Del dolor y el duelo nacen el arte y la vida

«¿Qué aprendió el árbol de la tierra para conversar con el cielo?» Pablo Neruda Vista aérea del Cementerio de La América, que colinda con la Comuna 13. Foto: Juan David Úsuga / El Colombiano. Hacia el cielo, un follaje verde en forma de globo, con frutos redondos color rojo y pequeños como lentejas. Hacia el sur, alrededor de 2800 bóvedas y el Museo Pedagógico de Memorias Galería Viva. Hacia el occidente, un vivero comunitario del que nació la vida del Memorial de las Ausencias. Hacia el norte, la calle 39 separa la Comuna 12 de la 13. Hacia el oriente, el Altar Vivo con fotografías de madres víctimas del conflicto urbano y un letrero sobre el que se lee “Cementerio La América”. Hacia la tierra, un falso pimiento nombrado por la comunidad como El Árbol de la Memoria que, si se cumple la planeación, dejará de existir para mejorar la movilidad vial. El Cementerio Parroquial de La América está custodiado por dos árboles que vigilan desde sus laterales. En el lado izquierdo se erige un guayacán que espera el momento justo para colorear, con su característico amarillo vivo, los caminos, moradas y memorias de quienes ahora reposan en este espacio. Sobre el lado derecho, el árbol de la memoria acompaña silenciosa y respetuosamente duelos y procesos personales y colectivos, pero también ha sido testigo de los aconteceres y transformaciones de este camposanto. En 1868 se aprobó la construcción del Cementerio Parroquial La América, posteriormente estaría bajo la administración del Cementerio Campos de Paz como parte de los camposantos pertenecientes a la Arquidiócesis de Medellín. Para 1946 se convirtió en frontera de la Comuna 13, cuando San Javier se constituyó como barrio y comenzaron los loteos piratas, ventas falsas de lotes a precios muy bajos, que interesaron a personas de bajos recursos y desplazadas por el conflicto rural. Para la década de los 90s y tras casi un siglo de asentamientos urbanos, en este territorio confluían actores armados de toda índole: milicias, grupos guerrilleros, militares, paramilitares, policía y delincuencia común. El enfrentamiento constante de dichos grupos produjo continuos círculos de violencia y, por su cercanía con esta comuna, el Cementerio de La América se volvió el lugar donde se encontraron los duelos de sus habitantes. El cementerio acogió así a cientos de víctimas que perdieron la vida en medio de la violencia que se hacía cada vez más cíclica. Las ausencias y los dolores que se reunían en el camposanto dejaron a su vez recuerdos que posibilitaron lugares de encuentro y sanación. El Árbol de la Memoria nació como una pequeña semilla inesperada, concedida por el mismo azar de la naturaleza e hizo parte, desde sus primeras raíces, del lugar donde se gestaba un espacio de reconciliación y reconocimiento. Así, con el paso del tiempo, tomó importancia y se convirtió en un lugar seguro, de acompañamiento y escucha. Actualmente, alrededor del Árbol, frente a los pabellones, se encuentran cuatro sillas rodeadas de arbustos y sobre la única que tiene espaldar están tejidas las palabras “Dolor compartido”. El espacio fue adecuado en 2019 por el Partido de las Doñas, que trabaja con mujeres víctimas de desaparición forzada, homicidio, violencia doméstica u otro tipo de violencia, quienes a través de la siembra y el tejido buscan la auto gobernanza y la defensa del territorio. De la primera exposición realizada por este colectivo en 2017 aún permanecen algunas frases colgadas de las ramas del Falso pimiento: “Mientras sueñe, no habrá muerte”, “Tras la ausencia, plantar semillas”, “Renombremos los ausentes”, entre otras. Con esta instalación, las doñas nombraron al árbol para que fuera un espacio donde los dolientes de aquellas personas enterradas en el camposanto pudieran “disipar sus penas, sentarse, relajarse, tomarse un juguito”, como comenta Raúl Rodríguez, sepulturero del lugar y testigo del uso que le da la comunidad a este espacio. En él están enterradas las víctimas que deja la guerra urbana, por lo que allí convergen los duelos de todos los actores del conflicto. El Colectivo Agroarte también habita este espacio, un grupo creado a partir de un proceso de resistencia frente a las problemáticas desatadas por la Escombrera, lugar donde depositaban los cuerpos de personas desaparecidas. Agroarte busca sensibilizar sobre las etiquetas que se le dan a los participantes del conflicto como víctimas y victimarios. La copa del Árbol se alza a unos 6 metros de altura. Desde allí, el pimiento observa el Museo Pedagógico de Memorias Galería Viva, que tiene lugar en las