Amar(a) en cada gota de leche

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24 junio, 2026
Por: Sofía Parra Álvarez | s.parra1@udea.edu.co
En medio del duelo por la pérdida de su hija, que murió 37 días después de su nacimiento, Valentina Jurado decidió no parar de lactar. Durante 11 meses donó la leche materna que su cuerpo produjo para hacer de cada extracción una resignificación de su duelo.
La bebé que carga Valentina es Mía, su sobrina. Para el momento de esta foto, Amara aún no había nacido. Collage: Sofía Parra Álvarez.
La bebé que carga Valentina es Mía, su sobrina. Para el momento de esta foto, Amara aún no había nacido. Collage: Sofía Parra Álvarez.

En la tarde del 23 de octubre de 2024, en una sala de recuperación de la Clínica Comfamiliar en Pereira, Valentina Jurado amamantó por primera vez a Amara, su hija. Habían pasado 30 minutos desde el parto: “Fue durito porque a mí no me había bajado tanto la leche y yo no tengo un busto grande […]. Obviamente la bebé se tenía que agarrar de algo, pero yo todavía tenía los senos muy inmaduros”. Valentina tenía el cuerpo adolorido por el parto natural, el desgarro vaginal (episiotomía) y las maniobras de emergencia que hizo el personal médico debido a la retención de placenta. Además, por el riesgo de hemorragia tenía que estar totalmente acostada, posición en la que no había practicado el agarre del seno. Pese a todo esto, Valentina tomó en brazos a Amara, la acercó a su pecho y la amamantó. 

En la misma clínica nació Valentina 24 años antes. Era una niña extrovertida y sociable, según recuerda Vanessa Ramírez, su prima. Creció en Pereira con su mamá, su papá y su hermano mayor. Estudió en el Colegio Angloamericano, habla español, inglés y francés y, en 2022, se graduó como abogada de la Universidad Libre, seccional Pereira. Antes de convertirse en la mamá de Amara, trabajaba en el área de contratación de una compañía de biotecnología y estaba terminando una especialización en Derecho Comercial. Sin embargo, siempre había querido tener hijos. “Mi sueño más grande siempre fue ser mamá”, dice.

Desde que era pequeña tenía ese anhelo que materializó a través de juegos de roles con sus muñecas, a las que cuidaba como si fueran sus propias hijas. Incluso con sus primos menores tuvo una relación similar: “Me gustaba mucho cuidar niños, tenía mucha empatía con los bebés y siempre quería estar con ellos”. Pese a su deseo de ser madre, cuando Valentina llevaba cerca de dos meses de noviazgo con el papá de Amara, no estaba dentro de sus planes serlo. 

El 28 de febrero de 2024 nació Mía, su sobrina. Con ella le llegó a Valentina el presentimiento de que estaba embarazada. “Me dio una corazonada y me hice una prueba de embarazo que salió positiva”. Cuando se enteró, fue a la clínica a visitar a la recién nacida, la cargó y le dio las gracias por traer consigo a su mayor regalo. Valentina sintió que Mía no había querido venir sola al mundo y que, de alguna manera, había traído con ella a su primita. 

Poco después, la relación con el papá de Amara terminó y durante el embarazo Valentina pausó su vida profesional y se dedicó a su bebé: cursos y controles prenatales, exámenes de sangre, ecografías, incluso ella y sus papás se mudaron de casa para estar cerca de Mía y que las niñas pudieran crecer juntas. El nombre estaba claro desde mucho tiempo atrás. Lo decidió entre una lista de opciones que guardaba en su celular porque le sonaba diferente y le gustaba su significado: eterna.

