¿Qué piensan los jóvenes del amor y el compromiso?

Inicio Data-periodismo ¿Qué piensan los jóvenes del amor y el compromiso?
28 noviembre, 2025
Por: Isabela Echavarría | isabela.echavarriao@udea.edu.co, Isabella Guerrero | i.guerrero1@udea.edu.co y Sofía Quintero | sofia.quinterob@udea.edu.co

En 2003, el 24 % de los millennials colombianos, entre los 18 y los 26 años, vivían en unión libre. En 2023, 57 % de los jóvenes de la gen Z, en ese mismo rango de edad, convivían bajo ese mismo modelo, según el Dane. ¿Qué tanto la generación a la que se pertenece determina esta elección?

Collage: Isabella Guerrero Chamorro

Aquí puedes encontrar la cartilla con el informe completo:

Según el sociólogo Zygmunt Bauman vivimos en tiempos líquidos en los que las relaciones, los trabajos y los compromisos se diluyen. Lo que antes parecía sólido ‒la Iglesia, el matrimonio y las trayectorias de vida‒ se vuelve incierto. En ese escenario los jóvenes son como el agua intentando encajar en un molde: los millennials tienden a escurrirse entre las grietas del modelo heredado de generaciones anteriores, mientras que la generación Z, o centennials, sin romperlo del todo, ensaya nuevas formas de adaptarse y reconfigurarlo.

Hablar de millennials o de generación Z no responde siempre a una lógica lineal. Más que categorías fijas, son etiquetas frágiles ante realidades mucho más complejas, que no explican por sí solas las elecciones afectivas de una generación.

Como advierte José Luis Jiménez, filósofo y doctor en Ciencias Sociales de la Universidad de La Salle, estas etiquetas nacen sobre todo de estudios de marketing orientados a captar audiencias y por eso prefiere hablar de «efecto generacional». Este se entiende como la época que compartieron personas de la misma edad y que determina sus personalidades, «los millennials o los Z son quienes vivieron su adolescencia en determinada época», dice Jiménez. El sociólogo y psicólogo Juan Carlos Ocampo añade que una persona puede ser millennial por fecha, pero centennial por afinidad; o incluso, adoptar prácticas que parecerían propias de sus padres o abuelos. No obstante, existen ciertos consensos para referirse a estos grupos generacionales.

En cenas familiares, conversaciones entre amigos o redes sociales no falta quien, con tono de alarma, repite: «los jóvenes ya no se quieren casar». Y es verdad, según los datos de la Gran Encuesta Integrada de Hogares del Dane (2024) hoy nos casamos menos que nunca: solo un 2 % de la generación Z respondió estar casado, mientras que 20 años atrás los millenials casados, para entonces en el mismo rango de edad que los Z, eran el 7 %.

Pero, ¿por qué ocurre esto? ¿Falta de compromiso? ¿Rechazo a las tradiciones? Lejos de una sola tendencia, los millennials y la generación Z han tenido la posibilidad de explorar diversas formas de convivencia, quizás más que las generaciones anteriores a estas, y estas formas se dan de maneras menos predecibles: muchos de los primeros impulsaron modelos como relaciones abiertas, familias no tradicionales y un matrimonio pospuesto para darle prioridad al éxito profesional, mientras que entre los más jóvenes surgieron tendencias, como las trad wife, que reconsideran el matrimonio, pero con códigos y expectativas propias.

Lorena y Esneider son dos jóvenes de la gen Z que tuvieron una boda tradicional; Iván y Nicolás son dos millennials que conviven sin haber tenido un rito de matrimonio, pero en ambas parejas aparece el mismo deseo: la búsqueda de estabilidad y sentido en tiempos líquidos.

Desde la mirada del filósofo José Luis Jiménez, el matrimonio sigue funcionando como un rito de legitimación social, solo que ahora está moldeado por estéticas digitales y narrativas de igualdad. Las nuevas generaciones, gracias al acceso a tecnologías y en particular a las redes sociales, han crecido expuestas a contenidos que promueven la reivindicación de derechos individuales y colectivos. Por eso se han formado en torno a luchas feministas, étnicas, laborales y otras causas que han transformado sus maneras de pensar y vincularse.

Para María Eugenia González, antropóloga y profesora de la asignatura de Parentesco en la UdeA, no existe una ruptura tajante entre generaciones, sino transformaciones en las necesidades afectivas y en la manera de resolverlas. A los millennials les correspondió una etapa de transición marcada por la irrupción tecnológica, mientras que las generaciones actuales han llevado ese impulso más lejos gracias a medios que aceleran y amplifican los mensajes sobre vínculos igualitarios. Hoy el matrimonio ya no se percibe como la única vía de realización, sino como una opción entre varias, y González plantea que podría estar gestándose una lucha más fuerte por relaciones horizontales, donde nadie esté por encima del otro, y donde la necesidad de vínculos estables sigue siendo humana y transversal.

