Flotar en el abismo

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6 febrero, 2026
Por: Santiago Vega Durán | santiago.vega@udea.edu.co

Lo que alguna vez fue el delirio de un hombre por conocer a Dios hoy se usa como terapia: se llaman tanques de flotación o tanques de privación sensorial y en Medellín hay dos. El autor de esta crónica estuvo en uno durante 50 minutos, flotando en el vacío, escuchando su cuerpo y, por una curiosa razón, creciendo un par de centímetros.

Allí adentro no hay cielo, ni suelo. El cuerpo se hace uno con esa suerte de mar sin olas ni playa. El silencio reina tanto que se logra escuchar todo lo que el cuerpo grita día a día. Pero no es un grito desgarrador; es un canto, una melodía orgánica a la que se suman los pensamientos íntimos. Flotan también los recuerdos, nadan alrededor, de pies a cabeza, y traen de vuelta imágenes que parecían desterradas al olvido. Flota uno para tratar de estar bien, con todo lo que implica “estar bien”.

Antes del abismo, miedo

Después de 20 minutos subiendo en moto las lomas de El Poblado llegué a Serenity Float Center. Allí, desde 2021, están los únicos dos tanques de flotación de Medellín. Es un segundo piso, encima de un club de boxeo. Al subir, una mujer con uniforme azul oscuro me dio la bienvenida. “Eres el periodista, ¿verdad? Ricardo ya viene a hablar contigo”. Ricardo Rodríguez es un publicista que administra el lugar. Con él acordé mi cita para flotar ese viernes 12 de septiembre. El lugar es minimalista, algo aburrido a los ojos: tiene paredes blancas, luces tenues y una mesita con tres suculentas. Conmigo esperaba una señora vestida de blanco que me dio la espalda durante los 10 minutos que estuvo allá. Tras un rato de impaciencia, llegó Ricardo con una camisa Puma roja que resaltaba en medio de los colores tierra del lugar.

“¿Qué sabes de la flotación?”, me preguntó Ricardo. “Que los tanques los inventó John Cunningham Lilly, un neurocientífico muy volado que se metía LSD antes de entrar a ellos porque creía que así conocería a Dios, y alcanzaría una especie de conciencia suprema”, le respondí. John C. Lilly, nacido en Estados Unidos en 1915, creó el primer tanque de flotación en 1954 para investigar los límites de la conciencia humana. Ese primer diseño era vertical y para flotar se necesitaba un casco de buceo. En Stranger things, la serie de Netflix, se puede ver cómo fue ese primer diseño, pues el personaje Eleven fue sometida a pruebas de laboratorio en un tanque de este tipo durante su infancia. A principios de los 70, Lilly diseñó el primer tanque horizontal, que hizo la flotación más sencilla, y desde entonces empezó a hacerse conocida por sus efectos relajantes y analgésicos.

En un tanque de flotación hay 600 litros de agua y 380 kilogramos de sulfato de magnesio, también llamado sales de Epsom. Ricardo compra cada semana 17 sacos de 25 kilos de estas sales para los tanques: “La saturación de esta agua es de un 61 %; para que lo compares, la del mar muerto está entre el 34 % y 40 %, o sea que aquí sí o sí vas a flotar cuando entras al agua”, explica. Los tanques de Serenity cuestan 120 millones de pesos cada uno. Son traídos de Estados Unidos; aunque son más económicos en China, Ricardo dice que nunca compraría uno. Cada tanque está insonorizado; por dentro, una especie de plástico negro recubre sus paredes. Entrar ahí es entrar a un vacío de estímulos externos, es enfrentarse a uno mismo.