En los primeros meses de embarazo, Valentina sufrió de hiperémesis gravídica, una condición médica en la que la madre gestante vomita hasta el agua. Además, “por el peso de la barriga, uno no puede dormir por la noche porque tiene que levantarse cada hora al baño y porque patea demasiado. [El embarazo] es algo muy hermoso, pero a la vez es salvaje con el cuerpo de uno como mujer”. En la semana 22 le diagnosticaron arteria umbilical única, una malformación que se caracteriza por la presencia de una sola arteria y una vena en el cordón umbilical, en lugar de dos arterias y una vena, como es lo normal. La principal preocupación de los médicos era que Amara naciera con un peso bajo.

En la semana 38 de embarazo, nació Amara. Valentina acudió a la Clínica Comfamiliar el 22 de octubre de 2024. Allí, al día siguiente, tuvo parto inducido: rompió fuente, la pasaron a camilla y, cuando llegó a ocho de dilatación, la trasladaron a la sala de parto donde dice, tuvo el momento “más primitivo” de su vida. Apenas nació la bebé, se la pusieron en el pecho, “era como ‘lo logramos’, no podía creer lo que estaba viviendo”, recuerda. Inmediatamente el personal médico acudió a maniobras de emergencia, pues a Valentina se le había quedado la placenta adentro y estaba en riesgo de sufrir una hemorragia. 

Amara nació el 23 de octubre a la 1:16 de la tarde, pesó 2610 gramos y midió 45 centímetros. Tenía una marquita rosada en el ojo izquierdo, pues durante el embarazo y el parto tuvo la cara apoyada en el puño. Otro rasgo muy característico de ella era “los cachetes, lo gordita que era. Los doctores tenían que confirmar si sí tenía días de nacida porque parecía mayor”. Luego del parto, las pasaron a una sala de recuperación, en donde Amara recibió leche por primera vez. 

Seis horas después, los médicos se percataron de que la saturación de oxígeno de Amara era baja y le descubrieron una cardiopatía congénita llamada transposición de las grandes arterias, una malformación del corazón donde la aorta y la arteria pulmonar están intercambiadas, lo que impedía el paso de oxígeno a su cuerpo. La condición necesitaba una cirugía urgente. En Pereira no había los especialistas necesarios y en ninguna clínica del país querían recibir a la bebé debido a trabas financieras de la EPS. Solo mediante una tutela pudieron trasladarla a la Fundación Valle de Lili, en Cali.

No habían pasado más de dos días desde el parto. Sangrando, con puntos y en la parte de atrás de la ambulancia estaba Valentina, con su bebé en una incubadora y con un equipo médico de dos personas a su disposición, preparado por si el corazón de Amara entraba en paro. El único contacto físico que Vanessa Ramírez pudo tener con la hija de su prima fue en ese momento. Ella vive en Cali y llegó a la fundación al mismo tiempo que la ambulancia, y mientras esperaban el ingreso Valentina le dijo que metiera la mano por un espacio pequeño que tenía la incubadora. “Esa fue la única vez que la toqué y se lo agradezco infinitamente”, dice Vanessa.

En la Unidad de Cuidados Intensivos Cardiovasculares Pediátricos de la fundación le hicieron más exámenes. Allí, la tarea principal de Valentina era que Amara subiera de peso para la cirugía correctiva. Como explica Norma Jiménez, asesora en lactancia del Consejo Internacional de Examinadores de Consultores de Lactancia, “las hormonas de la leche (prolactina y oxitocina) son hormonas sensoriales” y como Valentina estaba “en una UCI sin comer, sin dormir, con frío, sin la familia, con la bebé conectada y miles de cosas más”, lo normal hubiera sido que su cuerpo no produjera leche.

Durante este tiempo, Amara consumió entre una y dos onzas por toma, pero, contra todo pronóstico, Valentina produjo litros “y ella no me los lograba sacar todos […] entonces ahí fue que empecé el banco para ella, para cuando ella saliera”. Preguntó si podía donar parte de la leche que producía, pues notó que otras mamás batallaban con la lactancia, pero le dijeron que en esa clínica no se podía. 

