Estos son los fragmentos que recuerda Nury Morales Maya de su propia historia, una mujer paisa de 75 años que, junto con algunos miembros de su familia, entre las décadas de 1970 y 2000, se dedicó a trabajos relacionados con el tráfico de drogas y, a los 54 años, fue condenada a 14 años de prisión.
El primer viaje
Corría el año 1975 y, en un inquilinato del Barrio Antioquia de Medellín, vivía Nury Morales con su esposo José Sánchez. La situación financiera de esta pequeña familia no era buena: José estaba desempleado y el único ingreso que tenían provenía de la venta de empanadas que Nury ubicaba todos los días en la puerta del inquilinato donde vivían.
Un día, Óscar Morales, al ver la difícil situación económica por la que pasaba su hermana Nury, decidió proponerle ir a Perú para traer droga en botellas de vino de doble fondo, diciéndole: «Necesitamos gente que vaya al Perú». Y así, como si se tratara de una propuesta cotidiana, Nury escuchó por primera vez la posibilidad de dirigirse a otro país a traer droga. Sin más alternativa y teniendo en cuenta su economía en ese momento, decidió aceptar.
Al llegar a Perú, Nury fue llevada a un hotel donde se quedó ocho días. Cuando iba a devolverse para Colombia, le empacaron en canastas las «botellas de vino». Nury, además, en esas canastas empacó todas las cosas que había comprado para su hija y su familia. Cuando llegó al aeropuerto, solo hubo unas cuantas preguntas sobre por qué llevaba esas botellas, a lo que respondió: «Le voy a hacer la fiesta a mi niña de cumpleaños». Todo transcurrió con normalidad: pudo abordar el avión, llegar a Colombia, a Medellín y, como ella dice, «coronar», es decir, alcanzar el objetivo de traer droga al país. Por este viaje, en 1975, a Nury le pagaron 50 pesos colombianos, con lo que pudo, en esa época, pagar el arriendo, comprar comida, darle plata a su mamá y pagarle a su suegra una casa que por aquel tiempo había perdido debido a un crédito territorial.
El inicio de los Morales Maya
Agua calentada por el sol, con cebolla y un poco de sal: esa era la comida de 24 personas que vivían en una casa con piso de barro amarillo, paredes de ladrillo y latas ubicadas como tejas de manera estratégica para evitar que el agua se filtrara en las tormentas. Linier, Mario, Óscar, Yolanda, Álvaro y Nury son apenas seis nombres de los 22 niños que vivían en esa casa, con un padre alcohólico y una madre que trabajaba todo el día en una máquina de coser para juntar algo de dinero con el que pudieran comer.
Con el paso de los años, los hijos mayores como Linier y Omar aprendieron el oficio de la zapatería y, por esta razón, en su casa —ubicada en el Barrio Antioquia de Medellín— llegaban muchas personas, desde los más adinerados hasta los más pobres. Fue así como un día un amigo de Linier le contó que se había encontrado una bolsa de cocaína, pero que no sabía qué hacer con ella. Linier, quien gracias a su oficio había conocido a un hombre dedicado al microtráfico, decidió presentárselo a su amigo. Al conocerse, estos dos hombres decidieron asociarse, y fue así como la familia Morales Maya recibió por primera vez dinero relacionado con el tráfico de drogas, pues Linier obtuvo una recompensa económica por presentar a estos dos hombres.
No pasó mucho tiempo para que el amigo de Linier le propusiera a Berta Yolanda, la madre de los 22 hermanos, comenzar a viajar por Colombia y otros países llevando droga adherida a su cuerpo. Berta aceptó y comenzó viajando a Panamá con barrigas falsas que contenían droga.
Luego fue el turno de Álvaro, quien viajaba a Puerto Asís —un municipio de Colombia, en el departamento de Putumayo— para traer droga a la ciudad y revertirla; es decir, traía basuco y lo convertía en perico. Los viajes de Álvaro eran cada vez más frecuentes, muchas veces en compañía de su madre Berta. En ocasiones también viajaban los hermanos más pequeños, como Libardo y Mario, estos eran llevados para poder decir, en caso de que la policía los detuviera, que iban o venían de un paseo familiar.
