Ángeles negros

Foto: Vanity Fair – TheStewartofNY/FilmMagic. Cada cierto tiempo el poder se disfraza de inclusión, cambia su color, su rostro o su forma, pero no su lógica. Las estructuras patriarcales son expertas en absorber las diferencias para hacerlas parecer una conquista de los grupos históricamente excluidos, y la industria de la moda no es la excepción. El nombre y la imagen de Valentina Castro, una mujer negra del Pacífico colombiano, se volvieron virales en redes como símbolo de inclusión gracias a su aparición en la pasarela del Victoria’s Secret Fashion Show el 15 de octubre. Sin embargo, más que tratarse de un acto transformador, su presencia nos recuerda la habilidad del poder para disfrazarse de cambio. Durante años, Victoria’s Secret fue sinónimo de un ideal imposible. Más que lencería, era la representación de un tipo de belleza que se impuso como universal, pero que siempre fue selectiva y eurocéntrica: mujeres altas, delgadas, blancas, de cabello liso y piernas largas caminaban por esa pasarela convertida en altar. En ese universo de luces y lentejuelas no cabían pieles como la de Valentina, ni cuerpos que no encajaban en ese molde de fantasía. Ese fue siempre el verdadero poder de la pasarela: dictar cómo debían verse los cuerpos femeninos. Por eso la aparición de la modelo colombiana no pasó desapercibida. No solo porque se veía hermosa, sino por lo que llevaba encima; siglos de exclusión y miradas que aprendieron a leer la belleza desde un solo color. Valentina con sus trenzas y su piel brillante sobre la pasarela es, a simple vista, una señal de cambio, pero su aparición nos obliga a cuestionar si una marca que por años fue sinónimo de exclusión ahora usa la diversidad para lavar su imagen. Victoria’s Secret fue criticada durante años por sostener un ideal de belleza que excluía a la mayoría de las mujeres. Incluso las críticas llegaron desde adentro de la industria. En 2018, la modelo Robyn Lawley promovió un boicot a la marca por no incluir otros tipos de cuerpos. Al año siguiente cayeron en ventas y reputación, cancelaron su show y anunciaron su “renovación” con un giro hacia la inclusión y la diversidad. Sin embargo, el gesto es oportunista: el cambio llega justo cuando la sociedad exige que todas las empresas sean inclusivas. Ver a Valentina en esa pasarela fue hermoso, pero incómodo. Hermoso porque una mujer negra, de Tumaco, pisó un escenario que durante años ha sido inaccesible para muchas mujeres. Incómodo porque sabemos que esa pasarela no se transformó por dentro, solo cambió el decorado. A la misma estructura de siempre que es la belleza como espectáculo y los cuerpos como mercancía, se le suma ahora la diversidad como tendencia. La tensión entre la tradición y el cambio no es nueva. Ocurre cuando una mujer llega a un puesto de poder dentro de un sistema patriarcal, donde se celebra la representación, así sea escasa, pero se cuestiona poco la estructura. Una mujer puede ocupar el cargo más alto de un partido, una empresa o una pasarela y, sin embargo, reproducir los mismos patrones de quienes la antecedieron. Cambiar el rostro del poder no siempre significa cambiar su forma. Tal vez el riesgo de estas victorias simbólicas es confundir visibilidad con transformación. Porque la representación importa, pero no basta. Y cuando la inclusión carece de una reflexión profunda, corre el peligro de ser una nueva forma de normatividad: cuerpos distintos, pero igual de moldeados; rostros diversos, pero dentro de la misma lógica de deseo. Valentina es celebrada por ser diferente, pero lo es solo hasta donde el mercado lo permite. Lo que el público cree que celebra es la transformación de la industria, pero en el fondo aplaude cambios cosméticos, es decir, la habilidad del sistema para maquillarse. Victoria’s Secret entendió que ser inclusivas vende. Y, aun así, la presencia de Valentina no carece de poder. No por lo que significa para la marca, sino por lo que significa para quienes la ven. Una mujer negra en esa pasarela no cambia el sistema, pero altera la percepción de quienes crecieron creyendo que no podían estar ahí. Muchas niñas, al verla, confirmaron que su color, su cabello y su cuerpo también pueden habitar espacios que antes les eran negados. Que no necesitan cambiar para pertenecer, ni suavizar su identidad para ser vistas porque las infancias aprenden mirando no solo lo que pueden ser, sino también lo que les dicen que no pueden. Hoy una nueva generación crece viendo que la belleza también se parece a ellas. Esa imagen no borra las desigualdades, pero empieza a reescribir los límites de lo posible. Quizás la verdadera revolución no sea que una mujer como Valentina llegue a esos escenarios, sino que esos escenarios dejen de ser el parámetro del éxito. Que el poder deje de medirse por quién logra entrar y quién no, y empiece a definirse por quién se atreve a construir algo fuera de esos moldes. Este es un logro que no le pertenece a Victoria’s Secret, sino a ella, y a todas las que la miran y se sienten identificadas.