Un año después, la comunidad tiene una cita con la memoria. Este 24 de junio, los habitantes de Granizal se encontrarán en Altos de Oriente II, donde comenzó el deslizamiento del 2025, para recordar a quienes ya no están y reconocerse en una historia atravesada por la pérdida, el duelo y la permanencia.
Las hermanas Agudelo y las 17 personas cuyos nombres aparecen sobre la franja azul murieron el martes 24 de junio de 2025.
Durante la madrugada, una masa de tierra se desprendió desde la parte alta de la montaña en Granizal, una vereda del nororiente del Valle de Aburrá que pertenece a Bello, pero cuya vida transcurre al otro lado de la frontera administrativa, en Medellín. Mientras la comunidad dormía, la ladera se vino sobre las viviendas.
La semana apenas comenzaba, después del puente festivo de Corpus Christi marcado por los aguaceros. Según un estudio de World Weather Attribution (WWA), elaborado a partir de registros del Sistema de Alerta Temprana de Medellín y el Valle de Aburrá (SIATA), entre el 23 y el 24 de junio cayeron cerca de cuatro quintas partes de lo que normalmente llueve durante todo un mes de junio en la región.
La documentación de la emergencia elaborada por el reporte de la Secretaría de Gestión del Riesgo y Atención de Desastres de Bello (SGRD) sitúa el movimiento en masa a las 3:25 de la madrugada. La comunidad, en cambio, recuerda que todo comenzó con un primer derrumbe cerca de las tres de la mañana en la parte más alta de Altos de Oriente II. Veinte minutos después, un segundo alud descendió por la misma pendiente hasta alcanzar las viviendas de Altos de Oriente I. Según la descripción de la situación elaborada por la SGRD, a partir de ese punto el aluvión encontró el cauce de la quebrada Cañada Negra, que bordea el sector de Manantiales, y formó un torrente al continuar su descenso.
Desde la mañana del 12 de julio siguiente, habitantes de Granizal y voluntarios del Colegio San Ignacio de Medellín y de la Fundación Semillas Zoé comenzaron a pintar. Discutieron dónde ubicar el sol, los caminos, el arcoiris y los nombres de las víctimas, recordaron con especial cariño a las dos niñas.
Para entonces, la emergencia ya había sido cerrada oficialmente. La Secretaría de Gestión del Riesgo de Bello había cerrado su intervención el 7 de julio, catorce días después del deslizamiento. El informe oficial confirmó que 27 personas murieron y 134 familias resultaron damnificadas. En suma, 456 personas afectadas.
Mientras unos pintaban, otros sembraban una corona de margaritas amarillas sobre la tierra húmeda. Hacia el mediodía, el comienzo de la misa pausó las tareas. Brochas, recipientes de pintura y bocetos quedaron apoyados junto al muro. Varios caminaron entonces hacia la parroquia Beato Jesús Emilio, la iglesia amarilla ubicada frente al colegio.
La jornada se extendió hasta la tarde. Un voluntario continuaba dibujando los rostros de las hermanas guiándose por una fotografía en su celular. Decenas de niños y niñas, reunidos en la cancha de fútbol, soltaron globos blancos para recordar a las víctimas de la tragedia. A pocos metros, una mujer vestida de blanco y un hombre de traje vinotinto, acompañados por un pequeño grupo de personas, se dirigían a una caseta; estaba por comenzar su ceremonia de matrimonio.
«Cuando pasó el eco de la tierra, se sintió solo el silencio»
En la casa de José Balmore Herrera, de 75 años, en el sector de Calle Larga y a unos 15 metros de la quebrada, el agua empezó a entrar desde antes de la medianoche. No era una filtración nueva, pero sí más insistente que otras veces. Balmore la sacaba con una escoba, una y otra vez, empujándola hacia la puerta mientras la lluvia caía sin parar y la quebrada seguía creciendo. En la vivienda estaban su esposa, Blanca Nelly Morales, de 70 años; su hija, Diana Marcela, de 45; y su nieta, Giselle Natasha, de 14.
Horas antes, algo ya se había salido de lo habitual. «Pecas, la perra, no quiso dormir donde siempre. Su lugar era debajo del lavadero, donde pasaba todas las noches, pero esa vez no hubo forma de hacerla quedarse«, dijo Diana. Intentó acomodarla varias veces. Le preparó el lugar de siempre, insistió, pero la perra iba y venía, inquieta. Al final, tuvo que hacerle un espacio junto a la pieza y solo así se acomodó.
