social de Mujeres Rurales Amigas del Páramo, advierte que las personas jóvenes «ya no quieren ser campesinos«. Óscar Hurtado, gestor biocultural de la Casa de los Sueños, coincide en que se está perdiendo la identidad del campo: los jóvenes prefieren ser «empresarios del agro» o migrar ante la dura realidad de que trabajar la tierra solos es muy difícil.

Ante esta tendencia de expulsión hacia las ciudades, la dirección de Cultura y Patrimonio le apuesta a la permanencia atendiendo a más de 9000 niños y jóvenes al año en sus procesos, para que esa puerta que se abre para irse no sea la única opción de progreso.

Mirar distinto

A media cuadra del parque principal y subiendo por la calle del Rosario, en una casa con una puerta alta de madera verde oscura trabaja Daniela Cortés entre máquinas de expresos y chocolate. Esta joven sonsoneña vivió cinco meses en Alicante, España, con la intención de conocer otra cultura y abrirse paso en el mundo.

Daniela creció con el mandato que muchas familias conocen bien: «irse es progresar, quedarse es estancarse«. Pasó cinco meses en la ciudad española de Torrevieja. No obstante, al regresar, ella y su esposo enfrentaron el nuevo desafío de sostenerse económicamente. De allí nació Café Cacaua. Decidieron apostarle al chocolate con altos porcentajes de cacao y con rellenos de frutas deshidratadas cultivadas en la región. Querían recuperar algo: Sonsón fue cuna de lo que hoy es Nutresa, y ese origen industrial del chocolate estaba olvidado. El café llegó después, casi por impulso: un día tomaron la decisión y ese mismo día salieron a buscar el local que se inauguró el 23 de diciembre de 2023. Descubrieron entonces que Sonsón era un territorio demasiado cafetero como para ignorarlo y convirtieron el negocio en la vitrina exclusiva de algunos caficultores del municipio. Lo que empezó como una necesidad de supervivencia terminó siendo una apuesta por la identidad del territorio.

Para ella, volver fue «una victoria más grande» que triunfar afuera. Trajo herramientas del exterior y las puso a trabajar con lo local. Su conclusión: «El éxito no depende de la ubicación geográfica, sino del amor y la pasión que se le imprima al trabajo en el territorio«. Cree que los jóvenes que deciden permanecer están más conscientes de que pueden progresar y llevar sus empresas al mundo desde su propio municipio. Pero no todas las historias regresan. Daniela lo admite sin rodeos: «El ideal de nosotros irnos no era regresar«.

Por su parte, Yuliana Corrales recuerda que al terminar el colegio la mentalidad era una sola: irse a Medellín o a cualquier ciudad. Ella misma lo hizo durante cuatro años. Esto se ve reflejado en otros sectores productivos del municipio (como se relata en los artículos de las páginas siguientes). Por ejemplo, de los cinco guías habilitados para hacer recorridos en complejo de páramos de Sonsón, tres ya migraron, solo quedan dos que son tío y sobrino. En el sector higuero, las familias productoras pasaron de 546 en el año 2000 a 80 en el 2026. Según Donnovan Velásquez, secretario de Asistencia Rural y Medio Ambiente, esto está relacionado con que los jóvenes no quieren volver al campo y con el desplazamiento de muchos cultivos por el de aguacate, «por la rentabilidad y la dificultad para encontrar mano de obra».

José Fernando Botero, gestor cultural del Museo Casa de los Abuelos, lo define así: Sonsón tiene la fama de «sacar a sus hijos como exiliados«. Hasta Fernando, el coordinador de Emprendimiento, que trabaja para que los jóvenes se queden, les dice a sus colaboradores que hay que salir, que el mundo está afuera. El municipio parece saber que perder gente es parte de su historia. Lo que no está tan claro es cuánto puede seguir perdiendo.

Gilberto Bustamante en el Museo Bar Costumbrista La Jonda con la camisa que él mismo hizo con retazos y se pone para cada entrevista. Foto: Isabella Navarrete.

