22 mujeres de la FCF nos contaron…

Los testimonios a continuación pertenecen a 22 mujeres de la Facultad de comunicaciones y Filología que participaron en una encuesta anónima sobre los micromachismos que han vivido en la Facultad por parte de compañeros, colegas, profesores o alumnos.
74 mujeres de la FCF dijeron…

74 mujeres de la Facultad de Comunicaciones y Filología respondieron una encuesta anónima en la que se les preguntó cuáles micromachismos han experimentado en cualquier momento de su estancia en la Facultad.
La criminalización a la protesta social de las mujeres: otra VBG

El hostigamiento a las mujeres marchantes del 8M ocurrido en la ciudad de Medellín, es también una violencia basada en género. Catalina Cano, abogada feminista y coordinadora del Centro de Estudios de Género de la Facultad de Ciencias Sociales y Humanas de la Universidad de Antioquia opina al respecto en esta entrevista.
La culpa es de ella

“¿Qué tenía puesto?” “Por qué no dijo que no?” “¿Por qué siguió con él?” La cultura de “culpar a la víctima” es un acto de violencia hacia las personas afectadas, que no solo tienen que soportar la carga de ser abusadas, acosadas y violentadas, sino que también tienen que cargar con la revictimización y el escrutinio público. Collage: Salomé Correa Gómez. A los 13 años un compañero del colegio y yo teníamos un “juego”, que de juego no tenía nada: era el resultado de nuestras hormonas alborotadas. Yo estudié en un colegio privado y religioso en Envigado, y mis compañeros tenían mucho dinero, por lo que el juego consistía en que él me daba plata a cambio de yo besarme con alguien. Al final nunca pasaba nada porque siempre me daba pena, pero tengo ese recuerdo en la mente porque fue la primera vez que me llamaron “puta”. Estábamos en clase y la profesora me dijo que necesitaba hablar conmigo afuera, pues ya se había dado cuenta de la situación. No me preguntó si todo estaba bien, solo me dijo que no lo volviera a hacer porque básicamente eso era lo que hacían las “putas”, increpándome si yo quería ser una de ellas. Después de eso me sentí muy mal, fui a hablar con mi compañero y a él no le habían dicho nada. La culpa de todo había recaído en mí. A los niños y a las niñas nos crían diferente. Yo crecí junto a dos primos hombres, a quienes dejaban hacer lo que se les diera la gana, mientras a mí me prohibían hasta pasar la calle sola. Me decían que no podía sentarme con las piernas abiertas, que no podía ir a las casas de mis amiguitas porque “uno nunca sabe”. Cuando estaba más grande me decían que cuidado con la ropa que me ponía, con salir hasta tarde, con tomar alcohol, con caminar sola por la calle, etc, etc. A las niñas desde pequeñas nos enseñan a cuidarnos. Nos implantan el miedo ante la idea de la violación y es como una obligación hacer todo para evitar terminar en situaciones de abuso. “Si alguien la llega a tocar, grite”. A nosotras siempre nos enseñan cómo evitar el abuso. Por eso, ante un caso de feminicidio, abuso sexual, violación o acoso se juzga siempre a la víctima; la responsabilidad recae en ella, quien se debió “cuidar” y “prevenir” del ataque. Según El Colombiano, entre el 1 de enero y el 10 de febrero de este año fueron asesinadas cuatro mujeres en Medellín. En todos los casos, sus cuerpos fueron encontrados en maletas o bolsas, pero lo mas alarmante de esto es que la opinión pública se encargó de revictimizarlas y hasta hacerlas responsables de sus propias muertes por “habérselo buscado” al seguir con sus parejas, los principales sospechosos de la mayoría de los casos. En redes sociales se veían comentario diciendo que “Ni una más, pero ellas buscan a los chirretes y malandros, viciosos de la sociedad, la verdad mis condolencias, pero los padres deben dar una buena educación desde pequeños” o “Quien sebe (sic) que hizo la muchacha, como puede ser el marido, como puede ser que las debía” o las tachan de vendidas y que eso les pasa por meterse con gringos, como en el mediático caso de Valentina Trespalacios. Más recientemente, el 29 de mayo en Bogotá fue asesinada una mujer en un centro comercial, a manos de su expareja y a la vista de todo el mundo, y los medios decidieron exponer a la víctima en vez de al victimario. No basta con ser asesinadas, sino que después de muertas también tenemos que cargar con que se nos exponga, se nos revictimice y nos juzguen por nuestras decisiones. Cuando son casos de abuso o violación, se pone en tela de juicio a la víctima, no al abusador. El caso de La manada en España es un claro ejemplo del proceso revictimizante de la justicia, los medios y la opinión pública. En el juicio, parecía que era ella, la víctima, la que estaba siendo juzgada y no los acusados. “No dijo que no”, “No se resistió” o preguntas como “¿Por qué se dejó besar?” O si al momento del acto “¿estaba lo suficientemente lubricada?” En Medellín, en los últimos meses se han viralizado casos de explotación sexual y abuso de menores por parte de turistas extranjeros, uno de los más visibles fue el de Timothy Alan Livingston, un estadounidense que fue encontrado en un hotel de El Poblado con dos menores de edad. Este pudo escapar de la justicia, pero no de la opinión pública y el foco mediático; sin embargo, alrededor de este caso y los muchos otros que han salido a la luz, las personas se manifiestan en los comentarios señalando a las menores de edad como putas y dicen que estas no son obligadas, sino que lo hacen por gusto “pero acaso las obligan, a ellas les gusta la plata fácil”, muchos culpan a los padres o a “la juventud de hoy en día que todo lo quiere regalado” y otros afirman que a estas niñas “les faltó correa”: “Esto es problema del mismo gobierno por desautorizar a padres en castigarlos en mi época yo jugaba con mis amiguitas montados en árboles hasta los 16 años y el gobierno dijo los papás no castiguen sus hijos con correa por eso se les salieron de la mano” (sic). Sin embargo, nadie se pregunta ¿Qué hacen estos extranjeros adultos buscando y teniendo encuentros sexuales con niñas de 14 años o menos? Nadie cuestiona al abusador, pero todos juzgan y tratan de putas y aprovechadas a las víctimas. Mi profesora me preguntó por qué decía que sí, pero nunca le preguntó a él por qué me lo ofrecía, de igual forma que a las trabajadoras sexuales se les estigmatiza y se les señala constantemente, pero nadie cuestiona a aquellos que pagan por sexo. En un artículo de saludconlupa.com llamado “¿Por qué insistimos en
Crear, criar y creer: el rojo de Yira