Una semana después, Amara se enfrentó a la cirugía correctiva y como consecuencia tuvo una hipertensión pulmonar. Los médicos la conectaron a una máquina que hizo las veces de corazón y pulmones, pero a los siete días la desconectaron, pues era demasiado agresiva para su cuerpo. Pese a que el corazón de Amara soportó trabajar por su cuenta, no mejoró y se desencadenó una falla multiorgánica.

Valentina y su bebé se despidieron el 30 de noviembre de 2024. Amara estaba en su pecho, sin ningún cable, mientras su mamá le cantaba. Murió a la 1:30 de la mañana.

Cuando Amara estaba en la cuna se le bajaba más fácil la saturación, mientras que cuando estaba en el pecho de Valentina estaba más tranquila. Collage: Sofía Parra Álvarez.
Cuando Amara estaba en la cuna se le bajaba más fácil la saturación, mientras que cuando estaba en el pecho de Valentina estaba más tranquila. Collage: Sofía Parra Álvarez.

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Según la psicóloga experta en duelo perinatal Carla Álvarez, a lo largo del duelo puede haber un conflicto con la identidad de la mamá, debido a que no sabe si reconocerse como tal. Además, también hay cuestionamientos sobre el funcionamiento de su cuerpo debido a la sensación de culpa que atraviesa al pensar en que no pudo gestar bien a su bebé. Añade que con esta pérdida “también se muere un proyecto de vida, se pierde un proyecto familiar y todo eso tiene unas implicaciones muy grandes para la mamá”.

El mismo día de la muerte de Amara, una enfermera de la Fundación Valle de Lili le dijo a Valentina que ella podía donar su banco de leche en el Hospital Universitario del Valle (HUV). Al salir de la fundación, viajaron a Pereira en donde realizaron el sepelio de Amara. Al día siguiente, Valentina recordó lo que le había dicho la enfermera, sintió que toda esa leche no se podía perder y escribió al HUV diciendo que quería donar su banco, el banco de Amara. 

Sin embargo, para Valentina, los primeros días luego de la muerte de su hija se sintieron como una pesadilla de la que quería despertar: “Uno está en automático, yo estaba zafada de la realidad”. En esos días no lloró, aún no asimilaba lo que estaba pasando a su alrededor. Pese a todo eso, agrega, en su cuerpo solo había compasión y amor incondicional por su bebé.

Al mismo tiempo, atravesó los exámenes médicos, las entrevistas con los doctores y un par de encuestas sobre antecedentes clínicos. Cuando le dijeron que era apta para donar su banco, envió desde la casa de su prima en Cali tres congeladores de bolsas selladas llenas de, como ella lo dice, “oro líquido”, que llegaron a recién nacidos en la UCI neonatal. “Esa primera donación a mí sí me dio duro porque era ver que todo lo que yo había construido para Amara se estaba yendo”, recuerda Valentina.

Según la consultora en lactancia Norma Jiménez, el cuerpo cambia durante todo el embarazo, pues se está preparando para dar a luz. Sin embargo, cuando el parto ocurre “y sale la placenta, las hormonas de la leche se activan […] así el bebé esté vivo o muerto, esto pasa”. 

Explica que la leche materna es un alimento con más de 500 componentes. Cuando llega a un banco de leche “lo que hacen es seleccionarla dependiendo del bebé al que se la vayan a dar. Por ejemplo, viene de una mamá con un bebé prematuro de 26 semanas, entonces se la dan a los bebés hospitalizados de 26 semanas, porque esa leche tiene más inmunoglobulinas, más proteínas y otros oligosacáridos”.

Varias veces, antes y después de la primera donación, a Valentina le ofrecieron medicamentos o formas caseras de secarse la leche, pero ella decidió no hacerlo: “No era una opción tomarme la pastilla.  Yo dije ‘que sea natural, que mi cuerpo entienda que mi bebé ya no está’”. Por esta razón, Valentina donó leche materna durante 11 meses seguidos, entre diciembre de 2024 y noviembre de 2025 para el HUV y, en menor medida, para el Hospital General de Medellín. 

