Moravia con M de mujer

Luz Estela Franco - lideresa Moravia

Hace 13 años, el ruido de Moravia llevó a Luz Estela a mudarse a Los Álamos. Pero nunca rompió lazos con el barrio: cada miércoles, de 1 a 3 de la tarde, imparte clases de artesanías con material reciclable.

Yayoi Kusama, una lucha entre el reconocimiento y su forma particular de ver el mundo

La artista del infinito, Yayoi Kusama, una de las más reconocidas del arte contemporáneo, murió el 14 de agosto a los 97 años. El fallecimiento fue dado a conocer el 27 de agosto por el Museo Yayoi Kusama de Tokio. Sus obras estuvieron marcadas por una estética de lunares infinitos e instalaciones que llevaron sus obsesiones a nuevas formas de inmersión artística. Nació en 1929, en Matsumoto, Japón, y creció en una casa conservadora, donde la obediencia era más importante que la imaginación, y el arte era visto como una distracción impropia de una mujer. Por eso mismo, su madre fue un gran obstáculo en su camino artístico; le rompía los dibujos que hacía y esperaba de ella que aprendiera el rol tradicional de la mujer: casarse, servir y desaparecer dentro de la estructura familiar. Kusama veía el mundo de otra manera… Desde niña empezó a tener alucinaciones visuales y auditivas, hablaba de campos infinitos de lunares, flores que se multiplicaban y superficies que se expandían hasta devorar el espacio. Hubo quienes empezaron a tratar esta particularidad como una enfermedad, pero ella la transformó en su lenguaje artístico, convirtiendo el caos mental en algo visible para los demás. En el Japón de la posguerra, el arte estaba profundamente dominado por el hombre, y las estructuras tradicionales dejaban poco espacio para que las mujeres experimentaran en sus manifestaciones; y esto fue lo que llevó a Kusama a mudarse a Nueva York en 1958. A esta ciudad llegó con dos cartas de contacto y una obsesión artística que rozaba con la autodestrucción, pero también llegó a un sistema que prácticamente estaba diseñado para expulsarla, por el hecho de ser mujer, inmigrante y con problemas mentales. En ese momento, Jackson Pollock era celebrado como el genio salvaje, Willem de Kooning representaba la virilidad pictórica americana y Andy Warhol convertía el arte en un espectáculo. En los años setenta, Yayoi Kusama empezó a producir una de sus obras más emblemáticas, sus Infinity Nets, enormes lienzos cubiertos con patrones obsesivos y repetitivos. Fue así como transformó la pintura en una experiencia hipnótica y casi infinita. Mientras los hombres eran celebrados en el expresionismo abstracto por las violencias gestuales de sus pinceladas, la artista construía superficies repetitivas que desafiaban el ego masculino tradicional del arte moderno, sin que esto significara que llegara a recibir entonces el mismo reconocimiento que los hombres. Años después, críticos e historiadores del arte señalaron que artistas como Andy Warhol, Claes Oldenburg y Lucas Samaras habían plagiado ciertas estéticas de Yayoi, y ella acusó directamente a Warhol de copiar su trabajo y no darle reconocimiento, lo que la haría entrar en una profunda depresión. También en los setenta, ella empezó a usar su propio cuerpo como herramienta política y artística. Organizó happenings callejeros, performances nudistas y protestas contra la guerra de Vietnam: cubría cuerpos con lunares y convertía los puntos en símbolos de disolución del ego y resistencia. La prensa en muchas ocasiones reducía estas acciones a excentricidades sexuales y espectáculos extravagantes. Kusama entendía el funcionalismo mediático del arte contemporáneo y sabía que tenía que producir escándalos para sobrevivir en un sistema que invisibilizaba a las mujeres (y aún lo hace) y exotizar a las artistas asiáticas, mientras que hacía ver a los hombres como provocadores del intelecto. Yayoi Kusama habló abiertamente sobre sus trastornos obsesivos, su ansiedad y sus tendencias suicidas, en una época en que la salud mental tenía más estigmas que ahora. Eso hizo que muchas personas explotaran su imagen, pero rara vez le ofrecían una estabilidad real, por lo que, agotada emocional y económicamente, decidiría regresar a Japón. Allí el destino tampoco fue alentador; el papel de las mujeres en la sociedad y el arte seguía estando tan relegado como lo había vivido en su niñez y adolescencia. En 1977 se internó voluntariamente en un hospital psiquiátrico en Tokio, y vivió por décadas entre aquel lugar y un estudio pequeño a pocos pasos de allí, donde nunca dejó de hacer arte. Solo en las últimas décadas, el mundo del arte empezó a reconocer la magnitud de su influencia, y al día de hoy, la obra de Yayoi Kusama es una de las más influyentes del mundo artístico.  Para conocer más sobre la vida y obra de Yayoi Kusama, te invito a visitar el sitio del Museo Yayoi Kusama (https://yayoikusamamuseum.jp/en/home/), donde podrás encontrar información sobre su vida, exposiciones pasadas, actuales y las actividades que realiza el museo ubicado en Tokio, Japón.  Si quieres saber más sobre su trayectoria artística, sus principales obras y el desarrollo de su trabajo a lo largo de los años, te recomiendo visitar el sitio de la Tate dedicado a la artista (https://www.tate.org.uk/art/artists/yayoi-kusama-8094/introduction-yayoi-kusama). ¿Eres una persona más visual? Te invito a ver el siguiente video para conocer más sobre la relación de Yayoi Kusama con el arte y la salud mental: “El arte de la locura” (https://youtu.be/4Jnc2-DkHm8?si=up_Ai1FlzMZDNko_).

