Estilista y abogado, de día y todo el tiempo

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16 febrero, 2026
Por: Juana Zuleta Betancur | juana.zuleta@udea.edu.co

En el centro de Medellín está la oficina de Gilberto Rúa, un abogado que corta cabello y un estilista que litiga. Además de muchos cortes de pelo y tatuajes de cejas, cuenta entre sus logros que, en 2014, basado en argumentos bíblicos, logró que en Venezuela revisaran las letras de todas las canciones de reguetón que transmitían en radio para verificar que fueran aptas para niños.

Gilberto, estilista y abogado
Las manos de Gilberto Rúa se dividen como su oficina, a veces para redactar demandas y a veces para cortar cabello. Foto: Miguel Becoche Quintero.

«La demanda ya está en el Consejo de Estado», fue la frase con la que Gilberto Rúa recibió ese martes a su cliente, el abogado Bairon Sampedro, a quien además de cortarle el cabello recibe siempre con alguna pregunta o actualización sobre su otro oficio, el de abogado. Estudió Derecho, se especializó en Procesal Civil en la Universidad Gran Mariscal de Ayacucho y, cuando volvió a Colombia para no regresar más a Venezuela, homologó su carrera en la Universidad de Antioquia.

Su centro estético y despacho jurídico son el mismo local, en el segundo piso de un edificio en la calle Maracaibo del centro de Medellín. Allí intercambia los letreros de la entrada principal según el ánimo que tenga en el día para atraer a sus clientes. Todas las mañanas baja a su oficina, desde la pensión donde vive en Buenos Aires, y se queda hasta las cinco de la tarde si no tiene nada más por hacer. Generalmente no agenda citas, sino que espera a sus clientes, que llegan sin avisar o le preguntan a última hora si pueden ir.

Ese martes fue uno de los pocos en que Bairon le pidió cita a Gilberto; necesitaba motilarse con urgencia para hacer un trámite al día siguiente. Casi siempre llega sin cita, apostándole a encontrarlo, porque a veces Gilberto se va por ratos, sin cerrar con llave. Cuando las personas llegan, en su ausencia tienen la opción de irse o de esperar en la oficina a que regrese. Aunque Bairon no lo espera, es un cliente fiel que profesa confiar más en su peluquero que en su pareja, pues el cabello que le queda ha estado en buenas manos en los últimos dos años y medio, desde que conoció a Gilberto. Además de los resultados, que lo satisfacen, dice que lo admira porque sostiene ambas profesiones con pasión y porque no deja en el olvido a su otra tierra y su gente.

Gilberto es colombo-venezolano. Prefiere no especificar su edad, pero nació en Medellín durante la presidencia de Alberto Lleras Camargo (1958-1962) y vivió en Ciudad Bolívar, Venezuela, al menos la mitad de su vida. En 2005, obtuvo la nacionalidad venezolana gracias al Decreto 2823 que promulgó el gobierno de Hugo Chávez para regularizar y naturalizar a los extranjeros en Venezuela, y que priorizó a los colombianos residentes en ese país.

Viajes de ida y regreso

Ni siquiera había iniciado el bachillerato cuando a Gilberto, a inicios de los años 80, antes de cumplir la mayoría de edad, su madre le dio 700 pesos (alrededor de 130.000 pesos actuales) con los que emprendió la búsqueda de oportunidades fuera de su hogar. Quería cambiar de ambiente porque sus primeros negocios en Medellín no prosperaron. Llegó a Cúcuta y, entre sus tantos trabajos, vendió pollo en un asadero donde conoció a Arturo Carvajal, un cliente venezolano del lugar que le prometió que si lo buscaba después en Venezuela, le encontraría trabajo.

Arturo le dejó su dirección y a los meses, siendo aún menor de edad, Gilberto salió de Colombia por primera vez y llegó donde el hombre en Ciudad Bolívar, en el sureste venezolano. Arturo se hizo el «musiú», como le dicen, en algunos lugares de Venezuela, a hacerse el desentendido, pero en vista de que nadie le daba empleo a Gilberto por verse tan joven, le consiguió uno en un taller de carros. Lucila, la cuñada de Arturo, le advirtió a Gilberto que la calle donde estaba el taller era muy peligrosa para él porque estaba llena de guardias, a sabiendas de que era colombiano, pensando que estaba indocumentado. Lo que solo él sabía era que en la terminal de Cúcuta había conseguido un comprobante falso de cédula venezolana que le concedió la mayoría de edad que aún no había cumplido.

Seis meses después, Gilberto le pidió a un hombre que llevó a arreglar su carro que lo ayudara a conseguir trabajo en el embalse de Guri, la central hidroeléctrica más grande de Venezuela, en el estado Bolívar. El hombre empatizó con Gilberto y le dio una mano para entrar. Debía pintar puertas en el campamento El Merey, donde vivían los obreros de la represa, incluido él.

