Amar(a) en cada gota de leche

La bebé que carga Valentina es Mía, su sobrina. Para el momento de esta foto, Amara aún no había nacido. Collage: Sofía Parra Álvarez.

En medio del duelo por la pérdida de su hija, que murió 37 días después de su nacimiento, Valentina Jurado decidió no parar de lactar. Durante 11 meses donó la leche materna que su cuerpo produjo para hacer de cada extracción una resignificación de su duelo.

Preconteo generacional: jóvenes y adultos ante las urnas de Medellín

Delante de las banderas de Antioquia, Colombia y Medellín, algunos votantes salen del puesto de votación en la Alpujarra.

Durante la segunda vuelta por las elecciones presidenciales de 2026, en Medellín, personas de todas las edades salieron a las calles para votar por el candidato que más se alineaba con sus deseos. Desde Plaza Mayor hasta el Atanasio Girardot, se acercaron a las urnas con orgullo, miedo, tranquilidad o ansiedad. En el puesto de votación en el sótano de la Alcaldía Municipal, había 40 mesas habilitadas para que los ciudadanos ejercieran su derecho al voto. Foto: Pablo Giraldo Vélez. Un hombre lleva un sombrero amarillo, azul y rojo con la palabra “paz”. Toda su vestimenta tiene los colores de la bandera de Colombia y se dirige desde la estación Estadio del metro hacia el puesto de votación en el Atanasio Girardot. Se llama Paz Colombia Duque y siente una “satisfacción muy grande porque, a partir de hoy, vamos a descansar de tanta pelea, de tanto odio. Tanto del uno como del otro”. Como él, personas de todas las edades, con convicciones, sentires e ideales diferentes, se acercaron a los puestos de votación ubicados en Plaza Mayor, la Alpujarra, el estadio y el Politécnico Jaime Isaza Cadavid. Ocho horas antes de que la Registraduría Nacional informara los resultados del preconteo, alrededor de las 10:00 a. m., la jornada electoral transcurría con normalidad en las afueras de Plaza Mayor, el puesto de votación para mujeres más grande de la ciudad. Entre la masa de gente que entraba y salía constantemente del centro de eventos, se distinguían camisetas de la Selección Colombia y un electorado en el que sobresalían las mujeres de 40 a 60 años. Con cornetas y campanas de carritos de helado sonando de fondo, un helicóptero sobrevolando y mascotas —algunas engalanadas de amarillo—, las votantes y sus acompañantes, quienes las esperaban afuera del recinto, compartían opiniones en la plazoleta. Cuando Jaime Alzate, de unos 60 años y que estaba afuera de Plaza Mayor, se despertó para votar sintió “orgullo por la patria y la democracia” y deseos de “sacar a la izquierda”. Pero también tenía miedo de que los resultados no fueran reconocidos o fueran manipulados por aquellos a quienes llamó “las liendras”, un sentimiento que combatía con la creencia de que “los buenos”, sus copartidarios, eran más y que no se iban a dejar amedrentar de nadie, menos de la “gentuza de la guerrilla”. “Se sabe que esta gente quiere atornillarse en el poder y acabar con todo; entre comillas, hacer otro Venezuela de nuestro país”, dijo Jaime al final mientras vestía su camiseta tricolor. Plaza Mayor tenía un electorado habilitado de 44 736 posibles votantes con 56 mesas de votación, el segundo