Réquiem por los salpimuertos

Local de los salpimuertos con fantasmas alrededor

Frente al cementerio Campos de Paz, en la avenida 80, por más de 45 años funcionaron Melón y Salpicón y Salón de Frutas Curuba, dos negocios que servían una tradición popular de Medellín: los salpimuertos. Ya no existen porque el Metro de la 80 ocupará su espacio. Nos reunimos para despedir a Melón y Salpicón y al Salón de Frutas Curuba. No solo venimos a llorar su ausencia, sino a reconocer lo que dejaron en quienes tuvimos la fortuna de conocerles. No ha parado de llover desde que empezó 2026. Es el segundo domingo de febrero y, frente a un alambrado que resguarda escombros, varias personas arrumadas buscan refugio de la tormenta. Los que tiritan de frío habrían podido sentarse, descansar y pedir algo de comer para esperar el paso del aguacero. Sin embargo, el techo de lo que solía ser un negocio es lo único que aún se sostiene. Sirve de escampadero, pero no se compara con el confort que ofrecía hasta diciembre. Entonces, quien pasara frente al cementerio Campos de Paz, en el suroccidente de Medellín, podía encontrar en un mismo sitio refugio y disfrute para el paladar.  Melón y Salpicón y Salón de Frutas Curuba eran dos negocios que, lado a lado, llevaban más de 45 años vendiendo ensaladas de frutas, jugos, helados y su producto estrella: los salpicones, más conocidos como “los salpicones de la 80”, “los salpicones del cementerio” o “los salpimuertos”. Su defunción ocurrió con el proyecto Metro de la 80 que, para construir sus vías, demanda el espacio que ocupaban los locales. Elevemos una oración. Consagramos a los salpicones de la 80 y pedimos que se les conceda descanso; y para quienes sentimos su ausencia, consuelo. Jaime Ruiz, mensajero, recuerda que la primera vez que comió allí tenía 25 años. Hoy tiene 61 y dice que la ausencia de los salpicones de la 80 le despierta “mucha nostalgia” porque eran los mejores de la ciudad. Anhela que vuelvan a abrir el negocio sin importar la nueva ubicación. Estar frente al cementerio creó una tradición popular que también murió. Cuenta Jaime que un día venía con sus amigos a visitar a uno de ellos “que estaba muerto” cuando, al salir del camposanto, notaron un negocio que vendía helados y licores. Acudieron para aprovechar ambas ofertas. “En esa época, el cementerio se mantenía abierto 24 horas y los salpimuertos eran la única parte donde se conseguía aguardiente y salpicón”, recuerda. Después de esa primera cucharada regresó con frecuencia, pero con compañías distintas: su mamá, su hermana o su hija. No solo iba tras visitar el cementerio, sino también con otros motivos, como celebraciones de cumpleaños. En septiembre de 2025 probó por última vez un bocado de los salpimuertos y, sin saberlo, se despidió de la costumbre de más de tres décadas. Eclesiastés 3, 1-4: “Todo tiene su momento oportuno; hay tiempo para todo lo que se hace bajo el cielo: tiempo para nacer y tiempo para morir”. Luz Marina Areiza, propietaria original de ambos negocios, comenzó vendiendo frutas, helados y cremas afuera del cementerio en 1975. Luego, incluyó los salpicones en el menú y a sus familiares en el emprendimiento; hasta que se trasladó a un kiosco al frente porque no podían permanecer en el borde del camposanto. Los clientes pasaron de comer de pie a sentarse en cajas de gaseosa y, finalmente, en sillas plásticas y mesas de metal. Así como Jaime Ruiz, otras y otros habitantes de Medellín vinculaban los salpimuertos al cementerio. Giovanny Arango, taxista de 62 años, recuerda los “chistes macabros” que la gente hacía: “Aquel que dejaba un difunto, cremado o enterrado, lo celebraba con un salpicón y así pasaba la amargura”. Cuando conoció el Salón de Frutas Curuba era un niño que iba con su papá a comer helado y a ver los aviones despegar desde la malla del aeropuerto Enrique Olaya Herrera, a tres cuadras del establecimiento, un rito recurrente entre muchas familias de la ciudad. Giovanny nunca los llamó “salpimuertos”. Le parecía imprudente porque asociaba el establecimiento con la tranquilidad y, para él, ese apodo tiene una connotación negativa. Hoy, ese respeto lo traduce en nostalgia: “Lo malacostumbran a uno a la buena sazón, se van y lo dejan antojado”. Este sitio nutría múltiples facetas de la identidad de la ciudad: la cultural, la social e incluso la económica. Su ausencia ha impactado al gremio florista, que se hace al frente, junto a la entrada del cementerio. Doris Guira, oriunda de Santa Elena, viaja hace 40 años para vender flores en Campos de Paz. Cuenta que, aunque tiene una clientela fiel, las ventas han disminuido desde la defunción de los salpimuertos. Edgar Baños, florista sucreño, también cree que el flujo de gente ha mermado porque el negocio era un trampolín para pasar a comprar flores. Que la paz acompañe el descanso de los salpimuertos. Quienes deseen pueden acompañarnos para realizar la sepultura. Medellín entierra una cucharada de su memoria. Doris dice que esos salpicones fueron los mejores que comió en su vida y que le hacen mucha falta. Iba varias veces a la semana junto con su hija para descansar del trabajo y, como eran conocidas en el local, Rodolfo Sánchez –otro de los propietarios– frecuentemente les regalaba salpicones o ensaladas de frutas. Con la partida de los salpimuertos murió esa costumbre y, como si guardaran luto, las floristas no volvieron a comer salpicón juntas. En diciembre de 2025, Doris y su hija fueron al negocio y Rodolfo les regaló tres salpicones. Les dijo que eran los últimos: fue su despedida y testamento. A Doris le encantaría que reestablezcan el negocio, bajo la condición de que sea frente al camposanto, porque es allí a donde pertenece. Para vivir, los salpimuertos necesitaban el aliento del cementerio.