Gilberto recuerda que Guri parecía un pueblo, y la mayoría de los habitantes de Ciudad Bolívar trabajaban allí porque había muchos empleos. Luego de un tiempo trabajando, Gilberto se inscribió a las competencias de atletismo en las canchas del campamento, donde se hizo famoso por ganar varias medallas y salir en la prensa local. Fue su tiempo dorado como deportista, pues también entrenaba fútbol en la «selección» de Guri y le pagaban. Allí, el dueño de una barbería lo saludaba porque lo recordaba de la selección, entonces Gilberto aprovechó y un día le pidió que lo dejara hacer su primer corte de cabello. Este le dejó un cliente a su disposición y cuando Gilberto terminó, el barbero le dijo: «ve, tú vas a ser estilista, tú sabes cortar cabello».

Gilberto ya había trabajado más de dos años en la represa cuando regresó a Colombia en sus veintitantos con 650.000 pesos de los años 80, casi 55 millones de pesos del 2025. Renunció a tiempo para no perder sus ahorros por sus documentos falsos, y así poder darle un gran regalo a su madre en Medellín. Cuando se encontraron, se abrazaron y Gilberto le preguntó cuánto debía del arriendo. «No te preocupes, yo voy a comprarte una casa», le dijo. Hoy, cuando lo recuerda, sus ojos se aguan y su voz se entrecorta.

No logró comprarle la casa. Tras pagar las deudas de su madre, el dinero ya no alcanzaba. No se desanimó, sino que comenzó a estudiar peluquería básica en la Academia de Belleza Venus para ahorrar lo que le faltaba. Meses después regresó a Venezuela, trabajó como peluquero hasta recoger el dinero para regresar a Medellín. Cuando ya lo tenía, lo llamaron a decirle que su madre estaba en el Hospital San Vicente. Tenía cáncer. Murió 20 días después de que Gilberto llegara a Medellín. Como no alcanzó a comprarle la casa, le compró el mejor ataúd que pudo y pagó la mejor ceremonia para despedirla.

Luego de enterrar a su madre, enseñó peluquería por las tardes en la Escuela de Belleza Mariela, mientras en el día maquillaba en Laureles, donde encontró otra vocación a la que también se dedica: la de tatuador. Gilberto sintió curiosidad por la máquina con la que un vecino de su trabajo, al que llamaban «médico cirujano», delineaba los ojos de sus clientas. Meses después, en Venezuela, Gilberto vio esa misma herramienta, la compró y aprendió a tatuar de forma autodidacta. Su primer tatuaje fue un Topo Gigio, y el último que hizo fue una mariposa en el muslo de una amiga, en 2024. De resto, su especialidad es la micropigmentación de cejas, que es como un tatuaje menos profundo.

Edilma tenía más de 70 años y nunca en su vida se había arreglado las cejas, hasta que un día, hace años, mientras caminaba por San Ignacio, vio la publicidad del local de Gilberto y le dio curiosidad. A llegar allá, Gilberto la invitó a pasar, pero ella le dijo que no tenía plata: «tranquila, yo sé que usted me paga». Al otro día, Edilma fue y le pagó. Desde entonces, se retoca las cejas cada 10 días. Gilberto dice que es una de sus clientas «más vanidosas».

Así como Edilma, muchas otras clientas no soltaron a Gilberto después de arreglarse la primera vez con él. Además, lo que podría parecer una estrategia de mercadeo ingenua, para Gilberto significa confiar en la calidad de su trabajo.

Calle en el centro de Medellín
Sobre la calle Maracaibo un cartel anuncia el humor que tiene Gilberto cada día: a veces abogado, a veces estilista. Foto: Miguel Becoche Quintero.

Abogado por desamor

En Ciudad Bolívar, al final de sus 30, Gilberto tuvo un amorío con Morelys Méndez, una clienta adinerada y, según recuerda Gilberto, muy hermosa. Todo parecía ir bien hasta que Morelys inauguró un asadero y al evento se presentó un hombre con un carro de lujo que estuvo con ella todo el tiempo. Gilberto se extrañó por la situación, pero no le dio mucha importancia. A los días, Morelys y Gilberto conversaban en la peluquería como una pareja enamorada, hasta que ella soltó un comentario que lo dejó en silencio: «ay, ¿tú te imaginas?, ¿un peluquero en mi familia?».

La intensidad entre ellos se apagó. Morelys ya estaba saliendo con el otro hombre, quien tenía un cargo alto en PDVSA, la petrolera estatal venezolana. La relación con Gilberto duró solo seis meses, el mismo tiempo que pasó hasta que él decidió terminar la secundaria. En cuestión de ocho años, ya estaba terminando su especialización en Derecho Procesal Civil. Dice que el deseo de ser abogado «viene en la sangre», porque cuando tenía cuatro años su tía le preguntó qué quería ser de grande. «Abogado». «¿Como tu papá?», replicó ella. Pero Gilberto nunca conoció a su padre.

