No salgas, ICE está al acecho
Tener miedo de salir de casa parece una experiencia del 2020 y la pandemia por covid-19, pero esa es hoy la realidad de los inmigrantes que residen en Estados Unidos debido a las redadas del ICE. “Hola, para comentarte que ICE está aquí en la ciudad, no vayas a salir de tu casa”. Con este mensaje despierta Fernanda Ramírez. Es la mañana del 17 de febrero de 2026. El miedo se apodera de su cuerpo. Su madre, inmigrante mexicana, acaba de salir a trabajar. Un temblor la invade. “¿Qué pasa si la agarran? ¿Qué tengo que hacer? ¿Qué hago yo?”. Una voz amiga intenta calmar su llanto mientras ella mira la ubicación de su madre. “Todo va a estar bien”, dice la voz que la llama. En medio de las lágrimas, Fernanda solo atina a responder: “Tengo miedo”. Collage: Isabela García López. Récord en deportaciones El ICE (Immigration and Customs Enforcement o Servicio de Control de Inmigración y Aduanas) no nació en el segundo período de Donald Trump en la presidencia de Estados Unidos. Esta agencia fue creada bajo la administración de George W. Bush (2002) para hacer cumplir las leyes de inmigración y aduanas del país. Sin embargo, Trump se ha encargado de hacerla protagonista en su gobierno. Según datos del House Democratic Appropriations Committee, ICE tenía un presupuesto de 6000 millones de dólares en 2015; 10 años después llegó a más de 80.000 millones, de acuerdo con la plataforma USAspending, lo que la convirtió en la fuerza policial con más presupuesto de Estados Unidos en la actualidad. Entre octubre de 2024 y septiembre de 2025 fueron deportados 442.637 inmigrantes, según el Deportation Data Project. Si bien esta cifra establece un récord en deportaciones, superando el de Barack Obama en 2012 (409.849 deportaciones), dista de la promesa de campaña de Trump de deportar un millón de personas en el primer año de su nuevo mandato. Pero el récord de 2025 no se debe solo al incremento del presupuesto del ICE. Gretchen Kuhner, abogada estadounidense y directora del Instituto para las Mujeres en la Migración (Imumi), explica que el desbordamiento en las redadas del ICE se debe a las 3000 deportaciones diarias que Trump les exige a las fuerzas de control migratorio. Pero está lejos de llegar a la cifra con la que sueña, pues según datos del ICE el promedio diario de deportaciones en Estados Unidos entre enero de 2025 y marzo de 2026 fue de 1090 diarias. Bajó muchísimo el flujo de migrantes, al punto que la gente no está cruzando la frontera entre México y Estados Unidos Gretchen Kuhner Además del ICE, existe el U.S. Customs and Border Protection (CBP), una fuerza policial que opera, sobre todo, en las zonas fronterizas de Estados Unidos; en la frontera con México vigila el muro y deporta a quien se atreva a pasarlo. El CBP solía ser más importante que el ICE, pero esto cambió cuando Trump llegó al poder, pues con sus medidas antimigratorias “bajó muchísimo el flujo de migrantes, al punto que la gente no está cruzando la frontera entre México y Estados Unidos”, asegura Kuhner. Esto llevó a que ICE intensificara su búsqueda en el interior del país. Como resultado, oficiales del CBP empezaron a colaborar con ICE, quienes a su vez aumentaron sus contrataciones sin considerar si los nuevos agentes contaban con la capacitación requerida. “Fue la receta perfecta para violaciones de derechos humanos”, dice Kuhner, directora del Imumi. Agrega que las detenciones por estereotipos raciales se han vuelto el pan de cada día, pues antes ICE detenía a personas con órdenes de captura o con antecedentes penales y hoy basta con verse “nervioso” en la calle para ser detenido. Pero quienes se ven “nerviosos” suelen no ser personas blancas. Según The Trace, medio independiente estadounidense que cubre la violencia con armas en EE. UU., en 2025 se registraron 24 incidentes en los que agentes del ICE dispararon a civiles en circunstancias cuestionables, con un saldo de seis muertos y 13 heridos. Además, Trump eliminó una norma que impedía que las fuerzas de control migratorio hicieran redadas en lugares como hospitales, iglesias y escuelas. Esto ha llevado a que ICE irrumpa en lugares antes protegidos para esta población. Resistir desde casa Dos años antes del terror y la incertidumbre por la acción del ICE en su ciudad, Fernanda llegó a Lawrence, Kansas. Desde que llegó a EE. UU. tiene sus papeles en regla, aun así, teme por ICE. Es de Monterrey, México, una tierra montañosa muy diferente a las planicies del estado que la recibió. Dejaron esa ciudad en 2023 porque su madre se fue detrás de un enamorado que vivía en tierras gringas. Así llegaron a Topeka, capital de Kansas, pero en 2024 se mudaron a Lawrence. Allí Fernanda descubrió la resistencia frente al acecho de los agentes del ICE. En febrero, tras la captura de cinco personas en su ciudad a manos del ICE, estudiantes del high school de Fernanda, la Universidad de Kansas y otras personas de la ciudad se manifestaron contra esta fuerza. Entre gritos de “¡Fuck Trump!”, “¡Fuck MAGA! [make america great again]”, “¡Fuck ICE!” y rodeada de pancartas con mensajes de apoyo como “Nadie es ilegal en tierra robada” o “El poder de la gente es más grande que la gente en el poder”, Fernanda sintió el apoyo del país que habita. Hoy, transportar a los hijos de familias de inmigrantes a la escuela, llevarles a estas familias el mercado y la medicina hasta la puerta de sus casas o sacar el celular para grabar tan pronto aparece una persona con un chaleco antibalas con las siglas “ICE” bordadas son otras de las formas en que los estadounidenses han apoyado a la población inmigrante en medio del terror de salir de sus hogares. Por eso, según Gretchen Kuhner, la población inmigrante en Estados Unidos se debate cada día entre si vale o no la pena ir a trabajar, estudiar o tan siquiera asistir a algún evento masivo, como conciertos
Vida Maitamá: un tesoro natural en peligro

El complejo de páramos de Sonsón late con vida propia. Detrás de su belleza se esconde una lucha entre la conservación y los intereses individuales. Esta es la historia de un lugar donde la protección del ambiente y los ingresos que genera el turismo entran en disputa. Estudiantes de la Universidad de Antioquia durante una visita al cerro La Vieja. Foto: Linda Valentina Ramírez. Cuando llegaron a la cima no había espacio para acampar. Aun así armaron dos carpas para pasar la noche, talaron frailejones para aumentar el espacio y prendieron una fogata. Los frailejones están en peligro de extinción, crecen entre uno y dos centímetros y medio por año y pueden tardar hasta 100 años en alcanzar su altura máxima. Se ubican en las partes más altas de los páramos (entre los 2700 y los 4400 metros sobre el nivel del mar) y usan su cuerpo como una esponja para captar la humedad de la neblina y luego convertirla en el agua que baja hacia las quebradas y los ríos. En el complejo de páramos de Sonsón queda el cerro Las Palomas, conocido también como Vida Maitamá. Allí crece un frailejón endémico llamado Espeletia restricta y se descubrió en los últimos años una especie de orquídea llamada Pleurothallis maitamae, conocida ahora como la orquídea maitamá. Hace dos años un grupo de turistas acampó en la punta de este