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Edición 101

event 19 Agosto 2021
schedule 26 min.
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Simón Zapata Alzate Esta dirección de correo electrónico está protegida contra spambots. Necesita activar JavaScript para visualizarla.
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  • “Mamá capucha”

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    El Día de la Madre los pedazos de torta rodaban por todo el campamento de la Resistencia. Era el día de la Mona, una de las mamás de la primera línea en Medellín. Todos la conocen, la saludan, la abrazan. Ella los cuida, está pendiente de que coman. Los defiende. Se mete en los enfrentamientos, da puños, patadas y los saca si se los van a llevar. Esta es su historia.

     

    Mamá capucha 1

    Foto: Valentina Arango Correa

    Contenido en alianza con el colectivo La Herejía 

    Herejia logo

    –Mona, quedate quieta. Mirá cómo tenés ese pie de aporreado –le dije.
    –No puedo, no soy capaz de quedarme quieta –me respondió mientras transmitía en vivo con su celular y caminaba de un lado a otro con un pie descalzo, morado.
    A la Mona la conocí la mañana del 28 de junio de 2021, después de haber pasado toda la noche en el acto de celebración por los dos meses de paro nacional en el campamento del parque de la Resistencia. Llevaba una camiseta sin mangas de un equipo de baloncesto de la NBA y una sudadera Adidas negra que tenía pegada en la pierna izquierda un sticker de la Línea Aburrá. Había acabado de llegar de Punto Cero, donde los manifestantes bloquearon las vías desde las cinco de la mañana. Me contó que tenía un pie vendado porque le habían acabado de meter un “paintbolazo” y, para rematar, se lastimó intentando sacar de un enfrentamiento a uno de “sus” muchachos que estaba herido.

    La Mona es mona de pelo tinturado y raíces color castaño. Es delgada, joven, 35 años, mamá. Lleva dos manillas en el pie derecho encima de la gaza que cubre su herida. Está rapada en el lado izquierdo de la cabeza y se quiere tatuar una “molocha” justo en ese punto. Le faltan dos dientes y tiene tatuada la sigla ACAB (all cops are bastards) en el brazo izquierdo. A las cuatro y media de la tarde, cuando empezaron los enfrentamientos entre jóvenes de la primera línea y el Esmad, primero en el cruce de la calle Barranquilla con la avenida Ferrocarril, luego en una de las porterías de la Universidad de Antioquia, debajo de la estación del metro, y al final de la tarde en Moravia, la Mona empezó a grabar con su celular, descalza, lastimada. Cuando yo le pedí que se quedara quieta, me dijo algo más: “No puedo. A mis muchachos los están matando”.

    ***

    Según la oenegé Temblores, desde el 28 de abril hasta el 28 de junio se registraron 4687 casos de violencia policial durante el paro nacional. En Medellín, uno de los puntos clave de las protestas y los enfrentamientos con la fuerza pública es el parque de los Deseos, ahora llamado parque de la Resistencia. El 21 de mayo, se instaló allí un campamento para jóvenes de la primera línea, quienes se organizaron para resistir las agresiones policiales. Ese campamento fue el primer paso para la conformación de la Línea Aburrá, la unión de todas las primeras líneas del Valle de Aburrá, fundada el 18 de junio. La Mona es líder de una de esas primeras líneas, llamada Primera Línea Subversiva. Son 48 integrantes. En los enfrentamientos de la noche del 27 de junio, siete personas de esa línea fueron reportadas como desaparecidas, aunque fueron ubicadas al día siguiente: dos perdieron un ojo y una mujer denunció abuso sexual por parte de un agente del Esmad.

    La Mona nació en Venezuela y su familia se mudó a Colombia cuando ella tenía tres años. Su madre vive en Sabaneta y su padre en Chile. Ella reside en Perú con su hijo de ocho años. Es mochilera desde los 17 y llevaba seis años sin venir a Colombia. Ha viajado por todo Suramérica haciendo malabares y trabajando con artesanías de alambre e hilo. El 26 de abril empezó “a tirar mula” desde Lima y llegó a Medellín el 29. Participó de las protestas chilenas de 2019 y cuando vio que estallaron las de Colombia en contra de la reforma tributaria pensó: “Si uno resiste en otro lugar por el país que no es de uno, ¿cómo no vamos a apoyar el de nosotros?”.