Tradiciones de jaula y canto

Un pájaro está encerrado dentro de una jaula a la sombra de un árbol, previo a un concurso de canto.

En el Caribe colombiano hay costumbres que poco se nombran fuera de la región, o que, cuando se nombran, despiertan un debate cada vez más encendido entre lo que se hereda y lo que la ética cuestiona y la ley prohíbe. Los concursos de canto de aves son una de estas, pero también una costumbre de patio y solar, de ocio y de vida cotidiana. Los concursantes suelen mantener a los pájaros bajo sombra antes de cantar, para preservar su “ánimo”, es decir, que estén tranquilos y puedan rendir bien en el concurso. Foto: María Andrea Canchila. Así como hace décadas Joche cogió un mochuelo en las montañas de María para dárselo al cantautor caribeño Adolfo Pacheco, quien en un gesto de amor se lo regaló a su novia o como Oscar Wilde en el lejano Reino Unido imaginó un ruiseñor que se dejaba morir por amor mientras ofrecía su último canto, también en el Caribe colombiano el canto de las aves ha inspirado sus costumbres. La captura y el encierro de estos animales para hacerlos competir con su canto es una práctica heredada de los españoles en las Islas Canarias que todavía sobrevive en la costa. Una escena que vuelve a repetirse hoy, 21 de septiembre, bajo la sombra de un árbol campano en Sincelejo. *** “A este le puse Nueva York, porque es nombre de ganador”, me dice Mario Oliva mientras sostiene con orgullo una jaula gris que contiene a uno de sus pájaros: un congo bajero, como lo llaman en la región, su nombre científico es Sporophila crassirostris, cuyo nombre significa algo así como “amante de las semillas de pico grueso”. Nueva York acaba de imponerse en un concurso de canto de bajeros con un récord destacado: 37 cantos en cinco minutos, superando por mucho a sus 11 contrincantes, que alcanzaron apenas 15. Mario sonríe satisfecho, como si cada nota entonada fuera también suya. El pájaro, pequeño y de plumaje oscuro, se mantiene firme, con el pecho erguido, como si supiera que esa mañana se ganó el aplauso de todos. Según cuentan los asistentes, ese fue el último concurso de bajeros que se realizó en Sincelejo, la capital de Sucre, en 2025. La razón es casi natural: entre mayo y septiembre, los bajeros entran en su mejor época de canto. Es su temporada alta. Pero al terminar la temporada, muchos comienzan la muda o disminuyen su intensidad vocal. Ese día desde las siete de la mañana comenzaron a llegar hombres aficionados a la crianza y la tenencia de estas aves cantoras. El punto de encuentro fue un lote privado abandonado en el barrio El Caribe, en el suroeste de la capital sabanera. Pronto se acomodaron en sillas Rimax, en medio de conversaciones bajo un sol intenso y temperaturas que rozaban los 32 grados. Dos horas después de que llegaran los primeros, justo cuando se repartía el primer tinto servido en vasos plásticos, la tertulia ya tomaba fuerza. Mientras conversaban, paseaban a los pájaros de un lado a otro, colocándolos en alambres colgados