cerro y cortó algunos de los frailejones que había allí. En ese momento, en todo el cerro se podía hacer turismo. Meses después, el 9 de octubre de 2024, las autoridades locales prohibieron cualquier turismo en el cerro y, posteriormente, en abril de 2025, cerraron para el turismo ciertas zonas de La Vieja, otro cerro aledaño. El cierre se justificaba en la afectación medioambiental. Luisa Arbeláez, periodista de Sonsón, tiene una postura clara sobre el tema: no está de acuerdo con el turismo que allí se hace, ya que este no considera el daño medioambiental. Jatin Castañeda, directora local de Turismo, menciona que tampoco está de acuerdo: “Lo que pasa es que ellos, los guías empíricos, perdón la expresión, solamente quieren ganar plata”. Dice que la Alcaldía no apoyaba el turismo a los páramos porque de cualquier forma lastimaba al medioambiente, pero como institución tampoco lo pueden evitar por completo. Según Natalia Zapata, fundadora de la Asociación Ambiental y Social de Mujeres Rurales Amigas del Páramo, “el turismo en el cerro se disparó tras la mejora de la seguridad en la zona, especialmente después de que se puso de moda el turismo de altura y se descubrió el frailejón endémico” en 2020. Todo esto llevó a una masificación turística sin vigilancia ni control y los guías turísticos que venían de otras partes subían con grupos de hasta 30 personas, hacían fogatas y dejaban basura, lo cual degrada el ecosistema, ya que la materia orgánica se descompone más lento debido al frío. Aun así, en Sonsón hay personas que ven el turismo en el complejo de páramos como una oportunidad de trabajo. En la vereda Manzanares vive Fredy Orozco en una casa de paredes blancas y techo de teja. Él es un hombre alto, de unos 50 años, que hace recorridos guiados por los cerros de Sonsón. Antes de subir se alista: viste sombrero de paja, camisa verde fosforescente con la imagen de La Vieja y una chaqueta beige. Nubia, su esposa, de estatura baja y cabello negro lacio, prepara el desayuno que le entrega a los turistas: arepa con quesito, huevo, tortas de maíz, carne y arroz con chocolate en aguapanela. Alrededor de la casa donde viven hay un árbol de guayaba agria, otros de aguacate y varios cultivos de papa criolla. Fredy es campesino, en realidad el turismo solo le representa un ingreso extra. Manzanares está dividida en tres partes: centro, abajo y arriba. Está repleta de tres cultivos: cebolla larga, papa criolla y aguacate. De acuerdo con Leidy Orozco, presidenta de la Junta de Acción Comunal de Manzanares, “el turismo en la zona surgió después del año 2005”, cuando mejoró la seguridad en varios lugares como el camino a Murringo, cascadas, cuevas y, el más famoso, La Vieja. En la zona de páramos algunos de los cultivos más comunes son la cebolla de rama y el aguacate. Foto: Linda Valentina Ramírez. En 2025, antes de las regulaciones, el turismo estaba en apogeo. Antes de la pandemia el turismo llegaba hasta el pueblo, pero después el ecoturismo tomó fuerza y subir los cerros de La Vieja y Las Palomas se volvió un atractivo debido a la cercanía y la seguridad para visitarlos. Los guías de Manzanares, entre ellos Fredy, siempre habían sido los encargados de guiar. Él llevaba alrededor de 23 años subiendo, pero empezaron a llegar nuevos guías provenientes de agencias de afuera del municipio. Primero les pagaban a los locales, luego se aprendían el camino y comenzaban a ofrecer los recorridos por su cuenta. Junto con su sobrino, Fredy es uno de los dos guías que quedan en la zona. Él brinda el recorrido acompañado de sus dos perros: Júpiter, pequeño, blanco y con manchas cafés, y Oso, de un pelaje café y negro. Durante el ascenso a La Vieja, Fredy habló sobre las regulaciones y el cierre de Las Palomas: “Ya nos tienen aquí con unas reglas y nos pusieron muchas reglamentaciones más. Pero las estamos respetando, ya que a nosotros nos conviene también. Porque es que si el morro nos lo ayudan a controlar, no hay peligro de que nos lo cierren. Es como yo le dije al alcalde: ‘Es que ustedes están fomentando el turismo en Sonsón y cerrando lo que hay de turismo’”. De hecho, la Alcaldía adoptó un plan local de turismo que va desde 2022 a 2031 con el objetivo de impulsar el desarrollo sostenible y aprovechar el potencial turístico de la región. Justamente, Jatin había mencionado que desde la administración municipal tenían planeado cerrar el cerro La Vieja este año debido al daño que hay en la flora y fauna.
Réquiem por los salpimuertos

Frente al cementerio Campos de Paz, en la avenida 80, por más de 45 años funcionaron Melón y Salpicón y Salón de Frutas Curuba, dos negocios que servían una tradición popular de Medellín: los salpimuertos. Ya no existen porque el Metro de la 80 ocupará su espacio. Nos reunimos para despedir a Melón y Salpicón y al Salón de Frutas Curuba. No solo venimos a llorar su ausencia, sino a reconocer lo que dejaron en quienes tuvimos la fortuna de conocerles. No ha parado de llover desde que empezó 2026. Es el segundo domingo de febrero y, frente a un alambrado que resguarda escombros, varias personas arrumadas buscan refugio de la tormenta. Los que tiritan de frío habrían podido sentarse, descansar y pedir algo de comer para esperar el paso del aguacero. Sin embargo, el techo de lo que solía ser un negocio es lo único que aún se sostiene. Sirve de escampadero, pero no se compara con el confort que ofrecía hasta diciembre. Entonces, quien pasara frente al cementerio Campos de Paz, en el suroccidente de Medellín, podía encontrar en un mismo sitio refugio y disfrute para el paladar. Melón y Salpicón y Salón de Frutas Curuba eran dos negocios que, lado a lado, llevaban más de 45 años vendiendo ensaladas de frutas, jugos, helados y su producto estrella: los salpicones, más conocidos como “los salpicones de la 80”, “los salpicones del cementerio” o “los salpimuertos”. Su defunción ocurrió con el proyecto Metro de la 80 que, para construir sus vías, demanda el espacio que ocupaban los locales. Elevemos una oración. Consagramos a los salpicones de la 80 y pedimos que se les conceda descanso; y para quienes sentimos su ausencia, consuelo. Jaime Ruiz, mensajero, recuerda que la primera vez que comió allí tenía 25 años. Hoy tiene 61 y dice que la ausencia de los salpicones de la 80 le despierta “mucha nostalgia” porque eran los mejores de la ciudad. Anhela que vuelvan a abrir el negocio sin importar la nueva ubicación. Estar frente al cementerio creó una tradición popular que también murió. Cuenta Jaime que un día venía con sus amigos a visitar a uno de ellos “que estaba muerto” cuando, al salir del camposanto, notaron un negocio que vendía helados y licores. Acudieron para aprovechar ambas ofertas. “En esa época, el cementerio se mantenía abierto 24 horas y los salpimuertos eran la única parte donde se conseguía aguardiente y salpicón”, recuerda. Después de esa primera cucharada regresó con frecuencia, pero con compañías distintas: su mamá, su hermana o su hija. No solo iba tras visitar el cementerio, sino también con otros motivos, como celebraciones de cumpleaños. En septiembre de 2025 probó por última vez un bocado de los salpimuertos y, sin saberlo, se despidió de la costumbre de más de tres décadas. Eclesiastés 