La ilustradora que reescribe el pasado indígena de Colombia en cómic 

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19 septiembre, 2026
Por: María Fernanda Plazas | mariaf.plazas@udea.edu.co
Eliana Gómez, ilustradora bogotana e independiente, convierte las memorias ancestrales de Colombia en una aventura fantástica con El Templo de Bacatá.
La ilustradora que reescribe el pasado indígena de Colombia en cómic.
Collage: María Fernanda Plazas.

En medio de la Fiesta del Libro y la Cultura de Medellín, frente al Auditorio del Cómic, un stand de dibujos coloridos y joyería dorada llama la atención. Allí está Eliana Gómez, artista independiente del cómic colombiano, hablando sobre El Templo de Bacatá, su obra en la que convierte las memorias ancestrales en una aventura fantástica.

Si hay algo que no puede faltar al dibujar la historia de Colombia es el color. Con la firme intención de alejarse de los códigos visuales del manga, de Disney o del cómic extranjero, Eliana busca construir una identidad gráfica propia. Su obra rechaza esa imagen heredada de los libros, que reduce a los pueblos nativos a tonos tierra y taparrabos, como si estuvieran detenidos en un pasado que ya no existe. Frente a esa representación vacía, su universo creativo se revela para devolverles el movimiento, la presencia y la vitalidad que merecen y necesitan.

¿Cómo nace El templo de Bacatá y qué significa para ti reivindicar el nombre ancestral hoy?

Mi idea es que el cómic se sienta más para las personas de Colombia, más para los colombianos. Y para todas las personas que tengan la curiosidad de conocer sobre el pasado y las memorias ancestrales, pero de una forma más fantástica. La idea es hacerlo épico, es hacerlo a través de una epopeya, porque siento que si a Homero le funcionó… no, mentira.

Quería hablar del lugar donde yo también nací. Nací en Bogotá. simplemente estar presente en el ahora, sino que vengo de unas raíces donde siempre he estado marcada la violencia y también el desconocimiento. Hoy en día no nos enseñan nada de Colombia. Siento que siempre que nos hablan sobre Colombia nos ponen casi como la misma historia.

Prehispánicos como indígenas casi sucios e iletrados, prácticamente nos pintan como hombres de las cavernas. Como si no hubiera una maravilla de historia que contar. Por esa misma razón quise hacerlo a través de los cómics para que se sienta más esa identidad visual que nos hacía falta desde pequeños, por eso también funciona como resistencia cultural.

 

¿Cómo manejas la resistencia cultural en la obra? 

Siento se siente como si yo estuviera intentando cambiar, romper las cosas, ir en contra de ellas, enseñarlas de una manera totalmente diferente.

Este proyecto significa ir en contra de cómo se nos ha enseñado. Muchas comunidades a las que yo pude viajar, pude descubrir que hay. Pero en las grandes ciudades de Colombia no se nos enseña nada de eso. Se nos enseña más cómo hacer un muy buen empleado. Y no lo demás.

Para mí, no es obedecer al que tenga más poder adquisitivo, sino al que piense mejor, al que piense en la comunidad, al que piense en los demás como seres humanos y no como personas a las que tú puedas explotar. Siento que poner la atención en esas comunidades es mi forma de resistencia. 

 

¿Cuáles han sido los mayores retos de todo el proyecto?

Poder llegar al público hoy, yo me refiero más como a los muchachos entre los 14 y 18 o 20 años. 

Es muy complicado poder hablar de culturas sin que lo tomen como algo aniñado. Como que algo que digan, «Ay, eso; ay, indígenas; ay, no; a mí háblame de Naruto, a mí háblame de Japón. Lo que es colombiano me da pereza”. 

 

¿Crees que hay una apuesta en el estilo de dibujo que tienes por entrar también a esos públicos?

En efecto, siento que está cambiando la forma en que se ve, porque no quiero parecerme a algo japonés. Quiero hacerlo diferente, quiero embarcarme en que si estoy escribiendo historias diferentes, debo hacer que mi historia se sienta diferente, tanto visual como narrativamente y alejada del manga.

 

¿Haz sentido que estés haciendo narrativas tipo Disney?

