Un no futuro sin agua es posible

La crisis que atravesamos, así como las que vendrán, nos enfrenta a dos retos en gestión de los recursos hídricos. Primero, su disponibilidad, cada vez menor; y segundo, su distribución, que históricamente ha sido desigual. Ambos problemas podrían agravarse si no tomamos medidas urgentes para gestionar mejor el agua. Ha vuelto a llover sobre Colombia. Mientras escribimos este editorial, los titulares de los medios de comunicación cuentan que, por fin, hay una recuperación en el nivel general de los embalses. Ya rodea el 30 % y comienza a alejarse del número crítico que amenazaba con un racionamiento energético (27 %). Pero no sabemos qué puede pasar desde este momento hasta que usted nos lea, si efectivamente llegará un período de estabilidad climática antes de la llegada del fenómeno de La Niña o si, al contrario, este se adelantará y pasaremos de sufrir por la escasez a padecer los estragos que nos puede traer la abundancia mal gestionada del agua. Aunque somos el país con más páramos en el mundo y uno de los que tiene mayores reservas hídricas, también enfrentamos la paradoja de que el 25 % de los colombianos no tiene acceso adecuado a agua potable, según datos del Ministerio de Vivienda, Ciudad y Territorio; y que Bogotá, la capital, ha tenido que tomar medidas de racionamiento de agua que podrían extenderse hasta por un año, según el alcalde Carlos Fernando Galán.  El problema no se reduce al “arrunche hídrico” que propuso el mismo Galán en un torpe intento pedagógico. América Latina y el Caribe son de las regiones con más recursos hídricos disponibles, según datos de la FAO. Sin embargo, como muestra el Informe Mundial de las Naciones Unidas sobre el Desarrollo de los Recursos Hídricos 2023, esa disponibilidad viene en caída, de más de 35.000 metros cúbicos per cápita en 2010, a menos de 30.000 en 2018. Tenemos mucha agua, pero no tanta. La tendencia del planeta dibuja un futuro con todavía menos agua disponible para el consumo humano, un futuro construido desde un presente en el que la gestión eficiente y la distribución justa de ese recurso nos están quedando grandes. En Antioquia, aunque el estrés hídrico parece menor, no hay que celebrar. Al corte del 23 de abril, y tras varios días de lluvias, el embalse Riogrande II estaba en 39.3 %, La Fe en 53.2 % y Piedras Blancas en 62.6 %. Estos tres embalses proveen el 94 % del agua del Valle de Aburrá. Aunque Medellín no ha enfrentado racionamientos, Barbosa, municipio del norte del valle, completó casi dos meses con cortes por el bajo nivel de agua de la fuente de suministro y porque, a raíz de la escasez, el consumo aumentó hasta 130 %. Pese a que la actualidad de la capital antioqueña luce menos grave, EPM sabe que el suministro del futuro no está garantizado ante el imparable crecimiento poblacional del área metropolitana. Es por eso que ha contemplado la posibilidad de hacer más embalses de agua en el Oriente antioqueño, una subregión donde el agua no es solo fuente de vida, sino también de conflictos debido a presiones como las del turismo, la agricultura y las pequeñas centrales hidroeléctricas. Según el Estudio Nacional del Agua del Ideam en 2022, hasta ese año el uso doméstico del agua en Antioquia era de un poco más del 10 %. Casi un 35 % se destinaba a generar energía, mientras que un 40 % comprendía a los sectores agrícola, piscícola y pecuario. Por su parte, la minería demandaba el 10 %, pero esa cifra no es pequeña si se tiene en cuenta que abarca la mitad de la demanda nacional de ese sector. Los porcentajes restantes se comparten entre la industria y los servicios. Y claro, estas cifras abren una discusión sobre quiénes deben asumir la tarea de ahorrar, pues cada sector tiene un impacto diferenciado en la demanda. Sin embargo, aunque su consumo sea inferior, a los hogares también les corresponde la responsabilidad de gastar menos. Solo en el área metropolitana se consumieron 310 millones de metros cúbicos de agua en 2023, según EPM. Esto equivale a imaginar un chorro por el que salen 9.8 metros cúbicos de agua cada segundo. Para ese año tuvimos 315 millones de metros cúbicos disponibles. El doctor en hidrología Julio Eduardo Collazos considera que el problema es que falta empoderamiento de las entidades públicas respecto a la importancia del agua. Por eso, incentivar la reducción de su consumo, como en Bogotá, no es suficiente; mucho menos cuando hay una altísima incertidumbre sobre la disponibilidad hídrica futura: “A más población, un mayor consumo que no se puede obviar”.  