Los cuerpos que cargo

Hace muchos años en Envigado los criminales encontraron en lo oculto un respaldo para sus acciones. Esta es la historia de una mujer que, sin buscarlo e incluso evitándolo, terminó enredada en líos de narcotraficantes y mafiosos, quienes mediante rituales, oraciones y talismanes que ella oficiaba, buscaban burlar a sus enemigos, “coronar vueltas” y evitar la muerte. El olor a hierbas se extiende por todo el lugar mientras la sangre sale del cadáver de un animal recién sacrificado y el humo del círculo de velas sube hasta perderse con el viento. Se escuchan murmullos de oraciones elevadas a san Ismael, el santo de los malandros, conocido como el primer delincuente canonizado. En medio de las velas está, sentada y en ropa interior, una figura con cara de alcalde, de secretario de despacho, de concejal o de sicario de la Oficina. Una voz repite las oraciones al santo, entregando el sacrificio animal como pago a cambio de dinero, poder o protección. El cuerpo de Katrina es testimonio de lo que ha conseguido por su trabajo, pero también de lo que ha sacrificado. Ilustración: María Fernanda Vélez. @mafresitas_art Katrina Cuando conocí a Katrina* sentí una tranquilidad un poco extraña. Tal vez por el tono calmado, casi tímido, con el que me habló, o por su amabilidad al saludar. Tal vez por la manera en que sus ojos verdes con el delineado tatuado nunca llegaron a encontrar los míos, ni siquiera cuando estaba leyendo mi futuro en las cartas. Las pequeñas pecas en sus mejillas resaltan en su piel blanca, los años y el sol han dejado huella en su rostro, su cuerpo guarda el recuerdo de que logró tener mucho dinero: a pesar de los años, las cirugías en sus pechos y glúteos aún se mantienen en su lugar. Cuando entras a su casa, no ves nada raro. Es una casa de familia con varios cuadros del Sagrado Corazón de Jesús en las paredes y una estatua pequeña del arcángel san Miguel en el centro del comedor. En esa misma mesa, con el mantel blanco corrido hasta la mitad y una baraja española desgastada por los años, mientras su padre observa indiferente desde el sofá y su hermano está absorto en el computador, Katrina lee las cartas y hace adivinaciones y rituales a un grupo selecto de personas poderosas del municipio de Envigado. Katrina cuenta que desde que era niña veía sombras, rostros de personas y espíritus en las plantas. Una mañana, un señor se acercó a la casa de sus padres a llevar las frutas y las verduras del mercado. Ella tenía siete años. Un atisbo de su rostro fue suficiente para decirle a su madre su primera premonición: “Mamá, a ese señor lo vamos a ver en una caja hoy”. En la noche sus padres la llevaron al velorio del hombre, que había muerto en un accidente de tránsito. Después de ese día, su madre la llevó donde un médico para descartar algún trastorno o enfermedad, pero dentro de sí ya sospechaba que Katrina había heredado de su abuela el don de la brujería. En 1990, cuando tenía 12 años, murió su madre. Su padre no quiso hacerse cargo y sus dos hermanos mayores tampoco, entonces Katrina tuvo que irse a vivir con su tía, quien al saber sobre su don y al estar sin trabajo en ese momento, la obligó a hacer predicciones por largas jornadas mientras le negaba la comida y se quedaba con el dinero. Cansada de esa situación, después de varios meses, Katrina huyó hacia Bogotá, donde encontró a un viejo maestro de unos 80 años que la ayudó a potenciar su don. Los maestros son personas con un mayor desarrollo espiritual que guían a otras que apenas están conociendo su don. “Yo siempre le huía a esto, pero donde llegaba siempre había alguien que me preguntaba si yo sentía algo”, dice Katrina. Así conoció al maestro, y con él viajó a Meta. Cuenta que allí, en medio de la naturaleza, él detuvo el cauce de un río y le dijo que ella era la persona que estaba esperando para pasar sus conocimientos en vida. Al poco tiempo murió, pero su conocimiento y el de muchos otros guías que ha conocido siguen con ella. Rituales y sangre Las mafias y los criminales siempre han tenido un nexo con lo religioso, lo espiritual y lo sobrenatural. El periodista Nelson Matta, quien ha investigado este tema para su pódcast Revelaciones del bajo mundo, de El Colombiano, dice que es muy común que estos dos mundos se conecten y que suele ocurrir más en lo rural que en lo urbano. En el pódcast narra varios casos donde se presenta este fenómeno: narcos que se hacen “cerramientos” para ser inmunes a las balas, cuadernillos con oraciones y rituales en latín encontrados en bolsillos de criminales muertos. Además de talismanes y objetos con los que buscan protegerse y burlar a la policía. A partir de sus investigaciones y entrevistas con antropólogos y psicólogos, Matta dice que algunos criminales “son conscientes de que están haciendo el mal y quieren conectar con fuerzas del mal; por eso le rezan a la Santa Muerte, para poder acceder a ese mundo”. En los años 80 empezó a operar una de las bandas de crimen organizado y narcotráfico más grande del Valle de Aburrá y del país: la Oficina de Envigado, que hoy opera con un perfil más discreto. Según Juan Diego Restrepo, autor del libro Las vueltas de la Oficina de Envigado, esta nació como una estructura de regulación mediante la cual Pablo Escobar cobraba sus deudas, arreglaba las disputas entre sicarios, buscaba la resolución violenta de conflictos y mediaba en el tráfico de drogas. Después de la muerte del narcotraficante y del conflicto con los “Pepes” (perseguidos por Pablo Escobar), en los años 90 esta “oficina” pasó a manos de Don Berna, quien se encargó de convertirla en una de las estructuras criminales más grandes del país. Muchos sicarios y “duros” de la
Vestir y votar

En medio de la polarización política que vive Colombia por la elección presidencial, atacar al que piensa diferente es cada vez más común. Juzgar al otro por su estética y forma de vestir ha sido una forma constante de arremeter contra el otro durante el proceso electoral. “Esta gente huele a cartón mojado. Digan lo que quieran pero la estética petrista a mierda sí existe”, escribió un tal Cristian Cadavid en X el 17 de junio de 2026, cuatro días antes de la segunda vuelta que definió el nuevo presidente de Colombia. Así como la de Cristian, otras publicaciones en diferentes redes sociales muestran una mirada sobre la estética basada en la ideología, además de un ataque a la estética del otro. Para Ita María Díez, economista y editora general del medio feminista Volcánicas, “lo que usamos, lo que consumimos, lo que compramos, lo que elegimos ponernos para presentarnos al mundo, tiene una carga política importante y tiene que ver con cómo concebimos el mundo y qué queremos proyectar”. Por esto, atacar cómo luce el otro resulta en un ataque a la ideología que proyectamos. — Loading El 21 de junio el puesto de votación de la universidad Eafit parecía una tribuna del estadio Metropolitano de Barranquilla. El amarillo de la camiseta de la selección Colombia aparecía por donde