En Medellín toca hacer camino al andar

La posibilidad de caminar habla del nivel de la calidad de vida en los entornos urbanos. Como asegura el movimiento Walk21, fundación que promueve la caminabilidad en las ciudades, esta actividad es un indicador clave de sociedades “con salud, eficiencia, inclusión social y sostenibilidad”. En agosto de 2024, la escritora argentina Tamara Tenenbaum se declaró “víctima de intentar caminar en una unwalkable city” (ciudad incaminable). Estaba en Medellín y, según contó en X, resultó en una autopista donde un hombre venezolano las auxilió a ella y a su acompañante. Las llevó por un costado y, al despedirse, les aconsejó: “Princesas, al regreso toman un auto; nada de locuras”. Esa publicación desató desde defensas de que sí se puede caminar en Medellín, hasta críticas que señalaban que caminar es un privilegio para unas pocas zonas. También detonó este ejercicio: les propusimos recorridos arbitrarios a cuatro cronistas que debían ir a pie desde un punto a hasta un punto b. La infraestructura, la falta de zonas verdes, la urbanización no planeada, las basuras, el irrespeto a los peatones y hasta el acoso sexual callejero son algunas de las barreras narradas en estas crónicas. Caminar en dos ciudades distintas: de Belén al Centro Por Santiago Bernal Largo | santiago.bernal2@udea.edu.co Ilustración: Melany Peláez Morales Cuando cumplí 19 años decidí celebrar en un bar de Aranjuez. Mientras caminaba hacia el lugar, por la calle 92, la acera estaba tan llena de personas y de mesas que tuve que caminar con el pie izquierdo en la calle, cuando un Renault Clio azul le pasó por encima con la llanta trasera. No tuve ninguna fractura, pero la celebración terminó en urgencias con el pie hinchado, las burlas de mi hermana mientras me llevaba en una silla de ruedas y el miedo a que en cualquier momento otro carro me pase por encima. Dos años después, mientras caminaba por Barrio Triste, recordé aquel episodio. Los talleres de mecánica abarcan las aceras; las motos, los camiones y los montones de repuestos hacen lo mismo en la calle. La alternativa parece ser columpiarse en los andenes y esquivar los carros. Las aceras más despejadas son las de la iglesia, que tienen macetas hechas con neumáticos pintados. En la reja, un letrero dice: “Señor motociclista, por favor dejar esta zona libre para los peatones que ingresan al templo”. A una cuadra hay una glorieta con la escultura de un mecánico y unos cuantos árboles que emulan un parque de barrio; para cruzar hasta ella hay que pasar por una calle sin semáforo en la que circulan carros y motos en todas las direcciones. Decidí hacer lo que hasta ahora me ha servido: esperar a que alguien más tenga que cruzar para pasar junto a esa persona, como si el escenario ideal fuera ser atropellado en grupo. Para salir de Barrio Triste, antes de la avenida del Ferrocarril, es necesario bordear un montón de camiones de carga parqueados en zona prohibida. Mientras caminaba, las aceras parecían estrecharse, había que voltear el cuerpo y bajarse de la acera. Miraba al frente asegurándome de que nadie me fuera a embestir, pero también miraba mis pies, como si tuviera que confirmar que no había nada que los pudiera pisar. Caminar por Belén es otro cuento. Las aceras son anchas y hay muchos árboles. Con excepción del paso de Los Molinos a la 80, caminar por allí es tranquilo, seguro, no pasa nada. Bajando por la 33 hasta el parque de Belén no sentí miedo; una señora cargaba las bolsas del mercado y un par de extranjeros trotaban justo a su lado. Este barrio fue planeado y, como muchos de los barrios obreros de la ciudad, fue construido alrededor de las fábricas para darles vivienda a los trabajadores. Seguí por Laureles, que también fue pensado como un barrio obrero, pero que en cambio empezó a ser habitado por la nueva clase alta de la ciudad en la segunda mitad del siglo XX. Al igual que en Belén, cuando bajé por la 33 me percaté de los jardines y las aceras que, a diferencia de los de Barrio Triste o Aranjuez, estaban despejados. Poca gente caminaba por ahí un sábado al mediodía. El occidente de Medellín es extraño para mí, esa ciudad planeada tan distinta a aquella donde un Renault Clio pasó encima de mi pie. *** Al subir por Maturín el miedo se convirtió en algo más parecido al sofoco. Esta calle está cubierta por el viaducto del Metro y cientos de vendedores ofrecen ropa, sábanas, cobijas y hasta árboles de navidad. Desde allí caminé hacia las calles más conocidas del centro. En el paso de Tenerife el semáforo estaba apagado y a mi lado caminaba una religiosa de la que yo dependía para seguir cruzando. En cada cruce aguardaba por alguien más para continuar y justo en la carrera Bolívar había una familia de cinco personas que, sin saberlo, me adoptó por unos segundos mientras llegaba hasta el otro lado. Luego estuve en Ayacucho por donde además del Tranvía pasan un montón de motos que orillan a los peatones en unas aceras apretadas. Seguí caminando, pensando que si tocaba la raya verde que limita el espacio de la vía estaría en peligro de ser arrollado. Esa vía también es la entrada al oriente de la ciudad. Por sus alrededores pasan los buses de La Milagrosa, El Salvador, Caicedo y Buenos Aires. También había camiones y camionetas de los campesinos de Santa Elena que bajan todos los días a la Placita de Flórez. Las aceras de la zona de la placita son una combinación entre Belén y Barrio Triste: hay árboles y son espaciosas, pero están llenas de cajas de carga además de las mesas de bares y restaurantes. Caminé dos cuadras más hasta el teatro Pablo Tobón Uribe y de ahí subí hacia el Museo Casa de la Memoria. En el espacio entre ambos hay árboles, algunas esculturas y un monumento a las fuerzas militares. Es como un parque partido por la avenida
Hay que suponer que esto es una familia: ¿Qué pasó con los búhos de la UdeA?

