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Edición 107

event 29 Abril 2024
schedule 32 min.
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Sebastián López-Galvis
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  • La Habana solía ser

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    Al ojo del turista de Instagram, la capital de Cuba es una joya atascada en el tiempo, en los autos del siglo XX y en las edificaciones de los siglos XVIII y XIX; para quienes buscamos conocer historias de vida es un lugar maravilloso y triste. Quiero suponer que La Habana alguna vez albergó rostros saludables y alegres; que La Habana solía ser música, color y revolución.

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     Una calle residencial de Centro Habana, el municipio con más densidad de población de la provincia de La Habana. Foto: Mariana Cossio Gill.

    “¡Viva Fidel, coño!”, sentenció tres veces el panelista cubano Alejandro Castro, cónsul de Cuba en Barcelona, en un escenario solitario. En la fiesta del Partit Comunista del País Valencià (PCPV), el 6 de mayo de 2023, había algo más de una decena de carpas con afiches y curiosidades, como una cajita de música con la cara del Che que tocaba La internacional. El ambiente era de un júbilo apagado y el clima de una primavera agonizante azotada por las brisas tiernas del Mediterráneo y con nubes que amenazaban con las primeras lluvias del verano. Los símbolos patrios de Cuba decoraban los jardines del Triángulo Umbral en el Puerto de Sagunto, junto con la bandera de la Segunda República española mutilada por Francisco Franco.

    Endulzado por el entusiasmo de Castro, le propuse a Mariana –mi mejor amiga, con quien llegué a Valencia en enero gracias al amor mutuo– aprovechar nuestro regreso a Colombia para hacer una parada en Cuba y descifrar el paraíso rojo que él esbozaba decididamente. “¡Que viva!”, replicaron las casi 30 personas que lo escuchaban con atención; la mayoría arrugados, canosos, y algunos tan encorvados que descubrían sus ojos por encima de sus lentes.

    Del Mediterráneo al Caribe

    Miraba enceguecido los islotes verdosos por la ventanilla del avión. A mi lado, Mariana leía con afán La Habana en un espejo, de Alma Guillermoprieto. Faltaba poco para aterrizar. Del polícromo turquesa caribeño emergió una isla particularmente grande y plana. Habiendo tocado tierra, el avión reventó en aplausos seguidos por el agradecimiento íntimo al dios de cada pasajero.

    Una antigua torre de control, de un azul cobalto y parches que se desgastan hasta el celeste, era el primer edificio visible del aeropuerto José Martí. Un grupo de mujeres uniformadas de verde militar con chaleco, falda y medias como telarañas negras en sus piernas tramitaba la inmigración con portátiles antiguos y un lector de códigos sobre una mesita de madera rústica; con cada visitante una de las oficiales toma una foto, solicita el pasaporte, rompe una parte del visado turístico y coloca el sello rosado chillón sobre la mitad restante. Quienes han viajado a Cuba recomiendan, aterrorizados, no sellar el pasaporte: para los gringos, Cuba es un “Estado patrocinador del terrorismo” junto con Siria, Irán y Corea del Norte. Es como elegir entre el sello y la visa americana.

    Pagamos 30 euros (1.5 salarios cubanos) a un taxi, un vehículo desajustado en el que todo, los nombres de las emisoras, las etiquetas en los botones y hasta su modelo, eran caracteres ilegibles escritos en ruso. Nos adentramos en Centro Habana, uno de los quince municipios de la capital, donde se hacía evidente el deterioro de la infraestructura patrimonio de la Unesco. Brotaba un olor fétido oculto en la noche: contenedores enormes desbordados de basura. Caído el sol, llegamos al hogar de George, quien administra su propia casa como un hotel. Nos invitó a racionar el agua del baño, pues el acueducto de la ciudad dejó de funcionar y el vecindario se abastecía con carrotanques una o dos veces por semana.

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    En las basuras desbordadas aparecen animales muertos y partes de ellos. Foto: Mariana Cossio Gill.

    Un café con Tomás

    Frente al Hotel Inglaterra, a 30 grados en la mañana, veíamos curiosos las latas abolladas del Audi rojo sangre que manejaba un italiano.