Los viajes los hacían en un Jeep que les había regalado su «jefe», pero que, asegura Nury, era malísimo, pues cada tanto su madre y sus hermanos quedaban varados en la carretera.
La vida les empezó a sonreír. Con Berta, Linier y Álvaro en este trabajo, los pies de aquellos jóvenes ya no se llenaban de lodo amarillo cuando caminaban descalzos, pues ahora el piso de la casa tenía baldosa, y los ladrillos, desde que fueron cubiertos por una mezcla espesa de cemento, ya no tallaban tanto al dormir en el rincón de la cama o al apoyarse en la pared.
Comenzaron a progresar: comían mejor, dejaron atrás el agua de cebolla y tuvieron la oportunidad de comer carne en el almuerzo y huevo día por medio. Sin embargo, a medida que la economía fue creciendo, la familia fue disminuyendo: ya no eran 24, sino 16. El padre había muerto y cinco de los 22 hermanos también. Todos, dice Nury, por muerte natural.
Por otro lado, Omar Morales, el mayor de los 22 hermanos, siguiendo el oficio familiar de la zapatería, comenzó a hacer zapatos cargados con cocaína. Sus hermanos Linier y Álvaro también se unieron al negocio de los «zapatos». Estas dinámicas de viajar, traer, llevar droga y realizar zapatos se repitieron por varios años.
La vida de Nury
El segundo viaje de Nury fue a Cartagena. Cuenta que le ponían dos toallas higiénicas llenas de droga, que le dificultaban caminar un poco, pero que nunca tuvo problemas en aeropuertos o terminales de transporte, pues la seguridad era mínima. Como estos viajes, menciona muchísimos más; pierde un poco la cuenta y la noción del tiempo entre uno y otro, y los detalles de estos son cada vez más similares.
Hay un viaje que Nury recuerda con mucha jocosidad. Junto a su esposo José viajó a Estados Unidos a llevar droga. Debían quedarse allí por un año o seis meses para no levantar sospechas al regresar a Colombia. Sin embargo, ella asegura no haberse sentido cómoda, pues allá no trabajaban ni tenían mucho por hacer, así que, unos días después de llegar, se voló y regresó a Colombia. Su esposo, quince días después, también volvió. Ella menciona que los iban a matar, pues para sus jefes eso había sido plata perdida. Sin embargo, quizá por el vínculo que su familia tenía con «los jefes», nunca les sucedió nada; incluso les pagaron por hacer ese viaje.
Su vida transcurría entre viajes a destinos como San Andrés, Perú, Panamá, Cartagena y Estados Unidos. Sin embargo, estaba casada con su esposo José e intentaban tener hijos, pero nunca pudieron. Cuenta que tuvo alrededor de siete abortos, tres de ellos de mellizos y que en su último intento por ser madre, el doctor le dijo que podía morir si lo intentaba una vez más. Así que, junto a su esposo, decidieron que se operaría.
Poco tiempo después apareció Yuliana, una bebé que había sido abandonada por su madre en la casa de la señora que la cuidaba. José y Nury decidieron adoptarla: le compraron cuna, ropa, juguetes y le dieron la mejor vida posible. Sin embargo, Nury nunca dejó de viajar, pues dice que esa plata, como llegaba, se iba. No obstante, no lo hacía en compañía de su esposo, ya que él solo hizo dos viajes: uno a Estados Unidos y otro a San Andrés, poco antes de morir.
Cuando Yuliana tenía dos años, junto a los amigos de su padre y su madre organizaron un paseo para ir a pescar al río Cauca, ubicado en el municipio de la Pintada, Antioquia. Al llegar allí, comenzaron a prender la leña para preparar comida, pues como llevaban una bebé, no podían dejarla mucho tiempo sin comer. Nury cuenta que ella estaba en la orilla de la quebrada con su hija cuando sintió que le tiraron agua del río. Al reaccionar, vio que su esposo se estaba ahogando debido a una corriente de agua muy fuerte que bajó de manera inesperada desde la parte alta del río. Su esposo murió y fue encontrado tres días después en el municipio de Concordia.