Entrar evoca como ese momento placentario en donde tú estás flotando en el líquido amniótico de la mamá y estás ahí solo, calientico, a una temperatura perfecta

Al tanque se entra desnudo. “Entrar evoca como ese momento placentario en donde tú estás flotando en el líquido amniótico de la mamá y estás ahí solo, calientico, a una temperatura perfecta”. Así siente sus experiencias en el tanque Catalina Salazar, médica cirujana de la UdeA con especialización y maestría en Medicina Alternativa y estudios en Medicina Funcional, una rama “más orientada a ir a la causa de la enfermedad, y a tratar de mirar qué cosas le hacen falta al cuerpo” para dárselas como suplementación. Su formación la ha llevado a ver la medicina desde una perspectiva más preventiva e integrativa, en la que más que recetar medicamentos para tratar los síntomas, se enfrentan causas teniendo en cuenta las emociones del paciente. Ella descubrió la flotación con Ricardo, que es amigo suyo y fue quien le presentó los tanques. La ha practicado con su esposo, su hijo, su madre y su hermana.

Después de 30 minutos de charla preparatoria con Ricardo, llegó la hora de entrar al tanque. No pregunté mucho por la experiencia, quería entrar al vacío con más dudas que respuestas. Pasé solo a una habitación pequeña pintada de blanco y alumbrada por una luz cuya intensidad se puede graduar. El tanque, de tres metros de largo y uno de alto, ocupaba casi toda la habitación y un montón de tubos, ocultos tras un biombo al fondo de esta, conformaban el sistema de limpieza. Cuando lo ves de frente, blanco y con una puerta de metal negra, parece una cápsula llena de tornillos apretados a más no poder que te llevará al espacio.

Abrí esa puerta, el abismo me miró y me intimidé al tratar de devolverle la mirada. Justo cuando estaba por entrar, mis pies temblaban. Me sentí mareado por el pánico de quien ve algo que no sabe cómo explicar. Aunque tenía tapones en los oídos sentí un temor interno como el silencio que le sigue a la caída de un vaso de aluminio a las dos de la mañana. Sentí algo que me sorprendió sentir: miedo.

Flotar
No se puede entrar a los tanques con la menstruación ni con una herida que no ha cicatrizado; ni con crema en el pelo o tinturas aplicadas en los días previos. Tampoco se puede orinar en ellos ni estar bajo sustancias psicoactivas. Incumplir estas indicaciones acarrea una multa de cuatro millones de pesos. Ilustración: Valeria Londoño Morales.

En el abismo, silencio

Aunque me aterra pensar en lo minúsculos que somos en el universo infinito, siempre he sido un amante de los astros y un curioso por todo lo que ocurre allá arriba. Una de las preguntas que más resuena en mí es: ¿qué hay en un agujero negro? Mi respuesta es que hay un abismo. Ese viernes, mientras cerraba la puerta del tanque, inmerso en una oscuridad que parecía no tener fin, sentí que me adentraba en uno.

“Cuando la gente entra siente que los primeros 10 minutos duran 40, y los últimos 40 se sienten como 10”, me explicó Ricardo antes de entrar. Mis primeros minutos fueron un abismo lleno de temor. Mi cerebro trataba de entender la situación: flotaba a la deriva, pero no veía mar; tampoco hacía esfuerzo alguno para estar a flote; no veía más que una oscuridad vacía, pero tenía los ojos abiertos; también tenía los oídos tapados, no escuchaba nada de afuera, entonces empecé a escuchar hacia adentro. Si mi cerebro hablara me habría dicho: “¿Dónde te metiste, güevón?, ¿esto qué es?”. Experimenté una nueva sensación, algo parecido al sentido arácnido, una suerte de corrientazo que me erizaba la piel. Pero el miedo pasó tras un rato, cuando el cerebro entendió que estaba a salvo y que estaba bien asomarse al abismo.

El mundo actual es un mundo precarizado y un mundo psicoterapizado

Mi cuerpo empezó a relajarse, poco a poco empecé a flotar a gusto. Esa semana había sido estresante, había dormido poco, comido poco y sobrepensado mucho. Allí encerrado me permití relajarme un rato. “El mundo actual es un mundo precarizado y un mundo psicoterapizado”, dice Mauricio Bedoya, profesor de Psicología de la Universidad de Antioquia, magíster en Psicología y doctor en Ciencias Sociales. Para su doctorado, Mauricio analizó cómo el neoliberalismo ha instrumentalizado la psicoterapia. Bedoya comenta que, con este modelo que nos lleva a una precariedad que afecta en la salud física y mental, hay tres formas de lidiar: “La primera salida a la precarización es hacernos los bobos y enfermarnos. La segunda es volvernos adictos a algo que nos genere bienestar [redes sociales, medicamentos o discursos de autoayuda], que es lo que la mayoría de la gente hace. Y la tercera es ponerle la cara a la precarización. Entonces eso implica que las personas busquen ayuda”. Para él, el mundo hoy busca más ayuda terapéutica que antes. Hay más oferta de todo tipo en todas partes, y la gente también lo necesita más.

