Los lugares son más que una orientación espacial: son memoria encarnada. Es en lo que pienso al subir por la avenida Ferrocarril, mientras el sol de la una de la tarde aprovecha que voy escueta para quemarme. Desconozco los puntos cardinales y todas sus variantes, así que sigo derecho hasta la esquina del Parque Norte. En aquel cruce de semáforos diviso, en el centro, la que sería señal de que no estoy perdida: el árbol bala. A partir de allí es ir a paso ligero, esquivando una serpentina de gente alrededor de una encrucijada de música fuerte, hasta toparse con el tulipán africano que se alza afuera del Centro de Desarrollo Cultural de Moravia. Bajo su sombra, como siempre, está la señora de gorra rosada con su puesto de mecatos en un carrito de supermercado.
Esta zona, hoy conocida como Moravia, acogió en la década del 50 a campesinos desplazados por la violencia bipartidista a orillas del río Medellín. Sin embargo, las primeras viviendas —los llamados tugurios— no se levantarían sino hasta los años 60, construidas a partir de materiales de desecho. Una década más tarde, por decisión de la Alcaldía, parte del barrio se convertiría en un basurero a cielo abierto hasta los años 80, desencadenando contradicciones: Moravia fue al mismo tiempo útero y sepultura, promesa y ruina.
De acuerdo con un documento llamado “Moravia: memorias de un puerto urbano”, realizado por un equipo de investigación integrado por los antropólogos Eduardo Alberto Gómez Barrera, Erika Sierra Arias y Herman Ferney Montoya Gil en el marco de un proyecto de la Alcaldía de Medellín. En el apartado de «aspectos jurídicos y tenencia histórica de las tierras ocupadas» se señala que la situación jurídica de Moravia cambió a partir del Decreto N°997 de 1993, mediante el cual se ajustó el inventario de barrios de la ciudad y se legitimó su existencia.
Conviene, de vez en cuando, hacer oídos sordos a lo que tanto se ha dicho y atender al latir debajo del asfalto. Es miércoles 18 de marzo y hace un calor tremendo; me acerco a la portería del centro cultural y pregunto por el Encuentro de Líderes.
—No, aquí no hay nada, solo doña Estelita arriba en el aula 3 dando clase de emprendimiento.
Subo las escaleras y me siento afuera a esperar a que terminen. Después de un rato, sale una señora con jarra en mano; va por agua, me pregunta qué necesito y me anima a pasar.
Al momento, se presenta otra señora, un poco más bajita y de tez morena:
—¿Usted es la que me está buscando?
Le cuento de qué va mi visita inoportuna. Me escucha atentamente y, en un suspiro que parece hacerla recordar, dice:
—Ummm… usted es la chica que me manda Juliana.
Acordamos vernos el viernes.
Doña Luz Estela Franco —a quien conocen como Estelita—, lideresa comunitaria y una de las fundadoras de los ranchitos del Morro, llegó al barrio a los 13 años. Su voz es firme y no se anda con rodeos; su mirada es inquisitiva, o tal vez sea el verde grisáceo de sus ojos lo que le da ese aspecto. Lleva 18 años trabajando como docente en el Centro de Desarrollo Cultural, dando clases de artesanías con material reciclado y acompañando al grupo Mujeres Emprendedoras.
“Yo no decidí ser líder”, me corrige cuando le pregunto sobre su decisión de liderazgo: “Es la comunidad la que confía en uno”. Recuerda que cuando no había agua ni alcantarillado, tocaba organizarse: mirar necesidades y proponer. “No es que uno diga ‘soy líder’, es la gente la que exige que uno los apoye”, dice Estelita.
La lideresa se inclina en la silla y hace una mueca que le acentúa las arrugas cerca de su boca, me mira fijamente y me dice con voz bravía: “Para ser líder también hay que prepararse”. Me habla de los procesos de formación impartidos por el Instituto Popular de Capacitación (IPC) a finales de los 90: derechos humanos, derechos de las mujeres, vivienda, salud. En sus palabras hay orgullo, seguido de un desencajo al mencionar “uno se mete tan de lleno a colaborar con la comunidad, que hasta pedía para ayudar en lo que se necesitaba”.
En su forma de hablar, casi no existe el “yo”. Maneja un lenguaje de colectividad. Estelita dice que Moravia era familia: “El vecino no era mi vecino, sino parte de mi familia. A ellos les dolía lo que a mí me pasaba y a mí me dolía lo que a ellos les pasaba”. Se queda en silencio un instante, quizás tratando de sacar fuerzas que contengan aquellas imágenes. El traslado de muchas familias fracturó esa vida en común. Pajarito, La Aurora, La Cascada, La Huerta: sitios designados para las viviendas de interés social y que dispersaron la juntanza de antes, la de ir a la Minorista a pedir el revuelto para la sancochada.