Cuatro búhos rayados ‒una hembra adulta con sus polluelos y un macho adulto‒ fueron avistados entre octubre y noviembre del 2023 en la UdeA. Su presencia enterneció las redes sociales, pero luego no se supo mucho más. Esta crónica reconstruye qué pasó después y presenta una hipótesis preocupante sobre el destino de estas aves rapaces. Los polluelos de búho rayado fueron avistados por primera vez el 9 de noviembre junto a su madre en la UdeA. La noticia de su nacimiento se hizo viral. Ilustración: Ana Sofía Peláez. I. Las apariciones El macho es el primero en ser avistado por un grupo de pajareros de Medellín a mediados de octubre. En los pocos videos de cuando era el único protagonista, se le ve descansando de su vida nocturna en las ramas medias de un árbol. Es por la tarde y no puede mantener sus ojos abiertos durante mucho tiempo, se rasca el tarso y los dedos con intensidad, mueve la cabeza a medida que abre y cierra el pico. Luego se relaja. Lo hace todo con los ojos cerrados y así quedará para siempre en las fotos donde parece que posa. No es la primera vez que un búho rayado (Asio clamator) aparece en la Universidad de Antioquia ni en la ciudad. En su distribución, desde el este de Perú hasta las Guayanas, pasando por Colombia y Venezuela, habita desde hace 30 años la cordillera Central en la que está Medellín. Como la deforestación es una de las causas principales por las que un búho adapta su vida a las urbes, el campus principal de la Universidad, que posee más de 2500 especímenes de plantas leñosas, es un hábitat capaz de albergar a esta y otras especies de fauna silvestre. Dos semanas después de que el macho fuera visto por primera vez, en un árbol cercano a su percha, aparece una hembra. Los búhos muestran dimorfismo sexual inverso, es decir que las hembras son de mayor tamaño o tienen características más llamativas que los machos. En esta, las plumas negras que hacen de orejas o cuernos son más largas, el iris es más claro y el color de sus alas es más oscuro y brillante. No se apoya voluptuosa sobre una rama para mostrar que es varios centímetros más alta ni levanta las alas para dejar ver si su pecho y su abdomen son mucho más grandes, solo se encoge y agacha la cabeza hasta que su mirada se pierde entre las hojas. Aunque también es por la tarde, abre los ojos con más frecuencia, parece que no descansa, está en constante alerta, inquieta, se acomoda una y otra vez con movimientos suaves hasta recostar su cuerpo contra el árbol. Debido a sus hábitos nocturnos y crepusculares, el estudio de búhos en Colombia es limitado; pero si esta pareja se ciñe a la regla, la hembra reposa sobre las ramitas que otra familia ha dejado ahí. Los búhos no construyen sus propios nidos, sino que incuban sus huevos en hoyos, sobre el piso, en huecos naturales de árboles o en nidos viejos de otras aves. Estas rapaces, además, siguen la tendencia de otros animales y son las hembras las que incuban mientras los machos las alimentan. En la mañana del 9 de noviembre aparecen dos polluelos en el bloque 4 de Ciudad Universitaria. Una bola de plumaje pobre y blanquecino, con el pico negro y dos líneas que son los ojos, se asoma entre las alas y el abdomen de la hembra. En la tarde hay más actividad, los polluelos son acicalados por su madre; les acomoda el plumaje, los limpia y les da calor. Sin equilibrio, el primero abre y cierra su pequeño pico para comunicarse y, en caso de emitir algún graznido, las cámaras a más de 15 metros de distancia no pueden captarlo. El segundo, que solo se deja ver cuando la hembra abre las alas por completo, estira el cuello tanto como puede para devolverle las caricias con el pico. No se sabe qué día nacieron, pero el tamaño de cada uno se asemeja al espacio que queda después de curvar las palmas de las manos y poner una frente a la otra juntando los dedos. No es la primera vez que hay un evento reproductivo en alguna sede de la Universidad de Antioquia y mucho menos de Asio clamator, pero es la primera vez que se hace viral. Además de los fotógrafos que se sumaron desde el primer avistamiento, el grupo de Ecología y Evolución de Vertebrados del Instituto de Biología y el Departamento de Gestión Ambiental de la División de Infraestructura Física, ambos de la Universidad, comienzan un plan de monitoreo. Crean formularios en Google para que los pajareros informen si aparecen más individuos en el campus, varios integrantes del grupo se organizan para llevar registro del nido durante cada hora y la División de Infraestructura Física envía vigilantes y jardineros a acordonar la zona para que nadie perturbe el proceso. Es noticia. El nacimiento se celebra en las redes oficiales de la UdeA e inunda de ternura los medios de comunicación regionales y hasta nacionales. No hay más registros visuales del macho. La hembra y los polluelos acaparan las pantallas. Son días tranquilos. Cuando los polluelos de búho rayado se convierten en ejemplares juveniles, y después en inmaduros, adquieren su anillo facial negro y son similares a un adulto, pero sin sus barradas tan oscuras ni definidas y con el plumaje todavía blanquecino. Sin embargo, no es posible ver a estos dos polluelos crecer: el 26 de noviembre, uno de los fotógrafos publica en su cuenta de Instagram que la hembra y sus crías fallecieron un par de semanas antes por, posiblemente, comer ratones envenenados, y que el macho fue encontrado muerto días después a causa de un trauma en su cráneo. Ver esta publicación en Instagram Una publicación compartida por @mrbencho II. Las hipótesis Las aves rapaces cazan en vuelo o desde las perchas, los sitios donde descansan del vuelo. Se
El Estadio Olímpico del Sol: el fin de una era en Sogamoso

Las garras de la demolición llegaron al estadio de Sogamoso a inicios de junio del 2022. Una infraestructura iniciada por el pueblo y que con el paso del tiempo vio crecer a deportistas que con trabajo y esfuerzo destacaron a nivel nacional y mundial. Ahora, se está construyendo el Estadio del Sol, un espacio propicio para campeonatos de fútbol, pero que dejará de lado el atletismo, un deporte que hizo brillar al municipio. Estadio Olímpico del Sol de Sogamoso en el 2013. Fotografía: Pipesangar. Recuerdo perfectamente el último partido que disputé allí, la final de los Intercolegiados 2018 de Sogamoso, Boyacá. Las graderías estaban en mal estado, descompuestas, con maleza y basura. La zona de locución no tenía vidrios y sus paredes estaban agrietadas. Rodó la pelota por un césped descuidado, seco, pelado, con huecos y baches; pero, luego de un momento, aquel recinto destruido y desolado se convirtió en un templo. Empezaron a sonar bombos, trompetas y platillos. Había llegado la banda de mi colegio y con ella, una buena cantidad de estudiantes que nos venían a apoyar. Me ericé con cada aliento; al sentir cómo el deporte hacía vibrar los corazones y de ver cómo renacía, por un instante, la esencia del estadio. Aquel que vio crecer a muchos de los que estábamos en ese momento corriendo, gambeteando, gritando, llorando. La ansiedad y presión nos ganaron en los penales, en aquel arco sur. Atrás de este había un portón blanco con dos columnas rojas a los lados, en lo alto formaban una intersección con unas vigas metálicas, que se unían para elevar la llama olímpica, símbolo principal del Estadio Olímpico del Sol, insignia del deporte en Boyacá, que fue demolido el 4 de junio de 2022 porque presentaba fallas estructurales. Para el año 2019, una de las paredes laterales de la puerta principal del Estadio se derrumbó. Fotografía: Archivo Hernán Peña Patiño. Ahora, en