Nacimiento y desembocadura de un abandono

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26 junio, 2026
Por: Maria del Mar Martínez Cárdenas | maria.martinez25@udea.edu.co

En el oriente de Medellín, entre cemento y ladrillos, los niños deciden quién será el primero en lanzarse al agua clara de un nacimiento único en su tipo. Mientras tanto, en el sur, la gente huye del río que se les acerca y de la lluvia que, como ellos, busca dónde meterse. Aquí también todo es cemento y ladrillos.

La quebrada La Gallinaza es usada por algunos habitantes de la Comuna 8 Villa Hermosa como depósito de basuras. Foto: Maria del Mar Martínez.

1. El charco 

«Mateo tiene miedo, Mateo tiene miedo», corea un grupo de niñas dentro de un nacimiento de agua natural que funge como piscina en la calle La Estrechura del barrio La Libertad. Mateo está de pie en el borde de este charco, como es llamado por quienes lo frecuentan. Con las manos en la cintura, mira al suelo e intercambia su apoyo entre un pie y el otro para sostenerse sin quemarse con el pavimento. El agua brilla casi cristalina y se menea serena. ¡Plash! La superficie se turba con el clavado de Mateo, salpica agua en la calle y en la baranda amarilla que separa la acera del charco. Otros 10 niños se lanzan, se voltean y me miran alzando las manos para que les tome una fotografía que registre su tarde de sábado, costumbre en este barrio de Villa Hermosa.

En la cuadra también se oye otro chapoteo: es el sonido de la quebrada, que además de piedras lleva el motor de un ventilador con su hélice, la cabeza de un bebé de juguete, costales con escombros y rastrojo, ropa, empaques y más. Algunas de estas cosas flotan hasta la quebrada Santa Elena e incluso al río o más allá, otras se atascan o alguien las saca. De los pies de los niños en los alrededores del charco al pico de los gallinazos en los vados del río es difícil saber cuánto tiempo van a permanecer en el agua o qué tan lejos llegarán. Pero regresemos a lo que hay enfrente.

El charco tiene unos 12 metros de longitud, uno de ancho y no supera los 170 centímetros de profundidad. Aun así, los niños se tiran clavados de cabeza y nadan de un extremo a otro haciendo «piscinas», pero solo uno a la vez porque en el poco espacio no caben dos sin chocar un poco.

Cada vez que uno de ellos se tira al charco, el agua sale por uno de los dos agujeros de drenaje. En este momento, uno está sellado; los niños lo cierran para mantener el nivel, pero dejan abierto el otro para evitar que el agua se suba mucho. Los orificios de llenado solo se tapan para secarlo. Son tres que están en uno de los dos extremos del charco, por donde entra el agua que llega del acuífero.

Mientras tanto, una señora que vive en la cuadra lava dos morrales con jabón lavaplatos dentro del charco. El residuo de jabón y el polvo de la calle en los pies de los niños opacan el agua. Pero esa es el agua más limpia que encuentra un habitante de calle para refrescarse del sol que está en su pico. Cuando la señora ya se ha ido, este hombre se acerca al charco para recoger agua en una botella y lavarse la cara, luego sigue su camino por La Estrechura y deja atrás a los niños que ahora juegan a hundirse entre sí.

Frente al charco hay una tienda de bolis, pasteles hojaldrados y bebidas. Valeria, la vendedora, explica que es un nacimiento, que viene más gente los sábados, que no siempre estuvo pavimentado ni tuvo baranda y que muchas veces los niños se han accidentado dentro de él en medio del juego. Este es un espacio de recreación sobre el que los habitantes del barrio han sido soberanos durante más de 40 años. Ellos mismos lo adaptaron como una piscina; incluso, ella y Margarita, su madre, afirman que todos los vecinos aprendieron a nadar en él. Pero al preguntar quién lo creó, cómo o cuándo, las personas de la cuadra coinciden en que siempre ha estado ahí.

La Comuna 8, Villa Hermosa, se empezó a construir en la década de 1940 en medio de las olas migratorias a causa de la violencia partidista. También entonces inició la canalización del río Medellín, en 1942. Para este proceso de urbanización fue fundamental una figura de organización comunitaria: el convite, una práctica de trabajo solidario entre vecinos. Mediante los convites se construyeron caminos, escuelas, escalas, calles y, en este caso, «piscinas naturales». Así las personas del barrio han preservado el charco, son formas de convite que los niños se reúnan para lavarlo o que los vecinos aporten materiales para adecuarlo, como las tablas de madera con las que tapan los orificios.

El charco y la quebrada, uno al lado del otro, dan cuentas de formas distintas, casi opuestas, de relacionarse con el agua en la ciudad. Foto: Maria del Mar Martínez.

