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event 26 Enero 2024
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Melany Peláez Morales
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  • Mi primer corrupto

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    Esta es la historia de una primivotante en elecciones regionales, pero también una autoetnografía que explora las complejidades territoriales del clientelismo; una crónica sobre Bello que podría ser sobre casi cualquier municipio del país.

    Pag14 Ilustración min

    Ilustración: Ana Sofía Peláez.


    Me robé una edición del periódico El Colectivo. No lo conocía. Lo agarré de una mesa como si nada y lo guardé en el bolso. Solo cuando iba saliendo me di cuenta de que costaba cuatro mil pesos. Tampoco tenía con qué pagarlo. Más tarde, yendo en el Metro hacia mi casa, lo abrí y encontré el título “El pésimo ejemplo de los alcaldes de Bello”.  

    Cometer ese delito me hizo sentir, por primera vez, parte de mi municipio.  

    La columna, firmada por Betty Ciro, hablaba de los delitos cometidos por Óscar Andrés Pérez, los hermanos y la hermana Suárez Mira y Carlos Alirio Muñoz López. Esos apellidos me sonaban, pero no sabía quiénes eran ni qué habían hecho. Alguna vez escuché que un exalcalde falsificó su título de bachiller y que otro fue elegido mientras portaba un brazalete del Inpec. Esos eran chistes que me hacían acerca de vivir en Bello, pero no sabía cuál político había hecho qué cosa. 

    Yo no habría leído ese artículo a comienzos del 2023, pero desde hace meses me martilla en la conciencia una necesidad de tomar partido en todo y una rabia con los hombres y la globalización que no me dejan vivir en paz. Mejor dicho, un día me desperté y no pude dejar de pensar en que tenía que hacer algo al respecto. Entonces me inscribí en la Escuela de Formación Política Marta Cecilia Yepes, cuyo nombre es en homenaje a una militante de ¡A Luchar!, movimiento social que impulsó importantes manifestaciones durante los 80. Marta defendió la lucha por el arte y la cultura en los sectores populares, particularmente en Itagüí, hasta que la asesinaron a sus 29 años, en 1985. 

    En la primera sesión de la Marta ‒que se llamaba “Trayectorias militantes e identidad política” ‒ entendí, en resumidas cuentas, que nadie va a hacer nada por mí. El encuentro fue el mismo día en el que robé el periódico. Aunque justo antes estaba decidida a inscribir mi cédula para votar en Medellín, me bastaron diez minutos para concluir, en un ataque de pertenencia, que lo haría en Bello. De todas maneras se había acabado el plazo para cambiar el puesto de votación y yo ni me di cuenta. Además, para elegir entre Fico y Upegui, prefería votar por cualquiera a una cuadra de mi casa y en pijama. 

    Me adentré en una búsqueda intensiva de los candidatos y las candidatas de Bello a la Alcaldía y al Concejo. Sobre los últimos solo vi propaganda en redes sociales y una lista en la página de la Registraduría: apenas aparecían 38 inscritos, la mitad eran del Centro Democrático y la otra de Gente en Movimiento. Supuse que estaba desactualizada, pero no lejos de la realidad, y la abandoné. En cuanto a la Alcaldía, encontré un debate organizado por la Universidad Uniminuto con seis de los nueve candidatos que para entonces estaban en el tarjetón. Anoté en mi libreta sus historiales, propuestas, expresiones y argumentos, y me hice una primera imagen de cada uno, una advertencia muy clara sobre por quién no votaría nunca en mi vida. También escuché datos que no conocía, mencionados por el entonces candidato Juan Felipe Restrepo, como que Bello tiene el porcentaje de inversión más bajo de los municipios del Área Metropolitana para la juventud ‒con 972 pesos para cada joven‒, que el presupuesto para la cultura es del 1 % y que la administración saliente desapareció la Secretaría de la Mujer.  

    El panorama se me hizo desolador. A los candidatos y las candidatas más fuertes de la contienda se les podía cuestionar su cercanía con personajes de la política tradicional bellanita, mientras que el resto no tenía mucha experiencia. Corría el rumor de que uno había adquirido su candidatura con ayuda de las bandas delincuenciales del municipio y que estas harían todo lo necesario para que ganara. Por otra parte, tener alcaldesa se convirtió en una bandera que, para mí, no podía garantizar nada para las mujeres.  

    A pesar de todo, no iba a votar en blanco. Qué tal que ganara y a Simón Gaviria, hijo del expresidente César Gaviria, le diera por decir que es el “brillante ejercicio de la democracia” manifestándose en mi municipio otra vez. Y es que en 2011 se dio en Bello la primera victoria del voto en blanco en unas elecciones en Antioquia ‒y la segunda en el país‒ como respuesta a que Germán Londoño, aliado del clan Suárez Mira, era el único candidato.  

    Se sintió como una cachetada a mi esperanza y a mi prematura formación política entender que, aunque me informara e intentara ser crítica, mis primeras elecciones a la Alcaldía de Bello serían, inevitablemente, las de mi primer corrupto.  

    Al otro lado del río

    En mi cuadra, en La Gabriela, hay un sistema de transporte ilegal controlado por la banda delincuencial que opera en este y otros barrios aledaños. Quienes trabajan en ese “acopio” pagan por el puesto que ocupan y le generan otras rentas al grupo, por ejemplo, por medio de una remuneración por desinfectar los carros para protegernos de una pandemia que terminó hace meses. Esa y otras obligaciones sirven para intuir que cuando todos, sin excepción, aparecen con propaganda política del mismo candidato en sus carros, es por orden del grupo y no por mera coincidencia. En 2022 fue un candidato a la Cámara por el Partido Liberal y el año pasado fue un aspirante al Concejo de Bello por Cambio Radical y Mira.

