El cuidado –ese conjunto de prácticas que sostienen la vida de personas dependientes por vejez, enfermedad o discapacidad– es una actividad fundamental para la vida. Históricamente ha recaído en la responsabilidad de las mujeres, pero el envejecimiento de la población y los cambios en la composición de las familias plantean interrogantes sobre cómo la sociedad asume este trabajo.
A Consuelo, mi abuela materna, le detectaron alzhéimer en 2017, a sus 74 años. Bastaron solo dos años para que comenzara a requerir atención constante, por lo que sus cuatro hijas y su hijo hicieron el siguiente arreglo: de lunes a viernes una persona contratada la cuidaba en el día y la hija que vivía con ella en la noche; y cada fin de semana una de las hijas se encargaba de ella, mientras que el hermano solo aportaba irregularmente la cuota para el salario de la empleada. La enfermedad duró ocho años en los que toda la familia vio el deterioro de sus facultades y su tránsito hacia la dependencia del cuidado de otros.
Las familias numerosas, más comunes en generaciones pasadas, han tenido la posibilidad de hacer este tipo de arreglos, ya sea distribuyéndose el cuidado entre varios o recurriendo al truco cruel de adjudicárselo a una sola persona. Sin embargo, tanto la familia como la estructura de la población en general están cambiando y es posible que en algunos años sea más difícil responder a la pregunta: ¿a mí quién me va a cuidar?
Según la Organización Mundial de la Salud (OMS), en 2020 había 1000 millones de personas de 60 años o más, para 2030 esta cifra se elevará a 1400 millones, una de cada seis personas en el mundo. Un informe del Departamento de Asuntos Económicos y Sociales de las Naciones Unidas reveló que la expectativa de vida en el mundo pasó de 70.9 años en 1995 a 78.8 en 2024. La proporción de adultos mayores en Colombia pasó del 6.9 % en 1985 al 13.8 % en 2020, y alcanzará el 16 % al inicio de la próxima década, según el Ministerio de Salud.
La OMS advierte que si los años adicionales se viven en buena salud, la sociedad podrá contar con personas laboralmente activas durante más tiempo; pero si presentan limitaciones considerables en sus capacidades, como las que pudieron haber vivido sus padres a esa misma edad, la demanda de asistencia sanitaria será superior y la contribución de las personas mayores a la sociedad estará más restringida.
Otra cifra en aumento es la de personas con discapacidad, que según la misma organización son más de 1300 millones: el 16 % de la población. Esta cifra está incrementando por la mayor expectativa de vida y por el crecimiento de las enfermedades no transmisibles (como la diabetes, el cáncer y la EPOC), que hoy son responsables del 75 % de las muertes anuales y a mediados del siglo podrían representar el 86 % si no se consigue su disminución.
El panorama de la transición demográfica augura que la necesidad de cuidado va a sobrepasar la capacidad de la población y exige que la sociedad replantee la distribución de este trabajo. Según la fundación Saldarriaga Concha, el encogimiento de los núcleos familiares y la inclusión de las mujeres en el mercado laboral pueden disminuir las posibilidades de cuidar o llevar a hacerlo en condiciones de sobrecarga para los cuidadores.
Para la demografía, la tasa de reemplazo que asegura un «crecimiento nulo» de la población es de 2.1 hijos por mujer. Hoy, en el mundo, las mujeres tienen 2.3 hijos en promedio, uno menos que en 1990, pero en más de la mitad de los países la tasa ya es menor a la de reemplazo. En el caso de Colombia, esta tasa ha bajado de 6.7 hijos por mujer en 1960 a 1.6 en 2024, según el Banco Mundial.
Desfeminizar el cuidado
Mariela López, Eudalia Agudelo y Marta Osorio son tres mujeres cuidadoras de Medellín. Viven el cuidado en condiciones socioeconómicas y emocionales distintas, pero tienen en común su género, como la mayoría de las personas que ejercen esta labor. A lo largo de la historia, las mujeres han asumido esa responsabilidad por la idea de que poseen unas «virtudes femeninas» que las hacen las cuidadoras naturales. Este rol que la sociedad patriarcial le ha asignado en función de su género ha relegado esta labor al ámbito privado, lo que dificulta su reconocimiento y redistribución. La Encuesta de Calidad de Vida del Dane de 2020 reveló que, en Colombia, el 82.1 % de las personas que se dedican al cuidado de alguien con discapacidad en el hogar son mujeres; en el caso del cuidado de personas mayores, la cifra es de 84.8 %.
