Sonsón, entre las puertas del progreso y las de la tradición

Entre montañas y balcones de madera, un municipio ubicado a 115 kilómetros de Medellín se pregunta cada día por lo que es y lo que quiere ser; si parecerse cada vez más a un moderno polo turístico o seguir defendiendo su tradición. La resistencia por la permanencia de las personas sonsoneñas tiene dos caras: la de quienes quieren irse y volver y la de quienes quieren quedarse para cambiar desde adentro. La fachada colonial de este edificio, en el parque principal, tiene “el balcón más lindo de Antioquia”. Foto: Isabella Navarrete. Rechina, se escucha un crujido largo y sostenido. Se abre una puerta de madera color aguamarina, alta y desgastada por la exposición al sol. Como esa, hay muchas y llevan a balcones coloniales y coloridos desde donde se divisan los faroles al borde de la calle, una que otra chiva y los avisos de los negocios con la misma tipografía sobre un fondo café oscuro. Desde ahí arriba se ve el parque de Sonsón, Antioquia, aparentemente tranquilo y sorpresivamente quieto a pesar de las personas que transitan por ahí durante el día. Sin embargo, detrás de esa puerta, esa quietud que parece suspender el tiempo no es tan simple. Hay un pueblo que busca conservar su memoria desde la permanencia en el territorio. Un pueblo que conserva sus historias de vida y trabaja para ser algo más que «la cuna de la colonización paisa» y el segundo con más museos en Antioquia. Sonsón, en el Oriente antioqueño, tiene 35.750 habitantes distribuidos en un 48 % en la zona rural y un 52 % en la cabecera municipal, según proyecciones de Telencuestas y el Banco de Estadísticas de la Alcaldía de Sonsón. Esta ruralidad se despliega en un territorio que, como describe Yuliana Corrales, directora técnica de Cultura y Patrimonio, dependencia adscrita a la Secretaría de Educación, Cultura y Deporte, comprende 107 veredas y nueve corregimientos, algunos tan remotos que carecen de carreteras y solo son accesibles «a lomo de mula«. Sonsón es tan extenso que posee todos los pisos térmicos, desde la ribera del río más importante de Colombia, hasta el páramo. Dentro de este mapa, Alejandro Galvis, coordinador de Juventud de la Secretaría de Inclusión Social y Familia, identifica una realidad poblacional específica: solo en los cuatro corregimientos del Magdalena Medio sonsoneño –San Miguel, La Danta, Jerusalén y La Linda– habitan aproximadamente 3400 jóvenes, quienes viven un marcado «choque cultural» respecto a la zona fría de la cabecera. Fernando Otálvaro Jiménez, coordinador de Emprendimiento en la Secretaría de Asistencia Rural y Medio Ambiente, señala que a pesar de que la vocación del municipio es agrícola en un 70 % o 75 %, este sector enfrenta una crisis de permanencia. Natalia Zapata, cofundadora de la Asociación Ambiental y Social de Mujeres Rurales Amigas del Páramo, advierte que las personas jóvenes «ya no quieren ser campesinos«. Óscar Hurtado, gestor biocultural de la Casa de los Sueños, coincide en que se está perdiendo la identidad del campo: los jóvenes prefieren ser «empresarios del agro» o migrar ante la dura realidad de que trabajar la tierra solos es muy difícil. Ante esta tendencia de expulsión hacia las ciudades, la dirección de Cultura y Patrimonio le apuesta a la permanencia atendiendo a más de 9000 niños y jóvenes al año en sus procesos, para que esa puerta que se abre para irse no sea la única opción de progreso. Mirar distinto A media cuadra del parque principal y subiendo por la calle del Rosario, en una casa con una puerta alta de madera verde oscura trabaja Daniela Cortés entre máquinas de expresos y chocolate. Esta joven sonsoneña vivió cinco meses en Alicante, España, con la intención de conocer otra cultura y abrirse paso en el mundo. Daniela creció con el mandato que muchas familias conocen bien: «irse es progresar, quedarse es estancarse«. Pasó cinco meses en la ciudad española de Torrevieja. No obstante, al regresar, ella y su esposo enfrentaron el nuevo desafío de sostenerse económicamente. De allí nació Café Cacaua. Decidieron apostarle al chocolate con altos porcentajes de cacao y con rellenos de frutas deshidratadas cultivadas en la región. Querían recuperar algo: Sonsón fue cuna de lo que hoy es Nutresa, y ese origen industrial del chocolate estaba olvidado. El café llegó después, casi por impulso: un día tomaron la decisión y ese mismo día salieron a buscar el local que se inauguró el 23 de diciembre de 2023. Descubrieron entonces que Sonsón era un territorio demasiado cafetero como para ignorarlo y convirtieron el negocio en la vitrina exclusiva de algunos caficultores del municipio. Lo que empezó como una necesidad de supervivencia terminó siendo una apuesta por la identidad del territorio. Para ella, volver fue «una victoria más grande» que triunfar afuera. Trajo herramientas del exterior y las puso a trabajar con lo local. Su conclusión: «El éxito no depende de la ubicación geográfica, sino del amor y la pasión que se le imprima al trabajo en el territorio«. Cree que los jóvenes que deciden permanecer están más conscientes de que pueden progresar y llevar sus empresas al mundo desde su propio municipio. Pero no todas las historias regresan. Daniela lo admite sin rodeos: «El ideal de nosotros irnos no era regresar«. Por su parte, Yuliana Corrales recuerda que al terminar el colegio la mentalidad era una sola: irse a Medellín o a cualquier ciudad. Ella misma lo hizo durante cuatro años. Esto se ve reflejado en otros sectores productivos del municipio (como se relata en los artículos de las páginas siguientes). Por ejemplo, de los cinco guías habilitados para hacer recorridos en complejo de páramos de Sonsón, tres ya migraron, solo quedan dos que son tío y sobrino. En el sector higuero, las familias productoras pasaron de 546 en el año 2000 a 80 en el 2026. Según Donnovan Velásquez, secretario de Asistencia Rural y Medio Ambiente, esto está relacionado con que los jóvenes no quieren volver al campo y con el desplazamiento de muchos cultivos por el de aguacate,
Granizal: la tierra que guardó sus nombres

Un año después, la comunidad tiene una cita con la memoria. Este 24 de junio, los habitantes de Granizal se encontrarán en Altos de Oriente II, donde comenzó el deslizamiento del 2025, para recordar a quienes ya no están y reconocerse en una historia atravesada por la pérdida, el duelo y la permanencia. «Aquí florece la memoria de quienes ya no están». Esta frase hace parte del mural pintado en el Colegio Universidad Virtual de Colombia, en Granizal. Está escrita cerca de un sol amarillo, desde el que caminos de colores se abren hacia los costados como raíces. Por esos senderos de arcoiris brotan flores y entre ellas emergen los rostros de las hermanas Agudelo Londoño: María Fernanda, de 9 años, y María Alejandra, de 8. Enmarcadas por halos difuminados en tonos azules y violetas, las niñas parecen custodiar los nombres que, escritos sobre una franja azul oscuro, se asemejan a pequeñas constelaciones. Las hermanas Agudelo y las 17 personas cuyos nombres aparecen sobre la franja azul murieron el martes 24 de junio de 2025. Durante la madrugada, una masa de tierra se desprendió desde la parte alta de la montaña en Granizal, una vereda del nororiente del Valle de Aburrá que pertenece a Bello, pero cuya vida transcurre al otro lado de la frontera administrativa, en Medellín. Mientras la comunidad dormía, la ladera se vino sobre las viviendas. Habitantes de Granizal pintan un mural en el colegio de Altos de Oriente I, que durante el desastre funcionó como un albergue comunitario no reconocido oficialmente. La obra fue realizada el 12 de julio de 2025, en memoria de las víctimas del deslizamiento. Foto: Sofía Quintero. La semana apenas comenzaba, después del puente festivo de Corpus Christi marcado por los aguaceros. Según un estudio de World Weather Attribution (WWA), elaborado a partir de registros del Sistema de Alerta Temprana de Medellín y el Valle de Aburrá (SIATA), entre el 23 y el 24 de junio cayeron cerca de cuatro quintas partes de lo que normalmente llueve durante todo un mes de junio en la región. La documentación de la emergencia elaborada por el reporte de la Secretaría de Gestión del Riesgo y Atención de Desastres de Bello (SGRD) sitúa el movimiento en masa a las 3:25 de la madrugada. La comunidad, en cambio, recuerda que todo comenzó con un primer derrumbe cerca de las tres de la mañana en la parte más alta de Altos de Oriente II. Veinte minutos después, un segundo alud descendió por la misma pendiente hasta alcanzar las viviendas de Altos de Oriente I. Según la descripción de la situación elaborada por la SGRD, a partir de ese punto el aluvión encontró el cauce de la quebrada Cañada Negra, que bordea el sector de Manantiales, y formó un torrente al continuar su descenso. Para 2019, Granizal albergaba alrededor de 22 mil personas, según la Alerta Temprana 036 de la Defensoría del Pueblo. Hoy líderes sociales estiman una población cercana a los 30 mil habitantes distribuidos en sectores como El Pinar, Oasis de Paz, Regalo de Dios, Altos de Oriente I y II, El Siete y Manantiales. Foto: Sofía Quintero. Desde la mañana del 12 de julio siguiente, habitantes de Granizal y voluntarios del Colegio San Ignacio de Medellín y de la Fundación Semillas Zoé comenzaron a pintar. Discutieron dónde ubicar el sol, los caminos, el arcoiris y los nombres de las víctimas, recordaron con especial cariño a las dos niñas. Para entonces, la emergencia ya había sido cerrada oficialmente. La Secretaría de Gestión del Riesgo de Bello había cerrado su intervención el 7 de julio, catorce días después del deslizamiento. El informe oficial confirmó que 27 personas murieron y 134 familias resultaron damnificadas. En suma, 456 personas afectadas. La Defensoría del Pueblo ha señalado a Granizal como la segunda comunidad de población desplazada más grande del país y la más grande del Valle de Aburrá. El territorio se ha desarrollado al margen de la planeación urbana formal, con limitaciones en el acceso a servicios básicos, infraestructura y vivienda, en un entorno que combina características rurales y urbanas. Foto: Sofía Quintero. Mientras unos pintaban, otros sembraban una corona de margaritas amarillas sobre la tierra húmeda. Hacia el mediodía, el comienzo de la misa pausó las tareas. Brochas, recipientes de pintura y bocetos quedaron apoyados junto al muro. Varios caminaron entonces hacia la parroquia Beato Jesús Emilio, la iglesia amarilla ubicada frente al colegio. La jornada se extendió hasta la tarde. Un voluntario continuaba dibujando los rostros de las hermanas guiándose por una fotografía en su celular. Decenas de niños y niñas, reunidos en la cancha de fútbol, soltaron globos blancos para recordar a las víctimas de la tragedia. A pocos metros, una mujer vestida de blanco y un hombre de traje vinotinto, acompañados por un pequeño grupo de personas, se dirigían a una caseta; estaba por comenzar su ceremonia de matrimonio. Aunque Granizal pertenece administrativamente a Bello, su vida cotidiana está profundamente conectada con Medellín. Ubicado entre la Comuna 1 (Popular) y la zona rural de Copacabana, es un territorio limítrofe donde el abandono se vuelve parte del paisaje cotidiano. Foto: Sofía Quintero. «Cuando pasó el eco de la tierra, se sintió solo el silencio» En la casa de José Balmore Herrera, de 75 años, en el sector de Calle Larga y a unos 15 metros de la quebrada, el agua empezó a entrar desde antes de la medianoche. No era una filtración nueva, pero sí más insistente que otras veces. Balmore la sacaba con una escoba, una y otra vez, empujándola hacia la puerta mientras la lluvia caía sin parar y la quebrada seguía creciendo. En la vivienda estaban su esposa, Blanca Nelly Morales, de 70 años; su hija, Diana Marcela, de 45; y su nieta, Giselle Natasha, de 14. Horas antes, algo ya se había salido de lo habitual. «Pecas, la perra, no quiso dormir donde siempre. Su lugar era debajo del lavadero, donde pasaba todas las noches, pero esa vez no hubo forma de hacerla quedarse«, dijo Diana. Intentó acomodarla varias veces.
Así opera la red de ataques contra los periodistas que critican a Abelardo de la Espriella

La Fundación para la Libertad de Prensa (FLIP) lo había advertido en distintos momentos: Abelardo de la Espriella ha mantenido durante más de una década un patrón reiterado de acciones judiciales contra periodistas. Entre 2008 y 2019, la Fiscalía registró 109 casos en los que el hoy candidato denunció a reporteros por injuria y calumnia. La mayoría de los casos terminaron archivados, desistidos o sin prosperar. Para la FLIP, ese uso expansivo de mecanismos legales podía configurar prácticas de acoso judicial, cuyo efecto no se mide en sentencias sino en desgaste, costos y autocensura. Ahora que Abelardo de la Espriella es candidato a la presidencia de Colombia, su viejo conflicto con la prensa se ha ampliado al mundo digital. Un análisis realizado por la Liga contra el Silencio en X muestra que, tras artículos periodísticos, se activa una conversación en la que participan cuentas del entorno del candidato y perfiles afines que publican y amplifican ataques contra periodistas. Entre los tuiteros se encuentran diversas cuentas con diferentes tipos de relaciones con la campaña. Encontramos desde personas relacionadas directamente con su campaña, incluyendo la del abogado de esta, Germán Calderón España, hasta influenciadores que lo han acompañado en sus giras por el país. En paralelo, en el portal defensoresdelapatria.com —identificado como una iniciativa de De la Espriella para “proteger la democracia”— se publican comunicados y columnas de opinión. Algunos de estos textos están firmados por Calderón España y otros columnistas como el senador electo por Salvación Nacional Alejandro Bermeo, influenciador y cofundador del movimiento Libertad Avanza Colombia. Precisamente, uno de estos comunicados fue citado en una carta enviada, en abril, al Secretario de Estado de Estados Unidos, Marco Rubio, y firmada por el candidato, en la que denuncia el trino del presidente Gustavo Petro por presuntamente espiar sus conversaciones telefónicas. Petro menciona conversaciones de inteligencia entre los hermanos Bautista (dueños de Thomas Greg & Sons) y el candidato presidencial Abelardo de la Espriella acerca de un supuesto fraude electoral. Aunque la carta se enfoca en denunciar que el presidente confesó que violó las comunicaciones del candidato, al final de esta agregan una imagen de un comunicado, publicado el 13 de enero pasado, en el que deslegitiman las publicaciones de La Silla Vacía, acusan a su directora Juanita León de “activista” y de ser el “brazo mediático” de la Open Society Foundation, la fundación de George Soros. Estos ataques los explicaremos más adelante en uno de los cinco picos identificados en el análisis digital. Las narrativas y de desprestigio Este comunicado que revivió en la carta a Rubio plantea que los cuestionamientos periodísticos harían parte de una operación coordinada contra De la Espriella, una narrativa que puede contribuir a deslegitimar el trabajo de periodistas y medios. En el análisis realizado para este reportaje, se identificaron varias narrativas: Se señala a medios como La Silla Vacía, Cambio y a periodistas, como Daniel Coronell, Cecilia Orozco y Juanita León, como parte de una supuesta “bodega del establecimiento” y se les presenta como “activistas” o “milicianos digitales”. Los acusan por hacerle campaña a otros candidatos como Iván Cepeda o al precandidato Juan Carlos Pinzón. Sus investigaciones o columnas de opinión son calificadas de “fake news”. Se cuestiona su independencia al vincularlos con la narrativa de agendas internacionales “woke” como la de George Soros. La mención a Soros, fundador de la Open Society Foundation, ha sido usada por sectores de ultraderecha en otros contextos internacionales para construir la idea de una supuesta conspiración global. En su libro Epidemia Ultra, Franco Delle Done analiza cómo líderes como Viktor Orbán en Hungría han perfeccionado la estrategia de construir enemigos para polarizar a la sociedad y uno de esos enemigos fue Soros. Según Delle Done, esto ha sido una “herramienta fundamental para la ultraderecha” que busca la polarización discursiva. “Al vincular a la prensa con este tipo de ‘complots internacionales’, se logra una ‘descalificación absoluta’ del periodista, presentándolo no como un profesional, sino como un ‘villano’ o un ‘miliciano’ al servicio de agendas oscuras”, dice. En varios de los casos las narrativas son apoyadas con videos e imágenes creados con inteligencia artificial, algunos de los cuales se tratan de desinformaciones como un supuesto apoyo de Juanita León y la Silla Vacía con el precandidato Juan Carlos Pinzón y el GEA. Los tuits Ataques contra La Silla Vacía Ana Bejarano Ataques contra Daniel Coronell y Cecilia Orozco Pero estos no fueron los únicos periodistas descalificados por los tuiteros. Aunque en menor cantidad y agresividad, en otros mensajes cuestionan a medios como El Colombiano, El País América y Cuestión Pública por sus publicaciones en las que hacen referencia a que De la Espriella fue abogado de Alex Saab, capturado como testaferro de Nicolás Maduro. Estos mensajes presentan a los periodistas y medios críticos como enemigos y actores políticos con intereses. Ataques similares sufrió la periodista Laura Ardila en 2023, luego de denunciar que su libro ‘La Costa Nostra’, en el que cuenta la historia del Clan Char, había sido censurado por la editorial Planeta. En la investigación sobre estos ataques, publicada por Colombiacheck y la Liga contra el Silencio, la académica mexicana Rossana Reguillo, exdirectora de Signa Lab de la Universidad de Guadalajara, explicó que “en este tipo de ataques se pueden identificar tres anzuelos: el primero es el descrédito a las competencias de la persona a la que atacan; el segundo es la descalificación hacia esa persona que busca minar su credibilidad y el tercero es un anzuelo en el que se usan desinformaciones contra ella”. Cómo se reconstruyó el ecosistema El análisis tuvo dos fases. En la primera, La Liga contra el Silencio utilizó la herramienta Meltwater para descargar una base de datos de 35.175 publicaciones en X, entre el 17 de noviembre de 2025 y el 25 de febrero de 2026. Con los trinos descargados, se identificaron cinco picos, que coinciden con los artículos y columnas de periodistas. De los 35.175 tuits descargados, solo el 0,50% corresponden a trinos originales, 3,83% eran citas, 4,35% eran respuestas
Semillas nativas: la lucha comunitaria por la soberanía alimentaria en el Atrato

En El Carmen de Atrato, campesinos y científicos han descubierto que la única manera de salvar sus semillas es poniendo a dialogar lo ancestral con lo técnico. De ese encuentro nació un protocolo intercultural que hoy protege la vida del territorio. Ilustración por Luisa Fernanda Arango. Es luna menguante y Ligia Ortega ya tiene sus semillas preparadas. A sus 68 años —que a veces le pesan en el cuerpo pero no en la memoria— dice que sus manos han aprendido a reconocer las de mejor calidad, esas que pueden resistir un clima cada vez más cambiante. Como muchos otros campesinos de El Carmen de Atrato, en el departamento de Chocó, Ligia se sabe custodia de uno de los patrimonios naturales más importantes de su pueblo: las semillas nativas. Es reconocida como una sabedora del territorio y se asume guardiana y narradora de prácticas que no deberían desaparecer. Nació en una familia de agricultores, en un hogar atravesado por la herencia antioqueña y la chocoana, donde cultivar la tierra era parte de la vida cotidiana. “El Carmen de Atrato es un municipio frío y montañoso —explica—. Estamos en una parte bajita, pero alrededor hay muchas cimas. Incluso el río Atrato nace en una de esas montañas inmensas. Cuando llega a nuestro municipio ya viene más crecido, y cuando avanza por el Chocó se vuelve navegable”. Así describe Ligia el territorio que la vio crecer. En su memoria hay un Carmen distinto; uno más frío, en el que vivían envueltos en neblina, y el río Atrato era “vida pura”, con peces grandes, agua cristalina y familias que se bañaban sin miedo a enfermarse. Hoy, dice con tristeza, “ese río ya no tiene color claro”, y los peces han ido desapareciendo, arrasados por la actividad minera. Hace unos veinte años, el municipio era conocido como la despensa agrícola de Quibdó, por la riqueza de sus suelos y la abundante producción que abastecía los mercados de la capital chocoana. Desde muy pequeña, Ligia ayudaba a su papá —agricultor toda la vida— en las labores del campo y recuerda que su familia siempre tuvo una profunda vocación agrícola. “Aquí se cultiva de todo —relata—. Antes solo dábamos café, naranja y un plátano que conocíamos como el enano. Pero ahora producimos guanábana, borojó, fríjol, marañón y cebolla en rama. Sin embargo, ya no es como antes: las veredas se han ido apagando, muchas semillas antiguas se han perdido y el clima ha cambiado tanto que ahora incluso tenemos más variedades de café”. Esa preocupación colectiva abrió el camino para que campesinos, sabedores e investigadores unieran esfuerzos en la recuperación y cuidado de las semillas nativas. *** En un convite formado por 20 campesinos de la zona y dos sabedores —entre ellos, Ligia—la comunidad se reúne en una jornada de trabajo colectivo con investigadores de Agrosavia —Corporación colombiana de investigación agropecuaria— para limpiar el terreno, seleccionar las semillas y proceder a sembrarlas. Allí se entrelazan sus saberes tradicionales, transmitidos de generación en generación, con nuevas técnicas validadas científicamente que, señala Ligia, son fundamentales para que los cultivos crezcan bien y sin plagas. Ella, así como sus compañeros de jornada, sabe que tanto la preservación de semillas criollas —aquellas que no han sido intervenidas genéticamente— como el rescate y la protección de la vocación ancestral de producción agrícola de El Carmen de Atrato es tal vez su misión más importante.Y es, al mismo tiempo, la manera que tienen de proteger esa relación profunda y simbólica que los une con el río. Durante las últimas décadas, las semillas han sufrido una profunda transformación y vulneración debido a la expansión de la minería industrial por parte de la empresa MINNER S.A., propiedad de la canadiense Atico Mining Corporation. A partir de las cerca de 6.356 hectáreas destinadas a la explotación de cobre y otros minerales, la actividad minera ha contaminado el territorio, deteriorado los suelos y el río, y reducido drásticamente la disponibilidad de alimentos. A esto se suma que, en mayo de 2025, la licencia de operación fue renovada por 30 años más. El municipio hoy enfrenta una crisis de seguridad alimentaria, la desaparición de semillas y cultivos tradicionales, el abandono del campo por parte de los jóvenes y la pérdida progresiva de conocimientos agrícolas ancestrales. Ramón Cartagena, miembro de los Guardianes del río Atrato, relata que hoy los jóvenes prefieren trabajar en la mina antes que cultivar la tierra y esa elección ha ido vaciando las