La cocina de las memorias

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Una receta no es solo una lista de ingredientes con pasos a seguir; es una forma de recordar. Hay madres que se fueron, o que se las llevaron, o que simplemente un día no estuvieron más. Y sin embargo, siguen ahí cada vez que alguien recuerda sus recetas. La cocina es aquel lugar donde se prepara la identidad de una familia. Históricamente, nos hemos reunido a su alrededor para compartir algo más que la preparación de alimentos; compartimos parte de nuestra vida cotidiana, nuestras tradiciones, algunos sueños y recuerdos. Allí, diferentes manos transforman alimentos y los convierten en sensaciones que atraviesan todo el cuerpo. Cuando estas manos desaparecen, dejan incertidumbre y un duelo difícil de asimilar. Según el Sistema de Información Red de Desaparecidos y Cadáveres (SIRDEC), desde 1930 hasta marzo de 2026, se reportaron 202.526 casos en Colombia. Por otro lado, la Unidad de Búsqueda de Personas Desaparecidas (UBPD) registró 132.877 víctimas en el marco del conflicto armado, antes del 1 de diciembre de 2016. La UBPD también afirma que el 60 % de personas buscadoras en el país son mujeres, y de ellas, el 17 % busca a su papá o mamá. Para los hijos e hijas con madres desaparecidas, recordar los platos que ellas preparaban ayuda a la construcción de memoria. Estas preparaciones actúan como una «voz» que comunica y cuenta historias de manera similar al lenguaje hablado, como dicen Amon y Menasche en el artículo Comida como narrativa do memoria social. Así comunican el hígado en bistec que preparaba María Elizabeth en Cáceres, los ayacos que Rosalba vendía en Santander, la colada de parva que Fabiola servía en San Cristóbal y las tortas de uvas cristalizadas de María del Carmen.  Con sus historias hicimos este recetario que va más allá de un manual de cocina. A través de los testimonios de Diana Vergara Gómez, Sergio Delgado Velandia, Magola del Socorro Ortiz Barrera y Alba Lucía Galeano, sus hijos e hijas, la comida se presenta como un dispositivo de memoria viva. La cocina de las memorias es una invitación a sentarse en la mesa y conocer otra narrativa sobre desaparición en Colombia: una narrada desde la experiencia de quienes las recuerdan. Cocinar la memoria Este recetario reúne las cuatro preparaciones completas que dieron origen a esta producción periodística: platos transmitidos de madres a hijos e hijas, hoy convertidos en un archivo para mantener viva la memoria de quienes desaparecieron. Escuchar la armonía de la cocina y sus voces El pódcast reúne, en cuatro episodios, las voces de quienes compartieron con nosotras su memoria. Entre sonidos de cocina, silencios y relatos, cada episodio se detiene en la historia detrás de cada receta y en lo que significa seguir recordándola sin la persona que la enseñó. Una mesa para habitar la memoria La cocina de las memorias realizó una experiencia inmersiva para dar a conocer el recetario y el pódcast a través de un espacio donde el relato se vivió con el cuerpo, la voz, el sonido y la comida. Este video documenta ese recorrido. https://delaurbe.udea.edu.co/wp-content/uploads/2026/07/IMG_6671.mp4 La cocina de las memorias existe gracias a las manos, las memorias y las cocinas de: Diana Vergara Gómez, Sergio Delgado Velandia, Magola Ortiz Barrera y Alba Lucía Galeano que nos permitieron entrar a sus recuerdos. Y a las madres ausentes, María Elizabeth Gómez, Rosalba Velandia, Fabiola de Jesús Barrera y María del Carmen Idarraga, cuya memoria sigue viva en cada receta, en cada olor recordado y en cada historia que nos negamos a olvidar. Gracias por cocinar con nosotras.