Tanto Ricardo como Catalina mencionaron que es común alucinar adentro de los tanques; la única alucinación que tuve fue un vistazo breve de un rostro sin forma en la oscuridad, pero cuando lo vi estaba en un estado de relajación tan pleno que, en vez de sentir miedo, sonreí. No obstante, mientras fluía en medio del agua salada percibí algunas cosas: como que el cuerpo suena. Usualmente no lo oímos porque afuera hay mucho ruido y adentro sonamos pasito.

Escuché que en mí habita un ruido eterno que no había notado hasta esa tarde, parecido al chillido de un televisor viejo al prenderse. Escuché mis parpadeos como si fuera el pasar de las hojas de un libro viejo, mis latidos como si fueran el pizzicato de los dedos sobre las cuerdas de un contrabajo en un jazz, la sangre que viajaba por mis venas como la saliva que atraviesa con esfuerzo la garganta de un enamorado cuando ve a su prometida llegar al altar. Lo más sorprendente que escuché fueron mis huesos, que sonaban como el papel burbuja cuando lo hacemos explotar con nuestros dedos. A ese sonido se le llama descompresión. “Cuando tú estás en proceso de gravedad cero, como en la flotación, también viene un proceso de reacomodación. Si un músculo está generando contracción y fibrosis en el tejido, este logra relajarse, y ese tejido al relajarse va a generar una mejoría en el espacio de las articulaciones. Es como si la articulación abriera un poco su espacio”, así lo resumió la médica Catalina.

Según Ricardo, las sales de Epsom usadas en esta terapia tienen tres efectos en el cuerpo: “desinflamatorio, analgésico y diurético”. Catalina coincide con estos beneficios, así como la médica funcional Melissa Young, de Cleveland Clinic, quien afirma que la terapia de privación sensorial —como también es conocida— alivia el estrés, mejora el sueño y disminuye los dolores físicos. Catalina dice que enfermedades como la fibromialgia pueden tratarse con esta terapia, y que ella, incluso, trata de llevar a su madre con frecuencia para aliviar los dolores de espalda que ha empezado a sufrir. Si bien el propósito de John C. Lilly cuando creó estos tanques no era terapéutico, fue uno de los usos que descubrió en sus experimentos posteriores. Estos efectos se mueven entre los beneficios físicos de la flotación que destaca Catalina y los efectos en la salud mental señalados por Young.

La sensación que tuve la primera vez que fui a flotación fue como una iluminación

Ricardo Pérez Almonacid, profesor de Psicología de la Universidad de Antioquia, doctor en Ciencias del Comportamiento y coordinador del Laboratorio de Psicología Experimental, dice que la eficacia de las terapias psicológicas, según la evidencia, “está explicada en un 40 % por factores no terapéuticos, o sea, las circunstancias de la vida de las personas; un 15 % por la relación terapéutica; otro 15 % por la confianza de la persona en que va a haber un resultado y el otro 30 % por las técnicas mismas de la terapia”.

Aunque la flotación no es una forma de psicoterapia, también establece una “relación de gobierno” como la que establecen un psicólogo y su consultante. En ella, “un sujeto decide ser gobernado por otro, que lo guía, lo orienta, y le indica cómo debe proceder”, según Mauricio Bedoya. Por ende, una parte importante de la efectividad de la terapia consiste en “dejarse gobernar”. Aunque pareciera que en la flotación me gobernaba solo, en realidad seguía las instrucciones que me dieron antes. También es una terapia que ayuda a mejorar situaciones emocionales en la medida en que es un espacio para que las personas puedan acallar la mente y el cuerpo, permitirse la contemplación o la reflexión y regalarse tiempo para sí mismas, algo cada vez más difícil de encontrar en un entorno de ciudad.