2. La ciudad

Como el charco, el río Aburrá-Medellín ha sido adaptado a los intereses de sus vecinos. Su rectificación (modificación del cauce original eliminando sus curvas) comenzó a finales del siglo XIX cuando un grupo de empresarios antioqueños promovió la urbanización de Guayaquil, así lo explica Andrea Preciado en su libro Canalizar para industrializar. Entonces, siguió la canalización (revestimiento del cauce) finalizada en 1952 con el apoyo de la Sociedad de Mejoras Públicas (SMP). Antes de ese proceso el río era un espacio recreativo, lugar de baño, de recolección de agua e incluso un medio de transporte. Hoy en día también hay un aprovechamiento de sus recursos con fines similares. Sin embargo, esta otra relación con el río está mediada por las necesidades de las comunidades y la falta de mejores alternativas de acceso al agua, como es el caso de algunos habitantes de calle que se ubican en sus orillas.

Pero la canalización no es el único proceso que ha transformado la relación entre la ciudad y el río. Antonio Hoyos, ingeniero y socio de la SMP de Medellín, dice que «la ciudad crece y atrae flujos migrantes, bien sea por la violencia o por el desarrollo económico, gente que busca y aspira legítimamente a mejorar su calidad de vida […]. Pero al construir en la ladera, en donde está la tierra disponible, están sufriendo muchos costos sociales, pues son los peores lotes y tienen menos conectividad, servicios y espacio público«. La Libertad es uno de esos barrios.

El exceso de edificaciones en las laderas hace que los suelos pierdan su capacidad de absorción del agua, fundamental en la prevención de inundaciones. Si el terreno no puede absorber el agua correctamente, la lluvia puede sobrecargar las cuencas, haciendo que se desborden. Alejandra Serna, quien ha participado de procesos en torno a la gestión del riesgo en la Comuna 8 como profesional social de la Corporación Jurídica Libertad, explica que «la prevención es casi nula y la generación de alternativas para las soluciones de vivienda a esta población específica tampoco avanza«. Así, las zonas en riesgo se ven más expuestas a los «superaguaceros» y climas extremos: «El argumento sigue siendo responsabilizar a las personas por ubicarse en zonas de riesgo, por afectar las quebradas, pero no analizar que esto también responde a un déficit institucional, estructural e histórico».

Uno de los proyectos pensados para dar solución a esta problemática fue Parques del Río. Se esperaba que, al invertir en zonas aledañas al río, empresas constructoras realizarían proyectos de vivienda que permitirían reconfigurar la organización de la zona valle de la ciudad. Así, buscaban atraer personas de las laderas para vivir cerca del río, mejorar la relación de la ciudadanía con este y mitigar la problemática de la falta de espacio. Sin embargo, el proyecto no se concretó como estaba pensado en un inicio, el tramo que se realizó no impactó en estas comunidades con menos garantías de vivienda y Parques del Río Norte, que está en proceso, sí impacta a estas personas, pero no resuelve la problemática.

Además, en lo que va del año hasta mayo de 2026 la Alcaldía había reportado 74 inundaciones, 81 deslizamientos y 453 emergencias relacionadas con árboles. A su vez, el Sistema de Alerta Temprana del Valle de Aburrá predijo el año pasado una probabilidad de lluvias del 60 % al 80 % para enero, febrero y marzo. Es así que la Alcaldía de Medellín y el Área Metropolitana del Valle de Aburrá emitieron una alerta por el alto riesgo que representó la temporada de lluvias este año. La Corporación Jurídica Libertad encontró, mediante un derecho de petición al Departamento Administrativo de Gestión del Riesgo de Desastres de Medellín, que el año pasado se realizaron más de 900 evacuaciones de vivienda permanentes durante la temporada de lluvias, de abril a mayo y de septiembre a noviembre.

Como resultado de esas lluvias y la sobrecarga de las cuencas, los desbordamientos de la quebrada La Presidenta en El Poblado se volvieron frecuentes, algo que no era común en la zona. El 28 de enero hubo una inundación del sector del centro comercial Monterrey sobre la avenida Las Vegas y el 17 de marzo se produjo un socavón en la avenida El Poblado, a la altura del Hotel Dann Carlton.

Una emergencia aún más reciente sucedió en Manrique, cuando el 3 de abril se desbordó la quebrada La Mansión debido a la obstrucción parcial de su cauce. En uno de los videos que circuló por redes se puede observar cómo un grupo de personas realiza una cadena humana para atravesar a lo ancho la calle por la que corre impetuosa el agua marrón para así poder detener a un hombre que es arrastrado por la corriente. Cuando lo atajan, sin soltarse de las manos, se recogen rápidamente alrededor de un poste para acercarlo al andén. En los videos que se viralizan sobre inundaciones en los barrios autoconstruidos resalta otra forma de «convite» para la gestión de riesgo, durante y después de las emergencias.

Tras varias décadas, el charco en La Libertad se ha convertido en un cuerpo de agua cuidado y aprovechado por los habitantes para su ocio. Foto: Maria del Mar Martínez.

3. La quebrada

–¿Se va a meter? –me pregunta un niño cuando decido acercarme al charco, olerlo y tocarlo.
–No –le respondo–. ¿Usted se ha metido?
–Sííí, hasta me he abierto la cabeza tirándome.

