No salgas, ICE está al acecho

Tener miedo de salir de casa parece una experiencia del 2020 y la pandemia por covid-19, pero esa es hoy la realidad de los inmigrantes que residen en Estados Unidos debido a las redadas del ICE. “Hola, para comentarte que ICE está aquí en la ciudad, no vayas a salir de tu casa”. Con este mensaje despierta Fernanda Ramírez. Es la mañana del 17 de febrero de 2026. El miedo se apodera de su cuerpo. Su madre, inmigrante mexicana, acaba de salir a trabajar. Un temblor la invade. “¿Qué pasa si la agarran? ¿Qué tengo que hacer? ¿Qué hago yo?”. Una voz amiga intenta calmar su llanto mientras ella mira la ubicación de su madre. “Todo va a estar bien”, dice la voz que la llama. En medio de las lágrimas, Fernanda solo atina a responder: “Tengo miedo”. Collage: Isabela García López. Récord en deportaciones El ICE (Immigration and Customs Enforcement o Servicio de Control de Inmigración y Aduanas) no nació en el segundo período de Donald Trump en la presidencia de Estados Unidos. Esta agencia fue creada bajo la administración de George W. Bush (2002) para hacer cumplir las leyes de inmigración y aduanas del país. Sin embargo, Trump se ha encargado de hacerla protagonista en su gobierno. Según datos del House Democratic Appropriations Committee, ICE tenía un presupuesto de 6000 millones de dólares en 2015; 10 años después llegó a más de 80.000 millones, de acuerdo con la plataforma USAspending, lo que la convirtió en la fuerza policial con más presupuesto de Estados Unidos en la actualidad.  Entre octubre de 2024 y septiembre de 2025 fueron deportados 442.637 inmigrantes, según el Deportation Data Project. Si bien esta cifra establece un récord en deportaciones, superando el de Barack Obama en 2012 (409.849 deportaciones), dista de la promesa de campaña de Trump de deportar un millón de personas en el primer año de su nuevo mandato. Pero el récord de 2025 no se debe solo al incremento del presupuesto del ICE. Gretchen Kuhner, abogada estadounidense y directora del Instituto para las Mujeres en la Migración (Imumi), explica que el desbordamiento en las redadas del ICE se debe a las 3000 deportaciones diarias que Trump les exige a las fuerzas de control migratorio. Pero está lejos de llegar a la cifra con la que sueña, pues según datos del ICE el promedio diario de deportaciones en Estados Unidos entre enero de 2025 y marzo de 2026 fue de 1090 diarias. Bajó muchísimo el flujo de migrantes, al punto que la gente no está cruzando la frontera entre México y Estados Unidos Gretchen Kuhner Además del ICE, existe el U.S. Customs and Border Protection (CBP), una fuerza policial que opera, sobre todo, en las zonas fronterizas de Estados Unidos; en la frontera con México vigila el muro y deporta a quien se atreva a pasarlo. El CBP solía ser más importante que el ICE, pero esto cambió cuando Trump llegó al poder, pues con sus medidas antimigratorias “bajó muchísimo el flujo de migrantes, al punto que la gente no está cruzando la frontera entre México y Estados Unidos”, asegura Kuhner. Esto llevó a que ICE intensificara su búsqueda en el interior del país. Como resultado, oficiales del CBP empezaron a colaborar con ICE, quienes a su vez aumentaron sus contrataciones sin considerar si los nuevos agentes contaban con la capacitación requerida. “Fue la receta perfecta para violaciones de derechos humanos”, dice Kuhner, directora del Imumi. Agrega que las detenciones por estereotipos raciales se han vuelto el pan de cada día, pues antes ICE detenía a personas con órdenes de captura o con antecedentes penales y hoy basta con verse “nervioso” en la calle para ser detenido. Pero quienes se ven “nerviosos” suelen no ser personas blancas.  Según The Trace, medio independiente estadounidense que cubre la violencia con armas en EE. UU., en 2025 se registraron 24 incidentes en los que agentes del ICE dispararon a civiles en circunstancias cuestionables, con un saldo de seis muertos y 13 heridos. Además, Trump eliminó una norma que impedía que las fuerzas de control migratorio hicieran redadas en lugares como hospitales, iglesias y escuelas. Esto ha llevado a que ICE irrumpa en lugares antes protegidos para esta población.  