Granizal: la tierra que guardó sus nombres 

Un año después, la comunidad tiene una cita con la memoria. Este 24 de junio, los habitantes de Granizal se encontrarán en Altos de Oriente II, donde comenzó el deslizamiento del 2025, para recordar a quienes ya no están y reconocerse en una historia atravesada por la pérdida, el duelo y la permanencia.  «Aquí florece la memoria de quienes ya no están». Esta frase hace parte del mural pintado en el Colegio Universidad Virtual de Colombia, en Granizal. Está escrita cerca de un sol amarillo, desde el que caminos de colores se abren hacia los costados como raíces. Por esos senderos de arcoiris brotan flores y entre ellas emergen los rostros de las hermanas Agudelo Londoño: María Fernanda, de 9 años, y María Alejandra, de 8. Enmarcadas por halos difuminados en tonos azules y violetas, las niñas parecen custodiar los nombres que, escritos sobre una franja azul oscuro, se asemejan a pequeñas constelaciones. Las hermanas Agudelo y las 17 personas cuyos nombres aparecen sobre la franja azul murieron el martes 24 de junio de 2025. Durante la madrugada, una masa de tierra se desprendió desde la parte alta de la montaña en Granizal, una vereda del nororiente del Valle de Aburrá que pertenece a Bello, pero cuya vida transcurre al otro lado de la frontera administrativa, en Medellín. Mientras la comunidad dormía, la ladera se vino sobre las viviendas. Habitantes de Granizal pintan un mural en el colegio de Altos de Oriente I, que durante el desastre funcionó como un albergue comunitario no reconocido oficialmente. La obra fue realizada el 12 de julio de 2025, en memoria de las víctimas del deslizamiento. Foto: Sofía Quintero. La semana apenas comenzaba, después del puente festivo de Corpus Christi marcado por los aguaceros. Según un estudio de World Weather Attribution (WWA), elaborado a partir de registros del Sistema de Alerta Temprana de Medellín y el Valle de Aburrá (SIATA), entre el 23 y el 24 de junio cayeron cerca de cuatro quintas partes de lo que normalmente llueve durante todo un mes de junio en la región. La documentación de la emergencia elaborada por el reporte de la Secretaría de Gestión del Riesgo y Atención de Desastres de Bello (SGRD) sitúa el movimiento en masa a las 3:25 de la madrugada. La comunidad, en cambio, recuerda que todo comenzó con un primer derrumbe cerca de las tres de la mañana en la parte más alta de Altos de Oriente II. Veinte minutos después, un segundo alud descendió por la misma pendiente hasta alcanzar las viviendas de Altos de Oriente I. Según la descripción de la situación elaborada por la SGRD, a partir de ese punto el aluvión encontró el cauce de la quebrada Cañada Negra, que bordea el sector de Manantiales, y formó un torrente al continuar su descenso. Para 2019, Granizal albergaba alrededor de 22 mil personas, según la Alerta Temprana 036 de la Defensoría del Pueblo. Hoy líderes sociales estiman una población cercana a los 30 mil habitantes distribuidos en sectores como El Pinar, Oasis de Paz, Regalo de Dios, Altos de Oriente I y II, El Siete y Manantiales. Foto: Sofía Quintero. Desde la mañana del 12 de julio siguiente, habitantes de Granizal y voluntarios del Colegio San Ignacio de Medellín y de la Fundación Semillas Zoé comenzaron a pintar. Discutieron dónde ubicar el sol, los caminos, el arcoiris y los nombres de las víctimas, recordaron con especial cariño a las dos niñas. Para entonces, la emergencia ya había sido cerrada oficialmente. La Secretaría de Gestión del Riesgo de Bello había cerrado su intervención el 7 de julio, catorce días después del deslizamiento. El informe oficial confirmó que 27 personas murieron y 134 familias resultaron damnificadas. En suma, 456 personas afectadas. La Defensoría del Pueblo ha señalado a Granizal como la segunda comunidad de población desplazada más