sobre las ramas de los árboles. –Eso es para que no se les vaya el genio —intervino otro de los aficionados que estaban por competir. –¿El genio? —pregunté. –Si los mueven quedan activos y no se “pasman” para cantar —complementó Jorge María, uno de los canaricultores más reconocidos del lugar. Conocía a Jorge porque era muy amigo de mi tío Tairon Velilla, quien fue pajarero —como llaman en la costa a quienes crían aves cantoras— durante muchos años, hasta sus últimos días de vida. Él se obsesionó con los canarios timbrados españoles y compartió con Jorge la afición desde hace unos 30 años, el mismo tiempo que llevan reuniéndose en este lugar para hacer concursos de canto. Desde que inicia la temporada de competiciones, los pajareros se reúnen allí cada 15 o 30 días para enfrentar a varias especies: canario criollo, rositas o meriños, bajeros y sinsontes. Todas son especies nativas del paisaje sabanero conseguidas mediante la caza o la compra, actividades que, por más pasión que despierten, son ilegales. “Aquí los que nos joden son los animalistas —me dice Jorge mientras toma un sorbo del tinto—, que no entienden que uno hace esto por afición, ni siquiera por negocio. Esto es para venir, reunirnos, conversar, tener un hobby. Nosotros no tratamos mal a los pájaros; al contrario, los cuidamos mucho”. Según Laura Rubio Rocha, bióloga y fundadora de la Corporación Ruta Natural, el encierro afecta a las aves de muchas formas: las induce al estrés e incluso al automutilamiento. En cautiverio también pierden la posibilidad de alimentarse de manera adecuada y de reproducirse, lo que disminuye la variabilidad genética. Aunque los concursantes y tenedores de estas aves aseguran hacerlo con cuidado y compromiso, Laura advierte que el peligro es inminente: “si se escapan, pueden poner en riesgo la fauna nativa mediante la transmisión de enfermedades y otros impactos sobre los ecosistemas”. En Colombia, la tenencia de aves silvestres como mascotas está prohibida desde 2016 por el Código Nacional de Seguridad y Convivencia Ciudadana (Ley 1801 de ese año), también conocido como Código de Policía. Desde su radicación se iniciaron las sanciones ante este tipo de actividades, lo que incluye multas y decomiso de los animales que encuentren en cautiverio. La norma deja claro que los concursos de canto con aves nativas —como los que se hacen en la costa— y su crianza en cautiverio son prohibidos y clandestinos. Este lote pertenece a Jorge Enrique Mendoza Vergara, dueño de la empresa Jomeve, que produce y comercializa materiales para la construcción. Los vecinos lo utilizan para sus actividades recreativas, entre ellas el concurso de canto de aves. Foto: María Andrea Canchila. Mientras avanza la mañana y se suman competidores, Jorge me comenta que, probablemente, estos sean los últimos concursos. Cree que la ley está cada vez más estricta. “Yo no creo que podamos seguir así por mucho tiempo. Mira que Petro y la senadora [Andrea] Padilla están bien insistentes con acabar todo esto”, añade. Desde

