Los corazones no siempre laten ordenados; se quiebran y se reconstruyen entre recuerdos, poemas, amores y fracasos. Eso muestra Un poeta, la película colombiana que narra la historia de Óscar Restrepo, un hombre que vive entre la ebriedad y la esperanza, recordándonos que la vida se compone de retazos: risas, versos, dolores y abrazos. Aquí están los fragmentos de un corazón que, aún roto, quiere seguir latiendo, porque en cada pecho, torpe e imperfecto, late un surtido de fantasmas que también es poesía.
Entró en su habitación con pasos arrastrados luego de tirar la puerta. Se sentó en la mitad de su cama, tendida con sábanas blancas a las que les sobresalían quiebres disparejos. Miraba el suelo y sus ojos se iban de un lado a otro buscando fantasmas, dejando como protagonista su cabello negro, sucio y peinado en varias direcciones. Óscar estaba sin camisa y bastante ebrio. Tomó un marcador azul, se llevó la mano al pecho y se dibujó un corazón sobre él. Pensé: se va a matar, se va a disparar, su fanatismo por José Asunción Silva lo ha llevado demasiado lejos. La pantalla del cine se fundió a negro. ¿Murió?
No lo hizo. Óscar Restrepo es una mezcla entre valentía, cobardía, amor, inocencia, tristeza y ternura; lo suficientemente decidido para pensar en suicidarse, pero lo suficientemente asustado para no atreverse a hacerlo. No sé si fui la única en la sala que entendió la referencia, luego pensé que era inadmisible que mataran tan rápido al protagonista sin enojarnos, conmovernos y hacernos reír lo suficiente con un hombre bohemio, sensible y soñador que se atribuyó a sí mismo como un poeta.
Sin cortes y con versos
Esta película colombiana ha llenado salas de cine en todo el país desde sus primeras semanas de estreno y continúa proyectándose en las salas del Museo de Arte Moderno de Medellín y el Centro Colombo Americano de Medellín. Lo que explica un poco las filas inmensas y funciones de todo el día recién el estreno, al igual que la permanencia en algunos cines del país. Además, fue la producción colombiana nominada a Mejor Película Iberoamericana para los próximos Premios Goya, que se realizaron el 28 de febrero de 2026.
Tanto Óscar Restrepo como Ubeimar Ríos son docentes, nacidos en el oriente antioqueño, Óscar en Rionegro y Ubeimar en Santuario. Son padres y amantes de la poesía (y del alcohol) desde su juventud. Hombres de noche y de tabernas. Así, más o menos, describe Ubeimar sus similitudes con Óscar, aunque, mientras se acomoda la tula que lleva con él a todas partes, sonríe y dice que a él no le pasan tantos infortunios como a su personaje.
Hablar con él es como hablar con ese tío que se emborracha en todas las fiestas familiares. Te trata de “parce”, como si te conociera de toda la vida. Se ríe, se acomoda y desacomoda su barba, se le va la mirada varias veces en sus pensamientos, pierde el hilo conductor de lo que dice y lo vuelve a retomar. Además, tiene esas poses de papá cuando se sienta en cualquier mesa: apoya los codos, se frota la cabeza y sigue hablando. Baja un poco más la voz para terminar sus frases y darle un respiro, algo poético, a lo último que tiene por decir.
Solo conversé con él veinte minutos afuera de una sala de cine, afanados y él cansado luego de tomarse fotos con unas cien personas. Pero percibí esa sensibilidad, ese corazón abierto que en la película provocó risas, quejas, llantos y recuerdos. Vi al hombre que nos dio referencias poéticas, persecuciones y peleas, pero que nos recordó que en la película no solo nos estaban hablando de poesía, sino sobre todo de la humanidad que nos habita en cosas sencillas y nos confronta con esos fantasmas que aparecen de cuando en vez en los rincones de nuestra mente o de nuestra habitación.
Fragmento 1: La frustración de un personaje incómodo
“¡Usted no es un poeta, es un desempleado!”, le grita su madre a Óscar al comienzo de la película en medio de una pelea para que buscara algún trabajo, pues vivía tirado y prestando plata. Ahí cae el primer fragmento de su corazón. Pues ella se encarga de recordarle que esas atribuciones no le daban de comer, a pesar de que él pensara que los poetas eran hiperbólicos y soñadores y transformadores. Y lo son, pero también tienen que ser otras cosas.