de Medellín, solo superado en cantidad de personas habilitadas para votar por el puesto destinado a los hombres, el estadio Atanasio Girardot. Allí, en la comuna 10 —La Candelaria—, Abelardo de la Espriella triunfó en la primera vuelta con el 54,9 % de los votos por encima del resto de candidaturas, según el escrutinio. Plaza Mayor no desistió en la tendencia de su comuna para la segunda vuelta y recibió a miles de personas que llevaban al tigre por delante en sus camisetas y cuyos bafles entonaban “tigre que ruge y muerde, tigre que nada teme, tigre que deja huella. Abelardo de la Espriella, ¡Firmes por la patria!”. La fe en el candidato del lema “Firmes por la patria” la compartía Gloria Méndez que, como Jaime y muchos otros, se vistió con la camiseta de la selección. Ella se levantó a votar con tristeza, temor y estrés. Sin embargo, ante todo, le emocionaba ver a tanta gente votando y tenía una certeza: “Abelardo va a ganar y vamos a recuperar el país”. Para el 22 de junio, con el 99,99 % de las mesas informadas, De la Espriella fue elegido como presidente de Colombia para el periodo 2026-2030 con el 49,66 % de los votos a su favor; Iván Cepeda ocupó el segundo lugar en la contienda electoral con el 48,70 %; la diferencia entre ambos candidatos fue de 0,96 %, la más estrecha en la historia del país. A sus 75 años, con mechones pintados de tintura rojiza que sobresalía entre las canas, Luz Cadavid dijo que es necesario votar para aportar a la patria y por eso lo hace siempre: “Si no, no podemos lamentarnos ni criticar”. En esta ocasión, lo hizo porque la convenció la campaña de su candidato y padeció nervios porque ella quiere cambio y no continuidad. Sobre todo, dijo que no quiere guerra tras los resultados de la segunda vuelta. En Plaza Mayor solo votan mujeres. Había 44 736 habilitadas. Foto: Pablo Giraldo Vélez. Pero en Plaza Mayor también hubo opiniones que partían de un lugar diferente, como las de Natalia Duque y Jorge Libreros —de 45 y 48 años, respectivamente—, que invitaron a votar sin miedo y a continuar el cambio. Natalia es titiritera en Medellín hace 23 años y, con una boina negra en la cabeza, declaró que la motivación de su voto parte precisamente de su oficio. Ella quiere evitar el fracking y el cierre del Ministerio de las Culturas, las Artes y los Saberes: “Mi voto está con la vida, con la biodiversidad y, sobre todo, con el agua, para poder seguir soñando. Y las artes; todos necesitamos de las artes para poder tener salud mental”. Jorge es compañero de Natalia y juntos fundaron el teatro de títeres Jabrú en 2003. Por eso su motivación está sintonizada con la de ella; él votó por la supervivencia de su trabajo “independiente, artístico y cultural”. Pero además, compartió que esperaba que en Colombia ganara la inteligencia y el sentido de la vida porque considera fundamentales los cambios sociales propuestos por su candidato, Iván Cepeda. “Somos de la universidad pública. Somos del pueblo. Somos obreros y obreras y eso nos motiva a que esto siga por el camino que necesitamos”, dijo.  En comparación con la primera vuelta, en Medellín, Abelardo de la Espriella obtuvo 142 927 votos más, mientras que Iván Cepeda sumó 121 110 al resultado anterior.