grande del país y la más grande del Valle de Aburrá. El territorio se ha desarrollado al margen de la planeación urbana formal, con limitaciones en el acceso a servicios básicos, infraestructura y vivienda, en un entorno que combina características rurales y urbanas. Foto: Sofía Quintero. Mientras unos pintaban, otros sembraban una corona de margaritas amarillas sobre la tierra húmeda. Hacia el mediodía, el comienzo de la misa pausó las tareas. Brochas, recipientes de pintura y bocetos quedaron apoyados junto al muro. Varios caminaron entonces hacia la parroquia Beato Jesús Emilio, la iglesia amarilla ubicada frente al colegio. La jornada se extendió hasta la tarde. Un voluntario continuaba dibujando los rostros de las hermanas guiándose por una fotografía en su celular. Decenas de niños y niñas, reunidos en la cancha de fútbol, soltaron globos blancos para recordar a las víctimas de la tragedia. A pocos metros, una mujer vestida de blanco y un hombre de traje vinotinto, acompañados por un pequeño grupo de personas, se dirigían a una caseta; estaba por comenzar su ceremonia de matrimonio. Aunque Granizal pertenece administrativamente a Bello, su vida cotidiana está profundamente conectada con Medellín. Ubicado entre la Comuna 1 (Popular) y la zona rural de Copacabana, es un territorio limítrofe donde el abandono se vuelve parte del paisaje cotidiano. Foto: Sofía Quintero. «Cuando pasó el eco de la tierra, se sintió solo el silencio» En la casa de José Balmore Herrera, de 75 años, en el sector de Calle Larga y a unos 15 metros de la quebrada, el agua empezó a entrar desde antes de la medianoche. No era una filtración nueva, pero sí más insistente que otras veces. Balmore la sacaba con una escoba, una y otra vez, empujándola hacia la puerta mientras la lluvia caía sin parar y la quebrada seguía creciendo. En la vivienda estaban su esposa, Blanca Nelly Morales, de 70 años; su hija, Diana Marcela, de 45; y su nieta, Giselle Natasha, de 14. Horas antes, algo ya se había salido de lo habitual. «Pecas, la perra, no quiso dormir donde siempre. Su lugar era debajo del lavadero, donde pasaba todas las noches, pero esa vez no hubo forma de hacerla quedarse«, dijo Diana. Intentó acomodarla varias veces.

Una hibridación para la memoria y la justicia social

En doce años de crónicas, columnas y ensayos, Javier Ortiz Cassiani demuestra que tomar postura no riñe con el rigor: al contrario, puede ser la forma más honesta de hacer periodismo e historia. “El libro que tiene en sus manos combina dos cosas que rara vez se ven juntas: el rigor investigativo del historiador y el talento literario del cuentista”. A este fragmento tomado de la sinopsis que aparece en la contraportada de la tercera edición del libro, yo le agregaría un tercer elemento: el periodismo.  El incómodo color de la memoria es una recopilación de doce años de trabajo del historiador, escritor y periodista Javier Ortiz Cassiani, quien, a través de crónicas, columnas, ensayos, textos autobiográficos y perfiles, habla sobre la segregación racial en Colombia y el mundo.  Libro: El incómodo color de la memoria: columnas y crónicas de la historia negra Autor: Javier Ortiz CassianiTercera edición: 2025Editoriales: Universidad del Bosque, Fundación Malpensante, Dos Pájaros Sobre el autor Javier Ortiz Cassiani nació en Valledupar en el año 1971; es historiador de la Universidad de Cartagena y cursó estudios de posgrado en la misma área en la Universidad de los Andes y El Colegio de México. Ha trabajado en medios como El Heraldo, El Espectador y la revista El Malpensante. Es uno de los doce hijos de Carlos Ortiz Sequéa y Élida Cassiani Sará, una pareja campesina procedente del corregimiento de Hato Viejo (Calamar, Bolívar), que vivió en diferentes zonas del Caribe debido a los trabajos en cultivos de algodón que ejercía el padre para poder subsistir.  