ese lugar, se encuentran unas láminas color naranja que se difuminan en el centro, hasta volverse amarillo, formando un semicírculo que junto a los ladrillos del piso forman un sol. Esta es la parte externa de la gradería del nuevo estadio, una construcción que va a enterrar la obra cívica realizada por el pueblo y desamparará a muchos atletas al dejarlos sin una pista donde entrenar. El recuerdo de la obra cívica sogamoseña En la segunda mitad del siglo XX, Sogamoso estaba creciendo, las industrias empezaron a arribar al norte de la ciudad y con ellas, la necesidad de tener espacios deportivos para las familias. Por esta urgencia, un grupo de personas de la ciudad «empezarían a gestar el proyecto cívico más importante de Sogamoso, la construcción del estadio», tal como lo dice el periodista deportivo Miguel Ángel García en su documental Estadio Olímpico del Sol, «La muestra más grande del civismo sogamoseño», publicado en el año 2022. Estas personas crearon el Comité Pro Estadio, una entidad que se encargó de recoger fondos y buscar el terreno de la construcción. En 1964 se realizó la primera de varias “Marchas de ladrillos”, eventos simbólicos que, como lo dice el historiador Jaime Vargas Izquierdo para el documental, despertaban el civismo de la gente mediante el aporte voluntario de ladrillos. Fachada de la única tribuna construida del Estadio el Sol en enero de 2024. Fotografía: Diego Fernando Vega Granados. A sus 74 años, Domingo Tibaduiza, competidor olímpico sogamoseño y uno de los atletas más representativos de Colombia, recuerda este acto de solidaridad de la gente para construir el estadio. «Yo tendría mis 13 años y alcancé a participar y ver a la gente llevando sus ladrillos. Recuerdo que cada vecino llevaba de a 20 ladrillos, 10 ladrillos, en un camión o en algún transporte de caballo», menciona el ganador de la maratón de Berlín 1982, quien no estuvo presente el día de la inauguración porque ya vivía en Bogotá. La construcción duró cuatro años y con un partido de fútbol jugado el 20 de julio de 1967 se inauguró el padre de los estadios de Boyacá. «Eso estaba lleno, llegaban buses llenísimos, llegó muchísima gente», cuenta el entrenador Reinaldo Pérez, quien, aunque tenía solo cinco años de edad, recuerda con una gran sonrisa que estuvo viendo la fecha oficial de la liga colombiana que lo inauguró: Deportes Tolima contra el Deportivo Pereira. El narrador del partido fue quien nombró el estadio. Así lo recuerda en el documental, el periodista y miembro del Comité Pro Estadio, César Rodríguez Granados: «Llegó el día de la inauguración y no tenía nombre, era el Estadio de Sogamoso. En la transmisión Alberto Piedrahíta Pacheco -Narrador de RCN- dijo que estaba transmitiendo desde el Estadio Olímpico del Sol de Sogamoso y así quedó bautizado». Martín Cochise fue el Campeón de la Vuelta Colombia en 1966. Fotografía: Semanario Ciudad del Sol. Edición: mayo 25 al 31 de 1966. El recinto adquirió mucha importancia a nivel nacional, tanto que «es el único escenario deportivo – estadio – donde una Vuelta Colombia ha entrado», comenta García. Fue el 29 de mayo de 1966. La penúltima etapa de la Vuelta consistió en un recorrido desde Bogotá hasta Sogamoso, culminando en la pista del estadio. Lo que significó, la pre inauguración del recinto frente a una multitud de personas. Tibaduiza recuerda lo fenomenal que le pareció ese evento porque rememora perfectamente que “un español, Julio de la Torre, uno de los mejores ciclistas del mundo” y el boyacense Serafín Bernal, fueron los que llegaron en los primeros puestos. Con el paso de los años, los cimientos del estadio empezarían a cargar la historia deportiva de Sogamoso, almacenando en aquellos ladrillos que la población llevó, los recuerdos de los grandes nombres que pisaron sus instalaciones. Para el profesor Juan Gabriel Ruiz, entrenador de atletismo del Colegio Sugamuxi y del Instituto de Recreación y Deporte de Sogamoso (IRDS), la pista del estadio tenía gran valor histórico. No solo porque fue de las tres primeras a nivel nacional que dejaron de lado el pasto, la tierra y la arcilla para darle paso a un
La Habana solía ser

Al ojo del turista de Instagram, la capital de Cuba es una joya atascada en el tiempo, en los autos del siglo XX y en las edificaciones de los siglos XVIII y XIX; para quienes buscamos conocer historias de vida es un lugar maravilloso y triste. Quiero suponer que La Habana alguna vez albergó rostros saludables y alegres; que La Habana solía ser música, color y revolución. Una calle residencial de Centro Habana, el municipio con más densidad de población de la provincia de La Habana. Foto: Mariana Cossio Gill. “¡Viva Fidel, coño!”, sentenció tres veces el panelista cubano Alejandro Castro, cónsul de Cuba en Barcelona, en un escenario solitario. En la fiesta del Partit Comunista del País Valencià (PCPV), el 6 de mayo de 2023, había algo más de una decena de carpas con afiches y curiosidades, como una cajita de música con la cara del Che que tocaba La internacional. El ambiente era de un júbilo apagado y el clima de una primavera agonizante azotada por las brisas tiernas del Mediterráneo y con nubes que amenazaban con las primeras lluvias del verano. Los símbolos patrios de Cuba decoraban los jardines del Triángulo Umbral en el Puerto de Sagunto, junto con la bandera de la Segunda República española mutilada por Francisco Franco. Endulzado por el entusiasmo de Castro, le propuse a Mariana –mi mejor amiga, con quien llegué a Valencia en enero gracias al amor mutuo– aprovechar nuestro regreso a Colombia para hacer una parada en Cuba y descifrar el paraíso rojo que él esbozaba decididamente. “¡Que viva!”, replicaron las casi 30 personas que lo escuchaban con atención; la mayoría arrugados, canosos, y algunos tan encorvados que descubrían sus ojos por encima de sus lentes. Del Mediterráneo al Caribe Miraba enceguecido los islotes verdosos por la ventanilla del avión. A mi lado, Mariana leía con afán La Habana en un espejo, de Alma Guillermoprieto. Faltaba poco para aterrizar. Del polícromo turquesa caribeño emergió una isla particularmente grande y plana. Habiendo tocado tierra, el avión reventó en aplausos seguidos por el agradecimiento íntimo al dios de cada pasajero. Una antigua torre de control, de un azul cobalto y parches que se desgastan hasta el celeste, era el primer edificio visible del aeropuerto José Martí. Un grupo de mujeres uniformadas de verde militar con chaleco, falda y medias como telarañas negras en sus piernas tramitaba la inmigración con portátiles antiguos y un lector de códigos sobre una mesita de madera rústica; con cada visitante una de las oficiales toma una foto, solicita el pasaporte, rompe una parte del visado turístico y coloca el sello rosado chillón sobre la mitad restante. Quienes han viajado a Cuba recomiendan, aterrorizados, no sellar el pasaporte: para los gringos, Cuba es un “Estado patrocinador del terrorismo” junto con Siria, Irán y Corea del Norte. Es como elegir entre el sello y la visa americana. Pagamos 30 euros (1.5 salarios cubanos) a un taxi, un vehículo desajustado en el que todo, los nombres de las emisoras, las etiquetas en los botones y hasta su modelo, eran caracteres ilegibles escritos en ruso. Nos adentramos en Centro Habana, uno de los quince municipios de la capital, donde se hacía evidente el deterioro de la infraestructura patrimonio de la Unesco. Brotaba un olor fétido oculto en la noche: contenedores enormes desbordados de basura. Caído el sol, llegamos al hogar de George, quien administra su propia casa como un hotel. Nos invitó