Fuera del encuadre y sin subtítulos

Trajes brillantes, corbatas perfectamente anudadas y una alfombra roja maquillan y adornan la noche más importante del cine. Cada año, los Premios Óscar buscan resumir doce meses de historias en unas pocas horas de espectáculo. Pero en su 98° edición, celebrada el 15 de marzo, el brillo de las estatuillas doradas volvió a sentirse más decorativo que memorable. La ceremonia comenzó con un foco en el cine hecho por un latinoamericano; Frankenstein, de Guillermo del Toro, conquistó tres categorías: Mejor diseño de vestuario, Mejor maquillaje y Mejor diseño de producción, pero tres horas después, terminó como siempre: premiando la misma narrativa del cine de autor blanco, anglosajón, con producción millonaria disfrazada de riesgo artístico que triunfa porque sigue las lógicas impuestas, los mismos personajes y manteniendo cerrado ese círculo de Hollywood, que en realidad tiene cinco puntas y es una estrella en un fondo rosa. Pues a pesar de que Guillermo del Toro es mexicano, la película con la que ganó es de Estados Unidos y las críticas hacia él por trabajar poco con personas latinas son persistentes, así que, tal vez no sorprende tanto que a esos monstruos traídos de nuevo a la pantalla les fuera tan bien porque los sigue salpicando el privilegio hollywoodense. Para sorpresa de nadie, One Battle After Another, película con el material estadounidense de siempre: armas, rubios blancos y camionetas de alto cilindraje se llevó seis de las anheladas estatuillas: Mejor película, Mejor director, Mejor actor de reparto, Mejor guion adaptado, Mejor edición y Mejor reparto. Una producción dirigida por Paul Thomas Anderson (con el que parece intentaron reivindicarse después de tantas nominaciones) que premia, una vez más, cierto tipo de masculinidad en crisis: el hombre roto que lo pierde todo y lo recupera a través de la acción, como si ese fuera el único arco narrativo digno de subir a un escenario. Pero más allá del arquetipo, la película también caricaturiza las luchas revolucionarias con una mirada blanquita que las reduce a estética y paranoia, sin respetar lo que hay detrás de esos movimientos, y que sexualiza excesiva e innecesariamente al personaje que interpreta Teyana Taylor, como si una mujer negra en pantalla necesitara justificarse desde el cuerpo para tener lugar en la historia. Y si de masculinidad en crisis hablamos, vale la pena detenerse en Sean Penn, ganador del Mejor actor de reparto, porque separar la obra del autor es un debate legítimo, pero ignorarlo completamente también es una decisión. Penn tiene un historial documentado de violencia contra sus parejas, un machito con estatuilla que la Academia abraza sin mayor incomodidad, como si los premios lavaran lo que pasa fuera de la pantalla. Como si en Estados Unidos usaran la guerra como una máquina de propaganda con la que terminan bien lucrados, como en Medellín se lucran de la historia de la Comuna 13 y la Operación Orión en cuanta convocatoria audiovisual encuentran. Es el caso de la “narcotourización” de la ciudad, que está ampliamente documentada, especialmente tras el éxito de Narcos en Netflix, o las producciones posteriores al documental La Sierra, que han usado el territorio como escenario sin pensar en las comunidades convirtiendo Medellín en un escenario explotable con el mismo tema. Estos Óscar dejaron mucho que desear (como los 97 que tienen detrás), y no solo por lo que se premió sino por lo que se nominó. El Agente Secreto, originaria de Brasil, se quedó en eso, en ser nombrada en el escenario para después entregarle el premio a One Battle After Another, la película gringa que cogió el mismo tema y lo puso en otro set. Pero incluso la categoría de Mejor Película Internacional merece una mirada más suspicaz: las producciones extranjeras que llegan a esa lista casi nunca llegan solas. Wagner Moura ya era un nombre reconocido en Hollywood antes de El Agente Secreto; Sentimental Value lleva a Stellan Skarsgård y Elle Fanning en su reparto. Lo «internacional» que la