3, 1-4: “Todo tiene su momento oportuno; hay tiempo para todo lo que se hace bajo el cielo: tiempo para nacer y tiempo para morir”. Luz Marina Areiza, propietaria original de ambos negocios, comenzó vendiendo frutas, helados y cremas afuera del cementerio en 1975. Luego, incluyó los salpicones en el menú y a sus familiares en el emprendimiento; hasta que se trasladó a un kiosco al frente porque no podían permanecer en el borde del camposanto. Los clientes pasaron de comer de pie a sentarse en cajas de gaseosa y, finalmente, en sillas plásticas y mesas de metal. Así como Jaime Ruiz, otras y otros habitantes de Medellín vinculaban los salpimuertos al cementerio. Giovanny Arango, taxista de 62 años, recuerda los “chistes macabros” que la gente hacía: “Aquel que dejaba un difunto, cremado o enterrado, lo celebraba con un salpicón y así pasaba la amargura”. Cuando conoció el Salón de Frutas Curuba era un niño que iba con su papá a comer helado y a ver los aviones despegar desde la malla del aeropuerto Enrique Olaya Herrera, a tres cuadras del establecimiento, un rito recurrente entre muchas familias de la ciudad. Giovanny nunca los llamó “salpimuertos”. Le parecía imprudente porque asociaba el establecimiento con la tranquilidad y, para él, ese apodo tiene una connotación negativa. Hoy, ese respeto lo traduce en nostalgia: “Lo malacostumbran a uno a la buena sazón, se van y lo dejan antojado”. Este sitio nutría múltiples facetas de la identidad de la ciudad: la cultural, la social e incluso la económica. Su ausencia ha impactado al gremio florista, que se hace al frente, junto a la entrada del cementerio. Doris Guira, oriunda de Santa Elena, viaja hace 40 años para vender flores en Campos de Paz. Cuenta que, aunque tiene una clientela fiel, las ventas han disminuido desde la defunción de los salpimuertos. Edgar Baños, florista sucreño, también cree que el flujo de gente ha mermado porque el negocio era un trampolín para pasar a comprar flores. Que la paz acompañe el descanso de los salpimuertos. Quienes deseen pueden acompañarnos para realizar la sepultura. Medellín entierra una cucharada de su memoria. Doris dice que esos salpicones fueron los mejores que comió en su vida y que le hacen mucha falta. Iba varias veces a la semana junto con su hija para descansar del trabajo y, como eran conocidas en el local, Rodolfo Sánchez –otro de los propietarios– frecuentemente les regalaba salpicones o ensaladas de frutas. Con la partida de los salpimuertos murió esa costumbre y, como si guardaran luto, las floristas no volvieron a comer salpicón juntas. En diciembre de 2025, Doris y su hija fueron al negocio y Rodolfo les regaló tres salpicones. Les dijo que eran los últimos: fue su despedida y testamento. A Doris le encantaría que reestablezcan el negocio, bajo la condición de que sea frente al camposanto, porque es allí a donde pertenece. Para vivir, los salpimuertos necesitaban el aliento del cementerio.
Los cuerpos que cargo

Hace muchos años en Envigado los criminales encontraron en lo oculto un respaldo para sus acciones. Esta es la historia de una mujer que, sin buscarlo e incluso evitándolo, terminó enredada en líos de narcotraficantes y mafiosos, quienes mediante rituales, oraciones y talismanes que ella oficiaba, buscaban burlar a sus enemigos, “coronar vueltas” y evitar la muerte. El olor a hierbas se extiende por todo el lugar mientras la sangre sale del cadáver de un animal recién sacrificado y el humo del círculo de velas sube hasta perderse con el viento. Se escuchan murmullos de oraciones elevadas a san Ismael, el santo de los malandros, conocido como el primer delincuente canonizado. En medio de las velas está, sentada y en ropa interior, una figura con cara de alcalde, de secretario de despacho, de concejal o de sicario de la Oficina. Una voz repite las oraciones al santo, entregando el sacrificio animal como pago a cambio de dinero, poder o protección. El cuerpo de Katrina es testimonio de lo que ha conseguido por su trabajo, pero también de lo que ha sacrificado. Ilustración: María Fernanda Vélez. @mafresitas_art Katrina Cuando conocí a Katrina* sentí una tranquilidad un poco extraña. Tal vez por el tono calmado, casi tímido, con el que me habló, o por su amabilidad al saludar. Tal vez por la manera en que sus ojos verdes con el delineado tatuado nunca llegaron a encontrar los míos, ni siquiera cuando estaba leyendo mi futuro en las cartas. Las pequeñas pecas en sus mejillas resaltan en su piel blanca, los años y el sol han dejado huella en su rostro, su cuerpo guarda el recuerdo de que logró tener mucho dinero: a pesar de los años, las cirugías en sus pechos y glúteos aún se mantienen en su lugar. Cuando entras a su casa, no ves nada raro. Es una casa de familia con varios cuadros del Sagrado Corazón de Jesús en las paredes y una estatua pequeña del arcángel san Miguel en el centro del comedor. En esa misma mesa, con el mantel blanco corrido hasta la mitad y una baraja española desgastada por los años, mientras su padre observa indiferente desde el sofá y su hermano está absorto en el computador, Katrina lee las cartas y hace adivinaciones y rituales a un grupo selecto de personas poderosas del municipio de Envigado. Katrina cuenta que desde que era niña veía sombras, rostros de personas y espíritus en las plantas. Una mañana, un señor se acercó a la casa de sus padres a llevar las frutas y las verduras del mercado. Ella tenía siete años. Un atisbo de su rostro fue suficiente para decirle a su madre su primera premonición: “Mamá, a ese señor lo vamos a ver en una caja hoy”. En la noche sus padres la llevaron al velorio del hombre, que había muerto en un accidente de tránsito. Después de ese día, su madre la llevó donde un médico para descartar algún trastorno o enfermedad, pero dentro de sí ya sospechaba que Katrina había heredado de su abuela el don de la brujería. En 1990, cuando tenía 12 años, murió su madre. Su padre no quiso hacerse cargo y sus dos hermanos mayores tampoco, entonces Katrina tuvo que irse a vivir con su tía, quien al saber sobre su don y al estar sin trabajo en ese momento, la obligó a hacer predicciones por largas jornadas mientras le negaba la comida y se quedaba con el dinero. Cansada de esa situación, después de varios meses, Katrina huyó hacia Bogotá, donde encontró a un viejo maestro de unos 80 años que la ayudó a potenciar su don. Los maestros son personas con un mayor desarrollo espiritual que guían a otras que apenas están conociendo su don. “Yo siempre le huía a esto, pero donde llegaba siempre había alguien que me preguntaba si yo sentía algo”, dice Katrina. Así conoció al maestro, y con él viajó a Meta. Cuenta que allí, en medio de la naturaleza, él detuvo el cauce de un río y le dijo que ella era la persona que estaba esperando para pasar sus conocimientos en vida. Al poco tiempo murió, pero su conocimiento y el de muchos otros guías que ha conocido siguen con ella. Rituales y sangre Las mafias y los criminales siempre han tenido un nexo con lo religioso, lo espiritual y lo sobrenatural. El periodista Nelson Matta, quien ha investigado este tema para su pódcast Revelaciones del bajo mundo, de El Colombiano, dice que es muy común que estos dos mundos