A eso de las 3:00 de la mañana, Diana Marcela no se despertó por el derrumbe. «Me despertó el televisor. Lo tenía programado como alarma y el aparato hacía el mismo sonido al prenderse y al apagarse. Ese fue el ruido que me sacó del sueño. Pensé que ya era hora de levantarse y me incorporé de inmediato, todavía medio dormida, con la intención de bajarle el volumen. Pero no había luz«, recordó Diana. El sonido no era que se hubiera encendido el televisor, sino que se había apagado por el corte eléctrico. La energía volvió por segundos y se volvió a ir.
Eran las tres en punto de la mañana cuando sintió otro sonido, uno extraño, difícil de ubicar: no fue un golpe seco, sino algo que bajó, que arrastró, que golpeó en secuencia.
«Como cuando cae algo, como en esas películas… como un platillo volador«. Sintió el impacto y el rebote, como cuando algo cae y levanta tierra, agua y polvo. En ese instante pensó: se nos cayó la casa encima. Después lo sintió pasar por el techo.
Las piedras cayeron y al mismo tiempo levantaron una mezcla de vapor, viento y polvo que se elevó y corrió por la parte alta de la casa. Diana no veía nada, solo escuchaba el ruido llenándole los oídos. Levantó los brazos y alcanzó a decir: «Dios, protégenos«. Sentía que algo grande estaba pasando por encima, que en cualquier momento los iba a aplastar. «Yo sentí la muerte en ese momento«. Y luego llegó el eco, un retumbar que se extendió por segundos. «Cuando pasó el eco de la tierra, se sintió solo el silencio«.
Se levantó y fue al cuarto de sus papás. «Algo pasó«. Salió con el celular. Dentro de la casa vio hojas de árboles arrastradas por el viento. Ya afuera vio la casa de don Óscar, que quedaba junto a la quebrada, destruida: el techo vencido, un poste caído, la estructura colapsada. Había gente alrededor.
Diana, sin entender lo que tenía frente a los ojos, se acercó y preguntó:
—¿Qué pasó?
La respuesta llegó de inmediato: —Un derrumbe.
Diana regresó. Iba a avisarles a sus papás e intentaba llamar al 123. Tenía la llamada en curso cuando empezaron los gritos: «¡Avalancha, avalancha, avalancha!«. La comunicación se cortó. Colgó.
Diana sacó a su hija, que estaba dormida, y Balmore a Nelly Blanca. Salieron como pudieron, sin zapatos y sin abrigo. Quisieron sacar a Pecas, pero no pudieron. «No me importó nada más sino ellos«, dijo Diana.
El ruido seguía. «La tierra estaba enfurecida«, dijo. «La tierra rugía cuando bajaban esas piedras, como diciendo: ‘¿por qué me están destruyendo?’«. La tierra no bajaba de una sola vez: venía por momentos, se calmaba y volvía a bajar con fuerza.
En la vía principal ya había vecinos, gente descalza, todos corriendo sin saber a dónde. Diana alcanzó a regresar a la casa, sacó unas chanclas, un saco y el celular de su mamá. Dejó la puerta abierta. Se quedaron en la carretera esperando el amanecer.
Entre las cinco y las seis, con la luz, regresaron. Toda la gente estaba afuera. Nadie había dormido. Lo que estaba junto a la quebrada ya no era lo mismo. Y la familia de Balmore, como tantas otras, se preguntaba por un destino que aún no existía.
Un deslizamiento atravesado por un tubo de EPM
Cuando surge la pregunta de a qué hora dejó de llover el día antes del deslizamiento, en Granizal cada quien recuerda algo distinto. Para algunos, la lluvia cesó por la tarde; para otros, no paró hasta altas horas de la noche; para varios simplemente iba y venía o nunca dejó de caer hasta el momento de la tragedia. Todos coinciden en algo: ese fin de semana cayó agua como pocas veces.