Resistir desde casa Dos años antes del terror y la incertidumbre por la acción del ICE en su ciudad, Fernanda llegó a Lawrence, Kansas. Desde que llegó a EE. UU. tiene sus papeles en regla, aun así, teme por ICE. Es de Monterrey, México, una tierra montañosa muy diferente a las planicies del estado que la recibió. Dejaron esa ciudad en 2023 porque su madre se fue detrás de un enamorado que vivía en tierras gringas. Así llegaron a Topeka, capital de Kansas, pero en 2024 se mudaron a Lawrence. Allí Fernanda descubrió la resistencia frente al acecho de los agentes del ICE. En febrero, tras la captura de cinco personas en su ciudad a manos del ICE, estudiantes del high school de Fernanda, la Universidad de Kansas y otras personas de la ciudad se manifestaron contra esta fuerza. Entre gritos de “¡Fuck Trump!”, “¡Fuck MAGA! [make america great again]”, “¡Fuck ICE!” y rodeada de pancartas con mensajes de apoyo como “Nadie es ilegal en tierra robada” o “El poder de la gente es más grande que la gente en el poder”, Fernanda sintió el apoyo del país que habita. Hoy, transportar a los hijos de familias de inmigrantes a la escuela, llevarles a estas familias el mercado y la medicina hasta la puerta de sus casas o sacar el celular para grabar tan pronto aparece una persona con un chaleco antibalas con las siglas “ICE” bordadas son otras de las formas en que los estadounidenses han apoyado a la población inmigrante en medio del terror de salir de sus hogares. Por eso, según Gretchen Kuhner, la población inmigrante en Estados Unidos se debate cada día entre si vale o no la pena ir a trabajar, estudiar o tan siquiera asistir a algún evento masivo, como conciertos

Fuera del encuadre y sin subtítulos

Trajes brillantes, corbatas perfectamente anudadas y una alfombra roja maquillan y adornan la noche más importante del cine. Cada año, los Premios Óscar buscan resumir doce meses de historias en unas pocas horas de espectáculo. Pero en su 98° edición, celebrada el 15 de marzo, el brillo de las estatuillas doradas volvió a sentirse más decorativo que memorable. La ceremonia comenzó con un foco en el cine hecho por un latinoamericano; Frankenstein, de Guillermo del Toro, conquistó tres categorías: Mejor diseño de vestuario, Mejor maquillaje y Mejor diseño de producción, pero tres horas después, terminó como siempre: premiando la misma narrativa del cine de autor blanco, anglosajón, con producción millonaria disfrazada de riesgo artístico que triunfa porque sigue las lógicas impuestas, los mismos personajes y manteniendo cerrado ese círculo de Hollywood, que en realidad tiene cinco puntas y es una estrella en un fondo rosa. Pues a pesar de que Guillermo del Toro es mexicano, la película con la que ganó es de Estados Unidos y las críticas hacia él por trabajar poco con personas latinas son persistentes, así que, tal vez no sorprende tanto que a esos monstruos traídos de nuevo a la pantalla les fuera tan bien porque los sigue salpicando el privilegio hollywoodense. Para sorpresa de nadie, One Battle After Another, película con el material estadounidense de siempre: armas, rubios blancos y camionetas de alto cilindraje se llevó seis de las anheladas estatuillas: Mejor película, Mejor director, Mejor actor de reparto, Mejor guion adaptado, Mejor edición y Mejor reparto. Una producción dirigida por Paul Thomas Anderson (con el que parece intentaron reivindicarse después de tantas nominaciones) que premia, una vez más, cierto tipo de masculinidad en crisis: el hombre roto que lo pierde todo y lo recupera a través de la acción, como si ese fuera el único arco narrativo digno de subir a un escenario. Pero más allá del arquetipo, la película también caricaturiza las luchas revolucionarias con una mirada blanquita que las reduce a estética y paranoia, sin