se conecten y que suele ocurrir más en lo rural que en lo urbano. En el pódcast narra varios casos donde se presenta este fenómeno: narcos que se hacen “cerramientos” para ser inmunes a las balas, cuadernillos con oraciones y rituales en latín encontrados en bolsillos de criminales muertos. Además de talismanes y objetos con los que buscan protegerse y burlar a la policía. A partir de sus investigaciones y entrevistas con antropólogos y psicólogos, Matta dice que algunos criminales “son conscientes de que están haciendo el mal y quieren conectar con fuerzas del mal; por eso le rezan a la Santa Muerte, para poder acceder a ese mundo”. En los años 80 empezó a operar una de las bandas de crimen organizado y narcotráfico más grande del Valle de Aburrá y del país: la Oficina de Envigado, que hoy opera con un perfil más discreto. Según Juan Diego Restrepo, autor del libro Las vueltas de la Oficina de Envigado, esta nació como una estructura de regulación mediante la cual Pablo Escobar cobraba sus deudas, arreglaba las disputas entre sicarios, buscaba la resolución violenta de conflictos y mediaba en el tráfico de drogas. Después de la muerte del narcotraficante y del conflicto con los “Pepes” (perseguidos por Pablo Escobar), en los años 90 esta “oficina” pasó a manos de Don Berna, quien se encargó de convertirla en una de las estructuras criminales más grandes del país. Muchos sicarios y “duros” de la
Nacimiento y desembocadura de un abandono

En el oriente de Medellín, entre cemento y ladrillos, los niños deciden quién será el primero en lanzarse al agua clara de un nacimiento único en su tipo. Mientras tanto, en el sur, la gente huye del río que se les acerca y de la lluvia que, como ellos, busca dónde meterse. Aquí también todo es cemento y ladrillos. La quebrada La Gallinaza es usada por algunos habitantes de la Comuna 8 Villa Hermosa como depósito de basuras. Foto: Maria del Mar Martínez. 1. El charco «Mateo tiene miedo, Mateo tiene miedo», corea un grupo de niñas dentro de un nacimiento de agua natural que funge como piscina en la calle La Estrechura del barrio La Libertad. Mateo está de pie en el borde de este charco, como es llamado por quienes lo frecuentan. Con las manos en la cintura, mira al suelo e intercambia su apoyo entre un pie y el otro para sostenerse sin quemarse con el pavimento. El agua brilla casi cristalina y se menea serena. ¡Plash! La superficie se turba con el clavado de Mateo, salpica agua en la calle y en la baranda amarilla que separa la acera del charco. Otros 10 niños se lanzan, se voltean y me miran alzando las manos para que les tome una fotografía que registre su tarde de sábado, costumbre en este barrio de Villa Hermosa. En la cuadra también se oye otro chapoteo: es el sonido de la quebrada, que además de piedras lleva el motor de un ventilador con su hélice, la cabeza de un bebé de juguete, costales con escombros y rastrojo, ropa, empaques y más. Algunas de estas cosas flotan hasta la quebrada Santa Elena e incluso al río o más allá, otras se atascan o alguien las saca. De los pies de los niños en los alrededores del charco al pico de los gallinazos en los vados del río es difícil saber cuánto tiempo van a permanecer en el agua o qué tan lejos llegarán. Pero regresemos a lo que hay enfrente. El charco tiene unos 12 metros de longitud, uno de ancho y no supera los 170 centímetros de profundidad. Aun así, los niños se tiran clavados de cabeza y nadan de un extremo a otro haciendo «piscinas», pero solo uno a la vez porque en el poco espacio no caben dos sin chocar un poco. Cada vez que uno de ellos se tira al charco, el agua sale por uno de los dos agujeros de drenaje. En este momento, uno está sellado; los niños lo cierran para mantener el nivel, pero dejan abierto el otro para evitar que el agua se suba mucho. Los orificios de llenado solo se tapan para secarlo. Son tres que están en uno de los dos extremos del charco, por donde entra el agua que llega del acuífero. Mientras tanto, una señora que vive en la cuadra lava dos morrales con jabón lavaplatos dentro del charco. El residuo de jabón y el polvo de la calle en los pies de los niños opacan el agua. Pero esa es el agua más limpia que encuentra un habitante de calle para refrescarse del sol que está en su pico. Cuando la señora ya se ha ido, este hombre se acerca al charco para recoger agua en una botella y lavarse la cara, luego sigue su camino por La Estrechura y deja atrás a los niños que ahora juegan a hundirse entre sí. Frente al charco hay una tienda de bolis, pasteles hojaldrados y bebidas. Valeria, la vendedora, explica que es un nacimiento, que viene más gente los sábados, que no siempre estuvo pavimentado ni tuvo baranda y que muchas veces los niños se han accidentado dentro de él en medio del juego. Este es un espacio de recreación sobre el que los habitantes del barrio han sido soberanos durante más de 40 años. Ellos mismos lo adaptaron como una piscina; incluso, ella y Margarita, su madre, afirman que todos los vecinos aprendieron a nadar en él. Pero al preguntar quién lo creó, cómo o cuándo, las personas de la cuadra coinciden en que siempre ha estado ahí. La Comuna 8, Villa Hermosa, se empezó a construir en la década de 1940 en medio de las olas migratorias a causa de la violencia partidista. También entonces inició la canalización del río Medellín, en 1942. Para este proceso de urbanización fue fundamental una figura de organización comunitaria: el convite, una práctica de trabajo solidario entre vecinos. Mediante los convites se construyeron caminos, escuelas, escalas, calles y, en este caso, «piscinas naturales». Así las personas del barrio han preservado el charco, son formas de convite que los niños se reúnan para lavarlo o que los vecinos aporten materiales para adecuarlo, como las tablas de madera con las que tapan los orificios. El charco y la quebrada, uno al lado del otro, dan cuentas de formas distintas, casi opuestas, de relacionarse con el agua en la ciudad. Foto: Maria del Mar Martínez. 2. La ciudad Como el charco, el río Aburrá-Medellín ha sido adaptado a los intereses de sus vecinos. Su rectificación (modificación del cauce original eliminando sus curvas) comenzó a finales del siglo XIX cuando un grupo de empresarios antioqueños promovió la urbanización de Guayaquil, así lo explica Andrea Preciado en su libro Canalizar para industrializar. Entonces, siguió la canalización (revestimiento del cauce) finalizada en 1952 con el apoyo de la Sociedad de Mejoras Públicas (SMP). Antes de ese proceso el río era un espacio recreativo, lugar de baño, de recolección de agua e incluso un medio de transporte. Hoy en día también hay un aprovechamiento de sus recursos con fines similares. Sin embargo, esta otra relación con el río está mediada por las necesidades de las comunidades y la falta de mejores alternativas de acceso al agua, como es el caso de algunos habitantes de calle que se ubican en sus orillas. Pero la canalización no es el único proceso que ha transformado la relación entre la ciudad y el
Vestir y votar