Desde el 2010, Colombia tiene una Política Nacional para la Gestión Integral del Recurso Hídrico (PNGIRH). Esta obliga a todos los municipios a tener un plan integral para el agua. Pero, como afirma Collazos, una cosa es nombrar la gobernanza del agua y otra es adoptarla. En 2022, el Departamento Nacional de Planeación evaluó los resultados del PNGIRH y resaltó que las entidades nacionales necesitan: “mayores capacidades administrativas, humanas y económicas para mejorar los resultados en la gestión del agua”. El Niño que va terminando también es buen ejemplo de esto. Pese a que comenzó a mediados del 2023, y ante las múltiples alertas por una posible crisis, las medidas no parecen haber sido efectivas, oportunas ni suficientes. Y lo irónico es que esta crisis y esta conversación ocurren justo cuando el Gobierno, al mando de Gustavo Petro, tiene el agua como un eje de su discurso y de su Plan Nacional de Desarrollo (PND). El 11 de abril, Petro aseguró que entre sus principales políticas de adaptación al cambio climático –otro de sus leitmotiv– está la dotación de agua a toda la población del país y un adecuado saneamiento ambiental.  Efectivamente, el PND propende por un ordenamiento territorial alrededor del agua y considera la necesidad de atender los conflictos relacionados con la disponibilidad y el uso de esta. A falta de indicadores para medir cómo esa disposición se ha traducido en hechos, el enfoque es adecuado, pues

Entre velas y paneles solares: la lucha por la energía en las islas de Colombia

Por años, los habitantes de Múcura, Isla Fuerte y Santa Cruz usaron el fuego y los combustibles fósiles como energía. Hace una década sus vidas cambiaron con la instalación de paneles solares, pero el sistema después colapsó. Este reportaje de Mutante con apoyo de La Liga aborda el tema de la pobreza energética y cómo puede perpetuarse a pesar de la transición hacia alternativas renovables. Mary Esther Sotomayor era una niña que no pensaba en la luz. A los 10 años dejó su casa con alumbrado eléctrico en Tolú, Sucre, y se fue a vivir con su familia a una isla llamada Panda, un punto de paso de pescadores con ranchos improvisados en el que los días terminaban con el último rayo de sol. La noche era un tiempo desconocido. A las seis de la tarde, cuando la claridad comenzaba a ceder, las dos familias que habitaban la isla —la de Mary Esther y la de otro pescador— se reunían en sus ranchos y se preparaban para dormir. Sus únicos recuerdos de la noche siendo niña son esas primeras horas, cuando comían en torno a un fuego encendido con fósforos y palos, tan pequeño que no alcanzaba a verse fuera del rancho. “El cuerpo humano es de costumbres y el mío se acostumbró a eso. Era feliz en la isla en la noche, alumbrándonos con fósforos o mechones. Pero ahora me acostumbré a la luz y cuando no la tengo en la noche, me ahogo por el calor sin un ventilador”, recuerda. Hoy tiene 54 años y ha pasado casi toda su vida en islas no conectadas al sistema eléctrico. En isla Múcura, donde vive desde los 13 años, conoció primero la televisión que los interruptores de luz: las lanchas de comerciantes llevaban televisores pequeños a blanco y negro que funcionaban con baterías. A Mary Esther le encantaba Topacio, la telenovela venezolana de los ochenta, cuya protagonista era una joven ciega de una familia pobre. Después de cada episodio, apagaba el televisor para conservar la batería. Pero eventualmente esta se descargaba. Entonces debía embarcarla en lanchas para que se cargara en Tolú. Durante días, esperaba sin saber cómo seguía la historia y si se revelaba el gran secreto de la trama: Topacio era la hija de una familia rica y había sido cambiada al nacer. Cuando regresaban las lanchas y el televisor volvía a encenderse, Mary Esther completaba con su imaginación las partes de la telenovela que no había llegado a ver. Vivir sin luz permanente es un intento constante por rellenar las partes que faltan. El propio mapa de la energía en Colombia está lleno de parches oscuros que indican que el 53 % del territorio son zonas no interconectadas. Es decir, más de la mitad del área total del país está por fuera del entramado de antenas, transformadores y cables creado desde los años sesenta para garantizar que cada vez que alguien en una zona conectada encienda un interruptor reciba luz. “Es como una colmena de abejas en las que cada una pone todos los días su ventana de