Se nos mostró un ser humano que no podía vivir solo de sus sueños por más grandes que fueran. De eso se encargó Simón Mesa, el director, desde el principio: de mostrar unas formas del ser humano que causan incomodidad, como la buena poesía. Porque la buena poesía no es solo la que habla de cosas bellas, sino la que nos sacude y nos obliga a mirarnos. Así lo piensa el escritor y cinéfilo César Alzate, para quien Un poeta recoge un universo que también logra la palabra escrita: el disgusto, pues dice que Óscar es ese tipo de persona que nadie quiere tener cerca en un viaje, porque incomoda, enoja y frustra con su actitud, su necedad y su discurso repetitivo de “es que yo fracasé”.
Óscar vive perdido en la bebida, tirado en la calle, atrapado en un ridículo inconsciente. Su mejor amigo es el poeta fallecido José Asunción Silva: viaja con él, le pide consejos, lo abraza, lo confronta. Solo tiene que rebuscar en sus pantalones y mirarlo en el billete de cinco mil pesos. Está en una acera, con la ropa descompuesta, la mirada perdida y un amigo que lo acompaña, quizá más borracho que él. Es de noche en Medellín, la gente baila y Óscar grita fragmentos de Nocturno III, preguntándose por qué no puede ser como Silva, por qué él sí debe vivir sumergido en una profunda tristeza.
Eso tan patético exhibe la humanidad del personaje. ¿Cuántas veces no hemos sido Óscar en una borrachera, en una tusa, en un mal trabajo? La confrontación con lo ridículo es todo un acto poético, porque es simple y no se reflexiona. Así como las estupideces que arrastran el amor y el desamor, haciendo que los pedacitos del corazón divaguen por ahí.
Fragmento 2: Su gran obra hecha mujer
Yurlady está sentada en la parte trasera del salón, en esa fila que da a la ventana. Apenas sobresale su rostro de la capucha de su uniforme. Solo se ve su mano escribiendo en un cuaderno y su falda que cuelga de la silla. Es el blanco de comentarios y chistes de sus compañeros por pasarse escribiendo, imaginando otros mundos a través de esa ventana.
“¿Usted también es melancólica?”, le preguntó Óscar al descubrir, gracias a sus compañeros, que lo que escribía en su cuaderno era poesía: versos sobre los colores de su habitación, sus sueños y lo que vivía. Pero Yurlady era solo una adolescente sumergida en la clase baja colombiana, sin recursos y con ejemplos familiares que no le dejaban muchas posibilidades. Respondía siempre un “no sé”, hablaba con desgano y soñaba con pintar uñas junto a su amiga usando un esmalte morado de brillitos.
Pero para Óscar ella era su salvación, su gran obra, su posibilidad de volver al mundo de la poesía. La presentó a poetas, la llevó a una casa cultural y la hizo leer sus versos ante la clase y ante extranjeros. Gran parte de la película muestra a un Óscar que intenta vivir en Yurlady lo que él no pudo conseguir. Pero solo la hundió más, la enojó y la frustró mostrándole lo que ella no quería ser ni recibir de ojos ajenos, específicamente los de una sueca que buscaba una niña sufrida y no una que dijera que su habitación también era una cárcel. Querían que cediera a esa audiencia.
Entre poemas y presiones, la película potencia la perspectiva de incomodidad cuando la sueca presiona Yurlady a leer lo que considera mejor, a estar a merced de las demandas de algo o alguien más que de ellas mismas para agradar, para caber, como si las mujeres nos dedicáramos solo a sufrir y solo pudiéramos hablar de eso. Estefanía Carvajal, periodista, escritora y una de las personas que corrió al cine cuando se estrenó Un poeta porque quería saber cómo habían abordado una película que podía caer en muchos lugares comunes en la narrativa, dice que toda esta situación le recuerda a un poema de Susana Thenon que se llama La Antología, donde las mujeres tenemos que ser desdichadas para ser escuchadas, porque sanas e independientes no merecemos ser vistas, y donde prima el sufrimiento y no la poesía.