En medio de la polarización política que vive Colombia por la elección presidencial, atacar al que piensa diferente es cada vez más común. Juzgar al otro por su estética y forma de vestir ha sido una forma constante de arremeter contra el otro durante el proceso electoral. “Esta gente huele a cartón mojado. Digan lo que quieran pero la estética petrista a mierda sí existe”, escribió un tal Cristian Cadavid en X el 17 de junio de 2026, cuatro días antes de la segunda vuelta que definió el nuevo presidente de Colombia. Así como la de Cristian, otras publicaciones en diferentes redes sociales muestran una mirada sobre la estética basada en la ideología, además de un ataque a la estética del otro. Para Ita María Díez, economista y editora general del medio feminista Volcánicas, “lo que usamos, lo que consumimos, lo que compramos, lo que elegimos ponernos para presentarnos al mundo, tiene una carga política importante y tiene que ver con cómo concebimos el mundo y qué queremos proyectar”. Por esto, atacar cómo luce el otro resulta en un ataque a la ideología que proyectamos. — Loading El 21 de junio el puesto de votación de la universidad Eafit parecía una tribuna del estadio Metropolitano de Barranquilla. El amarillo de la camiseta de la selección Colombia aparecía por donde uno volteara a ver, familias enteras iban uniformadas para votar. ¿Por quién? No hacía falta preguntar, pues Abelardo de la Espriella adoptó la indumentaria del equipo de fútbol como símbolo de su campaña. Además este candidato tuvo un 74,8 % de votos en este puesto en la primera vuelta. Quienes no iban de amarillo, iban de camisa, casi siempre azul clara o blanca; la tipo polo también abundaba. Eso sí, entre los hombres la camisa siempre iba metida dentro del pantalón para exhibir la correa de cuero. Y las mujeres, con su balayage rubio siempre retocado. A algunos se les veía con un collar de crucecita o alguna imagen del Divino Niño colgando en el outfit. Hablar de variedad de estilos en este escenario sería difícil, pues a simple vista solo había dos: aficionado de la selección y cosplay de alcalde de Medellín. La camisa azul bien planchada, los tenis blancos, los mocasines y el pelo corto y peinado pulido representan, para Ita María, las aspiraciones “eurocentristas” que tiene la derecha. “Hay una intención clara en proyectar esta idea de una persona exitosa desde la capacidad adquisitiva, porque en las ideologías de derecha las personas valen por lo que tienen”, dice Ita, quien además de economista ha trabajado para la agencia de moda WGSN y ha escrito sobre moda para diferentes medios como El Tiempo y El País. En ese sentido Abelardo de la Espriella, con su traje y corbata, representa esa idea de éxito y poder económico a la que aspira la derecha. El mismo día en que en Eafit los caminos se inundaban de amarillo, en un puesto de votación de apenas 2500 votos de potencial electoral, miles de jovenes asistían también a votar. El puesto de la Universidad Claretiana fue el único lugar de Medellín (salvo la cárcel de Pedregal) donde Iván Cepeda obtuvo más del 50 % de los votos en la primera vuelta. Este punto de votación es uno de los más cercanos a la Universidad de Antioquia y en donde usualmente votan los estudiantes foráneos que viven en el barrio El Chagualo, por ello la mayoría de votos de las siete mesas habilitadas son de jóvenes universitarios. Buena parte de quienes votaban salían con totebag o mochila wayúu al hombro. Camisetas negras, rojas, verdes, incluso del equipo de fútbol chileno Club Deportivo Palestino, eran las que más se veían en este puesto. No había un consenso en el color, más bien había diversidad. Cada tanto también salía algún votante desfilando el amarillo de la selección. Acá abundaron los tatuajes y los piercings en comparación con la mayoría de los cuerpos sin tinta ni perforaciones de la Eafit. También había más estilos de pelo y peinados, hombres de pelo largo, mujeres de pelo teñido en rojo y morado, y no había ni un balayage rubio entre esos cabellos. Los accesorios coloridos se alejaban del oro y la plata. Las faldas de flores y los tenis de colores también eran frecuentes. Lo que no había era un estilo predeterminado, algo que pareciera uniforme o que los identificara a todos, pero se dejaban ver muchos elementos que la derecha ataca en la estética “india” o “mamerta”. En la forma de vestir de la izquierda, en vez de aspirar al norte, hay una “reivindicación por lo latinoamericano”, así lo nombra Ita. En la pinta de la izquierda podemos encontrar más variedad de colores y de estilos; diseños que evocan lo artesanal y lo regional, y un pelo menos ordenado y definido. Este estilo va de la mano de Iván Cepeda y su fórmula vicepresidencial, Aida Quilcué. Cepeda lleva casi siempre una camisa blanca de cuello estilo Mao y suele usar un blazer o chaqueta de tela mucho menos llamativo que el de su contrincante de derecha. Su estética sencilla lo “muestra más cercano, más accesible a la gente”, dice Ita. Por su lado, Aida como líder indígena muestra en sus ropas su relación con lo artesanal y la naturaleza; los bordados de plantas y flores siempre están presentes en su vestimenta; en sus accesorios, como sombreros, bandanas y collares, también se deja ver su vínculo con el Consejo Regional Indígena del Cauca (CRIC). Tanto Cepeda como su fórmula vicepresidencial han recibido ataques por su apariencia física, y su forma de vestir. Cepeda por usar siempre camisa de cuello Mao se ha ganado el título de comunista, y por la apariencia de sus dientes le han hecho burla llamándolo “basuquero” o “jetipicho”. De la Espriella también ha sido objetivo de burlas y críticas por su apariencia física y modo de vestir; algunos lo definen como alguien de “mal gusto” por sus ostentaciones de ropa de marca, vinos caros y
Tradiciones de jaula y canto

En el Caribe colombiano hay costumbres que poco se nombran fuera de la región, o que, cuando se nombran, despiertan un debate cada vez más encendido entre lo que se hereda y lo que la ética cuestiona y la ley prohíbe. Los concursos de canto de aves son una de estas, pero también una costumbre de patio y solar, de ocio y de vida cotidiana. Los concursantes suelen mantener a los pájaros bajo sombra antes de cantar, para preservar su “ánimo”, es decir, que estén tranquilos y puedan rendir bien en el concurso. Foto: María Andrea Canchila. Así como hace décadas Joche cogió un mochuelo en las montañas de María para dárselo al cantautor caribeño Adolfo Pacheco, quien en un gesto de amor se lo regaló a su novia o como Oscar Wilde en el lejano Reino Unido imaginó un ruiseñor que se dejaba morir por amor mientras ofrecía su último canto, también en el Caribe colombiano el canto de las aves ha inspirado sus costumbres. La captura y el encierro de estos animales para hacerlos competir con su canto es una práctica heredada de los españoles en las Islas Canarias que todavía sobrevive en la costa. Una escena que vuelve a repetirse hoy, 21 de septiembre, bajo la sombra de un árbol campano en Sincelejo. *** “A este le puse Nueva York, porque es nombre de ganador”, me dice Mario Oliva mientras sostiene con orgullo una jaula gris que contiene a uno de sus pájaros: un congo bajero, como lo llaman en la región, su nombre científico es Sporophila crassirostris, cuyo nombre significa algo así como “amante de las semillas de pico grueso”. Nueva York acaba de imponerse en un