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DLU LAB
event 30 Noviembre 2022
schedule 21 min.
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Valentina Arango Correa

Daniel Osorio Posada

Laura García Giraldo

Santiago Rodríguez Álvarez
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La Guarachera

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Desde hace tres años, en la afamada capital del reguetón, suena un tipo de electrónica muy tropical que se conoce como guaracha. Muy nuestra, dicen. Hoy son populares sus fiestas que pueden durar una noche o varios días, en discotecas, fincas con piscinas o moteles, con diferentes DJ y un polvo rosado al que llaman tusi. Esta es la historia de una fiesta de excesos y nuevos ídolos, muy atractiva por sus ganancias.

 

Medellin guaracha

La tercera mesa en ser ocupada no tenía botellas de licor, sino tres Gatorade sabor tropical y un polvo rosa en una bolsita hermética. Alrededor, tres mujeres vestidas con faldas cortas y tops negros balanceaban sus manos y sus piernas al ritmo de un dj; una de ellas, la de menor estatura, era la encargada de repartir las primeras dosis del polvo sobre una llave que hacía las veces de cuchara. Las mujeres aspiraban y volvían al baile. A las diez y media de la noche, la fiesta apenas empezaba en una de las discotecas especializadas en cocteles granizados y guaracha en el barrio Manrique.

Ni el polvo era cocaína ni esta guaracha era música cubana. Al polvo lo llaman sople o tusi, en referencia al 2C-B, una droga sintética con efectos estimulantes y psicodélicos que intensifica los sentidos —colores y sonidos—, pero que en Colombia solo se consigue de manera adulterada. La guaracha, por otro lado, es un género musical homónimo de uno que nació en Cuba para incomodar a la élite intelectual y económica del siglo xix, pero ahora acuñado a un tipo de electrónica criolla que suena hace cerca de tres años en las discotecas y en los barrios populares, en los apartamentos de El Poblado, en los moteles y en las fincas cercanas a Medellín.
A lo largo de la carrera 45 de Manrique, la misma que fue conocida como la arteria del tango en Medellín, había unas quince discotecas de guaracha abiertas. Esa noche, la zona rosa del barrio estaba atestada de vendedores de bombones alrededor de las filas de más de veinte personas que esperaban para ingresar a los locales. Aunque había negocios de todo tipo, comidas rápidas, fondas crossover y unos pocos bares de rock, lo que más se escuchaba era el popularmente coreado «take tarake take», ritmo base que usan los dj de guaracha para hacer sus mezclas.

A medianoche las mesas de la discoteca estaban casi llenas. De un rincón a otro el olor de bareta se mezclaba con el olor a químico del popper. Las tres mujeres soplaban más y más del polvo, sacudidas por los sets de guaracha de los tres dj que se turnaron ese sábado. Afuera, Johan, treintañero y lector voraz de libros de Economía, recibía a sus clientes y cobraba diez mil pesos por la entrada. Cuando llegó hace tres años, Johan tenía una idea en la cabeza: si la fiesta y el licor lo habían quebrado económicamente en varios momentos de su vida, la guaracha lo iba a rescatar. «Muchos de mis amigos se volvieron dj, amigos de la infancia, la fiesta, el reguetón, que evolucionaron», comenta.
Se dice que la primera fiesta de guaracha del país fue organizada en diciembre de 2016, en una carpa plástica que cubría una cuadra entera en Barrio Antioquia. El dato aparece en los escasos artículos escritos sobre el tema. Aunque varias fuentes aseguran que no fue la primera, la magnitud y el lugar marcaron un precedente en el imaginario sobre esta fiesta: calles atestadas de jóvenes con gafas oscuras y petrolizadas —esas que son azules y cambian de color con la luz—, camisetas anchas y estampadas de Calvin Klein, Versace, Tommy, Tapout —o sus copias—, alrededor de un dj. Johan recuerda que esas rumbas eran tan populares que muchos conocidos empezaron a hacer lo mismo en Aranjuez, con una consola RX y un bafle Beta 3.