Mariela, una mujer de 77 años que cuida a su hija Sandra, de 57, puede dar fe de lo demandante que es esta labor. Empezó a cuidarla a tiempo completo desde el 2020, después de que su hija fue diagnosticada con atrofia multisistémica de tipo parkinsoniano, una enfermedad neurodegenerativa que afecta las funciones motrices e intelectuales. El cuidado ha sido su vocación, durante años se desempeñó como enfermera particular y luego como cuidadora de sus propios familiares, incluida su madre, a quien vio morir. Aunque su hija vivió cuatro meses en un hogar geriátrico tras recibir el dictamen médico, Mariela prefirió hacerse cargo de su cuidado.
Su rutina inicia a las cinco de la mañana con el primer medicamento que debe suministrarle a Sandra, y termina aproximadamente a la una de la mañana del día siguiente, después de darle la última pastilla y prepararla para dormir. Durante las más de 18 horas que está en función de su hija, la baña, modifica su posición en la cama hospitalaria, le cambia el pañal, la pasa a su silla de ruedas y le administra sus medicamentos.
El esposo de Sandra contribuye en las labores domésticas y del cuidado y una enfermera acude a relevarla por un par de horas dos veces a la semana, pero Mariela prefiere ser quien se encargue mayoritariamente de su hija: «Ha sido un poco difícil por la edad mía y mis condiciones de salud, porque como trabajé con enfermos pues siempre la columna me molesta. Pero me siento capaz de bregarla». No obstante, su deterioro y asumir la mayor parte del cuidado la han llevado a sufrir de estrés: «Mi hija me va matar a mí, me va a llevar, porque yo me mantengo muy triste, muy angustiada, muy tensionada», cuenta.
Las personas cuidadoras pueden llegar a tener el síndrome de sobrecarga del cuidador, caracterizado por el agotamiento físico y mental que conlleva esta labor. Quienes lo sufren pueden padecer estrés crónico, ansiedad, depresión, alteraciones del sueño y agotamiento físico. La doctora Alicia Krikorian, psicóloga de la Universidad Pontificia Bolivariana y coordinadora del Grupo de Investigación en Dolor y Cuidado Paliativo, comentó que este síndrome se manifiesta por la asunción de una cantidad exagerada de responsabilidades, la falta de apoyo y de recursos, y el agravamiento de la situación de la persona dependiente. En ese sentido, el mayor alivio puede provenir de redes de apoyo que le garanticen al cuidador el relevo necesario para dedicarse a otras actividades, «pero la realidad es que, en muchos casos, se ven obligadas a asumir el cuidado o se quedan solas para una labor que va en incremento, entonces cada vez están más agobiadas y deben renunciar a más cosas: la vida personal, el trabajo, los estudios, la recreación, el sueño».
Además de las consecuencias para la salud física y mental, ejercer el cuidado en el hogar y desde la informalidad puede conllevar, en muchos casos, la sobrecarga por trabajar y ser cuidador o la exclusión temporal o definitiva del mercado laboral, el incremento de gastos y la disminución de ingresos, y la reducción del tiempo disponible para el cuidado propio y la realización de otras actividades.
Según datos recogidos en el Plan de Desarrollo de Medellín 2020-2023, en la ciudad hay más de 60 mil personas con discapacidad, de las cuales el 84 % requiere apoyo permanente para el desarrollo de sus actividades y sus cuidadoras principales son mujeres en más del 90 % de los casos, lo que refleja la sobrecarga de las labores domésticas y de cuidado en las mujeres y representa limitaciones para su participación social, política y laboral.
En una casa de madera y ladrillo en el barrio La Honda, en la comuna 3, Manrique, vive Eudalia, una mujer de 42 años que cuida a su hijo Juan Pablo, de 24, quien tiene discapacidad cognitiva y motriz causada por parálisis cerebral. Durante años, ella se ha repartido la labor con su hijo menor, Juan Miguel, de 21 años, pues por la severidad de su condición, Juan Pablo requiere atención constante.
Eudalia alternó esta labor con el trabajo doméstico remunerado que desempeñaba por días, pero sin cotizar a pensión, y en 2023 tuvo que retirarse de su trabajo por una fractura de tobillo. Está desempleada para garantizar el cuidado de su hijo mientras Juan Miguel trabaja. «No se puede dejar solo porque él se mueve mucho en la cama y se cae. En estos días yo estaba sentada ahí y se me cayó. Se hirió en la cabeza y eso lo bañó en sangre, yo creí que se había dañado la nariz. Uno tiene que estar muy pendiente de él, estarlo corriendo, acomodándole las almohadas, recogiéndolas del piso. Hace rato no salimos él [Juan Miguel] y yo juntos porque no ha habido quién se quede con Juan Pablo. Y para sacarlo con estos aguaceros, y este transporte de acá, y esta lejanía… Imagínese pues».
