Réquiem por los salpimuertos

Local de los salpimuertos con fantasmas alrededor

Frente al cementerio Campos de Paz, en la avenida 80, por más de 45 años funcionaron Melón y Salpicón y Salón de Frutas Curuba, dos negocios que servían una tradición popular de Medellín: los salpimuertos. Ya no existen porque el Metro de la 80 ocupará su espacio. Nos reunimos para despedir a Melón y Salpicón y al Salón de Frutas Curuba. No solo venimos a llorar su ausencia, sino a reconocer lo que dejaron en quienes tuvimos la fortuna de conocerles. No ha parado de llover desde que empezó 2026. Es el segundo domingo de febrero y, frente a un alambrado que resguarda escombros, varias personas arrumadas buscan refugio de la tormenta. Los que tiritan de frío habrían podido sentarse, descansar y pedir algo de comer para esperar el paso del aguacero. Sin embargo, el techo de lo que solía ser un negocio es lo único que aún se sostiene. Sirve de escampadero, pero no se compara con el confort que ofrecía hasta diciembre. Entonces, quien pasara frente al cementerio Campos de Paz, en el suroccidente de Medellín, podía encontrar en un mismo sitio refugio y disfrute para el paladar.  Melón y Salpicón y Salón de Frutas Curuba eran dos negocios que, lado a lado, llevaban más de 45 años vendiendo ensaladas de frutas, jugos, helados y su producto estrella: los salpicones, más conocidos como “los salpicones de la 80”, “los salpicones del cementerio” o “los salpimuertos”. Su defunción ocurrió con el proyecto Metro de la 80 que, para construir sus vías, demanda el espacio que ocupaban los locales. Elevemos una oración. Consagramos a los salpicones de la 80 y pedimos que se les conceda descanso; y para quienes sentimos su ausencia, consuelo. Jaime Ruiz, mensajero, recuerda que la primera vez que comió allí tenía 25 años. Hoy tiene 61 y dice que la ausencia de los salpicones de la 80 le despierta “mucha nostalgia” porque eran los mejores de la ciudad. Anhela que vuelvan a abrir el negocio sin importar la nueva ubicación. Estar frente al cementerio creó una tradición popular que también murió. Cuenta Jaime que un día venía con sus amigos a visitar a uno de ellos “que estaba muerto” cuando, al salir del camposanto, notaron un negocio que vendía helados y licores. Acudieron para aprovechar ambas ofertas. “En esa época, el cementerio se mantenía abierto 24 horas y los salpimuertos eran la única parte donde se conseguía aguardiente y salpicón”, recuerda. Después de esa primera cucharada regresó con frecuencia, pero con compañías distintas: su mamá, su hermana o su hija. No solo iba tras visitar el cementerio, sino también con otros motivos, como celebraciones de cumpleaños. En septiembre de 2025 probó por última vez un bocado de los salpimuertos y, sin saberlo, se despidió de la costumbre de más de tres décadas. Eclesiastés 3, 1-4: “Todo tiene su momento oportuno; hay tiempo para todo lo que se hace bajo el cielo: tiempo para nacer y tiempo para morir”. Luz Marina Areiza, propietaria original de ambos negocios, comenzó vendiendo frutas, helados y cremas afuera del cementerio en 1975. Luego, incluyó los salpicones en el menú y a sus familiares en el emprendimiento; hasta que se trasladó a un kiosco al frente porque no podían permanecer en el borde del camposanto. Los clientes pasaron de comer de pie a sentarse en cajas de gaseosa y, finalmente, en sillas plásticas y mesas de metal. Así como Jaime Ruiz, otras y otros habitantes de Medellín vinculaban los salpimuertos al cementerio. Giovanny Arango, taxista de 62 años, recuerda los “chistes macabros” que la gente hacía: “Aquel que dejaba un difunto, cremado o enterrado, lo celebraba con un salpicón y así pasaba la amargura”. Cuando conoció el Salón de Frutas Curuba era un niño que iba con su papá a comer helado y a ver los aviones despegar desde la malla del aeropuerto Enrique Olaya Herrera, a tres cuadras del establecimiento, un rito recurrente entre muchas familias de la ciudad. Giovanny nunca los llamó “salpimuertos”. Le parecía imprudente porque asociaba el establecimiento con la tranquilidad y, para él, ese apodo tiene una connotación negativa. Hoy, ese respeto lo traduce en nostalgia: “Lo malacostumbran a uno a la buena sazón, se van y lo dejan antojado”. Este sitio nutría múltiples facetas de la identidad de la ciudad: la cultural, la social e incluso la económica. Su ausencia ha impactado al gremio florista, que se hace al frente, junto a la entrada del cementerio. Doris Guira, oriunda de Santa Elena, viaja hace 40 años para vender flores en Campos de Paz. Cuenta que, aunque tiene una clientela fiel, las ventas han disminuido desde la defunción de los salpimuertos. Edgar Baños, florista sucreño, también cree que el flujo de gente ha mermado porque el negocio era un trampolín para pasar a comprar flores. Que la paz acompañe el descanso de los salpimuertos. Quienes deseen pueden acompañarnos para realizar la sepultura. Medellín entierra una cucharada de su memoria. Doris dice que esos salpicones fueron los mejores que comió en su vida y que le hacen mucha falta. Iba varias veces a la semana junto con su hija para descansar del trabajo y, como eran conocidas en el local, Rodolfo Sánchez –otro de los propietarios– frecuentemente les regalaba salpicones o ensaladas de frutas. Con la partida de los salpimuertos murió esa costumbre y, como si guardaran luto, las floristas no volvieron a comer salpicón juntas. En diciembre de 2025, Doris y su hija fueron al negocio y Rodolfo les regaló tres salpicones. Les dijo que eran los últimos: fue su despedida y testamento. A Doris le encantaría que reestablezcan el negocio, bajo la condición de que sea frente al camposanto, porque es allí a donde pertenece. Para vivir, los salpimuertos necesitaban el aliento del cementerio.