concurso de canto de bajeros con un récord destacado: 37 cantos en cinco minutos, superando por mucho a sus 11 contrincantes, que alcanzaron apenas 15. Mario sonríe satisfecho, como si cada nota entonada fuera también suya. El pájaro, pequeño y de plumaje oscuro, se mantiene firme, con el pecho erguido, como si supiera que esa mañana se ganó el aplauso de todos. Según cuentan los asistentes, ese fue el último concurso de bajeros que se realizó en Sincelejo, la capital de Sucre, en 2025. La razón es casi natural: entre mayo y septiembre, los bajeros entran en su mejor época de canto. Es su temporada alta. Pero al terminar la temporada, muchos comienzan la muda o disminuyen su intensidad vocal. Ese día desde las siete de la mañana comenzaron a llegar hombres aficionados a la crianza y la tenencia de estas aves cantoras. El punto de encuentro fue un lote privado abandonado en el barrio El Caribe, en el suroeste de la capital sabanera. Pronto se acomodaron en sillas Rimax, en medio de conversaciones bajo un sol intenso y temperaturas que rozaban los 32 grados. Dos horas después de que llegaran los primeros, justo cuando se repartía el primer tinto servido en vasos plásticos, la tertulia ya tomaba fuerza. Mientras conversaban, paseaban a los pájaros de un lado a otro, colocándolos en alambres colgados sobre las ramas de los árboles. –Eso es para que no se les vaya el genio —intervino otro de los aficionados que estaban por competir. –¿El genio? —pregunté. –Si los mueven quedan activos y no se “pasman” para cantar —complementó Jorge María, uno de los canaricultores más reconocidos del lugar. Conocía a Jorge porque era muy amigo de mi tío Tairon Velilla, quien fue pajarero —como llaman en la costa a quienes crían aves cantoras— durante muchos años, hasta sus últimos días de vida. Él se obsesionó con los canarios timbrados españoles y compartió con Jorge la afición desde hace unos 30 años, el mismo tiempo que llevan reuniéndose en este lugar para hacer concursos de canto. Desde que inicia la temporada de competiciones, los pajareros se reúnen allí cada 15 o 30 días para enfrentar a varias especies: canario criollo, rositas o meriños, bajeros y sinsontes. Todas son especies nativas del paisaje sabanero conseguidas mediante la caza o la compra, actividades que, por más pasión que despierten, son ilegales. “Aquí los que nos joden son los animalistas —me dice Jorge mientras toma un sorbo del tinto—, que no entienden que uno hace esto por afición, ni siquiera por negocio. Esto es para venir, reunirnos, conversar, tener un hobby. Nosotros no tratamos mal a los pájaros; al contrario, los cuidamos mucho”. Según Laura Rubio Rocha, bióloga y fundadora de la Corporación Ruta Natural, el encierro afecta a las aves de muchas formas: las induce al estrés e incluso al automutilamiento. En cautiverio también pierden la posibilidad de alimentarse de manera adecuada y de reproducirse, lo que disminuye la variabilidad genética. Aunque los concursantes y tenedores de estas aves aseguran hacerlo con cuidado y compromiso, Laura advierte que el peligro es inminente: “si se escapan, pueden poner en riesgo la fauna nativa mediante la transmisión de enfermedades y otros impactos sobre los ecosistemas”. En Colombia, la tenencia de aves silvestres como mascotas está prohibida desde 2016 por el Código Nacional de Seguridad y Convivencia Ciudadana (Ley 1801 de ese año), también conocido como Código de Policía. Desde su radicación se iniciaron las sanciones ante este tipo de actividades, lo que incluye multas y decomiso de los animales que encuentren en cautiverio. La norma deja claro que los concursos de canto con aves nativas —como los que se hacen en la costa— y su crianza en cautiverio son prohibidos y clandestinos. Este lote pertenece a Jorge Enrique Mendoza Vergara, dueño de la empresa Jomeve, que produce y comercializa materiales para la construcción. Los vecinos lo utilizan para sus actividades recreativas, entre ellas el concurso de canto de aves. Foto: María Andrea Canchila. Mientras avanza la mañana y se suman competidores, Jorge me comenta que, probablemente, estos sean los últimos concursos. Cree que la ley está cada vez más estricta. “Yo no creo que podamos seguir así por mucho tiempo. Mira que Petro y la senadora [Andrea] Padilla están bien insistentes con acabar todo esto”, añade. Desde
Preconteo generacional: jóvenes y adultos ante las urnas de Medellín

Durante la segunda vuelta por las elecciones presidenciales de 2026, en Medellín, personas de todas las edades salieron a las calles para votar por el candidato que más se alineaba con sus deseos. Desde Plaza Mayor hasta el Atanasio Girardot, se acercaron a las urnas con orgullo, miedo, tranquilidad o ansiedad. En el puesto de votación en el sótano de la Alcaldía Municipal, había 40 mesas habilitadas para que los ciudadanos ejercieran su derecho al voto. Foto: Pablo Giraldo Vélez. Un hombre lleva un sombrero amarillo, azul y rojo con la palabra “paz”. Toda su vestimenta tiene los colores de la bandera de Colombia y se dirige desde la estación Estadio del metro hacia el puesto de votación en el Atanasio Girardot. Se llama Paz Colombia Duque y siente una “satisfacción muy grande porque, a partir de hoy, vamos a descansar de tanta pelea, de tanto odio. Tanto del uno como del otro”. Como él, personas de todas las edades, con convicciones, sentires e ideales diferentes, se acercaron a los puestos de votación ubicados en Plaza Mayor, la Alpujarra, el estadio y el Politécnico Jaime Isaza Cadavid. Ocho horas antes de que la Registraduría Nacional informara los resultados del preconteo, alrededor de las 10:00 a. m., la jornada electoral transcurría con normalidad en las afueras de Plaza Mayor, el puesto de votación para mujeres más grande de la ciudad. Entre la masa de gente que entraba y salía constantemente del centro de eventos, se distinguían camisetas de la Selección Colombia y un electorado en el que sobresalían las mujeres de 40 a 60 años. Con cornetas y campanas de carritos de helado sonando de fondo, un helicóptero sobrevolando y mascotas —algunas engalanadas de amarillo—, las votantes y sus acompañantes, quienes las esperaban afuera del recinto, compartían opiniones en la plazoleta. Cuando Jaime Alzate, de unos 60 años y que estaba afuera de Plaza Mayor, se despertó para votar sintió “orgullo por la patria y la democracia” y deseos de “sacar a la izquierda”. Pero también tenía miedo de que los resultados no fueran reconocidos o fueran manipulados por aquellos a quienes llamó “las liendras”, un sentimiento que combatía con la creencia de que “los buenos”, sus copartidarios, eran más y que no se iban a dejar amedrentar de nadie, menos de la “gentuza de la guerrilla”. “Se sabe que esta gente quiere atornillarse en el poder y acabar con todo; entre comillas, hacer otro Venezuela de nuestro país”, dijo Jaime al final mientras vestía su camiseta tricolor. Plaza Mayor tenía un electorado habilitado de 44 736 posibles votantes con 56 mesas de votación, el segundo de Medellín, solo superado en cantidad de personas habilitadas para votar por el puesto destinado a los hombres, el estadio Atanasio Girardot. Allí, en la comuna 10 —La Candelaria—, Abelardo de la Espriella triunfó en la primera vuelta con el 54,9 % de los votos por encima del resto de candidaturas, según el escrutinio. Plaza Mayor no desistió en la tendencia de su comuna para la segunda vuelta y recibió a miles de personas que llevaban al tigre por delante en sus camisetas y cuyos bafles entonaban “tigre que ruge y muerde, tigre que nada teme, tigre que deja huella. Abelardo de la Espriella, ¡Firmes por la patria!”