Pelar el cobre

Siempre que se acercan las elecciones cae sobre el país un velo de aturdimiento que nos revuelve las ideas y las identidades. En Colombia, donde, según el Dane, 15 millones de colombianos no logran cubrir sus necesidades básicas y otros seis millones no pueden costear la educación, la salud o la vivienda, olvidamos quiénes somos y, sobre todo, de qué lado estamos. Resulta decepcionante ver cómo, tras tanta palabrería electoral, el resultado son personas dispuestas a defender y votar por quienes nos desprecian y no defenderán nunca nuestros derechos. No es un fenómeno exclusivo de las elecciones, pero durante la temporada electoral se ve más: pelamos el cobre. Nos sale de las entrañas esa tendencia virulenta que nos hace segregarnos entre el «pobre pobre» y el «pobre menos pobre». Porque ese «pobre menos pobre» se abandera con la ilusión de sentirse más cercano a quienes tienen el dinero y el poder. Como si quienes somos la mayoría, los del común, pudiéramos mezclarnos con la minoría privilegiada. No es así. Tal vez el problema no sea solo político, sino que trasciende a lo cultural. Nadie defiende conscientemente lo que le perjudica; es la forma aprendida de ver el mundo lo que le lleva a hacerlo. En nuestro caso, hemos aprendido a aspirar hacia arriba, incluso cuando ese «arriba» nos desprecia porque se cree que hay dignidad en parecerse a quienes nos excluyen. Es la consecuencia de mitos como la meritocracia que se esconden detrás de frases como «Al que madruga Dios le ayuda» o «El pobre es pobre porque quiere». Es un mito porque creer que en Colombia cualquier persona puede ascender socialmente basándose solo en su talento, esfuerzo y capacidad es negar que, como demostró el Banco Mundial en el informe Trayectorias: prosperidad y reducción de la pobreza en el territorio colombiano (2024), la movilidad social en nuestro país está determinada por el origen socioeconómico de los padres, el sexo, la etnia y el lugar de nacimiento. Sin embargo, en las temporadas electorales este mito aspiracional se vuelve parte de un discurso que instrumentaliza el deseo del ascenso social del pueblo para asegurar apoyo electoral. Lo más lamentable es que siempre hay algo más profundo: la falsa conciencia, un concepto que describe los escenarios donde la clase trabajadora adopta las ideologías de la clase dominante o privilegiada, por lo que no percibe o reconoce su propia explotación o malestar. No es solo un error de percepción, sino también una forma de negarse a sí mismo. En Colombia sobran ejemplos: en el debate público por el aumento del salario mínimo para 2026 fue común encontrar en redes sociales a trabajadores oponerse al aumento de sus propios ingresos. En una publicación de El Tiempo en Instagram, titulada «Salario mínimo en Colombia para 2026 será de $2’000.000 con auxilio de transporte», se pueden pasar horas leyendo comentarios como «bienvenido el recorte laboral» y «empiezan los despidos, las empresas no van a aguantar». Como si sacrificar el bienestar de los trabajadores fuera un precio aceptable en nombre de defender una economía que no los favorece. Otro ejemplo es la resistencia a las reformas laboral, pensional y de salud que buscan recuperar derechos laborales perdidos, con leyes como la Ley 50 de 1990 y la Ley 789 de 2002, garantizar ingresos para la vejez a más colombianos y mejorar el acceso a la salud, respectivamente. Es una resistencia que no se ha evidenciado únicamente en el Congreso o en redes sociales, sino también en movilizaciones como la Gran Marcha Nacional, del 21 abril de 2024. Si bien esta fue convocada por los gremios empresariales, la oposición del gobierno de Petro y los integrantes del sector médico, contó con una amplia participación ciudadana en ciudades como Medellín, Bogotá y Cali, que en conjunto sumaron aproximadamente 400.000 manifestantes, según dijo entonces El País. La crítica no es porque las leyes y las reformas deban aceptarse sin cuestionamientos, sino porque su rechazo plantea una pregunta más incómoda: ¿por qué parece más peligroso defender los derechos del pueblo que conservar las condiciones actuales? Es ahí donde se materializa la falsa conciencia que nos hace olvidar que, en un país como el nuestro, incluso los autoproclamados «pobres menos pobres», siempre vamos a estar más cerca del vendedor de aguacates y bananos en los bajos de la estación San Antonio, que de un político o un millonario y sus compinches. Aun así, insistimos en defenderlos como si eso nos garantizara acceso a un privilegio que creemos haber logrado o esperamos lograr algún día. Quizá el mayor riesgo de este aturdimiento nacional, de que pelemos el cobre, no es votar mal, sino olvidar que somos parte de la misma realidad porque al final, cuando pasen las elecciones, la vida seguirá siendo igual para la mayoría durante cuatro años más: la fila, el arriendo, el rebusque, la comida, la salud, la incertidumbre. Es justo ahí donde realmente existimos, donde no están los discursos ni la palabrería. Es ahí donde están los que se parecen a usted, a mí, a todos nosotros.