Por mucho que quise meditar mientras flotaba, no podía sacarme el chip de periodista de la cabeza, así que quise saber cómo lo experimentan otras personas. “La sensación que tuve la primera vez que fui a flotación fue como una iluminación”, me dijo Isabel Jimeno, una fisioterapeuta que ha ido a terapias de flotación. María Giraldo, otra mujer que incursionó hace un par de meses en esta terapia me contó que se sintió “como cuando uno está en el mar, uno está tranquilo, en el océano, sin bulla, en el agua. Tranquilidad, con esa palabra lo asocio”. Al salir del tanque ambas sintieron que había algo diferente en ellas, una especie de sanación interna al dialogar con sí mismas.

Dibujo
Cuando sus clientes salen de la terapia de flotación, Ricardo los invita a dibujar la experiencia. Como resultado salen imágenes como esta. Ilustración: Valeria Londoño Morales.

Después del abismo, serenidad

Entender el tiempo allá adentro era difícil, pero pasaron los 50 minutos. Toc, toc. Ricardo tocó la puerta para avisarme que mi tiempo había terminado. Me levanté lento para que el agua salada no me cayera en los ojos, pero fue inútil. Cuando salí, la luz que antes me parecía tenue ahora me cegaba. Salí con la sensación de que el mundo giraba más lento. Me sentí ligero, aliviado de dolores con los que cargaba por costumbre. Tomé una ducha caliente para sacarme la sal de la piel y salí de la habitación. Afuera ya esperaba alguien más para entrar en ella.

Una aromática de frutos rojos y unas galletas me acompañaron mientras reposaba en un puf. Ricardo me explicó que tras la flotación lo mejor es reposar un rato y no salir inmediatamente a la ruidosa Medellín. Charlando con él recordé que al principio me mencionó que la descompresión hacía crecer a la gente unos pocos centímetros, entonces le pedí que lo comprobáramos con una cinta métrica. Mi cédula marca 1.67 metros, esa tarde en la habitación de reposo la cinta marcó 1.69 metros, aunque ese par de centímetros se irían pronto. “Los efectos se pierden con los días”, explicó, y por eso sugiere ir tres veces al mes, pero ese par de centímetros adicionales cuestan 120 mil pesos, el valor de cada sesión.

Pérez Almonacid define la terapia en psicología como “un procedimiento dirigido a lograr un cambio de un comportamiento que está resultando problemático para las personas”, pero también menciona que la psicología es una ciencia muy amplia, con tantas ramas y subramas que es difícil que todas coincidan en lo que es o no terapia. Cuenta también que la regulación legal para las terapias es deficiente y eso ha llevado a que surjan muchas terapias alternativas. Eso no significa que no funcionen, o que sean un engaño, pero algunas de ellas las terminan realizando sin sustento científico.

En la habitación posflotación hojeo un libro que me prestó Ricardo, donde las personas que van por primera vez pueden dejar un dibujo o una frase que represente su experiencia. Abajo, en el club de boxeo, los puños contra los sacos suenan como tambores. Con el pasar de las páginas veo dibujos que evocan la inmensidad del cuerpo, la pérdida del dolor, el diálogo con uno mismo; veo colores vivos que salen de ojos cerrados y mentes sumergidas en el infinito. Palabras como tranquilidad, paz, calma, relajación o meditación aparecen con frecuencia entre las hojas. Dibujar nunca ha sido lo mío, pero si ya me había animado a entrar a ese tanque que me intimidaba, podía arriesgarme a dibujar algún garabato sencillo. Con color púrpura, dorado y azul nocturno dibujé un mar de estrellas que fluían con el agua, ellas flotaban, como yo en el tanque. En medio del mar, esa sensación que siempre estuvo frente a mí, eso que sentí después de sumergirme en el abismo: serenidad.

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