Vida Maitamá: un tesoro natural en peligro

El complejo de páramos de Sonsón late con vida propia. Detrás de su belleza se esconde una lucha entre la conservación y los intereses individuales. Esta es la historia de un lugar donde la protección del ambiente y los ingresos que genera el turismo entran en disputa. Estudiantes de la Universidad de Antioquia durante una visita al cerro La Vieja. Foto: Linda Valentina Ramírez. Cuando llegaron a la cima no había espacio para acampar. Aun así armaron dos carpas para pasar la noche, talaron frailejones para aumentar el espacio y prendieron una fogata. Los frailejones están en peligro de extinción, crecen entre uno y dos centímetros y medio por año y pueden tardar hasta 100 años en alcanzar su altura máxima. Se ubican en las partes más altas de los páramos (entre los 2700 y los 4400 metros sobre el nivel del mar) y usan su cuerpo como una esponja para captar la humedad de la neblina y luego convertirla en el agua que baja hacia las quebradas y los ríos. En el complejo de páramos de Sonsón queda el cerro Las Palomas, conocido también como Vida Maitamá. Allí crece un frailejón endémico llamado Espeletia restricta y se descubrió en los últimos años una especie de orquídea llamada Pleurothallis maitamae, conocida ahora como la orquídea maitamá. Hace dos años un grupo de turistas acampó en la punta de este cerro y cortó algunos de los frailejones que había allí. En ese momento, en todo el cerro se podía hacer turismo. Meses después, el 9 de octubre de 2024, las autoridades locales prohibieron cualquier turismo en el cerro y, posteriormente, en abril de 2025, cerraron para el turismo ciertas zonas de La Vieja, otro cerro aledaño. El cierre se justificaba en la afectación medioambiental. Luisa Arbeláez, periodista de Sonsón, tiene una postura clara sobre el tema: no está de acuerdo con el turismo que allí se hace, ya que este no considera el daño medioambiental. Jatin Castañeda, directora local de Turismo, menciona que tampoco está de acuerdo: “Lo que pasa es que ellos, los guías empíricos, perdón la expresión, solamente quieren ganar plata”. Dice que la Alcaldía no apoyaba el turismo a los páramos porque de cualquier forma lastimaba al medioambiente, pero como institución tampoco lo pueden evitar por completo. Según Natalia Zapata, fundadora de la Asociación Ambiental y Social de Mujeres Rurales Amigas del Páramo, “el turismo en el cerro se disparó tras la mejora de la seguridad en la zona, especialmente después de que se puso de moda el turismo de altura y se descubrió el frailejón endémico” en 2020. Todo esto llevó a una masificación turística sin vigilancia ni control y los guías turísticos que venían de otras partes subían con grupos de hasta 30 personas, hacían fogatas y dejaban basura, lo cual degrada el ecosistema, ya que la materia orgánica se descompone más lento debido al frío. Aun así, en Sonsón hay personas que ven el turismo en el complejo de páramos como una oportunidad de trabajo. En la vereda Manzanares vive Fredy Orozco en una casa de paredes blancas y techo de teja. Él es un hombre alto, de unos 50 años, que hace recorridos guiados por los cerros de Sonsón. Antes de subir se alista: viste sombrero de paja, camisa verde fosforescente con la imagen de La Vieja y una chaqueta beige. Nubia, su esposa, de estatura baja y cabello negro lacio, prepara el desayuno que le entrega a los turistas: arepa con quesito, huevo, tortas de maíz, carne y arroz con chocolate en aguapanela. Alrededor de la casa donde viven hay un árbol de guayaba agria, otros de aguacate y varios cultivos de papa criolla. Fredy es campesino, en realidad el turismo solo le representa un ingreso extra. Manzanares está dividida en tres partes: centro, abajo y arriba. Está repleta de tres cultivos: cebolla larga, papa criolla y aguacate. De acuerdo con Leidy Orozco, presidenta de la Junta de Acción Comunal de Manzanares, “el turismo en la zona surgió después del año 2005”, cuando mejoró la seguridad en varios lugares como el camino a Murringo, cascadas, cuevas y, el más famoso, La Vieja. En la zona de páramos algunos de los cultivos más comunes son la cebolla de rama y el aguacate. Foto: Linda Valentina Ramírez. En 2025, antes de las regulaciones, el turismo estaba en apogeo. Antes de la pandemia el turismo llegaba hasta el pueblo, pero después el ecoturismo tomó fuerza y subir los cerros de La Vieja y Las Palomas se volvió un atractivo debido a la cercanía y la seguridad para visitarlos. Los