¿Cultura lectora para quién? Medellín, capital mundial del libro | Hablalo #76

https://www.youtube.com/watch?v=Vw7XFkRmC2k ¿Cultura lectora para quién? Este jueves 23 de abril fue el Día del Libro, del Idioma y de los Derechos de Autor. Además, en marzo de este año, Medellín fue designada como Capital Mundial del Libro 2027 por la UNESCO. En el episodio #76 de Hablalo, Sara Hoyos y Natalia Mosquera conversaron con Yamili López, directora de proyectos de la Fundación Ratón de Biblioteca, sobre qué significa ser una ciudad del libro, quiénes están leyendo y quiénes se están quedando por fuera. Producción: Gisele Tobón Arcila, Juana Zuleta Betancur y Andrés Camilo Tuberquia Zuluaga.

Recuerdos entre la droga, la cárcel y la pobreza

Estos son los fragmentos que recuerda Nury Morales Maya de su propia historia, una mujer paisa de 75 años que, junto con algunos miembros de su familia, entre las décadas de 1970 y 2000, se dedicó a trabajos relacionados con el tráfico de drogas y, a los 54 años, fue condenada a 14 años de prisión. El primer viaje Corría el año 1975 y, en un inquilinato del Barrio Antioquia de Medellín, vivía Nury Morales con su esposo José Sánchez. La situación financiera de esta pequeña familia no era buena: José estaba desempleado y el único ingreso que tenían provenía de la venta de empanadas que Nury ubicaba todos los días en la puerta del inquilinato donde vivían. Un día, Óscar Morales, al ver la difícil situación económica por la que pasaba su hermana Nury, decidió proponerle ir a Perú para traer droga en botellas de vino de doble fondo, diciéndole: «Necesitamos gente que vaya al Perú». Y así, como si se tratara de una propuesta cotidiana, Nury escuchó por primera vez la posibilidad de dirigirse a otro país a traer droga. Sin más alternativa y teniendo en cuenta su economía en ese momento, decidió aceptar. Al llegar a Perú, Nury fue llevada a un hotel donde se quedó ocho días. Cuando iba a devolverse para Colombia, le empacaron en canastas las «botellas de vino». Nury, además, en esas canastas empacó todas las cosas que había comprado para su hija y su familia. Cuando llegó al aeropuerto, solo hubo unas cuantas preguntas sobre por qué llevaba esas botellas, a lo que respondió: «Le voy a hacer la fiesta a mi niña de cumpleaños». Todo transcurrió con normalidad: pudo abordar el avión, llegar a Colombia, a Medellín y, como ella dice, «coronar», es decir, alcanzar el objetivo de traer droga al país. Por este viaje, en 1975, a Nury le pagaron 50 pesos colombianos, con lo que pudo, en esa época, pagar el arriendo, comprar comida, darle plata a su mamá y pagarle a su suegra una casa que por aquel tiempo había perdido debido a un crédito territorial. El inicio de los Morales Maya Agua calentada por el sol, con cebolla y un poco de sal: esa era la comida de 24 personas que vivían en una casa con piso de barro amarillo, paredes de ladrillo y latas ubicadas como tejas de manera estratégica para evitar que el agua se filtrara en las tormentas. Linier, Mario, Óscar, Yolanda, Álvaro y Nury son apenas seis nombres de los 22 niños que vivían en esa casa, con un padre alcohólico y una madre que trabajaba todo el día en una máquina de