En el Caribe colombiano hay costumbres que poco se nombran fuera de la región, o que, cuando se nombran, despiertan un debate cada vez más encendido entre lo que se hereda y lo que la ética cuestiona y la ley prohíbe. Los concursos de canto de aves son una de estas, pero también una costumbre de patio y solar, de ocio y de vida cotidiana.
Así como hace décadas Joche cogió un mochuelo en las montañas de María para dárselo al cantautor caribeño Adolfo Pacheco, quien en un gesto de amor se lo regaló a su novia o como Oscar Wilde en el lejano Reino Unido imaginó un ruiseñor que se dejaba morir por amor mientras ofrecía su último canto, también en el Caribe colombiano el canto de las aves ha inspirado sus costumbres. La captura y el encierro de estos animales para hacerlos competir con su canto es una práctica heredada de los españoles en las Islas Canarias que todavía sobrevive en la costa. Una escena que vuelve a repetirse hoy, 21 de septiembre, bajo la sombra de un árbol campano en Sincelejo.
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“A este le puse Nueva York, porque es nombre de ganador”, me dice Mario Oliva mientras sostiene con orgullo una jaula gris que contiene a uno de sus pájaros: un congo bajero, como lo llaman en la región, su nombre científico es Sporophila crassirostris, cuyo nombre significa algo así como “amante de las semillas de pico grueso”.
Nueva York acaba de imponerse en un concurso de canto de bajeros con un récord destacado: 37 cantos en cinco minutos, superando por mucho a sus 11 contrincantes, que alcanzaron apenas 15. Mario sonríe satisfecho, como si cada nota entonada fuera también suya. El pájaro, pequeño y de plumaje oscuro, se mantiene firme, con el pecho erguido, como si supiera que esa mañana se ganó el aplauso de todos.
Según cuentan los asistentes, ese fue el último concurso de bajeros que se realizó en Sincelejo, la capital de Sucre, en 2025. La razón es casi natural: entre mayo y septiembre, los bajeros entran en su mejor época de canto. Es su temporada alta. Pero al terminar la temporada, muchos comienzan la muda o disminuyen su intensidad vocal.
Ese día desde las siete de la mañana comenzaron a llegar hombres aficionados a la crianza y la tenencia de estas aves cantoras. El punto de encuentro fue un lote privado abandonado en el barrio El Caribe, en el suroeste de la capital sabanera. Pronto se acomodaron en sillas Rimax, en medio de conversaciones bajo un sol intenso y temperaturas que rozaban los 32 grados.
Dos horas después de que llegaran los primeros, justo cuando se repartía el primer tinto servido en vasos plásticos, la tertulia ya tomaba fuerza. Mientras conversaban, paseaban a los pájaros de un lado a otro, colocándolos en alambres colgados sobre las ramas de los árboles.
–Eso es para que no se les vaya el genio —intervino otro de los aficionados que estaban por competir.
–¿El genio? —pregunté.
–Si los mueven quedan activos y no se “pasman” para cantar —complementó Jorge María, uno de los canaricultores más reconocidos del lugar.
Conocía a Jorge porque era muy amigo de mi tío Tairon Velilla, quien fue pajarero —como llaman en la costa a quienes crían aves cantoras— durante muchos años, hasta sus últimos días de vida. Él se obsesionó con los canarios timbrados españoles y compartió con Jorge la afición desde hace unos 30 años, el mismo tiempo que llevan reuniéndose en este lugar para hacer concursos de canto.
Desde que inicia la temporada de competiciones, los pajareros se reúnen allí cada 15 o 30 días para enfrentar a varias especies: canario criollo, rositas o meriños, bajeros y sinsontes. Todas son especies nativas del paisaje sabanero conseguidas mediante la caza o la compra, actividades que, por más pasión que despierten, son ilegales.
“Aquí los que nos joden son los animalistas —me dice Jorge mientras toma un sorbo del tinto—, que no entienden que uno hace esto por afición, ni siquiera por negocio. Esto es para venir, reunirnos, conversar, tener un hobby. Nosotros no tratamos mal a los pájaros; al contrario, los cuidamos mucho”.
Según Laura Rubio Rocha, bióloga y fundadora de la Corporación Ruta Natural, el encierro afecta a las aves de muchas formas: las induce al estrés e incluso al automutilamiento. En cautiverio también pierden la posibilidad de alimentarse de manera adecuada y de reproducirse, lo que disminuye la variabilidad genética. Aunque los concursantes y tenedores de estas aves aseguran hacerlo con cuidado y compromiso, Laura advierte que el peligro es inminente: “si se escapan, pueden poner en riesgo la fauna nativa mediante la transmisión de enfermedades y otros impactos sobre los ecosistemas”.
