Las cuerdas que entrelazan las historias de Marinilla

Inicio Cultura Las cuerdas que entrelazan las historias de Marinilla
19 febrero, 2026
Por: Mariana Echavarría Jaramillo | mariana.echavarriaj@udea.edu.co

Un instrumento en las manos adecuadas puede ser la excusa perfecta para que las personas se reúnan. La música tiene el poder de crear conexiones entre conocidos y desconocidos, como pasa con estos creadores, reparadores e intérpretes de instrumentos de cuerda que mantienen viva en Marinilla una tradición de casi dos siglos.

En las calles de Marinilla se pueden cruzar historias como la de don Luis, el dueño de un taller donde se hacen guitarras; don Jairo, el doctor que las repara y embellece; Argemiro, el mariachi que toca su guitarrón en las esquinas y Ariel, el músico callejero que hace resonar su guitarra por las calles marinillas. Los une una tradición de cuerdas de varias décadas.

Cuatro generaciones

En el barrio La Dalia, en Marinilla, hay un lutier que repara, restaura y ajusta instrumentos de cuerda. Su taller se distingue fácil gracias a un cartel muy grande con su nombre: Ensueño. Luis Alfonso Arbeláez es el lutier y propietario, en su mirada amable se forman líneas de expresión cuando les sonríe a las personas que entran a su local. Todas las mañanas, a las ocho, en la puerta de vidrio del local voltea el cartel que indica que está abierto y queda listo para atender a los clientes que llegan de todas partes del mundo, atraídos por la fama de sus instrumentos. Luis Alfonso es el heredero de una tradición que llegó a su familia casi por azar.

Luis Arbeláez
Las fórmulas que usa Luis Arbeláez para calcular cuánto debe medir cada parte de la guitarra han pasado de generación en generación. Foto: Miguel Becoche Quintero.

Para la familia Arbeláez el oficio de hacer y reparar guitarras empezó hace unos 165 años, probablemente un poco más, entre recortes de madera y herramientas de ebanistería. Don Luis cuenta que en San Vicente Ferrer, de donde viene su apellido, su bisabuelo Isaac Arbeláez y la madre de este atendían a unos españoles que llegaron al pueblo para construir los muebles de la iglesia. Isaac era apenas un niño, pero les llevaba el almuerzo a los extranjeros y, quizás por la curiosidad que se le atribuye a la infancia, se entretuvo con ellos, quienes se encariñaron y le enseñaron un poco de carpintería.

Los españoles utilizaban sus ratos de ocio para fabricar guitarras con la madera de la construcción. La forma como Isaac aprendió a hacerlas sigue viva hasta hoy: don Luis fabrica sus instrumentos de cuerda con las mismas medidas y fórmulas matemáticas que usaba su bisabuelo, por ejemplo, para calcular las distancias entre los trastes en el diapasón.

Isaac creció y sus conocimientos de carpintería le permitieron crear una empresa de muebles de madera grandes, pesados y duraderos. Con el dinero que obtuvo se compró una finca en la que vivió con su esposa y sus 14 hijos, a quienes les enseñó el oficio de la ebanistería y, como pasatiempo, la construcción de guitarras. Solo uno llamado Lázaro se dedicaría luego de lleno a crear los instrumentos.

El abuelo Lázaro fue uno de los fundadores de La Dalia cuando migró de San Vicente a Marinilla. Igual que Isaac, Lázaro se dedicó primero a la ebanistería, luego a las guitarras y también heredó la tradición a sus 14 hijos. Su casa era gigante, como muchas de las casas antiguas. Al lado del patio central, en un patio más pequeño, creó su taller de instrumentos de cuerda. En una foto que tiene Luis sobre una pared en Ensueño se ve a su abuelo Lázaro rodeado de retazos de madera en ese taller de la casa gigante que ya no existe.

Allí, Lázaro y tres de sus hijos se dispusieron a crear tiples, guitarras, bandolas, violines e incluso pianos. Los instrumentos se hicieron famosos en el país por su afinación, cuenta Luis. Hasta allí iban personas para conseguir sus guitarras, pero sobre todo los tiples y las bandolas que, según él, son muy usados por los campesinos. 

El doctor de las guitarras

A una cuadra del parque principal de Marinilla un pequeño bar llamado Las Guitarritas tiene carteles peculiares escritos a mano: “Se compran guitarras vueltas mierrda” o “Prohibido fumar aquí. Menos gueler. Respute. No sea hijuepete”. Entre semana Las Guitarritas tiene una calma inusual porque funciona como taller: no se reproduce música a alto volumen ni se vende alcohol sino hasta el fin de semana. Allí se encuentra don Jairo Pulgarín, un doctor de las guitarras que, al mejor estilo de Víctor Frankenstein, puede hacer una nueva a partir de retazos de otras. De miércoles a viernes, don Jairo se dedica a reparar las guitarras “vueltas mierrda”. Sábados y domingos, a vender cerveza.

