La cocina de las memorias

Una receta no es solo una lista de ingredientes con pasos a seguir; es una forma de recordar. Hay madres que se fueron, o que se las llevaron, o que simplemente un día no estuvieron más. Y sin embargo, siguen ahí cada vez que alguien recuerda sus recetas. La cocina es aquel lugar donde se prepara la identidad de una familia. Históricamente, nos hemos reunido a su alrededor para compartir algo más que la preparación de alimentos; compartimos parte de nuestra vida cotidiana, nuestras tradiciones, algunos sueños y recuerdos. Allí, diferentes manos transforman alimentos y los convierten en sensaciones que atraviesan todo el cuerpo. Cuando estas manos desaparecen, dejan incertidumbre y un duelo difícil de asimilar. Según el Sistema de Información Red de Desaparecidos y Cadáveres (SIRDEC), desde 1930 hasta marzo de 2026, se reportaron 202.526 casos en Colombia. Por otro lado, la Unidad de Búsqueda de Personas Desaparecidas (UBPD) registró 132.877 víctimas en el marco del conflicto armado, antes del 1 de diciembre de 2016. La UBPD también afirma que el 60 % de personas buscadoras en el país son mujeres, y de ellas, el 17 % busca a su papá o mamá. Para los hijos e hijas con madres desaparecidas, recordar los platos que ellas preparaban ayuda a la construcción de memoria. Estas preparaciones actúan como una «voz» que comunica y cuenta historias de manera similar al lenguaje hablado, como dicen Amon y Menasche en el artículo Comida como narrativa do memoria social. Así comunican el hígado en bistec que preparaba María Elizabeth en Cáceres, los ayacos que Rosalba vendía en Santander, la colada de parva que Fabiola servía en San Cristóbal y las tortas de uvas cristalizadas de María del Carmen. Con sus historias hicimos este recetario que va más allá de un manual de cocina. A través de los testimonios de Diana Vergara Gómez, Sergio Delgado Velandia, Magola del Socorro Ortiz Barrera y Alba Lucía Galeano, sus hijos e hijas, la comida se presenta como un dispositivo de memoria viva. La cocina de las memorias es una invitación a sentarse en la mesa y conocer otra narrativa sobre desaparición en Colombia: una narrada desde la experiencia de quienes las recuerdan. Cocinar la memoria Este recetario reúne las cuatro preparaciones completas que dieron origen a esta producción periodística: platos transmitidos de madres a hijos e hijas, hoy convertidos en un archivo para mantener viva la memoria de quienes desaparecieron. Escuchar la armonía de la cocina y sus voces El pódcast reúne, en cuatro episodios, las voces de quienes compartieron con nosotras su memoria. Entre sonidos de cocina, silencios y relatos, cada episodio se detiene en la historia detrás de cada receta y en lo que significa seguir recordándola sin la persona que la enseñó. Una mesa para habitar la memoria La cocina de las memorias realizó una experiencia inmersiva para dar a conocer el recetario y el pódcast a través de un espacio donde el relato se vivió con el cuerpo, la voz, el sonido y la comida. Este video documenta ese recorrido. https://delaurbe.udea.edu.co/wp-content/uploads/2026/07/IMG_6671.mp4 La cocina de las memorias existe gracias a las manos, las memorias y las cocinas de: Diana Vergara Gómez, Sergio Delgado Velandia, Magola Ortiz Barrera y Alba Lucía Galeano que nos permitieron entrar a sus recuerdos. Y a las madres ausentes, María Elizabeth Gómez, Rosalba Velandia, Fabiola de Jesús Barrera y María del Carmen Idarraga, cuya memoria sigue viva en cada receta, en cada olor recordado y en cada historia que nos negamos a olvidar. Gracias por cocinar con nosotras.