a racionar el agua del baño, pues el acueducto de la ciudad dejó de funcionar y el vecindario se abastecía con carrotanques una o dos veces por semana. En las basuras desbordadas aparecen animales muertos y partes de ellos. Foto: Mariana Cossio Gill. Un café con Tomás Frente al Hotel Inglaterra, a 30 grados en la mañana, veíamos curiosos las latas abolladas del Audi rojo sangre que manejaba un italiano. ‒¡¿Sabes cuánto vale esto, maricón?! ¡Centomila euro! ‒vociferaba el italiano, ante el asustado conductor de bus con el que chocó. ‒Caballero, está asegurado. ‒¿Qué seguro neste país de merda? La joven cubana que lo acompañaba en el automóvil caminaba insegura, se sentaba momentáneamente y volvía a darle el pésame al auto con su mirada caída. Iba a requerir una reconstrucción en un país donde la mayoría de cosas que ingresan del extranjero son amasijos enormes forrados en plástico desde Madrid, Miami y otros pocos vuelos directos. Convenciendo con ternura al busero de que no tuvo la culpa, los curiosos procurábamos con malas caras forzar el arrepentimiento en la arrogancia del italiano. Dejé el pleito atrás luego de sentir un toque en el hombro. Se presentó: Tomás. El cubano de unos 50 años me llevó por el bulevar de San Rafael, pasando por el Gran Teatro de La Habana (que ya no tiene funciones), y frente a su casa me brindó un café. Dio un sorbo y preguntó por Alex Saab. ‒¿Cómo sale Saab en Colombia? Contesté con recuerdos vagos que Saab era un testaferro de plata mal habida. ‒No te puedo creer ‒respondió, tomándose la cabeza‒. Acá hay tres canales de televisión y siempre Saab fue inocente, dicen que es una conspiración de los gringos. ‒Con su mano en mi hombro izquierdo, bajó la voz‒. Claro que los canales son del Gobierno, ya ves cómo nos tienen. Hasta Maduro se hace ver como un héroe. Terminamos el café, devolvimos los pocillos de porcelana y caminamos el paseo del Prado, que tenía apenas un par de vendedores y estaba aún sin jineteras, el cubanismo para ‘trabajadora sexual’. Tomás trataba de mantenerse alegre mientras me guiaba, caminaba bonachón con su barriga por delante y me ofrecía varios productos. Aunque nunca me dijo a qué se dedicaba. Sentado con los codos sobre las rodillas y las manos entrelazadas, aflojó un sentimiento inconforme mientras recordaba que hasta los años 80 “no vivían bien, pero no faltaba nada”; luego cayeron los soviéticos. El Gobierno recortó la comida que se puede comprar en tiendas oficiales, que son un mostrador de madera vieja, estanterías con paquetes simples etiquetados y unas bolsas azules con
Tres décadas de infidelidades y un homicidio

Esta historia de amor nació con los impulsos de la rebeldía adolescente, pero se desvaneció tras décadas de maltrato psicológico que desencadenaron una salida desesperada, un crimen. Martha Roldán cumple una condena ‒en revisión‒ de 98 meses de prisión por el asesinato de su esposo, Carlos Humberto Jaramillo. Ilustración: Jhojan Millán M. @alverja.caricatura “En la flor de la juventud se cometen errores garrafales”, dice entre lágrimas Martha Roldán, considerada en su momento una de las más elegantes y refinadas residentes de Altos del Poblado, en la Comuna 14 de Medellín. En agosto del 2022 fue condenada a 98 meses de prisión por el homicidio de su esposo, Carlos Humberto Jaramillo Restrepo, un empresario dedicado a importar materias primas del oriente de Asia. Según la autopsia realizada por Medicina Legal, la causa de la muerte fue una combinación letal de fármacos que le disparó los niveles de glucosa en la sangre y resultó en el deceso del hombre de 53 años el martes 18 de enero del 2022. Martha era la única persona cercana a la víctima con acceso a los medicamentos. Además, conocía la enfermedad de Carlos y tenía los conocimientos médicos para llevar a cabo el asesinato. El fiscal del caso planteó como móvil del crimen el cansancio que ella sentía por las constantes infidelidades de su esposo; el detonante ocurrió el 2 de enero del 2022, fecha en la que cumplían 30 años de matrimonio, cuando Carlos Humberto le pidió el divorcio. Huida y bonanza Martha Roldán y Carlos Humberto Jaramillo se conocieron en 1989, cuando ella tenía 15 años y cursaba décimo en el colegio Marymount de Medellín. Carlos era hermano de la mejor amiga de Martha, Clara Luz Jaramillo, quien estudiaba con ella. “Desde que se conocieron se gustaron, pero el papá de Martha no quería que ella tuviera novio, y mucho menos que fuera Carlos, porque esa familia (la de Martha) era rica de toda la vida y nosotros éramos nuevos ricos”, recuerda Clara Luz. Sin importar las restricciones de su padre, Martha y Carlos iniciaron un noviazgo secreto que desencadenó que, en 1990, ella se fugara de su casa y se mudara con él; dos años después se casaron. “Al inicio nos tocó muy duro. Él estudiaba Administración de Empresas en Eafit, pero cuando el papá se dio cuenta de que yo me había escapado de mi casa para estar con él, dejó de pagarle la universidad. En ese momento le tocó empezar a trabajar para pagar los tres semestres que le hacían falta”, cuenta Martha, con una sonrisa, en el balcón del que es su hogar hace más de un año. A pesar de las adversidades, la pareja salió adelante y en 1995 se les apareció el negocio. Una línea marítima comercial entre Colombia y Asia Oriental acababa de abrirse, y esto le permitió a Carlos importar polietileno de alta densidad, utilizado para la fabricación de cubiertas de cables de energía y envases de alimentos y de productos para el hogar. “Era un negocio muy rentable, recuerdo que había meses en los que él podía importar entre 15 y 20 contenedores, todos repletos con producto al que ya le tenía comprador”, recuerda Martha. Esta bonanza les permitió mudarse del pequeño apartaestudio que arrendaban, cerca del parque de Boston, a su casa propia en Altos del Poblado, uno de los sectores más lujosos de Medellín. En esa casa vivieron poco más de 26 años, hasta que la muerte los separó. La gota que la colmó Desde que inició la bonanza, Martha y Carlos intentaron concebir un hijo, tarea que no dio frutos y que, según ella, marcó un punto de inflexión en la relación. Pasaron cuatro años y ella visitó a varios médicos, pero todos le decían que no tenía ningún problema: “Nada nos daba resultado; yo visité varios médicos, pero todos me decían que no tenía problemas, que todo estaba bien. Desde esa época, por ahí en los 2000, empecé a escuchar rumores de infidelidades de él hacia mí, pero cuando yo lo confrontaba siempre me decía que era falso, que la gente nos tenía envidia y que él sería incapaz”. En 2003, Martha se mudó a Jericó, Antioquia, para llevar a cabo su año rural y graduarse como médica cirujana del CES. Allí empezó a recibir llamadas casi a diario en las que le contaban que veían a Carlos con una u otra mujer o que él alquilaba una avioneta y se llevaba a sus amantes para Cartagena. Martha estaba cansada, pero todavía sentía amor y estaba dispuesta a “hacer lo que hiciera falta” para mantener su matrimonio. Por eso, decidió no ejercer su carrera como médica cirujana y se vinculó de lleno a la empresa de su esposo, según explica, como una manera de mantener el control de la relación. La estrategia funcionó, pues durante 12 años más se mantuvieron juntos y su negocio continuó prosperando; sin embargo, las infidelidades continuaron e incluso, cierto día de diciembre del 2015, Martha encontró un brasier que no era suyo cuando regresó a casa luego de un fin de semana fuera de la ciudad, hecho que le desencadenó un ataque de ansiedad y un infarto. Luego de algunos análisis, su cardiólogo determinó que Martha tenía presión arterial alta; por lo tanto, le recetó un medicamento que, según Medicina Legal, fue el que le ocasionó la muerte a Carlos siete años después. Desde diciembre del 2015 hasta enero del 2022, el matrimonio siguió. “La relación ya no era la misma, pero había un respeto y cariño mutuos muy grandes”, describe ella. Por lo menos dormían en la misma cama y salían juntos de vacaciones. “Hasta teníamos sexo de manera ocasional. Cada vez que me acordaba de sus infidelidades me daba mucha ira, pero aprendí a ignorar el sentimiento y concentrarme en el amor que tenía hacia él”, recuerda Martha, sentada en la sala de su casa, mientras intenta contener las lágrimas. Los rumores sobre las infidelidades de Carlos no terminaron. La última infidelidad de