Una fotografía a blanco y negro

Entre las calles y las décadas de Sonsón han surgido otras formas de preservar la memoria y la historia: los museos. Mientras algunos se marchan y otros regresan, en estos espacios se conservan los objetos, las historias, las formas de vida y las versiones del municipio que se han transformado con cada nueva generación.

La entrada es otra puerta de madera desgastada, vieja, café y con tallados en sus bordes. Lleva a unas escaleras de piedra que terminan en un corredor desde donde se ven recuadros amarillentos al fondo. Son fotografías a blanco y negro, varias tan desgastadas que ya se borraron algunos rostros. Es el Museo Casa de los Abuelos, el primero del municipio. En su sala de homenaje a la fotografía aparecen personas del pueblo, la antigua Catedral de Granito, procesiones, Fiestas del Maíz, candidatos a la Alcaldía, celebraciones y cientos de registros como muestra de una historia que se aloja y permanece como un umbral hacia el pasado con todo lo que está cambiando.

Ahí está ese municipio que no termina de decidir si su futuro está en parecerse a otra cosa o en sostener, a su manera, lo que siempre ha sido. Los museos son las «máquinas del tiempo» de las que habla el gestor José Fernando Botero, pues permiten conocer la historia, las tradiciones y los estilos de vida que tenía y que mantiene el municipio. También son lugares para el encuentro con los ancestros, las emociones y con uno mismo, pues a veces, como dice Jorge Iván Echeverry, director del Hotel Museo El Tesoro, «los visitantes no vienen a los museos a escuchar historias, sino a contar sus propias historias a partir de los objetos que ven«.

Pero ¿qué pasa cuando nadie sabe ya cómo enhebrar una aguja, empedrar un patio o moler el maíz en un pilón? Botero contrató sabedores para transmitir esos oficios antes de que desaparezcan con los últimos que los conocen. Y en el Hotel Museo El Tesoro, su director ha rescatado la historia de Sonsón con los objetos que las familias botaron cuando, según Echeverry, «les dijeron que sacaran todo«, haciendo alusión a lo que ya no servía o estorbaba; y que ahora los mismos residentes reconocen con culpa al verlos exhibidos.

En el Museo del Maíz hay recetas de buñuelos y natilla que conservan la esencia y los secretos de los abuelos, porque las personas quieren aprenderlas para que no mueran con ellos. Para que los jóvenes entren a los museos, el municipio tuvo que crear una certificación obligatoria que les sirviera como «motivación». Y, aun así, uno de los momentos donde surgen más preguntas es en las obras de teatro, cuando se recrean los oficios de los abuelos y llega el «¿pero eso para qué era?», según José Manuel Ocampo, coordinador de la Red de Museos de Sonsón.

En el municipio hay 12 museos que buscan preservar la historia, la cultura y la esencia de la colonización antioqueña. El municipio, forjado en la tradición arriera, fue departamento por dos años, capital de provincia y centro de intercambio comercial. En el 2014 se creó la Red de Museos como una política pública para proteger el patrimonio y articular el trabajo de estos espacios.

Muchos de ellos no se pensaron en principio como museos, solo la gente comenzó a llevar cosas que se acumulaban y que en algún momento respondieron a una historia que faltaba por contarse de forma ordenada. Además, muchos se ubican en grandes casonas coloniales de tapia pisada que en sí mismas son museos de arquitectura. Ocampo explica que hay esfuerzos por medio de proyectos como Museo Vivo Escuela Activa, que buscan instaurar y asegurar la apropiación de la historia y el territorio por parte de las nuevas generaciones. Pretenden evitar que aspectos fundamentales de la cultura sonsoneña desaparezcan.

En el restaurante del Hotel Museo El Tesoro están los rincones de la abuela, el abuelo, los juguetes y, en la foto, de la religiosidad. Foto: Isabella Navarrete.

Sembrar diferencias

Unas cuadras abajo del parque principal y pasando una iglesia de aspecto gótico, hay otra puerta de madera, roja y con dos alas. Es la entrada al museo bar costumbrista La Jonda, un lugar abarrotado de objetos antiguos, corbatas, billetes, avisos y cuadros viejos que muestran un Sonsón que ya no existe.