En la primera parte de este libro titulada Autorretrato de autor con familia y conformada por ocho relatos, Cassiani cuenta su historia y se centra en su familia, que, como muchas otras en el Caribe colombiano, además del algodón, trabajó en el cultivo de marihuana en plena bonanza marimbera. Según cifras oficiales que cita Cassiani en «La marihuana de mi infancia», Colombia era el máximo productor y exportador de cannabis a los Estados Unidos, aportando el 65 % de las 100.000 toneladas introducidas en ese país. Aquí el autor reconstruye su hogar y evoca a los seres queridos que ha perdido, entre ellos su hermano Teobaldo, a quien dedica tres relatos después de su muerte. En este primer acercamiento a partir de sus experiencias, el autor abre la conversación con el lector sobre la desigualdad socioeconómica ligada al racismo estructural. Personificar la historia El libro utiliza herramientas narrativas del periodismo, como el uso de acontecimientos actuales para hablar sobre el pasado. Black Power, publicada en El Heraldo el 14 de febrero de 2016, habla sobre la presentación de Beyoncé el 7 de febrero de ese mismo año en el Super Bowl, su homenaje al movimiento Black Lives Matter y las Panteras Negras; Cassiani aprovecha este hecho de actualidad para contar lo que significó esta organización política fundada en Estados Unidos en 1966.  “Sus objetivos eran la defensa del pueblo negro, la lucha por el poder para trazar el destino de su comunidad, y la obtención de condiciones dignas de empleo y educación para las personas negras. Sus miembros hacían rondas para observar a los policías que patrullaban por el gueto, de tal manera que pudieran responder a los abusos de los uniformados. Era un grupo de autodefensa que usaba el derecho legal a portar armas”. Con el mismo recurso, la crónica que da nombre al libro —publicada en la revista Arcadia en 2010— retrata a figuras negras marcadas por la segregación racial. Entre ellos, el prócer de la independencia José Prudencio Padilla, fusilado en la Plaza de la Constitución de Bogotá en 1828 por órdenes de Bolívar, bajo acusaciones de conspiración, que en el caso de blancos y opositores, no acarrearon la pena de muerte; la cantante estadounidense y una de las voces más influyentes del jazz, Billie Holiday, a quien le enviaban mensajes con apología al asesinato de personas negras durante y después de sus conciertos; y a Manuel Baena, un joven de Remedios, Antioquia, que en 1932 publicó una autobiografía titulada Cómo se hace un ingeniero negro en Colombia, luego de graduarse en la Universidad Nacional de Bogotá, pues en la Universidad de Antioquia, el acoso le impidió terminar su carrera. Leer este libro es como tomar una clase de historia, esa que como su autor resalta en varias ocasiones, no se cuenta en los colegios. Así, en diferentes artículos de Cassiani, desfila una galería de deportistas, artistas, políticos y activistas que marcaron un hito en la lucha antirracista, como el médico, antropólogo y escritor Manuel Zapata Olivella, autor de Changó el gran putas,  que dedicó gran parte de su vida a visibilizar la cultura negra; o Rosa Parks, una mujer afroamericana que el primero de diciembre de 1955 se negó a ceder su puesto a un pasajero blanco en Montgomery (Alabama), y desafió las leyes de segregación racial. Tomar postura “(…) la patria no se forma con olvidados ni con hambrientos ni con discriminados ni con enfermos ni con muertos”. La patria ¿así se forma?, El Espectador, 24 de julio de 2016.  