coser para juntar algo de dinero con el que pudieran comer. Con el paso de los años, los hijos mayores como Linier y Omar aprendieron el oficio de la zapatería y, por esta razón, en su casa —ubicada en el Barrio Antioquia de Medellín— llegaban muchas personas, desde los más adinerados hasta los más pobres. Fue así como un día un amigo de Linier le contó que se había encontrado una bolsa de cocaína, pero que no sabía qué hacer con ella. Linier, quien gracias a su oficio había conocido a un hombre dedicado al microtráfico, decidió presentárselo a su amigo. Al conocerse, estos dos hombres decidieron asociarse, y fue así como la familia Morales Maya recibió por primera vez dinero relacionado con el tráfico de drogas, pues Linier obtuvo una recompensa económica por presentar a estos dos hombres. No pasó mucho tiempo para que el amigo de Linier le propusiera a Berta Yolanda, la madre de los 22 hermanos, comenzar a viajar por Colombia y otros países llevando droga adherida a su cuerpo. Berta aceptó y comenzó viajando a Panamá con barrigas falsas que contenían droga. Luego fue el turno de Álvaro, quien viajaba a Puerto Asís —un municipio de Colombia, en el departamento de Putumayo— para traer droga a la ciudad y revertirla; es decir, traía basuco y lo convertía en perico. Los viajes de Álvaro eran cada vez más frecuentes, muchas veces en compañía de su madre Berta. En ocasiones también viajaban los hermanos más pequeños, como Libardo y Mario, estos eran llevados para poder decir, en caso de que la policía los detuviera, que iban o venían de un paseo familiar. Los viajes los hacían en un Jeep que les había regalado su «jefe», pero que, asegura Nury, era malísimo, pues cada tanto su madre y sus hermanos quedaban varados en la carretera. La vida les empezó a sonreír. Con Berta, Linier y Álvaro en este trabajo, los pies de aquellos jóvenes ya no se llenaban de lodo amarillo cuando caminaban descalzos, pues ahora el piso de la casa tenía baldosa, y los ladrillos, desde que fueron cubiertos por una mezcla espesa de cemento, ya no tallaban tanto al dormir en el rincón de la cama o al apoyarse en la pared. Comenzaron a progresar: comían mejor, dejaron atrás el agua de cebolla y tuvieron la oportunidad de comer carne en el almuerzo y huevo día por medio. Sin embargo, a medida que la economía fue creciendo, la familia fue disminuyendo: ya no eran 24, sino 16. El padre había muerto y cinco de los 22 hermanos también. Todos, dice Nury, por muerte natural. Por otro lado, Omar Morales, el mayor de los 22 hermanos, siguiendo el oficio familiar de la zapatería, comenzó a hacer zapatos cargados con cocaína. Sus hermanos Linier y Álvaro también se unieron al negocio de los «zapatos». Estas dinámicas de viajar, traer, llevar droga y realizar zapatos se repitieron por varios años. La vida de Nury El segundo viaje de Nury fue a Cartagena. Cuenta que le ponían dos toallas higiénicas llenas de droga, que le dificultaban caminar un poco, pero que nunca tuvo problemas en aeropuertos o terminales de transporte, pues la seguridad era mínima. Como estos viajes, menciona muchísimos más; pierde un poco la cuenta y la noción del tiempo entre uno y otro, y los detalles de