guías de Manzanares, entre ellos Fredy, siempre habían sido los encargados de guiar. Él llevaba alrededor de 23 años subiendo, pero empezaron a llegar nuevos guías provenientes de agencias de afuera del municipio. Primero les pagaban a los locales, luego se aprendían el camino y comenzaban a ofrecer los recorridos por su cuenta. Junto con su sobrino, Fredy es uno de los dos guías que quedan en la zona. Él brinda el recorrido acompañado de sus dos perros: Júpiter, pequeño, blanco y con manchas cafés, y Oso, de un pelaje café y negro. Durante el ascenso a La Vieja, Fredy habló sobre las regulaciones y el cierre de Las Palomas: “Ya nos tienen aquí con unas reglas y nos pusieron muchas reglamentaciones más. Pero las estamos respetando, ya que a nosotros nos conviene también. Porque es que si el morro nos lo ayudan a controlar, no hay peligro de que nos lo cierren. Es como yo le dije al alcalde: ‘Es que ustedes están fomentando el turismo en Sonsón y cerrando lo que hay de turismo’”. De hecho, la Alcaldía adoptó un plan local de turismo que va desde 2022 a 2031 con el objetivo de impulsar el desarrollo sostenible y aprovechar el potencial turístico de la región. Justamente, Jatin había mencionado que desde la administración municipal tenían planeado cerrar el cerro La Vieja este año debido al daño que hay en la flora y fauna.
Sonsón, entre las puertas del progreso y las de la tradición

Entre montañas y balcones de madera, un municipio ubicado a 115 kilómetros de Medellín se pregunta cada día por lo que es y lo que quiere ser; si parecerse cada vez más a un moderno polo turístico o seguir defendiendo su tradición. La resistencia por la permanencia de las personas sonsoneñas tiene dos caras: la de quienes quieren irse y volver y la de quienes quieren quedarse para cambiar desde adentro. La fachada colonial de este edificio, en el parque principal, tiene “el balcón más lindo de Antioquia”. Foto: Isabella Navarrete. Rechina, se escucha un crujido largo y sostenido. Se abre una puerta de madera color aguamarina, alta y desgastada por la exposición al sol. Como esa, hay muchas y llevan a balcones coloniales y coloridos desde donde se divisan los faroles al borde de la calle, una que otra chiva y los avisos de los negocios con la misma tipografía sobre un fondo café oscuro. Desde ahí arriba se ve el parque de Sonsón, Antioquia, aparentemente tranquilo y sorpresivamente quieto a pesar de las personas que transitan por ahí durante el día. Sin embargo, detrás de esa puerta, esa quietud que parece suspender el tiempo no es tan simple. Hay un pueblo que busca conservar su memoria desde la permanencia en el territorio. Un pueblo que conserva sus historias de vida y trabaja para ser algo más que «la cuna de la colonización paisa» y el segundo con más museos en Antioquia. Sonsón, en el Oriente antioqueño, tiene 35.750 habitantes distribuidos en un 48 % en la zona rural y un 52 % en la cabecera municipal, según proyecciones de Telencuestas y el Banco de Estadísticas de la Alcaldía de Sonsón. Esta ruralidad se despliega en un territorio que, como describe Yuliana Corrales, directora técnica de Cultura y Patrimonio, dependencia adscrita a la Secretaría de Educación, Cultura y Deporte, comprende 107 veredas y nueve corregimientos, algunos tan remotos que carecen de carreteras y solo son accesibles «a lomo de mula«. Sonsón es tan extenso que posee todos los pisos térmicos, desde la ribera del río más importante de Colombia, hasta el páramo. Dentro de este mapa, Alejandro Galvis, coordinador de Juventud de la Secretaría de Inclusión Social y Familia, identifica una realidad poblacional específica: solo en los cuatro corregimientos del Magdalena Medio sonsoneño –San Miguel, La Danta, Jerusalén y La Linda– habitan aproximadamente 3400 jóvenes, quienes viven un marcado «choque cultural» respecto a la zona fría de la cabecera. Fernando Otálvaro Jiménez, coordinador de Emprendimiento en la Secretaría de Asistencia Rural y Medio Ambiente, señala que a pesar de que la vocación del municipio es agrícola en un 70 % o 75 %, este sector enfrenta una crisis de permanencia. Natalia Zapata, cofundadora de la Asociación Ambiental y Social de Mujeres Rurales Amigas del Páramo, advierte que las personas jóvenes «ya no quieren ser campesinos«. Óscar Hurtado, gestor biocultural de la Casa de los Sueños, coincide en que se está perdiendo la identidad del campo: los jóvenes prefieren ser «empresarios del agro» o migrar ante la dura realidad de que