. La fe en el candidato del lema “Firmes por la patria” la compartía Gloria Méndez que, como Jaime y muchos otros, se vistió con la camiseta de la selección. Ella se levantó a votar con tristeza, temor y estrés. Sin embargo, ante todo, le emocionaba ver a tanta gente votando y tenía una certeza: “Abelardo va a ganar y vamos a recuperar el país”. Para el 22 de junio, con el 99,99 % de las mesas informadas, De la Espriella fue elegido como presidente de Colombia para el periodo 2026-2030 con el 49,66 % de los votos a su favor; Iván Cepeda ocupó el segundo lugar en la contienda electoral con el 48,70 %; la diferencia entre ambos candidatos fue de 0,96 %, la más estrecha en la historia del país. A sus 75 años, con mechones pintados de tintura rojiza que sobresalía entre las canas, Luz Cadavid dijo que es necesario votar para aportar a la patria y por eso lo hace siempre: “Si no, no podemos lamentarnos ni criticar”. En esta ocasión, lo hizo porque la convenció la campaña de su candidato y padeció nervios porque ella quiere cambio y no continuidad. Sobre todo, dijo que no quiere guerra tras los resultados de la segunda vuelta. En Plaza Mayor solo votan mujeres. Había 44 736 habilitadas. Foto: Pablo Giraldo Vélez. Pero en Plaza Mayor también hubo opiniones que partían de un lugar diferente, como las de Natalia Duque y Jorge Libreros —de 45 y 48 años, respectivamente—, que invitaron a votar sin miedo y a continuar el cambio. Natalia es titiritera en Medellín hace 23 años y, con una boina negra en la cabeza, declaró que la motivación de su voto parte precisamente de su oficio. Ella quiere evitar el fracking y el cierre del Ministerio de las Culturas, las Artes y los Saberes: “Mi voto está con la vida, con la biodiversidad y, sobre todo, con el agua, para poder seguir soñando. Y las artes; todos necesitamos de las artes para poder tener salud mental”. Jorge es compañero de Natalia y juntos fundaron el teatro de títeres Jabrú en 2003. Por eso su motivación está sintonizada con la de ella; él votó por la supervivencia de su trabajo “independiente, artístico y cultural”. Pero además, compartió que esperaba que en Colombia ganara la inteligencia y el sentido de la vida porque considera fundamentales los cambios sociales propuestos por su candidato, Iván Cepeda. “Somos de la universidad pública. Somos del pueblo. Somos obreros y obreras y eso nos motiva a que esto siga por el camino que necesitamos”, dijo. En comparación con la primera vuelta, en Medellín, Abelardo de la Espriella obtuvo 142 927 votos más, mientras que Iván Cepeda sumó 121 110 al resultado anterior.
Los fragmentos de un corazón de poeta

Los corazones no siempre laten ordenados; se quiebran y se reconstruyen entre recuerdos, poemas, amores y fracasos. Eso muestra Un poeta, la película colombiana que narra la historia de Óscar Restrepo, un hombre que vive entre la ebriedad y la esperanza, recordándonos que la vida se compone de retazos: risas, versos, dolores y abrazos. Aquí están los fragmentos de un corazón que, aún roto, quiere seguir latiendo, porque en cada pecho, torpe e imperfecto, late un surtido de fantasmas que también es poesía. La película Un poeta atrajo 200.000 espectadores en sus primeras seis semanas de proyección y logró un recaudo de 1.500.000 millones en taquilla superando a otras producciones nacionales del 2025. Ilustración: Cortesía redes Un poeta (@unpoetapelicula). Entró en su habitación con pasos arrastrados luego de tirar la puerta. Se sentó en la mitad de su cama, tendida con sábanas blancas a las que les sobresalían quiebres disparejos. Miraba el suelo y sus ojos se iban de un lado a otro buscando fantasmas, dejando como protagonista su cabello negro, sucio y peinado en varias direcciones. Óscar estaba sin camisa y bastante ebrio. Tomó un marcador azul, se llevó la mano al pecho y se dibujó un corazón sobre él. Pensé: se va a matar, se va a disparar, su fanatismo por José Asunción Silva lo ha llevado demasiado lejos. La pantalla del cine se fundió a negro. ¿Murió? No lo hizo. Óscar Restrepo es una mezcla entre valentía, cobardía, amor, inocencia, tristeza y ternura; lo suficientemente decidido para pensar en suicidarse, pero lo suficientemente asustado para no atreverse a hacerlo. No sé si fui la única en la sala que entendió la referencia, luego pensé que era inadmisible que mataran tan rápido al protagonista sin enojarnos, conmovernos y hacernos reír lo suficiente con un hombre bohemio, sensible y soñador que se atribuyó a sí mismo como un poeta. Sin cortes y con versos Esta película colombiana ha llenado salas de cine en todo el país desde sus primeras semanas de estreno y continúa proyectándose en las salas del Museo de Arte Moderno de Medellín y el Centro Colombo Americano de Medellín. Lo que explica un poco las filas inmensas y funciones de todo el día recién el estreno, al igual que la permanencia en algunos cines del país. Además, fue la producción colombiana nominada a Mejor Película Iberoamericana para los próximos Premios Goya, que se realizaron el 28 de febrero de 2026. Tanto Óscar Restrepo como Ubeimar Ríos son docentes, nacidos en el oriente antioqueño, Óscar en Rionegro y Ubeimar en Santuario. Son padres y amantes de la poesía (y del alcohol) desde su juventud. Hombres de noche y de tabernas. Así, más o menos, describe Ubeimar sus similitudes con Óscar, aunque, mientras se acomoda la tula que lleva con él a todas partes, sonríe y dice que a él no le pasan tantos infortunios como a su personaje. Hablar con él es como hablar con ese tío que se emborracha en todas las fiestas familiares. Te trata de “parce”, como si te conociera de toda la vida. Se ríe, se acomoda y desacomoda su barba, se le va la mirada varias veces en sus pensamientos, pierde el hilo conductor de lo que dice y lo vuelve a retomar. Además, tiene esas poses de papá cuando se sienta en cualquier mesa: apoya los codos, se frota la cabeza y sigue hablando. Baja un poco más la voz para terminar sus frases y darle un respiro, algo poético, a lo último que tiene por decir. Solo conversé con él veinte minutos afuera de una sala de cine, afanados y él cansado luego de tomarse fotos con unas cien personas. Pero percibí esa sensibilidad, ese corazón abierto que en la película provocó risas, quejas, llantos y recuerdos. Vi al hombre que nos dio referencias poéticas, persecuciones y peleas, pero que nos recordó que en la película no solo nos estaban hablando de poesía, sino sobre todo de la humanidad que nos habita en cosas sencillas y nos confronta con esos fantasmas que aparecen de cuando en vez en los rincones de nuestra mente o de nuestra habitación. Fragmento 1: La frustración de un personaje incómodo “¡Usted no es un poeta, es un desempleado!”, le grita su madre a Óscar al comienzo de la película en medio de una pelea para que buscara algún