Nacimiento y desembocadura de un abandono

En el oriente de Medellín, entre cemento y ladrillos, los niños deciden quién será el primero en lanzarse al agua clara de un nacimiento único en su tipo. Mientras tanto, en el sur, la gente huye del río que se les acerca y de la lluvia que, como ellos, busca dónde meterse. Aquí también todo es cemento y ladrillos. La quebrada La Gallinaza es usada por algunos habitantes de la Comuna 8 Villa Hermosa como depósito de basuras. Foto: Maria del Mar Martínez. 1. El charco  «Mateo tiene miedo, Mateo tiene miedo», corea un grupo de niñas dentro de un nacimiento de agua natural que funge como piscina en la calle La Estrechura del barrio La Libertad. Mateo está de pie en el borde de este charco, como es llamado por quienes lo frecuentan. Con las manos en la cintura, mira al suelo e intercambia su apoyo entre un pie y el otro para sostenerse sin quemarse con el pavimento. El agua brilla casi cristalina y se menea serena. ¡Plash! La superficie se turba con el clavado de Mateo, salpica agua en la calle y en la baranda amarilla que separa la acera del charco. Otros 10 niños se lanzan, se voltean y me miran alzando las manos para que les tome una fotografía que registre su tarde de sábado, costumbre en este barrio de Villa Hermosa. En la cuadra también se oye otro chapoteo: es el sonido de la quebrada, que además de piedras lleva el motor de un ventilador con su hélice, la cabeza de un bebé de juguete, costales con escombros y rastrojo, ropa, empaques y más. Algunas de estas cosas flotan hasta la quebrada Santa Elena e incluso al río o más allá, otras se atascan o alguien las saca. De los pies de los niños en los alrededores del charco al pico de los gallinazos en los vados del río es difícil saber cuánto tiempo van a permanecer en el agua o qué tan lejos llegarán. Pero regresemos a lo que hay enfrente. El charco tiene unos 12 metros de longitud, uno de ancho y no supera los 170 centímetros de profundidad. Aun así, los niños se tiran clavados de cabeza y nadan de un extremo a otro haciendo «piscinas», pero solo uno a la vez porque en el poco espacio no caben dos sin chocar un poco. Cada vez que uno de ellos se tira al charco, el agua sale por uno de los dos agujeros de drenaje. En este momento, uno está sellado; los niños lo cierran para mantener el nivel, pero dejan abierto el otro para evitar que el agua se suba mucho. Los orificios de llenado solo se tapan para secarlo. Son tres que están en uno de los dos extremos del charco, por donde entra el agua que llega del acuífero. Mientras tanto, una señora que vive en la cuadra lava dos morrales con jabón lavaplatos dentro del charco. El residuo de jabón y el polvo de la calle en los pies de los niños opacan el agua. Pero esa es el agua más limpia que encuentra un habitante de calle para refrescarse del sol que está en su pico. Cuando la señora ya se ha ido, este hombre se acerca al charco para recoger agua en una botella y lavarse la cara, luego sigue su camino por La Estrechura y deja atrás a los niños que ahora juegan a hundirse entre sí. Frente al charco hay una tienda de bolis, pasteles hojaldrados y bebidas. Valeria, la vendedora, explica que es un nacimiento, que viene más gente los sábados, que no siempre estuvo pavimentado ni tuvo baranda y que muchas veces los niños se han accidentado dentro de él en medio del juego. Este es un espacio de recreación sobre el que los habitantes del barrio han sido soberanos durante más de 40 años. Ellos mismos lo adaptaron como una piscina; incluso, ella y Margarita, su madre, afirman que todos los vecinos aprendieron a nadar en él. Pero al preguntar quién lo creó, cómo o cuándo, las personas de la cuadra coinciden en que siempre ha estado ahí. La Comuna 8, Villa Hermosa, se empezó a construir en la década de 1940 en medio de las olas migratorias a causa de la violencia partidista. También entonces inició la canalización del río Medellín, en 1942. Para este proceso de urbanización fue fundamental una figura de organización comunitaria: el convite, una práctica de trabajo solidario entre vecinos. Mediante los convites se construyeron caminos, escuelas, escalas, calles y, en este caso, «piscinas naturales». Así las personas del barrio han preservado el charco, son formas de convite que los niños se reúnan para lavarlo o que los vecinos aporten materiales para adecuarlo, como las tablas de madera con las que tapan los orificios. El charco y la quebrada, uno al lado del otro, dan cuentas de formas distintas, casi opuestas, de relacionarse con el agua en la ciudad. Foto: Maria del Mar Martínez. 2. La ciudad Como el charco, el río Aburrá-Medellín ha sido adaptado a los intereses de sus vecinos. Su rectificación (modificación del cauce original eliminando sus curvas) comenzó a finales del siglo XIX cuando un grupo de empresarios antioqueños promovió la urbanización de Guayaquil, así lo explica Andrea Preciado en su libro Canalizar para industrializar. Entonces, siguió la canalización (revestimiento del cauce) finalizada en 1952 con el apoyo de la Sociedad de Mejoras Públicas (SMP). Antes de ese proceso el río era un espacio recreativo, lugar de baño, de recolección de agua e incluso un medio de transporte. Hoy en día también hay un aprovechamiento de sus recursos con fines similares. Sin embargo, esta otra relación con el río está mediada por las necesidades de las comunidades y la falta de mejores alternativas de acceso al agua, como es el caso de algunos habitantes de calle que se ubican en sus orillas. Pero la canalización no es el único proceso que ha transformado la relación entre la ciudad y el

Vestir y votar

vestimenta candidatos

En medio de la polarización política que vive Colombia por la elección presidencial, atacar al que piensa diferente es cada vez más común. Juzgar al otro por su estética y forma de vestir ha sido una forma constante de arremeter contra el otro durante el proceso electoral. “Esta gente huele a cartón mojado. Digan lo que quieran pero la estética petrista a mierda sí existe”, escribió un tal Cristian Cadavid en X el 17 de junio de 2026, cuatro días antes de la segunda vuelta que definió el nuevo presidente de Colombia. Así como la de Cristian, otras publicaciones en diferentes redes sociales muestran una mirada sobre la estética basada en la ideología, además de un ataque a la estética del otro. Para Ita María Díez, economista y editora general del medio feminista Volcánicas, “lo que usamos, lo que consumimos, lo que compramos, lo que elegimos ponernos para presentarnos al mundo, tiene una carga política importante y tiene que ver con cómo concebimos el mundo y qué queremos proyectar”. Por esto, atacar cómo luce el otro resulta en un ataque a la ideología que proyectamos. — Loading El 21 de junio el puesto de votación de la universidad Eafit parecía una tribuna del estadio Metropolitano de Barranquilla. El amarillo de la camiseta de la selección Colombia aparecía por donde uno volteara a ver, familias enteras iban uniformadas para votar. ¿Por quién? No hacía falta preguntar, pues Abelardo de la Espriella adoptó la indumentaria del equipo de fútbol como símbolo de su campaña. Además este candidato tuvo un 74,8 % de votos en este puesto en la primera vuelta. Quienes no iban de amarillo, iban de camisa, casi siempre azul clara o blanca; la tipo polo también abundaba. Eso sí, entre los hombres la camisa siempre iba metida dentro del pantalón para exhibir la correa de cuero. Y las mujeres, con su balayage rubio siempre retocado. A algunos se les veía con un collar de crucecita o alguna imagen del Divino Niño colgando en el outfit. Hablar de variedad de estilos en este escenario sería difícil, pues a simple vista solo había dos: aficionado de la selección y cosplay de alcalde de Medellín. La camisa azul bien planchada, los tenis blancos, los mocasines y el pelo corto y peinado pulido representan, para Ita María, las aspiraciones “eurocentristas” que tiene la derecha. “Hay una intención clara en proyectar esta idea de una persona exitosa desde la capacidad adquisitiva, porque en las ideologías de derecha las personas valen por lo que tienen”, dice Ita, quien además de economista ha trabajado para la agencia de moda WGSN y ha escrito sobre moda para diferentes medios como El Tiempo y El País. En ese sentido Abelardo de la Espriella, con su traje y corbata, representa esa idea de éxito y poder económico a la que aspira la derecha.  El mismo día en que en Eafit los caminos se inundaban de amarillo, en un puesto de votación de apenas 2500 votos de potencial electoral, miles de jovenes asistían también a votar. El puesto de la Universidad Claretiana fue el único lugar de Medellín (salvo la cárcel de Pedregal) donde Iván Cepeda obtuvo más del 50 % de los votos en la primera vuelta. Este punto de votación es uno de los más cercanos a la Universidad de Antioquia y en donde usualmente votan los estudiantes foráneos que viven en el barrio El Chagualo, por ello la mayoría de votos de las siete mesas habilitadas son de jóvenes universitarios. Buena parte de quienes votaban salían con totebag o mochila wayúu al hombro. Camisetas negras, rojas, verdes, incluso del equipo de fútbol chileno Club Deportivo Palestino, eran las que más se veían en este puesto. No había un consenso en el color, más bien había diversidad. Cada tanto también salía algún votante desfilando el amarillo de la selección. Acá abundaron los tatuajes y los piercings en comparación con la mayoría de los cuerpos sin tinta ni perforaciones de la Eafit. También había más estilos de pelo y peinados, hombres de pelo largo, mujeres de pelo teñido en rojo y morado, y no había ni un balayage rubio entre esos cabellos. Los accesorios coloridos se alejaban del oro y la plata. Las faldas de flores y los tenis de colores también eran frecuentes. Lo que no había era un estilo predeterminado, algo que pareciera uniforme o que los identificara a todos, pero se dejaban ver muchos elementos que la derecha ataca en la estética “india” o “mamerta”. En la forma de vestir de la izquierda, en vez de aspirar al norte, hay una “reivindicación por lo latinoamericano”, así lo nombra Ita. En la pinta de la izquierda podemos encontrar más variedad de colores y de estilos; diseños que evocan lo artesanal y lo regional, y un pelo menos ordenado y definido. Este estilo va de la mano de Iván Cepeda y su fórmula vicepresidencial, Aida Quilcué. Cepeda lleva casi siempre una camisa blanca de cuello estilo Mao y suele usar un blazer o chaqueta de tela mucho menos llamativo que el de su contrincante de derecha. Su estética sencilla lo “muestra más cercano, más accesible a la gente”, dice Ita. Por su lado, Aida como líder indígena muestra en sus ropas su relación con lo artesanal y la naturaleza; los bordados de plantas y flores siempre están presentes en su vestimenta; en sus accesorios, como sombreros, bandanas y collares, también se deja ver su vínculo con el Consejo Regional Indígena del Cauca (CRIC). Tanto Cepeda como su fórmula vicepresidencial han recibido ataques por su apariencia física, y su forma de vestir. Cepeda por usar siempre camisa de cuello Mao se ha ganado el título de comunista, y por la apariencia de sus dientes le han hecho burla llamándolo “basuquero” o “jetipicho”. De la Espriella también ha sido objetivo de burlas y críticas por su apariencia física y modo de vestir; algunos lo definen como alguien de “mal gusto” por sus ostentaciones de ropa de marca, vinos caros y