Yira Plaza O’Byrne es periodista, directora y productora de cine. También es hija y madre, dos roles que hoy se cruzan con sus militancias y reflexiones de izquierda y con creaciones como El rojo más puro, película que estrenó en 2023. Desde la maternidad, Yira trata de hacer real la consigna de que “el mundo merece cambiar”. Foto: Andrés Gutiérrez. Ilustración: Melany Peláez. Con la orientación de una partera y bebidas ancestrales que remplazaron los sedantes del hospital, Yira dio a luz a Damián, su primer hijo. Hizo un curso virtual para ser doula, que se refiere en la cultura muisca a las acompañantes de las embarazadas en sus procesos de parto. Y aunque ahora los únicos nacimientos que acompaña son los de las películas de su productora de cine Briosa Films, aprovechó sus aprendizajes para recibir a su segunda hija, Candelaria, y compartirlos con las mujeres que se cruza en la vida. Yira Plaza O’Byrne hace parte del Consejo Audiovisual y Cinematográfico de Medellín. No le pagan, pero elige estar ahí para velar por los derechos del sector. Desde 2021 trata de hacer sostenible a Briosa, donde es dueña, directora general, jefa de distribución y con la que firma un contrato por prestación de servicios para sí misma. Su atención, sin embargo, les pertenece a sus dos hijos: el “crespoliso” de cinco años, que se pasea por las proyecciones y los conversatorios a los que la invitan, y la recién llegada. La maternidad la ha llevado a repensar el mundo y el lugar que las madres, las niñas y los niños ocupan en él. En octubre, cuando aún esperaba a Candelaria, decía que quería escribir un texto que se titulara más a menos así: “¿Por qué quiero tener otro hije a pesar de haber leído Contra los hijos (2014), el libro de la chilena Laura Meruane?”. Cree que ser mamá no es difícil solo por serlo, sino porque la sociedad no está preparada para que las mujeres críen y creen. El mundo es adultocéntrico. Yira sabe que no es posible ir a un lugar donde su niño pueda jugar a su lado y comportarse acorde a su edad sin el reproche de los más grandes. Por eso ha procurado que su cuidado sea diferente: Damián bebe de las botellas de agua que ponen en los eventos a los que la invitan, juega con su cabello cuando está sentada frente a la gente y se le acerca a decirle “mamá” y a hacerle preguntas mientras ella habla. El niño deja por su casa un rastro coherente con lo que Yira quisiera para los más pequeños. Los dibujos pegados en la pared, los juguetes en varios sitios y la transformación de la sala en un teatrino componen un espacio que Damián llena con gritos espontáneos y con recorridos disfrazado de calamar o de murciélago. La maternidad ha hecho que Yira tenga menos tiempo libre, pero dice que siempre se puede seguir haciendo lo que se ama si se priorizan los tiempos y se hacen renuncias. En su caso, tiene acuerdos de distribución de tareas de cuidado con Luckas, su pareja. Yira nació en Cartagena en 1987 y es la menor de tres hijos. Lleva el nombre de una periodista y líder comunista que murió en los 80, Yira Castro, madre del senador Iván Cepeda. En sus álbumes familiares había fotos de funerales, leía prensa comunista desde pequeña y a los 14 años encontró en la biblioteca de su casa una amenaza de muerte dirigida a su padre, Luis Plaza, un líder sindical que integró la Unión Patriótica (UP) y que dormía con un revólver cuando no estaba exiliado. Creció en un hogar atípico, pero la familia seguía siendo tradicional: su mamá cargaba con todas las labores de cuidado. “Mucho gusto, Doris O’Byrne Dorado, soy la mamá de Yira”, se presenta, como si cualquier