Flotar en el abismo

Flotar

Lo que alguna vez fue el delirio de un hombre por conocer a Dios hoy se usa como terapia: se llaman tanques de flotación o tanques de privación sensorial y en Medellín hay dos. El autor de esta crónica estuvo en uno durante 50 minutos, flotando en el vacío, escuchando su cuerpo y, por una curiosa razón, creciendo un par de centímetros. Allí adentro no hay cielo, ni suelo. El cuerpo se hace uno con esa suerte de mar sin olas ni playa. El silencio reina tanto que se logra escuchar todo lo que el cuerpo grita día a día. Pero no es un grito desgarrador; es un canto, una melodía orgánica a la que se suman los pensamientos íntimos. Flotan también los recuerdos, nadan alrededor, de pies a cabeza, y traen de vuelta imágenes que parecían desterradas al olvido. Flota uno para tratar de estar bien, con todo lo que implica “estar bien”. Antes del abismo, miedo Después de 20 minutos subiendo en moto las lomas de El Poblado llegué a Serenity Float Center. Allí, desde 2021, están los únicos dos tanques de flotación de Medellín. Es un segundo piso, encima de un club de boxeo. Al subir, una mujer con uniforme azul oscuro me dio la bienvenida. “Eres el periodista, ¿verdad? Ricardo ya viene a hablar contigo”. Ricardo Rodríguez es un publicista que administra el lugar. Con él acordé mi cita para flotar ese viernes 12 de septiembre. El lugar es minimalista, algo aburrido a los ojos: tiene paredes blancas, luces tenues y una mesita con tres suculentas. Conmigo esperaba una señora vestida de blanco que me dio la espalda durante los 10 minutos que estuvo allá. Tras un rato de impaciencia, llegó Ricardo con una camisa Puma roja que resaltaba en medio de los colores tierra del lugar. “¿Qué sabes de la flotación?”, me preguntó Ricardo. “Que los tanques los inventó John Cunningham Lilly, un neurocientífico muy volado que se metía LSD antes de entrar a ellos porque creía que así conocería a Dios, y alcanzaría una especie de conciencia suprema”, le respondí. John C. Lilly, nacido en Estados Unidos en 1915, creó el primer tanque de flotación en 1954 para investigar los límites de la conciencia humana. Ese primer diseño era vertical y para flotar se necesitaba un casco de buceo. En Stranger things, la serie de Netflix, se puede ver cómo fue ese primer diseño, pues el personaje Eleven fue sometida a pruebas de laboratorio en un tanque de este tipo durante su infancia. A principios de los 70, Lilly diseñó el primer tanque horizontal, que hizo la flotación más sencilla, y desde entonces empezó a hacerse conocida por sus efectos relajantes y analgésicos. En un tanque de flotación hay 600 litros de agua y 380 kilogramos de sulfato de magnesio, también llamado sales de Epsom. Ricardo compra cada semana 17 sacos de 25 kilos de estas sales para los tanques: “La saturación de esta agua es de un 61 %; para que lo compares, la del mar muerto está entre el 34 % y 40 %, o sea que aquí sí o sí vas a flotar cuando entras al agua”, explica. Los tanques de Serenity cuestan 120 millones de pesos cada uno. Son traídos de Estados Unidos; aunque son más económicos en China, Ricardo dice que nunca compraría uno. Cada tanque está insonorizado; por dentro, una especie de plástico negro recubre sus paredes. Entrar ahí es entrar a un vacío de estímulos externos, es enfrentarse a uno mismo. Entrar evoca como ese momento placentario en donde tú estás flotando en el líquido amniótico de la mamá y estás ahí solo, calientico, a una temperatura perfecta Catalina Salazar Al tanque se entra desnudo. “Entrar evoca como ese momento placentario en donde tú estás flotando en el líquido amniótico de la mamá y estás ahí solo, calientico, a una temperatura perfecta”. Así siente sus experiencias en el tanque Catalina Salazar, médica cirujana de la UdeA con especialización y maestría en Medicina Alternativa y estudios en Medicina Funcional, una rama “más orientada a ir a la causa de la enfermedad, y a tratar de mirar qué cosas le hacen falta al cuerpo” para dárselas como suplementación. Su formación la ha llevado a ver la medicina desde una perspectiva más preventiva e integrativa, en la que más que recetar medicamentos para tratar los síntomas, se enfrentan causas teniendo en cuenta las emociones del paciente. Ella descubrió la flotación con Ricardo, que es amigo suyo y fue quien le presentó los tanques. La ha practicado con su esposo, su hijo, su madre y su hermana. Después de 30 minutos de charla preparatoria con Ricardo, llegó la hora de entrar al tanque. No pregunté mucho por la experiencia, quería entrar al vacío con más dudas que respuestas. Pasé solo a una habitación pequeña pintada de blanco y alumbrada por una luz cuya intensidad se puede graduar. El tanque, de tres metros de largo y uno de alto, ocupaba casi toda la habitación y un montón de tubos, ocultos tras un biombo al fondo de esta, conformaban el sistema de limpieza. Cuando lo ves de frente, blanco y con una puerta de metal negra, parece una cápsula llena de tornillos apretados a más no poder que te llevará al espacio. Abrí esa puerta, el abismo me miró y me intimidé al tratar de devolverle la mirada. Justo cuando estaba por entrar, mis pies temblaban. Me sentí mareado por el pánico de quien ve algo que no sabe cómo explicar. Aunque tenía tapones en los oídos sentí un temor interno como el silencio que le sigue a la caída de un vaso de aluminio a las dos de la mañana. Sentí algo que me sorprendió sentir: miedo. No se puede entrar a los tanques con la menstruación ni con una herida que no ha cicatrizado; ni con crema en el pelo o tinturas aplicadas en los días previos. Tampoco se puede orinar en ellos ni estar bajo sustancias psicoactivas. Incumplir estas