Preconteo generacional: jóvenes y adultos ante las urnas de Medellín

Delante de las banderas de Antioquia, Colombia y Medellín, algunos votantes salen del puesto de votación en la Alpujarra.

Durante la segunda vuelta por las elecciones presidenciales de 2026, en Medellín, personas de todas las edades salieron a las calles para votar por el candidato que más se alineaba con sus deseos. Desde Plaza Mayor hasta el Atanasio Girardot, se acercaron a las urnas con orgullo, miedo, tranquilidad o ansiedad. En el puesto de votación en el sótano de la Alcaldía Municipal, había 40 mesas habilitadas para que los ciudadanos ejercieran su derecho al voto. Foto: Pablo Giraldo Vélez. Un hombre lleva un sombrero amarillo, azul y rojo con la palabra “paz”. Toda su vestimenta tiene los colores de la bandera de Colombia y se dirige desde la estación Estadio del metro hacia el puesto de votación en el Atanasio Girardot. Se llama Paz Colombia Duque y siente una “satisfacción muy grande porque, a partir de hoy, vamos a descansar de tanta pelea, de tanto odio. Tanto del uno como del otro”. Como él, personas de todas las edades, con convicciones, sentires e ideales diferentes, se acercaron a los puestos de votación ubicados en Plaza Mayor, la Alpujarra, el estadio y el Politécnico Jaime Isaza Cadavid. Ocho horas antes de que la Registraduría Nacional informara los resultados del preconteo, alrededor de las 10:00 a. m., la jornada electoral transcurría con normalidad en las afueras de Plaza Mayor, el puesto de votación para mujeres más grande de la ciudad. Entre la masa de gente que entraba y salía constantemente del centro de eventos, se distinguían camisetas de la Selección Colombia y un electorado en el que sobresalían las mujeres de 40 a 60 años. Con cornetas y campanas de carritos de helado sonando de fondo, un helicóptero sobrevolando y mascotas —algunas engalanadas de amarillo—, las votantes y sus acompañantes, quienes las esperaban afuera del recinto, compartían opiniones en la plazoleta. Cuando Jaime Alzate, de unos 60 años y que estaba afuera de Plaza Mayor, se despertó para votar sintió “orgullo por la patria y la democracia” y deseos de “sacar a la izquierda”. Pero también tenía miedo de que los resultados no fueran reconocidos o fueran manipulados por aquellos a quienes llamó “las liendras”, un sentimiento que combatía con la creencia de que “los buenos”, sus copartidarios, eran más y que no se iban a dejar amedrentar de nadie, menos de la “gentuza de la guerrilla”. “Se sabe que esta gente quiere atornillarse en el poder y acabar con todo; entre comillas, hacer otro Venezuela de nuestro país”, dijo Jaime al final mientras vestía su camiseta tricolor. Plaza Mayor tenía un electorado habilitado de 44 736 posibles votantes con 56 mesas de votación, el segundo de Medellín, solo superado en cantidad de personas habilitadas para votar por el puesto destinado a los hombres, el estadio Atanasio Girardot. Allí, en la comuna 10 —La Candelaria—, Abelardo de la Espriella triunfó en la primera vuelta con el 54,9 % de los votos por encima del resto de candidaturas, según el escrutinio. Plaza Mayor no desistió en la tendencia de su comuna para la segunda vuelta y recibió a miles de personas que llevaban al tigre por delante en sus camisetas y cuyos bafles entonaban “tigre que ruge y muerde, tigre que nada teme, tigre que deja huella. Abelardo de la Espriella, ¡Firmes por la patria!”. La fe en el candidato del lema “Firmes por la patria” la compartía Gloria Méndez que, como Jaime y muchos otros, se vistió con la camiseta de la selección. Ella se levantó a votar con tristeza, temor y estrés. Sin embargo, ante todo, le emocionaba ver a tanta gente votando y tenía una certeza: “Abelardo va a ganar y vamos a recuperar el país”. Para el 22 de junio, con el 99,99 % de las mesas informadas, De la Espriella fue elegido como presidente de Colombia para el periodo 2026-2030 con el 49,66 % de los votos a su favor; Iván Cepeda ocupó el segundo lugar en la contienda electoral con el 48,70 %; la diferencia entre ambos candidatos fue de 0,96 %, la más estrecha en la historia del país. A sus 75 años, con mechones pintados de tintura rojiza que sobresalía entre las canas, Luz Cadavid dijo que es necesario votar para aportar a la patria y por eso lo hace siempre: “Si no, no podemos lamentarnos ni criticar”. En esta ocasión, lo hizo porque la convenció la campaña de su candidato y padeció nervios porque ella quiere cambio y no continuidad. Sobre todo, dijo que no quiere guerra tras los resultados de la segunda vuelta. En Plaza Mayor solo votan mujeres. Había 44 736 habilitadas. Foto: Pablo Giraldo Vélez. Pero en Plaza Mayor también hubo opiniones que partían de un lugar diferente, como las de Natalia Duque y Jorge Libreros —de 45 y 48 años, respectivamente—, que invitaron a votar sin miedo y a continuar el cambio. Natalia es titiritera en Medellín hace 23 años y, con una boina negra en la cabeza, declaró que la motivación de su voto parte precisamente de su oficio. Ella quiere evitar el fracking y el cierre del Ministerio de las Culturas, las Artes y los Saberes: “Mi voto está con la vida, con la biodiversidad y, sobre todo, con el agua, para poder seguir soñando. Y las artes; todos necesitamos de las artes para poder tener salud mental”. Jorge es compañero de Natalia y juntos fundaron el teatro de títeres Jabrú en 2003. Por eso su motivación está sintonizada con la de ella; él votó por la supervivencia de su trabajo “independiente, artístico y cultural”. Pero además, compartió que esperaba que en Colombia ganara la inteligencia y el sentido de la vida porque considera fundamentales los cambios sociales propuestos por su candidato, Iván Cepeda. “Somos de la universidad pública. Somos del pueblo. Somos obreros y obreras y eso nos motiva a que esto siga por el camino que necesitamos”, dijo.  En comparación con la primera vuelta, en Medellín, Abelardo de la Espriella obtuvo 142 927 votos más, mientras que Iván Cepeda sumó 121 110 al resultado anterior.