uno volteara a ver, familias enteras iban uniformadas para votar. ¿Por quién? No hacía falta preguntar, pues Abelardo de la Espriella adoptó la indumentaria del equipo de fútbol como símbolo de su campaña. Además este candidato tuvo un 74,8 % de votos en este puesto en la primera vuelta. Quienes no iban de amarillo, iban de camisa, casi siempre azul clara o blanca; la tipo polo también abundaba. Eso sí, entre los hombres la camisa siempre iba metida dentro del pantalón para exhibir la correa de cuero. Y las mujeres, con su balayage rubio siempre retocado. A algunos se les veía con un collar de crucecita o alguna imagen del Divino Niño colgando en el outfit. Hablar de variedad de estilos en este escenario sería difícil, pues a simple vista solo había dos: aficionado de la selección y cosplay de alcalde de Medellín. La camisa azul bien planchada, los tenis blancos, los mocasines y el pelo corto y peinado pulido representan, para Ita María, las aspiraciones “eurocentristas” que tiene la derecha. “Hay una intención clara en proyectar esta idea de una persona exitosa desde la capacidad adquisitiva, porque en las ideologías de derecha las personas valen por lo que tienen”, dice Ita, quien además de economista ha trabajado para la agencia de moda WGSN y ha escrito sobre moda para diferentes medios como El Tiempo y El País. En ese sentido Abelardo de la Espriella, con su traje y corbata, representa esa idea de éxito y poder económico a la que aspira la derecha. El mismo día en que en Eafit los caminos se inundaban de amarillo, en un puesto de votación de apenas 2500 votos de potencial electoral, miles de jovenes asistían también a votar. El puesto de la Universidad Claretiana fue el único lugar de Medellín (salvo la cárcel de Pedregal) donde Iván Cepeda obtuvo más del 50 % de los votos en la primera vuelta. Este punto de votación es uno de los más cercanos a la Universidad de Antioquia y en donde usualmente votan los estudiantes foráneos que viven en el barrio El Chagualo, por ello la mayoría de votos de las siete mesas habilitadas son de jóvenes universitarios. Buena parte de quienes votaban salían con totebag o mochila wayúu al hombro. Camisetas negras, rojas, verdes, incluso del equipo de fútbol chileno Club Deportivo Palestino, eran las que más se veían en este puesto. No había un consenso en el color, más bien había diversidad. Cada tanto también salía algún votante desfilando el amarillo de la selección. Acá abundaron los tatuajes y los piercings en comparación con la mayoría de los cuerpos sin tinta ni perforaciones de la Eafit. También había más estilos de pelo y peinados, hombres de pelo largo, mujeres de pelo teñido en rojo y morado, y no había ni un balayage rubio entre esos cabellos. Los accesorios coloridos se alejaban del oro y la plata. Las faldas de flores y los tenis de colores también eran frecuentes. Lo que no había era un estilo predeterminado, algo que pareciera uniforme o que los identificara a todos, pero se dejaban ver muchos elementos que la derecha ataca en la estética “india” o “mamerta”. En la forma de vestir de la izquierda, en vez de aspirar al norte, hay una “reivindicación por lo latinoamericano”, así lo nombra Ita. En la pinta de la izquierda podemos encontrar más variedad de colores y de estilos; diseños que evocan lo artesanal y lo regional, y un pelo menos ordenado y definido. Este estilo va de la mano de Iván Cepeda y su fórmula vicepresidencial, Aida Quilcué. Cepeda lleva casi siempre una camisa blanca de cuello estilo Mao y suele usar un blazer o chaqueta de tela mucho menos llamativo que el de su contrincante de derecha. Su estética sencilla lo “muestra más cercano, más accesible a la gente”, dice Ita. Por su lado, Aida como líder indígena muestra en sus ropas su relación con lo artesanal y la naturaleza; los bordados de plantas y flores siempre están presentes en su vestimenta; en sus accesorios, como sombreros, bandanas y collares, también se deja ver su vínculo con el Consejo Regional Indígena del Cauca (CRIC). Tanto Cepeda como su fórmula vicepresidencial han recibido ataques por su apariencia física, y su forma de vestir. Cepeda por usar siempre camisa de cuello Mao se ha ganado el título de comunista, y por la apariencia de sus dientes le han hecho burla llamándolo “basuquero” o “jetipicho”. De la Espriella también ha sido objetivo de burlas y críticas por su apariencia física y modo de vestir; algunos lo definen como alguien de “mal gusto” por sus ostentaciones de ropa de marca, vinos caros y
Las cuerdas que entrelazan las historias de Marinilla

Un instrumento en las manos adecuadas puede ser la excusa perfecta para que las personas se reúnan. La música tiene el poder de crear conexiones entre conocidos y desconocidos, como pasa con estos creadores, reparadores e intérpretes de instrumentos de cuerda que mantienen viva en Marinilla una tradición de casi dos siglos. En las calles de Marinilla se pueden cruzar historias como la de don Luis, el dueño de un taller donde se hacen guitarras; don Jairo, el doctor que las repara y embellece; Argemiro, el mariachi que toca su guitarrón en las esquinas y Ariel, el músico callejero que hace resonar su guitarra por las calles marinillas. Los une una tradición de cuerdas de varias décadas. Cuatro generaciones En el barrio La Dalia, en Marinilla, hay un lutier que repara, restaura y ajusta instrumentos de cuerda. Su taller se distingue fácil gracias a un cartel muy grande con su nombre: Ensueño. Luis Alfonso Arbeláez es el lutier y propietario, en su mirada amable se forman líneas de expresión cuando les sonríe a las personas que entran a su local. Todas las mañanas, a las ocho, en la puerta de vidrio del local voltea el cartel que indica que está abierto y queda listo para atender a los clientes que llegan de todas partes del mundo, atraídos por la fama de sus instrumentos. Luis Alfonso es el heredero de una tradición que llegó a su familia casi por azar. Las fórmulas que usa Luis Arbeláez para calcular cuánto debe medir cada parte de la guitarra han pasado de generación en generación. Foto: Miguel Becoche Quintero. Para la familia Arbeláez el oficio de hacer y reparar guitarras empezó hace unos 165 años, probablemente un poco más, entre recortes de madera y herramientas de ebanistería. Don Luis cuenta que en San Vicente Ferrer, de donde viene su apellido, su bisabuelo Isaac Arbeláez y la madre de este atendían a unos españoles que llegaron al pueblo para construir los muebles de la iglesia. Isaac era apenas un niño, pero les llevaba el almuerzo a los extranjeros y, quizás por la curiosidad que se le atribuye a la infancia, se entretuvo con ellos, quienes se encariñaron y le enseñaron un poco de carpintería. Los españoles utilizaban sus ratos de ocio para fabricar guitarras con la madera de la construcción. La forma como Isaac aprendió a hacerlas sigue viva hasta hoy: don Luis fabrica sus instrumentos de cuerda con las mismas medidas y fórmulas matemáticas que usaba su bisabuelo, por ejemplo, para