veredas de campesinos. También, ha llevado al municipio a perder su capacidad de autoabastecimiento; hoy buena parte de los alimentos que consumen en Carmen de Atrato son traídos desde municipios como Urrao. Algunas semillas, como las de la calabaza ‘Victoria’ y dos variedades de fríjoles, ya han desaparecido.Unas cuantas más, como la del fríjol petaco, están en riesgo de extinguirse. Y a esto se suma un problema adicional: la dificultad de los caficultores para vender su producción, ya que desde el 2022, la tienda de la Cooperativa de Caficultores de Andes —que compraba la producción local— cerró, obligando a los productos a movilizarse hasta Ciudad Bolívar, en Antioquia, para vender su cosecha. Esto ha provocado que el café, que alguna vez sostuvo a muchas familias, hoy se quede embodegado en las fincas o sea vendido a intermediarios que pagan casi nada por él. Las palabras de Ramón destilan la nostalgia de un territorio que fue fértil antes de que la minería “cambiara al pueblo” y lo volviera un lugar donde los jóvenes ya no sueñan con el campo. Recuerda árboles desaparecidos —como el comino o el cedro— como si fueran familiares que se marcharon sin despedirse. También evoca semillas que ya no se encuentran en la región y cómo su ausencia se llevó consigo una parte de la memoria campesina. Y aun así, en medio de esa tristeza, hay una ternura enorme en la forma en que recuerda la siembra: “Muy empírico todo”, dice, un aprendizaje nacido de observar a los mayores, de manos que crecieron con ellos más que de
Raíces de resistencia: mujeres raizales que restauran manglares en Santa Catalina

En medio de la crisis climática, las mujeres raizales de Santa Catalina, en el Caribe insular colombiano, siembran semillas de manglares para reforestar la barrera natural que protegió a la comunidad del desastre ambiental del huracán Iota. Virginia Webster sostiene el manglar rojo en agua. Foto: Ana María Jessie. Virginia Webster está de pie en el patio de su casa en la isla de Santa Catalina, bajo un vivero remendado por tubos de hierro oxidados por la salinidad de la mar. Tiene varias mesas de madera en las que están organizados los manglares en bolsas de tierra que apenas comienzan a crecer botando sus primeras hojas verdes. En otra mesa están las semillas de mangles aboyando en envases plásticos llenos de agua donde brotan sus raíces. Con sus manos señala los manglares que está por trasplantar a la tierra o al mar, y al mismo tiempo se lamenta; hay algunos que se han marchitado, porque entre el trabajo del hospital local de Providencia y los quehaceres de su casa, el tiempo no le da para estar aquí y allá. Tiene que sobrevivir, en una isla donde es imposible sostenerse con el salario mínimo y la crisis climática con desastres ambientales, como el huracán Iota, llegan a empeorarlo todo. Pero ve los manglares que van floreciendo, la barrera marchitada con huecos gigantes que tiene solo mangles secos, y se recuerda a ella misma por qué empezó a sembrar de manera voluntaria estas plantas anfibias. “Esta idea me nació después del huracán Iota, los manglares protegieron a toda la comunidad y a los animales”, cuenta. La línea de manglares que bordea la isla de Santa Catalina fue una barrera contra la fuerza de las olas, que golpeaban la orilla con más de siete metros de altura, y del viento, que con fuerza se llevaba todo a su paso. La noche del 15 de noviembre del 2020, el huracán Iota —de categoría cinco— destruyó el 98 % de la infraestructura de Old Providence and Ketlina (Providencia y Santa Catalina) y el 90 % de su ecosistema marino y bosque seco tropical que conforma el archipiélago de San Andrés, Old Providence and Ketlina, localizado en el Caribe occidental, a cerca de 750 kilómetros del territorio continental colombiano. Cuando Webster se encontró con el desastre, el 16 de noviembre, lloró mucho al ver que su casa no estaba ni la de los vecinos. Todo lo que había construido en sus 53 años se lo llevó la mar furiosa. “Yo lloré, lloré mucho. Lo perdimos todo. Todo lo que uno ha trabajado para tener toda su vida lo perdimos en un solo día”. El huracán Iota causó la muerte de tres personas y dejó a 2.347 familias damnificadas, de acuerdo con el Registro Único de Damnificados (RUD). En cuanto a infraestructura, dejó un saldo de 1.088 viviendas colapsadas, 877 averiadas y 150 equipamientos turísticos afectados, según la Veeduría Cívica Old Providence. Mientras las dos islas intentaban recuperarse y sobrevivir en medio de la ausencia histórica del Estado, Webster agradeció a Dios y a los manglares, y junto a seis mujeres raizales de su comunidad decidió buscar semillas en los manglares del suroeste de Providencia donde el manglar se enraiza con la tierra firme. “Los manglares de Santa Catalina crecen a orillas de la mar y cuando la semilla cae, la corriente se la lleva. Por eso junto a mis compañeras nos metimos manglar dentro, buscábamos las semillas y las poníamos en agua, para que comenzaran a echar raíces”, explica Webster mientras señala los tipos de manglares. “Aquí tenemos cuatro clases de manglares: está el rojo que crece más a la orilla, o sea al nivel del mar; el negro; el blanco, y el botón. Esos son los que existen en nuestra isla y todos son importantes”, explica Webster al tiempo que toca las hojas de los manglares que están floreciendo en su patio. Aunque han pasado cinco años del paso del huracán Iota en las dos islas, la barrera de manglares de Santa Catalina no se ha recuperado totalmente; de esos manglares verdes que de lejos parecían ser uno junto a la montaña, solo quedan cayos distanciados que intentan sobrevivir y donde los cangrejos apenas encuentran refugio. Barrera de manglares de Santa Catalina destruida por el huracán Iota. Foto: Ana María Jessie. “Antes de que pasara el huracán, los manglares eran muy frondosos. Cobijaban gran parte de las zonas costeras, no se alcanzaba a ver a través de ellos, no entraban vientos fuertes, estaban llenos de cangrejos, de aves. Eran altos y formaban parte del paisaje”, dice Paola James, trabajadora social y lideresa raizal de Providencia y Santa Catalina El biólogo marino, Fernando Cárdenas, quien trabaja actualmente con macroalgas marinas, explica que los manglares tienen varias funciones ecosistémicas y costeras que son clave en comunidades de primera línea del cambio climático. “La primera es que fungen como una barrera de protección física contra el oleaje y los vientos que vienen de ultramar. Con el arrecife de coral el oleaje pierde el 70 % de su fuerza, y el restante se ve contrarrestada por los manglares”, sostiene. Asimismo, James explica que los manglares son protectores de comunidades insulares: “Los manglares garantizan la vida en este lugar; hacen que los vientos no lleguen de forma directa. Santa Catalina está en la parte norte, entonces recibe bastantes vientos y la marea sube con más facilidad. Los habitantes están al nivel del mar prácticamente. Es fundamental restaurarlos para la vida y para mantener la salud de ese lugar”. Para las mujeres raizales que hacen esta labor comunitaria es importante que los manglares rojos florezcan y no mueran, debido a que este tipo es más resistente a tormentas y huracanes porque sus raíces se agarran con fuerza a la tierra. Después de poner las semillas de manglares por 15 días en envases de agua, Webster las pasa a bolsas de tierra donde van a empezar a sostenerse y crecer hasta que comienzan a echar hojas. “Los manglares que no son
El océano en disputa: decisiones frente al mar para enfrentar la crisis climática