La industria textil se descose hilo a hilo

Bodega de telas en el centro de Medellín

Colombia enfrenta una crisis en el gremio textil y de confecciones. Según el Observatorio de Inexmoda, en el 2025, el volumen de las importaciones de confecciones creció un 30.3 % y el de los textiles un 18.2 %, ambos con respecto al año anterior. Esto afecta a las grandes industrias y a los emprendimientos familiares que siguen trabajando para mantenerse dentro del mercado. Bodega de Bantino, empresa de confecciones que, principalmente, produce camisetas. Fotografía: Sofía Parra Álvarez y Anneth Sofía Huérfano Torres. Los fabricantes nacionales están sobre un tejido económico que muestra señales de desgaste, y se enfrentan al riesgo de que telas internacionales ocupen su lugar en el clóset de los colombianos. De acuerdo con el Instituto para la Exportación y la Moda (Inexmoda), en 2025, las importaciones de confecciones tuvieron un valor 821 millones de USD CIF.  Aunque las exportaciones de confecciones aumentaron un 3 %, comparado con las cifras de 2024, estas generaron 526 millones de USD FOB*, es decir, 295 millones de USD menos que las importaciones. Esto representa afectaciones en el empleo, los costos de producción y las ventas de insumos y confecciones colombianas. Otros factores como el comercio electrónico, la falta de capital, el contrabando y el aumento de costos, entre otros; han generado un gran impacto en la industria textil. En Medellín, Coltejer tuvo que suspender sus operaciones en 2021 y en enero de 2023 despidió a sus últimos empleados. Aún así, el grupo mexicano Kaltex (dueño de Coltejer), explica que la empresa no está en proceso de liquidación y que más adelante buscará estrategias para volver al mercado. Por otro lado, debido a una deuda de 34.000 millones de pesos, Fabricato se sometió a una reestructuración que inició en el año 2000 y finalizó el 9 de febrero de 2025. En enero del 2026, Fabricato anunció el cierre de su planta de hilado, una de sus tres líneas de producción. El precio de la importación de confecciones ha sido mayor que el de las exportaciones desde la regulación del mercado, luego de la pandemia por COVID-19. Fuente: Observatorio de Confecciones Febrero 2026 – Inexmoda. Hecho con Flourish. Además de estas compañías, las pequeñas y medianas empresas (pymes) también han sufrido afectaciones. Aunque el gasto de los hogares en moda (3.13 % del gasto nacional) ha sido mayor en 2025 que en los últimos cuatro años, el centro de interpretación de datos Raddar explica que esto “no se traduce en impulso a la producción nacional, ya que gran parte del crecimiento comercial proviene de mayor importaciones”. Sebastián Hernández es uno de los emprendedores que sintió los efectos de esta situación y no tuvo más opción que cerrar su empresa. Junto a su mamá, Alida Ortiz, fundaron Manutex en 2015, una empresa de textiles para pijamas y repuestos de ropa interior. Durante nueve años trabajaron duro por su negocio y, en el camino, se encontraron con más de una barrera. La que más les afectó, según Sebastián, es la competencia injusta con plataformas de moda asiáticas. “Muchos clientes de Cali nos explicaban que Shein y Temu venden ya el producto terminado […] eso entra acá al precio que sea y el producto nacional, de verdad que decayó demasiado”. En la década del 2010 el comercio electrónico comenzó a tomar fuerza en Colombia. Esto le dio protagonismo a los productos originarios de China, lo que se reafirmó con la llegada de Shein y Temu al país en 2024. Según la Asociación Nacional de Comercio Exterior  (Analdex), de 2016 a 2024, las importaciones de confecciones fluctuaron entre 40.260 y 52.440 toneladas netas, que produjeron entre 583 y 917 millones de USD. Para 2025, China fue el origen del 45.7 % de estas importaciones, seguida de Bangladesh (11.9 %), Vietnam (6 %) y Camboya (5.8 %). Según BBC News, en China, los trabajadores pueden ganar menos de un dólar por la confección de una prenda. Fuente: Observatorio de Confecciones Febrero 2026 – Inexmoda. Hecho con Canva. Otra de las razones por las que Sebastián y Alida decidieron no vender más franelas, fue la dificultad para adquirir los insumos debido a su alto costo. Con base en el observatorio de Inexmoda, el índice de venta de productos textiles ha tenido una tendencia a la baja desde el 2022, y en 2025 disminuyó un 1,5 % con respecto al año pasado. Ladinay Medina, líder de la textilera Tesk, comenta que “se ha visto bajar el volumen de rotación de la tela, porque la importada está más barata”. Arturo Vargas, trabajador de la textilera Fantasías Shara, dice que “nosotros mandamos a producir a China, importamos y vendemos acá en Colombia” ya que, explica, los materiales que importan no se producen en el país por falta de capital. En Medellín, algunas de las empresas que se sostienen y no han sentido el impacto de las importaciones, lo hacen porque deciden comprarle los insumos a países asiáticos. Durante 2025, esto ocasionó un aumento del 16.6 % en el volumen de las importaciones de textiles, mientras que la exportación de los mismos disminuyó un 7.9 %, ambas cifras con respecto a 2024. En 2025 el precio de las importaciones de textiles fue aproximadamente nueve veces mayor que el de las exportaciones. Fuente: Observatorio de Textiles Febrero 2026 – Inexmoda. Hecho con Flourish. Jhon López es el representante legal de Bantino, una empresa productora de ropa en La Candelaria. Dice que la mano de obra que paga a las mujeres que tienen taller en casa, es de 3.000-3.500 pesos por prenda, y agrega que “en China está al mismo precio. Por no decir que aquí es un poquitico más económico”. Según el doctor en administración y analista César Montoya, esta es la industria más “inhumana”, pues reduce costos bajando los salarios de la mano de obra para lograr competir con precios como los de dicho país. Bajo esta lógica, las operarias tienen que trabajar más tiempo que el de una jornada laboral para recibir un sueldo digno, pero “¿dónde le queda el tiempo

El balance de la jornada electoral en Antioquia: Cinco capturados y alertas por irregularidades