calcular las distancias entre los trastes en el diapasón. Isaac creció y sus conocimientos de carpintería le permitieron crear una empresa de muebles de madera grandes, pesados y duraderos. Con el dinero que obtuvo se compró una finca en la que vivió con su esposa y sus 14 hijos, a quienes les enseñó el oficio de la ebanistería y, como pasatiempo, la construcción de guitarras. Solo uno llamado Lázaro se dedicaría luego de lleno a crear los instrumentos. El abuelo Lázaro fue uno de los fundadores de La Dalia cuando migró de San Vicente a Marinilla. Igual que Isaac, Lázaro se dedicó primero a la ebanistería, luego a las guitarras y también heredó la tradición a sus 14 hijos. Su casa era gigante, como muchas de las casas antiguas. Al lado del patio central, en un patio más pequeño, creó su taller de instrumentos de cuerda. En una foto que tiene Luis sobre una pared en Ensueño se ve a su abuelo Lázaro rodeado de retazos de madera en ese taller de la casa gigante que ya no existe. Allí, Lázaro y tres de sus hijos se dispusieron a crear tiples, guitarras, bandolas, violines e incluso pianos. Los instrumentos se hicieron famosos en el país por su afinación, cuenta Luis. Hasta allí iban personas para conseguir sus guitarras, pero sobre todo los tiples y las bandolas que, según él, son muy usados por los campesinos. El doctor de las guitarras A una cuadra del parque principal de Marinilla un pequeño bar llamado Las Guitarritas tiene carteles peculiares escritos a mano: “Se compran guitarras vueltas mierrda” o “Prohibido fumar aquí. Menos gueler. Respute. No sea hijuepete”. Entre semana Las Guitarritas tiene una calma inusual porque funciona como taller: no se reproduce música a alto volumen ni se vende alcohol sino hasta el fin de semana. Allí se encuentra don Jairo Pulgarín, un doctor de las guitarras que, al mejor estilo de Víctor Frankenstein, puede hacer una nueva a partir de retazos de otras. De miércoles a viernes, don Jairo se dedica a reparar las guitarras “vueltas mierrda”. Sábados y domingos, a vender cerveza. Jairo repara guitarras “vueltas mierrda” y las vende como si fueran apenas de segunda mano. Aquí, en su bar-taller decorado por él mismo. Foto: Miguel Becoche Quintero. Los carteles y el negocio de reparar las guitarras empezaron como un chiste, dice don Jairo, “porque las guitarras vueltas mierda nadie las compra, solo las botan. Y aunque estén vueltas mierda siempre tienen algo que sirve”. Él las negocia por un precio bajo para recuperarlas por completo o rescatar algunas de sus partes, que guarda para reparar otras. La madera fina, el hueso y las partes del cuerpo son lo que más busca al comprarlas. En la entrada del bar, un mostrador atravesado casi interrumpe el paso, pero estando adentro cualquier persona se encuentra un aura de tranquilidad que armoniza con las guitarras que reposan en ese mostrador. En las paredes hay un afiche grande de Marilyn Monroe; a la derecha, un reloj viejo y, debajo de este, una foto del Sagrado Corazón de Jesús; más a la derecha, el cartel que prohíbe “gueler” y, después, la imagen de una Virgen que él mismo intervino con joyas brillantes y que llamó “La Virgen de las alajas”, según se lee en su marco. Sus visitantes le preguntan si la Virgen de Las Lajas no es la de Ipiales, Nariño, a lo que él responde, sarcástico: “esta no es esa Virgen, sino la Virgen de las alhajas”. Todo el
Flotar en el abismo

Lo que alguna vez fue el delirio de un hombre por conocer a Dios hoy se usa como terapia: se llaman tanques de flotación o tanques de privación sensorial y en Medellín hay dos. El autor de esta crónica estuvo en uno durante 50 minutos, flotando en el vacío, escuchando su cuerpo y, por una curiosa razón, creciendo un par de centímetros. Allí adentro no hay cielo, ni suelo. El cuerpo se hace uno con esa suerte de mar sin olas ni playa. El silencio reina tanto que se logra escuchar todo lo que el cuerpo grita día a día. Pero no es un grito desgarrador; es un canto, una melodía orgánica a la que se suman los pensamientos íntimos. Flotan también los recuerdos, nadan alrededor, de pies a cabeza, y traen de vuelta imágenes que parecían desterradas al olvido. Flota uno para tratar de estar bien, con todo lo que implica “estar bien”. Antes del abismo, miedo Después de 20 minutos subiendo en moto las lomas de El Poblado llegué a Serenity Float Center. Allí, desde 2021, están los únicos dos tanques de flotación de Medellín. Es un segundo piso, encima de un club de boxeo. Al subir, una mujer con uniforme azul oscuro me dio la bienvenida. “Eres el periodista, ¿verdad? Ricardo ya viene a hablar contigo”. Ricardo Rodríguez es un publicista que administra el lugar. Con él acordé mi cita para flotar ese viernes 12 de septiembre. El lugar es minimalista, algo aburrido a los ojos: tiene paredes blancas, luces tenues y una mesita con tres suculentas. Conmigo esperaba una señora vestida de blanco que me dio la espalda durante los 10 minutos que estuvo allá. Tras un rato de impaciencia, llegó Ricardo con una camisa Puma roja que resaltaba en medio de los colores tierra del lugar. “¿Qué sabes de la flotación?”, me preguntó Ricardo. “Que los tanques los inventó John Cunningham Lilly, un neurocientífico muy volado que se metía LSD antes de entrar a ellos porque creía que así conocería a Dios, y alcanzaría una especie de conciencia suprema”, le respondí. John C. Lilly, nacido en Estados Unidos en 1915, creó el primer tanque de flotación en 1954 para investigar los límites de la conciencia humana. Ese primer diseño era vertical y para flotar se necesitaba un casco de buceo. En Stranger things, la serie de Netflix, se puede ver cómo fue ese primer diseño, pues el personaje Eleven fue sometida a pruebas de laboratorio en un tanque de este tipo durante su infancia. A principios de los 70, Lilly diseñó el primer tanque horizontal, que hizo la flotación más sencilla, y desde entonces empezó a hacerse conocida por sus efectos relajantes y analgésicos. En un tanque de flotación hay 600 litros de agua y 380 kilogramos de sulfato de magnesio, también llamado sales de Epsom. Ricardo compra cada semana 17 sacos de 25 kilos de estas sales para los tanques: “La saturación de esta agua es de un 61 %; para que lo compares, la del mar muerto está entre el 34 % y 40 %, o sea que aquí sí o sí vas a flotar cuando entras al agua”, explica. Los tanques de Serenity cuestan 120 millones de pesos cada uno. Son traídos de Estados Unidos; aunque son más económicos en China, Ricardo dice que nunca compraría uno. Cada tanque está insonorizado; por dentro, una especie de plástico negro recubre sus paredes. Entrar ahí es entrar a un vacío de estímulos externos, es enfrentarse a uno mismo. Entrar evoca como ese momento placentario en donde tú estás flotando en el líquido amniótico de la mamá y estás ahí solo, calientico, a una temperatura perfecta Catalina Salazar Al tanque se entra desnudo. “Entrar evoca como ese momento placentario en donde tú estás flotando en el líquido amniótico de la mamá y