El carriel también va a la izquierda

En las elecciones legislativas del 8 de marzo y en la primera vuelta del 31 de mayo, el Pacto Histórico se consolidó como la segunda fuerza política en Antioquia. Ahora, en un departamento tradicionalmente inclinado hacia la derecha, este partido se disputa el relato de lo que significa ser antioqueño en su camino hacia la Casa de Nariño. El sábado 28 de marzo, Iván Cepeda, candidato presidencial del Pacto Histórico, dio su último discurso en la ciudad. Frente a un parque de San Antonio lleno, afirmó que Antioquia es un pueblo resiliente, laborioso y noble, se mantuvo en su postura de que el departamento «se convirtió en la cuna de la parapolítica, del narcotráfico y del terrorismo de Estado» y que esto no es más que «constatar la realidad». Ese mismo día, María Fernanda Carrascal, representante a la Cámara por Bogotá, del mismo partido, publicó en su cuenta de X: «Si Antioquia cambia, Colombia cambia«. Casi dos meses después, esa idea se puso a prueba en la contienda presidencial del 31 de mayo: Abelardo de la Espriella, el candidato de derecha, salió victorioso con 1.725.297 votos –el 53.74 % del total–, ganó en 110 de los 125 municipios del departamento y se impuso en todas las comunas y los corregimientos de Medellín. José Luis Marín, concejal del Pacto Histórico conocido como AquinoTicias, dice que, aunque el resultado genera una sensación de derrota –Cepeda quedó de segundo cuando hace cuatro años Petro había quedado primero–, los resultados esconden matices: en 2022, el ahora presidente obtuvo 682.282 votos en Antioquia en primera vuelta; hoy, Cepeda consiguió 806.959, es decir, un 18.2 % más. En la sede de campaña en Medellín –una casa de dos pisos en el barrio La Floresta que también ha sido el espacio de trabajo del congresista Alejandro Toro– hay una calcomanía que dice «Antioquia cambió». La idea de que el departamento, históricamente inclinado hacia la derecha, está transformando su manera de entender la participación política ha sido uno de los ejes de esta campaña. Luisa Fernanda Giraldo, gestora cultural y excandidata a la Cámara por Antioquia en la lista del partido, reconoce que la recepción hacia su partido en el departamento se ha transformado: «Cuando nosotros hacíamos campaña en el 2022 era muy difícil. Nos atacaban en muchas partes, había pocas personas en las reuniones y gente gritándonos guerrilleros«. Hoy, dice, pueden hacerlo con más tranquilidad. Ella resume la disputa así: «Lo lindo de la lucha de clases es que existe, aunque haya gente que la niegue, y eso es un claro reflejo de lo que está sucediendo en la contienda electoral: dos extremos con dos apuestas de país completamente diferentes«. En su escenario más optimista, el Pacto esperaba superar el millón de votos en primera vuelta. Ese 31 de mayo, en la Casa Cepeda de La Floresta, el ambiente era de asombro y desencanto. De la Espriella no solo ganó, sino que superó de lejos a Paloma Valencia, candidata del uribismo. Entre los