Apenas el 5 % del océano ha sido explorado y un 0,001% observado directamente en sus profundidades. Su aparente lejanía, sumada al alto costo tecnológico de estudiarlo, reforzó la idea de que es un espacio infinito, ajeno y secundario, frente a los paisajes terrestres que habitamos. La crisis climática actual revela que ignorarlo tiene consecuencias directas sobre nuestra supervivencia. Ilustración por Matildetilde (IG: @matildetil). A pesar de encontrarse en un planeta llamado Tierra, el océano ocupa el 70 % de su superficie. Se le suele poner un nombre específico dependiendo de la costa desde la que es avistado —Atlántico, Índico, Antártico, Pacífico y Ártico— aunque se trate de un mismo cuerpo continuo. Más que una masa de agua, es un bioma: una gran región viva del planeta moldeada por condiciones ambientales propias —como la salinidad de su agua— que a su vez alberga varios ecosistemas —arrecifes de coral, manglares, llanuras abisales, entre muchas otras—. Este gigante azul, testigo de las primeras formas de vida en la tierra, ha representado todo un reto en su estudio; apenas el 5 % ha sido explorado y un 0,001 % observado directamente en las profundidades, según el estudio reciente de Katherine Bell, y su equipo, publicado este año en la revista Science. Durante décadas, esa lejanía física —y el enorme costo tecnológico de estudiarlo— ha reforzado la idea de que el océano es infinito, inabarcable, secundario frente a los paisajes terrestres que habitamos. Este imaginario ha retrasado decisiones urgentes sobre su protección y gobernanza. Pero, en la medida en que la ciencia ha revelado su importancia, el océano empieza a permear las hojas de ruta para las políticas climáticas y ambientales de las próximas décadas. Si quieres saber más sobre el océano y su papel en la mitigación de la crisis climática, escucha el pódcast El océano en disputa: nuestro más grande aliado. El sesgo propio de ser animales terrestres Tardamos un poco en darnos cuenta de su importancia. Los que ahora poblamos la tierra tuvimos que desarrollar nuevas formas de locomoción, respiración y reproducción —entre muchas otras adaptaciones— para sobrevivir afuera del agua, salto que marcó un hito en la evolución. Desde entonces, pareciera que empezamos a caminar continente adentro y volvimos al mar solo para contemplarlo como si fuera una frontera, más que un territorio vivo. Esta distancia alimentada por nuestra inmersión cotidiana en ambientes terrestres, contribuye a que aquello que nos resulta lejano, complejo o difícil de investigar quede, con frecuencia, al margen de las discusiones sobre gobernanza, conservación e inversión científica. De ahí emerge lo que diversas investigaciones describen como un “sesgo terrestre”: una tendencia a priorizar los ecosistemas más visibles, accesibles o culturalmente familiares. Lejos de ser solo una intuición cultural, este patrón ha sido documentado en estudios que analizan cómo se distribuyen los recursos para investigación, conservación y formulación de políticas, mostrando una marcada predominancia de los sistemas terrestres frente a los marinos. Como lo señala el oceanógrafo portugués Miguel Bastos, en su entrevista para el medio divulgativo SINC, “la ciencia de la conservación está influenciada por prioridades humanas y no ecológicas”. Esta brecha no solo condiciona qué ecosistemas protegemos primero, sino también qué amenazas entendemos mejor, qué financiamiento se moviliza y qué crisis logramos ver a tiempo. El problema es que el mundo, fuera de la concepción humana, no funciona bajo esta lógica de separación y otredad. Los ciclos naturales son interdependientes: la cantidad de agua que llega a los páramos recibe la transpiración de los árboles del Amazonas, la pérdida del hielo Ártico intensifica los huracanes del Atlántico y el Caribe, entre muchos otros fenómenos de los que hasta ahora empezamos a entender su complejidad. El océano no es la excepción por lo que se hace necesario conocer su importancia para entender las acciones urgentes en negociaciones globales como las de las conferencias sobre cambio climático (COP). “El océano domina con creces la circulación del calor y gran parte de la vida en el planeta está relacionada con los sistemas marinos”, recuerda, en conversación con Mutante durante la COP30, Johan Rockström, científico pionero en las teorías que sustentan buena parte de la acción climática contemporánea —incluidos los puntos de inflexión y los límites planetarios—. “El planeta cuenta con un enorme termostato. Es una casa con sistemas de refrigeración hechos de tuberías de agua, y el calor lo atrapa el océano”, concluye. Esto se debe a procesos físicos —como la mezcla vertical, los vientos, las corrientes superficiales y el sistema de circulación profunda— que permiten redistribuir el calor alrededor del globo. Pero su papel no termina ahí. El océano también es fundamental en el ciclo del carbono: es responsable de cerca del 50 % del oxígeno que respiramos. Los pulmones del planeta también son marinos y están formados por fitoplancton, pastos marinos y otros organismos fotosintéticos. Además, el CO2 se solubiliza al entrar en contacto con su gran espejo de agua disminuyendo su presencia en la atmósfera. “El océano es nuestro mejor amigo, enfriando el planeta al absorber el 90 % del calor y el 25 % del dióxido de carbono. El problema es que esto es una respuesta al estrés, no es un favor. Es la forma en la que el planeta intenta mantenerse estable”, sostiene Rockström. Esa respuesta al estrés, por parte del océano, fuera de ser motivo de estudio y exposición en salones de conferencias, empieza a mostrar sus síntomas con las comunidades que viven día a día en sus orillas. Allí, desde la vivencia, es cuando se deja ver la urgencia en la implementación de soluciones acordes con el rol que cumple el océano en la estabilidad global. Trisha Forbes, bióloga marina oriunda de la isla de San Andrés, quien a través de su fundación Raizal Bluuh Ruuts trabaja de la mano con las comunidades de pescadores artesanales e isleños, comenta: “Lo que más me preocupa es escuchar a los pescadores decir ‘cada vez hay menos peces, los arrecifes ya no son como antes. Mis hijos ya no quieren pescar, porque
Financiar la adaptación: entre promesas globales y realidades locales

Colombia necesita adaptarse al cambio climático y lo hace a través de deuda. Una experiencia en el Lago de Tota, muestra los retos y aprendizajes para aprovechar mejor la financiación climática que llega al país. Ilustración por Matildetilde (IG: @matildetil). Colombia se endeuda para financiar asuntos de biodiversidad y cambio climático: el 93 % del financiamiento destinado a estos temas en 2023 fue a través de préstamos. Aunque el Acuerdo de París responsabiliza a los países desarrollados —que más contaminan— de financiar la mitigación y la adaptación frente al cambio climático en los países del sur global —los más afectados—, muchos de estos recursos generan deuda para los Estados que los obtienen. Además, el dinero que actualmente sí se recibe para acciones de adaptación en forma de donación, desde fondos creados por organismos como la conferencias de las partes sobre cambio climático (COP), no se aprovecha completamente en los territorios debido a retos que aún persisten en distintos niveles: los organismos internacionales, el Estado receptor —en este caso, Colombia— y las comunidades locales. Enfrentar estas dificultades permitiría que los fondos que hoy se implementan tengan los resultados esperados y sean sostenibles en el tiempo, así como preparar a las comunidades para el financiamiento directo que se viene discutiendo en escenarios como las COP. La financiación para la adaptación es un acto de justicia Colombia no es uno de los grandes emisores de CO2 ni de otros gases causantes del cambio climático global. De hecho, son los países desarrollados los que más han