Con ese panorama, el movimiento en masa ocurrido el martes 24 de junio de 2025 en Granizal fue explicado principalmente a partir de las condiciones meteorológicas que precedieron la emergencia. Tanto en las declaraciones oficiales como en buena parte de la cobertura mediática, la lluvia ocupó el centro del relato sobre la tragedia. El secretario de Gestión del Riesgo de Bello, Jhon Alexander Osorio, lo resumió así: «fue particularmente natural lo que sucedió en ese momento, producto de la alta lluviosidad de mayo de 2025«.
Pero en esta historia no solo está la lluvia. También están la montaña y la infraestructura que la atraviesa.
Parte del agua que abastece a Medellín proviene del embalse Piedras Blancas. Desde allí viaja por el canal Piedras Blancas – El Toldo hasta unos tanques donde se almacena temporalmente. Luego llega a las plantas La Montaña y Villa Hermosa, donde es potabilizada. Finalmente, el agua tratada se almacena antes de ser distribuida a los hogares. En ese recorrido, el canal pasa por la parte alta de Altos de Oriente II, sobre la ladera en la que se produjo el deslizamiento. La comunidad señala este tramo de la infraestructura como responsable de la tragedia, a partir de lo que observaron durante las labores de rescate y en las horas posteriores a la emergencia.
Jesús Carmona, integrante del Comité de Emergencias y Rescate de Granizal, asegura que el comportamiento del agua llamó la atención desde las primeras horas de la emergencia. «Cuando nosotros estábamos sacando los primeros fallecidos, que fueron los primeros que desenterramos, eso era un río de agua«, dijo el rescatista.
Según la comunidad, durante la mañana, EPM interrumpió el flujo del sistema. Sin embargo, sostienen que este volvió a activarse por la noche debido a las necesidades de abastecimiento de Medellín. «Cuando cerraron las compuertas, ya se quedó así, seca de agua la tierra. Porque nosotros verificamos que ya no estaba bajando. Entonces les tocó volver a abrir el paso. Cuando abrieron el agua, otra vez era un río de agua por la montaña«, cuenta Carmona.
Las observaciones no terminaron allí. El mismo día del deslizamiento, integrantes del comité ingresaron al tramo de la infraestructura que atraviesa el sector. «Nosotros hicimos ingreso a esta tubería con EPM y se veía el desgaste del ducto y de algunos de sus tramos«, explicó.
Las condiciones que, según la comunidad, observaron en esa visita fueron denunciadas posteriormente durante la sesión plenaria 281 del Concejo de Medellín, realizada el 14 de julio de 2025. La líder social intermunicipal Yulieth Dayana Arango aseguró que ingresó al sistema del canal junto a funcionarios de la Alcaldía y representantes de EPM. «Yo soy una de las que ingresó al subterráneo del canal al día siguiente de la tragedia, y me preocupa que digan que el tubo no se rompió o que son aguas ilegales, cuando la capacidad del boquerón que ellos mismos taparon fue lo que generó el estallido«.
Frente a estos señalamientos, EPM respondió mediante derecho de petición que «de acuerdo con revisiones por parte de EPM y corroboradas en informes de entidades territoriales como el Departamento Administrativo de Gestión del Riesgo de Desastres (DAGRD), este movimiento en masa fue el resultado de condiciones geológicas en el sector El Pinar, específicamente por la presencia de un tipo de roca que facilita la infiltración de agua«.
No obstante, no se conocen de forma pública los informes citados por la entidad. En paralelo, el secretario de Gestión del Riesgo de Bello señaló que «se identificaron perforaciones hechas por miembros de la comunidad para hacer uso del agua que pasaba por el canal«. Osorio aclara que estos reportes corresponden a observaciones realizadas durante el Puesto de Mando Unificado, en la inmediatez de la emergencia. Esta hipótesis traslada parte de la responsabilidad hacia los miembros de la comunidad.
A ello se suma el testimonio de Weber Zapata Lopera, entonces comandante de la emergencia de Bello, quien aseguró haber identificado conexiones irregulares durante visitas técnicas realizadas después del deslizamiento. «Yo estuve en el ducto haciendo una visita técnica guiada. Más o menos durante 100 metros estuvimos caminando por el canal. Fue a los ocho días y alcancé a ver tres conexiones grandes, de donde la comunidad rompía el tubo y sacaba agua cruda para distribuirla por todo el sector«.
Mientras la comunidad insiste en que el canal tuvo una incidencia directa en la tragedia, las autoridades y EPM han señalado intervenciones ilegales sobre la infraestructura y condiciones geológicas del terreno.