En un mundo acelerado y fragmentado, algunos jóvenes vuelven la mirada hacia formas más sólidas de relacionarse. El sociólogo Juan Carlos Ocampo advierte que este retorno no responde a una nostalgia ingenua, sino a una estrategia de adaptación ante la incertidumbre. Volver no implica retroceder, sino reinterpretar. Preguntar por el amor y el matrimonio es también preguntar por cómo vivir, no solo con quién.

Una promesa de entrega mutua

Lorena Marín y Esneider Zuluaga encarnaron esa mezcla de tradición y elección cuando se casaron hace cuatro años; ella tenía 18 años y él, 21. «¿Ves? Yo te dije que te iba a demostrar que yo iba a ser el amor de tu vida», le dijo Esneider a Lorena el 19 de septiembre de 2020, en plena pandemia, cuando le puso el anillo entre lágrimas antes de su primer baile como pareja comprometida.

Por la juventud de ambos, su compromiso fue muy comentado en Montería, el lugar donde nacieron y viven, aunque se identifican como antioqueños por el origen de sus familias y han mantenido esa identidad en el tiempo. Su boda se dio el 27 de febrero de 2021, todavía con tapabocas, y se celebró por la Iglesia católica. El lema que adoptaron para su relación fue Totus tuus, que significa «todo tuyo» y que ellos interpretan como «me entrego completamente a ti». «Cuando nos casamos teníamos tres años, nueve meses y 16 días de novios», recuerda Lorena. Hoy comparten la vida en pareja y también son socios en la ferretería familiar.

Su relación empezó en la adolescencia: el primer «te amo» llegó en el cumpleaños 16 de Lorena. Desde entonces el matrimonio fue un horizonte común. «Yo sabía que ya tenía esa disposición, que me quería casar y que era con él», dice. La propuesta de él coincidió con un momento clave para ella: decidir entre estudiar ‒posiblemente Derecho‒ o casarse. «Desde niña soñé con casarme joven», cuenta.

Lorena habla con cadencia pausada y melódica, mientras Esneider es más tímido y de frases contadas. Hoy ella tiene 23 años y él, 26. A los comentarios que han recibido por casarse jóvenes, ella responde: «¿cuántos amores de la vida puede tener una persona, si solamente hay una vida? ¡Por Dios!».

Amor a partes iguales

Iván Páez y Nicolás Fonseca representan otra cara del compromiso: la de quienes construyen vida juntos sin pasar todavía por «el altar». Se conocieron en Bogotá por medio de la aplicación Bamboo y su primera cita consistió en caminar tres horas riendo por la ciudad. A los cuatro meses, frente a la pantalla del cine viendo Todo en todas partes al mismo tiempo, Iván le propuso noviazgo a Nicolás. «Nos mirábamos a los ojos, con nervios, sin saber qué hacer con las manos, pero sabíamos que ese era el instante perfecto», recuerda Iván.

Nicolás es microbiólogo e Iván ingeniero ambiental. Ambos nacieron en Bogotá, pero se fueron a vivir a Medellín en 2022, cuando Nicolás consiguió un nuevo empleo. Para entonces tenían 33 años. Fue un comienzo sin apartamento propio, pero con flores y un cartelito de bienvenida en un Airbnb. Desde entonces, entre mudanzas y nuevas raíces, han aprendido a sostenerse alternando turnos de cuidado: «Si tú no puedes, yo te cargo, y después tú me cargas a mí», dice Iván.

Hoy comparten una vida tranquila que llaman «de viejitos» en el barrio Los Colores. Conviven con Alaska, una labradora de 14 años, y recuerdan con cariño a Samsito, el otro perro de Iván que murió en agosto del año pasado y los acompañó en la mudanza. Su sala está adornada con fotos de ambos y de sus perros; en el balcón rebosan plantas de albahaca y pimentón. Se turnan para cocinar: pollo con brócoli y queso para Nicolás, sabores mexicanos para Iván. Manejan sus finanzas con un sistema que llaman «buñuelos financieros»: cualquiera paga y luego cuadran cuentas en un chat compartido.

Aunque aún no tienen fecha, saben que quieren casarse. «Hemos hablado mucho del cómo, del dónde, del cuándo», dice Nicolás. «Nuestro compromiso ya está, nuestros acuerdos ya están. Pero sí queremos que ese símbolo también haga parte de nuestra historia», añade Iván. Con dos manillas verde militar que cruzan sus muñecas ‒un regalo de Nicolás por su primer aniversario, con dijes de olas y montañas‒ simbolizan la fortaleza y la libertad que desean para su relación. Y así como se dio su noviazgo en aquella cita en el cine, saben que sucederá cuando tenga que suceder.

*Este artículo fue publicado originalmente en la edición #110 del periódico.

Más