Sembrando Historias

Sembrando Historias

En Támesis, el taller Sembrando Historias reunió a estudiantes de periodismo y habitantes del municipio en un ejercicio colectivo de escucha y memoria, donde la siembra simbólica y la escritura se convirtieron en herramientas para reflexionar sobre el territorio, su identidad y su cuidado.

Despegar siendo músico emergente

Para muchos músicos emergentes, escribir canciones no es el mayor desafío. Lo verdaderamente complejo comienza después: sostener el proyecto, encontrar escenarios, acceder a formación, circular la música y, sobre todo, no abandonarla en el intento. El talento abunda, pero las plataformas son escasas, abrirse camino en la música suele disputarse entre la vocación y la supervivencia. Foto: ICPA. Hacer música no empieza en un escenario ni termina en una canción publicada. Empieza, muchas veces, en una habitación prestada, en una libreta con letras que no se cantan en voz alta, en un trabajo que no tiene nada que ver con el arte pero que permite sostenerlo. Los músicos emergentes se enfrentan a la falta de tiempo, de recursos, de oportunidades viniendo de lugares precarizados y, sobre todo, de espacios que les devuelvan la certeza de que su oficio tiene un lugar posible. Esta es la historia de dos músicos que intentan despegar sin atajos, en un país donde crear no siempre garantiza existir. En medio de trayectorias interrumpidas por la rutina, las necesidades y la enfermedad mental, apareció un estudio rodante que, por unos días, se instaló en sus municipios y alteró el curso de sus carreras. Hacer música cuando la vida aprieta Cuando Damián Tello llegó a Antioquia, la música dejó de ser el centro de sus días. Antes de ser «Cresllo» era, ante todo, alguien intentando sostenerse. Había dejado Cali y, como muchos jóvenes, tuvo que concentrarse primero en resolver lo inmediato: el arriendo, la comida, el trabajo. Atravesó un periodo en el que las urgencias económicas se impusieron sobre cualquier proyecto artístico. Durante meses trabajó haciendo domicilios entre Medellín y el Occidente antioqueño, jornadas largas en moto que lo dejaban exhausto. «La rutina ya me había aplacado tanto que no había vuelto a hacer música», cuenta. Su relación con la creación venía de mucho antes. Aprendió a escribir entre los tres y cuatro años, guiado por su padre, y desde entonces no dejó de hacerlo. En el colegio fue parte del periódico estudiantil, más por la posibilidad de publicar sus propios textos que por el ejercicio periodístico en sí. «Siempre estuve escribiendo», dice. La escritura fue el puente que más tarde lo llevó a la música. En el rap encontró una forma de trasladar la poesía a la canción, influenciado por raperos españoles como Porta, Nach y Santaflow pero, especialmente, por la escena venezolana de Apache, Canserbero y Lil Supa. «Me crié musicalmente con el rap venezolano». Su historia es parecida a la de cientos de músicos que iniciando sus carreras se enfrentan a la realidad de tener que dejar la música en segundo plano para sobrellevar el día a día. Aquellos que no cuentan con una plataforma que los respalde o ganan algún concurso que encamine sus carreras, corren el riesgo de abandonar la música. Damián, afortunadamente, contó