Guitarras Marinilla
Jairo repara guitarras “vueltas mierrda” y las vende como si fueran apenas de segunda mano. Aquí, en su bar-taller decorado por él mismo. Foto: Miguel Becoche Quintero.

Los carteles y el negocio de reparar las guitarras empezaron como un chiste, dice don Jairo, “porque las guitarras vueltas mierda nadie las compra, solo las botan. Y aunque estén vueltas mierda siempre tienen algo que sirve”. Él las negocia por un precio bajo para recuperarlas por completo o rescatar algunas de sus partes, que guarda para reparar otras. La madera fina, el hueso y las partes del cuerpo son lo que más busca al comprarlas. 

En la entrada del bar, un mostrador atravesado casi interrumpe el paso, pero estando adentro cualquier persona se encuentra un aura de tranquilidad que armoniza con las guitarras que reposan en ese mostrador. En las paredes hay un afiche grande de Marilyn Monroe; a la derecha, un reloj viejo y, debajo de este, una foto del Sagrado Corazón de Jesús; más a la derecha, el cartel que prohíbe “gueler” y, después, la imagen de una Virgen que él mismo intervino con joyas brillantes y que llamó “La Virgen de las alajas, según se lee en su marco. Sus visitantes le preguntan si la Virgen de Las Lajas no es la de Ipiales, Nariño, a lo que él responde, sarcástico: “esta no es esa Virgen, sino la Virgen de las alhajas”. Todo el lugar está lleno de intervenciones creadas por él.

Cuando don Jairo habla de los daños de las guitarras lo hace como si pudiera sentir su dolor. Como experto en el oficio de sanarlas explica que a veces llegan con un daño mayor por no quitarles las cuerdas cuando se caen y se golpean la parte inferior del cuerpo, ya que estas mantienen la tensión y producen un esfuerzo mayor que después es más difícil de reparar. Inició este oficio en la pandemia, cuando los almacenes y los talleres no producían ni reparaban instrumentos de cuerda. Desde entonces le han llegado muchas guitarras rotas por debajo. 

Considera que las guitarras que vende son “de segunda mano” por ser reparadas y casi completamente hechas por él, además son más favorables para quienes no pueden comprarse una nueva. Por ejemplo, una acústica de primera mano puede costar entre 200 mil pesos para principiantes y más de 15 millones de pesos si son profesionales, mientras que una guitarra con don Jairo cuesta, en promedio, alrededor de 350 mil pesos.

Un viernes de septiembre llegó al bar un señor llamado Argemiro de Jesús Duque, mariachi del grupo Recuerdos de México, con la intención de averiguar un guitarrón. Jairo sabía que el mariachi llevaba tiempo buscando este instrumento y él tenía dos. Uno de México con su etiqueta original, de una madera clara a la que se le ven las reparaciones que le hizo Jairo y al que le hacía falta, según el doctor de las guitarras, una capa de pintura en la parte de atrás, donde más se le veía la reparación, además de cuerdas nuevas que él mismo podría poner. 

Luego le mostró otro guitarrón, hecho en Bogotá, aún más dañado y con la visible necesidad de intervención. Este no solo lo estaba reparando, sino que él mismo lo decoró con pedacitos de madera oscura con la que creó, alrededor de la boca, una especie de sol hecho con recortes triangulares provenientes del cuerpo de otra guitarra. Jairo le insistió a Argemiro en que este instrumento nuevo podría costar millones, pero el que le estaba ofreciendo, el de México, era muchísimo más accesible: solo 500 mil pesos. 

Don Jairo es honesto en cuanto a los instrumentos. Les explica a los clientes qué problemas tenían cuando los recibió y cómo los solucionó. Allí mismo tenía una guitarra y un requinto encordados, los únicos instrumentos listos de su taller. Los demás carecían de cuerdas. Los vende así o cobra un poco más por incluirlas.

Con el requinto que tenía a la mano le bastó rasguear un par de acordes para comenzar una canción grabada en la memoria de sus dedos. Pronto, don Argemiro cogió la guitarra encordada, la probó y contó cómo fundó el primer grupo de mariachis en Marinilla, hace alrededor de 40 años, con instrumentos que fueron obtenidos poco a poco de lugares que vendían instrumentos de segunda; como el bar de Jairo, que ya existía, pero no vendía guitarras. Luego, Argemiro en la guitarra y don Jairo en el requinto tocaron para un salón casi vacío.

Antes de irse, Argemiro hizo una sugerencia para esta crónica: “Enfoque a este señor como debe de ser. Acá en Marinilla es el único que está promoviendo la cultura con las guitarras, con la socialización de la gente que puede venir a ensayar acá. Yo valoro mucho esto, es el único sitio en Marinilla donde pasa, para que lo resalte”. Una declaración extraña cuando se contrasta con que es un pueblo lleno de melodías, talleres, concursos de música y otras actividades culturales.