integrantes del equipo que discutían el resultado, el líder comunitario Jhon Jiménez planteó que la jornada debía servir como autocrítica: «Cuando hay problemas logísticos, el adversario se luce, y este fue el caso». Con todo, el resultado consolidó al Pacto Histórico como la segunda fuerza política del departamento. En las legislativas del 8 de marzo obtuvo 392.002 votos en Senado y 394.081 en Cámara. Y, por ejemplo, en las presidenciales Cepeda alcanzó 300.729 votos en Medellín, un 79.5 % más que en las legislativas. El reto inmediato de Cepeda es crecer en la segunda vuelta, pero tanto él como De la Espriella han apelado a la antioqueñidad para conquistar el peso político del departamento. En su libro Nación, ciudadano y soberano, la socióloga María Teresa Uribe describe la antioqueñidad como «un ethos sociocultural muy definido que se manifiesta en un conjunto de valores». Esos valores han resonado en el discurso de Cepeda: el 12 de febrero, en su primer gran acto de campaña en Medellín, en el Parque Berrío, reivindicó los pilares de la antioqueñidad –la familia, la religión, el trabajo y el «espíritu pujante»– y reconoció que el departamento «ha hecho grandes aportes al desarrollo económico, cultural y social del país». Ana María Jaramillo, candidata al Concejo de Medellín por el Pacto en 2023 e integrante del equipo de la Casa Cepeda del centro, lo explica así: «[Cepeda] está apelando a un sentimiento regionalista que resulta fundamental en la campaña presidencial, porque sabemos la importancia que ha tenido Antioquia para poner presidentes en este país». Para ella, Cepeda también intenta rescatar una herencia de la región: «Antioquia ha tenido una fuerte influencia de levantamientos, de lucha, de resistencia. Imaginarios que quedan por allá escondidos y me parece que esta ha sido la oportunidad de ponerlos en otro lugar». Juan Camilo Portela, doctor en Investigación en Ciencias Sociales de Flacso-México y docente de la UdeA, coincide: Antioquia también ha sido cuna de «iniciativas muy de izquierda» y, en ese contexto, el ethos más tradicional ha estado en disputa con «otro tipo de maneras de comprender la realidad: unas más revolucionarias». El voto de las clases populares se ha convertido en una de las bases más sólidas del Pacto en el departamento. En las elecciones legislativas, el partido ganó en Medellín en las comunas 1, 2 y 3 –Popular, Santa Cruz y Manrique–, caracterizadas por su origen obrero y su desarrollo en las laderas. Para Portela, esto responde al esfuerzo de la campaña por «apelar a ese orgullo de las clases populares y a su trabajo». Aunque en la primera vuelta Cepeda no ganó en ninguna de las 16 comunas, fue el segundo más votado en 15 de ellas, y la diferencia con De la Espriella fue más estrecha en las comunas populares: 7.1 puntos en la Comuna 1; 12.9 en la Comuna 2 y 15.2 en la Comuna 3. Juan Andrés Henao, integrante del equipo del Pacto, lo ilustra así: «Desde las cuatro de la mañana se ve gente montándose al metro, haciendo