miel. Si alguna se llega a enfermar, habrá otra abeja que ponga esa ventana. La colmena y las abejas nunca paran”, se lee en un documento de la empresa Celsia que explica el sistema interconectado. Mary Esther Sotomayor en Isla Múcura. Ha vivido casi toda su vida en lugares desconectados del sistema eléctrico. Foto: Juan Manuel Flórez Arias. Isla Múcura y el resto de islas del archipiélago de San Bernardo están fuera de esa promesa de luz infinita. Como en la mayoría de las zonas no interconectadas, viven una forma de escasez poco visible: la pobreza energética; es decir, la incapacidad de una comunidad para tener el servicio de energía que necesita. No hay mediciones públicas precisas, pero un estudio privado de 2023 encontró que 768.000 colombianos no cuentan con este servicio público en ningún momento del día y 5,9 millones tienen luz por horas y con recortes. Durante años, la única forma de luz en estos lugares ha sido el fuego. En las islas usaban mechones de trapo encendidos con gasolina en empaques de conservas o leche en polvo. Eran como linternas de lata. Una en cada habitación y otra en el centro de la casa. “Moverse en la noche era como andar en un laberinto”. También era vivir con el riesgo de un tropiezo que propagara el fuego. En Santa Cruz del Islote, la isla vecina de Múcura, un mechón fue el origen de un incendio hace cincuenta años del que todos allí han escuchado alguna vez. La brisa del mar alimentó las llamas y las hizo saltar de un techo de palma a otro en unos minutos, bajo la mirada aterrada del niño Freddy de Hoyos Berrick, hoy de 62 años. Freddy corrió por los pasadizos estrechos del Islote en busca de las monjas que estaban allí de visita, esquivando a sus vecinos que se apuraban a huir en sus lanchas. Tomó del hábito a la primera monja que encontró y le pidió que apagara el fuego. “Yo creía que ellas eran Papá Dios”. Solo quedó una casa en pie. Pero los habitantes volvieron a levantar el pueblo con la misma tenacidad con la que, cien años antes, se inventaron una isla en medio del mar. Santa Cruz del Islote es una isla artificial: una hectárea de tierra ganada con piedra, coral y concreto en una zona baja del mar, en la que no hay un solo árbol. Es considerada la isla más densamente poblada del mundo, con unos 800 habitantes, según un censo local. Se ha mantenido por la voluntad profunda de sus habitantes de vivir en medio del océano. La misma voluntad que, años después, los hizo intentar embarcar en lanchas su propia energía. Santa Cruz del Islote es una isla artificial construida con coral, piedra y concreto en una zona baja del mar. Foto: IPSE Cuando el sol iluminó la noche Luego del incendio, llegaron las primeras plantas eléctricas que funcionaban con

Los riesgos del zorro perro, un habitante cada vez más visible en Medellín

Esta especie ha sido avistada en sitios como la UdeA y la Plaza Botero. El crecimiento de la ciudad la está empujando hacia las zonas urbanas, lo que representa peligros para su adaptación y supervivencia. Ilustración: Sara Uribe de los Ríos. En redes sociales se viralizaron videos donde un zorro perro camina con rapidez por los pasillos de la Plaza Barrientos de la Universidad de Antioquia. Mientras se acerca a los parches de vegetación alrededor del bloque 10, empieza a andar con cautela como si hubiera fijado sus sentidos en algo. Ese algo es alimento, una de las razones de su paso por Medellín, según Sara Muñoz, veterinaria y fundadora del Proyecto Zorro. En julio fue visto, también, en la Plaza Botero y el Aeroparque Juan Pablo Segundo. El Cerdocyon thous, zorro perruno o zorro cangrejero es un mamífero silvestre que habita las zonas rurales de los diez municipios del Área Metropolitana del Valle de Aburrá. Ver esta publicación en Instagram Una publicación compartida por Buitres UdeA (@buitresudea) Juana Alzate, estudiante de Periodismo de la UdeA, fue una de las personas que vio al zorro perro caminando por la Universidad. Dice haberlo visto por zonas solitarias de Ciudad Universitaria entre las 5:00 de la tarde y las 9:00 de la noche. “Lo vimos desde la distancia y se fue muy tranquilo, como si fuera ya costumbre convivir con los humanos”, dijo Alzate. Según la veterinaria Muñoz, al ser animales omnívoros, los zorros perrunos tienen una gran gama de alimentos que les facilitan la adaptación a ambientes urbanos, semiurbanos y rurales. Aunque su presencia se esté volviendo más común, Muñoz afirma que esta población siempre ha estado en los alrededores