estás ahí solo, calientico, a una temperatura perfecta”. Así siente sus experiencias en el tanque Catalina Salazar, médica cirujana de la UdeA con especialización y maestría en Medicina Alternativa y estudios en Medicina Funcional, una rama “más orientada a ir a la causa de la enfermedad, y a tratar de mirar qué cosas le hacen falta al cuerpo” para dárselas como suplementación. Su formación la ha llevado a ver la medicina desde una perspectiva más preventiva e integrativa, en la que más que recetar medicamentos para tratar los síntomas, se enfrentan causas teniendo en cuenta las emociones del paciente. Ella descubrió la flotación con Ricardo, que es amigo suyo y fue quien le presentó los tanques. La ha practicado con su esposo, su hijo, su madre y su hermana. Después de 30 minutos de charla preparatoria con Ricardo, llegó la hora de entrar al tanque. No pregunté mucho por la experiencia, quería entrar al vacío con más dudas que respuestas. Pasé solo a una habitación pequeña pintada de blanco y alumbrada por una luz cuya intensidad se puede graduar. El tanque, de tres metros de largo y uno de alto, ocupaba casi toda la habitación y un montón de tubos, ocultos tras un biombo al fondo de esta, conformaban el sistema de limpieza. Cuando lo ves de frente, blanco y con una puerta de metal negra, parece una cápsula llena de tornillos apretados a más no poder que te llevará al espacio. Abrí esa puerta, el abismo me miró y me intimidé al tratar de devolverle la mirada. Justo cuando estaba por entrar, mis pies temblaban. Me sentí mareado por el pánico de quien ve algo que no sabe cómo explicar. Aunque tenía tapones en los oídos sentí un temor interno como el silencio que le sigue a la caída de un vaso de aluminio a las dos de la mañana. Sentí algo que me sorprendió sentir: miedo. No se puede entrar a los tanques con la menstruación ni con una herida que no ha cicatrizado; ni con crema en el pelo o tinturas aplicadas en los días previos. Tampoco se puede orinar en ellos ni estar bajo sustancias psicoactivas. Incumplir estas
Luces, cámaras, ¡campaña!

Se aproximan las elecciones presidenciales de 2026 y los precandidatos se preparan para el espectáculo. Generar debates con argumentos serios y plantear propuestas viables no está de moda, ahora lo importante es seducir a la ciudadanía con videos entretenidos y conquistar a las juventudes jugando al ping-pong en TikTok. Los precandidatos deben mantenerse a la vanguardia porque saben que en plena revolución digital las formas de la comunicación política también se están transformando. Parece que ya no basta con ponerse una camisa blanca y posar en contrapicado con una expresión heroica; o tener un chaleco rojo, el ceño fruncido, mirada penetrante y el puño en alto como símbolo de fuerza. Las nuevas demandas de las comunidades virtuales nos dejan un grupo de líderes políticos que, convertidos en actores y actrices, preparan su obra de teatro. Tras bambalinas repasan una y otra vez sus líneas, se acomodan las camisas, se peinan y hacen ejercicios de yoga facial para que la hipocresía al sonreír no les cause parálisis en el rostro. El exministro Juan Carlos Pinzón preparó su fino paladar para comer tomate en una plaza de mercado de Armenia; la experiodista Vicky Dávila aprovechó para degustar empanadas de mil pesos ante las cámaras, y la senadora María Fernanda Cabal no perdió la oportunidad para criticar los sellos de advertencia en los alimentos cuando destapó su fiambre. Si no llegan a la presidencia, al menos tendremos suficientes foodies para promocionar emprendimientos gastronómicos. Abelardo de la Espriella es uno de los protagonistas de esta tragicomedia. Antes de subir al escenario se perfila la barba y se acomoda la corbata seguro de ser un ícono de la moda; repasa su discurso –valor, honor y patriotismo, vamos a destripar la izquierda, el Estado es un monstruo que si se recorta, se hace más funcional, ¡firme por la patria!– y antes de subir al escenario guarda su ateísmo –por la señal de la santa cruz, de nuestros enemigos los mamertos, Fecode y Petro, líbranos, Señor, Dios nuestro, en el nombre de Alvarito, de Miguel Uribe, padre e hijo, y del espíritu de Milei, amén–. Algunos medios hegemónicos disponen sus recursos para adecuar el teatro: promueven la idea de crisis e inestabilidad en la que se encuentra Colombia y preparan el panorama ideal para que un caballero con sombrero aguadeño montado sobre una yegua llegue a rescatar a la pobre patria sometida por las garras de la izquierda. La revista Semana muestra en su portada a Abelardo, “el Tigre”, y le cede sus micrófonos para que reitere que es “un tipo sin trayectoria política, sin estructura, que no pertenece a la casta política, que no está financiado por los grandes capitales”: el nuevo outsider de la política. Y así, los personajes principales tratan de medir su popularidad con el aplausómetro. El único que no ha podido concretar su papel es el exalcalde de Medellín e imputado Daniel Quintero que, a pesar de demostrar su destreza para actuar, recibió otra negativa de la Registraduría para inscribir su candidatura por firmas y una inhabilidad de la Procuraduría por seis meses para ejercer cargos públicos. Nos perderemos de su espectáculo Reset total contra el narco y los corruptos, una adaptación de la dramaturgia de Nayib Bukele. Una de las consecuencias que dejan estas formas de emplear las comunicaciones es que las audiencias terminan por exigirles a otros candidatos que caigan en la misma teatralidad, de lo contrario sus discursos “no venden”. No sobra mencionar que estamos ante nuevas formas de entender las campañas y que nos tendremos que acostumbrar a ver influencers con candidaturas, como a Hernán Muriel, quien hizo campaña en redes sociales con su cuenta Cofradía para el Cambio; al youtuber Walter Rodríguez, conocido como Wally, a quien no le gustan las “listas cremallera” que buscan darles más protagonismo a las mujeres en las listas al Congreso; y a Laura Daniela Beltrán, “Lalis”, quien no convence con sus explicaciones sobre la agresión que se habría inventado en 2018. A juzgar por los resultados de la reciente consulta popular del Pacto Histórico, tienen casi asegurada su curul para llegar al Congreso. Por cómicas que nos puedan parecer estas situaciones, las estrategias de persuasión que pretenden sacar de contexto la situación política del país para desinformar y profundizar la polarización ponen en riesgo la democracia. Esta obra de teatro, que no cobra a la entrada, puede salir muy cara a la salida. En las últimas elecciones tuvimos la comedia de terror Les pego su tiro mal… nacidos, inspirada en Narcos, en la que el ingeniero por poco nos obliga a subir a la “rodolfoneta” para salvarnos de la parranda de sinvergüenzas que “metían droga, metían prostitutas, cocaína y marihuana”. Y no olvidemos que cuatro años antes el espectáculo le funcionó al expresidente Iván Duque, que demostró tener más habilidades con el balón y la guitarra que con la gerencia del país.