trabajo, pues vivía tirado y prestando plata. Ahí cae el primer fragmento de su corazón. Pues ella se encarga de recordarle que esas atribuciones no le daban de comer, a pesar de que él pensara que los poetas eran hiperbólicos y soñadores y transformadores. Y lo son, pero también tienen que ser otras cosas. Ubeimar Ríos, quien interpreta a Óscar Restrepo, el protagonista, es un actor natural que no se había acercado a las cámaras antes de la producción. Fotografía cortesía redes un Poeta. Se nos mostró un ser humano que no podía vivir solo de sus sueños por más grandes que fueran. De eso se encargó Simón Mesa, el director, desde el principio: de mostrar unas formas del ser humano que causan incomodidad, como la buena poesía. Porque la buena poesía no es solo la que habla de cosas bellas, sino la que nos sacude y nos obliga a mirarnos. Así lo piensa el escritor y cinéfilo César Alzate, para quien Un poeta recoge un universo que también logra la palabra escrita: el disgusto, pues dice que Óscar es ese tipo de persona que nadie quiere tener cerca en un viaje, porque incomoda, enoja y frustra con su actitud, su necedad y su discurso repetitivo de “es que yo fracasé”. Óscar vive perdido en la bebida, tirado en la calle, atrapado en un ridículo inconsciente. Su mejor amigo es el poeta fallecido José Asunción Silva: viaja con él, le pide consejos, lo abraza, lo confronta. Solo tiene que rebuscar en sus pantalones y mirarlo en el billete de cinco mil pesos. Está en una acera, con la ropa descompuesta, la mirada perdida y un amigo
Recuerdos entre la droga, la cárcel y la pobreza

Estos son los fragmentos que recuerda Nury Morales Maya de su propia historia, una mujer paisa de 75 años que, junto con algunos miembros de su familia, entre las décadas de 1970 y 2000, se dedicó a trabajos relacionados con el tráfico de drogas y, a los 54 años, fue condenada a 14 años de prisión. El primer viaje Corría el año 1975 y, en un inquilinato del Barrio Antioquia de Medellín, vivía Nury Morales con su esposo José Sánchez. La situación financiera de esta pequeña familia no era buena: José estaba desempleado y el único ingreso que tenían provenía de la venta de empanadas que Nury ubicaba todos los días en la puerta del inquilinato donde vivían. Un día, Óscar Morales, al ver la difícil situación económica por la que pasaba su hermana Nury, decidió proponerle ir a Perú para traer droga en botellas de vino de doble fondo, diciéndole: «Necesitamos gente que vaya al Perú». Y así, como si se tratara de una propuesta cotidiana, Nury escuchó por primera vez la posibilidad de dirigirse a otro país a traer droga. Sin más alternativa y teniendo en cuenta su economía en ese momento, decidió aceptar. Al llegar a Perú, Nury fue llevada a un hotel donde se quedó ocho días. Cuando iba a devolverse para Colombia, le empacaron en canastas las «botellas de vino». Nury, además, en esas canastas empacó todas las cosas que había comprado para su hija y su familia. Cuando llegó al aeropuerto, solo hubo unas cuantas preguntas sobre por qué llevaba esas botellas, a lo que respondió: «Le voy a hacer la fiesta a mi niña de cumpleaños». Todo transcurrió con normalidad: pudo abordar el avión, llegar a Colombia, a Medellín y, como ella dice, «coronar», es decir, alcanzar el objetivo de traer droga al país. Por este viaje, en 1975, a Nury le pagaron 50 pesos colombianos, con lo que pudo, en esa época, pagar el arriendo, comprar comida, darle plata a su mamá y pagarle a su suegra una casa que por aquel tiempo había perdido debido a un crédito territorial. El inicio de los Morales Maya Agua calentada por el sol, con cebolla y un poco de sal: esa era la comida de 24 personas que vivían en una casa con piso de barro amarillo, paredes de ladrillo y latas ubicadas como tejas de manera estratégica para evitar que el agua se filtrara en las tormentas. Linier, Mario, Óscar, Yolanda, Álvaro y Nury son apenas seis nombres de los 22 niños que vivían en esa casa, con un padre alcohólico y una madre que trabajaba todo el día en una máquina de coser para juntar algo de dinero con el que pudieran comer. Con el paso de los años, los hijos mayores como Linier y Omar aprendieron el oficio de la zapatería y, por esta razón, en su casa —ubicada en el Barrio Antioquia de Medellín— llegaban muchas personas, desde los más adinerados hasta los más pobres. Fue así como un día un amigo de Linier le contó que se había encontrado una bolsa de cocaína, pero que no sabía qué hacer con ella. Linier, quien gracias a su oficio había conocido a un hombre dedicado al microtráfico, decidió presentárselo a su amigo. Al conocerse, estos dos hombres decidieron asociarse, y fue así como la familia Morales Maya recibió por primera vez dinero relacionado con el tráfico de drogas, pues Linier obtuvo una recompensa económica por presentar a estos dos hombres. No pasó mucho tiempo para que el amigo de Linier le propusiera a Berta Yolanda, la madre de los 22 hermanos, comenzar a viajar por Colombia y otros países llevando droga adherida a su cuerpo. Berta aceptó y comenzó viajando a Panamá con barrigas falsas que contenían droga. Luego fue el turno de Álvaro, quien viajaba a Puerto Asís —un municipio de Colombia, en el departamento de Putumayo— para traer droga a la ciudad y revertirla; es decir, traía basuco y lo convertía en perico. Los viajes de Álvaro eran cada vez más frecuentes, muchas veces en compañía de su madre Berta. En ocasiones también viajaban los hermanos más pequeños, como Libardo y Mario, estos eran llevados para poder decir, en caso de que la policía los detuviera, que iban o venían de un paseo familiar. Los viajes los hacían en un Jeep que les había regalado su «jefe», pero que, asegura Nury, era malísimo, pues cada tanto su madre y sus hermanos quedaban varados en la carretera. La vida les empezó a sonreír. Con Berta, Linier y Álvaro en este trabajo, los pies de aquellos jóvenes ya no se llenaban de lodo amarillo cuando caminaban descalzos, pues ahora el piso de la casa tenía baldosa, y los ladrillos, desde que fueron cubiertos por una mezcla espesa de cemento, ya no tallaban tanto al dormir en el rincón de la cama o al apoyarse en la pared. Comenzaron a progresar: comían mejor, dejaron atrás el agua de cebolla y tuvieron la oportunidad de comer carne en el almuerzo y huevo día por medio. Sin embargo, a medida que la economía fue creciendo, la familia fue disminuyendo: ya no eran 24, sino 16. El padre había muerto y cinco de los 22 hermanos también. Todos, dice Nury, por muerte natural. Por otro lado, Omar Morales, el mayor de los 22 hermanos, siguiendo el oficio familiar de la zapatería, comenzó a hacer zapatos cargados con cocaína. Sus hermanos Linier y Álvaro también se unieron al negocio de los «zapatos». Estas dinámicas de viajar, traer, llevar droga y realizar zapatos se repitieron por varios años. La vida de Nury El segundo viaje de Nury fue a Cartagena. Cuenta que le ponían dos toallas higiénicas llenas de droga, que le dificultaban caminar un poco, pero que nunca tuvo problemas en aeropuertos o terminales de transporte, pues la seguridad era mínima. Como estos viajes, menciona muchísimos más; pierde un poco la cuenta y la noción del tiempo entre uno y otro, y los detalles de