Conversación con la curadora de la BIAM 2025: “Aprender a ver, a escuchar, es un factor definitivo para comprender el arte”

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29 noviembre, 2025
Por: Sara Hoyos Vanegas | s.hoyos@udea.edu.co
Collage: Sara Hoyos Vanegas.

La Bienal Internacional de Arte de Antioquia y Medellín significó un reencuentro con la memoria, con la ciudad y con un territorio que necesitaba engrandecer sus vínculos con el arte contemporáneo. El evento, que acaba de clausurar, contó con más de cien mil visitantes y acogió 160 artistas nacionales e internacionales. Detrás de este proceso estuvo la arquitecta, museógrafa, curadora y divulgadora de arte, Lucrecia Piedrahita, responsable de articular una edición que se extendió por 15 municipios, recuperó líneas históricas y construyó una lectura de la libertad anclada en Epifanio Mejía, el poeta que escribió en el himno, «yo que nací altivo y libre sobre una sierra antioqueña / llevo el hierro entre las manos porque en el cuello me pesa».

Su trayectoria comenzó al regresar de estudiar crítica de arte en Florencia, Italia, cuando asumió la dirección del Museo de Antioquia y apostó por una formación de públicos que consideraba imprescindible. Fue allí, todavía como directora, cuando el maestro Botero tomó la decisión de donar su obra a la ciudad en un gesto que redefiniría el vínculo de Medellín con el arte. Más tarde dirigiría el Festival de Arquitectura, Arte y Ciudad, realizaría curadurías en distintos lugares del país y fuera de él, escribiría, enseñaría en universidades, impartiría clases particulares y sostendría durante quince años un programa de radio en Radio Bolivariana. Su trabajo, como ella misma lo define, ha sido insistir en una mirada cada vez más consciente y selectiva, convencida de que divulgar arte es también una manera de construir ciudadanía.

En esta conversación, Piedrahita habla sobre el proceso de curaduría, de la idea de libertad que guió la bienal, de la necesidad de «llevar el arte a la gente» y de por qué el arte contemporáneo es, más que nunca, un lenguaje para pensar nuestro tiempo.

Antes de entrar en la curaduría y en lo que implicó revivir una Bienal después de casi medio siglo, me parece interesante que nos cuente cómo llegó a ser la curadora de la Bienal Internacional de Arte de Antioquia y Medellín 2025.

Llego como curadora de la Bienal por una trayectoria que he tenido desde que llegué de estudiar en Italia. He hecho muchísimas curaturas a nivel nacional, internacional, y, como arquitecta y curadora, me considero una divulgadora del arte. Fui llamada por Roberto Rave, director del ICPA, el Instituto de Cultura y Patrimonio de Antioquia y comencé en mi responsabilidad de curar una bienal después de 44 años.

Esa es una cifra muy grande.

Estamos hablando de casi medio siglo de donde Medellín no tenía una bienal. Una bienal se hace cada 2 años y es importante por varias razones: una de ellas es el evento más importante al que aspira un artista, visual en este caso. Permite el intercambio internacional y nacional de los de los artistas, de los museos, de los coleccionistas […] una bienal como esta ha puesto a Medellín y Antioquia en el mapa y eso lo consideramos supremamente importante y permite que volvamos a encontrarnos.

La bienal se ha tejido en 15 municipios de Antioquia, en muchas sedes de acá de la ciudad y del área metropolitana, y eso ha hecho que nos volvamos a encontrar alrededor del arte, de la cultura, de las mediaciones para leer las obras de arte desde un pensamiento interdisciplinar.

¿Cómo fue el proceso de curaduría de esta edición?

Llevo un año y 11 meses al frente de esta curaduría. Una bienal se estructura alrededor de unas figuras capitales del arte nacionales e internacionales. Invité a Ibrahim Mahama, el artista de África, ghanés, 38 años, catalogado esta semana entre los 25 artistas más importantes del mundo. Está considerado entre las 100 voces más influyentes de África. Y que él nos hubiera dicho «Sí, quiero quiero ir a Medellín, quiero ir a Antioquia» para nosotros fue un respaldo y una credibilidad.

Tener a Delcy Morelos, la artista colombiana del momento con una notoriedad tremenda, donde las galerías la están esperando, donde las bienales la esperan. Tener a Pedro Reyes, el artista político, A Azuma Makoto, el artista botánico de Japón y los maestros nuestros que vieron las bienales anteriores: Luis Fernando Peláez, Hugo Zapata, la maestra Martha Elena Vélez, y así un grupo bastante amplio nos permitió tener, como digo yo, la cúpula de la bienal.

Y de ahí empieza un trabajo de entrevista, revisión de portafolios de artistas con una carrera muy sólida. Luego, artistas que fueron llamados a presentar un proyecto específico, porque una Bienal expone el pensamiento de un artista. Entonces, un artista de Bienal nos hace ver su obra en medio de una escala distinta a la que vemos normalmente, hay un trabajo de inmersión de una tectónica de cómo su obra nos implica. Hubo convocatorias, como la convocatoria de Arte joven, y se abrieron otras tres convocatorias para Antioquia, en el país y obviamente Medellín. Entonces, esos son básicamente los procedimientos de cómo se curó la bienal.

La bienal asumió un concepto tan amplio como complejo: la libertad. ¿Qué idea de libertad fue la que definió el eje curatorial de esta edición?