    ‒¡¿Sabes cuánto vale esto, maricón?! ¡Centomila euro! ‒vociferaba el italiano, ante el asustado conductor de bus con el que chocó.

    ‒Caballero, está asegurado. 

    ‒¿Qué seguro neste país de merda?

    La joven cubana que lo acompañaba en el automóvil caminaba insegura, se sentaba momentáneamente y volvía a darle el pésame al auto con su mirada caída. Iba a requerir una reconstrucción en un país donde la mayoría de cosas que ingresan del extranjero son amasijos enormes forrados en plástico desde Madrid, Miami y otros pocos vuelos directos.

    Convenciendo con ternura al busero de que no tuvo la culpa, los curiosos procurábamos con malas caras forzar el arrepentimiento en la arrogancia del italiano. Dejé el pleito atrás luego de sentir un toque en el hombro. Se presentó: Tomás. El cubano de unos 50 años me llevó por el bulevar de San Rafael, pasando por el Gran Teatro de La Habana (que ya no tiene funciones), y frente a su casa me brindó un café. Dio un sorbo y preguntó por Alex Saab.

    ‒¿Cómo sale Saab en Colombia?

    Contesté con recuerdos vagos que Saab era un testaferro de plata mal habida.

    ‒No te puedo creer ‒respondió, tomándose la cabeza‒. Acá hay tres canales de televisión y siempre Saab fue inocente, dicen que es una conspiración de los gringos. ‒Con su mano en mi hombro izquierdo, bajó la voz‒. Claro que los canales son del Gobierno, ya ves cómo nos tienen. Hasta Maduro se hace ver como un héroe. 

    Terminamos el café, devolvimos los pocillos de porcelana y caminamos el paseo del Prado, que tenía apenas un par de vendedores y estaba aún sin jineteras, el cubanismo para ‘trabajadora sexual’. 

    Tomás trataba de mantenerse alegre mientras me guiaba, caminaba bonachón con su barriga por delante y me ofrecía varios productos. Aunque nunca me dijo a qué se dedicaba. Sentado con los codos sobre las rodillas y las manos entrelazadas, aflojó un sentimiento inconforme mientras recordaba que hasta los años 80 “no vivían bien, pero no faltaba nada”; luego cayeron los soviéticos. El Gobierno recortó la comida que se puede comprar en tiendas oficiales, que son un mostrador de madera vieja, estanterías con paquetes simples etiquetados y unas bolsas azules con un pan dulce, el único de la ciudad. Cada familia puede adquirir cada mes frijol, pollo, arroz, café y poco más, en cantidades que, según Tomás, duran solo una semana. El Gobierno, dijo, tiene también otras tiendas en las que solo se puede pagar en dólares mediante una tarjeta; exponen productos como cereales y licores a precios absurdos: una libra de café, por ejemplo, cuesta alrededor de 10 dólares y un cubano asalariado del Gobierno gana menos de 25 al mes.

    Tras un buen tiempo conversando, caminamos al Capitolio Nacional ‒magnífico y discrepante por su pulcritud respecto a los edificios colindantes, pelados y mugrosos‒ que estaba a tres cuadras. Señaló frente al Capitolio una oficina bancaria con una fila de media cuadra donde se depositan los dólares y euros que acumulan los cambistas y los trabajadores del turismo. Esas filas son un requisito diario, pues no hay otra manera de comprar en las tiendas de dólares. Como el Gobierno solo les permite depositar billetes, los cambistas suelen trabajar exclusivamente con estos y si se consigue quien cambie monedas, lo hará a una tasa muy inferior.

    Caminamos por la entrada del Barrio Chino, junto al parque de la Fraternidad que es hogar de una ceiba próspera y barrigona. 

    ‒No he visto chinos ‒le dije.

    Tomás me miró atacado de risa.

    ‒Hace años que no quedan chinos. Los chinos se fueron para Miami. Si se llega a ver alguno es un descendiente, pero acá los chinos de verdad se fueron rápido.

    Tomás me cambió siete euros en monedas y me dio su número de teléfono en tinta azul sobre media tarjeta. Nunca lo llamé.