Durante la jornada de votaciones en Antioquia se presentaron en total cinco capturas y 182 comparendos en distintos municipios por delitos relacionados con el proceso electoral. Foto: Telemedellín. En el departamento de Antioquia, durante la jornada de votaciones del domingo 8 de marzo, se presentaron cinco capturas y 182 comparendos por corrupción al sufragante, suplantación o irregularidades en el proceso de votación, intervención en política por parte de jurados de votación, violación del régimen de propaganda electoral y violación de la ley seca. Además, cerca de los puntos de votación masivos en Medellín también se reportaron irregularidades respecto a la promoción de diferentes partidos, como personas que fueron vistas con publicidad de candidatos en horas de la mañana. En Antioquia fueron 5.404.926 los ciudadanos habilitados para ejercer su derecho al voto para las consultas interpartidistas, el Senado de la República, la Cámara de Representantes departamental y las CITREP -Circunscripciones Transitorias Especiales de Paz-. Según la Registraduría, participaron 2.342.153 ciudadanos en el territorio Antioqueño. En el departamento, se habilitaron 1.280 puestos de votación distribuidos en el territorio de la siguiente forma: 705 puestos en el área urbana, 540 puestos en el área rural, 31 puestos carcelarios, y 6 puestos destinados para los ciudadanos con cédulas antiguas, para un total de 16.388 mesas activas. Solo en Medellín se tuvo un total de 250 puestos y 5.499 mesas de votación. Según un comunicado del Teniente Coronel Alexander Montañez, comandante de la Policía Metropolitana del Valle de Aburrá, se presentaron cinco capturas en Antioquia a lo largo de las jornadas electorales. Una de ellas se dio en la mañana en la Institución Educativa Cristo Rey Apolo en Medellín, uno de los puestos de votación más importantes de la comuna 15 Guayabal, donde un ciudadano de 47 años fue capturado en flagrancia por la patrulla de vigilancia mientras entregaba propaganda política a los ciudadanos que se dirigían a votar en esta institución. Al momento de la captura, se le incautaron 11 millones de pesos en efectivo. El sujeto fue trasladado a una unidad de atención inmediata por el delito de corrupción al sufragante y está a la espera de ser judicializado. También en el municipio de Anorí se dio la captura de una mujer que se encontraba entregando publicidad del partido Liberal y que tenía en su poder 2 millones de pesos en efectivo con los que presuntamente estaría comprando votos para este partido. La captura la llevó a cabo el Ejército Nacional. Liliana, una vendedora informal ubicada cerca de la entrada del punto de votación Estadio, contó a De la Urbe que entre las 10 y 11 de la mañana, una mujer se encontraba repartiendo panfletos publicitarios alusivos a un partido político, pero fue confrontada por otro ciudadano que le informó a la mujer que esto era un delito electoral, por lo cual procedió a guardarlos y salir lo más rápido posible del lugar. Foto: Policía Metropolitana del Valle de Aburrá. Pero este hecho no es aislado, alrededor de las nueve de la mañana se presentó el mismo hecho cerca al centro de convenciones de Plaza Mayor, donde se evidenció a una persona realizando también la entrega de propaganda electoral. Dos ciudadanos en Guarne fueron detenidos y entregados a la Fiscalía por presuntamente presionar el voto de terceros hacía un candidato en específico. Mientras tanto en Rionegro un hombre fue capturado en el puesto de votación del colegio Baldomero Sanín Cano al estar presuntamente perturbando  las votaciones. Todas estas capturas se lograron por el plan de acción coordinado entre la Policía Nacional, la Procuraduría de la Nación y la Registraduría con el fin de garantizar unas elecciones transparentes para la representación de los colombianos en el Senado y la Cámara de Representantes. Se habilitaron múltiples canales para que la ciudadanía realizara denuncias por las irregularidades que se pudieran presentar. La Policía habilitó la línea anticorrupción 157 y 123. De igual forma la procuraduría mantuvo activa su línea de atención principal durante la jornada con el fin de atender las quejas. También por parte de la Misión de Observación Electoral – MOE- se habilitó la línea de WhatsApp Pilas con el voto, para escuchar a la ciudadanía y actuar lo más pronto posible frente a las acusaciones de fraude electoral que se estaba presentando en los diferentes municipios, en gran parte, estas denuncias se relacionan con inconsistencias en las mesas de votación donde ciertos jurados no estaban firmando los tarjetones, algunos estaban con publicidad de algún partido, no ofrecían los demás tarjetones para las consultas indígenas y consultas interpartidistas, presuntos sobornos entre otras irregularidades.

Viviendas que no alcanzan y techos que no protegen: el reto de vivir en Robledo

Viviendas que no alcanzan y techos que no protegen: el reto de vivir en Robledo.