De hecho, la película incluye referencias a poemas célebres como Poeta soy, de León de Greiff; La vía láctea, de Justo Jorge Padrón; Solo un nombre, de Alejandra Pizarnik para pintar el panorama al que Óscar intenta regresar. Junto a estas obras, también se escuchan declamaciones escritas especialmente para la producción por Simón Mesa: Cielo sin promesas, Flor y Poema feliz. Este último fue escrito tras el rodaje y es el que cierra la película con un tono íntimo y reflexivo.
Yurlady no se convierte en la gran obra de Óscar; por el contrario, se convierte en una distancia que tiene que marcar por su bien, sus sueños y sus miedos. Y lo obliga a seguir divagando con su corazón, buscando los fragmentos necesarios para armarlo y hacerlo sangrar, viviendo de actos poéticos: bellos, dolorosos y confusos en el camino.
¿Es posible vivir de actos poéticos?
Late. Se detiene. Vuelve a latir. Así es el corazón. Y la luna que sonríe, el rayito de sol que entra por la ventana, contemplar un girasol, sentir ese abrazo inesperado de alguien que extrañamos mucho; todo eso, son actos poéticos. No alimentan el bolsillo, pero sí el espíritu que nos recuerda que tenemos una humanidad, que vivimos, sentimos y que las cosas, por más sencillas que sean, nos atraviesan y habitan.
Óscar tiene una hija: Daniela. Hay distancia y abandono; una muestra de lo que es gran parte de la paternidad colombiana: olvido y formalismo. Intenta acercarse, pero como buen borracho, siempre lo arruina. Si Yurlady le mostraba lo que no podía ser, Daniela le recordaba lo que fue y dejó perder. Pero al final, tras dramas y peleas, llega un gesto predecible pero necesario para reivindicar a Óscar: un abrazo. A estas cosas sencillas se refería César Alzate con actos poéticos, un abrazo que evidencia que el protagonista no estaba tan perdido como creía, solo debía mirar más allá de sus fragmentos rotos.
La poesía despierta sensibilidad en quienes la hacen y en quienes la escuchan, como el caso de Jehimy Marulanda y Mateo Valencia, dos poetas en diferentes momentos, una que escribe poesía hace más de 15 años y otro que empezó hace tres, entrenan su voz desde hace un tiempo, y para quienes la poesía es una actividad de soñadores más que de frustrados. En el caso de Jehimy, necesita de su cuaderno y del silencio para encontrar su yo poética; en el de Mateo, sigue siendo un misterio por la búsqueda de lo místico, de esas melancolías que uno no sabe que tiene hasta que se sienta a escribirlas. Ambos se vieron en la película, en las dudas, frustraciones e ideas de grandeza que se difuminan más rápido de lo que demoran en constituirse, como si fueran un corazón a pedacitos que se va nutriendo de lo que vive, pero que también aprende sus formas para vivir.
Otro acto poético es la comedia. Y Un poeta nos da mucho de eso entretejido con la parodia y los contrastes en un Óscar que pasa de la euforia de la ebriedad a un silencio imperturbable. Es un personaje lleno de capas y de dudas, despierta las ganas de saber qué le pasa, por qué está retraído, qué piensa; dejando al descubierto otro acto poético: el misterio. Y sí, llamemos acto poético a todo eso que nos mueve sin saber cómo lo hace.
Todos somos un poema que llevamos dentro
Desde el fondo. Desde la vena. Desde la sangre que bombeo y desde las composiciones cardiovasculares que no entiendo: ¿Cómo piensan los poetas? ¿Qué es lo que hacen? ¿Qué es lo que causan? Fueron algunas de las preguntas que hice mientras reporteaba esta crónica, y aunque esperaba respuestas poéticas, no pude evitar sorprenderme. Porque al parecer los poetas son espejos, causantes de cortocircuitos, soñadores y conmovidos por la vida. Son panfletarios, ventanas, portales y otras cuantas cosas. Por eso son tan difíciles de clasificar y encontramos poemas de amor, desgracia, denuncia y de una sólida melancolía.
Y por eso Óscar es solo un poeta más. Y aunque su historia nos arrastre a una narrativa de desgracia, no quiere decir que todos los poetas sean, como dice Ubeimar, unos “hijueputas desdichados”, algunos solo viven siendo otras cosas que luego necesitan volver poema para entenderlas. Por ejemplo, la entrevista con Jehimy me reveló que quizás un poeta puede venir del doctor que necesita escribir lo que vive en el hospital. Tal vez los poetas no son solo los taciturnos y misteriosos, pueden ser personas que necesitan escribir algo a la luz de lo que sienten.