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    El Capitolio Nacional de Cuba, réplica del de Washington. No entramos, el tour cuesta 20 dólares. Foto: Mariana Cossio Gill.

    Call you later…

    En la plaza de Armas, Mariana y yo, vigilados por una enorme estatua de Carlos Manuel de Céspedes, uno de los primeros revolucionarios independentistas de Cuba, reposábamos del sol picante y la humedad pegajosa. Se me acercó un viejito de rostro noble, con sombrero, barba y una sonrisa de picardía incompleta.

    ‒¿Eres italiano? ‒acusó dudoso, en voz baja.

    Se llama Roberto. Mientras me hacía preguntas y dejaba silencios incómodos, yo esperaba que me ofreciera recorridos, tabaco regalado por la fábrica o pesos cubanos. Roberto rompió un prolongado silencio para hablarme sobre su vida y lo decepcionado que está con “su Gobierno”. Nos sentamos en un restaurante cercano donde recordó cuando en los 70 tomó una balsa que remó solo hasta Miami; cuando en los 80 se estableció en Nueva York y se aventuraba con colombianas “ambiciosas”, y también cuando, iniciando los 2000, volvió a Cuba porque su madre había enfermado. No pudo regresar a los Estados Unidos. 

    ‒No me arrepiento de venir para Cuba, estuve hasta el último día de mi madre.

    Roberto contestó frente a nosotros una llamada de un amigo al que le escribió una frase de mendicidad en inglés para enseñársela a los turistas. Su amigo lo había llamado para contarle que gracias al letrero un alemán le regaló 100 euros. Ofuscado, quizá por envidia, pues nos preguntaba si debía pedirle una parte, le terminó la llamada en inglés caribeño: “Okay, man. Call you later” y apretó los ojos para colgar.

    Exponía su conocimiento del territorio cubano entre sorbos de gaseosa y mordiscos de pizza. Habló de los recorridos que era capaz de hacer por la isla ‒siempre que un turista pudiese costearlo‒ y cuando recordaba los campos de Pinar del Río o de Matanzas aterrizaba con acusaciones: “Acá no se va la luz por el turismo, pero vete para las regiones”; “no se dejen meter el comunismo”, repetía; “sean inteligentes”, repetía.

    ‒¿Cómo les va con ese nuevo... Petro?

    A Roberto no lo indigna tener que ser guía de turismo con más de 70 años, a pie y rengueando, como lo indigna saber que el Partido Comunista de Cuba beneficia a quienes están con ellos; como el hijo menor del Che, Ernesto, que según Roberto tiene un negocio de contrabando de automóviles que trae de Miami. Ernesto hijo tiene negocios privados de turismo en la isla, uno de ellos, en motos Harley Davidson importadas desde Estados Unidos.

    ‒Él compra autos en 2000 dólares y te los vende a 20.000. Eso el Gobierno lo sabe, ellos son los que dan el permiso.

    El sueño de Roberto es que algún turista le regale 10.000 dólares, comprar una van y hacer turismo de La Habana a Santiago. Cuando terminamos la pizza y las gaseosas nos quedamos en silencio.

    ‒Se acabó ‒sentenció Roberto, recostado en su silla y luego volvió cojeando hacia la plaza de Armas‒. Si quieren ver cómo viven ellos, vayan pal Vedado. Allá vajaver cómo viven los del Gobierno. 

    ¿Último?

    A 30 minutos caminando desde la casa de George, incursionamos en El Vedado, la zona “adinerada”. Lo hicimos desde el Hotel Nacional, con su jardín idílico con pavos reales y sirvientes de gala. El hotel alberga extravagancias, muebles y enchapes de lujo; la tienda más prestigiosa de puros cubanos, con cajas que cuestan miles de dólares; y un restaurante de caché con un mural que recuerda a 67 personalidades que se hospedaron allí: Marlon Brando, Gabriel García Márquez, Winston Churchill, Walt Disney posan en el cuadro, todos acompañados con una pequeña ficha del plato que pidieron, para que cualquier huésped pueda decir “quiero comer pizza de jamón y chorizo, como Maradona”. 