A los 20 días, su forma de vivir el duelo cambió. Valentina recuerda que tuvo muchos pensamientos suicidas y cuestionamientos sobre su existencia y la del mundo: “Uno no sabe qué hace, quién es o dónde está”. Además, cuenta que también experimentó taquicardia, ataques de pánico constantes, insomnio y no poder dormir sola. “Era un desasosiego constante, como si no estuviera en mi propio cuerpo. Era algo muy raro”. 

Ella pasó esos meses entre Cali y Pereira, algunos días en su casa y otros en la casa de su prima. En medio de su duelo prefería permanecer en la habitación, luego, con el tiempo “ella fue accediendo a salir a comer un helado, a tomarse algo”, recuerda Vanessa. En medio de esto, la lactancia le dio una rutina, una razón para alimentarse bien, un puente con el mundo: “Yo solo vivía para los bebés, solo me levantaba para lo que tenía que ver con los extractores y almacenar la leche […], eso fue lo que me sostuvo durante muchos meses”. 

Según Carla Álvarez, el proceso de lactancia de Valentina le permitió resignificar su duelo mediante diferentes mecanismos: le posibilitó asumir su identidad como mamá de Amara, incluso si ella no estaba viva; le permitió sentirse útil al donar su leche y ayudar a otras mamás y sus bebés hospitalizados. Esto le facilitó transitar la pérdida.

Además de donar leche, entre diciembre de 2024 y enero de 2025, Valentina se dedicó a hacer álbumes de fotos sobre la historia de Amara. Cuando terminó, luego de 300 páginas, comenzó a pensar con qué más ocupar su mente. El 21 de enero subió su primer video a TikTok. “Nunca pensé que mi primer GRWM fuera así, pero aquí estoy”, cuenta. Más allá de dar tips para el cabello o el maquillaje, contó un pedacito de su historia y de cómo “estoy construyendo una nueva Valentina”.

Luego abrió una cuenta en Instagram con el mismo propósito; contar su historia, la de su bebé, mostrar su día a día siendo una mamá en duelo y dar consejos de lactancia. Valentina creó una comunidad que incluye a muchas mamás, algunas que tienen sus hijos vivos y otras con hijos que ya fallecieron. “El duelo [perinatal] es tan invisible y yo siento que tengo un pedacito, un metrico cuadrado donde alguien me escucha, donde alguien me ve, donde alguien me apoya”. 

Por medio de las redes, su historia ha llegado a muchos espacios: universidades, medios de comunicación, centros hospitalarios, incluso el Banco de Leche de Nueva York, a donde fue invitada. También ha alcanzado escenarios institucionales, como la mesa de trabajo con el Ministerio de Salud y Protección Social en el marco del proyecto presentado el 16 de enero de 2026, Lineamientos técnicos para la estrategia de Bancos de Leche Humana en duelo perinatal, en el que se planteó restringir la donación de leche por parte de madres que hubieran perdido a sus hijos en la gestación, el parto o los primeros meses de vida. Valentina llegó a la mesa a contar su experiencia y a defender el que otras mujeres puedan transitar su duelo por medio de la lactancia, si así lo quieren. Luego de la mesa, el numeral que planteaba la prohibición fue excluido del proyecto. 

Valentina no recuerda la última vez que se extrajo leche porque “si yo me programaba a que iba a ser la última, me daba duro”. Decidió que su propio cuerpo le iba a indicar cuándo dejar de hacerlo. El proceso fue lento. Al principio se extraía cada dos horas, luego cada dos días, luego cada que sentía la necesidad, hasta que “llegó el momento en el que no sentí congestión, dejé pasar los días y días”. Para Valentina, Amara sigue viva en cada gota de leche y “en cada niño que alimentó, en cada historia que tocó y en cada persona que aprendió con ella”.  

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