generado daños en el medio ambiente y, por lo tanto, quienes tienen mayor responsabilidad de restablecer la salud e integridad de la Tierra, como lo indica el Principio 7 de la Declaración de Río sobre responsabilidades comunes pero diferenciadas. Esto también lo reafirma la opinión consultiva de la Corte Internacional de Justicia, que señala, además, que los países desarrollados tienen el deber de apoyar a los más vulnerables para hacer frente a los efectos del cambio climático. En el territorio nacional, los impactos económicos del cambio climático y de la variabilidad climática son evidentes. Por ejemplo, en 2010 y 2011, Colombia vivió la fuerza del fenómeno de La Niña. Según el Ministerio de Medio Ambiente y Desarrollo Sostenible, las lluvias e inundaciones generaron pérdidas por 11,2 billones de pesos, afectaron a 3,2 millones de personas y concentraron el 82 % de los daños en vivienda e infraestructura. El evento dejó en evidencia la profunda vulnerabilidad del país y la falta de estrategias de adaptación frente a fenómenos extremos. Desde entonces, fenómenos exacerbados por el cambio climático —como los incendios y la sequía de 2024— muestran la urgencia de fortalecer capacidades locales e involucrar a las comunidades en la prevención y atención de desastres, mediante acciones de adaptación. Aquellas que ayudan a reducir la vulnerabilidad de los sistemas naturales y humanos ante los efectos reales o esperados del cambio climático Pero esto requiere recursos y, de acuerdo con el Índice de Finanzas Sostenibles 2025 de GFLAC, el 93 % del financiamiento internacional que ha recibido Colombia para biodiversidad y cambio climático ha creado endeudamiento; solo el 7 % corresponde a donaciones. La COP30 y el dinero para la adaptación El tema de financiamiento climático, especialmente las cantidades de dinero que deben aportar los países desarrollados a los países en desarrollo para acciones de adaptación, entre otras, es uno de los principales puntos de discusión durante las conferencias de las partes. En la pasada COP30, realizada en noviembre de 2025 en Brasil, se lograron avances importantes en financiación climática, aunque sin romper la tendencia dominante: la mayor parte de los recursos internacionales sigue llegando en forma de préstamos que incrementan la deuda de los países en desarrollo. María Paula González Espinel, abogada de Ambiente y Sociedad, indica que solo se hizo un llamado a trabajar en la posibilidad de que el financiamiento tenga mejores condiciones que las tasas del mercado o exista una mayor opción de subvenciones, pero no quedó como una obligación para las Partes. En la COP30 se definieron por primera vez indicadores para el Objetivo Global de Adaptación (GGA), orientados a medir avances en resiliencia —desde el acceso al agua hasta la mortalidad por calor extremo—, que permitirían identificar brechas en la inversión, sectores con mayor financiamiento y grupos poblacionales más expuestos (mujeres, niños, adultos mayores, personas con discapacidad y comunidades locales e indígenas). Sin embargo, muchos fueron modificados a última hora, quedando incompletos o técnicamente inviables; por lo que seguirán siendo discutidos en las negociaciones previas que se realizan cada año, en Bonn (Alemania), antes de la próxima COP, y no es claro si los países estarán dispuestos a comenzar a utilizarlos. La conferencia concluyó con el compromiso de triplicar la financiación para adaptación hacia 2035, lo que significa destinar unos 120 mil millones de dólares anuales a adaptación dentro del Nuevo Objetivo Colectivo Cuantificado (NCQG), adoptado desde la COP29. Sin embargo, esta cifra sigue muy por debajo de las necesidades reales, pues el IHLEG estima que solo las economías emergentes y en desarrollo –incluída Colombia– requerirán 400 mil millones anuales exclusivamente para adaptación, dentro de un total de 3,2 billones necesarios para el clima y la naturaleza. En respuesta a esta brecha, la Hoja de Ruta Baku to Belém plantea movilizar 1,3 billones de dólares anuales en financiamiento externo para los países en desarrollo para 2035, aunque su cumplimiento dependerá del compromiso de las Partes y de una mayor cooperación internacional. Además, la financiación para la adaptación continúa dependiendo casi totalmente del sector público, ya que muchos proyectos esenciales —como la protección costera frente a inundaciones— ofrecen poca rentabilidad y no atraen inversión privada. Mientras estas discusiones siguen latentes en el escenario internacional, con el pequeño porcentaje que llega a los países del sur global en forma de donaciones —o dinero que no debe devolverse— ya se están financiando proyectos de adaptación al cambio climático. Estas experiencias permiten comprender el proceso de financiación desde el planteamiento hasta la llegada a los territorios, así como
La industria textil se descose hilo a hilo

Colombia enfrenta una crisis en el gremio textil y de confecciones. Según el Observatorio de Inexmoda, en el 2025, el volumen de las importaciones de confecciones creció un 30.3 % y el de los textiles un 18.2 %, ambos con respecto al año anterior. Esto afecta a las grandes industrias y a los emprendimientos familiares que siguen trabajando para mantenerse dentro del mercado. Bodega de Bantino, empresa de confecciones que, principalmente, produce camisetas. Fotografía: Sofía Parra Álvarez y Anneth Sofía Huérfano Torres. Los fabricantes nacionales están sobre un tejido económico que muestra señales de desgaste, y se enfrentan al riesgo de que telas internacionales ocupen su lugar en el clóset de los colombianos. De acuerdo con el Instituto para la Exportación y la Moda (Inexmoda), en 2025, las importaciones de confecciones tuvieron un valor 821 millones de USD CIF. Aunque las exportaciones de confecciones aumentaron un 3 %, comparado con las cifras de 2024, estas generaron 526 millones de USD FOB*, es decir, 295 millones de USD menos que las importaciones. Esto representa afectaciones en el empleo, los costos de producción y las ventas de insumos y confecciones colombianas. Otros factores como el comercio electrónico, la falta de capital, el contrabando y el aumento de costos, entre otros; han generado un gran impacto en la industria textil. En Medellín, Coltejer tuvo que suspender sus operaciones en 2021 y en enero de 2023 despidió a sus últimos empleados. Aún así, el grupo mexicano Kaltex (dueño de Coltejer), explica que la empresa no está en proceso de liquidación y que más adelante buscará estrategias para volver al mercado. Por otro lado, debido a una deuda de 34.000 millones de pesos, Fabricato se sometió a una reestructuración que inició en el año 2000 y finalizó el 9 de febrero de 2025. En enero del 2026, Fabricato anunció el cierre de su planta de hilado, una de sus tres líneas de producción. El precio de la importación de confecciones ha sido mayor que el de las exportaciones desde la regulación del mercado, luego de la pandemia por COVID-19. Fuente: Observatorio de Confecciones Febrero 2026 – Inexmoda. Hecho con Flourish. Además de estas compañías, las pequeñas y medianas empresas (pymes) también han sufrido afectaciones. Aunque el gasto de los hogares en moda (3.13 % del gasto nacional) ha sido mayor en 2025 que en los últimos cuatro años, el centro de interpretación de datos Raddar explica que esto “no se traduce en impulso a la producción nacional, ya que gran parte del crecimiento comercial proviene de mayor importaciones”. Sebastián Hernández es uno de los emprendedores que sintió los efectos de esta situación y no tuvo más opción que cerrar su empresa. Junto a su mamá, Alida Ortiz, fundaron Manutex en 2015, una empresa de textiles para pijamas y repuestos