paredes del cementerio y cuya dirección está a cargo de Agroarte. Lo conforman murales de los rostros de personas desaparecidas y asesinadas, de especies de fauna y flora y elementos abstractos que unen la naturaleza y la historia de la comuna 13, en su mayoría realizados por el Colectivo Jagua. Del Museo hace parte también la instalación del Árbol, con las sillas y las frases. La curadora del Museo e integrante de Agroarte, Katerin Franco, afirma que el objetivo del colectivo es “cerrar esos círculos de violencia y no solo en términos humanos, sino también en términos de la vida, porque somos violentos con las otras vidas que habitan el planeta, no somos los únicos aquí y también estamos de-construyendo esa perspectiva antropocéntrica de la vida”. Agroarte es una iniciativa que desde el 2002 realiza acciones de memoria y resistencia por medio del arte y la agricultura con habitantes tanto de la Comuna 13 como de otros lugares de la ciudad. Es uno de los principales gestores de los lugares de memoria que concurren en el cementerio, como el antiguo vivero que surtió de plantas al Memorial de las Ausencias. La pared externa de la I.E. Benedikta Zur Nieden, que colinda con el cementerio, fue adecuada en 2017 para albergar las plantas reproducidas en este vivero a nombre de personas que murieron. Hoy en día, en lugar de las plantas están sus rostros, una zona de duelo colectivo en el espacio público. El Memorial de las Ausencias es una iniciativa de AgroArte, que busca generar reflexiones sobre la violencia a partir de imágenes cuya historia se desconoce. Foto: Esneyder Gutiérrez / El Colombiano. A
Guatapé: entre conservar su historia y continuar transformándose

Guatapé tiene alrededor de 6900 habitantes y según cifras no oficiales, recibe 20 mil visitantes en un día de la semana y 50 mil en fin de semana. Su tasa de desempleo es del 0% y el 92% de su actividad económica está orientada al turismo. Es un municipio que ha atravesado varias transformaciones y se enorgullece de su identidad como Pueblo de Zócalos y Colores. Así se ve Guatapé desde atrás de sus ventanas. Foto: Carmen Carolina Garnica. Llovió por 40 días y 40 noches, el mundo se inundó y unos poquitos se salvaron en un arca. Tuvieron que esperar otros 150 días y 150 noches para que las aguas bajaran y pudieran volver a pisar la tierra de donde emergió un milagro: el peñón de Guatapé. A sus faldas también emergió un municipio lleno de devoción por el dios que les regaló la piedra, tanto así que no permiten que el festival de rock Más que sonidos —iniciativa propia de Guatapé que anualmente se celebra en el parque y en diciembre de 2023 vivió su catorceava edición— les interrumpa la misa de las seis de la tarde. Claro que esta, no fue la única inundación que vivieron. Antes un territorio agricultor, ganadero y minero, Guatapé recibía visitas por el monolito de más de 200 metros de altura, pero nada comparado con la actualidad. Su camino hacia el boom turístico inició con la construcción de la represa del río Nare para el proyecto hidroeléctrico que buscaba abastecer al Valle de Aburrá. EPM anunció el proyecto en 1961, pero fue en la navidad de 1969 que se interrumpieron las festividades con la noticia de que se iba a llenar el primer embalse en la zona rural del municipio a finales de enero de 1970. La situación ameritó un paro cívico, uno de varios que hubo a lo largo de los años en contra del proyecto o exigiendo las debidas compensaciones a los habitantes, pero ninguno detuvo la construcción del embalse. Este significó la desaparición de El Peñol y el 70% de Guatapé, además del desplazamiento de muchos habitantes y la pérdida de las tierras más fértiles del territorio. Hay una deuda que se mantiene con ambos municipios, por no mencionar que la hidroeléctrica no los abastece. Pero Guatapé no había muerto. Como explica Ximena Urrea, antropóloga, magíster en Estudios Socioespaciales y oriunda del municipio, “después de que se construyó la represa, se fueron todos los trabajadores y en este pueblo no quedó sino pobreza y soledad, la gente que se quedó acá decidió que una de las maneras [de salir adelante] era empezar a trabajar en conjunto por un proceso común, y ese proceso fue la pavimentación del municipio”. La iniciativa, que surge en los 80, se identificó bajo el eslogan Guatapé no ha muerto hacían mingas, repartían el trabajo en comités y cada persona ponía el material para pavimentar al frente de su casa. Un hecho muy importante fue la pavimentación de la vía que conectaba a Guatapé con Marinilla –y Medellín–, lo que facilitó el acceso al municipio. Fotografía de archivo