Para hacer frente a la invisibilización del cuidado y reducir la brecha de género, la economista Diana Elson propuso en 2008 las 3R del cuidado no remunerado: reconocer de quién ha sido esa labor históricamente, es decir, de las mujeres; reducir la carga de las personas cuidadoras; y redistribuirla por medio de la corresponsabilidad del Estado, la comunidad, el mercado y la familia, lo que la académica Shahra Razavi llama el «diamante del cuidado».
La Organización Internacional del Trabajo agregó dos erres más: la remuneración y la representación, al considerar que el cuidado es un sector fundamental para la economía que debe valorarse como un trabajo y no como una práctica cotidiana. «Desde esas erres se debe generar una sinergia para crear políticas públicas», apunta la doctora en antropología social Berena Torres, docente de la Facultad de Enfermería de la Universidad de Antioquia y delegada de la academia en el Comité Técnico de la Política Pública de Cuidado de Medellín.
Dignificar la labor
Como aún hay un largo camino para lograr la corresponsabilidad social en los cuidados, las búsquedas por el reconocimiento siguen siendo necesarias para aportar bienestar al trabajo de las personas cuidadoras. Marta, de 64 años, es la presidenta de la Mesa de Cuidadores de la Comuna 8 y ha trabajado desde el 2019 por los derechos de las personas cuidadoras en su comuna y en la ciudad, promoviendo la organización de este grupo poblacional para exigir al distrito capacitación, relevo y remuneración: «En 2019 me contacté con la Escuela para la Inclusión y pedí que nos dieran una capacitación de habilidades para la vida. Me dijeron que fuéramos a la sede en el Sagrado Corazón y yo respondí que ellos son los que deben llegar a los territorios porque nosotras somos mujeres cuidadoras, no devengamos salario y nuestro proyecto de vida quedó en standby«.
Con esta premisa, Marta ha emprendido una labor de seis años con la que ha conseguido avances en la participación social de las cuidadoras. Curiosamente, el grupo que lidera se llama Mesa de Cuidadores, aunque todas sean mujeres, porque aspira a que algún día el cuidado involucre también a los hombres de la comuna.
La Ley 1413 de 2010 regula la inclusión de la economía del cuidado en el Sistema de Cuentas Nacionales. Gracias a esta medida se estableció que este trabajo, en su sentido más amplio, representa el 20 % del PIB, más que sectores como el comercio. Sin embargo, apenas en 2023 se aprobó una norma dirigida hacia las cuidadoras y los cuidadores informales, la Ley 2297, que reglamenta acciones como la creación de un sistema de caracterización de cuidadores, la flexibilidad en el horario laboral y la promoción de la oferta de formación en cuidado para proporcionarles relevo. A pesar de estas y otras disposiciones, la ley tiene limitaciones porque no hace lo suficiente por incentivar la redistribución del cuidado y solo está dirigida a quienes cuidan a personas con discapacidad.
En Medellín, el Acuerdo 27 de 2015 propone una política pública para la atención a cuidadores y cuidadoras informales, y dispone de un comité técnico que ejecuta lo propuesto por la normativa. Además, en agosto de 2024 la Alcaldía anunció la apertura de los círculos de cuidado. Estos espacios están concebidos como lugares de educación, atención, bienestar y oportunidades para las mujeres cuidadoras, y también brindarán talleres para que los hombres aprendan a cuidar. La profesora Berena Torres considera que es una iniciativa útil y representa un avance, pero le preocupa que las políticas de cuidado sigan a cargo de las secretarías de las mujeres, ya que esto perpetúa su feminización.
Crear sociedades que transiten hacia la redistribución del cuidado implica promover una educación que prepare para cuidar desde la infancia, como sostiene Berena: «Todos deberíamos aprender a cuidar, no porque no haya profesionales que lo hagan, pues esa labor hay que profesionalizarla, sino porque debe haber corresponsabilidad ciudadana y en la familia«.
La filósofa Nancy Fraser propone en su texto Tras la desaparición del salario familiar la promoción de un Estado del bienestar de cuidador universal, donde tanto hombres como mujeres estén dispuestos a cuidar y lo combinen con el empleo, como hoy lo hacen las mujeres, con un Estado que garantice condiciones dignas para ejercer el cuidado y distribuirlo entre toda la sociedad.
Mientras algo así se hace posible, Marta incita a sus compañeras en las reuniones de la mesa a luchar en sus hogares por el derecho al tiempo libre y al pago por su trabajo: «Cuando una mujer en una familia de varios hermanos cuida a su madre hasta la muerte ¿dónde está su proyecto de vida?, ¿dónde están las prestaciones sociales?, ¿dónde está el sistema de salud?». En un mundo que envejece y que tiende a demandar más cuidados, Marta sueña con el día en que su labor reciba una remuneración justa y esté acompañada por un Estado que favorezca el desarrollo de su propio proyecto de vida.