de ropa interior. Durante nueve años trabajaron duro por su negocio y, en el camino, se encontraron con más de una barrera. La que más les afectó, según Sebastián, es la competencia injusta con plataformas de moda asiáticas. “Muchos clientes de Cali nos explicaban que Shein y Temu venden ya el producto terminado […] eso entra acá al precio que sea y el producto nacional, de verdad que decayó demasiado”. En la década del 2010 el comercio electrónico comenzó a tomar fuerza en Colombia. Esto le dio protagonismo a los productos originarios de China, lo que se reafirmó con la llegada de Shein y Temu al país en 2024. Según la Asociación Nacional de Comercio Exterior (Analdex), de 2016 a 2024, las importaciones de confecciones fluctuaron entre 40.260 y 52.440 toneladas netas, que produjeron entre 583 y 917 millones de USD. Para 2025, China fue el origen del 45.7 % de estas importaciones, seguida de Bangladesh (11.9 %), Vietnam (6 %) y Camboya (5.8 %). Según BBC News, en China, los trabajadores pueden ganar menos de un dólar por la confección de una prenda. Fuente: Observatorio de Confecciones Febrero 2026 – Inexmoda. Hecho con Canva. Otra de las razones por las que Sebastián y Alida decidieron no vender más franelas, fue la dificultad para adquirir los insumos debido a su alto costo. Con base en el observatorio de Inexmoda, el índice de venta de productos textiles ha tenido una tendencia a la baja desde el 2022, y en 2025 disminuyó un 1,5 % con respecto al año pasado. Ladinay Medina, líder de la textilera Tesk, comenta que “se ha visto bajar el volumen de rotación de la tela, porque la importada está más barata”. Arturo Vargas, trabajador de la textilera Fantasías Shara, dice que “nosotros mandamos a producir a China, importamos y vendemos acá en Colombia” ya que, explica, los materiales que importan no se producen en el país por falta de capital. En Medellín, algunas de las empresas que se sostienen y no han sentido el impacto de las importaciones, lo hacen porque deciden comprarle los insumos a países asiáticos. Durante 2025, esto ocasionó un aumento del 16.6 % en el volumen de las importaciones de textiles, mientras que la exportación de los mismos disminuyó un 7.9 %, ambas cifras con respecto a 2024. En 2025 el precio de las importaciones de textiles fue aproximadamente nueve veces mayor que el de las exportaciones. Fuente: Observatorio de Textiles Febrero 2026 – Inexmoda. Hecho con Flourish. Jhon López es el representante legal de Bantino, una empresa productora de ropa en La Candelaria. Dice que la mano de obra que paga a las mujeres que tienen taller en casa, es de 3.000-3.500 pesos por prenda, y agrega que “en China está al mismo precio. Por no decir que aquí es un poquitico más económico”. Según el doctor en administración y analista César Montoya, esta es la industria más “inhumana”, pues reduce costos bajando los salarios de la mano de obra para lograr competir con precios como los de dicho país. Bajo esta lógica, las operarias tienen que trabajar más tiempo que el de una jornada laboral para recibir un sueldo digno, pero “¿dónde le queda el tiempo
Viviendas que no alcanzan y techos que no protegen: el reto de vivir en Robledo

En Medellín, miles de familias habitan viviendas inadecuadas. Solo en Robledo, la segunda comuna más grande y poblada, más de 18.000 hogares tienen déficit habitacional. El crecimiento poblacional, el alto costo de vida, la falta de programas sociales y los impactos en la salud hacen que, para muchos, una vivienda digna siga siendo un privilegio más que un derecho. Foto: Valeria Londoño Morales Entre el mosaico de ladrillos naranjas y techos de zinc que conforman los barrios de Medellín, miles de familias viven en viviendas que no cumplen condiciones adecuadas. En algunas, la cocina se confunde con el espacio para dormir; en otras, las paredes son de tabla o esterilla, los techos están remendados, no hay agua corriente y por las calles nunca ha pasado el camión de la basura. Mientras tanto, otras familias ni siquiera logran tener un techo propio y deben compartir vivienda con parientes o mudarse de arriendo en arriendo. A este fenómeno se le conoce como déficit habitacional. En Medellín (2024), uno de cada cinco hogares presenta problemas de vivienda: 192.475 hogares, equivalentes al 19.14 % del total de la ciudad (1.005.376). El 80.1 % corresponde al déficit cualitativo, es decir, viviendas que existen, pero que presentan, por ejemplo, goteras, grietas, instalaciones precarias o materiales frágiles que impiden considerarlas dignas y seguras. Y el 19.8 % restante representa el déficit cuantitativo, cuando faltan viviendas para cubrir la demanda. Entre tanto, hay comunas más o menos afectadas según sus particularidades. Hoy el fenómeno aqueja particularmente a tres (ver mapa). Según la Alcaldía*, 18.148 hogares de Robledo vivían en déficit habitacional en 2024. En 2021 eran 11.994. El aumento del 51.3 % puede no notarse desde la calle, pero está ahí, escondido detrás de paredes agrietadas, techos remendados, cocinas improvisadas y habitaciones donde duermen más personas de las que caben. Your browser does not support the video tag. Viviendas que no alcanzan Beatriz Posada tiene 59 años y vive en Robledo desde que tenía dos. Casi toda su vida transcurrió en el barrio El Pesebre, pero hace siete años reside en el Olaya Herrera y es la presidenta de su Junta de Acción Comunal. “Aquí sí hay mucha gente que en verdad no tiene casa y viven en unos ranchitos de madera que uno dice ‘pero ¿cómo hacen para vivir ahí? ¿Cómo hacen para acomodarse, cómo hacen por Dios?’ Aquí hay muchas familias que necesitan un hogar”, dice Beatriz sobre lo que hoy ve como paisaje en Robledo. A esta problemática se le conoce como déficit habitacional cuantitativo: la falta de viviendas suficientes para cubrir la demanda de hogares que necesitan una. Según la Alcaldía de Medellín, entre 2021 y 2024, Robledo sumó 10.797 habitantes, 7917 hogares y 7425 viviendas. Aunque las cifras parecen equilibradas, la realidad no lo es: la construcción no alcanza a compensar el deterioro ni el aumento de la demanda, y en 2024 la comuna registró el mayor número de casos de déficit cuantitativo en Medellín. Los datos muestran que el problema crece rápido: en 2021, Robledo tenía 1996 hogares con déficit cuantitativo (2.81 %), pero para 2024 la cifra subió a 6533 (8.4 %). El contraste ayuda a dimensionarlo: ese mismo año, comunas como El Poblado, Belén y La América registraron porcentajes mucho menores —3.3 % (1576), 2.8 % (1890) y 0.4 % (144) de hogares afectados, respectivamente— y entre los más bajos de la ciudad. Robledo, la comuna 7 de Medellín, es la segunda más extensa de la ciudad con 9.46 kilómetros cuadrados. Ubicada al noroccidente, limita con seis comunas —Doce de Octubre, Castilla, Laureles–Estadio, La América, San Javier y San Cristóbal— y está conformada por 22 barrios: Pilarica, Altamira, Córdoba, San Germán, Cerro el Volador, Bosques de San Pablo, B. Facultad de Minas U. Nacional, Villa Flora, Palenque, Aures No. 1, Aures No. 2, El Diamante, López de Meza, Bello Horizonte, Robledo, Pajarito, Monteclaro, El Cucaracho, Fuente Clara, Olaya Herrera, Santa Margarita y Nueva Villa de Iguaná. Your browser does not support the video tag. El déficit habitacional se ha extendido por toda la comuna 7, aunque es más crítico en algunos sectores. “El mayor porcentaje está en la zona Sur, en los retiros de la quebrada La Iguaná. Desde El Pesebre hasta el límite con San Cristóbal hay barrios de invasión donde no hay calidad de vida”, explica Fernando Castañeda, tecnólogo en Gestión Ambiental y coordinador de la Mesa Ambiental de Robledo. Por su extensión, Robledo acoge una población numerosa. En 2024 tenía 