Luego de enviudar, Nury se vio obligada a volver a la casa de sus hermanos. La relación con ellos era muy difícil, pues ella poco podía trabajar porque su hija aún era una bebé y la economía en esa casa era muy mala, pese a los trabajos de todos. Mientras tanto, Berta, su madre, se encontraba en Estados Unidos cuidando casa caletas de narcotraficantes, y dos hermanos más entraron al negocio del microtráfico: Walter viajaba a otros países a llevar droga y Julio hacía zapatos en compañía de sus hermanos Omar, Linier y Álvaro.
A la lucha con sus hermanos se le sumaron otras más. Nury tiene 14 cirugías relacionadas con el cáncer: de seno, de útero y de tiroides. Estas la llevaron a someterse a múltiples operaciones, todo porque siempre tuvo claro que, fuese como fuese y tuviera las luchas que tuviera, debía sacar adelante a su hija, quien no tenía más familia que ella. Además, en la intimidad de su habitación la depresión por la muerte de su esposo solo era calmada con alcohol.
Debido a todas estas situaciones, Nury se alejó completamente de los viajes y de la droga, y se dedicó a cuidar de su hija y a trabajar en los pueblos enseñando a bordar, tejer, hacer cuadros y pintar: oficios que aprendió empíricamente o, como ella dice, «viendo a la gente hacer». Afirma que desde niña bordaba, pero que, en cuanto a las demás labores que enseñaba, nunca tuvo ningún tipo de formación, más allá de observar y replicar. Así pasó varios años, hasta que su hija cumplió 18 años y su madre Berta enfermó, por lo que renunció a su trabajo para cuidarla en sus últimos días.
Tiempo después, Berta, la madre de Nury, murió, y la relación con sus hermanos empeoró, pues ella nuevamente estaba desempleada y poco podía ayudar en los gastos de la casa. Entonces comenzó a madrugar a cualquier lugar donde hubiera filas —EPS, bancos, farmacias donde reclamaban medicamentos, oficinas de pensiones, etc.—, con el fin de llegar de primera y luego vender el puesto a alguien que llegara más tarde y se encontrara con la fila. Con esto lograba conseguir algo de dinero para comprar comida y cubrir algunas obligaciones de la casa y de su hija.
Mientras tanto, la relación con su hija se iba deteriorando cada vez más. El primer gran quiebre ocurrió cuando Yuliana tenía alrededor de 15 años, y un padre le dijo que era adoptada. Yuliana se enojó muchísimo por ese secreto y desde entonces nada volvió a ser igual. Antes de que Berta muriera, Yuliana le robó dinero a su abuela para hacer una fiesta, y Nury tuvo que pagarlo; ese fue el segundo gran quiebre. Después, cuando Yuliana tenía alrededor de 20 años quedó embarazada y Nury la mantuvo a ella y al padre de su nieto por varios años.
La caída de los Morales Maya
Con el paso de los años, el sistema de seguridad de los aeropuertos y terminales de transporte se vio obligado a mejorar, ya que en la época de los 80 y 90 hubo una oleada muy fuerte de tráfico de drogas, impulsada por el Cartel de Cali y el Cartel de Medellín, grupos armados que traficaban drogas en el interior del país y a nivel internacional. Por esta razón, y debido a los constantes viajes que realizaban los Morales Maya, uno a uno empezaron a caer, algunos en territorio colombiano y otros en el exterior.
Linier, el pionero de este negocio, fue capturado en su casa de Estados Unidos. Un día, una avalancha de personas se dejó venir por la cuadra donde él vivía. Lo que él no sabía cuando abrió la puerta era que, detrás de aquella multitud, venía un gran grupo de policías con intenciones de entrar a su casa. Cuando la policía entró, se encontró con varias caletas —dinero envuelto en papel vinipel— y suelas de zapatos de niño que tenían cocaína dentro. Nury poco recuerda de las fechas, pero asegura que fue condenado a 23 años de cárcel; no obstante, gracias a algunas amistades que había cultivado con el tiempo, como federales, terminó pagando 11 años.