Detrás del mostrador y casi cubierto por unas planchas y porta cigarrillos está Gilberto Bustamante, su propietario. Con camisa de colores y sombrero habla de su pueblo recordando momentos de su juventud, pero también lamentando la historia que se pierde con las nuevas generaciones, pues dice que los museos no son suficientes para que la gente conozca su pasado y se preocupe por conservar y transmitir las tradiciones del municipio.

En otro rincón de Sonsón, por un camino de trocha que requiere de las botas pantaneras, está la vereda Aures La Morelia. Hay gallinas y plantas de lechuga que acompañan a Óscar Hurtado, gestor biocultural y fundador del proyecto Comer Bonito.

Este proyecto es una iniciativa de consumo consciente del colectivo Casa de los Sueños, que nace como una respuesta ante la paradoja de vivir en el campo y no saber qué se está comiendo. Le apuestan a saber cómo se producen los alimentos. Desde el colectivo agroecológico y rodeado de monocultivos de aguacate Óscar ha decidido demostrar que se puede vivir de la tierra sin «echar una gota de veneno«.

También le preocupa otra cosa: que el campo se esté urbanizando por dentro, que la gente sienta pena de usar botas o de trabajar la tierra. Quedarse, para él, es negarse a eso. Porque si irse ha sido durante años la promesa de progreso, quedarse es una forma de resistir a los modelos de producción que desplazan saberes tradicionales y a la idea de que el futuro solo existe fuera del municipio. Para Óscar el asunto de la permanencia es político: «Permanecer en el territorio es un proceso de resistencia, una decisión compleja y una apuesta política«.

Comer Bonito demuestra que es posible quedarse sin hacerlo bajo las reglas que han empujado a otros a irse o a transformar el campo según lo que exige el mercado. Incluso cuando eso implique cargar con el estigma de ser «hippies marihuaneros«, como le han dicho a Óscar, por proponer una manera de habitar con la tierra sin degradarla.

Sala del Museo de Arte Religioso, uno de los que hace de Sonsón el segundo con más museos, después de Medellín. Foto: Isabella Navarrete.

Donde todo vuelve a ser

La puerta rechina otra vez. Entra un poco de luz al final de la tarde. Todavía se alcanzan a ver el parque y la silueta medio iluminada de la catedral.

Sonsón no se vacía de golpe, sino despacio, aunque en su zona rural el panorama es muy distinto. Según TerriData, entre 2005 y 2024, el campo perdió más de 3100 habitantes, con una población rural que cayó de 21.595 a 18.481 personas, mientras la cabecera los absorbía y crecía más, pues pasó de 15.470 a 20.039. El número total casi no se mueve, había 38.520 habitantes en 2024, y para el 2035 están proyectados 40.668. Pero adentro todo se redistribuye, se acomoda y se negocia.

Daniela volvió y puso el mundo de afuera a trabajar para lo propio, aunque hay muchos que no vuelven porque encontraron puertas mejores. Óscar se quedó y decidió que hacerlo también era una forma de ir a algún lado. Los museos guardan la nostalgia de lo que nadie sabe ya para qué era. Y la puerta, esa misma, la de madera, la que rechina en un crujido largo y sostenido, sigue siendo las dos cosas a la vez: la que se abre para salir y la que se deja con un poco de espacio para que algo pueda volver.

Quizás Sonsón no necesita una respuesta por la permanencia, la herencia o la incomodidad. Quizás no está debatiéndose entre quedarse o irse. Y quizás ya sabe que es las dos cosas, y que eso, aunque incómodo y con pisadas que no se deciden del todo, es exactamente lo que ha sido siempre: una puerta entreabierta.

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16 estudiantes de Periodismo de la Universidad de Antioquia recorrimos Sonsón para escuchar las voces que mantienen vivo el territorio. Entre el parque y las veredas, entre museos, montañas y niebla, descubrimos historias de quienes resisten al olvido de su esencia cultivando memoria, tradición y futuro. En cada puerta, sendero y conversación entendimos que en Sonsón la identidad se hereda y se camina.

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