de las zonas urbanas: “Por la expansión humana hemos estado más en contacto con los animales de fauna silvestre de la laderas y zonas más arborizadas”. Nathalia Villada, veterinaria y ambientalista, describe la situación de estos caninos como un “reingreso” a la ciudad, que en un principio fue su hábitat y de la cual fueron desplazados por la urbanización. Dice que, pese a que es normal este tránsito a las zonas urbanas, es importante “analizar las causas de esas migraciones, si hacen parte de algún ciclo biológico, o si es la presión que estamos ejerciendo en otras zonas prístinas”. Según datos del Área Metropolitana del Valle de Aburrá sobre el ingreso de zorros perros heridos al Centro de Veterinaria y Zootecnia de la universidad CES (con quienes trabajan en convenio), la mayor parte de los caninos contabilizados hasta agosto del 2023 provenían de Medellín (8), seguido de Girardota (2) e Itagüí (2). Los zorros perrunos que son contabilizados son solo aquellos que fueron rescatados de situaciones de riesgo a lo largo del 2023. Imagen de registro del Centro de Atención, Valoración y Rehabilitación del Área metropolitana del Valle de Aburrá. Si son tan adaptables, ¿qué riesgos tienen? Luz Rodríguez, líder de proyectos de biodiversidad de la universidad CES, cuenta que además de los atropellamientos a los que son vulnerables por cruzar vías con vehículos en movimiento, los zorros perros también pueden sufrir intoxicación por la ingesta de desechos sólidos y contagiarse de enfermedades que en su hábitat natural no tendrían por qué tener. Y, según Sara Muñoz, algunas de las enfermedades más mortales para estos, como el parvovirus y el moquillo, son trasmitidas por animales domésticos no vacunados. A esto se suma el maltrato que, en general, reciben las especies silvestres más pequeñas (incluyendo a los zorros, que miden cerca de 65 centímetros) por parte de otros animales domésticos, como los perros. “Se ha reportado la muerte de zorros por este tipo de perros que los atacan en gavilla”, dice Muñoz. Ella asegura que en ese encuentro es mayor el impacto negativo para los zorros que para las mascotas. Muñoz afirma que “el desafío del zorro es sobrevivir”, y agrega que la alimentación es una de sus limitantes dentro de la ciudad. Al consumir comida de humanos, no tienen la necesidad de cazar y controlar animales que son propensos a convertirse en plagas, como roedores e insectos. De esta manera no solo se altera su nutrición sino también su comportamiento. Nathalia Villada agrega que la contaminación visual y auditiva que genera la ciudad también representa una alteración para la vida de estos animales: “algunos ciclos circadianos están dados por la luz y esto puede desorientar a algunas especies”. Esos impactos pueden llegar a afectar incluso la capacidad reproductiva de los zorros perrunos. ¡Maravilloso avistamiento en el Aeroparque Juan Pablo ll!🤩 ¿Te has preguntado cuál es la relación de la biodiversidad silvestre con los entornos urbanos🏡?, te contamos la historia de un zorro perro (𝘾𝙚𝙧𝙙𝙤𝙘𝙮𝙤𝙣 𝙩𝙝𝙤𝙪𝙨) que se pasea por el Aeroparque Juan Pablo ll. pic.twitter.com/9tqwBtA2ih — Área Metropolitana del Valle de Aburrá (@Areametropol) August 2, 2023 Fauna silvestre en la ciudad El Área Metropolitana del Valle de Aburrá hace seguimientos a los movimientos de esta especie en la ciudad. Se les ha empezado a caracterizar como fauna urbana, que según Luz Rodríguez, “son animales que se adaptan a los entornos urbanos, que logran encontrar refugio, reproducción y alimento”. Por otra parte, Sara Muñoz los clasifica como fauna sinantrópica, que es el conjunto de animales que usan los recursos de zonas habitadas por el hombre, ya sea de forma temporal o permanente. Por su parte, Nathalia Villada afirma que es importante hacer una diferenciación y no generalizar, pese a que algunas poblaciones han logrado adaptarse y sobrevivir, no toda la especie de zorros perrunos habita la urbanidad. Aun si los videos que han estado circulando por las redes muestran solo a Medellín, en realidad el desplazamiento que se ha evidenciado es general en el país, según explica Sara, y en específico en algunas regiones donde esta especie habita. Su presencia se extiende por las zonas Andina, Caribe, Pacífico y Orinoquía. El zorro perruno se encuentra en las regiones Andina, Caribe, Pacífico y Orinoquia. Imagen extraída de “El Manual: Contemplar, comprender y conservar” repositorio de Colombia Travel. Los zorros perros no son los únicos en desplazarse