“Me di cuenta de que mucha de esa gente la hicieron volver a salir”, afirma. “Nosotros pensábamos que esos apartamentos eran para la gente de Moravia, pero no, recogieron gente de Santa Cruz, del Popular, de muchas partes y eso generó conflictos”. Entonces, trae a colación algo que incomoda, pero que también entreteje los vestigios moravitas: “Aquí estuvo Pablo Escobar. Aunque fue un narcotraficante, tenía un corazón muy lindo con la gente pobre. Nos ayudó con mercado, cobijas, regalos para nuestros hijos”. Se detiene, como midiendo sus propias palabras, y hace la aclaración: “Yo sé que hizo mucho daño, yo soy consciente porque nuestro barrio también lo vivió; que uno se quedara callado es otra cosa”.
En su relato hay una pulsión circulando entre sus dientes, algo que no hace falta nombrar para saber que ahí crece: las mujeres. Son ellas las que insisten, las que se niegan a irse. “Las mujeres somos siempre las que hemos luchado por tener bien organizado nuestro barrio”, me dice en un tono distinto, más severo.
Fueron ellas quienes tomaron la iniciativa de levantar las primeras casitas de material; aún sin saber, se pusieron a revolver la mezcla y hacerse del pantano y la maleza un hogar. Cargan con una inquietud hacendosa, casi obstinada: si se requiere un comité, lo crean; si se necesita a alguien, lo encuentran. Así, han sabido tocar puertas. En jornadas con Profamilia, han gestionado la colocación del jadelle y orientado a mujeres que buscan operarse, todo a un menor costo. Basta con acercarse y decir lo que se necesita; lo demás se resuelve, dice Estelita.
También me habla del compromiso de seguir formándose para poder ayudar mejor, sobre todo a los jóvenes. Un interés que no es fortuito y surge de las preocupaciones que hoy atraviesan el barrio: el “sida”, el virus del papiloma humano, entre otras enfermedades. Desde el Encuentro de Líderes en compañía de la Personería, Procuraduría y Defensoría del Pueblo, surgió entonces una iniciativa: el buzón andante de la sexualidad.
La iniciativa consiste en acercarse a las niñas, hablar con ellas y, para quienes no se sientan cómodas de esa forma, abrir otra posibilidad mediante la escritura. “Nosotras no abrimos esas cartas”, explica, “eso lo aborda Personería y Derechos Humanos”. Lo suyo, dice Estelita, es dar el primer paso: cuando conocen un caso, siguen el conducto regular y acompañan el proceso. Muchas veces, eso implica dirigirse al Centro Integral de Servicios Ambulatorios para la Mujer y la Familia (CISAMF), donde les brindan apoyo psicológico, psiquiátrico o implementan un tratamiento dependiendo del caso.
De repente, el hambre y el bochorno del día agitan nuestra conversación en el centro cultural. Sus palabras se vuelven más duras, casi amargas: “A veces uno siente mucho miedo porque las mujeres son muy boconas”. Lo enuncia casi como advertencia, la lideresa dice que antes de ayudar hay que cerciorarse de su condición de secreto, de que nada llegará a oídos de sus esposos, pues parece que lo dicho está siempre acechado por el peligro.
Aun así, en medio de incertidumbres, sus convicciones no vacilan; por el contrario, las reafirma: “El líder hace crecer un barco, lo organiza, hace que las mujeres escuchen”. Entonces su cuerpo cambia, se endereza y está en sus gestos un reclamo de atención, pidiendo testigos para lo que sería una verdad definitiva: “Hoy se puede decir que somos libres, que podemos gritar: a nosotras nadie nos manda”.
Doña Estelita me describe los encuentros como espacios de diálogo; no se trata solo de reunirse, sino de mirarse a la cara y preguntarse cómo se sienten. En esas tertulias introduce el aprendizaje: enseñar a elaborar artesanías con material reciclable, a entender que no todo se desecha y que incluso lo que parece inservible puede transformarse en algo útil. Cuenta que tiene sus chatarreros de confianza, quienes le proveen materiales que podrían servir, pero “todo tiene su precio” y luego añade entre risas: “lo único que no tiene precio es lo mío”.
Cuando la reconocen en la calle y la saludan con afecto, comprende que lo que ha hecho tiene sentido. Muy entusiasta, Estelita comenta la idea de montar una tienda donde exhibir y vender lo que producen: lámparas, muñecas, manillas, collares, llaveros, aretas. Aunque también la acorrala una realidad que conoce bien: las instituciones no son garantías de recursos porque muchas veces van, los investigan y sienten que no reciben nada a cambio de eso. De golpe su semblante se tensa por personas que traen promesas grandes: “ofrecen el cielo y la tierra”, pero nunca más regresan; acepta que esas experiencias desgastan, marchitan. No obstante, continúa aferrándose a lo que ha construido con las mujeres y repite sin titubear: “Vale más un Dios le pague que tener las manos llenas de plata”, seguido de una sonrisa pícara: “Nosotros como líderes trabajamos por una comunidad, pero en casa está la nevera vacía”.