Ni es mar, ni es playa. Es innovación cosmética

La obra no estaba incluida dentro de los proyectos estratégicos que la alcaldía presentó a inicio del cuatrienio, ni durante la discusión del Plan de Desarrollo. Pero el proyecto ya arrancó.En el episodio #56 de Hablalo conversamos con César Hernández, exdirector de Planeación de Medellín y defensor del proyecto, quien nos explicó que para estos proyectos de espacio público generalmente no se contemplan los efectos de estas obras en el costo de vida de la ciudad, sino que buscan mantener el concepto de Medellín como una ciudad innovadora ante la mirada de los turistas, con el fin de superar la estigmatización de Medellín como la ciudad más violenta del mundo hace 20 años. Entrevista: Valeria Morales Londoño y Juana Zuleta Betancur. Producción general: Valeria Morales, Juana Zuleta, Santiago Vega y Daniela Sánchez.
Selva en fuga: el tráfico de madera que devora los bosques bolivianos

En la frontera entre Bolivia y Perú, el paso de madera ilegalmente extraída de la Amazonía, incluso de zonas protegidas, es común y se hace en medio de un entramado de corrupción en varios niveles y con la participación de grupos que siguen operando entre las sombras, invisibles pero presentes. Los controles de los dos Estados son pocos, a veces no llegan a tiempo y otras, nunca. Los bosques del departamento de Pando, Bolivia, ocupan una superficie aproximada de 6,4 millones de hectáreas, de las cuales 94 % corresponden a bosques tropicales. Inserto completamente en la Amazonía, este departamento alberga una rica biodiversidad. Los árboles de sus bosques pueden alcanzar más de 40 metros de altura y vivir varios siglos. Foto: Eduardo Franco & Ernest Drawert. Selva adentro, en el norte del departamento de Pando, Bolivia, la vegetación parece tragarse la ruta. El paisaje se vuelve más denso y menos vigilado. En la comunidad Holanda, un estrecho desvío penetra las entrañas de esa espesura. Es el inicio de un camino comunal que serpentea los límites de la Reserva Nacional de Vida Silvestre Amazónica Manuripi, que comparte 67 kilómetros de frontera difusa con Perú. Por este camino, los vehículos escasean. Solo las motocicletas cruzan el monte con frecuencia, muchas cargadas hasta con cuatro miembros de una familia, incluidos niños. Por el mismo camino, cruzando desde Perú, llegan también otros visitantes. No vienen por turismo ni por parentesco. Son traficantes de madera. https://delaurbe.udea.edu.co/wp-content/uploads/2025/07/Drone-bosques-Pando-Bolivia.mp4 “Sí, hemos vendido madera a peruanos”, admite un miembro de la comunidad rural campesina, usualmente llamados comunarios, que prefiere no revelar su nombre. Lo hace sin orgullo ni temor, como quien comenta algo cotidiano. “En triple”, explica. Cuando le preguntamos si entra hasta la comunidad, la respuesta llega sin vacilación: “Entra hasta donde sea. Rompe el monte”. Los triples son grandes camiones con tres pares de ruedas parecidas a las de un tractor. Su carrocería adaptada es solo una plataforma de madera cruda sin contención en los bordes. Son vehículos militares antiguos de procedencia rusa, adquiridos en Ecuador, e ingresados a Perú desarmados como chatarras. No cuentan con placas de rodaje ni con autorización para transitar y son usados para mover la madera desde los puntos de extracción hasta zonas intermedias donde es acopiada. Una vez hecho el trato con el comunario, los triples ingresan atropellando la selva con su doble tracción, resistiendo el barro y trepando pendientes. En ellos van los responsables de cortar y cargar la madera: taladores y estibadores. Llevan motosierras, combustible, y los llamados “castillos”: una herramienta de metal que une a dos motosierras para que puedan cortar al mismo tiempo, aserraderos móviles que pueden transformar un tronco de 40 metros en tablones en cuestión de horas. Operan de noche, en grupos pequeños, eficaces. Entran, cortan, acumulan la madera en lugares conocidos como “rodeos” y finalmente, los estibadores la cargan a los triples para regresar a Perú. «Las especies codiciadas son: mara, cumarú, cedro, roble, y almendrillo. Paradójicamente, las últimas tres tienen prohibición de extracción y se encuentran bajo la Convención sobre el Comercio Internacional de Especies Amenazadas de Fauna y Flora Silvestres». (CITES). Algunos cruzan incluso los límites de la Reserva Manuripi, donde la extracción maderera comercial está completamente prohibida. Aun así, los campamentos se montan. Los motores rugen. Los árboles caen. La ley es apenas un murmullo. Desde 2005, los guardaparques han realizado operativos para desalojar campamentos y quemar triples incautados. El último se registró en 2023, según un exfuncionario del Servicio Nacional de Áreas Protegidas (SERNAP). Nos pide reservar su nombre. Los traficantes han puesto un precio sobre su cabeza. Lo que se arriesgan a hacer no es menor. Transportar madera ilegal por rutas bolivianas debería implicar el cruce de al menos algún punto de control. Pero en toda la carretera recorrida por nuestro equipo periodístico, solo se encontraron dos controles policiales. El más cercano a las comunidades, en Empresiña, es apenas una cabaña de madera con una cuerda colgante que se alza para dar paso. «No hay puntos de control forestal. No existen oficinas de aduana. Y cuando no hay papeles que acrediten el origen de la madera, los billetes hacen el trabajo. Con sobornos, los oficiales miran a otro lado. Todo tiene lugar en un paisaje que parece diseñado para el contrabando, donde los árboles valen más muertos que vivos». Los papeles que blanquean la madera ilegal Después de viajar en triple, la madera es cargada a un camión semitrailer y se moviliza con la obtención de una Guía de Transporte Forestal (GTF) falsificada. Cuando es legal, esta guía se trata de un documento oficial emitido por el Estado peruano, que “ampara la movilización de productos y subproductos forestales maderables”. El camión “triple” peruano