Dice que les gusta hacer clavados corriendo desde el otro lado de la calle por la que pasan los buses de Villatina, subiéndose en la baranda que ya está despintada y de pie desde los bordes en los que hay basura, escombros y poco espacio para pararse. Mientras cuenta esto se termina de tomar una Coca Cola, tapa la botella y la lanza al agua. Pero no a la del charco, sino a la de la quebrada. Le pregunto si tiran basura en esta y me responde: «Es que eso es un basurero«, refiriéndose a La Gallinaza.

Tiene razón al desconfiar de la higiene del espacio. Aunque el agua del charco se vea cristalina y no emane ningún olor, sus alrededores acumulan basura, residuos de maleza, escombros, trapos, costales y más. Que las cuencas sean utilizadas como botadero de basuras no solo limita que existan otras formas de aprovechamiento, también es riesgoso e interfiere en el uso de recursos aledaños. En este caso, la contaminación del espacio pone en riesgo la salud de quienes lo frecuentan. Según Serna, las condiciones de la quebrada La Gallinaza son «muy preocupantes«. Dice que la mayor cantidad de residuos que se recogen durante la limpieza de estas quebradas son de construcción. «Son los grupos armados quienes promueven el loteo y la consolidación de espacios clandestinos de disposición de escombros«, agrega.

La Gallinaza huele como el abono que lleva su nombre y en ella desembocan los orificios de drenado del charco. Aunque ambos sean cuerpos de agua no se parecen tanto entre sí. Primero porque uno es acuífero (cuerpo de agua subterráneo) y el otro afluente (cuerpo de agua superficial en movimiento), segundo por la diferencia de las relaciones que existen entre estos y la comunidad. Esa relación es fundamental en la conservación del medioambiente y los diferentes ecosistemas.

A finales de los 90 y principios de los 2000, las autoridades del Área Metropolitana comenzaron a plantearse la necesidad de reconfigurar las dinámicas entre la ciudadanía y el río. Una de esas formas fue el Instituto Mi Río, el cual articuló el cuidado, la planeación y la labor de monitoreo entre 1992 y 2002, cuando fue liquidado por la Alcaldía, bajo la administración de Sergio Fajardo, y sus funciones se repartieron entre diferentes entidades del Área Metropolitana. En 2026, la Alcaldía propuso una nueva estrategia llamada Mi río, mis quebradas, inspirada en el proyecto anterior, que pretende una inversión de 663.383 millones de pesos para estrategias de conservación de estos acuíferos.

Serna considera que estos proyectos muchas veces no generan cambios significativos ni duraderos en los sectores más vulnerables: «Sentimos que esto va a ser una obra que va a estar dirigida a zonas privilegiadas o incluso que es más para la repotenciación del Metro que para la recuperación del río«. Aunque todavía no se conoce la totalidad del plan de acción del proyecto, ya se ha iniciado con seis obras que, como lo explica la Alcaldía, consisten en «intervenciones en quebradas estratégicas con obras hidráulicas, estabilización de taludes, generación de espacio público y drenaje urbano sostenible».

Para el ingeniero de la SMP Antonio Hoyos, la relación de la ciudad con el río y sus afluentes ha sido «principalmente de abandono«. Y agrega que «si bien en algunos momentos le hemos puesto atención, esos esfuerzos y buenas iniciativas se han abandonado por el vaivén del cambio de política pública». Además, reconoce que no solo hay falta de articulación y claridad institucional, también poca priorización del río en los planes de ordenamiento territorial, desconocimiento generalizado de su importancia para la ciudad y falta de conciencia por parte de la ciudadanía sobre los riesgos y los hábitos de sostenibilidad ambiental.

Junto a la quebrada La Gallinaza y el charco en La Libertad, bajo las escaleras de una casa, unos niños tiemblan de frío mientras se visten con la piel todavía mojada después del chapuzón. Cae una llovizna y por La Estrechura sube un bus hacia Villatina. Con una seña y un grito logran que el busero los espere un momento y luego corren todos, aún con los pantalones abajo, las camisetas remangadas y las chanclas en la mano para poder subirse pronto.

Son las cuatro de la tarde de un jueves y La Gallinaza avanza ruidosa, huele mal y está un poco crecida por la lluvia reciente. Costales con pasto, basura y escombros obstaculizan el flujo de su cauce, así como pasa con muchas de sus 4200 compañeras del Área Metropolitana. Zarigüeyas, iguanas y guacharacas se albergan en los corredores de todas ellas entre los desechos de la ciudadanía; los árboles de yarumo y caracolí buscan en sus pavimentadas márgenes un espacio para crecer y, con suerte, a veces lo encuentran; la lluvia las hace querer salirse del molde que guía sus corrientes; las retroexcavadoras las esculcan para sacar algo de eso que arrastran y en uno que otro punto de sus cauces alguien busca refrescarse.

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