    Pasó los primeros cuatro días en la casa de su madre “uribista”. La echaron. Al principio asistía a las marchas y se metía en el “pogo”, pero no participaba más. “A los sancochos siempre venía, me quedaba muy aparte con mi libro, me parchaba mucho a leer y no sé, me enrolé, me enrolé enrolada”. En los primeros días de mayo montó un campamento con dos muchachas en Moravia. “No teníamos carpa, vivíamos en cartones. Luego nos donaron el colchón y después de ese colchón nos dieron una carpita con palos y empezamos a llamar gente para que nos ayudara”. A finales de mayo, decidieron trasladar el campamento al parque de la Resistencia. “La mayoría de chicos que estamos acá, estamos sin casa y sin nada”.

    En el campamento tiene varias labores de cuidado. La Mona, por ejemplo, anota los números de las cédulas de los manifestantes antes de salir a marchar. Como es mamá, muchos le piden la bendición antes de salir al “pogo”. Está convencida de que “Dios es el único que nos cuida a nosotros en estos momentos”. Mientras conversamos, la tarde del 29 de junio, algunos se cruzan por nuestro lado y ella les pregunta: “¿Comiste?” “¿No comiste?” “¿Te sentís bien?” “¿No te sentís bien?”. Entre risas y más saludos me dice después que estamos en la sala de su casa: “El patio es la arena, la cocina de carbón acá atrás y las duchas; todo lo tenemos acá”. 

    Un día se sentó con uno de los pelados y le pidió que le escribiera algo. “Se quedó mirándome y me dijo: ‘Mona, ¿le digo una cosa? Yo no sé ni leer ni escribir’”. Ese día empezó a preguntar y se dio cuenta de que más de uno tampoco sabe. Crearon un grupo de estudio y tienen a una profesora. Les han donado libros, cartillas, un tablero, montaron una biblioteca popular y hasta pusieron un horario, “como si fuera el colegio”: los sábados a las diez de la mañana estudian. “Estos son pelados de muy bajos recursos que no han tenido la oportunidad y que les ha tocado salir a reciclar desde pequeñitos, que escasamente saben firmar. Somos muy juiciosos con ellos porque no podemos concentrarnos solamente en salir a tirar piedra y ya. Estamos es para apoyarlos. Lo que buscamos es generar consciencia y sentido de comunidad”.

    Por el campamento van y vienen estudiantes, profesionales, habitantes de calle, hombres, mujeres y niños. Los hijos de los manifestantes y los hijos de los trabajadores de los alrededores. Mientras hablábamos, se acercó un niño de unos cinco años jugando con un celular. La Mona le preguntó: “¿Qué le pasó, mi amor? ¿Gaseado? ¿Ya comió?”. Luego le pidió a su pareja que le buscara un muslito de pollo y le dijo al niño: “Tiene que empezar a leer, a dibujar, todo el tiempo pegado de ese celular no se puede”.

    A su pareja lo conoció en el campamento y dice que tienen a todo el mundo “de pa’ atrás”, porque ambos son “barra brava”. Ella es de La Banda Pirata, del Atlético Nacional, porque son los que “viajamos en mula y estamos en todo el mundo”, y él es de la Rexixtenxia Norte, del Deportivo Independiente Medellín. Ahora están tratando de unir a las barras. Ella está recibiendo las donaciones que llegan del Medellín con la camiseta del Nacional, y él, al contrario. Quieren apaciguar los ánimos porque “a pesar de que el fútbol no importa acá y el balón está manchado en estos momentos, hay gente que se enloquece y no puede ver la camiseta del otro equipo porque empieza a atacar”. 

    La Mona también ha asumido un papel de liderazgo y organización con las donaciones. Todos los días llegan y por eso comida nunca les falta. Una vez les llegaron sánduches con vidrios, y otro día se robaron la cena y solo les tocó un pan con chocolate. “Yo me puse a llorar y desde entonces las donaciones que nos dan a nosotros solo las manejo yo y las mantengo aparte”. Ahora están recogiendo dinero para irse a “poguear” a Bogotá, conseguir los implementos de APH y dotar a todas las personas de cascos, gafas, caretas y escudos.

    A Juan José, su hijo, no lo abraza hace varios días. Se quedó con su abuela, pero hacen videollamadas a diario. Él fue el primero que la llamó “Mamá capucha”. Alguna vez la visitó en el campamento y “hasta parchó con los capuchos”. Lo extraña, pero sabe que es mejor que no estén juntos. “Es por seguridad de él, porque nosotros ya estamos tan pintados…”.

    ***

     

    Mamá capucha 2

    Foto: Valentina Arango Correa

    Primero salieron en Bogotá, luego en Cali y en Pasto. Algunas llevan capuchas o cascos blancos, gafas, chalecos azules, caretas y un bolso con todos los implementos de protección. Decenas de madres de todo el país se organizaron en escuadrones con sus propios escudos para salir a cuidar a los manifestantes. Su principal objetivo: que no se los lleven. Si bien en Medellín no tienen escudos y no están organizadas, algunas visitan constantemente los campamentos y no se pierden marcha. “Nosotras vamos a la par con los niños”, dice la Mona.