decomisado en febrero de 2025 por la ABT Pando en un operativo en la comunidad Alta Gracia, municipio de Filadelfia, está estacionado afuera de sus oficinas en Cobija. Foto: Eduardo Franco. Pero nada en este negocio ilícito es gratuito. Obtener una de estas guías, esa hoja que abre las barreras al contrabando, no es un trabajo sencillo ni barato. Hasta ahora, dos grandes entramados han sido develados por la Fiscalía Provincial Corporativa Especializada en Delitos de Corrupción de Funcionarios en Madre de Dios, departamento peruano que comparte una línea fronteriza de aproximadamente 120 kilómetros con Bolivia. El primero, en 2020, se denominó “Los Hostiles de la Amazonía”. Una red de extracción, acopio y transporte de madera con ayuda interna, cuya organización se divide en tres grupos: los comercializadores, que se encargan de corromper a los funcionarios del gobierno regional, la policía, la Superintendencia Nacional de Aduanas y de Administración Tributaria de Perú (SUNAT) y otros; los tramitadores o blanqueadores, quienes consiguen los documentos fraudulentos para que la madera ilegal pueda salir de Madre de Dios; y los funcionarios, que a cambio de dinero no registran la documentación ni verifican el volumen o especie de la madera transportada, favoreciendo el tráfico ilegal de recursos naturales. La investigación de este caso se abrió en distintas fases y en
Buscar a un hijo con el cansancio a cuestas

La labor de madres buscadoras como Marta Soto y Flor Vásquez es valiente y heroica, pero también agotadora. En el proceso, sacrifican su bienestar y su carga se hace más pesada con cada día en que no obtienen respuestas. Sus hijos desaparecieron después de la firma del acuerdo de paz de 2016, por lo que tienen que lidiar con los tiempos y las formas de la justicia ordinaria. Flor Alba, a punta de cuchara y sartén, le exige a la fiscal de su caso que le dé celeridad a la investigación de la desaparición de su hijo Yoryin Adrián. Foto: Juan Andrés Fernández Villa. En un cuarto pequeño de suelo veteado Marta Soto espera que el fiscal le permita acceder a la audiencia virtual en la que pretende obtener una orden de exhumación para buscar el cuerpo de su hijo Bleyder Alexander Aguirre Soto. La acompañan Luz Ceballos y Rubiela López, dos madres a quienes la guerra les quitó a sus hijos, y Juan David Toro, defensor de derechos humanos y fundador de la colectiva Buscadoras con Fe y Esperanza, quien también ha acompañado a Marta en los procesos legales de su búsqueda. Son las 9:15 de la mañana del 17 de marzo de 2025 y van 15 minutos de retraso para la audiencia. Buscadoras con Fe y Esperanza es una colectiva de mujeres que buscan a sus hijos, la mayoría de ellos desaparecidos después de la firma del acuerdo de paz entre el Estado y las Farc-EP en 2016. El grupo inició en 2020 de la mano de Juan David, que para entonces acompañaba, desde el equipo de atención a víctimas de la Alcaldía de Medellín, varios procesos de mujeres cuyos hijos desaparecieron después del primero de diciembre de 2016, cuando entró en vigencia el acuerdo. “Las reuniones empezaron con cuatro mamás, luego fueron llegando otras por el voz a voz. Nos decían: ‘Es que a mí también me pasó esa situación, yo no tengo quién me oriente o me acompañe, ayúdenme’”, cuenta Jessica María López, comunicadora y cofundadora de la colectiva. Los casos de las primeras madres que formaron el grupo eran de muchachos barristas mochileros del Nacional o Medellín que desaparecieron siguiendo a sus equipos. Los casos de desaparición forzada posteriores al acuerdo de paz no son investigados por la Justicia Especial para la Paz ni por la Unidad de Búsqueda de Personas Dadas por Desaparecidas (UBPD), sino por la justicia ordinaria, es decir, la Fiscalía. Juan David y Jessica coinciden en que por esta razón la búsqueda que realizan madres como las de Buscadoras con Fe y Esperanza está aún más llena de trabas y demoras. Según el Comité Internacional de la Cruz Roja, entre la firma del acuerdo de paz en 2016 y diciembre de 2024 hubo 1929 víctimas de desaparición forzada en Colombia. No obstante, los registros de la Fiscalía son más altos: 13.836 víctimas entre enero de 2017 y marzo de 2025, de las cuales 2400 son de Antioquia, es decir, el 17.3 % del total nacional. Ante las demoras o la falta de resultados de la Fiscalía en los procesos de estas madres, muchas han tenido que convertirse en las detectives de sus propios casos. Son ellas quienes buscan pruebas y testigos que puedan ayudarles a dar con el paradero de sus hijos, lo que las lleva a ponerse en condiciones de vulnerabilidad física y emocional. Días después de la desaparición de Bleyder, Marta recibió imágenes del cuerpo de su hijo junto con la ubicación de donde lo habían enterrado. En 2023, la Fiscalía hizo prospecciones en ese lugar y encontró tres cuerpos, pero ninguno fue identificado como Bleyder Alexander. “Las reuniones empezaron con cuatro mamás, luego fueron llegando otras por el voz a voz. Nos decían: ‘Es que a mí también me pasó esa situación, yo no tengo quién me oriente o me acompañe, ayúdenme’” Jessica María López, comunicadora y cofundadora de la colectiva Buscadoras con Fe y Esperanza “Ese estado permanente de búsqueda puede llevar a afectaciones cognitivas y en la memoria; también hay mujeres buscadoras que han muerto de cáncer, de accidentes cerebrovasculares y problemas cardiovasculares propiciados por las condiciones de su búsqueda”, afirma Nidia María Montoya, psicóloga de la UBPD. “Su situación les demanda 24/7 de su tiempo, por eso dejan de resolver sus asuntos personales o familiares y dejan de preocuparse por su salud y bienestar, porque eso es lo primero a lo que renuncian: su bienestar”, concluye. Cuando van 40 minutos de retraso en la audiencia, Juan David refresca la página por décima vez con la esperanza de que en una de esas el fiscal ya esté en la videollamada. Mientras esperan, Marta les cuenta a Luz y Rubiela que piensa aceptar un