Mi primer corrupto

Esta es la historia de una primivotante en elecciones regionales, pero también una autoetnografía que explora las complejidades territoriales del clientelismo; una crónica sobre Bello que podría ser sobre casi cualquier municipio del país. Ilustración: Melanie Peláez. Me robé una edición del periódico El Colectivo. No lo conocía. Lo agarré de una mesa como si nada y lo guardé en el bolso. Solo cuando iba saliendo me di cuenta de que costaba cuatro mil pesos. Tampoco tenía con qué pagarlo. Más tarde, yendo en el Metro hacia mi casa, lo abrí y encontré el título “El pésimo ejemplo de los alcaldes de Bello”. Cometer ese delito me hizo sentir, por primera vez, parte de mi municipio. La columna, firmada por Betty Ciro, hablaba de los delitos cometidos por Óscar Andrés Pérez, los hermanos y la hermana Suárez Mira y Carlos Alirio Muñoz López. Esos apellidos me sonaban, pero no sabía quiénes eran ni qué habían hecho. Alguna vez escuché que un exalcalde falsificó su título de bachiller y que otro fue elegido mientras portaba un brazalete del Inpec. Esos eran chistes que me hacían acerca de vivir en Bello, pero no sabía cuál político había hecho qué cosa. Yo no habría leído ese artículo a comienzos del 2023, pero desde hace meses me martilla en la conciencia una necesidad de tomar partido en todo y una rabia con los hombres y la globalización que no me dejan vivir en paz. Mejor dicho, un día me desperté y no pude dejar de pensar en que tenía que hacer algo al respecto. Entonces me inscribí en la Escuela de Formación Política Marta Cecilia Yepes, cuyo nombre es en homenaje a una militante de ¡A Luchar!, movimiento social que impulsó importantes manifestaciones durante los 80. Marta defendió la lucha por el arte y la cultura en los sectores populares, particularmente en Itagüí, hasta que la asesinaron a sus 29 años, en 1985. En la primera sesión de la Marta ‒que se llamaba “Trayectorias militantes e identidad política” ‒ entendí, en resumidas cuentas, que nadie va a hacer nada por mí. El encuentro fue el mismo día en el que robé el periódico. Aunque justo antes estaba decidida a inscribir mi cédula para votar en Medellín, me bastaron diez minutos para concluir, en un ataque de pertenencia, que lo haría en Bello. De todas maneras se había acabado el plazo para cambiar el puesto de votación y yo ni me di cuenta. Además, para elegir entre Fico y Upegui, prefería votar por cualquiera a una cuadra de mi casa y en pijama. Me adentré en una búsqueda intensiva de los candidatos y las candidatas de Bello a la Alcaldía y al Concejo. Sobre los últimos solo vi propaganda en redes sociales y una lista en la página de la Registraduría: apenas aparecían 38 inscritos, la mitad eran del Centro Democrático y la otra de Gente en Movimiento. Supuse que estaba desactualizada, pero no lejos de la realidad, y la abandoné. En cuanto a la Alcaldía, encontré un debate organizado por la Universidad Uniminuto con seis de los nueve candidatos que para entonces estaban en el tarjetón. Anoté en mi libreta sus historiales, propuestas, expresiones y argumentos, y me hice una primera imagen de cada uno, una advertencia muy clara sobre por quién no votaría nunca en mi vida. También escuché datos que no conocía, mencionados por el entonces candidato Juan Felipe Restrepo, como que Bello tiene el porcentaje de inversión más bajo de los municipios del Área Metropolitana para la juventud ‒con 972 pesos para cada joven‒, que el presupuesto para la cultura es del 1 % y que la administración saliente desapareció la Secretaría de la Mujer. El panorama se me hizo desolador. A los candidatos y las candidatas más fuertes de la contienda se les podía cuestionar su cercanía con personajes de la política tradicional bellanita, mientras que el resto no tenía mucha experiencia. Corría el rumor de que uno había adquirido su candidatura con ayuda de las bandas delincuenciales del municipio y que estas harían todo