De otro lado, Mateo me dijo que “la humildad es la cordura de cualquier artista”. Supongo entonces que la poesía es también una forma de reivindicarse y mantenerse cuerdo, o un poco menos sórdido, en un mundo que se ha empeñado en darle un gran espacio a la grandeza y al reconocimiento, olvidando la importancia de la sensibilidad. Eso me recuerda que el mayor enemigo de Óscar es un billete de cincuenta mil pesos. Eso le detiene a ratos los latidos de su corazón.
Entre bolsillos y sombras, entre un cinco y un cincuenta
Ruina, tusa y rabia. Un, dos, tres y los porqués del corazón que no siente sus venas. Por toda billetera ha pasado alguna vez ese billete morado, con un colibrí piquicorto verde esmeralda, que en su reverso tiene la Sierra Nevada de Santa Marta. Aunque lo más relevante del billete es el hombre que está de pie, de su mano salen unas mariposas amarillas dignas de su novela que fue Premio Nobel de Literatura. Es Gabriel García Márquez “Gabo” o, para efectos de la película, el némesis de Óscar Restrepo.
Óscar desprecia a Gabo por vivir del reconocimiento, los premios y la fama sin pasión. No soporta que lo admiren solo porque su nombre sigue resonando. En cambio, venera a José Asunción Silva, el del billete de cinco mil, ese poeta que, según él, murió en un anonimato profundo que lo dejó sin valor. En la película, Óscar recibe un billete de cincuenta y es como si viera al mismísimo diablo. Recibir a Gabo era traicionar sus principios.
Pero más allá de la anécdota, los billetes de cinco y cincuenta son un guiño al poder y la grandeza, a la necesidad de ser visto sin preguntarse por los matices del éxito y el fracaso. Porque mientras todos recuerdan a Gabo, pocos saben quién fue Silva: el poeta que prefirió germinar en silencio, lejos del ruido de los grandes.
Fragmento 3: ¿El arte nos salvará o nos condenará?
Se descose el corazón. “La poesía ya no es lo que era antes”, dice alguien en la película. Pensé: ¿y entonces cómo será la poesía que nos va a salvar? Tal vez ese sea el misterio que nos mantiene vivos: seguir creando, rompiendo moldes, buscando nuevas formas aunque no lo sepamos. O mejor en palabras de César Alzate: la poesía es la que logra plasmar con mayor éxito la belleza del mundo y la complejidad de existir en él, en un lenguaje que persiste incluso en lo que no podemos sostener.
La película avanza. Le dicen a Óscar que él nunca va a cambiar, que siempre será un borracho frustrado y desdichado que se creía poeta. Además, creían que había abusado de Yurlady. Su inocencia solo era obvia para quienes estábamos en la sala, porque para esa familia Óscar se convirtió en su peor desgracia.
Estaba en la escuela, con su camisa blanca a rayas rojas y pantalón café, Óscar es sorprendido por el hermano de Yurlady, que lo empuja contra una ventana y le exige saber qué le hizo a su hermanita. Los separan y sale de escena. Pero afuera lo espera. Óscar corre loma abajo, grita un “¡AAAAAH!” que anuncia lo inevitable: un golpe seco y su cuerpo tendido en la calle, esta vez no por el alcohol. Fue una de las escenas favoritas de Ubeimar al filmar la película. Tiene sentido, desató risas en la sala.
Y precisamente esos momentos vuelven a Óscar un personaje indescifrable: triste y frustrado poeta, para Ubeimar; niño grande, para Estefanía; soñador, para Mateo; simple poeta, para César. Todos tienen razón: el arte nos salva y nos condena desde lo que conocemos para entenderlo. Así es el ser humano, un vaivén de luces y sombras, con un corazón frágil e imperfecto como el de Óscar, que aún late, insistente, como un poema a medio escribir que sigue siendo nuestro.