En Medellín, miles de familias habitan viviendas inadecuadas. Solo en Robledo, la segunda comuna más grande y poblada, más de 18.000 hogares tienen déficit habitacional. El crecimiento poblacional, el alto costo de vida, la falta de programas sociales y los impactos en la salud hacen que, para muchos, una vivienda digna siga siendo un privilegio más que un derecho. Foto: Valeria Londoño Morales Entre el mosaico de ladrillos naranjas y techos de zinc que conforman los barrios de Medellín, miles de familias viven en viviendas que no cumplen condiciones adecuadas. En algunas, la cocina se confunde con el espacio para dormir; en otras, las paredes son de tabla o esterilla, los techos están remendados, no hay agua corriente y por las calles nunca ha pasado el camión de la basura. Mientras tanto, otras familias ni siquiera logran tener un techo propio y deben compartir vivienda con parientes o mudarse de arriendo en arriendo. A este fenómeno se le conoce como déficit habitacional. En Medellín (2024), uno de cada cinco hogares presenta problemas de vivienda: 192.475 hogares, equivalentes al 19.14 % del total de la ciudad (1.005.376). El 80.1 % corresponde al déficit cualitativo, es decir, viviendas que existen, pero que presentan, por ejemplo, goteras, grietas, instalaciones precarias o materiales frágiles que impiden considerarlas dignas y seguras. Y el 19.8 % restante representa el déficit cuantitativo, cuando faltan viviendas para cubrir la demanda. Entre tanto, hay comunas más o menos afectadas según sus particularidades. Hoy el fenómeno aqueja particularmente a tres (ver mapa). Según la Alcaldía*, 18.148 hogares de Robledo vivían en déficit habitacional en 2024. En 2021 eran 11.994. El aumento del 51.3 % puede no notarse desde la calle, pero está ahí, escondido detrás de paredes agrietadas, techos remendados, cocinas improvisadas y habitaciones donde duermen más personas de las que caben. Your browser does not support the video tag. Viviendas que no alcanzan Beatriz Posada tiene 59 años y vive en Robledo desde que tenía dos. Casi toda su vida transcurrió en el barrio El Pesebre, pero hace siete años reside en el Olaya Herrera y es la presidenta de su Junta de Acción Comunal. “Aquí sí hay mucha gente que en verdad no tiene casa y viven en unos ranchitos de madera que uno dice ‘pero ¿cómo hacen para vivir ahí? ¿Cómo hacen para acomodarse, cómo hacen por Dios?’ Aquí hay muchas familias que necesitan un hogar”, dice Beatriz sobre lo que hoy ve como paisaje en Robledo.  A esta problemática se le conoce como déficit habitacional cuantitativo: la falta de viviendas suficientes para cubrir la demanda de hogares que necesitan una. Según la Alcaldía de Medellín, entre 2021 y 2024, Robledo sumó 10.797 habitantes, 7917 hogares y 7425 viviendas. Aunque las cifras parecen equilibradas, la realidad no lo es: la construcción no alcanza a compensar el deterioro ni el aumento de la demanda, y en 2024 la comuna registró el mayor número de casos de déficit cuantitativo en Medellín. Los datos muestran que el problema crece rápido: en 2021, Robledo tenía 1996 hogares con déficit cuantitativo (2.81 %), pero para 2024 la cifra subió a 6533 (8.4 %). El contraste ayuda a dimensionarlo: ese mismo año, comunas como El Poblado, Belén y La América registraron porcentajes mucho menores —3.3 % (1576), 2.8 % (1890) y 0.4 % (144) de hogares afectados, respectivamente— y entre los más bajos de la ciudad. Robledo, la comuna 7 de Medellín, es la segunda más extensa de la ciudad con 9.46 kilómetros cuadrados. Ubicada al noroccidente, limita con seis comunas —Doce de Octubre, Castilla, Laureles–Estadio, La América, San Javier y San Cristóbal— y está conformada por 22 barrios: Pilarica, Altamira, Córdoba, San Germán, Cerro el Volador, Bosques de San Pablo, B. Facultad de Minas U. Nacional, Villa Flora, Palenque, Aures No. 1, Aures No. 2, El Diamante, López de Meza, Bello Horizonte, Robledo, Pajarito, Monteclaro, El Cucaracho, Fuente Clara, Olaya Herrera, Santa Margarita y Nueva Villa de Iguaná. Your browser does not support the video tag. El déficit habitacional se ha extendido por toda la comuna 7, aunque es más crítico en algunos sectores. “El mayor porcentaje está en la zona Sur, en los retiros de la quebrada La Iguaná. Desde El Pesebre hasta el límite con San Cristóbal hay barrios de invasión donde no hay calidad de vida”, explica Fernando Castañeda, tecnólogo en Gestión Ambiental y coordinador de la Mesa Ambiental de Robledo. Por su extensión, Robledo acoge una población numerosa. En 2024 tenía 212.453 habitantes —52.8 % mujeres y 47.2 % hombres—, lo que la convierte en la segunda comuna más poblada de Medellín, después de Belén. En 2013 vivían allí 168.624 personas; en 12 años sumó 43.829 habitantes, un aumento promedio de 3650 personas por año. Además, la mayoría de sus habitantes tienen entre 20 y 44 años. Ese crecimiento sostenido se refleja en la creación de nuevos hogares y en la presión sobre la demanda de vivienda. En 2005, Robledo tenía 44.143 hogares, de los cuales 4429 presentaban algún tipo de déficit; 1052 correspondían a déficit cuantitativo. Entre 2021 y 2024, hogares y viviendas aumentaron de forma constante, aunque no siempre al mismo ritmo. Esta dinámica evidencia la creciente presión habitacional en la comuna. Según el Departamento Administrativo de Planeación de Medellín (DAP), el alto número de casos de déficit cuantitativo en Robledo se explica, en parte, por su elevada movilidad residencial: la comuna es al mismo tiempo emisora y receptora de migración intraurbana. Mientras muchas familias se trasladan a otras zonas, otras tantas llegan a instalarse allí. Datos del DAP evidencian que Robledo recibe el 7 % de la migración intraurbana de la ciudad y alrededor del 7.5 % de la población migrante total. Esto, sumado a variables que no pudieron preverse en 2014 al elaborar el Plan de Ordenamiento Territorial (POT), dificulta hoy las asignaciones presupuestales. “El crecimiento demográfico, las dinámicas de la pandemia y la pospandemia, y el que Medellín se convirtiera en un epicentro de migración y turismo, sobre todo de nómadas digitales,

Estilista y abogado, de día y todo el tiempo

Gilberto, estilista y abogado

En el centro de Medellín está la oficina de Gilberto Rúa, un abogado que corta cabello y un estilista que litiga. Además de muchos cortes de pelo y tatuajes de cejas, cuenta entre sus logros que, en 2014, basado en argumentos bíblicos, logró que en Venezuela revisaran las letras de todas las canciones de reguetón que transmitían en radio para verificar que fueran aptas para niños. Las manos de Gilberto Rúa se dividen como su oficina, a veces para redactar demandas y a veces para cortar cabello. Foto: Miguel Becoche Quintero. «La demanda ya está en el Consejo de Estado», fue la frase con la que Gilberto Rúa recibió ese martes a su cliente, el abogado Bairon Sampedro, a quien además de cortarle el cabello recibe siempre con alguna pregunta o actualización sobre su otro oficio, el de abogado. Estudió Derecho, se especializó en Procesal Civil en la Universidad Gran Mariscal de Ayacucho y, cuando volvió a Colombia para no regresar más a Venezuela, homologó su carrera en la Universidad de Antioquia. Su centro estético y despacho jurídico son el mismo local, en el segundo piso de un edificio en la calle Maracaibo del centro de Medellín. Allí intercambia los letreros de la entrada principal según el ánimo que tenga en el día para atraer a sus clientes. Todas las mañanas baja a su oficina, desde la pensión donde vive en Buenos Aires, y se queda hasta las cinco de la tarde si no tiene nada más por hacer. Generalmente no agenda citas, sino que espera a sus clientes, que llegan sin avisar o le preguntan a última hora si pueden ir. Ese martes fue uno de los pocos en que Bairon le pidió cita a Gilberto; necesitaba motilarse con urgencia para hacer un trámite al día siguiente. Casi siempre llega sin cita, apostándole a encontrarlo, porque a veces Gilberto se va por ratos, sin cerrar con llave. Cuando las personas llegan, en su ausencia tienen la opción de irse o de esperar en la oficina a que regrese. Aunque Bairon no lo espera, es un cliente fiel que profesa confiar más en su peluquero que en su pareja, pues el cabello que le queda ha estado en buenas manos en los últimos dos años y medio, desde que conoció a Gilberto. Además de los resultados, que lo satisfacen, dice que lo admira porque sostiene ambas profesiones con pasión y porque no deja en el olvido a su otra tierra y su gente. Gilberto es colombo-venezolano. Prefiere no especificar su edad, pero nació en Medellín durante la presidencia de Alberto Lleras Camargo (1958-1962) y vivió en Ciudad Bolívar, Venezuela, al menos la mitad de su vida. En 2005, obtuvo la nacionalidad venezolana gracias al Decreto 2823 que promulgó el gobierno de Hugo Chávez para regularizar y naturalizar a los extranjeros en Venezuela, y que priorizó a los colombianos residentes en ese país. Viajes de ida y regreso Ni siquiera había iniciado el bachillerato cuando a Gilberto, a inicios de los años 80, antes de cumplir la mayoría de edad, su madre le dio 700 pesos (alrededor de 130.000 pesos actuales) con los que emprendió la búsqueda de oportunidades fuera de su hogar. Quería cambiar de ambiente porque sus primeros negocios en Medellín no prosperaron. Llegó a Cúcuta y, entre sus tantos trabajos, vendió pollo en un asadero donde conoció a Arturo Carvajal, un cliente venezolano del lugar que le prometió que si lo buscaba después en Venezuela, le encontraría trabajo. Arturo le dejó su dirección y a los meses, siendo aún menor de edad, Gilberto salió de Colombia por primera vez y llegó donde el hombre en Ciudad Bolívar, en el sureste venezolano. Arturo se hizo el «musiú», como le dicen, en algunos lugares de Venezuela, a hacerse el desentendido, pero en vista de que nadie le daba empleo a Gilberto por verse tan joven, le consiguió uno en un taller de carros. Lucila, la cuñada de Arturo, le advirtió a Gilberto que la calle donde estaba el taller era muy peligrosa para él porque estaba llena de guardias, a sabiendas de que era colombiano, pensando que estaba indocumentado. Lo que solo él sabía era que en la terminal de Cúcuta había conseguido un comprobante falso de cédula venezolana que le concedió la mayoría de edad que aún no había cumplido. Seis meses después, Gilberto le pidió a un hombre que llevó a arreglar su carro que lo ayudara a conseguir trabajo en el embalse de Guri, la central hidroeléctrica más grande de Venezuela, en el estado Bolívar. El hombre empatizó con Gilberto y le dio una mano para entrar. Debía pintar puertas en el campamento El Merey, donde vivían los obreros de la represa, incluido él. Gilberto recuerda que Guri parecía un pueblo, y la mayoría de los habitantes de Ciudad Bolívar trabajaban allí porque había muchos empleos. Luego de un tiempo trabajando, Gilberto se inscribió a las competencias de atletismo en las canchas del campamento, donde se hizo famoso por ganar varias medallas y salir en la prensa local. Fue su tiempo dorado como deportista, pues también entrenaba fútbol en la «selección» de Guri y le pagaban. Allí, el dueño de una barbería lo saludaba porque lo recordaba de la selección, entonces Gilberto aprovechó y un día le pidió que lo dejara hacer su primer corte de cabello. Este le dejó un cliente a su disposición y cuando Gilberto terminó, el barbero le dijo: «ve, tú vas a ser estilista, tú sabes cortar cabello». Gilberto ya había trabajado más de dos años en la represa cuando regresó a Colombia en sus veintitantos con 650.000 pesos de los años 80, casi 55 millones de pesos del 2025. Renunció a tiempo para no perder sus ahorros por sus documentos falsos, y así poder darle un gran regalo a su madre en Medellín. Cuando se encontraron, se abrazaron y Gilberto le preguntó cuánto debía del arriendo. «No te preocupes, yo voy a comprarte una casa», le dijo. Hoy, cuando lo