El escritor en su práctica periodística se toma muy en serio el trabajo de ejercer un contrapoder frente al Estado y los gobiernos de turno. Les reclama el abandono histórico de regiones como el Chocó, y expone cómo se materializa en las malas condiciones de vida, la falta de acceso a agua potable y a derechos básicos como salud y educación. Insiste en que ese mismo olvido es el culpable de que pueblos enteros desaparezcan, como Tabaco, un pequeño corregimiento de Hatonuevo (La Guajira) cuyos habitantes, bajo los engaños y las presiones de la empresa Carbocol-Intercor en 1997, vendieron sus parcelas, y a los que decidieron no hacerlo les expropiaron a la fuerza. “Así se borra en Colombia a un pueblo del mapa. Nadie se entera, a nadie le duele, a nadie le importa. Solo a aquellos que son devastados, que tampoco le importan a nadie”. Cómo se borra un pueblo del mapa: Tabaco, La Guajira, El

El infierno de los justos: del palacio a las aulas

El 6 y 7 de noviembre de cada año se recuerda un episodio que marcó traumáticamente la historia de Colombia: la toma del Palacio de Justicia por parte de la guerrilla del M-19 y la retoma del lugar por parte de las fuerzas militares. Casi un centenar de personas murieron en estos hechos de los que todavía queda mucho que contar. En este trabajo, que apuesta por la investigación periodística y la instalación artística, evidenciamos un ángulo no explorado hasta ahora. Ilustración: Isabella Londoño. Hace 40 años, la toma y retoma del Palacio de Justicia marcó a Colombia para siempre. Muchas historias se han contado a lo largo de estas décadas sobre los  impactos de esta tragedia nacional. Pero nunca antes se había indagado en cómo, ese 6 y 7 de noviembre de 1985, las aulas de las facultades de Derecho quedaron vacías por la ausencia de los magistrados asesinados, que a su vez eran profesores… Hasta ahora. “El infierno de los justos: del palacio a las aulas” es una serie de pódcast producida por 070 Podcasts, La Liga Contra el Silencio y Revista Gaceta, que ahonda en cómo esta tragedia nacional impactó en la enseñanza del Derecho en esa época: en sus facultades, en los estudiantes, egresados, colegas e instituciones universitarias. De los 11 magistrados asesinados, ocho eran profesores de la Universidad Externado, uno del Rosario y otros varios, incluyendo también auxiliares, tenían estrechos vínculos con varias universidades en Colombia.  Lo sucedido esos días en el Palacio de Justicia fue “un golpe enorme para todos los que teníamos que ver con el Derecho, porque era incinerar lo más alto que existía dentro de la profesión”, afirma Fernando Cepeda, decano de la Facultad de Derecho de la Universidad de los Andes en esa época. ¿Cómo fue ese golpe? A partir de las voces de egresados, docentes de la época y familiares, reconstruimos cómo se vivió la toma y retoma del Palacio de Justicia en los salones de clase y las facultades de varias universidades bogotanas, así como los impactos a largo plazo en la comunidad universitaria de esa época, que continúa cargando con una herida abierta, y la necesidad de hacer catarsis y memoria sobre lo sucedido. A raíz del trabajo colaborativo para la realización de esta serie de pódcast, en algún punto nos hicimos la pregunta: ¿Qué más puede ser esta historia, aparte de un formato sonoro? Por eso, en alianza con el Museo de la Independencia Casa del Florero, creamos  y donamos la instalación artística Y las aulas quedaron vacías, una pieza sonora basada en esta serie de pódcast, que nos invita a un ejercicio: pausar para escuchar las voces de los testimonios que resuenan como eco de lo sucedido, y darles el lugar que merecen en esta historia.  Y las aulas quedaron vacías quedará permanentemente en el Museo, como una donación de Cerosetenta, Revista Gaceta y La Liga Contra el Silencio. Pueden visitarla en el Museo de la Independencia Casa del Florero, en la Carrera 7 # 11-28, en Bogotá. Ya está al aire el primer episodio de “El infierno de los justos: del palacio a las aulas”. Escúchelo ya por 070 podcasts en su plataforma de podcast favorita, y espere los siguientes episodios en las próximas semanas.

