Despegar siendo músico emergente

Inicio Cultura Despegar siendo músico emergente
23 diciembre, 2025
Por: Sara Hoyos Vanegas | s.hoyos@udea.edu.co

Para muchos músicos emergentes, escribir canciones no es el mayor desafío. Lo verdaderamente complejo comienza después: sostener el proyecto, encontrar escenarios, acceder a formación, circular la música y, sobre todo, no abandonarla en el intento. El talento abunda, pero las plataformas son escasas, abrirse camino en la música suele disputarse entre la vocación y la supervivencia.

Foto: ICPA.

Hacer música no empieza en un escenario ni termina en una canción publicada. Empieza, muchas veces, en una habitación prestada, en una libreta con letras que no se cantan en voz alta, en un trabajo que no tiene nada que ver con el arte pero que permite sostenerlo. Los músicos emergentes se enfrentan a la falta de tiempo, de recursos, de oportunidades viniendo de lugares precarizados y, sobre todo, de espacios que les devuelvan la certeza de que su oficio tiene un lugar posible.

Esta es la historia de dos músicos que intentan despegar sin atajos, en un país donde crear no siempre garantiza existir. En medio de trayectorias interrumpidas por la rutina, las necesidades y la enfermedad mental, apareció un estudio rodante que, por unos días, se instaló en sus municipios y alteró el curso de sus carreras.

Hacer música cuando la vida aprieta

Cuando Damián Tello llegó a Antioquia, la música dejó de ser el centro de sus días. Antes de ser «Cresllo» era, ante todo, alguien intentando sostenerse. Había dejado Cali y, como muchos jóvenes, tuvo que concentrarse primero en resolver lo inmediato: el arriendo, la comida, el trabajo. Atravesó un periodo en el que las urgencias económicas se impusieron sobre cualquier proyecto artístico. Durante meses trabajó haciendo domicilios entre Medellín y el Occidente antioqueño, jornadas largas en moto que lo dejaban exhausto. «La rutina ya me había aplacado tanto que no había vuelto a hacer música», cuenta.

Su relación con la creación venía de mucho antes. Aprendió a escribir entre los tres y cuatro años, guiado por su padre, y desde entonces no dejó de hacerlo. En el colegio fue parte del periódico estudiantil, más por la posibilidad de publicar sus propios textos que por el ejercicio periodístico en sí. «Siempre estuve escribiendo», dice. La escritura fue el puente que más tarde lo llevó a la música. En el rap encontró una forma de trasladar la poesía a la canción, influenciado por raperos españoles como Porta, Nach y Santaflow pero, especialmente, por la escena venezolana de Apache, Canserbero y Lil Supa. «Me crié musicalmente con el rap venezolano».

Su historia es parecida a la de cientos de músicos que iniciando sus carreras se enfrentan a la realidad de tener que dejar la música en segundo plano para sobrellevar el día a día. Aquellos que no cuentan con una plataforma que los respalde o ganan algún concurso que encamine sus carreras, corren el riesgo de abandonar la música. Damián, afortunadamente, contó con lo segundo.

En medio de la rutina de levantarse, ir a trabajar, trasladarse de Ebéjico a Medellín, de Medellín a Ebéjico varias veces en el día, la primera convocatoria de La Nave, el estudio rodante de la Gobernación de Antioquia y el Instituto de Cultura y Patrimonio de Antioquia (ICPA) que visita a las subregiones para apoyar las carreras de artistas emergentes, apareció en un momento inesperado. Damián se inscribió sin grandes expectativas. No tenía un plan trazado ni una ambición desmedida. «Mi objetivo era ir a divertirme», cuenta. Y ese día, por primera vez en mucho tiempo, decidió no ir a trabajar.

El proceso fue distinto a lo que imaginaba. Desde el trato inicial hasta la dinámica de las audiciones, la experiencia le devolvió una sensación que había quedado relegada: la de ser artista. «Fue recordar literalmente mi motivo de existencia. La música es lo que me mantiene vivo«, afirma. A pesar de sentirse intimidado por el nivel de otros participantes, cuando subió a la tarima decidió entregarlo todo. «Cuando toco el escenario dejo de ser Damián y me convierto en Cresllo».

Fue elegido como uno de los ganadores de la primera temporada. El anuncio lo tomó por sorpresa. «No me lo creía», recuerda. Los aplausos, luces y vítores no bastaron para sacarlo del trance, pasó un minuto antes de que reaccionara y se diera cuenta que algo estaba a punto de cambiar. «Llegó como una cachetadita de la realidad, como un recordatorio de que sí podía hacerlo«.

El aprendizaje más fuerte no vino del escenario, sino de los conversatorios con artistas de trayectorias consolidadas. Allí comprendió que la música no es solo creación, sino una industria que exige planificación, estrategia y trabajo colectivo. Mercado, público, identidad artística y el equipo son elementos que suelen permanecer invisibles para quienes apenas empiezan. «Hay que empezar a verla como una empresa, pero sin dejar de amarla».

