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event 11 Abril 2024
schedule 15 min.
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Salomé Arroyave y Manuela Peña
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Del dolor y el duelo nacen el arte y la vida

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«¿Qué aprendió el árbol de la tierra para conversar con el cielo?»

- Pablo Neruda

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Foto: Alejandro Blandón

Hacia el cielo, un follaje verde en forma de globo, con frutos redondos color rojo y pequeños como lentejas. Hacia el sur, alrededor de 2800 bóvedas y el Museo Pedagógico de Memorias Galería Viva. Hacia el occidente, un vivero comunitario del que nació la vida del Memorial de las Ausencias. Hacia el norte, la calle 39 separa la Comuna 12 de la 13. Hacia el oriente, el Altar Vivo con fotografías de madres víctimas del conflicto urbano y un letrero sobre el que se lee “Cementerio La América”. Hacia la tierra, un falso pimiento nombrado por la comunidad como El Árbol de la Memoria que, si se cumple la planeación, dejará de existir para mejorar la movilidad vial.

El Cementerio Parroquial de La América está custodiado por dos árboles que vigilan desde sus laterales. En el lado izquierdo se erige un guayacán que espera el momento justo para colorear, con su característico amarillo vivo, los caminos, moradas y memorias de quienes ahora reposan en este espacio. Sobre el lado derecho, el árbol de la memoria acompaña silenciosa y respetuosamente duelos y procesos personales y colectivos, pero también ha sido testigo de los aconteceres y transformaciones de este camposanto.

En 1868 se aprobó la construcción del Cementerio Parroquial La América, posteriormente estaría bajo la administración del Cementerio Campos de Paz como parte de los camposantos pertenecientes a la Arquidiócesis de Medellín. Para 1946 se convirtió en frontera de la Comuna 13, cuando San Javier se constituyó como barrio y comenzaron los loteos piratas, ventas falsas de lotes a precios muy bajos, que interesaron a personas de bajos recursos y desplazadas por el conflicto rural. Para la década de los 90s y tras casi un siglo de asentamientos urbanos, en este territorio confluían actores armados de toda índole: milicias, grupos guerrilleros, militares, paramilitares, policía y delincuencia común. El enfrentamiento constante de dichos grupos sometió a los habitantes de la Comuna a continuos círculos de violencia. Por su cercanía con esta comuna, el Cementerio de La América se volvió el lugar donde se encontraron los duelos de sus habitantes.

El cementerio acogió así a cientos de víctimas que perdieron la vida en medio de la violencia que se hacía cada vez más cíclica. Las ausencias y los dolores que se reunían en el camposanto dejaron a su vez recuerdos que posibilitaron lugares de encuentro y sanación. El Árbol de la Memoria nació como una pequeña semilla inesperada, concedida por el mismo azar de la naturaleza e hizo parte, desde sus primeras raíces, del lugar donde se gestaba un espacio de reconciliación y reconocimiento. Así, con el paso del tiempo, tomó importancia y se convirtió en un lugar seguro, de acompañamiento y escucha.

Actualmente, alrededor del Árbol, de frente a los pabellones, se encuentran cuatro sillas rodeadas de arbustos y sobre la única que tiene espaldar están tejidas las palabras “Dolor compartido”. El espacio fue adecuado en 2019 por el Partido de las Doñas, que trabaja con madres víctimas de violencia contra las mujeres, quienes a través de la siembra y el tejido buscan la auto gobernanza y la defensa del territorio. De la primera exposición realizada por este colectivo en 2017 aún permanecen algunas frases colgadas de las ramas del Falso pimiento: “Mientras sueñe, no habrá muerte”, “Tras la ausencia, plantar semillas”, “Renombremos los ausentes”, entre otras.

Con esta instalación, las doñas nombraron al árbol para que fuera un espacio donde los dolientes de aquellas personas enterradas en el camposanto pudieran “disipar sus penas, sentarse, relajarse, tomarse un juguito”, como comenta Raúl Rodríguez, sepulturero del lugar y testigo del uso que le da la comunidad a este espacio. Y es que en él están enterradas víctimas del conflicto urbano tanto del lado de los civiles como del lado de los grupos responsables. Allí convergen los duelos de quienes buscaban hacer la guerra y de quienes sufrieron las consecuencias, mientras el Colectivo Agroarte busca sensibilizar sobre el difuso papel de víctimas y victimarios con las personas que visitan el lugar.

La copa del Árbol se alza a unos 6 metros de altura. Desde allí, el pimiento observa el Museo Pedagógico de Memorias Galería Viva, que tiene lugar en las paredes del cementerio y cuya dirección está a cargo de Agroarte. Lo conforman murales de los rostros de personas desaparecidas y asesinadas, de especies de fauna y flora y elementos abstractos que unen la naturaleza y la historia de la comuna 13, en su mayoría realizados por el Colectivo Jagua. Del Museo hace parte también la instalación del Árbol, con las sillas y las frases. La curadora del Museo e integrante de Agroarte, Katerin Franco, afirma que el objetivo del colectivo es “cerrar esos círculos de violencia y no solo en términos humanos, sino también en términos de la vida, porque somos violentos con las otras vidas que habitan el planeta, no somos los únicos aquí y también estamos reconstruyendo esa perspectiva antropocéntrica de la vida.”

Agroarte es una iniciativa que desde el 2002 realiza acciones de memoria y resistencia por medio del arte y la agricultura con habitantes tanto de la Comuna 13 como de otros lugares de la ciudad. Es uno de los principales gestores de los lugares de memoria que concurren en el cementerio, como el antiguo vivero que surtió de plantas al Memorial de las Ausencias. La pared externa de la I.E. Benedikta Zur Nieden, que colinda con el cementerio, fue adecuada en 2022 para albergar las plantas reproducidas en este vivero a nombre de personas que murieron. Hoy en día, en lugar de las plantas están sus rostros, una zona de duelo colectivo en el espacio público.

A pesar de ser un lugar para enfrentar la muerte, los colectivos y grupos que habitan el cementerio lo han transformado en un lugar de vida. Como dice Raúl Rodríguez, habitar el cementerio “es como estar en su casa, en su finquita. Se ve vida, como si estuviera integrándose uno con los vivitos.” Esta vida se refleja en los colores de los murales que ambientan los pabellones, pero también en las aves que ayudan a dispersar las semillas del falso pimiento; en el panal de abejas Angelitas que crece en el rostro pintado de Hermey Mejía; en las orquídeas que cuelgan del Árbol y que Lina Moreno, la esposa del expresidente Álvaro Uribe, donó al Museo; y en la palmera, la zebrina y el orégano que se alimentan de la tierra del camposanto.

El Árbol de la Memoria se encuentra actualmente en riesgo de tala para la ampliación de la calle 39, un proceso urbano que aún no contempla el significado de ese espacio para sus habitantes. El árbol ha visto a este lugar ser habitado por madres que no se permiten llorar y por amigos que se ven reflejados en los cuerpos jóvenes que yacen en los pabellones, ha hecho parte de sus inhumaciones, pero también se ha visto rodeado de vida, plantas epífitas que habitan en él como son las orquídeas, aves que se alimentan de sus frutos y personas que buscan un alivio bajo su sombra.

La transformación del árbol y su simbología para las personas es, a pequeña escala, la resignificación misma del cementerio a un lugar de acción colectiva y sanación individual; un espacio seguro que por medio del arte le ha permitido a la comunidad vivir sus duelos en medio de un lugar lleno de vida que se conforma de su vegetación, animales y pintorescos murales que constantemente les recuerda que “no se muere el que se va, sino el que se olvida”. 

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