lo necesario para que ganara. Por otra parte, tener alcaldesa se convirtió en una bandera que, para mí, no podía garantizar nada para las mujeres. A pesar de todo, no iba a votar en blanco. Qué tal que ganara y a Simón Gaviria, hijo del expresidente César Gaviria, le diera por decir que es el “brillante ejercicio de la democracia” manifestándose en mi municipio otra vez. Y es que en 2011 se dio en Bello la primera victoria del voto en blanco en unas elecciones en Antioquia ‒y la segunda en el país‒ como respuesta a que Germán Londoño, aliado del clan Suárez Mira, era el único candidato. Se sintió como una cachetada a mi esperanza y a mi prematura formación política entender que, aunque me informara e intentara ser crítica, mis primeras elecciones a la Alcaldía de Bello serían, inevitablemente, las de mi primer corrupto. Al otro lado del río En mi cuadra, en La Gabriela, hay un sistema de transporte ilegal controlado por la banda delincuencial que opera en este y otros barrios aledaños. Quienes trabajan en ese “acopio” pagan por el puesto que ocupan y le generan otras rentas al grupo, por ejemplo, por medio de una remuneración por desinfectar los carros para protegernos de una pandemia que terminó hace meses. Esa y otras obligaciones sirven para intuir que cuando todos, sin excepción, aparecen con propaganda política del mismo candidato en sus carros, es por orden del grupo y no por mera coincidencia. En 2022 fue un candidato a la Cámara por el Partido Liberal y el año pasado fue un aspirante al Concejo de Bello por Cambio Radical y Mira. Pero eso no es lo único cuestionable de mi barrio y tampoco viene siempre de los mismos actores. Dos personas de La Gabriela, ambas de la misma familia, han ocupado una curul en el Concejo: una en 2016 y otra en 2019. Desde entonces he visto que varias y varios
De refugio a elefante blanco: Santo Domingo espera la reapertura de la Biblioteca España

En abril la Alcaldía anunció que la recuperación de la biblioteca avanza en un 61%. Esto fue lo que perdieron las comunidades del nororiente de Medellín con el cierre de su parque biblioteca. Foto: Santiago Bernal Largo. En marzo de 2007 el entonces alcalde de Medellín, Sergio Fajardo, inauguró el parque Biblioteca España en el barrio Santo Domingo Savio. Antes del acto oficial, en el que estuvieron el presidente Álvaro Uribe Vélez y los reyes de España, Juan Carlos y Sofía. Fajardo, en un encuentro con la comunidad de la zona dijo que todo lo que sucedía en ese sector era “construcción de desarrollo”. Dijo también que no había “una sola dificultad que no seamos capaces de superar”. Ocho años después, en 2015, el parque biblioteca cerró sus puertas por fallas en su fachada y su estructura. Se convirtió en un elefante blanco en medio de la ladera nororiental de Medellín y siguió así por cuatro años más. En 2020 el alcalde Daniel Quintero decidió ponerla en el foco de atención y desde entonces pasaron dos años hasta que en enero de 2022 comenzaron los trabajos para su recuperación. El 25 de abril de 2023 Quintero anunció que el avance del proyecto de reconstrucción iba en un 61% y, de acuerdo con Luisa Gómez, secretaria de Infraestructura: “Las fachadas para las cajas 1 y 2 estarían listas para finales de julio”. El proyecto original estaba conformado por tres cajas; edificios independientes en los que se distribuía la biblioteca, un espacio para niños y un auditorio. En 2013 esos módulos empezaron a mostrar fallas en sus fachadas: presentaban filtraciones de humedad, que provocaban grietas y desprendimientos de material. Tras el cierre, las fachadas de las cajas 1 y 2 fueron removidas; mientras que en la caja 3 fue necesario el desmonte total de la estructura. Por esa razón, el proceso de recuperación del Parque Biblioteca implica la reconstrucción de la fachada de los dos primeros edificios y la construcción total del tercero. Foto: Santiago Bernal Largo. La inversión en ese proyecto, de