Se le apagó la radio a un pueblo: el asesinato del periodista Mardonio Mejía en Sucre

Un sicario mató a Mardonio Mejía Mendoza el pasado 24 de enero cuando entraba a su emisora en el municipio de San Pedro. Con su muerte no solo se apagó la voz de un periodista, líder local y ganadero, sino que desapareció el noticiero de la única radio del pueblo. El hecho deja una sensación de temor y zozobra entre sus colegas que enfrentan a diario la precariedad laboral y la autocensura. Collage: Felipe Rivera Echeverri. IG: @ojito__apagado Un hombre recorre en moto el centro de un municipio de 22 mil habitantes. Lleva un parlante y un letrero donde aparece su nombre, su número de contacto y la palabra “publicidad”. Generalmente anuncia la venta de productos, promociones de almacenes y da avisos de todo tipo. Es miércoles 31 de enero. Walter Chamorro —ese hombre que también es periodista y corresponsal de radio— hace perifoneo en San Pedro, departamento de Sucre, para invitar a la población a la misa del novenario que se realizaría al día siguiente por la muerte de su colega Mardonio Mejía Mendoza, de 66 años. Chamorro también anunció el entierro de Mardonio con este método. Unos días antes, un sicario sorprendió a Mejía por la espalda y le disparó. Según los habitantes y las autoridades, esto es algo que no suele ocurrir en San Pedro, incluso en el contexto violento del departamento. Aseguran que este es un municipio “tranquilo”: del total de 340 homicidios registrados en Sucre el año pasado, cuatro pasaron acá. El ataque provocó conmoción, no solo por tratarse de un sicariato, sino porque fue contra una de las personas más reconocidas del pueblo; el pionero de todas las formas de comunicación en ese lugar: hace más de 30 años Mardonio Mejía lanzó Promej Televisión, el primer canal local, y publicó La Plana, el primer periódico. También era el dueño de la emisora comunitaria Sonora Estéreo 94.3, la única radio del municipio, en la que se transmitía Amanecer Campesino, el noticiero que conducía. “Presentamos las noticias con un estilo diferente, un estilo propio, natural, auténtico, y con el verbo nuestro, de la gente de acá, de la sabana del departamento de Sucre”, solía decir Mejía en sus transmisiones por FM que también difundía por Facebook. “Era un pulpo; era un enamorado del agro, y compaginaba esa pasión con el periodismo, que también lo llevaba en la sangre”, recuerda Walter Chamorro. “Ahora la emisora está apagada; cuando asesinaron a Mardonio silenciaron la voz de los que no tenían voz”, añade. Su colega Manuel Morón, presidente del Colegio Nacional de Periodistas, seccional Sucre, gremio al que pertenecía Mejía, describe el vacío así: “El municipio de San Pedro queda huérfano ante la pérdida de un valioso personaje que de verdad, verdad, era la voz de San Pedro”. El 24 de enero, el día del asesinato, Mardonio Mejía repitió en su noticiero —como lo hacía cada día y sin sospechar que sería su última emisión—que el programa estaba dirigido a los campesinos, “para que aprendan oyendo radio”. Se despidió anunciando la programación que seguía: rancheras y boleros. En el noticiero contó que ese día tenía previsto ir a una subasta. Mejía era además ganadero y se dedicaba a actividades del campo. Al terminar el evento, se dirigió a su casa solo. Una cámara de seguridad registró el momento en el que Mardonio Mejía llega —recién caída la noche—, se baja de la moto, abre la puerta, se sube de nuevo y la guarda. En ese momento otra moto se detiene frente a la puerta. De ella desciende un hombre y el conductor lo espera. Entra y sale enseguida. En la grabación solo se ve lo que ocurre afuera. Adentro Mejía había recibido dos tiros por detrás, en la cabeza. Su cuerpo quedó encima de la moto y abajo de las letras Sonora Estéreo, grabadas sobre un vidrio, a la entrada del lugar. Justo detrás del sitio del ataque está su estudio con las paredes repletas de fotos de coberturas periodísticas para diferentes medios y junto a personajes diversos, también se exhiben credenciales de prensa y una pizarra con el detalle de la programación diaria. En otra parte de la casa hay más fotos, incluida una con el uniforme de la Defensa Civil, organismo al que perteneció. De su tiempo haciendo video quedaron repisas con decenas de casetes: “Documental de San Pedro”, “Toros de Sincé. 2004”, “Comerciales”, “Difuntos de San Pedro”, cumpleaños, quince años, primeras comuniones. Mardonio Mejía, que aprendió de periodismo haciéndolo desde hace más de 35 años, también era la memoria del pueblo. Incluso en un documento oficial sobre el “mapa cultural de Sucre” se recoge el trabajo de documentación que hizo sobre las construcciones tradicionales de San Pedro y su patrimonio material, arquitectura de “estilo antillano” o isleño, dicen los expertos. Se trata de un álbum digital con fotografías y reseñas de cerca de 300 casas del municipio. Las calles de San Pedro están llenas de pequeños negocios; en muchos encendían la radio para escuchar el noticiero de Mejía o la dejaban prendida para acompañar el día con música. Por más de una semana el silencio reinó. Como en otros pueblos pequeños, la iglesia y el parque son el centro alrededor del que gira todo y las motos son el transporte principal. Hubo épocas de bonanza como el boom algodonero en el siglo pasado o de la explotación de gas. Hoy no hay algodón, ni gas; hay ganado y agricultura. “El pueblo en estos momentos siente su ausencia y hasta las mismas personas que decían no estar de acuerdo con él sienten la importancia de una emisora en el pueblo”, dice Angélica Mejía, la hija mayor de Mardonio que en un tiempo trabajó con él y ahora vive fuera del país. Destaca la influencia de su padre: “Aquí las personas, como se dice coloquialmente, creían que lo que él decía era misa”. También admite que la forma de ser, directa, jocosa y a veces controversial, podía molestar a algunos. Angélica Mejía y sus dos hermanos aún
Mi primer corrupto