Historias humanas y no tan humanas

Solo tres hijos de Lázaro heredaron el oficio de lutieres y construyeron sus propios talleres. Luis recuerda que su padre Luis Alfonso en alguna ocasión hizo una guitarra hermosa con incrustaciones de madera. Al terminarla, la colgó en el almacén junto a las del abuelo Lázaro. Al poco tiempo llegaron dos clientes preguntando por las guitarras exhibidas. Uno de ellos señaló una guitarra hecha por Lázaro y preguntó el precio. Luego el cliente preguntó por la otra guitarra, la de incrustaciones. Lázaro llamó a Luis Alfonso y le preguntó que cuánto cobraba y este le propuso un valor superior al de la guitarra de Lázaro. Aun así, la compraron de inmediato. Lázaro quedó tan aburrido que le dijo a Luis Alfonso: “no, mijo, siga haciendo eso”, en referencia a las guitarras bonitas, y decidió que se dedicaría solo a hacer guitarras bonitas. Así, Luis Alfonso se dedicó a hacer las guitarras con los enchapes de madera lo más hermosas posible, a lo que Luis le atribuye que su papá haya tenido más éxito que sus tíos.

En otra ocasión un amigo de don Luis, dueño de una “especie de miscelánea” cercana, llegó a comprarle un tiple, lo que lo extrañó, ya que su amigo nunca había tocado un instrumento. Encontró uno y lo empezó a afinar frente a él, pero su amigo lo detuvo porque quería llevárselo desafinado. “Es que en el almacén están pasando cosas muy raras. Abrimos y encontramos todo en el piso. Nos dijeron que era un duende y que la única manera de que ese duende se vaya es entregarle un tiple desafinado, porque así pasa toda la noche bregándolo a afinar, pero no es capaz y se desaparece”, le dijo el amigo. Don Luis no pudo verificar si la estrategia funcionó y el duende se fue frustrado sin afinar el tiple. 

Además de historias sobrenaturales, en Ensueño ocurren otras muy humanas. Cuenta don Luis que un cardiólogo que vivía en Llanogrande, a sus 80 años y jubilado, estaba aburrido por no tener oficio. Un día se encontró con Álvaro Muñoz, un músico egresado de la UdeA, quien lo escuchó hablar de cómo se sentía abatido por la vejez y entonces le propuso enseñarle a tocar el tiple. Al principio el médico se negó. El músico insistió: “venga que en dos horas yo lo tengo acompañándome con una cancioncita, yo en la bandola y usted en el tiple”. Al final aceptó. A las dos horas ya daba sus primeros pasos en el instrumento. 

Al otro día, a la hora en la que abre el taller, el cardiólogo estaba comprando un tiple. A los tres años, el médico retirado y el músico consiguieron un guitarrista que los acompañó a grabar un disco autogestionado con siete canciones compuestas por ellos. Le regalaron un CD a don Luis, quien lo escuchó con asombro. La historia del cardiólogo y su tiple terminó cuando murió cuatro años después.

Don Luis fue el nieto favorito de Lázaro, quizás por eso fue quien heredó por cariño y no por deber, entre todos sus primos, el oficio de lutier. Muchos en la familia, con habilidades musicales, todavía se encuentran para tocar y cantar en las reuniones familiares. Incluso, uno de sus hijos, también interesado en el taller y que desde hace un rato está trabajando allí, apoya la tradición del lugar mientras recibe los saberes que han sobrevivido ya cuatro generaciones. Don Luis comenta feliz que su hijo trabaja con él, que su hija estudió Música y tiene una voz hermosa que complementa el sonido de las guitarras, y que la familia crece. “Creo que sí, hay guitarras pa rato”.

Una guitarra

Al lado de la iglesia principal de Marinilla hay una calle donde Ariel Gallego canta a diario con su guitarra. Cuando abre el estuche se puede ver que es de Ensueño, hecha por don Luis. Al preguntarle cómo la consiguió, indica cómo llegar al bar de Jairo. Esa guitarra de madera clara nació de las manos de don Luis, fue tomada por un aprendiz que la disfrutó hasta que un accidente la hizo llegar a las manos de don Jairo, quien al ver el potencial que mantenía, la arregló y se la vendió barata a Ariel. Ahora, la misma guitarra que recorrió el pueblo, lo acompaña todos los días en un estuche viejo que sube al caminador de ruedas que logra mover con dolor y bastante dificultad debido a una lesión en la cadera.

No recuerda su apellido ni su edad: “hace mucho dejé de llevar la cuenta”. Se levanta temprano para poder llegar a este lugar, pues la habitación donde duerme queda un poco lejos y así le resulta más barato el día a día que costea tocando su guitarra. Sin familia que lo acompañe, pasa los días tocando y cantando. Para él, las personas que pasan por esta calle no aprecian la música, no le prestan atención y siguen de largo sin ayudarle porque, afirma, “ahora la música no es suficiente”.

La guitarra de Ariel Gallego ya no suena por las calles de Marinilla. Desde el 3 de octubre solo suena en el asilo San José. Foto: Miguel Becoche Quintero.

Más