Buscar a un hijo con el cansancio a cuestas

La labor de madres buscadoras como Marta Soto y Flor Vásquez es valiente y heroica, pero también agotadora. En el proceso, sacrifican su bienestar y su carga se hace más pesada con cada día en que no obtienen respuestas. Sus hijos desaparecieron después de la firma del acuerdo de paz de 2016, por lo que tienen que lidiar con los tiempos y las formas de la justicia ordinaria. Flor Alba, a punta de cuchara y sartén, le exige a la fiscal de su caso que le dé celeridad a la investigación de la desaparición de su hijo Yoryin Adrián. Foto: Juan Andrés Fernández Villa. En un cuarto pequeño de suelo veteado Marta Soto espera que el fiscal le permita acceder a la audiencia virtual en la que pretende obtener una orden de exhumación para buscar el cuerpo de su hijo Bleyder Alexander Aguirre Soto. La acompañan Luz Ceballos y Rubiela López, dos madres a quienes la guerra les quitó a sus hijos, y Juan David Toro, defensor de derechos humanos y fundador de la colectiva Buscadoras con Fe y Esperanza, quien también ha acompañado a Marta en los procesos legales de su búsqueda. Son las 9:15 de la mañana del 17 de marzo de 2025 y van 15 minutos de retraso para la audiencia. Buscadoras con Fe y Esperanza es una colectiva de mujeres que buscan a sus hijos, la mayoría de ellos desaparecidos después de la firma del acuerdo de paz entre el Estado y las Farc-EP en 2016. El grupo inició en 2020 de la mano de Juan David, que para entonces acompañaba, desde el equipo de atención a víctimas de la Alcaldía de Medellín, varios procesos de mujeres cuyos hijos desaparecieron después del primero de diciembre de 2016, cuando entró en vigencia el acuerdo. “Las reuniones empezaron con cuatro mamás, luego fueron llegando otras por el voz a voz. Nos decían: ‘Es que a mí también me pasó esa situación, yo no tengo quién me oriente o me acompañe, ayúdenme’”, cuenta Jessica María López, comunicadora y cofundadora de la colectiva. Los casos de las primeras madres que formaron el grupo eran de muchachos barristas mochileros del Nacional o Medellín que desaparecieron siguiendo a sus equipos. Los casos de desaparición forzada posteriores al acuerdo de paz no son investigados por la Justicia Especial para la Paz ni por la Unidad de Búsqueda de Personas Dadas por Desaparecidas (UBPD), sino por la justicia ordinaria, es decir, la Fiscalía. Juan David y Jessica coinciden en que por esta razón la búsqueda que realizan madres como las de Buscadoras con Fe y Esperanza está aún más llena de trabas y demoras. Según el Comité Internacional de la Cruz Roja, entre la firma del acuerdo de paz en 2016 y diciembre de 2024 hubo 1929 víctimas de desaparición forzada en Colombia. No obstante, los registros de la Fiscalía son más altos: 13.836 víctimas entre enero de 2017 y marzo de 2025, de las cuales 2400 son de Antioquia, es decir, el 17.3 % del total nacional. Ante las demoras o la falta de resultados de la Fiscalía en los procesos de estas madres, muchas han tenido que convertirse en las detectives de sus propios casos. Son ellas quienes buscan pruebas y testigos que puedan ayudarles a dar con el paradero de sus hijos, lo que las lleva a ponerse en condiciones de vulnerabilidad física y emocional. Días después de la desaparición de Bleyder, Marta recibió imágenes del cuerpo de su hijo junto con la ubicación de donde lo habían enterrado. En 2023, la Fiscalía hizo prospecciones en ese lugar y encontró tres cuerpos, pero ninguno fue identificado como Bleyder Alexander. “Las reuniones empezaron con cuatro mamás, luego fueron llegando otras por el voz a voz. Nos decían: ‘Es que a mí también me pasó esa situación, yo no tengo quién me oriente o me acompañe, ayúdenme’” Jessica María López, comunicadora y cofundadora de la colectiva Buscadoras con Fe y Esperanza “Ese estado permanente de búsqueda puede llevar a afectaciones cognitivas y en la memoria; también hay mujeres buscadoras que han muerto de cáncer, de accidentes cerebrovasculares y problemas cardiovasculares