persona que conoce a su hija no se hubiera visto ya El rojo más puro, el documental que se estrenó en 2023 y en el que ella aparece. Dos cosas han hecho que Yira se sienta feminista: ser mamá y pensar en su mamá. “Son dos procesos que a mí me han hecho ser consciente de la inequidad, la brecha de género, la exclusión de las mujeres y de cómo terminamos siendo las que soportamos el capitalismo sin el reconocimiento del trabajo doméstico y de toda la carga mental que llevamos”, asegura. “Si no fuera por ti, no hubiera ninguna historia que contar, absolutamente nada, porque tú fuiste la que sostuviste esto y gracias a ti soy yo la que hoy puede contar esta historia”, le explica Yira a Doris, que recién había llegado a la casa de su hija en Medellín para acompañarla en el parto. Con “esto” se refiere a la época en la que su mamá trabajaba como profesora en San Onofre, Sucre, mientras el resto de la familia vivía en Cartagena. La madre se iba los lunes y regresaba los viernes para lavar, planchar y hacer todas las tareas del cuidado. Aunque Doris no se formó al interior del partido, ni daba discursos como su exesposo, siempre ha tenido un criterio político, ha generado espacios de debate y se ha pensado la vida desde lo colectivo. “Mi mamá es la más revolucionaria de todas”, dice Yira. El rojo más puro, su ópera prima como directora, es una película de primeras veces: la primera vez que su mamá reconoció lo duro que fue hacerse cargo de todo, pero también la primera vez que vio a su papá llorar. Yira filmó durante varios años las transformaciones del país y su historia familiar, y con ese material decidió contar el liderazgo social y político de la izquierda en Colombia mientras deconstruía al hombre heroico. Recuerda que al comienzo no sabía qué hacer con la cámara y las lágrimas de su padre que rodaban al mismo tiempo, pero quiso mostrar a un revolucionario que se equivoca, se contradice y a veces le duele la vida. Cuando ella tenía 16 y estudiaba Medicina en la Universidad de Cartagena, comenzó a militar en la Juventud Comunista Colombiana (Juco). Luego se salió de la carrera y, en contra de su sueño de ser actriz, decidió estudiar Periodismo en la Universidad de Antioquia porque creía que desde ahí podía contribuir más a la sociedad. “Creo que igual hubiese podido hacer algo”, reflexiona, y recuerda que mientras grababa, su papá le decía que el cine no movía masas. En el prestreno de la película, con el teatro Camilo Torres lleno, arengas y ovaciones, reconoció ante el público que se había equivocado. Yira siguió en la Juco cuando llegó a Medellín. Vio por primera vez la violencia del Estado en contra del movimiento estudiantil y experimentó una estigmatización constante. En Cartagena sentía que las formas de resistir eran más alegres y se podían manifestar públicamente. En Medellín, en cambio, resistir era poder reunirse y no quedarse callada, pero también ocultar que pertenecía a un movimiento. Cuando Yira vio Memorias de los silenciados: el Baile Rojo (2003), que narra el exterminio de la UP, entendió la carga que llevaba su padre y comenzó a sentir la necesidad de contarla: “No me dejaba tranquila. Escribía sobre eso, era una cosa que estaba ahí, dentro de mí.”. Fue por medio de El rojo más puro que pudo narrar la
El nombre de una, en nombre de todas

Desde el título Cho Nam-joo (Seúl, 1978), autora de Kim Ji-young, nacida en 1982, ya avecina lo que será su obra: la historia de una mujer con el nombre más común del año en que nació, la cual va a vivir las experiencias por las que pasan la mayoría de las mujeres surcoreanas: una everyman.