El letrero que Gilberto cuelga en la entrada del edificio dice que también toma casos penales. Aunque se ha querido especializar en esa rama, siempre que está a punto de matricularse tiene percances. «Yo he sido feliz porque nunca he ejercido ni un solo día de derecho penal», le dijo Bairon después de motilarse. «A mí sí me gusta bastante», replicó el abogado-estilista.

Gilberto lleva unos cuantos casos que resuelve con diligencia. En septiembre, Edilma le pidió una asesoría sobre una herencia de una hermana que sus otros hermanos no quieren repartir, entonces él le explicó que en 10 años ese derecho de ellos podría prescribir y la herencia podría pasar a ella, que es quien la administra. Edilma hoy tiene 85 años, pero él dice que se conserva muy bien. Gilberto también tenía una acción popular en curso en contra del presidente Gustavo Petro para que cese su «intromisión y complicidad en los asuntos ideológicos del dictador Nicolás Maduro». La radicó hace un año, pero en octubre del 2025 el Tribunal Administrativo de Antioquia la inadmitió.

En Venezuela, Gilberto defendía derechos humanos. Demandó al Estado, a empresas, a medios de comunicación y hasta al reguetón como género musical. En mayo del 2014, el Tribunal Supremo de Justicia de ese país le ordenó a la Comisión Nacional de Telecomunicaciones revisar las letras de todas las canciones de reguetón en las radios del país para verificar que fueran aptas para niños. Todo esto en respuesta a la demanda de Gilberto, quien argumentó su postura «en concordancia con normas bíblicas» que repudian «el exhibicionismo (Génesis 9, 21) y la prostitución (Deuteronomio 23, 17-18) por ser ofensivos a Dios», basado en la doctrina evangélica que profesa hace 20 años.

Sin embargo, ese mismo mes, los magistrados de la Sala Constitucional del mismo tribunal le impusieron a Gilberto una multa de 200 Unidades Tributarias por referirse de forma «irrespetuosa» a Maduro en una denuncia contra él, y por atentar «contra el normal funcionamiento de la gestión judicial» al interponer numerosos escritos «confusos y plagados de expresiones contradictorias en sus alegatos».

Gilberto escribiendo en portátil
El diploma de abogado que Gilberto obtuvo en Ciudad Bolívar, Venezuela, marca el límite entre la peluquería y el despacho judicial. Foto: Juana Zuleta Betancur.

Gilberto no la pagó, y regresó a Colombia de forma definitiva poco después, en 2015, cuando un primo, que fue como un hermano, se estaba muriendo de cáncer. Un día, después de tres meses de compartir con él, tuvo un mal presentimiento y lo visitó en la clínica Sagrado Corazón de Jesús. «Váyase a descansar», le dijo a Gilberto. «No, vale, tú te estás muriendo», le contestó. Gilberto lo abrazó entre lágrimas y su primo trató de consolarlo. Salió de la habitación y otra pariente entró justo después, pero para ese momento el primo ya estaba muerto.

En Venezuela, Gilberto ya lo había perdido todo. La casa que construyó con el propósito de abrir un jardín infantil fue invadida, un socio desapareció con todo el dinero con el que iban a montar un negocio de bocadillos, le embargaron la peluquería, y su futuro profesional como abogado corría riesgo tras la sanción del Tribunal Supremo de Justicia. Su situación y la de ese país ya eran complicadas, y el cierre de la frontera colombo-venezolana marcó su regreso definitivo a Colombia.

Parecía que su vida comenzaba de cero. Ya no le quedaban tías que le dieran posada como cuando venía de vacaciones, entonces vivió un tiempo en la casa de Mery, su hermana, y luego, para estar solo, se mudó a una habitación en Gerona, el barrio del centro oriente de Medellín donde nació. Así, en soledad, decidió vivir siempre, incluso cuando formó una familia de tres hijos en Venezuela con Enilza Josefina Romero Bolívar, con quien mantuvo una relación en la distancia hasta que un tumor en la cabeza acabó con su vida. Consciente de que ya no la vería más, Gilberto visitó Venezuela por última vez hace seis años, y un mes después de regresarse a Colombia, ella murió.

Sus tres hijos tienen más de 25 años. Cada semana habla con Lluvia, la del medio. Ella se fue a Estados Unidos por el Darién hace tres años junto con su esposo y su bebé de cuatro meses. Con el mayor no tiene contacto y el menor, que está en el espectro autista, lo llama cuando necesita dinero.

A Gilberto le parece un riesgo volver a su otra patria, pero no descarta la posibilidad de hacerlo en un futuro. Para él, Colombia y Venezuela son una misma tierra con distintos acentos, y el suyo es más venezolano que colombiano. Su doble nacionalidad la vive también con sus trabajos: no puede desprenderse ni del estilismo ni del derecho. El primer corte que hizo y su respuesta a los cuatro años lo llevaron a elegir sus profesiones más allá del azar. Para Gilberto condensan su existencia. Por eso, decidió tenerlas en el mismo espacio: de un lado se le pasan las horas litigando y del otro recibe los aplausos del artista.

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