El océano en disputa: decisiones frente al mar para enfrentar la crisis climática

Apenas el 5 % del océano ha sido explorado y un 0,001% observado directamente en sus profundidades. Su aparente lejanía, sumada al alto costo tecnológico de estudiarlo, reforzó la idea de que es un espacio infinito, ajeno y secundario, frente a los paisajes terrestres que habitamos. La crisis climática actual revela que ignorarlo tiene consecuencias directas sobre nuestra supervivencia. Ilustración por Matildetilde (IG: @matildetil). A pesar de encontrarse en un planeta llamado Tierra, el océano ocupa el 70 % de su superficie. Se le suele poner un nombre específico dependiendo de la costa desde la que es avistado —Atlántico, Índico, Antártico, Pacífico y Ártico— aunque se trate de un mismo cuerpo continuo. Más que una masa de agua, es un bioma: una gran región viva del planeta moldeada por condiciones ambientales propias —como la salinidad de su agua— que a su vez alberga varios ecosistemas —arrecifes de coral, manglares, llanuras abisales, entre muchas otras—. Este gigante azul, testigo de las primeras formas de vida en la tierra, ha representado todo un reto en su estudio; apenas el 5 % ha sido explorado y un 0,001 % observado directamente en las profundidades, según el estudio reciente de Katherine Bell, y su equipo, publicado este año en la revista Science. Durante décadas, esa lejanía física —y el enorme costo tecnológico de estudiarlo— ha reforzado la idea de que el océano es infinito, inabarcable, secundario frente a los paisajes terrestres que habitamos. Este imaginario ha retrasado decisiones urgentes sobre su protección y gobernanza. Pero, en la medida en que la ciencia ha revelado su importancia, el océano empieza a permear las hojas de ruta para las políticas climáticas y ambientales de las próximas décadas. Si quieres saber más sobre el océano y su papel en la mitigación de la crisis climática, escucha el pódcast El océano en disputa: nuestro más grande aliado. El sesgo propio de ser animales terrestres Tardamos un poco en darnos cuenta de su importancia. Los que ahora poblamos la tierra tuvimos que desarrollar nuevas formas de locomoción, respiración y reproducción —entre muchas otras adaptaciones— para sobrevivir afuera del agua, salto que marcó un hito en la evolución. Desde entonces, pareciera que empezamos a caminar continente adentro y volvimos al mar solo para contemplarlo como si fuera una frontera, más que un territorio vivo. Esta distancia alimentada por nuestra inmersión cotidiana en ambientes terrestres, contribuye a que aquello que nos resulta lejano, complejo o difícil de investigar quede, con frecuencia, al margen de las discusiones sobre gobernanza, conservación e inversión científica. De ahí emerge lo que diversas investigaciones describen como un “sesgo terrestre”: una tendencia a priorizar los ecosistemas más visibles, accesibles o culturalmente familiares. Lejos de ser solo una intuición cultural, este patrón ha sido documentado en estudios que analizan cómo se distribuyen los recursos para investigación, conservación y formulación de políticas, mostrando una marcada predominancia de los sistemas terrestres frente a los marinos. Como lo señala el oceanógrafo portugués Miguel Bastos, en su entrevista para el medio divulgativo SINC, “la ciencia de la conservación está influenciada por prioridades humanas y no ecológicas”. Esta brecha no solo condiciona qué ecosistemas protegemos primero, sino también qué amenazas entendemos mejor, qué financiamiento se moviliza y qué crisis logramos ver a tiempo. El problema es que el mundo, fuera de la concepción humana, no funciona bajo esta lógica de separación y otredad. Los ciclos naturales son interdependientes: la cantidad de agua que llega a los páramos recibe la transpiración de los árboles del Amazonas, la pérdida del hielo Ártico intensifica los huracanes del Atlántico y el Caribe, entre muchos otros fenómenos de los que hasta ahora empezamos a entender su complejidad. El océano no es la excepción por lo que se hace necesario conocer su importancia para entender las acciones urgentes en negociaciones globales como las de las conferencias sobre cambio climático (COP). “El océano domina con creces la circulación del calor y gran parte de la vida en el planeta está relacionada con los sistemas marinos”, recuerda, en conversación con Mutante durante la COP30, Johan Rockström, científico pionero en las teorías que sustentan buena parte de la acción climática contemporánea —incluidos los puntos de inflexión y los límites planetarios—. “El planeta cuenta con un enorme termostato. Es una casa con sistemas de refrigeración hechos de tuberías de agua, y el calor lo atrapa el océano”, concluye. Esto se debe a procesos físicos —como la mezcla vertical, los vientos, las corrientes superficiales y el sistema de circulación profunda— que permiten redistribuir el calor alrededor del globo. Pero su papel no termina ahí. El océano también es fundamental en el ciclo del carbono: es responsable de cerca del 50 % del oxígeno que respiramos. Los pulmones del planeta también son marinos y están formados por fitoplancton, pastos marinos y otros organismos fotosintéticos. Además, el CO2 se solubiliza al entrar en contacto con su gran espejo de agua disminuyendo su presencia en la atmósfera. “El océano es nuestro mejor amigo, enfriando el planeta al absorber el 90 % del calor y el 25 % del dióxido de carbono. El problema es que esto es una respuesta al estrés, no es un favor. Es la forma en la que el planeta intenta mantenerse estable”, sostiene Rockström. Esa respuesta al estrés, por parte del océano, fuera de ser motivo de estudio y exposición en salones de conferencias, empieza a mostrar sus síntomas con las comunidades que viven día a día en sus orillas. Allí, desde la vivencia, es cuando se deja ver la urgencia en la implementación de soluciones acordes con el rol que cumple el océano en la estabilidad global. Trisha Forbes, bióloga marina oriunda de la isla de San Andrés, quien a través de su fundación Raizal Bluuh Ruuts trabaja de la mano con las comunidades de pescadores artesanales e isleños, comenta: “Lo que más me preocupa es escuchar a los pescadores decir ‘cada vez hay menos peces, los arrecifes ya no son como antes. Mis hijos ya no quieren pescar, porque
Flotantes: historias sobre el agua