    Andrea Urrego y Fernanda Tobón están acompañando a los manifestantes del campamento de la Resistencia desde el 1 y el 17 de mayo, respectivamente. Ambas son mamás y ambas trabajan en sus emprendimientos. Andrea llegó por curiosidad a traer donaciones y se encontró con una asamblea de la primera línea. Quedó sorprendida por “todo lo que ellos comentaban, con ideales que yo he tenido toda mi vida: la lucha por una vida digna, el estudio y la salud”. Fernanda llegó por una convocatoria de redes sociales y le tocó un tropel.

    Ni Andrea ni Fernanda viven allí, como lo hace la Mona, pero van todos los días. Revisan que los pelados sí estén cocinando, estén comiendo, estén bien de salud. “Si tienen fiebre, les traemos cobijas, sleeping, desde por la mañana hasta por la noche”, me cuenta Andrea, la madrugada del 28 de junio. Alrededor suenan papas bombas y la gente está gritando y celebrando que ya son dos meses de paro.

    Su labor en las marchas consiste en ser “auxiliares voluntarias”, que están en cuarta línea junto con el personal de misión médica y APH. “Les brindamos apoyo a ellos cuando salen gaseados”. Si sienten que es necesario se meten a la primera línea y entregan agua, vinagre, leche; y para evitar que se los lleven.
    Hay varias mamás que van al campamento, pero ellas dos, junto con Camila, que es otra mamá que llegó tiempo después de nuestra conversación, y Amparo, una señora mayor que las demás, son las más comprometidas. “Hemos dejado nuestra vida a un lado por seguir en la guerra, en la lucha, con ellos en el acompañamiento. Los amamos como si fueran nuestra familia de sangre”, dice Andrea. Incluso, se han llevado a vivir a sus casas a muchachos que no tienen hogar. Andrea y doña Amparo tienen de a uno y Fernanda tiene tres. 

    ***

     

    Mamá capucha 3

    Foto: Valentina Arango Correa

    La diferencia entre ellas y la Mona es la “acción directa”. La Mona se encapucha y está siempre en primera línea y lo suyo son las “molochas.” No le gustan los escudos porque le “estorban a la hora de tener que agarrar a alguien para ayudarlo a salir”.

    La Mona hace de centinela todas las noches hasta las seis o siete de la mañana. “No soy capaz de dormir teniendo a mis pelados por ahí”, dice. Duerme dos o tres horas y se levanta a cocinar. “Nosotros no nos movemos de acá porque en el día estamos sin capucha entonces la gente nos conoce y ya hemos tenido mucho ‘sijinudo’. No podemos ni siquiera agarrar un taxi, salir de acá. Yo no me puedo mover una cuadra sola”.

    Cuando estábamos por terminar la conversación el 29 de junio, vimos tres camionetas extrañas en Carabobo. La mirada de la Mona se extravió y empezó a moverse con incomodidad. Volví a verla como el día anterior cuando el parque se convirtió en un campo de batalla. De pronto me dijo: “Ayer lloré mucho porque el piso de la Resistencia era sangre por todos lados, bajé al baño y esas escalas de ahí para abajo chorreaban sangre, y abajo había muchos heridos tirados en el sótano unos encima de otros”. Me contó que el 2 de junio, en Caldas, le tiró una “molocha” a un policía. Después la agarraron y se la llevaron a “una finca que prestan pa’ guardar la gente”. Le partieron dos dientes, tres costillas y el celular. “Fueron días de hambre, de puro gas, de puro golpe, de nada de comida”. Al otro día la dejaron salir sin más y se recuperó con “pura terapia respiratoria[…] sales de rehidratación y desinflamatorios”.

    La última vez que la visité, la tarde del 7 de julio, se acababa de despertar. La vi más cansada, más débil, paranoica. Estaba comiendo leche en polvo con azúcar mientras organizaba su ropa y la de su pareja para trasladarse a otro campamento en Moravia. Se van porque hay disputas y desacuerdos con algunos miembros del campamento de la Resistencia. La Mona quiere volverse a ir, volver a coger carretera. Esa es su vida. Hace días en una de las videollamadas Juan José le dijo: “Mamá, ya no te amo porque matas gente”. Está resignada: tal vez no lo vuelva a ver en mucho tiempo. “A mí me toca es llenarme de fuerza pa’ seguir luchando y pa’ que el niño alguna vez entienda por qué hice lo que hice”.

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