Sonsón, entre las puertas del progreso y las de la tradición

Entre montañas y balcones de madera, un municipio ubicado a 115 kilómetros de Medellín se pregunta cada día por lo que es y lo que quiere ser; si parecerse cada vez más a un moderno polo turístico o seguir defendiendo su tradición. La resistencia por la permanencia de las personas sonsoneñas tiene dos caras: la de quienes quieren irse y volver y la de quienes quieren quedarse para cambiar desde adentro. La fachada colonial de este edificio, en el parque principal, tiene “el balcón más lindo de Antioquia”. Foto: Isabella Navarrete. Rechina, se escucha un crujido largo y sostenido. Se abre una puerta de madera color aguamarina, alta y desgastada por la exposición al sol. Como esa, hay muchas y llevan a balcones coloniales y coloridos desde donde se divisan los faroles al borde de la calle, una que otra chiva y los avisos de los negocios con la misma tipografía sobre un fondo café oscuro. Desde ahí arriba se ve el parque de Sonsón, Antioquia, aparentemente tranquilo y sorpresivamente quieto a pesar de las personas que transitan por ahí durante el día. Sin embargo, detrás de esa puerta, esa quietud que parece suspender el tiempo no es tan simple. Hay un pueblo que busca conservar su memoria desde la permanencia en el territorio. Un pueblo que conserva sus historias de vida y trabaja para ser algo más que «la cuna de la colonización paisa» y el segundo con más museos en Antioquia. Sonsón, en el Oriente antioqueño, tiene 35.750 habitantes distribuidos en un 48 % en la zona rural y un 52 % en la cabecera municipal, según proyecciones de Telencuestas y el Banco de Estadísticas de la Alcaldía de Sonsón. Esta ruralidad se despliega en un territorio que, como describe Yuliana Corrales, directora técnica de Cultura y Patrimonio, dependencia adscrita a la Secretaría de Educación, Cultura y Deporte, comprende 107 veredas y nueve corregimientos, algunos tan remotos que carecen de carreteras y solo son accesibles «a lomo de mula«. Sonsón es tan extenso que posee todos los pisos térmicos, desde la ribera del río más importante de Colombia, hasta el páramo. Dentro de este mapa, Alejandro Galvis, coordinador de Juventud de la Secretaría de Inclusión Social y Familia, identifica una realidad poblacional específica: solo en los cuatro corregimientos del Magdalena Medio sonsoneño –San Miguel, La Danta, Jerusalén y La Linda– habitan aproximadamente 3400 jóvenes, quienes viven un marcado «choque cultural» respecto a la zona fría de la cabecera. Fernando Otálvaro Jiménez, coordinador de Emprendimiento en la Secretaría de Asistencia Rural y Medio Ambiente, señala que a pesar de que la vocación del municipio es agrícola en un 70 % o 75 %, este sector enfrenta una crisis de permanencia. Natalia Zapata, cofundadora de la Asociación Ambiental y Social de Mujeres Rurales Amigas del Páramo, advierte que las personas jóvenes «ya no quieren ser campesinos«. Óscar Hurtado, gestor biocultural de la Casa de los Sueños, coincide en que se está perdiendo la identidad del campo: los jóvenes prefieren ser «empresarios del agro» o migrar ante la dura realidad de que trabajar la tierra solos es muy difícil. Ante esta tendencia de expulsión hacia las ciudades, la dirección de Cultura y Patrimonio le apuesta a la permanencia atendiendo a más de 9000 niños y jóvenes al año en sus procesos, para que esa puerta que se abre para irse no sea la única opción de progreso. Mirar distinto A media cuadra del parque principal y subiendo por la calle del Rosario, en una casa con una puerta alta de madera verde oscura trabaja Daniela Cortés entre máquinas de expresos y chocolate. Esta joven sonsoneña vivió cinco meses en Alicante, España, con la intención de conocer otra cultura y abrirse paso en el mundo. Daniela creció con el mandato que muchas familias conocen bien: «irse es progresar, quedarse es estancarse«. Pasó cinco meses en la ciudad española de Torrevieja. No obstante, al regresar, ella y su