Academia celebra suele estar permeado por vínculos previos con la industria estadounidense, caras conocidas para el público anglosajón o diálogos en inglés que facilitan todo. Una película como It Was Just an Accident, sin esos puentes, no generó el mismo ruido y no es casualidad. Estos premios siguen siendo élite con pasarela de gala, discursos casi libreteados y agradecimientos que parecen compromiso más que sentimiento genuino, donde las conversaciones sobre el cine se volvieron más abstractas e instrumentalizadas. Es la ceremonia más esperada del año para los cinéfilos, pero la que más disgustos trae, y no porque de la noche a la mañana nos hayamos vuelto expertos en cinematografía, sino porque es evidente cómo a este lado del charco lo dejan solo en las menciones, en los hubiera y llenos de sinsabores, y eso que si las películas alcanzan a llegar al sobre que sostiene quien presenta la categoría. No es gratuito, ni accidental, ni porque no sea tan bueno. El habla hispana y las historias del resto del mundo son invisibles y cero consumibles para ellos, para una Academia tan apegada a sus propias narrativas que tuvo que crear una regla obligando sus votantes a ver todas las películas nominadas antes de votar, porque antes ni eso hacían. Todo queda en manos y en la crítica de un Hollywood que podría representarse en un señor lleno de canas y vestido de traje frente al televisor, aunque muchos países produzcan un cine que se reconoce con fuerza en otros festivales. Y como en todo, hubo sorpresas y predicciones acertadas. Noruega se llevó su primer Óscar como Mejor película internacional con Sentimental Value y Autumn Durald Arkapaw fue la primera mujer en ganar el premio a Mejor Fotografía por Sinners. Aunque todo buen cinéfilo sabía que la mitad eran para Sinners y la otra mitad para One Battle After Another, ¿hasta cuándo vamos a seguir llamando “lo mejor del cine” a una selección tan limitada? Cientos de historias quedan fuera del encuadre mientras allá deciden qué vale la pena mirar. Porque al final, cuando se apagan las

“Con más razones que nunca, sigan insistiendo”: el periodismo de hoy en la mirada de Alma Guillermoprieto

Collage con foto de Alma Guillermoprieto

La elección de Donald Trump en Estados Unidos dejó muchas preguntas sobre lo que le espera a América Latina. En el Hay Festival Jericó, le planteamos algunas de esas dudas a la periodista y escritora Alma Guillermoprieto y conversamos sobre los desafíos del periodismo en este panorama. Alma Guillermoprieto en el conversatorio ¿Qué está pasando en América Latina? en el Hay Festival Jericó 2025. Fotografía: Hay Festival. Intervención: Santiago Bernal Largo. El 20 de enero de 2025, día en que Trump se posesionó como presidente de los Estados Unidos, le preguntaron por la relación de ese país con Latinoamérica: “Genial, debería ser genial. Ellos nos necesitan más de lo que nosotros los necesitamos a ellos. Nosotros no los necesitamos a ellos”, respondió. Días después se desató una crisis diplomática con Colombia por las condiciones en las que decenas de migrantes iban a ser deportados al país, a la par que Claudia Sheinbaum, presidenta de México, y Luis Inácio ‘Lula’ da Silva, presidente de Brasil, también hacían un llamado a que los y las migrantes latinoamericanas fueran tratados de manera digna. El fin de semana de la crisis diplomática, el mismo del Hay Festival Jericó, Alma Guillermoprieto, que nació en Ciudad de México en 1949, se presentó también como ciudadana colombiana. Contó que estaba muy feliz de estar en Jericó, aunque no podía con el sol que le dio justo en la cara en el momento en que se sentó; y contó también del entusiasmo que siente por las nuevas generaciones de periodistas, pero dijo que se preocupaba de que no se pusieran a la tarea de grabar o tomar apuntes. Alma es una reportera y escritora. A lo largo de su carrera trabajó como intérprete de la realidad latinoamericana: escribió sobre la vida en la Cuba de la revolución, la insurrección Sandinista en Nicaragua, la masacre de El Mozote