Después de su paso por La Nave llegaron otros espacios. Un campamento musical organizado por Sony Music Publishing, donde compartió procesos con artistas y productores ya posicionados. Lo que más le sorprendió fue el trato horizontal. «No era un seguidor hablando con un artista, éramos dos artistas». Durante ese proceso grabó «Rápido», una canción que marcó un cambio en su forma de trabajar. Escribió, reescribió, produjo y publicó. La letra salió en poco tiempo, «muy rápido», adaptándose a dinámicas profesionales distintas a las que conocía.

Damián insiste en que el valor central de proyectos como La Nave está en algo que pocas veces se nombra: la dignidad del artista. «A cada persona que pasa por ahí, gane o no, se le da trato de artista». Escenarios adecuados, buen sonido, registro audiovisual y acompañamiento real se convierten en estímulos decisivos para no desistir. «Cuando alguien te da el valor que necesitas como artista, eso te da gasolina para avanzar».

Cresllo durante un concierto de La Nave, el estudio rodante que recorrió municipios de Antioquia y le permitió grabar su primer sencillo en condiciones profesionales. Cortesía: Cresllo / ICPA.

Cantar sin bajar la guardia

A Jeyson Martínez, conocido artísticamente como «Son Jey», la música no lo encontró en una tarima, sino en la insistencia. Tenía catorce años cuando un amigo del barrio en Quibdó, con guitarra en mano, le pidió que cantara algo. Él se negó durante días. No sabía cantar, decía. No era músico. Quince días después, lo convenció de improvisar una canción. «Canté para que me dejara quieto», recuerda con una sonrisa.

La guitarra sonó sin rumbo fijo y Jeyson empezó a recordar el día en que conoció a su primera novia. De esa memoria salió «Noche Azul», una canción que nunca grabó, pero que marcó el inicio de todo. «Ahí fue que me metí en el problema», dice ahora, con una risa breve. El problema de no poder soltar la música. Ese fue el punto de partida de una carrera que hoy suma más de 17 años.

Jeyson venía de otra tradición: la orfebrería. Desde los doce años trabajaba el metal, como su abuelo, su padre y sus tíos. La música apareció como una grieta en una vida ya trazada. Primero fue el juego en la esquina, luego la improvisación frente a los vecinos, después una grabación casera que alguien llevó a un CD y sonó en una fiesta de quince años. El barrio empezó a escucharlo. Fue el origen de «Son Jey».

Sin embargo, los años pasaron y la vida no se acomodó. La mujer que inspiró su primera canción se convirtió en la madre de su hijo. La ruptura llegó del golpe y trajo consigo aislamiento, agresividad y depresión. Cuatro cuadros depresivos, explica. En medio de ese quiebre escribió «Loco de amor».

No era una metáfora. «En el barrio decían que estaba loco», dice. La canción fue una forma de explicar que no era locura, era dolor. «Loco de amor» se movió en la región, se escuchó, le dio un lugar. Y, como suele pasar con quienes recién empiezan, el reconocimiento no fue suficiente para resolver lo esencial y sostener una carrera cuando todo alrededor exige sobrevivir.

Jeyson no terminó el colegio. Empezó a trabajar, a ganar dinero joven. La música avanzaba a trompicones, siempre condicionada por el trabajo diario, por la manutención de su hijo, por la necesidad de invertir en su proyecto musical. «Esto no es gratis», explica. Antes de La Nave, hacía cuentas. Cada parte de una canción tenía un precio. Producción, video, promoción. El dinero del día a día no alcanzaba. «¿Cuántos días tengo que trabajar para pagar una canción de millón y medio?», se pregunta. Mientras tanto, veía a otros avanzar con más respaldo económico. «Hay artistas con menos talento, pero más oportunidades», dice sin resentimiento, con una mirada de resignación. La diferencia está en el acceso.

En uno de sus momentos más bajos, se fue a Medellín. Buscaba un cambio. No lo encontró. Sin trabajo estable y lejos de su familia, la depresión regresó con más fuerza. A los tres meses volvió al Chocó. Antes de irse, tuvo un sueño en el que se ahogaba. Una mano lo sostenía y una voz le decía que no bajara la guardia. Un año después escribió «No le baje». No sabía entonces que esa canción sería la puerta de entrada a La Nave.

Ya había visto el proyecto desde lejos, cuando estaba en Acandí. En la primera temporada no alcanzó a inscribirse. En la segunda, lo hizo sin demasiada esperanza. Tenía treinta y dos años, diecisiete cantando, nueve tomándose la música en serio. Había estado en Factor X en 2022, llegó a las galas, compartió con figuras reconocidas. Nada terminó de despegar.