Latidos por milímetros y escenas
Y late el corazón. Y una, dos, tres décimas. Un, dos, tres, verso libre y más renglones. Y borrón. Y tachón. Y volver a empezar. Así se leería enseñar a hacer poesía, si fuera tan fácil hacerlo. Según estas voces y fragmentos, escribirse es demasiado personal, lo que vuelve imposible dar una fórmula mágica para hacerlo. Hay momentos que pueden inspirar, pero el talento no es sinónimo de pasión ni de interés, como la misma Yurlady mostró al no querer ser una poeta de tiempo completo, ni de medio.
Se siente el corazón. Se sigue emocionando y sorprendiendo. Y algo así fue hacer esta película. No eran actores, todos eran inexpertos que aprendían en cada latido, escena y corte. La actriz que personificaba a Yurlady se sabía todo el libreto y Ubeimar llegaba borracho y desorientado, muy Óscar de su parte. Simón Mesa quería ubicarlos en el documental de la vida de algún poeta, porque en cualquier lugar del mundo hay un poeta.
Esas decisiones dieron seriedad, pero también naturalidad y sorpresa. Por eso muchas escenas se ven tan propias. Significó prestarles a los personajes una parte de lo que ellos son. Aunque también representó un reto, pues Ubeimar se negó tal cual niño a prestarle a Óscar muchas de sus emociones; así que muchas lágrimas y gritos son una inmersión profunda en aquel poeta que parecía destinado a la desgracia. El Óscar que vimos en pantalla fue un Ubeimar obsesionado con él, con sentirse como un poeta desdichado, no como un actor que usaba su vida personal para sufrir en la pantalla por unos minutos y unos millones.
Y pum, pum, se para el corazón. Fue cine en 16mm con Ubeimar en 120 escenas, sin mucho margen de error: cada fallo dañaba la cinta. La imagen temblorosa le dio autenticidad, una película hecha no para impresionar, sino para contar lo nuestro. Pum, pum, pum: un infarto evitado a contrarreloj: se rodó en cinco semanas, entre grabar, enviar y editar, un acto de fe que se convirtió en ilusión y terminó premiado en Cannes.
Música sueca, jornadas de 12 horas que Ubeimar convertía en 16 con cerveza y poesía. Dos guiones, un amigo para ensayar y noches en bares de Laureles recitando versos. Simón, mientras tanto, editaba sin descanso. Se mantenía un corazón fragmentado, pero que nunca dejó de latir.
Fragmento 4: Un poema fantasmalmente feliz
Pip, pip, pip, parece que no hay vida. Pip, pip, pip, pantalla en negro. Pip, pip, pip, vuelve a latir. Es frágil, casi no se oye. Recoge sus fragmentos. Un, dos, tres bombeos. Un, dos, tres latidos. Ese corazón siente sus venas, siente un respiro. Siente que puede volver a vivir. Que ese poeta triste puede recoger los fragmentos para intentar escribir un poema feliz.
Llega el final de la película, estoy conmovida y lista para irme. A lo que pudo ser un segundo de levantarme escuché:
“Tiene la expresión de una flor/La voz de un pájaro/Y el alma como luna llena de un mes de abril.”
Para el paso de los créditos sonó “Corazón de Poeta”, la canción de Jeanette. Quedé impactada y una lágrima me nubló la vista. Era lo que faltaba para que llorara, quizás algo invadida de recuerdos. No lo vi venir, y en cuestión de segundos, la gente en la sala estaba cantando la canción. Un coro ensordecedor de señoras mayores se emocionó aquí:
“Y tiene… el corazón de poeta
De niño grande, de hombre niño,
Capaz de amar con delirio,
Capaz de hundirse en la tristeza.
Volví a pensar cómo es el corazón de un poeta, si acaso era como el que Jeanette cantaba. Pero solo podía pensar en Óscar, que se dibujó un corazón en su pecho con un marcador azul. En ese poeta perdido, sumido en los pensamientos y frustraciones que invadían su cabeza. Quizás todo eso no era para suicidarse como Silva, sino para sentirse vivo, para tocar su humanidad y sus fracasos. Quizás solo quería sentir las cosas bellas, oscuras y confusas de la poesía y de la vida misma.
Quizás, de cuando en vez deberíamos dibujarnos un corazón cuando sintamos que la vida nos aplasta, para recordar que seguimos hechos de fragmentos, emociones y cosas que no entendemos. Pues, a fin de cuentas, como Óscar y cualquier poeta o persona de quien nos cuenten su historia, a todos nos late en el pecho un completo surtido de fantasmas.