Gutiérrez, una deuda pendiente: El documental de una “masacre”

Gutiérrez, una deuda pendiente

Este año se conmemoran los 25 años de una toma guerrillera que dejó 38 militares muertos en Gutiérrez, Cundinamarca. Hablamos con el director del documental que reconstruye este suceso. El soldado Freddy Iturre Klinger llora la muerte de su compañero y medio hermano, Simon Goméz. Fotografia: William Fernando Martínez /El Tiempo La madrugada del 8 de julio de 1999, 500 miembros de las Farc tomaron Gutiérrez, un pequeño municipio de Cundinamarca a más de tres horas de Bogotá. En la toma se enfrentaron a alrededor de 60 soldados del ejército, quienes en su mayoría no superaban los 20 años y prestaban su servicio militar obligatorio. 38 integrantes del ejército fueron asesinados ese día que quedó manchado de rojo en el calendario de la gente de Gutiérrez. Este 2024, por la conmemoración de los 25 años del suceso, el director de cine Iván Acosta Rojas estrena Gutiérrez: una deuda pendiente, un documental en el que a través de las voces de habitantes del municipio y soldados sobrevivientes se reconstruye la historia de esta “masacre”. Aunque medios como El Tiempo llaman al hecho “masacre”, lo cierto es que en las definiciones de este término solo se contempla como masacre acciones contra civiles. Para el director este documental, que se estrenará en salas de cine este 11 de julio, tiene como propósito llamar la atención de la Jurisdicción Especial para la Paz, ya que la población quiere ser reparada y contemplada en los informes. Además, han luchado para que a lo que ocurrió hace 25 años se le denomine masacre, aunque haya sido en contra de militares armados. Ahora bien, entidades como la ONU o el Derecho internacional humanitario, se refieren a masacre como la matanza indiscriminada de un gran número de personas, especialmente civiles, que no participan directamente en el conflicto, y la JEP sigue esta jurisdicción a la hora de hacer su trabajo. En De la Urbe entrevistamos a Iván Acosta para conversar sobre lo que significa este suceso para la población y discutir el carácter de “masacre” en este hecho. Póster de Gutiérrez, una deuda pendiente. El documental fue estrenado el 11 de julio de 2024. Iván ¿cómo llegó a la historia de Gutiérrez? ¿Qué lo llevó a querer hacer un documental de esa historia? Hay una amiga muy querida, Jennifer Navarro, que es la investigadora del documental, es abogada especializada en Derechos Humanos y tiene muchos casos de este tipo. Un día en mi apartamento reunidos me comentó este caso de Gutiérrez, la historia de cómo un grupo de muchachos muy jóvenes habían intentado repeler una toma y fueron masacrados por un frente guerrillero. Me empezó a contar de estos muchachos casi en indefensión, pues no tenían casi armas, que habían sido muchachos reclutados; era la época en la que pasaban los camiones del Ejército por los barrios llevándose a los muchachos que estaban en la calle. Me contó que eran entre 50 y 60 soldados contra 500 guerrilleros ¡Ojo! unos 50 soldados mal preparados y mal armados, ni siquiera con sistema de comunicaciones propio óptimo, contra 500 guerrilleros, era absurdo. Entonces me llamó la atención y dije: “oiga, qué bonito poder contar la historia de ellos, pues para que no se queden en el olvido”.  Entonces iniciando el año pasado le dije a Jennifer, “yo quiero hacer esa historia”, y empezamos la investigación. Ahí empezamos a rodar en Gutiérrez y a contar la historia, pero no solo contar los soldados, o la masacre, sino también contar la población. Me contó que eran entre 50 y 60 soldados contra 500 guerrilleros ¡Ojo! unos 50 soldados mal preparados y mal armados, ni siquiera con sistema de comunicaciones propio óptimo, contra 500 guerrilleros, era absurdo. Iván Acosta Rojas A propósito de esto, el documental inicia sin hablar de la masacre, sino narrando el pueblo, hablando con gente de allá, y contando la actualidad del pueblo. ¿Cuál era su intención con arrancar así? Insisto mucho en que quería mostrar la gente narrativamente, sensibilizando al público y acercándolo a la población. Quienes viven en esta