trabajar la tierra solos es muy difícil. Ante esta tendencia de expulsión hacia las ciudades, la dirección de Cultura y Patrimonio le apuesta a la permanencia atendiendo a más de 9000 niños y jóvenes al año en sus procesos, para que esa puerta que se abre para irse no sea la única opción de progreso. Mirar distinto A media cuadra del parque principal y subiendo por la calle del Rosario, en una casa con una puerta alta de madera verde oscura trabaja Daniela Cortés entre máquinas de expresos y chocolate. Esta joven sonsoneña vivió cinco meses en Alicante, España, con la intención de conocer otra cultura y abrirse paso en el mundo. Daniela creció con el mandato que muchas familias conocen bien: «irse es progresar, quedarse es estancarse«. Pasó cinco meses en la ciudad española de Torrevieja. No obstante, al regresar, ella y su esposo enfrentaron el nuevo desafío de sostenerse económicamente. De allí nació Café Cacaua. Decidieron apostarle al chocolate con altos porcentajes de cacao y con rellenos de frutas deshidratadas cultivadas en la región. Querían recuperar algo: Sonsón fue cuna de lo que hoy es Nutresa, y ese origen industrial del chocolate estaba olvidado. El café llegó después, casi por impulso: un día tomaron la decisión y ese mismo día salieron a buscar el local que se inauguró el 23 de diciembre de 2023. Descubrieron entonces que Sonsón era un territorio demasiado cafetero como para ignorarlo y convirtieron el negocio en la vitrina exclusiva de algunos caficultores del municipio. Lo que empezó como una necesidad de supervivencia terminó siendo una apuesta por la identidad del territorio. Para ella, volver fue «una victoria más grande» que triunfar afuera. Trajo herramientas del exterior y las puso a trabajar con lo local. Su conclusión: «El éxito no depende de la ubicación geográfica, sino del amor y la pasión que se le imprima al trabajo en el territorio«. Cree que los jóvenes que deciden permanecer están más conscientes de que pueden progresar y llevar sus empresas al mundo desde su propio municipio. Pero no todas las historias regresan. Daniela lo admite sin rodeos: «El ideal de nosotros irnos no era regresar«. Por su parte, Yuliana Corrales recuerda que al terminar el colegio la mentalidad era una sola: irse a Medellín o a cualquier ciudad. Ella misma lo hizo durante cuatro años. Esto se ve reflejado en otros sectores productivos del municipio (como se relata en los artículos de las páginas siguientes). Por ejemplo, de los cinco guías habilitados para hacer recorridos en complejo de páramos de Sonsón, tres ya migraron, solo quedan dos que son tío y sobrino. En el sector higuero, las familias productoras pasaron de 546 en el año 2000 a 80 en el 2026. Según Donnovan Velásquez, secretario de Asistencia Rural y Medio Ambiente, esto está relacionado con que los jóvenes no quieren volver al campo y con el desplazamiento de muchos cultivos por el de aguacate,
Tras los rastros del higo

En el corregimiento Alto de Sabanas, en Sonsón, el higo, único cultivo de su tipo en Antioquia, lleva más de 200 años aferrado a la tierra. Llegó a exportarse a Estados Unidos y España, pero hoy libra su batalla más difícil: sobrevivir al avance imparable del aguacate. Productores, emprendedores y artistas se niegan a dejarlo morir. El corregimiento Alto de Sabanas, productor de higo en Sonsón, tiene 2325 habitantes. Foto: Jannín Cortés. El higo es el fruto producido por el nopal, planta de la familia de las cactáceas. En Antioquia, lejos de ser una planta desértica constituye una rareza botánica en el paisaje, tanto por su origen foráneo en Mesoamérica como por las particulares condiciones que requiere para crecer y fructificar. En el departamento solo crece en Sonsón, donde los vientos cálidos que ascienden desde el cañón del río Arma le ofrecen un hogar ideal en el corregimiento Alto de Sabanas. Aunque la historia de su llegada ha sido difícil de rastrear, la Secretaría de Asistencia Rural y Medio Ambiente de Sonsón afirma que hay ejemplares con más de 200 años de vida. Pero, con el tiempo, la apuesta económica del municipio dio un giro cruel e implacable con las higueras. Pese a su arraigado valor cultural, la planta pasó de ser promesa de prosperidad a ser reemplazada por cultivos de mayor rentabilidad. Durante los años 80 y 90, el higo alcanzó su cima gracias a las exportaciones a Estados Unidos y España. Productores grandes y pequeños unieron fuerzas en 1988 para crear Coprohigo, una cooperativa que fue el corazón