Tras la emergencia, la empresa intervino de manera inmediata el tramo indicado por la comunidad. Según EPM, estas labores «permitieron verificar la integridad estructural del canal, descartar daños derivados del movimiento en masa y adoptar medidas para garantizar la continuidad segura de la operación«.
En la explicación que da la empresa sobre las condiciones geológicas se remite a un tipo de roca conocido como Dunita de Medellín.
Para el geólogo Edier Aristizábal, director del semillero Geohazards de la Universidad Nacional, la dunita es «un tipo de roca que puede ser disuelta lentamente por el agua«. Cuando la lluvia se infiltra en el suelo, el agua adquiere cierta acidez y durante cientos o incluso miles de años va desgastando la roca hasta abrir conductos subterráneos cada vez más grandes. Entonces el agua se infiltra por un hueco y hace su recorrido por dentro de la roca.
Precisamente para esclarecer el papel de estas condiciones geológicas, EPM contrató a Geohazards para elaborar un dictamen pericial especializado sobre el evento ocurrido en Granizal. A diferencia de los estudios de riesgo, esta investigación busca identificar las causas que originaron la inestabilidad del terreno.
Sin embargo, la comunidad cuestiona que, mientras el estudio para determinar el factor detonante aún continúa en curso, las autoridades locales han descartado públicamente una incidencia del canal.
Jesús Carmona, quien participó en las labores de rescate tras el deslizamiento, también cuestiona la ubicación de algunas de las muestras que actualmente se toman en campo. «Esos puntos que están haciendo en la parte de abajo, ¿por qué no los están haciendo en la parte de arriba, por donde pasa el tubo de EPM?«, pregunta.
De acuerdo con el cronograma informado durante esta investigación, la entrega del dictamen técnico a EPM tendría lugar durante junio de 2026. Sus conclusiones marcarán una nueva etapa: la de las investigaciones y eventuales procesos orientados a establecer responsabilidades sobre lo ocurrido. Sin embargo, incluso una decisión judicial difícilmente agotará todas las preguntas que persisten sobre la ladera de Altos de Oriente II. Mientras avanzan las investigaciones y los procedimientos institucionales, la comunidad continúa conviviendo con las consecuencias de la tragedia y con la incertidumbre sobre las causas que la desencadenaron. Un año después, la lluvia, la geología de la montaña, la infraestructura de EPM y la intervención humana siguen formando parte de una misma discusión.
El día en que no hubo salida
«Mija, ¿a dónde colocarían esa bomba?». Eso fue lo primero que dijo Balmore cuando Diana entró a la habitación para despertarlo y pedirle que sacara a Blanca Nelly, que todavía dormía. La casa está a quince metros de la Cañada Negra y el estruendo que escucharon no se parecía a nada conocido. «Es que nunca se imaginó que ahí, en la quebrada, iba a quedar un cráter tan grande«, dijo Diana.
Después de abandonar la casa se hicieron a un lado en el sendero por donde pasaba el revuelo de vecinos asustados. Allí esperaron a que amaneciera. La oscuridad todavía no permitía ver qué había ocurrido realmente. Se quedaron observando la montaña, escuchando rumores, viendo pasar gente, aguardando a que llegara algo de luz para decidir qué hacer.
Cuando finalmente clareó, regresaron por unas pocas pertenencias. «Ya a lo que amaneció nos podíamos meter a la casa. Recogimos unas cosas, nos cambiamos y salimos. Mi cabeza, a mí no me daba«, recordó Diana.
No permanecieron más de una hora dentro de la vivienda. «Yo no me quería quedar ahí. Yo no sabía en qué momento iba a volver a explotar eso. Me daba mucho miedo. Me daba mucho terror«. Pecas, la perra de la familia, seguía escondida. Se resistió a salir. Entonces volvieron a irse.
Salió también Balmore sin su sombrero marrón, hecho de retazos de cuero cosidos entre sí. En uno de sus lados, un caballo blanco pintado en silueta parece inclinar la cabeza en una leve reverencia. Es el mismo sombrero que lo ha acompañado durante tanto tiempo que, cuando se le pregunta qué significa para él, responde simplemente: «media vida«.
Antes de abandonar nuevamente la casa recibió una llamada de una de sus sobrinas, Yudi. Les insistía en que bajaran, que se fueran para donde ella, en Manrique. Pero cuando llegaron a Manantiales alguien les salió al paso.