Combinación antioqueña: arriba, abajo, ultraderecha

El novato político Abelardo de la Espriella se enfrentó al uribismo y ganó. Ni el propio Álvaro Uribe logró convencer a Antioquia. La tierra que históricamente ha sido el bastión de su movimiento le entregó al abogado cordobés casi dos millones de votos. Ahora, para llegar a la Casa de Nariño, De la Espriella tendrá que convencer a los paisas que aún dudan de su proyecto.

Mala madre

Hay experiencias que permanecen en el silencio. La depresión postparto es una de ellas. Entre las expectativas de felicidad y el tabú alrededor de la experiencia de maternar, miles de mujeres y personas gestantes atraviesan emociones que no encajan en el ideal de la “buena madre”.

Entre rejas me llaman mamá

Entre rejas me llaman mamá

En Colombia, miles de mujeres ejercen la maternidad desde la cárcel. Algunas dan a luz y crían adentro, otras extrañan a quienes están afuera. Sus hijos, mientras tanto, crecen con una ausencia que el sistema no registra y que nadie les explica. Las cárceles colombianas fueron diseñadas pensando en el hombre delincuente. Cuando una mujer entra a ellas, queda atrapada en un sistema que no fue construido para sus realidades, como ser madre, y mucho menos para sus hijos. La Ley 65 de 1993 reconoce el derecho de las madres reclusas a llevar su embarazo a buen término y a tener a sus hijos consigo hasta los tres años. Las Reglas de Bangkok, aprobadas por las Naciones Unidas en 2010, establecen estándares internacionales de atención diferencial para mujeres gestantes y lactantes en prisión. Y sin embargo, de las 40 mujeres embarazadas registradas en establecimientos penitenciarios colombianos en 2025, 37 fueron caracterizadas con algún riesgo clínico o psicosocial. La norma que busca cuidarlas existe, pero la realidad es otra. Entre rejas me llaman mamá es una investigación periodística que busca llegar al corazón de esa experiencia, a ponerle voces a los datos. No para hablar de crímenes ni de condenas, sino para contar lo que significa ser madre en un lugar diseñado para el castigo: lo que significa gestar sin libertad, parir sin la mano de nadie conocido, criar en nueve metros cuadrados, o amar a un hijo que crece al otro lado de una reja y al que solo se puede abrazar los domingos durante una hora y bajo la mirada de un guardia. Este proyecto nació en Medellín y se trasladó a Bogotá, en conversaciones con mujeres que accedieron a contar sus historias.  Entender el contexto y contextualizar las palabras Para entender esta realidad hay que empezar por el contexto, por las palabras. Diccionario de una madre en prisión define los conceptos que estructuran esta investigación: qué es una cárcel, qué es la maternidad en prisión, quién es el cuidador, qué implica una sentencia para una familia entera. No como ejercicio académico, sino como punto de partida para comprender lo que los datos revelan. https://youtu.be/a9kgvCKBfBo Escuchar las historias Para entender mejor los datos, hay que escuchar los testimonios. Historias en reclusión es un pódcast de dos episodios que documenta la maternidad en prisión desde las voces de quienes la viven. En el primero, Zuleymi Martínez cuenta lo que significa gestar, parir y criar dentro de la cárcel El Buen Pastor, en Bogotá. En el segundo, Helen Dayana Cruz Cajicá relata lo que fue crecer mientras su mamá cumplía una condena. Ambos episodios cuentan también con el análisis de Danna Fernanda Tejada, psicóloga con experiencia en establecimientos penitenciarios, y Juan David Posada, doctor en Derecho y experto en derechos humanos de personas privadas de la libertad. También puedes escucharlo en SoundCloud. Hablar con los niños y niñas Cuando una madre entra a la cárcel, sus hijos quedan afuera con una pregunta que nadie sabe responder: ¿dónde está mamá? La mayoría de los cuidadores no saben cómo explicarlo. Muchos optan por el silencio o por historias que tarde o temprano se derrumban. Los niños, mientras tanto, llenan ese vacío con lo que pueden. Para cuando preguntes por mí es un cómic pensado para acompañar esa conversación. A través de la historia de un niño y su abuela, ofrece un lenguaje accesible y honesto para explicarle a un menor de edad que su mamá está en la cárcel. Al final incluye una guía de orientaciones prácticas dirigida a los adultos que acompañan estos procesos. La realización de este cómic contó con la orientación profesional de María Camila Tuberquia, trabajadora social, y Elizabeth Portilla, psicóloga especialista en neurodesarrollo y aprendizaje. 

Una ficha, dos jugadores: la derecha se pelea por Antioquia

Foto: Mi Oriente y Risaralda Hoy.

Antioquia, bastión y cuna del uribismo, se enfrenta a sí misma de cara a las elecciones. La disputa entre Paloma Valencia y Abelardo de la Espriella por los votos de la derecha paisa dividió a políticos, partidos tradicionales y al mismo departamento. Analizamos las tensiones y el tablero de juego antes de la batalla final en las urnas de la primera vuelta.

Patriarcado con brillitos: Euphoria ¿crítica social o trampa estética? | Hablalo #75

https://www.youtube.com/watch?v=307ku-_VRc4&t=16s ¿Euphoria está pasando de ser una crítica social al objeto que critica? Desde su lanzamiento en 2019, la serie de drama juvenil Euphoria fue muy criticada por la cantidad y la intensidad del contenido sexual y de desnudos que tiene. Sin embargo, su autor y director, Sam Levinson, ha dicho que eso funciona como crítica social. En el episodio #75 de Hablalo, Heidy Díaz y Verónica Zarama conversaron con Juliana Santana, cineasta, guionista y comunicadora digital, sobre la sexualización de los cuerpos femeninos bajo la mirada masculina en el cine, a propósito del estreno de la tercera temporada de Euphoria este 12 de abril. Producción: Gisele Tobón Arcila, Juana Zuleta Betancur y Andrés Camilo Tuberquia Zuluaga.