en El Salvador y la violencia en Colombia de los años 80; también es traductora de esa misma realidad para quiénes en el presente no la vivieron. Hablamos con ella sobre la actualidad en la región y sobre las reflexiones acerca del periodismo en este contexto. El segundo mandato de Donald Trump en la presidencia de Estados Unidos empezó con tensiones con varios países de América Latina por las condiciones en que cientos de migrantes están siendo deportados. Fotografía: API. Intervención: Andrés Camilo Tuberquia Zuluaga. Me gustaría preguntarle desde su perspectiva como latinoamericana, como mexicana, pero también conociendo bastante los Estados Unidos, ¿cuáles son las diferencias que ve entre ese primer mandato de Donald Trump y ese segundo que acaba de empezar? Yo creo que en el primer mandato él ni siquiera se creía que había ganado, ni siquiera se lo propuso, fue un truco publicitario y de repente se dio cuenta de que tenía poder y en este segundo mandato viene muy de la mano de los techno Bros (magnates de la industria tecnológica), que están mucho más organizados. Me parece que ganó con un poquito más de la mitad de los votantes y eso me preocupa mucho más que la propia existencia de Trump en la presidencia, además de que Elon Musk se compró una Casa Blanca por 40.000 millones de dólares (valor por el que compró Twitter), que le salió barato y a la que trae su propio programa. Me preocupa lo agendado que Trump está, realmente sabe a dónde va. Y a dónde va representa un enorme peligro para América Latina, obviamente para el mundo y para los ciudadanos de Estados Unidos. ¿Cómo cree que este segundo mandato va a repercutir en Latinoamérica? De dos maneras muy obvias. Una es que las remesas van a disminuir porque el empleo de latinoamericanos en Estados Unidos va a disminuir y la segunda es que va a haber un problema logístico, emocional, político y social con los residentes en Estados Unidos que son deportados a sus países, digamos que “de origen”, aunque muchos no hayan vivido nunca en esos países. Si Trump logra hacerlo en las cantidades que se ha propuesto, eso va a ser un verdadero problema social. «Y a dónde va representa un enorme peligro para América Latina, obviamente para el mundo y para los ciudadanos de Estados Unidos». Alma Guillermoprieto Siendo usted originaria de México, ¿cómo cree que va a ser esa relación entre Claudia Sheinbaum y Donald Trump? Esa es otra pregunta con respuesta triste. Yo creo que Sheinbaum fue una alcaldesa de la Ciudad de México capaz y que si administras la Ciudad de México tienes capacidad administrativa, mi esperanza es que sea intelectualmente más seria que López Obrador. Ella llegó a la presidencia gracias a López Obrador y realmente (la elección presidencial) fue un referendo sobre él. Yo espero que le vaya muy bien, porque se va a enfrentar a un Donald Trump que ha derrotado a dos mujeres en la carrera para la presidencia y él es un misógino hecho y derecho. Y López Obrador, que de alguna manera era tan mañoso como Trump, logró entenderse con él. Yo tengo mucho miedo de que Claudia no pueda. Trump odia a las mujeres, entonces, va a ser una relación difícil. Hay temas que irritan profundamente al electorado de Estados Unidos que votó a Trump, como lo es el narcotráfico. Y es una comprensión muy primitiva que tienen del problema y quieren soluciones militares, les fascinan las soluciones militares para todo. ¡Ya, balazo y listo! No va a ser así. Pero puede haber mucha violencia. Teniendo en cuenta la relación de ensañamiento que tenía López Obrador con los y las periodistas, ¿cómo ve usted la relación entre Claudia Sheinbaum y los y las periodistas en Latinoamérica y en México? La agresión de López Obrador hacia mis colegas fue constante, diaria y dañina en el sentido de que cuando el poder denosta constantemente a un sector social en un país violento, hace más vulnerables a los reporteros de lo que ya somos. En el sexenio de AMLO fueron asesinados 37 periodistas y desaparecidos otros cinco. Y siguen Las Mañaneras (conferencias