Esta es la historia de una primivotante en elecciones regionales, pero también una autoetnografía que explora las complejidades territoriales del clientelismo; una crónica sobre Bello que podría ser sobre casi cualquier municipio del país. Ilustración: Melanie Peláez. Me robé una edición del periódico El Colectivo. No lo conocía. Lo agarré de una mesa como si nada y lo guardé en el bolso. Solo cuando iba saliendo me di cuenta de que costaba cuatro mil pesos. Tampoco tenía con qué pagarlo. Más tarde, yendo en el Metro hacia mi casa, lo abrí y encontré el título “El pésimo ejemplo de los alcaldes de Bello”. Cometer ese delito me hizo sentir, por primera vez, parte de mi municipio. La columna, firmada por Betty Ciro, hablaba de los delitos cometidos por Óscar Andrés Pérez, los hermanos y la hermana Suárez Mira y Carlos Alirio Muñoz López. Esos apellidos me sonaban, pero no sabía quiénes eran ni qué habían hecho. Alguna vez escuché que un exalcalde falsificó su título de bachiller y que otro fue elegido mientras portaba un brazalete del Inpec. Esos eran chistes que me hacían acerca de vivir en Bello, pero no sabía cuál político había hecho qué cosa. Yo no habría leído ese artículo a comienzos del 2023, pero desde hace meses me martilla en la conciencia una necesidad de tomar partido en todo y una rabia con los hombres y la globalización que no me dejan vivir en paz. Mejor dicho, un día me desperté y no pude dejar de pensar en que tenía que hacer algo al respecto. Entonces me inscribí en la Escuela de Formación Política Marta Cecilia Yepes, cuyo nombre es en homenaje a una militante de ¡A Luchar!, movimiento social que impulsó importantes manifestaciones durante los 80. Marta defendió la lucha por el arte y la cultura en los sectores populares, particularmente en Itagüí, hasta que la asesinaron a sus 29 años, en 1985. En la primera sesión de la Marta ‒que se llamaba “Trayectorias militantes e identidad política” ‒ entendí, en resumidas cuentas, que nadie va a hacer nada por mí. El encuentro fue el mismo día en el que robé el periódico. Aunque justo antes estaba decidida a inscribir mi cédula para votar en Medellín, me bastaron diez minutos para concluir, en un ataque de pertenencia, que lo haría en Bello. De todas maneras se había acabado el plazo para cambiar el puesto de votación y yo ni me di cuenta. Además, para elegir entre Fico y Upegui, prefería votar por cualquiera a una cuadra de mi casa y en pijama. Me adentré en una búsqueda intensiva de los candidatos y las candidatas de Bello a la Alcaldía y al Concejo. Sobre los últimos solo vi propaganda en redes sociales y una lista en la página de la Registraduría: apenas aparecían 38 inscritos, la mitad eran del Centro Democrático y la otra de Gente en Movimiento. Supuse que estaba desactualizada, pero no lejos de la realidad, y la abandoné. En cuanto a la Alcaldía, encontré un debate organizado por la Universidad Uniminuto con seis de los nueve candidatos que para entonces estaban en el tarjetón. Anoté en mi libreta sus historiales, propuestas, expresiones y argumentos, y me hice una primera imagen de cada uno, una advertencia muy clara sobre por quién no votaría nunca en mi vida. También escuché datos que no conocía, mencionados por el entonces candidato Juan Felipe Restrepo, como que Bello tiene el porcentaje de inversión más bajo de los municipios del Área Metropolitana para la juventud ‒con 972 pesos para cada joven‒, que el presupuesto para la cultura es del 1 % y que la administración saliente desapareció la Secretaría de la Mujer. El panorama se me hizo desolador. A los candidatos y las candidatas más fuertes de la contienda se les podía cuestionar su cercanía con personajes de la política tradicional bellanita, mientras que el resto no tenía mucha experiencia. Corría el rumor de que uno había adquirido su candidatura con ayuda de las bandas delincuenciales del municipio y que estas harían todo lo necesario para que ganara. Por otra parte, tener alcaldesa se convirtió en una bandera que, para mí, no podía garantizar nada para las mujeres. A pesar de todo, no iba a votar en blanco. Qué tal que ganara y a Simón Gaviria, hijo del expresidente César Gaviria, le diera por decir que es el “brillante ejercicio de la democracia” manifestándose en mi municipio otra vez. Y es que en 2011 se dio en Bello la primera victoria del voto en blanco en unas elecciones en Antioquia ‒y la segunda en el país‒ como respuesta a que Germán Londoño, aliado del clan Suárez Mira, era el único candidato. Se sintió como una cachetada a mi esperanza y a mi prematura formación política entender que, aunque me informara e intentara ser crítica, mis primeras elecciones a la Alcaldía de Bello serían, inevitablemente, las de mi primer corrupto. Al otro lado del río En mi cuadra, en La Gabriela, hay un sistema de transporte ilegal controlado por la banda delincuencial que opera en este y otros barrios aledaños. Quienes trabajan en ese “acopio” pagan por el puesto que ocupan y le generan otras rentas al grupo, por ejemplo, por medio de una remuneración por desinfectar los carros para protegernos de una pandemia que terminó hace meses. Esa y otras obligaciones sirven para intuir que cuando todos, sin excepción, aparecen con propaganda política del mismo candidato en sus carros, es por orden del grupo y no por mera coincidencia. En 2022 fue un candidato a la Cámara por el Partido Liberal y el año pasado fue un aspirante al Concejo de Bello por Cambio Radical y Mira. Pero eso no es lo único cuestionable de mi barrio y tampoco viene siempre de los mismos actores. Dos personas de La Gabriela, ambas de la misma familia, han ocupado una curul en el Concejo: una en 2016 y otra en 2019. Desde entonces he visto que varias y varios
Ese edificio ya no verá nacer

La unidad de ginecobstetricia del Hospital San Vicente Fundación cerró sus servicios en octubre del 2023. Medellín perdió más de 90 años de experiencia en la atención a las madres y los recién nacidos con los casos más complejos de Antioquia. Esta es la crónica de los últimos días de esa unidad. El bloque 12 del hospital San Vicente Fundación alojaba la unidad de ginecobstetricia que atendía los casos más complejos de Antioquia. Foto: Renata Taborda. Un niño disfrazado de Batman caminaba de la mano de una mujer por el sendero que los dirigía a la unidad de ginecobstetricia del Hospital San Vicente Fundación. Eufórico, daba pequeños saltos. Con sus dedos sostenía una cubeta naranja de la que asomaban los dulces que recogió durante el día. El sol de la tarde reflejaba sus acciones en el suelo. Atrás de ellos, una joven vestida con una bata azul y una venda en su cabeza conversaba con otra mujer, tal vez su madre. Ese 31 de octubre, algo en el San Vicente se percibía diferente. El edificio que vio nacer personas durante más de 90 años se erguía igual. No obstante, a través de una ventana abierta en la parte trasera ya se anunciaba la ausencia: una habitación vacía, con camarotes a ambos lados y colchones manchados de viejos. Todo empezaría a desocuparse porque ese era el último día de la unidad que nació en 1929 y donde tantas escenas, llantos de nacimientos, suspiros repentinos y el azar de existir, sucedieron por primera vez. El hospital decidió cerrarla. Adentro del edificio, al fondo, la luz se reflejaba sobre una estatua de la virgen María con su mirada hacia el cielo, envuelta en prendas oscuras. A los lados se extendían pasillos con habitaciones en las que había 12 camas, ocho de parto y cuatro de cuidados especiales. En la entrada del bloque 12, a la derecha, un grupo de mujeres conversaban en una pequeña sala de espera. Se daban consejos sobre cómo cuidar y cangurear a sus bebés y sobre los tiempos en que comían y dormían. Algunas seguían en observación después de su parto, otras estaban en controles con sus recién nacidos. “Las mujeres somos la mayor parte de la población, entonces necesitaríamos tener un servicio decente y digno donde se nos atiendan nuestras necesidades en todo el ciclo vital”, dijo una enfermera joven que estaba en turno ese día. Mientras ella y otra enfermera mayor se lamentaban por el cierre de la unidad, entraron a un bebé recién nacido, en una incubadora, envuelto en mantas azules. Los médicos a su alrededor comprobaban que todo estuviera bien. Las enfermeras desviaron su mirada y lo contemplaron dormido. La unidad de ginecobstetricia del San Vicente era la única de Medellín que atendía casos de alta