La bienal asume un compromiso con un concepto que es muy amplio. Si hablamos de libertad, creo que cada uno podría tener una definición. Pero en este caso Roberto Rave [director de la BIAM 2025] estuvo muy interesado en que ese concepto de libertad estuviera anclado en Epifanio Mejía, porque escribió el himno antioqueño. Un gran poeta, gran ensayista, intelectual. Concluimos que el concepto de libertad para Epifanio Mejía es la ecuación en equilibrio entre arte, naturaleza y paisaje. Pero además es esa relación de esos elementos con nosotros como colectividad.

Ese concepto de somos libres y tenemos una relación de igualdad con la naturaleza del paisaje fue definitiva porque sabemos que el gran rompimiento que tuvo la pandemia era que hubo sin duda un tocar los límites que no podíamos; es decir, un maltrato a la naturaleza, al paisaje, eso devino en la catástrofe que fue. Epifanio Mejía en sus ensayos siempre habla de que la libertad será cuando respetemos también esas instancias, y al final él termina diciendo que la libertad es la conciencia.

Entre propuestas, portafolios y encuentros, hubo que identificar qué obras dialogaban con ese concepto para seleccionarlas. ¿Cómo fue posible traducir la idea de la libertad, que puede llegar a ser abstracta, en las obras presentadas por los artistas?

Con ese concepto tan amplio, pero acotado en relación a la Bienal, estructuramos cuatro ejes curatoriales:

Relaciones urbano-rurales. La Bienal permite que estén artistas de territorio, artistas que trabajan el tema de la naturaleza

Saberes ancestrales y tecnología de punta. Eso nos permitió tener artistas como Delcy Morelos que va a construir un pabellón de arquitectura liviana en madera y tierra que tiene el apoyo de Comfama. Tenemos artistas de territorio que también validan el saber ancestral como una manera de libertad, ¿por qué? Porque ellos argumentan que esa cultura primigenia, ese volver al origen, como lo estamos revisando acá, nos permite darle espacios a esas comunidades que están de espaldas a la cultura o mejor la cultura de espaldas a ellos. Entonces, permitir esa apertura es ya una deriva de la libertad.

Transhumancia. La Bienal tiene, por ejemplo, a Federico Ríos el gran fotógrafo que ha registrado todos los éxodos, toda la gente que pasa por el tapón del Darién, y hay libertad ahí porque es su ojo de artista que además no maquilla la fotografía, es un testigo, es un observador que ha hecho que el New York Times, por ejemplo, decida poner los ojos en estos migrantes, sobre todo en un país político como es en este momento, con las complejidades que tiene, Estados Unidos y el mundo. Entonces, que el tema de migraciones aparezca es otro concepto que nos liga literalmente, porque esos migrantes en realidad van en busca de una libertad.

Ecologías humanas. Entendiendo por ecologías humanas donde lo micropolítico es lo político, es decir, lo personal es lo político. Entonces, encontramos artistas trabajando desde su mundo interior, desde el mundo de lo privado, de lo doméstico, del oikos [hogar], y así se teje estas múltiples variables de libertad.

Muchos espectadores siguen acercándose al arte contemporáneo con distancia, prejuicio o escepticismo, ¿qué reflexión te gustaría dejar sobre el arte contemporáneo para quienes todavía dudan de él?

Yo soy una persona formada en el arte clásico. Mi especialidad es renacimiento y barroco, pero el renacimiento y barroco eran arte contemporáneo. Es decir, el buen arte responde a su tiempo.

Pensar que hoy solamente se trabaja desde la técnica por la técnica, es un desfase. Porque el arte es un testigo, el arte es un relator del del tiempo que vivimos y el arte contemporáneo es el que vimos en esta bienal en un nivel altísimo. El arte contemporáneo plantea lecturas distintas de leer el mundo, desde la instalación, desde el videoarte, desde una pintura y un dibujo expandido, desde el happening y la performance.

Yo siempre digo que un buen artista es el que conoce la historia y la hace trizas, y la rehace a su manera. Entonces, esa capacidad de leer es la que también nos hace crecer intelectualmente para entender el arte.

En un mundo saturado de pantallas, inmediatez y ruido, el arte parece ofrecer un ritmo distinto, más lento, más profundo, para pensar lo que vivimos. ¿Por qué es importante llevar el arte a la gente y qué sentido cobra hacerlo hoy?

Dices algo que trata Miler Lagos en la primera obra que uno encuentra acá en Coltabaco. La obra de él se llama «Cápsula del tiempo». Es una obra en forma de una pastilla, pero también puede ser una nave espacial que está transcrita en términos de la instantaneidad, del tiempo a la carrera que vivimos, de la noticia sobre la noticia, donde la capacidad de contemplación se perdió, la capacidad de análisis es mínima. Los elementos para aprender a leer la noticia también están en un atajo, por decirlo así. El arte es un medio de comunicación muy potente, y acompañado de la museografía les enseña a muchísimas personas lo que es el espacio, lo que es educarse a través del mundo de las formas.

Porque aquí hay obras políticas, hay obras que tocan el tema religioso, que tocan el tema científico, humano… entonces, el arte y la bienal han permitido esto, y yo diría que la obra de Miler Lagos que está cubierta por esta esta aceleración adentro, cuando uno entra en esa cápsula del tiempo, lo que nos dice es ralenticemos ese tiempo, sepamos leer la naturaleza. Allí adentro hay unas plantas ancestrales, como diciendo: «volvamos al origen, volvamos a la cabaña primitiva». ¿Y qué significa la cabaña primitiva? No es regresarnos a un tiempo donde no donde estamos de espaldas frente a la tecnología, frente a la inteligencia artificial, no. Es aprender a ver, a escuchar, que es un factor definitivo para comprender el arte.

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