    Sabíamos que sí, que estábamos donde los ricos, porque no había partes de animales por la calle, ni olía al lixiviado de las basuras rebozadas. Las carreteras de El Vedado son más amplias y pulcras y las acompaña el mar. Para Mariana, que había estado en Florida, El Vedado era “un barrio como Miami”. Además, por la avenida 23, que atraviesa todo el municipio de Plaza de la Revolución, pasan carros modernos, con una particularidad: el modelo está en chino, como un mensaje de quién habrá de remplazar lo soviético.

    Una escena reiterativa en La Habana en un espejo es la fila en Coppelia, a tres cuadras del hotel. 

    ‒¿Último? ‒pregunta, buscando el final de la fila, un joven alto, negro y vestido de blanco. 

    En Coppelia se sirven los helados más deseados por los habaneros, las filas recién pasado el mediodía son tan demoradas que se sospecha la ausencia de otro sitio con helados en la ciudad. Gritar “último” guarda el lugar en la fila para poder cruzar la calle y esperar bajo la sombra. Quienes no marcan, continúan en la fila bañados por 32 grados de sol ininterrumpido. Eso sí, las cuatro filas, cada una para un medio de pago, no tienen forma u organización alguna, ni siquiera quienes dan el ingreso a Coppelia saben dónde terminan. 

    Pasadas 1 hora y 40 minutos, conseguimos entrar. Familias enteras se miraban ansiosas y las bolas de helado poco firme desaparecían casi desde que la bandeja dejaba la mano del mesero.

    Al cruzar la calle está el Cine Yara. Proyecta AM-PM, el último estreno del Instituto Cubano del Arte e Industria Cinematográficos (ICAIC), dirigido por Alejandro Gil. De nuevo, la fila era inexacta, pero ahora también risueña, con las parejas de enamorados y los amigos en sus mejores ropas, abrazados mientras delegaban un manojo de billetes a quien compraba las entradas y otro para las palomitas. 

    El cine casi lleno superaba las 1500 sillas. AM-PM, no sé si por ser del ICAIC o porque así es el cine cubano actual, mostró una Habana triste pero optimista, con problemas que se sobrellevan con amor, y castigos tan divinos como injustos. Al finalizar la película, la avalancha de aplausos y gritos a actrices y actores mezclados en el público se fue desvaneciendo hacia rostros soñolientos y agotados, casi exánimes, que vimos en la caminata de vuelta a la casa de George.

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    Los grandes edificios de El Vedado contrastan con los demás de la ciudad, que carecen de pintura y se caen poco a poco. Foto: Mariana Cossio Gill.

    Los grandes edificios de El Vedado contrastan con los demás de la ciudad, que carecen de pintura y se caen poco a poco. Foto: Mariana Cossio Gill.

    Certezas

    Una de las consignas retóricas de Alejandro Castro en la fiesta del PCPV era que Cuba “es el país con más médicos per cápita del mundo”. Una sociedad educada, donde hombres con la ropa rasgada y sucia ofrecen clases y recorridos de historia para oficiar sus licenciaturas. 

    Tomás y Roberto aseguran que el Gobierno comercia con los médicos que educa, los “vende” a misiones especiales en todo el mundo, retiene parte de sus salarios y, a cambio de largas residencias, les ofrece una casa o un automóvil a su regreso a Cuba. Irónicamente, las farmacias están prácticamente vacías. Por ejemplo, George solo tiene medicamentos que dejan sus huéspedes y cuando alguien enferma le recetan un caldo de lo que solía ser el Barrio Chino.

    Así como aplauden los cubanos cuando aterriza el avión, se abrazan fuerte de sus familiares cuando los dejan a su merced en el José Martí. Las pantallas del aeropuerto muestran, casi exclusivamente, vuelos a los Estados Unidos.

    En La Habana los rostros suelen verse ojerosos y poco optimistas, cansados; quizás el calor y tener que vivir de la buena voluntad de los turistas se haya convertido en una cotidianidad agotadora. Ahora sé que La Habana es un lugar afligido.