La ciénaga del Magdalena se está pintando de verde. El alga Hydrilla verticillata se está proliferando rápidamente afectando a la población de Nueva Venecia, un pueblo palafito que vive de sus aguas. Ocho estudiantes de periodismo investigaron esta problemática y navegaron por las aguas para ver, percibir, escuchar y entender a través de la comunidad las principales afectaciones, en temas de salud, economía e incluso, supervivencia por la crisis ambiental que crece día a día, desafiando la manera en que viven y se sostienen sobre el agua. Con el paso de los días se evidenció como el alga y otra especie conocida como «batata» terminaron siendo parte de esta problemática. A través de entrevistas con líderes, charlas con los pescadores, testimonios y dictámenes de salud nació Cuando la ciénaga se cierra, una producción audiovisual que narra desde sus habitantes, las principales consecuencias por el estancamiento del agua; problemas de salud derivados de la contaminación, limitaciones en la movilidad en canoa y la afectación en su economía debido a que el principal sustento de los venecianos es la pesca. https://youtu.be/nivDdN7qMUs?si=EdfcYMqJ3hsWAiNT Los relatos y testimonios de quienes habitan Nueva Venecia nos ayudan a remar por las Voces del Agua, una producción sonora que cuenta la historia del municipio, reviviendo la memoria del conflicto armado que marcó al territorio en el año 2000, mientras conecta esta historia con la crisis ambiental actual provocada por la expansión de la Hydrilla verticillata, el alga que dificulta la movilidad en canoa y el acceso al agua limpia. Abriendo espacio entre el alga, se llegó al colegio, donde los trazos, charlas, risas y juegos de los niños y niñas se hicieron presentes para cocrear Los mensajeros de la ciénaga, una cartografía interactiva donde ellos y ellas relatan sus sentires y vivencias por medio de audios, cuentos y cartas que flotan entre las casas palafitas, llevando sus memorias que dialogan con la batata y la Hydrilla, enredándose entre sus días, con sus padres pescadores, con sus dibujos y con el rumor del agua que los sostiene. Producción Juan Pablo Cardona Ríos Maria Andrea Carvajal Sotelo Isabela Echavarría Ortiz Sofia Carolina Quintero Borja Sara Michelle Montoya Mejía Valentina Aristizabal Diego Fernando Vega Granados Luis Fernando Vélez Aricapa
La minería no calma la sed

Los ríos de Támesis suenan como el canto de los pájaros y son tan fríos como cristalinos. Mientras empresas multinacionales buscan minerales en las montañas por las que se derraman los afluentes, los habitantes del municipio defienden lo que consideran más valioso. Esta es la historia de la resistencia de los tamesinos por el agua.
Si la minería acecha, Támesis resiste

La explotación minera ronda el Suroeste antioqueño desde hace por lo menos dos décadas. En respuesta, los tamesinos se han resistido a los proyectos que intentan extraer riquezas minerales de sus montañas. Hoy, es la minera AngloGold Ashanti la que despierta el rechazo frente a la posible explotación del proyecto Quebradona, entre Támesis y Jericó. Los habitantes defienden que su riqueza son los frutos de la tierra.
El agua que cuidamos

Gonzalo, Gilberto y Blanca hacen parte del grupo de tamesinos que han dedicado su vida a llevar a sus comunidades uno de los servicios más esenciales para la vida: el agua. En Támesis, los acueductos comunitarios se han consolidado como una red extendida y profundamente arraigada en el territorio. Hoy, sin embargo, la amenaza de la minería pone en riesgo la calidad y el futuro de su agua.