En Colombia, la tenencia de aves silvestres como mascotas está prohibida desde 2016 por el Código Nacional de Seguridad y Convivencia Ciudadana (Ley 1801 de ese año), también conocido como Código de Policía. Desde su radicación se iniciaron las sanciones ante este tipo de actividades, lo que incluye multas y decomiso de los animales que encuentren en cautiverio. La norma deja claro que los concursos de canto con aves nativas —como los que se hacen en la costa— y su crianza en cautiverio son prohibidos y clandestinos.
Mientras avanza la mañana y se suman competidores, Jorge me comenta que, probablemente, estos sean los últimos concursos. Cree que la ley está cada vez más estricta. “Yo no creo que podamos seguir así por mucho tiempo. Mira que Petro y la senadora [Andrea] Padilla están bien insistentes con acabar todo esto”, añade.
Desde que la Corte Constitucional ratificó en 2024 la prohibición de las corralejas, las corridas de toros, el coleo y las peleas de gallos, muchos aficionados sienten que su tradición pende de un hilo. Aunque aún no existe una sentencia que se refiera directamente al uso de aves con fines de entretenimiento, congresistas como Andrea Padilla, de la bancada animalista del Congreso, impulsan proyectos que buscan cerrar los vacíos legales en torno a la tenencia de aves domésticas, exóticas y silvestres, que, según me explicó Laura Rubio, están claramente definidas y categorizadas dentro de la legislación colombiana, como la Ley 611 de 2000 y la Resolución 225 de 2018, que incluye al congo bajero como fauna silvestre.
La mayoría de los pajareros asienten con la cabeza ante el comentario de Jorge. Entre risas y conversaciones ligeras, se sienten tranquilos, con ese espíritu alegre y jovial que caracteriza la reunión. Pero cuando hablan de su hobby, lo justifican de inmediato: dicen que es por amor a las aves y mencionan que les gustaría organizarse formalmente para ser reconocidos como tenedores legítimos.
Desde las instituciones, la visión es distinta. Una funcionaria de la Corporación Autónoma Regional de Sucre (Carsucre), que prefirió no revelar su nombre, me contó que en Sincelejo ya han realizado varias redadas en las que se han decomisado aves empleadas en los concursos de canto. Muchas son remitidas a procesos de rehabilitación, aunque no siempre es posible liberarlas. “Los canarios timbrados españoles, por ejemplo, no son nativos. Devolverlos al ecosistema afectaría el equilibrio y, además, no tenemos un lugar a donde llevarlos”, explica. Intenté obtener cifras oficiales sobre el número de animales incautados, pero la entidad no respondió.
La funcionaria me explicó que los animales decomisados pueden quedar bajo la custodia de un tenedor legítimo. Esto se hace mediante la figura de la Red Amigos de la Fauna, contemplada en la Resolución 2064 de 2010 del Ministerio de Ambiente y Desarrollo Sostenible, que permite asignar un responsable con condiciones estrictas: no puede exhibirlos, reproducirlos ni venderlos. Insiste en que los concursos pajareros son actividades ilegales y que no existe ningún amparo normativo para quienes los organizan o participan de ellos. La mayoría de los operativos —añade— comienzan por denuncias ciudadanas o por investigaciones de la Policía Ambiental.
Al finalizar el concurso, entre el murmullo de las voces y los trinos de los congos bajeros, queda un eco contradictorio: los hombres celebran lo que para ellos es pasión y herencia, mientras en la ley y la ciudadanía surgen discusiones que cuestionan el uso de aves para estos fines. ¿Cómo encontrar una forma de convivir con los animales y apreciarlos sin poner en riesgo la naturaleza?
Tal vez las respuestas a esta pregunta no sean unívocas. Personas como Laura han encontrado otras maneras de disfrutar el canto de las aves: a través del avistamiento, del reconocimiento de sus especies y de campañas que promueven la convivencia con ellas sin arrebatarlas de su entorno. Quizá, al final, la jaula más bella —como aquella del protagonista del cuento “La prodigiosa tarde de Baltazar” de Gabriel García Márquez— no sea la que encierra al pájaro, sino la que, abierta, deja volar la costumbre hacia una nueva forma de vincularse con lo vivo.