región son campesinos, gente muy tranquila, muy humilde. Quise que la gente reconociera el pueblo porque Gutiérrez es muy grande. También mostrar que fue un pueblo que en algún momento estuvo gobernado por un frente guerrillero, ellos eran los que imponían la ley. Entonces quise empezar mostrando la gente y que reconocieran el territorio. Después en una en una segunda presentación, que la gente se entere ya que fue lo que pasó. La sentencia [del 2 de mayo de 2013, donde el Consejo de Estado reconoció la responsabilidad del Ejército en la masacre] como documento oficial hace parte de la historia y ahí empezamos a narrar la masacre. Finalizamos con un sencillo homenaje a estos muchachos que no eran soldados, eran pelados que los sacaron de un momento a otro de sus casas a prestar servicio. En el documental, además de problematizar el hecho de que la JEP no considere lo que ocurrió el 8 de julio de 1999 como una masacre, problematizas también este concepto. Según la ONU una masacre es “un asesinato en masa, intencionado, de civiles que no participan en hostilidades o de personas que siendo combatientes no se encuentran en combate y son ejecutadas por grupos armados organizados y en violación del derecho internacional humanitario”. Como director de esta película ¿por qué lo que ocurrió en Gutiérrez debería ser considerado como una masacre? En el contexto, llamémoslo humano, nos situamos en que eran casi 60 soldados mal preparados, con un pésimo sistema de comunicaciones, una única M60 que no funcionaba; que incluso en el expediente reza que ellos pidieron una a los entes mayores y les dijeron que no. Entonces, imagínate con armas que según el expediente no tenían casi municiones, había unas que ni estaban funcionando bien, no tenían culatas. También tenemos que habían sido avisados por los campesinos de la región, los que vivían más lejos sabían que este frente guerrillero pasaba por los linderos del Sumapaz y les avisaron. Entonces:

Del dolor y el duelo nacen el arte y la vida

Foto aérea del Cementerio de La América

«¿Qué aprendió el árbol de la tierra para conversar con el cielo?» Pablo Neruda Vista aérea del Cementerio de La América, que colinda con la Comuna 13. Foto: Juan David Úsuga / El Colombiano. Hacia el cielo, un follaje verde en forma de globo, con frutos redondos color rojo y pequeños como lentejas. Hacia el sur, alrededor de 2800 bóvedas y el Museo Pedagógico de Memorias Galería Viva. Hacia el occidente, un vivero comunitario del que nació la vida del Memorial de las Ausencias. Hacia el norte, la calle 39 separa la Comuna 12 de la 13. Hacia el oriente, el Altar Vivo con fotografías de madres víctimas del conflicto urbano y un letrero sobre el que se lee “Cementerio La América”. Hacia la tierra, un falso pimiento nombrado por la comunidad como El Árbol de la Memoria que, si se cumple la planeación, dejará de existir para mejorar la movilidad vial. El Cementerio Parroquial de La América está custodiado por dos árboles que vigilan desde sus laterales. En el lado izquierdo se erige un guayacán que espera el momento justo para colorear, con su característico amarillo vivo, los caminos, moradas y memorias de quienes ahora reposan en este espacio. Sobre el lado derecho, el árbol de la memoria acompaña silenciosa y respetuosamente duelos y procesos personales y colectivos, pero también ha sido testigo de los aconteceres y transformaciones de este camposanto. En 1868 se aprobó la construcción del Cementerio Parroquial La América, posteriormente estaría bajo la administración del Cementerio Campos de Paz como parte de los camposantos pertenecientes a la Arquidiócesis de Medellín. Para 1946 se convirtió en frontera de la Comuna 13, cuando San Javier se constituyó como barrio y comenzaron los loteos piratas, ventas falsas de lotes a precios muy bajos, que interesaron a personas de bajos recursos y desplazadas por el conflicto rural. Para la década de los 90s y tras casi un siglo de asentamientos urbanos, en este territorio confluían actores armados de toda índole: milicias, grupos guerrilleros, militares, paramilitares, policía y delincuencia