    Pero eso no es lo único cuestionable de mi barrio y tampoco viene siempre de los mismos actores. Dos personas de La Gabriela, ambas de la misma familia, han ocupado una curul en el Concejo: una en 2016 y otra en 2019. Desde entonces he visto que varias y varios jóvenes de aquí trabajan en Espacio Público, el Inder, el Sisbén, las bibliotecas comunales y otros tantos puestos que se pueden dar a dedo. 

    Desde pequeña me he preguntado por distintas dinámicas del barrio que me han dolido. Por ejemplo, cuando estaba en primaria, pasaba las tardes en una biblioteca que quedaba al lado de la iglesia, pero al poco tiempo la cerraron. En ese espacio, que era el único de su tipo abierto al público, solía estudiar matemáticas en un tablero y limpiar los libros. Era importante para mí, pero no para los políticos que debían velar por su cuidado. 

    En diciembre del 2022 vi una publicación en el Facebook de la Alcaldía en la que invitaban a la gente a visitar las bibliotecas comunales y decía que en mi barrio había una. Puse la dirección en Google Maps y quedaba tan cerca de donde vivo que era casi imposible no haberla visto antes. Me propuse ir, pero no la encontré. Mi mamá sí la encontró cuando estaba buscando al candidato del barrio al Concejo para pedirle un favor sobre el Sisbén. 

    La biblioteca está en la cuadra al lado de la mía y no la había visto porque está en el sótano del único colegio de La Gabriela. Es un salón pequeño, oscuro, todavía en obra negra, donde solían guardar pupitres dañados. El espacio lo gestionó el equipo político del concejal con ayuda de la rectora y los libros los trajeron de otra biblioteca de Bello que cerró por la pandemia. Cuando entré ‒un mes antes de las elecciones‒, el encargado se sorprendió al verme y dijo que tenía que hablar conmigo. Quería ponerme al día sobre los cambios positivos que ha experimentado el barrio en los últimos ocho años. 

    El internet del sitio es el plan de datos del celular del auxiliar, pero le alcanza hasta para proyectar películas. Le conté que hacía meses había estado buscando la biblioteca, sin éxito, y confirmé que no estaba del todo loca al no encontrarla: me dijo que el espacio no tenía más de seis meses y que si hacía “mucha bulla” no le iba a caber la gente. Además, le entendí que la publicación de la Alcaldía que yo había visto aludía a una especie de biblioteca itinerante, no por una propuesta innovadora, sino porque no había dónde ponerla. Para ese momento, había voluntarios que hacían todo tipo de actividades tanto en la cancha del barrio como en ese salón, incluso antes de la llegada de las estanterías, los libros, las mesas y la decoración que tiene hoy. 

    En medio de la conversación me pidió que sacara el celular, abriera la calculadora e hiciera cuentas: 60 por 1.500.000 pesos, por 10, por 4, lo que da un total de 3600 millones de pesos que le entran al barrio en salarios cuando tenemos un “amigo alcalde”. Y puede ser más dinero porque, según cuenta, algunos reciben hasta 3.500.000 pesos. Él asegura que son 60 personas las que hacen parte del equipo político del concejal del barrio (que fue relegido) y que estas mismas son las que hacían trabajo comunitario desde antes de que hubiera una curul: tocaban puertas para que hubiera acueducto, se pavimentaran calles, se construyeran parques y se hicieran vacaciones recreativas. Lo más importante, me explicó, es que muchas familias del barrio se alimentan a diario con ese dinero. Por eso cuando algún político va a decirles que les consigan votos, ellos dicen: “No, no nos paguen, dennos trabajo”. 

    Desde que decidí votar en Bello me comprometí a involucrarme con algo distinto a seguir el mal ejemplo de los alcaldes, dejar de quejarme o reclamar con más argumentos, lo que suceda primero. Encontré teatros, bibliotecas, casas de cultura, medios de comunicación, consejos de música y cine, proyectos ambientales e iniciativas juveniles y populares.  

    Descubrí, además, que si hay algo peor que ser de Bello es vivir en un barrio al otro lado de Bello. De las 11 comunas del municipio, solo dos están al costado derecho del río, es decir, al otro lado del parque Santander, al otro lado de la Choza Marco Fidel Suárez, al otro lado del Estadio Tulio Ospina, al otro lado de San Félix, al otro lado del cerro Quitasol, al otro lado de Fabricato, al otro lado de los centros comerciales, al otro lado de la Autopista Norte. Ahí está mi barrio.  

    En otra sesión de la Marta ‒que se llamaba “Lo que somos: organización y poder popular”‒ aprendí que las luchas populares también aspiran a cargos políticos porque siempre es bueno tener “un pie en las instituciones y mil pies en la calle”. Todavía me queda la duda de si esa frase es equivalente a que es bueno tener a “uno en el Concejo y a 60 del barrio ocupando cargos públicos”. Y, aunque el voto es secreto, confieso que llegué a pensar que no necesariamente mi primer corrupto tendría una connotación negativa si es mi de mío, de mi barrio.

    Cuando se acercó la fecha para votar, no solo había investigado sobre cada aspirante,sino que también había reflexionado sobre las dinámicas de La Gabriela y del municipio en general. El trabajo estaba prácticamente hecho hasta que, quince días antes de las elecciones, descubrí que no podía votar en Bello. Mi cédula estaba inscrita en Copacabana y, por suerte o por desgracia,ya me había dateado sobre los candidatos y la movida política de ese municipio gracias a un especial periodístico en el que participé. Allá la situación me pareció peor que aquí y supe que mis elecciones a la Alcaldía de Copacabana, si hubiera votado, también habrían sido, inevitablemente, las de mi primer corrupto.

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