en la que se ve cómo varias personas trabajan en la pavimentación del municipio. “Como solo se hundió una parte de Guatapé, empieza a crearse un híbrido de una parte que es el viejo pueblo y una parte que es el nuevo pueblo, y esa parte que es el nuevo pueblo se le trató de llenar de alguna manera de los significados de ese pueblo que se hundía. Ahí es cuando surge fuerte el tema del zócalo porque, aunque el zócalo existía también en las partes altas que no se inundaron, se recuperan muchos de los motivos que se inundaron y se ponen en algunas de las casas” cuenta Urrea. El zócalo es la parte baja de las paredes de las viviendas que sobresale ligeramente, es de cemento y se suele pintar de otro color. Los zócalos de Guatapé como los conocemos se remontan a 1919 cuando Isidora Urrea le pidió a su esposo José María ‘Chepe’ Parra hacer en el zaguán de su casa un zócalo en forma de cordero. Los zócalos se relacionan con la llegada del cemento al municipio, con el que se recubría la parte baja de las fachadas de las casas —antes de tapia y bahareque— para protegerlas de la humedad y el picoteo de las gallinas en las que tenían pañete de estiércol de caballo. El zócalo de ‘Chepe’ Parra atrajo la atención y pronto Guatapé se llenó de sus diseños en el exterior de las casas. El zócalo es un símbolo con el que los guatapenses pueden expresar su identidad, al pasar por las fachadas te indica quién vive ahí o de qué es el comercio que visitas —en el caso del D1 su zócalo es su logo— algunos hacen referencia a elementos importantes del municipio como la piedra o su historia. Zócalos en honor al original del cordero. Por: Carmen Carolina Garnica. Otra transformación Entre los comités de Guatapé no ha muerto, estaba el de ornamentación, el cual, entre otras cosas, definió las calles que iban a ser usadas para rememorar el pueblo que se había hundido, así surge la Calle del Recuerdo, donde pusieron los zócalos de ‘Chepe’ Parra que rescataron del pueblo inundado, esa fue la única calle que se empedró mientras el resto del pueblo estaba pavimentado. Sin embargo, Guatapé empezó a tener un boom turístico en los 90: la calle del recuerdo, el peñón y la represa atrajeron nuevos visitantes y la vocación de los guatapenses se transformó hacia el turismo y el sector de servicios. Entre 2008 y 2011 se empieza a empedrar y zocalizar el municipio y, a través del Acuerdo N° 09 de mayo de 2009, “se institucionaliza la utilización de zócalos en las fachadas de los inmuebles del municipio de Guatapé”, haciéndolo obligatorio. Por otro lado, el Acuerdo 10 del 19 de agosto de 2023 busca regular la elaboración y el tratamiento de los zócalos y, aunque el borrador todavía está en construcción, surge la pregunta de hasta qué punto son los zócalos reflejo de la identidad de los guatapenses si son reglamentados y obligatorios. Las transformaciones de los 80, que
Altavoz: dos décadas de música alternativa

El festival de música alternativa más importante de Medellín cumple 20 años. La edición 2023 comienza este 6 de diciembre. Felipe Grajales, su director, recuerda los hitos más importantes. Foto: Alcaldía de Medellín. La primera edición de Altavoz se llevó a cabo en el 2004, en la Plaza de Toros la Macarena (hoy Centro de Espectáculos La Macarena). En ese entonces, tocaron bandas como Nepentes, Nadie, I.R.A., G-98, Nadie, Frankie Ha Muerto, Aterciopelados, Tenebrarum, entre otras. Fue el inicio de lo que 20 años después sería un evento consolidado para la música alternativa en Medellín. Este año estarán bandas como Testament, Los Cafres, ZPU y La Garfield. En la primera edición, todas las bandas fueron invitadas. A partir de la segunda se hizo una convocatoria. En la actualidad, las agrupaciones que quieren hacer parte de Altavoz deben pasar por un proceso que tiene tres etapas: entrega de papelería, audición y presentación en Conciertos Ciudad Altavoz, en el cual un grupo de jurados calificados elige a dos bandas por categoría para hacer parte del Festival Internacional que se lleva a cabo a finales de año: este 2023 las presentaciones son el 6, 7, 9 y 10 de diciembre en el Parque Biblioteca La Ladera y el Estadio Cincuentenario (vea la programación). Para Felipe Grajales (“Pipe”, como sus más allegados lo llaman), director de Altavoz desde hace 11 años, el festival ha definido su vida: “he tenido la oportunidad de participar en todos los roles: como músico, como público, como jurado, como periodista y como director”. En esta entrevista nos habla sobre la actualidad del Festival, el futuro y los principales hitos. De la Urbe · Altavoz: dos décadas de música alternativa