Granizal: la tierra que guardó sus nombres

Un año después, la comunidad tiene una cita con la memoria. Este 24 de junio, los habitantes de Granizal se encontrarán en Altos de Oriente II, donde comenzó el deslizamiento del 2025, para recordar a quienes ya no están y reconocerse en una historia atravesada por la pérdida, el duelo y la permanencia. «Aquí florece la memoria de quienes ya no están». Esta frase hace parte del mural pintado en el Colegio Universidad Virtual de Colombia, en Granizal. Está escrita cerca de un sol amarillo, desde el que caminos de colores se abren hacia los costados como raíces. Por esos senderos de arcoiris brotan flores y entre ellas emergen los rostros de las hermanas Agudelo Londoño: María Fernanda, de 9 años, y María Alejandra, de 8. Enmarcadas por halos difuminados en tonos azules y violetas, las niñas parecen custodiar los nombres que, escritos sobre una franja azul oscuro, se asemejan a pequeñas constelaciones. Las hermanas Agudelo y las 17 personas cuyos nombres aparecen sobre la franja azul murieron el martes 24 de junio de 2025. Durante la madrugada, una masa de tierra se desprendió desde la parte alta de la montaña en Granizal, una vereda del nororiente del Valle de Aburrá que pertenece a Bello, pero cuya vida transcurre al otro lado de la frontera administrativa, en Medellín. Mientras la comunidad dormía, la ladera se vino sobre las viviendas. Habitantes de Granizal pintan un mural en el colegio de Altos de Oriente I, que durante el desastre funcionó como un albergue comunitario no reconocido oficialmente. La obra fue realizada el 12 de julio de 2025, en memoria de las víctimas del deslizamiento. Foto: Sofía Quintero. La semana apenas comenzaba, después del puente festivo de Corpus Christi marcado por los aguaceros. Según un estudio de World Weather Attribution (WWA), elaborado a partir de registros del Sistema de Alerta Temprana de Medellín y el Valle de Aburrá (SIATA), entre el 23 y el 24 de junio cayeron cerca de cuatro quintas partes de lo que normalmente llueve durante todo un mes de junio en la región. La documentación de la emergencia elaborada por el reporte de la Secretaría de Gestión del Riesgo y Atención de Desastres de Bello (SGRD) sitúa el movimiento en masa a las 3:25 de la madrugada. La comunidad, en cambio, recuerda que todo comenzó con un primer derrumbe cerca de las tres de la mañana en la parte más alta de Altos de Oriente II. Veinte minutos después, un segundo alud descendió por la misma pendiente hasta alcanzar las viviendas de Altos de Oriente I. Según la descripción de la situación elaborada por la SGRD, a partir de ese punto el aluvión encontró el cauce de la quebrada Cañada Negra, que bordea el sector de Manantiales, y formó un torrente al continuar su descenso. Para 2019, Granizal albergaba alrededor de 22 mil personas, según la Alerta Temprana 036 de la Defensoría del Pueblo. Hoy líderes sociales estiman una población cercana a los 30 mil habitantes distribuidos en sectores como El Pinar, Oasis de Paz, Regalo de Dios, Altos de Oriente I y II, El Siete y Manantiales. Foto: Sofía Quintero. Desde la mañana del 12 de julio siguiente, habitantes de Granizal y voluntarios del Colegio San Ignacio de Medellín y de la Fundación Semillas Zoé comenzaron a pintar. Discutieron dónde ubicar el sol, los caminos, el arcoiris y los nombres de las víctimas, recordaron con especial cariño a las dos niñas. Para entonces, la emergencia ya había sido cerrada oficialmente. La Secretaría de Gestión del Riesgo de Bello había cerrado su intervención el 7 de julio, catorce días después del deslizamiento. El informe oficial confirmó que 27 personas murieron y 134 familias resultaron damnificadas. En suma, 456 personas afectadas. La Defensoría del Pueblo ha señalado a Granizal como la segunda comunidad de población desplazada más grande del país y la más grande del Valle de Aburrá. El territorio se ha desarrollado al margen de la planeación urbana formal, con limitaciones en el acceso a servicios básicos, infraestructura y vivienda, en un entorno que combina características rurales y urbanas. Foto: Sofía Quintero. Mientras unos pintaban, otros sembraban una corona de margaritas amarillas sobre la tierra húmeda. Hacia el mediodía, el comienzo de la misa pausó las tareas. Brochas, recipientes de pintura y bocetos quedaron apoyados junto al muro. Varios caminaron entonces hacia la parroquia Beato Jesús Emilio, la iglesia amarilla ubicada frente al colegio. La jornada se extendió hasta la tarde. Un voluntario continuaba dibujando los rostros de las hermanas guiándose por una fotografía en su celular. Decenas de niños y niñas, reunidos en la cancha de fútbol, soltaron globos blancos para recordar a las víctimas de la tragedia. A pocos metros, una mujer vestida de blanco y un hombre de traje vinotinto, acompañados por un pequeño grupo de personas, se dirigían a una caseta; estaba por comenzar su ceremonia de matrimonio. Aunque Granizal pertenece administrativamente a Bello, su vida cotidiana está profundamente conectada con Medellín. Ubicado entre la Comuna 1 (Popular) y la zona rural de Copacabana, es un territorio limítrofe donde el abandono se vuelve parte del paisaje cotidiano. Foto: Sofía Quintero. «Cuando pasó el eco de la tierra, se sintió solo el silencio» En la casa de José Balmore Herrera, de 75 años, en el sector de Calle Larga y a unos 15 metros de la quebrada, el agua empezó a entrar desde antes de la medianoche. No era una filtración nueva, pero sí más insistente que otras veces. Balmore la sacaba con una escoba, una y otra vez, empujándola hacia la puerta mientras la lluvia caía sin parar y la quebrada seguía creciendo. En la vivienda estaban su esposa, Blanca Nelly Morales, de 70 años; su hija, Diana Marcela, de 45; y su nieta, Giselle Natasha, de 14. Horas antes, algo ya se había salido de lo habitual. «Pecas, la perra, no quiso dormir donde siempre. Su lugar era debajo del lavadero, donde pasaba todas las noches, pero esa vez no hubo forma de hacerla quedarse«, dijo Diana. Intentó acomodarla varias veces.