propiciados por las condiciones de su búsqueda”, afirma Nidia María Montoya, psicóloga de la UBPD. “Su situación les demanda 24/7 de su tiempo, por eso dejan de resolver sus asuntos personales o familiares y dejan de preocuparse por su salud y bienestar, porque eso es lo primero a lo que renuncian: su bienestar”, concluye. Cuando van 40 minutos de retraso en la audiencia, Juan David refresca la página por décima vez con la esperanza de que en una de esas el fiscal ya esté en la videollamada. Mientras esperan, Marta les cuenta a Luz y Rubiela que piensa aceptar un microcrédito de tres millones y medio para poder pagarles a los tres pagadiarios a los que les debe. Ella vende mangos frente a un colegio, pero desde que su hijo desapareció el 27 de octubre de 2020 trabajar es cada vez más duro, pues es ella quien ha hecho toda la investigación del caso. Esto no solo le quita tiempo para trabajar, sino que le implica gastos adicionales, porque el propósito de encontrar el cuerpo de su hijo le roba la paz y el sueño. “¿Nada que te responde el fiscal?”, le pregunta Juan David a Marta cuando está por cumplirse una hora de retraso para la audiencia. Minutos antes, le había escrito al fiscal para avisarle que lo esperaban. Ella niega con la cabeza. No para de tocarselos dedos de las manos, mira a todos lados como buscando un escape del cuarto, se agarra la frente y se tapa los ojos mientras murmura “Dios mío, Dios mío, Dios mío”. Con cada minuto de retraso se ve más agotada. “La desaparición forzada no es azarosa. Las condiciones socioeconómicas son un factor asociado al tema de la desaparición porque hay unas vulnerabilidades en la población que la hace propicia a ser carnada para actores del conflicto”, explica Nidia. También menciona que para algunos actores
Del dolor y el duelo nacen el arte y la vida

«¿Qué aprendió el árbol de la tierra para conversar con el cielo?» Pablo Neruda Vista aérea del Cementerio de La América, que colinda con la Comuna 13. Foto: Juan David Úsuga / El Colombiano. Hacia el cielo, un follaje verde en forma de globo, con frutos redondos color rojo y pequeños como lentejas. Hacia el sur, alrededor de 2800 bóvedas y el Museo Pedagógico de Memorias Galería Viva. Hacia el occidente, un vivero comunitario del que nació la vida del Memorial de las Ausencias. Hacia el norte, la calle 39 separa la Comuna 12 de la 13. Hacia el oriente, el Altar Vivo con fotografías de madres víctimas del conflicto urbano y un letrero sobre el que se lee “Cementerio La América”. Hacia la tierra, un falso pimiento nombrado por la comunidad como El Árbol de la Memoria que, si se cumple la planeación, dejará de existir para mejorar la movilidad vial. El Cementerio Parroquial de La América está custodiado por dos árboles que vigilan desde sus laterales. En el lado izquierdo se erige un guayacán que espera el momento justo para colorear, con su característico amarillo vivo, los caminos, moradas y memorias de quienes ahora reposan en este espacio. Sobre el lado derecho, el árbol de la memoria acompaña silenciosa y respetuosamente duelos y procesos personales y colectivos, pero también ha sido testigo de los aconteceres y transformaciones de este camposanto. En 1868 se aprobó la construcción del Cementerio Parroquial La América, posteriormente estaría bajo la administración del Cementerio Campos de Paz como parte de los camposantos pertenecientes a la Arquidiócesis de Medellín. Para 1946 se convirtió en frontera de la Comuna 13, cuando San Javier se constituyó como barrio y comenzaron los loteos piratas, ventas falsas de lotes a precios muy bajos, que interesaron a personas de bajos recursos y desplazadas por el conflicto rural. Para la década de los 90s y tras casi un siglo de asentamientos urbanos, en este territorio confluían actores armados de toda índole: milicias, grupos guerrilleros, militares, paramilitares, policía y delincuencia común. El enfrentamiento constante de dichos grupos produjo continuos círculos de violencia y, por su cercanía con