esposo enfrentaron el nuevo desafío de sostenerse económicamente. De allí nació Café Cacaua. Decidieron apostarle al chocolate con altos porcentajes de cacao y con rellenos de frutas deshidratadas cultivadas en la región. Querían recuperar algo: Sonsón fue cuna de lo que hoy es Nutresa, y ese origen industrial del chocolate estaba olvidado. El café llegó después, casi por impulso: un día tomaron la decisión y ese mismo día salieron a buscar el local que se inauguró el 23 de diciembre de 2023. Descubrieron entonces que Sonsón era un territorio demasiado cafetero como para ignorarlo y convirtieron el negocio en la vitrina exclusiva de algunos caficultores del municipio. Lo que empezó como una necesidad de supervivencia terminó siendo una apuesta por la identidad del territorio. Para ella, volver fue «una victoria más grande» que triunfar afuera. Trajo herramientas del exterior y las puso a trabajar con lo local. Su conclusión: «El éxito no depende de la ubicación geográfica, sino del amor y la pasión que se le imprima al trabajo en el territorio«. Cree que los jóvenes que deciden permanecer están más conscientes de que pueden progresar y llevar sus empresas al mundo desde su propio municipio. Pero no todas las historias regresan. Daniela lo admite sin rodeos: «El ideal de nosotros irnos no era regresar«. Por su parte, Yuliana Corrales recuerda que al terminar el colegio la mentalidad era una sola: irse a Medellín o a cualquier ciudad. Ella misma lo hizo durante cuatro años. Esto se ve reflejado en otros sectores productivos del municipio (como se relata en los artículos de las páginas siguientes). Por ejemplo, de los cinco guías habilitados para hacer recorridos en complejo de páramos de Sonsón, tres ya migraron, solo quedan dos que son tío y sobrino. En el sector higuero, las familias productoras pasaron de 546 en el año 2000 a 80 en el 2026. Según Donnovan Velásquez, secretario de Asistencia Rural y Medio Ambiente, esto está relacionado con que los jóvenes no quieren volver al campo y con el desplazamiento de muchos cultivos por el de aguacate,
Las cuerdas que entrelazan las historias de Marinilla

Un instrumento en las manos adecuadas puede ser la excusa perfecta para que las personas se reúnan. La música tiene el poder de crear conexiones entre conocidos y desconocidos, como pasa con estos creadores, reparadores e intérpretes de instrumentos de cuerda que mantienen viva en Marinilla una tradición de casi dos siglos. En las calles de Marinilla se pueden cruzar historias como la de don Luis, el dueño de un taller donde se hacen guitarras; don Jairo, el doctor que las repara y embellece; Argemiro, el mariachi que toca su guitarrón en las esquinas y Ariel, el músico callejero que hace resonar su guitarra por las calles marinillas. Los une una tradición de cuerdas de varias décadas. Cuatro generaciones En el barrio La Dalia, en Marinilla, hay un lutier que repara, restaura y ajusta instrumentos de cuerda. Su taller se distingue fácil gracias a un cartel muy grande con su nombre: Ensueño. Luis Alfonso Arbeláez es el lutier y propietario, en su mirada amable se forman líneas de expresión cuando les sonríe a las personas que entran a su local. Todas las mañanas, a las ocho, en la puerta de vidrio del local voltea el cartel que indica que está abierto y queda listo para atender a los clientes que llegan de todas partes del mundo, atraídos por la fama de sus instrumentos. Luis Alfonso es el heredero de una tradición que llegó a su familia casi por azar. Las fórmulas que usa Luis Arbeláez para calcular cuánto debe medir cada parte de la guitarra han pasado de generación en generación. Foto: Miguel Becoche Quintero. Para la familia Arbeláez el oficio de hacer y reparar guitarras empezó hace unos 165 años, probablemente un poco más, entre recortes de madera y herramientas de ebanistería. Don Luis cuenta que en San Vicente Ferrer, de donde viene su apellido, su bisabuelo Isaac Arbeláez y la madre de este atendían a