Más que una línea amarilla: lo que hay detrás de la Cultura Metro

Aunque han pasado 30 años desde el viaje inaugural del Metro, desde antes de su apertura, esta iniciativa de cultura ciudadana ya se estaba gestando como una estrategia pedagógica para las y los futuros pasajeros de este sistema. Tres décadas después nos preguntamos qué hay detrás de la Cultura Metro. Foto: Luis Miguel Ríos. Este año, el Metro de Medellín cumplirá 30 años desde que inició operaciones, en noviembre de 1995. Sin embargo, siete años antes de que el primer vagón recorriera el valle de Aburrá ya se discutía un proyecto educativo para preparar a la ciudadanía frente a este nuevo sistema de transporte. Ese proyecto sería el antecedente de lo que más tarde la gente llamaría Cultura Metro: una iniciativa que hoy influye en los usuarios de formas tan sutiles que, con frecuencia, pasan inadvertidas. ¿Qué es la Cultura Metro? En términos conceptuales, la institución define la Cultura Metro como un modelo que promueve relaciones positivas en tres dimensiones: con uno mismo, con los otros y con el entorno. Así lo explica Hugo Armando Loaiza, coordinador de la Gerencia Social y de Servicio al Cliente del Metro de Medellín. Él destaca que este proceso comenzó en 1988 y que, en sus inicios, no tenía nombre; sería la ciudadanía, con el tiempo, quien lo bautizaría. Su origen responde a la necesidad de formar al público antes de la puesta en marcha del sistema. En 1988, la estrategia se centraba en preparar a la comunidad como futura usuaria. Programas como el Vagón Escuela buscaban mostrarles a los habitantes del valle de Aburrá cómo serían los trenes, qué elementos tendrían y cómo se usarían. Ese punto de partida definió la línea base de lo que hoy continúa vigente. Actualmente, la Cultura Metro es un código de comportamiento y una ética colectiva en la que, según Lucía Arango Liévano, jefa de la División de Cultura y Patrimonio de la Universidad de Antioquia, existe un consenso tácito. Pero es más que un decálogo: detrás hay una fuerte fundamentación teórica desde la comunicación, el control de masas y la sociología. Son teorías aplicadas mediante mecanismos sutiles que orientan el comportamiento del usuario hacia lo que la institución considera deseable. Loaiza señala, por ejemplo, que la limpieza de las estaciones no es un asunto de estética sino parte de una estrategia basada en la teoría de las ventanas rotas, propuesta por James Q. Wilson y George L. Kelling en 1982. Esta sostiene que los signos de desorden fomentan la delincuencia; en contraste, el aseo del Metro refuerza comportamientos positivos. Desde la psicología social, la psicóloga Meilin Ortega entiende la Cultura Metro como un proceso de aprendizaje observacional: los usuarios imitan conductas al verlas repetidas, interiorizando las normas sin necesidad de sanciones explícitas. Esto fortalece una identidad compartida que, según la Teoría de la Identidad Social, convierte al usuario en miembro de un grupo con valores propios. Loaiza también destaca una tríada fundamental descrita por Cristina Bicchieri: formación, control y sanción. En el Metro se privilegia el pilar formativo, se aplica en menor medida el control y se procura evitar la sanción directa, aunque esta sigue existiendo. De allí la presencia de la Policía Nacional, única autoridad con facultad legal para retirar a un usuario ante situaciones como hurtos, riñas o casos de abuso. ¿Por qué los paisas aman y cuidan tanto el Metro? Según Lucía Arango, el Metro surgió en un momento en el que Medellín tenía una profunda sed de patriotismo. A finales del siglo XX, la ciudad era reconocida internacionalmente por su violencia y la ciudadanía buscaba motivos de orgullo. En ese contexto apareció un sistema de transporte moderno, inédito en Colombia. Para Loaiza, esa innovación aún vigente explica el fuerte vínculo emocional con el Metro. La institución no solo transporta personas, sino que ofrece un valor agregado: servicios paralelos como los Escuchaderos, los Bibliometros o las exposiciones de arte dentro de las estaciones. Estos generan cercanía, identidad y una forma de reciprocidad ciudadana. Este modelo responde, en parte, a la teoría del «pequeño empujón» de Richard Thaler. Loaiza lo resume así: «El Metro te entrega el 10% diciéndote que no cruces la línea amarilla; espera de ti el 90% restante haciendo caso». Desde la psicología comunitaria, Ortega señala que programas como Amigos Metro o Bibliometro fortalecen la autoeficacia colectiva: la confianza en la capacidad del grupo para mantener el orden. El usuario deja de ser un simple pasajero y se convierte en agente de cuidado. Todo esto se conecta con el concepto de desarrollo orientado al transporte. «El transporte transforma las ciudades porque transforma los hábitos, y los hábitos de moverse cambian completamente la ciudad», afirma Loaiza. Arango agrega que este modelo se articula con la narrativa del «desarrollo paisa», históricamente ligada a «vencer el monte»: un ideal de progreso basado en la urbanización y el orgullo regionalista. La Cultura Metro, afirma, recoge elementos cuestionables de esa tradición, como la idea de que Antioquia es la región más desarrollada del país. «El Metro de Medellín logró hacerle creer a todo un país que un medio de transporte común era un lujo y no un derecho», sentencia. Las opiniones de los usuarios reflejan que la Cultura Metro es ampliamente valorada, pero enfrenta tensiones. Para muchos, es un hábito inculcado desde la infancia y un motivo de orgullo. Sin embargo, coinciden en que en horas pico sus principios se desdibujan entre empujones, falta de empatía y congestión. Algunos aseguran que la cultura se ha debilitado; otros la consideran dogmática. En conjunto, las voces ciudadanas muestran una cultura apreciada, pero frágil frente a la presión diaria del sistema. ¿Qué se sacrifica con esta idea de cultura? Arango cuestiona cómo un modelo de cultura dominante puede justificar prácticas problemáticas en nombre del orden. En el caso de la Cultura Metro, señala que esta ha validado comportamientos como la delación o el linchamiento social. Recuerda el caso de 2018, cuando tres grafiteros murieron arrollados por un tren de mantenimiento mientras pintaban un vagón. En redes sociales, muchos