esta comuna, el Cementerio de La América se volvió el lugar donde se encontraron los duelos de sus habitantes. El cementerio acogió así a cientos de víctimas que perdieron la vida en medio de la violencia que se hacía cada vez más cíclica. Las ausencias y los dolores que se reunían en el camposanto dejaron a su vez recuerdos que posibilitaron lugares de encuentro y sanación. El Árbol de la Memoria nació como una pequeña semilla inesperada, concedida por el mismo azar de la naturaleza e hizo parte, desde sus primeras raíces, del lugar donde se gestaba un espacio de reconciliación y reconocimiento. Así, con el paso del tiempo, tomó importancia y se convirtió en un lugar seguro, de acompañamiento y escucha. Actualmente, alrededor del Árbol, frente a los pabellones, se encuentran cuatro sillas rodeadas de arbustos y sobre la única que tiene espaldar están tejidas las palabras “Dolor compartido”. El espacio fue adecuado en 2019 por el Partido de las Doñas, que trabaja con mujeres víctimas de desaparición forzada, homicidio, violencia doméstica u otro tipo de violencia, quienes a través de la siembra y el tejido buscan la auto gobernanza y la defensa del territorio. De la primera exposición realizada por este colectivo en 2017 aún permanecen algunas frases colgadas de las ramas del Falso pimiento: “Mientras sueñe, no habrá muerte”, “Tras la ausencia, plantar semillas”, “Renombremos los ausentes”, entre otras. Con esta instalación, las doñas nombraron al árbol para que fuera un espacio donde los dolientes de aquellas personas enterradas en el camposanto pudieran “disipar sus penas, sentarse, relajarse, tomarse un juguito”, como comenta Raúl Rodríguez, sepulturero del lugar y testigo del uso que le da la comunidad a este espacio. En él están enterradas las víctimas que deja la guerra urbana, por lo que allí convergen los duelos de todos los actores del conflicto. El Colectivo Agroarte también habita este espacio, un grupo creado a partir de un proceso de resistencia frente a las problemáticas desatadas por la Escombrera, lugar donde depositaban los cuerpos de personas desaparecidas. Agroarte busca sensibilizar sobre las etiquetas que se le dan a los participantes del conflicto como víctimas y victimarios. La copa del Árbol se alza a unos 6 metros de altura. Desde allí, el pimiento observa el Museo Pedagógico de Memorias Galería Viva, que tiene lugar en las paredes del cementerio y cuya dirección está a cargo de Agroarte. Lo conforman murales de los rostros de personas desaparecidas y asesinadas, de especies de fauna y flora y elementos abstractos que unen la naturaleza y la historia de la comuna 13, en su mayoría realizados por el Colectivo Jagua. Del Museo hace parte también la instalación del Árbol, con las sillas y las frases. La curadora del Museo e integrante de Agroarte, Katerin Franco, afirma que el objetivo del colectivo es “cerrar esos círculos de violencia y no solo en términos humanos, sino también en términos de la vida, porque somos violentos con las otras vidas que habitan el planeta, no somos los únicos aquí y también estamos de-construyendo esa perspectiva antropocéntrica de la vida”. Agroarte es una iniciativa que desde el 2002 realiza acciones de memoria y resistencia por medio del arte y la agricultura con habitantes tanto de la Comuna 13 como de otros lugares de la ciudad. Es uno de los principales gestores de los lugares de memoria que concurren en el cementerio, como el antiguo vivero que surtió de plantas al Memorial de las Ausencias. La pared externa de la I.E. Benedikta Zur Nieden, que colinda con el cementerio, fue adecuada en 2017 para albergar las plantas reproducidas en este vivero a nombre de personas que murieron. Hoy en día, en lugar de las plantas están sus rostros, una zona de duelo colectivo en el espacio público. El Memorial de las Ausencias es una iniciativa de AgroArte, que busca generar reflexiones sobre la violencia a partir de imágenes cuya historia se desconoce. Foto: Esneyder Gutiérrez / El Colombiano. A