respetar lo que hay detrás de esos movimientos, y que sexualiza excesiva e innecesariamente al personaje que interpreta Teyana Taylor, como si una mujer negra en pantalla necesitara justificarse desde el cuerpo para tener lugar en la historia. Y si de masculinidad en crisis hablamos, vale la pena detenerse en Sean Penn, ganador del Mejor actor de reparto, porque separar la obra del autor es un debate legítimo, pero ignorarlo completamente también es una decisión. Penn tiene un historial documentado de violencia contra sus parejas, un machito con estatuilla que la Academia abraza sin mayor incomodidad, como si los premios lavaran lo que pasa fuera de la pantalla. Como si en Estados Unidos usaran la guerra como una máquina de propaganda con la que terminan bien lucrados, como en Medellín se lucran de la historia de la Comuna 13 y la Operación Orión en cuanta convocatoria audiovisual encuentran. Es el caso de la “narcotourización” de la ciudad, que está ampliamente documentada, especialmente tras el éxito de Narcos en Netflix, o las producciones posteriores al documental La Sierra, que han usado el territorio como escenario sin pensar en las comunidades convirtiendo Medellín en un escenario explotable con el mismo tema. Estos Óscar dejaron mucho que desear (como los 97 que tienen detrás), y no solo por lo que se premió sino por lo que se nominó. El Agente Secreto, originaria de Brasil, se quedó en eso, en ser nombrada en el escenario para después entregarle el premio a One Battle After Another, la película gringa que cogió el mismo tema y lo puso en otro set. Pero incluso la categoría de Mejor Película Internacional merece una mirada más suspicaz: las producciones extranjeras que llegan a esa lista casi nunca llegan solas. Wagner Moura ya era un nombre reconocido en Hollywood antes de El Agente Secreto; Sentimental Value lleva a Stellan Skarsgård y Elle Fanning en su reparto. Lo «internacional» que la Academia celebra suele estar permeado por vínculos previos con la industria estadounidense, caras conocidas para el público anglosajón o diálogos en inglés que facilitan todo. Una película como It Was Just an Accident, sin esos puentes, no generó el mismo ruido y no es casualidad. Estos premios siguen siendo élite con pasarela de gala, discursos casi libreteados y agradecimientos que parecen compromiso más que sentimiento genuino, donde las conversaciones sobre el cine se volvieron más abstractas e instrumentalizadas. Es la ceremonia más esperada del año para los cinéfilos, pero la que más disgustos trae, y no porque de la noche a la mañana nos hayamos vuelto expertos en cinematografía, sino porque es evidente cómo a este lado del charco lo dejan solo en las menciones, en los hubiera y llenos de sinsabores, y eso que si las películas alcanzan a llegar al sobre que sostiene quien presenta la categoría. No es gratuito, ni accidental, ni porque no sea tan bueno. El habla hispana y las historias del resto del mundo son invisibles y cero consumibles para ellos, para una Academia tan apegada a sus propias narrativas que tuvo que crear una regla obligando sus votantes a ver todas las películas nominadas antes de votar, porque antes ni eso hacían. Todo queda en manos y en la crítica de un Hollywood que podría representarse en un señor lleno de canas y vestido de traje frente al televisor, aunque muchos países produzcan un cine que se reconoce con fuerza en otros festivales. Y como en todo, hubo sorpresas y predicciones acertadas. Noruega se llevó su primer Óscar como Mejor película internacional con Sentimental Value y Autumn Durald Arkapaw fue la primera mujer en ganar el premio a Mejor Fotografía por Sinners. Aunque todo buen cinéfilo sabía que la mitad eran para Sinners y la otra mitad para One Battle After Another, ¿hasta cuándo vamos a seguir llamando “lo mejor del cine” a una selección tan limitada? Cientos de historias quedan fuera del encuadre mientras allá deciden qué vale la pena mirar. Porque al final, cuando se apagan las