¡Que les den pastel!: ¿En qué condiciones está el Sistema Metro para su cumpleaños #30?

La joya del área metropolitana es su sistema de transporte público, que este 2025 cumple 30 años. Tres décadas de orgullo paisa, transformación social e innovación.  Sin embargo, el pastel de celebración tiene algunos ingredientes  no tan dulces de los que como ciudadana no puedo estar orgullosa. Parece impensable, pero algunas de las banderas que tanto defiende como la inclusión, la accesibilidad y la transformación social,  en ocasiones se ven contrariadas.   En el primero de los pisos amargos del pastel, las necesidades de inclusión y accesibilidad son un desafío que a pesar de los esfuerzos de la institución por superarlo, se transforma y persiste. La estrategia de construcción de 27 ascensores para facilitar el acceso autónomo a usuarios con movilidad reducida es un claro ejemplo. Esta reestructuración justifica la demolición de taquillas, pues en dichos espacios se instalarán los ascensores. Pero, ¿Demoler las taquillas y cerrarlas no afecta la accesibilidad del usuario al sistema? El 16.9% de la población usuaria del Metro son adultos mayores, una población que no está completamente alfabetizada sobre las TIC. Las máquinas no están diseñadas para realizar una tarea demasiado compleja, pero tampoco son tan simples en la práctica y fallan de forma recurrente. Por otro lado, aunque en el Metro hay señalizaciones podotáctiles, braille y apoyo auditivo en máquinas o ascensores para personas ciegas, los dispositivos de recarga requieren interactuar con una pantalla táctil. La alternativa es utilizar la App Cívica u otros canales de recarga digital (que tampoco están exentos de fallas) y hacer uso del mecanismo de activación de saldo con el celular (NFC) que no tienen todos los teléfonos celulares. Las personas sordo señantes también afrontan obstáculos. Mientras que de los 180 guías educativos, 10 son bilingües, solo uno es intérprete de lengua de señas. Y si llegan a tener un problema con una máquina de recarga, el proceso de reclamo está obstaculizado porque estas quejas deben presentarse vía telefónica. Con las máquinas, la velocidad del servicio ya no depende de quienes lo prestan, sino del usuario, que según sus necesidades, tarda más o menos tiempo en realizar la recarga. Si se confunde, se demora; si paga con monedas, se demora; si la máquina rechaza un billete, se demora. Aquí los que quieran comer pastel, que hagan la fila. Se supone que aunque se hayan cerrado varias taquillas, las nuevas máquinas instaladas en estaciones durante la semana del 8 de octubre están en una fase piloto, para probar la reacción de los usuarios. Lo siguiente es la etapa educativa en la que se hará un trabajo formativo sobre la introducción de estos dispositivos y se buscará entender qué les hace falta. Mejor dicho, este piso del pastel aún está crudo. Sobre la decoración del pastel, SINTRAMETRO, el sindicato de trabajadores del Metro de Medellín, ubica su figura de fondant para denunciar el cierre de taquillas que se está gestando en estaciones como Itagüí, Aguacatala, Envigado, Sabaneta, Ayurá, Industriales y Tricentenario. Buscan defender el derecho de los usuarios a elegir qué mecanismo de recarga utilizar mediante la estrategia de recolección de firmas, que ya ha reunido más de 4.000. Pero también baten la crema con otros problemas como los cambios en los contratos que se han impuesto para los trabajadores, gracias al aumento de máquinas: los informadores y vendedores en taquilla (INV) han tenido que salir de sus cubículos para convertirse en orientadores de experiencia (OREX). El Metro añade chispitas a la crema argumentando que tales estrategias permitirán «agilizar el servicio» (un factor que no se garantiza por completo con la automatización de los procesos) y cubrir la necesidad latente de ahorrar dinero desde la pandemia, porque durante este período el metro tuvo muy pocos ingresos tarifarios (es decir, el dinero que reciben por el pago del usuario a cambio del servicio). Tanto así que por la situación de austeridad no se celebrará ni con bombos ni con platillos esta tercera década que cumple la empresa, pero por ahora nos conformamos con el pastel amargo. La situación económica preocupante persiste, así el Metro de Medellín cuente con uno de los tiquetes más costosos en comparación con los de otros metros de latinoamérica. Con un valor de 0.90 USD, encabeza la lista junto a Chile (0.95USD) y Brasil (0.90USD). Cada pasaje de ingreso al sistema cuesta 3.430 pesos colombianos por persona, para las familias usuarias del Metro esto no es tan rentable, sobre todo si pensamos que por cada miembro hay que pagar mínimo dos viajes, es decir 6.860 pesos y si por ejemplo son cuatro miembros entonces es un gasto de 27.320 pesos al día. Considerando que la mayoría de usuarios del servicio son personas de los estratos 1, 2 y 3 podemos concluir que no es rentable para una familia utilizar a diario el sistema Metro. Para que la rebanada de pastel rinda hay que comérsela por migajas. Tomado de Memoria de Sostenibilidad 2024, Metro de Medellín. El sindicato agrega sabor a inseguridad laboral con esencia de cláusula presuntiva, un mecanismo que establece que el contrato es vigente por un período de seis meses y por el mismo periodo podrá ser renovado, por lo que cada 6 meses los trabajadores pueden quedarse sin contrato y el empleador no está obligado a otorgar indemnización, esto pone en riesgo la estabilidad laboral de los empleados. En Antioquia, empresas como EPM ya la han declarado inoperante, ahora prefieren otros sabores. Mientras tanto, las empresas privadas con contratos de tercerización en el Metro reclaman pronto su parte del pastel. Actualmente, por ejemplo, hay 4 empresas vinculadas a los procesos de mantenimiento: CAF, Parts and Solutions, Telval y Quality Masivo, pero se espera que ingresen otras nuevas. Para otras necesidades como la homologación de repuestos se han priorizado convenios universitarios con instituciones que también son de carácter privado como la EAFIT, en el manejo de algunas taquillas tenemos a GANA y en la interventoría del Metro de la 80 a Ardanuy Colombia SAS junto a Sandys Group. A través de procesos de «outsourcing» o tercerización