microcrédito de tres millones y medio para poder pagarles a los tres pagadiarios a los que les debe. Ella vende mangos frente a un colegio, pero desde que su hijo desapareció el 27 de octubre de 2020 trabajar es cada vez más duro, pues es ella quien ha hecho toda la investigación del caso. Esto no solo le quita tiempo para trabajar, sino que le implica gastos adicionales, porque el propósito de encontrar el cuerpo de su hijo le roba la paz y el sueño. “¿Nada que te responde el fiscal?”, le pregunta Juan David a Marta cuando está por cumplirse una hora de retraso para la audiencia. Minutos antes, le había escrito al fiscal para avisarle que lo esperaban. Ella niega con la cabeza. No para de tocarselos dedos de las manos, mira a todos lados como buscando un escape del cuarto, se agarra la frente y se tapa los ojos mientras murmura “Dios mío, Dios mío, Dios mío”. Con cada minuto de retraso se ve más agotada. “La desaparición forzada no es azarosa. Las condiciones socioeconómicas son un factor asociado al tema de la desaparición porque hay unas vulnerabilidades en la población que la hace propicia a ser carnada para actores del conflicto”, explica Nidia. También menciona que para algunos actores
Grises

Recuerdo cosas, no sé por qué solo hasta ahora pienso en ellas, pero las recuerdo. Recuerdo a compañeros del colegio quejarse y repetir palabras de adulto que solo se informa en noticieros: “Estos indios volvieron a cerrar la vía”. Recuerdo la voz miedosa de mis padres pidiéndome que, por favor, no fuera a una vereda más o menos lejana en el sur del Cauca, el departamento donde viven desde hace más de dos décadas. Recuerdo a mis amigos españoles preguntarme cómo hacía para venir a este país latinoamericano sin que me pasara nada. Recuerdo a mis amigos paisas preguntarme cómo hago para viajar a Popayán, la ciudad en la que nací, sin que me pase nada. Recuerdo responder, siempre, que no todo es como lo cuentan. O quizás sí sea un poco así, pero no completamente. No lo suficiente como para nunca volver. No lo suficiente como para solo hablar de eso. A mediados de abril fui de visita a Popayán. No es una ciudad principal, y quizás por eso solo aparece en las noticias en dos ocasiones: por la Semana Santa –declarada por la Unesco como patrimonio cultural inmaterial de la humanidad– y cuando se agudiza la violencia –porque siempre parece que se agudiza un poco más–. Mientras estuve allí, un carro bomba explotó en Piendamó, un pueblo cercano, y cerraron la vía Panamericana durante un par de horas por la sospecha de otro, aunque terminó siendo una falsa alarma. Fue entonces cuando escuché, una vez más, que el Cauca estaba muy peligroso. Desde que tengo memoria ese relato nunca cambió: Cauca equivale a peligro. Y así con todas las periferias, con todo lo que no es un centro, incluso con ciertas poblaciones: ¿la Comuna 13?, peligrosa –antes de volverse centro turístico–; ¿este país?, peligroso –para quienes lo ven desde ese centro que es Occidente–; ¿los habitantes de calle?, peligrosos –para quienes están en el centro de la comodidad y el privilegio–; ¿los migrantes?, peligrosos –hasta que nos toca migrar–. Casi nunca vemos a esas comunidades como algo más que víctimas o victimarios. Casi nunca hacemos más que contar la historia que los hace víctimas o victimarios. Por suerte, para algunos pensar en el Cauca no solo es pensar en todo lo que está mal, sino, también, en todo lo que está bien. Por suerte, para mí, pensar en el Cauca es pensar en esas cadenas de montañas majestuosas e inolvidables, y en el taita Javier Calambás, líder Misak que sentó precedentes históricos para la recuperación de tierras indígenas en Colombia; y en el poder de la minga, y en el silbido de la zampoña y la quena, y en el oxígeno de los páramos, y en los volcanes, y en el maíz, y en el café, y en la miel, y en la panela, y en esas lenguas que siguen vivas a pesar de todo; y en esas ollas gigantes que alimentan a cientos de personas, y en esas mujeres de corazón gigante que cocinan esos alimentos que nutren a cientos de personas, y en esos campesinos que cultivan y cosechan los alimentos que esas mujeres cocinan. Y en este poema de Fredy Chicangana: “Me entregaron un puñado de tierra para que ahí viviera. ‘Toma, lombriz de tierra’, me dijeron, ‘Ahí cultivarás, ahí criarás a tus hijos, ahí masticarás tu bendito maíz’. Entonces tomé ese puñado de tierra, lo cerqué de piedras para que el agua / no me lo desvaneciera, lo guardé en el cuenco de mi mano, lo calenté lo acaricié y empecé a labrarlo… […] entonces vino la hormiga, el grillo, el pájaro de la noche, la serpiente de los pajonales, y ellos quisieron servirse de ese puñado de tierra. Quité el cerco y a cada uno le di su parte. Me quedé nuevamente solo / con el cuenco de mi mano vacío; cerré entonces la mano, la hice puño y decidí pelear por aquello que otros nos arrebataron”. Por eso, cuando pienso en esas otras periferias –la Comuna 13, las veredas lejanas de departamentos lejanos, los migrantes, los habitantes de calle– recuerdo experiencias parecidas. Pienso en cómo tenía miedo de meterme en esos lugares, de hablar con esa gente. Hasta que lo hice. La terquedad y la curiosidad fueron más grandes que el miedo y el prejuicio. Fui y me metí a esos lugares; fui y hablé con esa gente; y descubrí que no eran lugares infernales a los que fuera imposible acceder ni era gente peligrosa con la que fuera imposible hablar. Y aunque lo hubieran sido, algo en mí me dice que, de todas formas, no importa tanto. El peligro está en todos lados. Pienso que el Cauca es más que lo que dicen quienes fingen saber. Pienso que no es solo lo que dicen que es. Tengo pocas certezas en la vida, pero las que tengo las atesoro como quien guarda un rayo de luz en un bolsillo por si la oscuridad de la noche se torna muy intensa. Una de ellas es que entre el negro y el blanco hay toda una escala de grises. El miedo, supongo, es algo natural. Los prejuicios, sin embargo, se construyen.