Ay, gracias por la pregunta. Siento que quizás sí, pero de la época oscura de Disney, de la época en que podía hablar de, por ejemplo, El jorobado de Notre Dame y no que estás hablando de historias aniñadas y juveniles.  Quiero enfocarme en todos los públicos y es lo que busco con mi estilo, es mi diferencia.

Sí, está cargada de color, porque yo quiero demostrar que el valor primordial en lo que se rescata, en lo que se dialoga. Si yo me pongo a dibujar a indígenas de color, no sé, con ropa de color blanca o solamente cafés, la idea sigue existiendo de que el indígena no conocía nada más.

Mi idea primordial de vida, es hacerla visible, no es parecerme algo de Disney o algo americano o algo japonés, es hacerlo colombiano. Eso implica comenzar a mostrarlo de formas diferentes, pero como todos tenemos un una una idea enmarcada a “Si tiene estos ojos así es porque debe ser japonés, si tiene la nariz así es porque debe ser coreano”, entonces la idea es corromper todo y mostrarlo con otros colores, decirle al público qué es esa cosa, o sea, qué es lo que yo estoy viendo y hacérselo cuestionar.

 

¿Cuál es la parte que tú más disfrutas en todo el proyecto? 

Ilustrar. Yo soy ilustradora, más allá de investigar y de todo lo demás, soy ilustradora.

Así que me encanta darle vida a todo el mundo ilustrado. Desde los fondos hasta los propios personajes, el sentimiento que deben tener en ese momento. Muchas veces los personajes expresan dolor, furia, ira, incógnita, miedo, dolor y yo debo saber representarlo correctamente para que el lector entienda qué es lo que está sintiendo el personaje en el momento, el cómic te invita a imaginar una película. 

Es como una lectura, pero a diferencia de la lectura, tú te imaginas los recuadros o las viñetas que van entre cuadro y cuadro. Por ejemplo, si en una viñetica está la luna y en otra está el sol, tú te imaginas el amanecer, que sabes que es el cambio del sol, de la noche al día.

Muy literario y muy visual. 

¿Dónde entra la ficción y como respeta la memoria histórica del país?

Si yo voy a hablar de historias ancestrales de Colombia, no puedo simplemente quedarme en la expectativa bibliográfica, porque sería hacer exactamente lo que nos han enseñado por más de 200 años, apegarnos al discurso científico y antropológico, cuando realmente hay otro discurso, el cosmogónico, el de los pueblos, el que vive la gente en el campo.

Tener su diálogo, reconocer su memoria no va solamente a hablar del pasado, sino del presente. Muchos de esos pueblos están siendo víctimas de desplazamiento armado, violencia interna, conflictos y nadie lo está hablando con la severidad que necesitan todos esos temas.

Hay pueblos indígenas que están siendo desplazados de sus zonas por problemas internos, por así decirlo, pero no los tomamos en cuenta porque creemos que eso es ajeno a nuestro control. Cuando realmente todos somos colombianos. Todos somos indígenas.

 

¿Crees que a veces tratar las historias con ficción puede puede llegar a confundir con la cuestión de memoria histórica? 

Yo siento que no. 

 

¿No?

No, porque a Japón le ha funcionado muy bien y a México también.

Simplemente es una forma narrativa. Es otra forma de contar historias, donde para que el lector sienta más curiosidad, sienta que ese mundo es algo que nunca ha visto, poner esa magia, esa fantasía que hace parte de la narrativa visual. 

 

Igual es difícil hablar desde lo factual en ese tipo de historias. 

En efecto. He recibido incluso muchas críticas con respecto a cómo yo utilizo todos sus aspectos. ¿Y por qué en tu historia no mejor no quitas la fantasía y solamente hablas de los indígenas? Porque no hay historia. Yo quiero tener mi libertad creativa. Yo quiero que se sienta que yo lo estoy escribiendo porque quiero sentirme parte de la historia, no por una obligación, no porque le deba a esto a alguien, es porque yo amo dibujar y amo contar historias.

Sí, hay un proceso de respeto y diálogo en la historia donde le pido permiso a las comunidades, a los a los abuelos, a los mayores y si a ellos no les parece, no se hace; pero a ellos les encanta ese aspecto porque a una persona del común le incomodaría.

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