—¿Ustedes para dónde van? Aquí no hay forma de pasar.
Los detuvieron. Todo estaba bloqueado. La gente intentaba descender como podía. Algunos se colgaban de cuerdas improvisadas mientras buscaban abrir un camino hacia Santo Domingo Savio.
Sin una salida posible, terminaron siguiendo la recomendación de una vecina que les contó que muchas familias estaban bajando hacia el albergue del colegio Fe y Alegría, uno de los cinco habilitados por el municipio de Bello. Allí permanecieron tres días y dos noches.
Diana regresó a trabajar el día después del deslizamiento. Es cajera y auxiliar de oficios varios en uno de los restaurantes de la Universidad Nacional. Salió temprano y regresó al mediodía. «Yo subí a darles la comida a los animales porque mi mamá estaba preocupada por ellos«.
Entre el miércoles y el jueves Diana no dejó de subir a Granizal. El jueves tuvo que permanecer buena parte de la jornada en la Universidad y, cuando regresó al albergue, encontró a Balmore enfermo. «Yo no iba a dejar que lo hospitalizaran«. Uno de los médicos voluntarios le encontró la presión arterial muy alta y recomendó trasladarlo.
Pero para la familia, en ese momento, la posibilidad de una hospitalización significaba abrir otra incertidumbre cuando todavía no habían resuelto dónde iban a vivir. Finalmente firmaron los documentos para que Balmore no fuera trasladado. Esa misma tarde, mientras caía la noche, también firmaron la salida del albergue.
«Logré encontrar un carro que como a las dos o tres horas bajó por nosotros«, recuerda Diana. El trayecto tampoco fue sencillo. «Casi no pasamos por la entrada de El Pinar porque nada más se podía pasar de a un carro«. Aun así lograron llegar. Pasaron dos días en la casa de Yudi, hasta el domingo, cuando regresaron a Granizal para recoger ropa y las pocas cosas que podían llevarse. Ya no regresarían a vivir allí.
Su nuevo destino sería Manrique Raizal, la casa de María Vega, suegra de Yudi, quien se ofreció a recibirlos. Aquel domingo hicieron el trasteo.
Giselle Natasha empacaba las cosas de su mamá. Diana intentaba empacar las de Blanca Nelly. Pero Blanca Nelly no empacaba. Miraba. «Mi mamá estaba tan recia en sus emociones que no le daba para entender que tenía que empacar, que nos teníamos que ir«, recuerda Diana.
A Blanca Nelly todavía le costaba creerlo. «Mis gallinitas solas… Tuve que ir a empacar todo de una vez«. Al final, las pertenencias quedaron repartidas entre la casa de María Vega y la de la sobrina. Desde entonces, la vida quedó repartida entre casas prestadas y una espera que todavía no termina por una vivienda propia.
Pecas nunca volvió a salir de la casa. Una semana después del deslizamiento, Blanca Nelly seguía subiendo desde Manrique a buscar a Pecas, la perra que se había negado a abandonar el lavadero. Al final logró llevársela a la casa de una hermana en Pablo VI. Allí se dieron cuenta de que tenía una herida abierta que olía mal. La llevaron al veterinario. Era cáncer.
Ese duelo llegó encima del otro. Poco después, su hermana la entregó, a través de la Policía, a un centro de protección animal. Blanca Nelly nunca volvió a verla. «Creo que ella murió. No volvimos a saber de ella«, dice Blanca Nelly. Pecas se quedó atrás, igual que muchas de las cosas que la familia no alcanzó a despedir cuando tuvo que irse.
Cada tanto, Blanca Nelly regresa a la casa de Calle Larga. Llega temprano, alimenta las gallinas, recorre los cuartos despacio, revisa los árboles de naranja y conversa con los vecinos. A veces enciende las luces al caer la noche. Dice que es para que los ladrones sepan que la casa no está sola. Pero ella tampoco duerme mucho cuando está allí. «Me quedo escuchando toda la noche hasta que amanece, con la lluvia calada a la piel«, cuenta Blanca.
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Nota final: Este especial hace parte del reportaje Granizal: la tierra que guardó sus nombres, presentado como trabajo de grado del programa de Periodismo de la Universidad de Antioquia en junio de 2026.