complejidad. Para la enfermera mayor, esto hacía más significativo su trabajo: “Era maravilloso darles un mejor cuidado y brindarles la mejor atención para que tanto ellas como los bebés salieran adelante”. Un pito repetitivo que daba cuenta de los signos vitales del bebé se escabullía en la conversación, mientras ellas miraban a los lados para asegurarse de no ser escuchadas: “Creemos que es importante que se sensibilice a la población de la gravedad del asunto y que se adopten medidas de salud pública para evitar el cierre masivo de los servicios de obstetricia”, dijo la más joven. Explicaron que este no es solo un problema del San Vicente. La Clínica del Rosario cerró sus servicios maternos el 30 de junio y otras como la de las Américas solo tienen una sala de partos. Según el Registro Especial de Prestadores de Servicios de Salud, en el 2012 Antioquia tenía registradas 1049 camas de obstetricia. En el 2023 esta cifra se redujo a 495 camas, de las cuales 237 están en Medellín. El deterioro de este campo de la salud viene dándose desde hace más de una década y las razones en su mayoría son financieras. “Desde hace mucho tiempo nosotros venimos regidos por un manual tarifario que tiene subvalorados los procedimientos que se hacen en el área obstétrica. Es decir, lo que se invierte en una actividad obstétrica realmente no se recupera, porque no se factura ni se cobra lo que vale”, cuenta Sandra Cuervo, docente de la Universidad de Antioquia y directora de Nacer, un grupo de investigación, docencia y extensión con énfasis en salud sexual, reproductiva y de la infancia. Esta problemática viene colapsando la red de salud, además de sobrecargar al personal médico y negar que las mujeres embarazadas tengan un parto humanizado, que ahora es obligatorio gracias a la Ley 2244 de 2022. En Medellín hubo 35.157 partos en 2022 y 18.917 en el primer semestre de 2023, según el Dane. Andrés Zapata Cárdenas, director médico del San Vicente, cuenta que ese hospital atendía alrededor de 900 cada año: “Nosotros no teníamos una participación de gran volumen en la atención obstétrica. En cambio, hay una atención igual o peor con los niños. En el hospital tenemos 200 camas destinadas a esta población y una mayor capacidad, por lo que decidimos enfocarnos en esta demanda pediátrica”. El cierre sería ese 31 de octubre. Así lo confirmaron las dos enfermeras. Afuera, terminaba el día. La unidad de ginecobstetricia fue fundada en 1929. Sus servicios cerraron el 31 de octubre del 2023. Foto: Renata Taborda. Los primeros cimientos La iglesia blanquecina del Hospital San Vicente Fundación reposaba ante un cielo nublado de octubre. Adentro, en uno de los bancos de madera café, una mujer rezaba arrodillada. Sostenía un rosario entre sus manos ante la cúpula decorada con un trío de pinturas en las que resaltaban las vestiduras blancas de su protagonista, Jesús. Un poco más abajo, un ramo de flores se asomaba en el costado derecho de una virgen María mediana envuelta en un manto verde oscuro y un vestido crema con el que sobresalía su embarazo. Al final del pasillo central, atravesando por el umbral de vitrales y cuadros, un patio exponía también a la madre de
En busca de Carolina

Carolina Giraldo Navarro, Karol G, me acompañó en forma de canciones desde que estaba en el colegio. Ya en la universidad, la busqué por más de un año para conocerla y entrevistarla para mi trabajo de grado, pero no pude encontrarla. Su concierto en Medellín fue para ella la cima de su carrera, y para mí, de alguna manera, el cierre de esa búsqueda. Foto: PHRAA. “Había una vez un lugar mágico lleno de colores, donde vivía una joven y hermosa sirena llamada Carolina…” Eran las 9:08 p.m., las luces del estadio se apagaron y solo se veía el escenario iluminado de azul. Una sirena inflable de unos cinco metros de altura salió del suelo. Una melodía familiar de fondo se mezcló con los gritos. —¿Dónde está? —¿De dónde irá a salir? A Karol G la escuché por primera vez en 2012 cuando cantó 301, la colaboración que hizo con Reykon y con la que su voz empezó a sonar fuera de Colombia. Yo tenía 12 años, estudiaba en un colegio público de Medellín y mi mamá me prohibía escuchar reggaetón. Recuerdo que me emocioné y me sentí orgullosa al saber que era una mujer la que cantaba. Pasó el tiempo y no supe nada más de ella, hasta que volvió en forma de canciones “incómodas” que hablaban de la sexualidad y del placer de las mujeres. Canciones que a mí me hacían sentir identificada. Recién empezaba la universidad. Sentí intriga por saber más de ella, quise entenderla y empecé a investigar sobre su historia y su trayectoria musical. Comprendí que su recorrido estuvo lleno de dificultades por ser una de las únicas mujeres en la industria de un género en el que las mujeres solo aparecían como objeto de deseo de cantantes hombres. En una entrevista para la revista Bocas contó que en 2009, cuando llegó a presentar sus primeras canciones en Universal Music, le propusieron ser compositora para otros artistas, pero le dijeron que era imposible firmar a una mujer que cantaba reggaetón. En abril de 2022 lanzó Provenza, canción que lleva el mismo nombre de un barrio residencial en El Poblado que desde hace cerca de una década empezó a concentrar sitios de rumba y luego problemas como la explotación sexual, asociados con el turismo masivo en Medellín. El video fue grabado en Lanzarote, una de las Islas Canarias, ubicada en el Océano Atlántico, frente a la costa de África Occidental. Aguas cristalinas color turquesa rodeadas de rocas volcánicas y arena blanca. Una isla de mujeres que juegan, descansan, bailan, toman el sol… Baby, ¿qué más? Hace rato que no sé nada de ti. Taba con alguien, pero ya estoy free. Karol G luce un vestido de baño de una sola pieza. Sus muslos y caderas con pequeños hoyuelos en la piel. Sí, celulitis. Todas ellas, también en vestido de baño, mueven sus cuerpos. Gordas, musculosas, delgadas, afros, rubias, mestizas… bailan con el oleaje del mar, se abrazan, ríen, celebran. Se escucha la lluvia y las gotas de agua se deslizan sobre ellas. Luego de verla en ese video, de sentir la música y disfrutar ser mujer, decidí hacer sobre ella mi trabajo de grado. Ya estaba terminando mi carrera de Periodismo en la Universidad de Antioquia. Pero no era solo sobre Karol G. Yo quería conocer a Carolina Giraldo Navarro. Hacer ese trabajo fue enfrentarme a la decepción de mis expectativas y ambiciones, pues soñé con entrevistarla. La busqué durante más de un año, les pregunté a periodistas y a gente de la industria musical. En algún momento intenté que se hiciera viral un tuit en el que pedía ayuda para encontrarla. Lo máximo que logré fue hablar con la encargada de su agenda que me dijo que era imposible por su disponibilidad y los permisos de la disquera. Tampoco pude llegar a su círculo cercano. Me explicaron que tienen contratos de confidencialidad. El 3 de octubre de 2023, medios de comunicación y páginas oficiales de su marca anunciaron que vendría a Medellín con el tour Mañana Será Bonito Bichota Season que empezó en Estados Unidos el 10 de agosto. Sería la primera ciudad de Latinoamérica a la que llegaría y la única en donde, además de concierto, habría un festival. Ella volvía a su casita a consagrarse y a cerrar un año exitoso, luego de ganar el premio al ‘Álbum del Año’ en los Latin Grammy 2023. «Hoy no es Medellín… Es Mede G» La última vez que Karol G se presentó en Medellín fue en diciembre de 2021 para cantar Bichota, Tusa, 200 Copas y el resto de las canciones de su álbum KG0516. Ese nombre hace referencia al 16 