común. El enfrentamiento constante de dichos grupos produjo continuos círculos de violencia y, por su cercanía con esta comuna, el Cementerio de La América se volvió el lugar donde se encontraron los duelos de sus habitantes. El cementerio acogió así a cientos de víctimas que perdieron la vida en medio de la violencia que se hacía cada vez más cíclica. Las ausencias y los dolores que se reunían en el camposanto dejaron a su vez recuerdos que posibilitaron lugares de encuentro y sanación. El Árbol de la Memoria nació como una pequeña semilla inesperada, concedida por el mismo azar de la naturaleza e hizo parte, desde sus primeras raíces, del lugar donde se gestaba un espacio de reconciliación y reconocimiento. Así, con el paso del tiempo, tomó importancia y se convirtió en un lugar seguro, de acompañamiento y escucha. Actualmente, alrededor del Árbol, frente a los pabellones, se encuentran cuatro sillas rodeadas de arbustos y sobre la única que tiene espaldar están tejidas las palabras “Dolor compartido”. El espacio fue adecuado en 2019 por el Partido de las Doñas, que trabaja con mujeres víctimas de desaparición forzada, homicidio, violencia doméstica u otro tipo de violencia, quienes a través de la siembra y el tejido buscan la auto gobernanza y la defensa del territorio. De la primera exposición realizada por este colectivo en 2017 aún permanecen algunas frases colgadas de las ramas del Falso pimiento: “Mientras sueñe, no habrá muerte”, “Tras la ausencia, plantar semillas”, “Renombremos los ausentes”, entre otras. Con esta instalación, las doñas nombraron al árbol para que fuera un espacio donde los dolientes de aquellas personas enterradas en el camposanto pudieran “disipar sus penas, sentarse, relajarse, tomarse un juguito”, como comenta Raúl Rodríguez, sepulturero del lugar y testigo del uso que le da la comunidad a este espacio. En él están enterradas las víctimas que deja la guerra urbana, por lo que allí convergen los duelos de todos los actores del conflicto. El Colectivo Agroarte también habita este espacio, un grupo creado a partir de un proceso de resistencia frente a las problemáticas desatadas por la Escombrera, lugar donde depositaban los cuerpos de personas desaparecidas. Agroarte busca sensibilizar sobre las etiquetas que se le dan a los participantes del conflicto como víctimas y victimarios. La copa del Árbol se alza a unos 6 metros de altura. Desde allí, el pimiento observa el Museo Pedagógico de Memorias Galería Viva, que tiene lugar en las paredes del cementerio y cuya dirección está a cargo de Agroarte. Lo conforman murales de los rostros de personas desaparecidas y asesinadas, de especies de fauna y flora y elementos abstractos que unen la naturaleza y la historia de la comuna 13, en su mayoría realizados por el Colectivo Jagua. Del Museo hace parte también la instalación del Árbol, con las sillas y las frases. La curadora del Museo e integrante de Agroarte, Katerin Franco, afirma que el objetivo del colectivo es “cerrar esos círculos de violencia y no solo en términos humanos, sino también en términos de la vida, porque somos violentos con las otras vidas que habitan el planeta, no somos los únicos aquí y también estamos de-construyendo esa perspectiva antropocéntrica de la vida”. Agroarte es una iniciativa que desde el 2002 realiza acciones de memoria y resistencia por medio del arte y la agricultura con habitantes tanto de la Comuna 13 como de otros lugares de la ciudad. Es uno de los principales gestores de los lugares de memoria que concurren en el cementerio, como el antiguo vivero que surtió de plantas al Memorial de las Ausencias. La pared externa de la I.E. Benedikta Zur Nieden, que colinda con el cementerio, fue adecuada en 2017 para albergar las plantas reproducidas en este vivero a nombre de personas que murieron. Hoy en día, en lugar de las plantas están sus rostros, una zona de duelo colectivo en el espacio público. El Memorial de las Ausencias es una iniciativa de AgroArte, que busca generar reflexiones sobre la violencia a partir de imágenes cuya historia se desconoce. Foto: Esneyder Gutiérrez / El Colombiano. A