Carne de cañón

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7 julio, 2026
Por: Cristina Mejía Medina | cristina.mejiam@udea.edu.co

El caso de Yulixa Toloza no sale de mi mente. Pienso en su cara afable, en su sonrisa grande, su cuerpo matronal, y el corazón se me hace un puño. Pero más allá de lo que evoca la imagen de Yulixa, está el hecho glacial y preocupante de que ella es solo la punta del iceberg: en Colombia, 71 personas murieron entre 2013 y 2023 en cirugías estéticas, según Medicina Legal. Muchas mujeres han muerto por someterse a estas en condiciones irregulares y muchas otras morirán de la misma manera, porque temo que, sin la reflexión y la deconstrucción necesarias, Yulixa Toloza se convertirá en una cifra mortal más.

Yulixa no murió por vanidosa ni por bruta, como he leído en redes sociales y escuchado por ahí. Yulixa fue asesinada –empecemos a nombrar las cosas por su nombre– por un barbero llamado Eduardo Ramos que, sin los conocimientos ni los estudios necesarios, intervino indiscriminada y violentamente la anatomía de un ser humano, y detrás de él, varias personas que regentaban este establecimiento fraudulento, todos culpables del homicidio y del intento de desaparecer el cuerpo. Existe, además, algo que ni un juez puede juzgar ni la policía castigar: la presión estética que vivimos las mujeres. Eso también mató a Yulixa. Y no, no es un asunto menor.

Preguntémonos esto: si partimos de la lógica de que la mayoría sabemos los riesgos que conllevan las cirugías de garaje, entonces, ¿por qué no solo Yulixa, sino tantas otras mujeres han caído en sus redes? ¿Es que son unos seres faltos de luces, carcomidos por la vanidad? La respuesta es dolorosamente obvia: no.

Se trata de mujeres que viven en un sistema que sostiene unos estándares de belleza imposibles de conseguir: piel impoluta y tersa, aunque los años la vayan estirando; delgadez estándar, aunque la genética sea otra o el metabolismo vaya bajando su ritmo con la edad; tetas y culo grandes, pero no tanto, en su justa medida, no vaya a ser que parezcas o una “tabla” o una cualquiera; nariz respingada, que no se te note lo negro o lo indígena… en fin. 

Estos cánones son impuestos por industrias gigantescas, como Hollywood, que a su vez son fuertemente impulsados por celebridades e influencers y su objetivo es crear una falsa imagen de naturalidad “alcanzable” que, en realidad, es imposible de sostener para cualquier persona.

Mujeres, ¿cuánto estamos dispuestas a arriesgar por cumplir un único y uniforme molde de belleza? ¿La salud, la apacibilidad de un cuerpo que funciona con normalidad y no incomoda? ¿La vida? Porque mucho se habla de lo tontas, tacañas y petulantes que son las que se someten a cirugías o intervenciones estéticas en garajes, pero poquísimo se menciona el hecho de que en las mejores clínicas, con los médicos más preparados y los implementos de mejor calidad se realizan procedimientos cuyos riesgos no son explicados a las pacientes. Esto no sucede solo porque un médico decida esconder información, sino también porque no hay suficientes investigaciones que soporten hipótesis ya sólidas sobre algunas aflicciones que pueden acarrear las cirugías estéticas. Un ejemplo es el síndrome de Asia.

Este síndrome es una reacción inmunológica del cuerpo a diferentes sustancias o cuerpos extraños. Puede ocurrir que una mujer se ponga implantes en senos o glúteos y experimente dolores musculares y articulares, fatiga crónica y alteraciones neurológicas, entre otros síntomas. La respuesta que encuentran en la ciencia es que no hay suficientes pruebas para dictaminar que los implantes sean el causante de sus padecimientos, que no hay un registro oficial de este síndrome y que si recurre a una cirugía de extracción de implantes, podría no recuperarse.

En los años 90, la Administración de Alimentos y Medicamentos de Estados Unidos (FDA, por sus siglas en inglés) retiró de circulación temporalmente los implantes para estudiarlos, pero al no obtener una conclusión, volvieron a circular en el mercado. La única certeza es que el bienestar de las mujeres es lo que menos pesa en la balanza y hablo en femenino, porque aproximadamente el 82 % de las pacientes de las cirugías estéticas a nivel mundial son mujeres.

En este país somos muy dados a señalar a la víctima y no al victimario: ¿le robaron?, pa qué da papaya; ¿la violaron?, pa qué da papaya; ¿la extorsionaron?, pa qué da papaya; ¿la mataron?, qué mal, pa qué da papaya. Además, esto refleja una falta de análisis tremenda, que ignora las problemáticas estructurales. A ver, que es cierto, hay que transitar la vida con cierta malicia. Una no puede fingir que la vida es color de rosa porque así lo dicta la ley. Pero ¿cómo podemos culpar a una mujer de su desgracia cuando es lo que se le impuso y se le socializó desde su más tierna infancia? 

Dice la socióloga Esther Pineda que la violencia estética es “una de las formas de violencia sexista más universal que existen”, porque atraviesa todas las clases sociales, todas las edades, todos los ámbitos de la vida. Este tipo de violencia se cobró, el 13 de mayo de 2026, la vida de Yulixa Toloza, una mujer de 52 años, oriunda de Arauca que regentaba, desde 2024, un salón de belleza en Bogotá; era amiga, hija, hermana y tía y, según quienes la conocieron, poseía un talante alegre y generoso. Que la muerte de Yulixa nos deje una reflexión: lo bello es bello en tanto sea (como cada una) diverso y plural. El resto es carne de cañón.

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