¿Cambiar el mapa de Colombia? Cómo la gobernanza indígena en la Amazonía invita a imaginar un país distinto

Las Entidades Territoriales Indígenas (ETI) llevan 34 años en el limbo jurídico: la Constitución de 1991 las reconoció, los pueblos amazónicos ya las ejercen, pero el Estado aún no las formaliza. El racismo estructural, la resistencia al cambio y la burocracia han frenado el proceso en la Amazonía, limitando sus contribuciones para contener las amenazas que hoy la acechan. “Las narrativas del mundo donde solo el humano actúa, esa centralidad, silencia todas las otras presencias”.Ailton Krenak Foto: Felipe Rodríguez | Gaia Amazonas. El problema de los mapas es que convierten líneas, nombres y fronteras en verdades que damos por sentadas. Nos dicen, por ejemplo, que hay líneas imaginarias que separan territorios o ríos. También nos crean ideas de permanencia: el mapa oficial de Colombia ha sido prácticamente el mismo desde antes de 1991; así lo recordamos, así se enseña en los colegios. Y, sin embargo, ese mapa ha cambiado —y sigue cambiando— sin que el papel lo muestre. Basta mirar la Amazonía, donde entre 1985 y 2023 se talaron 3,8 millones de hectáreas de bosque, casi el tamaño de Suiza. Pero los mapas tienen otro problema: nos crean una ilusión de distancia que hace pensar que lo que ocurre lejos poco tiene que ver con nosotros. Para la mayoría de quienes vivimos en las ciudades, la Amazonía sigue siendo un lugar remoto, inhóspito, casi deshabitado. La imaginamos como un paisaje exuberante y verde, con animales exóticos y plantas diversas que nos mostraban en las clases de geografía cuando señalaban: “allá, la selva”. Pero ese mapa —mental y oficial— está a un paso de cambiar. La Constitución de 1991 estableció en el papel la creación de las ETI, una figura político-administrativa —una forma en la que se delimita, se administra y se gobierna un territorio—, que se sumó a otras ya existentes, como los municipios y departamentos. Las ETI se reconocieron para reflejar el país plural y diverso que es Colombia, pero también para responder mejor a las realidades en los territorios, donde los pueblos indígenas tienen una relación con el lugar que habitan muy diferente a la que tenemos quienes vivimos en las ciudades. Después de 34 años de espera, el Estado podría, por fin, reconocer algo que ya ocurre en la realidad: en la Amazonía, decenas de pueblos indígenas gobiernan según sus prácticas culturales y conocimientos. Estas formas ancestrales de gobernanza han sido esenciales para preservar el bosque tropical más extenso y mejor conectado del mundo y proteger sistemas vitales como los “ríos voladores” que llevan lluvia desde el océano a los Andes y surgen del vapor de agua que se libera en la atmósfera, y que influyen en los patrones de lluvia y la disponibilidad de agua dulce. Imagen aérea del río Mitú. Foto: Felipe Rodríguez | Gaia Amazonas. Actualizar el mapa de Colombia con las ETI no solo salda una deuda histórica; es, sobre todo, una apuesta por la supervivencia de todos. Esto es posible porque en 2018, un decreto ley precisó las condiciones necesarias para formalizar esos gobiernos, específicamente para los departamentos de Amazonas, Guainía y Vaupés —lo que se conoce como la Amazonía oriental, fronteriza con Venezuela y Brasil—, donde hay “áreas no municipalizadas”, una figura inexistente en la ley, pero común en el habla cotidiana, que se refiere a territorios indígenas que no hacen parte de ningún municipio. “El tema de las ETI para nosotros es muy importante porque es una herramienta para la protección del territorio, es ese blindaje al territorio; nos ayuda a ser autónomos, a ejercer la libre determinación, a que gobernemos de acuerdo a nuestro Plan de vida”, dice Kenny Johana Yucuna, secretaria de las Mujeres dentro del Consejo Indígena —la instancia de gobernanza— del territorio Mirití Paraná, en el departamento de Amazonas. “Va a ser algo histórico”, dice Yucuna. Habla del momento en el que las ETI, por fin, se formalicen después de tantas trabas y burocracias administrativas. Para eso han trabajado desde hace años y por esa razón, cada cierto tiempo, ella y otros líderes amazónicos, deben viajar a Bogotá desde sus comunidades para reuniones con funcionarios públicos, cooperantes y aliados. Cada vez que sale, Yucuna tiene que navegar desde su comunidad Mamurá hasta La Pedrera, un viaje de 12 horas en lancha por el Mirití Paraná y luego por el Caquetá, dos ríos que serpentean en medio de la selva. Las múltiples tonalidades de verde la acompañan en el camino por donde suben y bajan embarcaciones con pasajeros y provisiones. Tras el largo viaje llega a La Pedrera, la población más grande de esta zona. Ahí hay una pequeña pista de aterrizaje desde donde, al día siguiente, toma un vuelo de 45 minutos rumbo a Leticia y después otro, de una hora y 40 minutos, a Bogotá. Mirití Paraná, de donde es Yucuna, es uno de los cuatro territorios indígenas que integran el Macroterritorio de los Jaguares del Yuruparí. Los otros son el Yaigojé Apaporis, el Pirá Paraná y el Río Tiquié, agrupados en esta instancia de coordinación que se formalizó en marzo de 2024. En estos cuatro territorios, que buscan constituirse como ETI, habitan más de 30 pueblos indígenas, como los Yucuna, Matapí, Tanimuca, Letuama, Itano, Miraña, Cubeo, Uitoto, entre otros. Tres de esos cuatro territorios, sumados a los de Bajo Río Caquetá y PANI, todos ubicados en Amazonas y Vaupés, están entre los que más avances registran en el camino para formalizarse como ETI. Esto luego de la expedición del decreto ley 488, del 5 de mayo de 2025, que permitió avanzar en temas que estaban pendientes. Entre el 6 y el 21 de mayo, la Dirección de Asuntos Étnicos de la Agencia Nacional de Tierras (ANT) expidió seis actos administrativos que certifican el tamaño y límites de cada jurisdicción, las proyecciones poblacionales del DANE y otros detalles necesarios para formalizar las ETI. Pero aún falta que el gobierno les dé luz verde tras procesos de socialización y “diálogos interculturales” que deben realizarse con otros actores locales. El viceministro del Interior, Gabriel Rondón, quien ha estado al frente de los diálogos