Por otro lado, Mario fue detenido en el aeropuerto de Madrid, España, luego de que le descubrieran cocaína en el doble fondo de su maleta. Pero Mario fue sagaz y, por esta razón, su historia en la cárcel no fue muy larga ni hubo una condena en su contra, ya que un día, cuando lo sacaron de la cárcel donde estaba detenido para realizar unos trámites protocolarios, logró escapar y devolverse a Colombia. Sin embargo, su problema no terminó ahí, pues para sus «jefes» era muy difícil creer que había estado detenido y que había logrado escapar. Pero por segunda vez, y por razones que son desconocidas para Nury y para Mario -en su momento- , un integrante de la familia Morales Maya se salvó de la muerte debido a temas relacionados al tráfico de drogas. Pues sus «jefes» amenazaron con asesinarlo, pero nunca lo atacaron.
Por su parte, Walter es descrito por Nury como una persona muy difícil y llevada de su parecer, es decir, que siempre ha hecho lo que ha querido sin escuchar a los demás. Es por esta razón que Walter decide hacer un viaje a España cuando su madre, Berta, estaba a punto de morir. Pese a la insistencia de Nury para que no se fuera, él viajó. Al llegar a Madrid fue descubierto y detenido, e hizo un acuerdo con la policía que consistía en ponerse unos micrófonos en el cuerpo por 24 horas con el fin de sostener conversaciones con sus «jefes» y así poder delatarlos a cambio de su libertad.
Pese a este plan, cuando llegó a Colombia se encontró con el lecho frío de la muerte de su madre y, debido a esto, no pudo llevar a cabo su plan. Sin embargo, no vinieron a buscarlo, pues él se despojó de todo lo que le habían puesto en el cuerpo. Pero poco tiempo después volvió a viajar con droga al mismo destino y aeropuerto. Cuando vieron su documentación, inmediatamente lo detuvieron y fue condenado a 10 años de cárcel.
La historia de Óscar no fue muy diferente: fue detenido en Estados Unidos en las mismas condiciones que sus hermanos, llevaba cocaína en un bolso de doble fondo. Nury no recuerda muchos detalles sobre su detención, pero dice que fue condenado a 3 años y que su esposa quedó a la deriva, razón por la que ellos la acogieron en la casa familiar.
Luego de estas capturas, ninguno de los hermanos siguió dedicándose a temas relacionados con el tráfico de drogas. Vivían, en su gran mayoría —a excepción de quienes tenían esposa e hijos— en la casa familiar. Eran muchos y el trabajo poco. La economía era mala y, como podían, hermanos como Álvaro, Nury y en ocasiones Óscar, luego de salir de la cárcel, mantenían a los demás hermanos y sobrinos que vivían allí.
Los últimos 21 años de Nury
Corría el año 2004. Nury seguía viviendo en la casa familiar con sus demás hermanos, su hija y ahora su nieto Sebastián, quien para ese entonces tenía dos años. Nury era muy cercana a su hermano Álvaro, pues dice que siempre la apoyó, le ayudó y nunca la hizo sentir mal por no tener dinero.
Álvaro, aunque ya no trabajaba en nada relacionado con el microtráfico, seguía siendo amigo cercano de un hombre que en algún momento fue su «jefe» y que aún se dedicaba al tráfico de drogas. Este hombre conocía a Nury y le propuso que hiciera un viaje en bus de Medellín a Cúcuta llevando una maleta con droga. Ella se opuso completamente, pues hacía muchos años que no viajaba y no pensaba hacerlo nuevamente.
Sin embargo, este hombre decidió aprovecharse de la amistad que tenía con Álvaro y lo secuestró para obligar a Nury a viajar. Desesperada por no saber el paradero de su hermano, recibió una llamada de este hombre, en la que le decía que lo tenía retenido y que si ella aceptaba viajar, él lo liberaría. Ella accedió.
El día del viaje llegó —no recuerda la fecha exacta, pero sí el año: 2005—. Nury emprendió camino en un bus que la llevaría a Cúcuta, tranquila porque antes de viajar había visto a su hermano sano y salvo. El hombre le entregó un bolso de doble fondo con su nombre —Nury Morales Maya—, que en su interior llevaba heroína, aunque ella no lo sabía.