acuerdo con la Alcaldía de Medellín, es de $30.800 millones. El contratista al que le fueron adjudicadas las obras es IDC Inversiones, que fue el único proponente en el proceso de licitación y es cuestionado por los millonarios contratos que recibió durante la gobernación de Luis Pérez. El refugio que se perdió Maryul Sánchez vive desde 2005 en el barrio San Pablo de la comuna 1 y es representante comunitaria de los adultos mayores de esa zona. Ella ha participado de varios procesos relacionados con la biblioteca , desde su cierre hasta que comenzó la reconstrucción: “Es más difícil arreglar algo mal hecho que construir desde cero”, dice. Durante los años en que funcionó la biblioteca fue un espacio esencial en Santo Domingo, recuerda Maryul. Según ella fue el refugio que permitió que decenas de jóvenes pudieran acceder a ambientes de ocio y esparcimiento. El valor que ella y otros vecinos le daban a ese espacio lo demuestra una frase que pronunció el 30 de marzo, en una reunión informativa para socializar los avances de la reconstrucción. Pocos días antes hubo un temblor de tierra que se sintió fuerte en el barrio: “Es que cuando sentí ese temblor ni siquiera me preocupé por mi casa, en lo primero en que pensé fue en la biblioteca”. Y es que refugio, como dice Maryul, es la palabra que utilizan muchos habitantes de la zona para referirse a la biblioteca. Johny Bolívar, conocido como “Luthor”, es un bailarín de break dance desde hace 15 años y participa como guía en proyectos de turismo comunitario en la comuna 1. Fue usuario de la biblioteca desde que fue abierta en 2007 y solía frecuentar sus espacios diariamente, a pesar de vivir a unos 40 minutos. Foto: Santiago Bernal Largo. Luthor caminaba hasta este lugar para acceder a las salas de internet y, según dice, el proyecto ayudó a romper las fronteras invisibles en la zona, ya que cientos de personas se movilizaban todos los días por el sector . Los combos tuvieron que aceptar ese movimiento de personas desconocidas que llegaban a Santo Domingo para visitar la biblioteca. El impacto también quedaba demostrado con la llegada de turistas, la valorización de predios y los pequeños emprendimientos que surgieron alrededor. “Tras el cierre de la biblioteca muchas familias que tenían pequeños negocios se vieron afectadas, ya que los turistas dejaban de llegar. Por ejemplo, la señora que tenía el puesto de fritos o el puesto de obleas dejó de recibir ingresos y se vio obligada a irse a otra parte, porque simplemente ya no podía vender”, cuenta Luthor. Además, varios procesos culturales y formativos que tenían como sede la biblioteca se vieron interrumpidos. Muchos jóvenes de Santo Domingo y los barrios vecinos perdieron el refugio que habitaron durante ocho años. La biblioteca itinerante Marcial Aguirre es, desde 2013, gestor de fomento de lectura del Parque Biblioteca España. Él y su equipo de trabajo estuvieron allí los últimos dos años, antes de que la biblioteca cerrara. Describe ese periodo como uno de tránsito por cuenta de todo lo que estaba pasando con la estructura. Tras el cierre, todo el material que era resguardado en este espacio fue repartido en diversas bibliotecas de la ciudad. Pero esto no fue impedimento para seguir con los proyectos culturales y formativos. Así nació la biblioteca itinerante que permitió darle continuidad a varios procesos en el territorio. De esa forma, dice Marcial, se mantuvo vivo el arraigo de la comunidad hacia la biblioteca. Esa itinerancia logró un acercamiento que tal vez no habría sido posible sin el cierre de la biblioteca y, por esa razón, Marcial dice que está previsto que esa iniciativa de sacar los proyectos del edificio continúe una vez sea reinaugurado. Aún así, él, Maryul, Luthor y muchos vecinos esperan que la comunidad converja de nuevo en el espacio físico de una biblioteca que, más que cualquier obra pública, representa la reconciliación de este territorio consigo