con lo segundo. En medio de la rutina de levantarse, ir a trabajar, trasladarse de Ebéjico a Medellín, de Medellín a Ebéjico varias veces en el día, la primera convocatoria de La Nave, el estudio rodante de la Gobernación de Antioquia y el Instituto de Cultura y Patrimonio de Antioquia (ICPA) que visita a las subregiones para apoyar las carreras de artistas emergentes, apareció en un momento inesperado. Damián se inscribió sin grandes expectativas. No tenía un plan trazado ni una ambición desmedida. «Mi objetivo era ir a divertirme», cuenta. Y ese día, por primera vez en mucho tiempo, decidió no ir a trabajar. El proceso fue distinto a lo que imaginaba. Desde el trato inicial hasta la dinámica de las audiciones, la experiencia le devolvió una sensación que había quedado relegada: la de ser artista. «Fue recordar literalmente mi motivo de existencia. La música es lo que me mantiene vivo«, afirma. A pesar de sentirse intimidado por el nivel de otros participantes, cuando subió a la tarima decidió entregarlo todo. «Cuando toco el escenario dejo de ser Damián y me convierto en Cresllo». Fue elegido como uno de los ganadores de la primera temporada. El anuncio lo tomó por sorpresa. «No me lo creía», recuerda. Los aplausos, luces y vítores no bastaron para sacarlo del trance, pasó un minuto antes de que reaccionara y se diera cuenta que algo estaba a punto de cambiar. «Llegó como una cachetadita de la realidad, como un recordatorio de que sí podía hacerlo«. El aprendizaje más fuerte no vino del escenario, sino de los conversatorios con artistas de trayectorias consolidadas. Allí comprendió que la música no es solo creación, sino una industria que exige planificación, estrategia y trabajo colectivo. Mercado, público, identidad artística y el equipo son elementos que suelen permanecer invisibles para quienes apenas empiezan. «Hay que empezar a verla como una empresa, pero sin dejar de amarla». Después de su paso por La Nave llegaron otros espacios. Un campamento musical organizado por Sony Music Publishing, donde compartió procesos con artistas y productores ya posicionados. Lo que más le sorprendió fue el trato horizontal. «No era un seguidor hablando con un artista, éramos dos artistas». Durante ese proceso grabó «Rápido», una canción que marcó un cambio en su forma de trabajar. Escribió, reescribió, produjo y publicó. La letra salió en poco tiempo, «muy rápido», adaptándose a dinámicas profesionales distintas a las que conocía. Damián insiste en que el valor central de proyectos como La Nave está en algo que pocas veces se nombra: la dignidad del artista. «A cada persona que pasa por ahí, gane o no, se le da trato de artista». Escenarios adecuados, buen sonido, registro audiovisual y acompañamiento real se convierten en estímulos decisivos para no desistir. «Cuando alguien te da el valor que necesitas como artista, eso te da gasolina para avanzar». Cresllo durante un concierto de La Nave, el estudio rodante que recorrió municipios de Antioquia y le permitió grabar su primer sencillo en condiciones profesionales. Cortesía: Cresllo / ICPA. Cantar sin bajar la guardia A Jeyson Martínez, conocido artísticamente como «Son Jey», la música no lo encontró en una tarima, sino en la