En mitad del viaje, los policías de carretera detuvieron el bus para hacer un control de «rutina». Sin embargo, Nury cuenta que los policías, casi de inmediato, revisaron aquel bolso. Le preguntaron si era de ella y ella asintió. El viaje continuó, y llegando a Cúcuta nuevamente pararon el carro y, por segunda vez, revisaron su bolso. Esta vez la hicieron bajar del bus, le preguntaron si sabía qué llevaba dentro y, al responder que sí, la esposaron y fue recluida en la cárcel de mujeres de Cúcuta. A sus 54 años fue condenada a 14 años de prisión por tráfico de drogas, específicamente de heroína.
Pasó nueve años en esta cárcel. Ella dice que vivió mejor allí dentro que afuera. Se ganó el cariño de las guardianas del INPEC, de las PPL y de las trabajadoras sociales que iban con frecuencia a realizar proyectos. Cuenta que tenía sus tres comidas al día, a veces ni siquiera el alimento que ofrecían en la cárcel, ya que, las guardianas le llevaban comida de sus casas. Ahora no tenía que preocuparse por madrugar a hacer largas filas para después vender el turno; por primera vez en mucho tiempo el dinero no era una preocupación.
Con su carisma se ganó el corazón de Argenida, una trabajadora social cucuteña que iba con frecuencia a la cárcel a hacer grupos de oración. Argenida le llevaba todo lo de aseo personal y materiales para bordar y pintar. Nury, por mucho tiempo, les enseñó a las reclusas a bordar, pintar y tejer.
Luego de nueve años, y faltando aún cinco para completar su condena, Argenida inició el proceso para que Nury pudiera salir en libertad condicional. Este proceso fue exitoso y, en 2014, Nury salió en casa por cárcel. Argenida la llevó a su casa en Cúcuta, pero Nury, rápidamente se aburrió de estar allí, así que pidió traslado para Medellín.
Nury llegó nuevamente a la casa familiar. La preocupación por el dinero reapareció. Madrugar a hacer filas para luego vender los turnos volvió a ser parte de su forma de subsistir. Sin embargo, su hermano Álvaro no la desamparó. No obstante, dos años después, Álvaro murió. Nury quedó a la deriva, pues Alvaro siempre la ayudó económicamente, y además, viviendo con Walter un hermano que la humillaba.
En 2018 Nury terminó su condena y decidió irse de la casa familiar. Se fue a donde una amiga, pero luego de problemas de convivencia decidió marcharse nuevamente, esta vez sin rumbo, a la calle. Cuenta que pasó noches enteras durmiendo debajo del techo de algún pasaje comercial en el centro de la ciudad, que iba donde su amiga a bañarse y a comer un poco, pero luego volvía a la calle. Así pasó un año, hasta que un día se comunicó con una de sus sobrinas, quien le dijo que se fuera para la casa de Libardo Maya – hermano de Nury- quien para ese entonces ya había fallecido, pero en cuya casa se encontraba su hijo Jhonatan Maya, mi papá.
Fue así como, a finales de 2019, conocí a Nury o a «Titi», como le digo de cariño. Había escuchado su nombre antes, pues mi abuelo, Libardo Maya, la amaba y siempre hablaba de ella. Nury fue quien lo encontró cuando apenas tenía unos cuantos meses de nacido. Mi abuelo era adoptado: los Morales Maya lo acogieron, lo criaron y lo amaron. Y a mí me concedieron la gran oportunidad de conocer su historia.
Hoy, 21 años después de la captura de Titi, y con 75 años, la veo; bajita, de no más de 1.50, con su cabello y cejas blancas, su piel ya tarjada por los años, pero con la seguridad de que cada una de aquellas líneas guarda la experiencia que le da vida a este relato y a ella misma. Narra esta historia con emoción, duda un poco de las fechas pero nunca de los sucesos, situaciones que siempre estuvieron atravesadas por la pobreza y la necesidad, incluso cuando lo tenían todo. Y para confirmarlo, me mira a los ojos en aquella habitación un poco fría, donde los ladrillos sí tallan y los pies, aunque no se enlodan, se ensucian con el pavimento del piso, y me dice:
—Esa plata es maldita, mija. Usted puede coger millones y millones, saque un peso y ya al otro día no tiene nada.