de mayo de 2006, cuando firmó un contrato con su primera disquera y adoptó su nombre artístico. Esa vez no pude verla. Dos años después, estuve entre las casi 100.000 personas que asistieron a las dos fechas del festival en el Atanasio Girardot el 1 y 2 de diciembre. “Hoy no es Medellín… Es Mede G”, publicó en su cuenta de Twitter. El viernes las puertas se abrieron a las 10:00 a.m. Había toboganes de colores, piscinas de pelotas, una rueda chicago, un carrusel y espacios para tomarse fotos. Afuera de la unidad deportiva había gente desde las 7:00 a.m. Miles de personas llegaban por las tres entradas habilitadas. Hacia el mediodía, con 30°C, las fans pasaban con chaquetas de cuero; pantalones, faldas y vestidos con lentejuelas; sombreros rosados de vaquera; pañoletas y brillitos en la cara y el cuerpo. “Amiga, ¿sabes si podemos pagar en dólares?”, me preguntó una turista en un puesto de comida. La Alcaldía de Medellín proyectó que el concierto dejaría ingresos para los comerciantes por más de 11 millones de dólares. Había vendedores informales con buzos, camisetas, sombreros, stickers, peluches y carpas de Karol G. También una tienda que vendía pelucas entre $180.000 y $350.000. “Quisimos aprovechar que venía pa’ Medellín nuestra Karol para sacar toda una colección inspirada en ella”, dijo Andrés Felipe Castaño, uno de los vendedores. Andrea Ramírez y su hija viajaron nueve horas desde Roldanillo, en el Valle del Cauca. “Nos
Quintero no fue el primero, Uribe le ganó

La última vez que un alcalde de Medellín renunció a su cargo fue en 1982. Quién entonces, como lo hizo Quintero iniciando octubre, dejó la administración de la ciudad, fue Álvaro Uribe Vélez. Así lo registró la prensa en ese momento. Octubre empezó con el fin anticipado de la alcaldía de Daniel Quintero. El ahora exalcalde de Medellín dijo que dejó su puesto para ser otro “soldado” de la campaña a la alcaldía de Juan Carlos Upegui, candidato del partido Independientes. Pero más allá de las polémicas que deja este hecho, Quintero no es el primer alcalde de Medellín que renuncia a su mandato. De hecho, ese título se lo lleva Álvaro Uribe Vélez, némesis del reciente exalcalde. De 1982 a 2023 El 15 de diciembre de 1982, Uribe renunció a su cargo como mandatario municipal después de casi cuatro meses de mandato. Pero estas renuncias tienen varias diferencias. En el 82, los alcaldes y gobernadores no se elegían por voto popular. El proceso, en resumen, era el siguiente: el presidente designaba a los gobernadores y estos a los alcaldes, por lo que Uribe, a diferencia de Quintero, no llegó a su alcaldía por voto popular, sino porque el entonces gobernador de Antioquia, Álvaro Villegas Moreno, le asignó el cargo. Villegas Moreno es más recordado en los últimos años como dueño de CDO, la empresa que construyó el edificio Space. Tanto Uribe como Quintero fueron alcaldes de partidos opositores al del gobernador de turno. Uribe, entonces del Partido Liberal, fue alcalde de un gobernador conservador; y Quintero, de un movimiento que se autodenomina independiente, tuvo fricciones durante su mandato con el gobernador liberal Aníbal Gaviria. De hecho, esta diferencia de partidos es una de las razones que llevó a Uribe a renunciar a su puesto en el 82. Un no tan conocido alcalde de Medellín renuncia El 16 de diciembre de 1982, periódicos como El Tiempo, El País, El Espectador, El Mundo y El Colombiano anunciaron la renuncia de Álvaro Uribe Vélez. Aquella salida no fue tan controversial comparada con la de Quintero. De hecho, varios de esos periódicos apenas le dedicaron unos dos o tres párrafos a desarrollar la información. “El alcalde, primera víctima de la crisis”: así tituló El Colombiano en su primera página el jueves 16 de diciembre del 82. La nota, más que centrarse en la salida del mandatario, hablaba de la crisis política que enfrentaba Antioquia. La noticia abría la portada de ese medio. Este fue uno de los primeros cargos administrativos de Uribe. Para esa época, no era nada comparado con la figura que es hoy. Prueba de ello es que su nombre ni siquiera aparece en los titulares de El País, El Espectador y El Mundo: “Alcalde de Medellín”, así lo nombraban en los titulares. El hoy expresidente, que irá a juicio por decisión del Tribunal Superior de Bogotá en la investigación en su contra por presunta manipulación de testigos, aún no tenía el peso mediático que tiene ahora. Para 1982 la razón que los medios daban para la renuncia de Uribe era que el mandatario había dejado el cargo por una “crisis administrativa” en Antioquia. Y es que los conservadores buscaban ocupar algunos puestos políticos ocupados por liberales. Sin embargo, el propio expresidente dice que la razón principal que le llevó a renunciar fue una inconformidad con la salida de Diego Calle Restrepo como gerente de EPM, quien era amigo cercano suyo. En 1982, Álvaro Uribe fue alcalde de Medellín por nombramiento del entonces expresidente Belisario Betancur. Frente a ese hecho conviene recordar lo siguiente: pic.twitter.com/cqGCzBw1Bb — Centro Democrático (@CeDemocratico) October 2, 2023 La versión “no autorizada” de su salida Otra versión controvierte ese relato oficial. En Secretos de un líder, biografía del Villegas escrita por el periodista Germán Jiménez Morales, el exgobernador afirma que Uribe salió por supuestos vínculos con el narcotráfico. Según él, el mismo Belisario Betancur, entonces presidente del país, lo llamó para decirle: “¿Cómo es posible que tengamos en la Alcaldía de Medellín a una persona de quien me han dicho que tiene nexos con narcotraficantes?”, por lo que, según esta biografía, la salida de Uribe se habría dado por orden del presidente. Sumado a lo que habría dicho Betancur en su momento, en 1991 la Agencia de Inteligencia de las Fuerzas Militares de Estados Unidos (DIA) creó un documento clasificado que contenía una lista de personas relacionadas con carteles de narcotráfico, en especial el de Medellín. Entre las 104 personas que figuran en el documento, Álvaro Uribe Vélez ocupa el puesto 82. “Asociado 82, Álvaro Uribe Vélez. Es un político colombiano, senador y dedicado a la colaboración con el Cartel de Medellín en los altos niveles del gobierno. Uribe fue vinculado a negocios que están conectados con actividades de narcotráfico en Estados Unidos […]. Uribe ha trabajado para el Cartel de Medellín y es un amigo personal y cercano de Pablo Escobar Gaviria (…)”, así figura el expresidente en el documento, junto a otros nombres familiares como Pablo Escobar, Fidel Castaño y Jhon Jairo Velásquez, alias Popeye. Este documento dejó de ser clasificado en agosto de 2004. Para ese momento, la gran parte de los que figuraban en esa lista estaban tras las rejas o bajo tierra. Uribe, en cambio, estaba en su primer mandato como presidente de la República. En respuesta a la desclasificación del documento, el 30 de julio del mismo año el gobierno colombiano emitió un comunicado en el que contradice esas acusaciones. Dice, por ejemplo, que Uribe nunca tuvo cuentas bancarias a su nombre en el extranjero y que estuvo en Harvard en un programa académico en el año en que se hizo esa lista, aunque no queda claro la relación entre esto y lo que el documento afirma. El asunto no termina ahí. De hecho, si nos devolvemos un poco en el tiempo, durante su campaña presidencial en 2002 (antes de que la lista de la DIA fuera pública), en una entrevista para el medio Newsweek, el reportero Joseph Contreras le preguntó a Uribe por sus supuestos vínculos con Pablo Escobar durante su periodo como director de la Aeronáutica Civil (1980-1982).