unos españoles que llegaron al pueblo para construir los muebles de la iglesia. Isaac era apenas un niño, pero les llevaba el almuerzo a los extranjeros y, quizás por la curiosidad que se le atribuye a la infancia, se entretuvo con ellos, quienes se encariñaron y le enseñaron un poco de carpintería. Los españoles utilizaban sus ratos de ocio para fabricar guitarras con la madera de la construcción. La forma como Isaac aprendió a hacerlas sigue viva hasta hoy: don Luis fabrica sus instrumentos de cuerda con las mismas medidas y fórmulas matemáticas que usaba su bisabuelo, por ejemplo, para calcular las distancias entre los trastes en el diapasón. Isaac creció y sus conocimientos de carpintería le permitieron crear una empresa de muebles de madera grandes, pesados y duraderos. Con el dinero que obtuvo se compró una finca en la que vivió con su esposa y sus 14 hijos, a quienes les enseñó el oficio de la ebanistería y, como pasatiempo, la construcción de guitarras. Solo uno llamado Lázaro se dedicaría luego de lleno a crear los instrumentos. El abuelo Lázaro fue uno de los fundadores de La Dalia cuando migró de San Vicente a Marinilla. Igual que Isaac, Lázaro se dedicó primero a la ebanistería, luego a las guitarras y también heredó la tradición a sus 14 hijos. Su casa era gigante, como muchas de las casas antiguas. Al lado del patio central, en un patio más pequeño, creó su taller de instrumentos de cuerda. En una foto que tiene Luis sobre una pared en Ensueño se ve a su abuelo Lázaro rodeado de retazos de madera en ese taller de la casa gigante que ya no existe. Allí, Lázaro y tres de sus hijos se dispusieron a crear tiples, guitarras, bandolas, violines e incluso pianos. Los instrumentos se hicieron famosos en el país por su afinación, cuenta Luis. Hasta allí iban personas para conseguir sus guitarras, pero sobre todo los tiples y las bandolas que, según él, son muy usados por los campesinos. El doctor de las guitarras A una cuadra del parque principal de Marinilla un pequeño bar llamado Las Guitarritas tiene carteles peculiares escritos a mano: “Se compran guitarras vueltas mierrda” o “Prohibido fumar aquí. Menos gueler. Respute. No sea hijuepete”. Entre semana Las Guitarritas tiene una calma inusual porque funciona como taller: no se reproduce música a alto volumen ni se vende alcohol sino hasta el fin de semana. Allí se encuentra don Jairo Pulgarín, un doctor de las guitarras que, al mejor estilo de Víctor Frankenstein, puede hacer una nueva a partir de retazos de otras. De miércoles a viernes, don Jairo se dedica a reparar las guitarras “vueltas mierrda”. Sábados y domingos, a vender cerveza. Jairo repara guitarras “vueltas mierrda” y las vende como si fueran apenas de segunda mano. Aquí, en su bar-taller decorado por él mismo. Foto: Miguel Becoche Quintero. Los carteles y el negocio de reparar las guitarras empezaron como un chiste, dice don Jairo, “porque las guitarras vueltas mierda nadie las compra, solo las botan. Y aunque estén vueltas mierda siempre tienen algo que sirve”. Él las negocia por un precio bajo para recuperarlas por completo o rescatar algunas de sus partes, que guarda para reparar otras. La madera fina, el hueso y las partes del cuerpo son lo que más busca al comprarlas. En la entrada del bar, un mostrador atravesado casi interrumpe el paso, pero estando adentro cualquier persona se encuentra un aura de tranquilidad que armoniza con las guitarras que reposan en ese mostrador. En las paredes hay un afiche grande de Marilyn Monroe; a la derecha, un reloj viejo y, debajo de este, una foto del Sagrado Corazón de Jesús; más a la derecha, el cartel que prohíbe “gueler” y, después, la imagen de una Virgen que él mismo intervino con joyas brillantes y que llamó “La Virgen de las alajas”, según se lee en su marco. Sus visitantes le preguntan si la Virgen de Las Lajas no es la de Ipiales, Nariño, a lo que él responde, sarcástico: “esta no es esa Virgen, sino la Virgen de las alhajas”. Todo el