de este comercio y que también apoyaba a los cultivadores cafeteros. Sin embargo, quebró en el 2002. Desde la creación de Coprohigo “se empezó a manejar un monopolio del higo”: se adueñaron de los clientes de afuera, compraban a los campesinos a precios bajos y, en épocas de cosecha, no compraban o pagaban valores insignificantes para manipular el mercado en Bogotá y mantener precios altos”, explica Donnovan Velásquez, secretario de Asistencia Rural y Medio Ambiente de Sonsón. Tras la quiebra de la cooperativa, la idea de trabajar como asociación quedó en el olvido. Según Velásquez, ha sido difícil recuperarla debido a la desconfianza que persiste entre los productores después de aquellas experiencias. “Hoy venden a dos o tres comercializadores que están comprando en el municipio, y desde la secretaría estamos tratando de que entre una empresa exportadora”, señala. Lo cierto es que recorrer Alto de Sabanas permite ver en algunos sitios un tipo de cementerio: donde antes había higueras hoy hay lotes talados. Llevarlo al resto del mundo En el 2019, el Ministerio de Agricultura y Desarrollo Rural inauguró en Sonsón la planta de procesamiento y empaque de aguacate Hass más grande del país, propiedad de las multinacionales Westfalia Fruit (Sudáfrica) y Agricom (Chile). La instalación, con capacidad para procesar 20 toneladas por hora y hasta cuatro millones de kilos al año, desplazó a varios cultivos ya predominantes, entre ellos el higo. Para ese año, según la Unidad de Planificación Rural Agropecuaria (UPRA), había 96 hectáreas sembradas de higo y 3670 de aguacate. Muchos campesinos que aún mantienen sus higueros han optado por diversificar e incluir el aguacate. Yenifer Betancur, emprendedora de Venga le Higo, iniciativa agroturística alrededor de esta planta en Alto de Sabanas, explica que hoy la mayoría de las familias conservan una porción pequeña de sus tierras para el higo y el resto lo cultivan con otros productos más rentables. Esa tendencia coincide con las cifras de la UPRA para 2024: en el municipio había 5479 hectáreas sembradas de aguacate (49.3 % más que en 2019), frente a solo 69 de higo (28 % menos). “El aguacate Hass es mucho más rentable desde el punto de vista económico y también en términos de mano de obra. Si a alguien le dicen que le van a pagar 80.000 pesos por un día recogiendo aguacate o lo mismo por un día recogiendo higo, yo creería que elegiría el aguacate, porque además el trabajo del higo es muy complejo”, afirma Velásquez. Según el funcionario, la dificultad radica en tres aspectos. Uno es la técnica de cosecha, pues las plantas son muy altas y requieren garrotes para alcanzar los frutos. El segundo es la pelusa; tras la cosecha, el lavado implica retirarla manualmente, lo que es un trabajo arduo que deja a muchos con callos endurecidos por las tunas. El último, la vida poscosecha: el higo es frágil y un golpe basta para que se empiece a fermentar y adquiera un olor vinagroso. Además, señala que hacen falta máquinas básicas, como las que permiten retirar la pelusa del fruto, una labor que, por la división sexual del trabajo, ha recaído históricamente en las mujeres cultivadoras. El nopal crece en Sonsón incluso desde antes de que el municipio tuviera nombre. Foto: Jannín Cortés. La búsqueda de un nuevo mercado Durante décadas, la parte del nopal que más provecho traía era el higo y el resto del cactus quedaba sin uso. En los últimos años, sin embargo, han surgido emprendimientos y nuevas formas de comercialización que buscan romper con ese modelo tradicional. En gobiernos anteriores se fomentaba el cultivo mediante beneficios para los campesinos como el abono, los fertilizantes y las herramientas para la siembra. Sin embargo, la administración actual dejó de hacerlo pues “no está de acuerdo con incentivar la cosecha si no se está vendiendo en el mercado”, afirma el secretario de Agricultura. Según Velásquez, la Alcaldía se está enfocando en la poscosecha, la transformación y la comercialización del producto. Comenta que han trabajado con la Universidad Católica de Oriente, en la convocatoria Alianza Ruta Sostenible, en la que se hizo un plan de comercialización y transformación. Los tres comerciantes que compran el higo de Sonsón lo venden en el resto del país. Sin embargo, ese “monopolio”, como lo llama Velásquez, hizo que el precio del higo cayera y que les pagaran a los campesinos precios muy bajos. “El objetivo del plan de comercialización es llegar a los mercados nacionales