Fue a la iglesia antes de la audición. Pidió una señal: «si ganaba La Nave, seguiría. Si no, dejaría la música». Las audiciones fueron en Chigorodó, en el Urabá antioqueño. Jeyson fue el primer artista en cantar y el primero en ganar. No lo tomó como una hazaña, sino como confirmación. La Nave apareció ahí, no como una salvación mágica, sino como respuesta concreta en el último momento.

El proceso fue rápido y exigente, la grabación en el estudio rodante, acompañamiento de productores, formación, escenarios. Por primera vez, su música no dependía solo de lo que pudiera pagar. «Ya no estaba solo», dice.

El 11 de diciembre subió a un escenario ante más de mil personas para cantar junto a Yuri Buenaventura, una de las figuras más singulares de la salsa colombiana. Después del concierto, el cantante se le acercó y le dejó un consejo que Jeyson todavía repite de memoria: «No ponerse ni por encima ni por debajo de lo que es». Al decirlo, levantó la mano izquierda sobre la derecha y dejó un espacio en medio, como marcando un punto exacto, un equilibrio.

A partir de ahí llegaron las entrevistas, la circulación de su nombre en plataformas regionales, los espacios de difusión que antes no existían. Y hoy lo dice sin rodeos: sin plataformas públicas, sin apoyo económico y sin redes, sostener un proyecto musical es casi imposible para quienes vienen de abajo.

Son Jey en tarima durante una presentación de La Nave. Las luces, el escenario y los bailarines al fondo acompañan una puesta en escena pensada para un público que no siempre tiene acceso a este tipo de conciertos. Cortesía: Son Jey / ICPA.

Cuando el estudio llega al municipio

Llega un camión. Se ve desde lejos porque no pasa desapercibido: es grande, de carga, y está pintado en los costados de azul y negro, con el logo blanco de La Nave. El nombre aparece en letras amplias, visibles. No intenta camuflarse. Al contrario: se anuncia. Cuando entra al municipio y se estaciona en la plaza o en una vía central, el paisaje cotidiano se altera. No es un vehículo de reparto ni de mudanza es otra cosa, aunque a primera vista conserve la forma de un camión de carretera.

Ese tráiler, que por fuera parece uno más de los que cruzan Antioquia, guarda en su interior un estudio de grabación móvil. Al abrirse, el compartimento de carga revela micrófonos profesionales, consolas, audífonos, equipos de producción y un espacio acondicionado para grabar con garantías técnicas. «Es un estudio lleno de sueños, de ideas, de creación», explica Mariana Parra Escobar, directora de comunicaciones del Instituto de Cultura y Patrimonio de Antioquia. «La intención siempre fue que el estudio llegara a donde normalmente no llega».

La Nave recorre los municipios del departamento como una plataforma itinerante para artistas emergentes. Su funcionamiento parte de una convocatoria pública que permite la inscripción de jóvenes de las subregiones. Tras una preselección, los participantes se presentan en tarima cuando el camión llega al territorio. Allí, un jurado con experiencia en la industria evalúa afinación, interpretación y presencia escénica. De ese ejercicio salen los artistas que suben a La Nave para grabar su primer sencillo de manera profesional.

El estudio no solo ofrece equipos, también acompañamiento. Productores y músicos con trayectoria orientan el proceso de grabación y ayudan a construir una maqueta musical que luego se finaliza en Medellín con músicos especializados. «Queríamos que los jóvenes estuvieran rodeados de personas que conocen la industria, que les hablaran desde la experiencia», señala Mariana.

Pero La Nave no se queda únicamente en la grabación. El proceso incluye espacios de formación y conversación donde los participantes escuchan historias reales sobre la industria musical, sus dificultades y posibilidades. Ese intercambio, que ocurre tanto dentro como fuera del camión, amplía el horizonte de quienes llegan con la idea de cantar una canción y salen entendiendo que la música también es un oficio, un trabajo colectivo y una red.

Para varios de los músicos, la experiencia funciona como un impulso. El impacto se mide en trayectorias. Jóvenes que luego circulan por tarimas municipales, que participan en eventos regionales, que llegan a escenarios como premios musicales o conciertos de gran formato. Algunos han logrado firmar con sellos y editoras, otros han encontrado caminos como productores o compositores. «No se trata solo de elegir tres ganadores», dice Mariana. «Se trata de abrir la mente, de que entiendan que hay muchas formas de habitar la música».

No despegar solos

Cuando el estudio se va, el camión desaparece de la plaza y el municipio vuelve a su ritmo habitual. Quedan las canciones grabadas, los contactos anotados en un cuaderno, la memoria de haber sido escuchados con atención.

Cresllo volvió a escribir. Son Jey decidió no soltar. Ninguno habla de éxito. Ninguno cree que el camino esté resuelto. Saben que la precariedad sigue ahí, que la industria no se vuelve justa de un día para otro.

Pero durante un tiempo alguien les dio un escenario, un sonido profesional, un público. Y eso, en un país donde tantos músicos cantan sin que nadie los oiga, no es poco. Es, apenas, lo suficiente para seguir.

Más