212.453 habitantes —52.8 % mujeres y 47.2 % hombres—, lo que la convierte en la segunda comuna más poblada de Medellín, después de Belén. En 2013 vivían allí 168.624 personas; en 12 años sumó 43.829 habitantes, un aumento promedio de 3650 personas por año. Además, la mayoría de sus habitantes tienen entre 20 y 44 años. Ese crecimiento sostenido se refleja en la creación de nuevos hogares y en la presión sobre la demanda de vivienda. En 2005, Robledo tenía 44.143 hogares, de los cuales 4429 presentaban algún tipo de déficit; 1052 correspondían a déficit cuantitativo. Entre 2021 y 2024, hogares y viviendas aumentaron de forma constante, aunque no siempre al mismo ritmo. Esta dinámica evidencia la creciente presión habitacional en la comuna. Según el Departamento Administrativo de Planeación de Medellín (DAP), el alto número de casos de déficit cuantitativo en Robledo se explica, en parte, por su elevada movilidad residencial: la comuna es al mismo tiempo emisora y receptora de migración intraurbana. Mientras muchas familias se trasladan a otras zonas, otras tantas llegan a instalarse allí. Datos del DAP evidencian que Robledo recibe el 7 % de la migración intraurbana de la ciudad y alrededor del 7.5 % de la población migrante total. Esto, sumado a variables que no pudieron preverse en 2014 al elaborar el Plan de Ordenamiento Territorial (POT), dificulta hoy las asignaciones presupuestales. “El crecimiento demográfico, las dinámicas de la pandemia y la pospandemia, y el que Medellín se convirtiera en un epicentro de migración y turismo, sobre todo de nómadas digitales,
Despegar siendo músico emergente

Para muchos músicos emergentes, escribir canciones no es el mayor desafío. Lo verdaderamente complejo comienza después: sostener el proyecto, encontrar escenarios, acceder a formación, circular la música y, sobre todo, no abandonarla en el intento. El talento abunda, pero las plataformas son escasas, abrirse camino en la música suele disputarse entre la vocación y la supervivencia. Foto: ICPA. Hacer música no empieza en un escenario ni termina en una canción publicada. Empieza, muchas veces, en una habitación prestada, en una libreta con letras que no se cantan en voz alta, en un trabajo que no tiene nada que ver con el arte pero que permite sostenerlo. Los músicos emergentes se enfrentan a la falta de tiempo, de recursos, de oportunidades viniendo de lugares precarizados y, sobre todo, de espacios que les devuelvan la certeza de que su oficio tiene un lugar posible. Esta es la historia de dos músicos que intentan despegar sin atajos, en un país donde crear no siempre garantiza existir. En medio de trayectorias interrumpidas por la rutina, las necesidades y la enfermedad mental, apareció un estudio rodante que, por unos días, se instaló en sus municipios y alteró el curso de sus carreras. Hacer música cuando la vida aprieta Cuando Damián Tello llegó a Antioquia, la música dejó de ser el centro de sus días. Antes de ser «Cresllo» era, ante todo, alguien intentando sostenerse. Había dejado Cali y, como muchos jóvenes, tuvo que concentrarse primero en resolver lo inmediato: el arriendo, la comida, el trabajo. Atravesó un periodo en el que las urgencias económicas se impusieron sobre cualquier proyecto artístico. Durante meses trabajó haciendo domicilios entre Medellín y el Occidente antioqueño, jornadas largas en moto que lo dejaban exhausto. «La rutina ya me había aplacado tanto que no había vuelto a hacer música», cuenta. Su relación con la creación venía de mucho antes. Aprendió a escribir entre los tres y cuatro años, guiado por su padre, y desde entonces no dejó de hacerlo. En el colegio fue parte del periódico estudiantil, más por la posibilidad de publicar sus propios textos que por el ejercicio periodístico en sí. «Siempre estuve escribiendo», dice. La escritura fue el puente que más tarde lo llevó a la música. En el rap encontró una forma de trasladar la poesía a la canción, influenciado por raperos españoles como Porta, Nach y Santaflow pero, especialmente, por la escena venezolana de Apache, Canserbero y Lil Supa. «Me crié musicalmente con el rap venezolano». Su historia es parecida a la de cientos de músicos que iniciando sus carreras se enfrentan a la realidad de tener que dejar la música en segundo plano para sobrellevar el día a día. Aquellos que no cuentan con una plataforma que los respalde o ganan algún concurso que encamine sus carreras, corren el riesgo de abandonar la música. Damián, afortunadamente, contó con lo segundo. En medio de la rutina de levantarse, ir a trabajar, trasladarse de Ebéjico a Medellín, de Medellín a Ebéjico varias veces en el día, la primera convocatoria de La Nave, el estudio rodante de la Gobernación de Antioquia y el Instituto de Cultura y Patrimonio de Antioquia (ICPA) que visita a las subregiones para apoyar las carreras de artistas emergentes, apareció en un momento inesperado. Damián se inscribió sin grandes expectativas. No tenía un plan trazado ni una ambición desmedida. «Mi objetivo era ir a divertirme», cuenta. Y ese día, por primera vez en mucho tiempo, decidió no ir a trabajar. El proceso fue distinto a lo que imaginaba. Desde el trato inicial hasta la dinámica de las audiciones, la experiencia le devolvió una sensación que había quedado relegada: la de ser artista. «Fue recordar literalmente mi motivo de existencia. La música es lo que me mantiene vivo«, afirma. A pesar de sentirse intimidado por el nivel de otros participantes, cuando subió a la tarima decidió entregarlo todo. «Cuando toco el escenario dejo de ser Damián y me convierto en Cresllo». Fue elegido como uno de los ganadores de la primera temporada. El anuncio lo tomó por sorpresa. «No me lo creía», recuerda. Los aplausos, luces y vítores no bastaron para sacarlo del trance, pasó un minuto antes de que reaccionara y se diera cuenta que algo estaba a punto de cambiar. «Llegó como una cachetadita de la realidad, como un recordatorio de que sí podía hacerlo«. El aprendizaje más fuerte no vino del escenario, sino de los conversatorios con artistas de trayectorias consolidadas. Allí comprendió que la música no es solo creación, sino una industria que exige planificación, estrategia y trabajo colectivo. Mercado, público, identidad artística y el equipo son elementos que suelen permanecer invisibles para quienes apenas empiezan. «Hay que empezar a verla como una empresa, pero sin dejar de amarla». Después de su paso por La Nave llegaron otros espacios. Un campamento musical organizado por Sony Music Publishing, donde compartió procesos con artistas y productores ya posicionados. Lo que más le sorprendió fue el trato horizontal. «No era un seguidor hablando con un artista, éramos dos artistas». Durante ese proceso grabó «Rápido», una canción que marcó un cambio en su forma de trabajar. Escribió, reescribió, produjo y publicó. La letra salió en poco tiempo, «muy rápido», adaptándose a dinámicas profesionales distintas a las que conocía. Damián insiste en que el valor central de proyectos como La Nave está en algo que pocas veces se nombra: la dignidad del artista. «A cada persona que pasa por ahí, gane o no, se le da trato de artista». Escenarios adecuados, buen sonido, registro audiovisual y acompañamiento real se convierten en estímulos decisivos para no desistir. «Cuando alguien te da el valor que necesitas como artista, eso te da gasolina para avanzar». Cresllo durante un concierto de La Nave, el estudio rodante que recorrió municipios de Antioquia y le permitió grabar su primer sencillo en condiciones profesionales. Cortesía: Cresllo / ICPA. Cantar sin bajar la guardia A Jeyson Martínez, conocido artísticamente como «Son Jey», la música no lo encontró en una tarima, sino en la