No parece gratuito que la fiesta que popularizó la guaracha tenga su cuna en Barrio Antioquia, uno de los centros de venta y consumo de alucinógenos más grande de Medellín. Desde 1951, cuando los prostíbulos fueron trasladados a este barrio de la Comuna 15, comenzó una historia ligada a la fiesta y al expendio de drogas; allí, el mismo Pablo Escobar tuvo una de sus oficinas. Aunque a finales de los cincuenta, el barrio pasó a llamarse Trinidad, como una de sus parroquias, muy pocos conocen su nombre. Hoy es difícil encontrar a alguien que no sepa o le hayan contado que en Barrio Antioquia se consigue cualquier tipo de sustancia: desde un bareto de dos mil pesos, hasta un gramo de tusi que vale entre cincuenta y cinco, y ochenta mil pesos.

Johan no tiene reparos en afirmar que el tusi es lo que mueve la guaracha. «Lo que nos toca como dueños es cuidarnos de la policía, porque es imposible revisar las partes íntimas de una persona para no dejarle entrar droga. Yo aquí no dejo fumar marihuana, por ejemplo, pero uno no es capaz de llegar a todos los rincones un sábado por la noche. Cuando usted llega ya lo escondieron». En la entrada de su local, la manilla, el punto o el gramo de tusi cuesta cincuenta mil si se negocia con un hombre que vende dulces en un carrito de supermercado.
«En los barrios el consumo de sustancias puede presentarse desde los doce y trece años», explica Paola Oquendo, profesional territorial de la Secretaría de la Juventud. «Por ejemplo, en el barrio La Maruchenga, de la Comuna 6, las fiestas de guaracha se hacen con frecuencia en la calle. La gente que las organiza lleva dj y drogas. No hay control de ningún tipo de autoridad y uno puede identificar consumo de perico, popper, 2C-B». Oquendo habla desde su experiencia en el territorio acompañando a los jóvenes: «Los chicos dicen que eso lo montan los manes de la vuelta. Por eso hay todos los recursos para hacer la fiesta y pactos con la autoridad para no sentir que los controlan».

Toda la droga que se vende en Medellín es controlada por los combos según explica el capitán Carlos Zuluaga, quien lleva un año como jefe del equipo contra el microtráfico y estupefacientes de la Seccional de Investigación Judicial (Sijín) en el Valle de Aburrá. Las autoridades nombran a los combos como grupos de delincuencia común organizados (gdco), que a su vez dependen de las estructuras más grandes llamadas grupos delincuenciales organizados (gdo). «La cadena evolucionó a través del tiempo, sobre todo con la aparición de la figura de extinción de dominio. Ahora las toneladas llegan a una casa, y allá las guardan. De ese punto, las estructuras van sacando por kilos a un segundo lugar donde guardan una cantidad menor. De ahí salen libras que llegan a otro punto donde las dosifican, es decir, se licúa y se arma lo del día. Ya no se conocen ollas, los puntos de venta son móviles y callejeros», explica Zuluaga.
Tanto ha evolucionado la cadena que en algunos casos la venta de drogas se presenta a través de una red de contactos que permiten hacerle el quite a las mafias. Desde los autocultivos de marihuana para uso recreativo, pasando por quienes fabrican drogas sintéticas en sus casas, hasta dealers que consiguen las sustancias a través de la deep web y la venden a un círculo pequeño de contactos por medio de WhatsApp. Aunque el capitán Zuluaga acepta que las ventas por internet pueden ser de independientes, afirma que también son un método utilizado por las estructuras criminales ligadas al narcotráfico.

El equipo contra el tráfico de estupefacientes de la Sijín está conformado por veintinueve policías, quienes investigan e infiltran las redes alrededor del narcotráfico en el Valle de Aburrá. Zuluaga afirma que todas las semanas se afectan entre cuatro o cinco puntos de dosificación, pero «si hay doscientos puntos identificados de donde expenden estupefacientes en Medellín, solo veinte o treinta puntos son fijos, el resto son móviles. Las estructuras protegen mucho la renta criminal, es decir, el tráfico de estupefacientes y la extorsión».
En los barrios la regla es clara: el que entra la droga a una discoteca la puede consumir, pero no la puede vender. «A la gente que vende la secuestran, le quitan el carro, la moto, le piden plata. Ellos quieren vender en la discoteca, pero yo me les he enfrentado. ¿Si pasa algo a quién le quitan esa propiedad? A mí, me hacen extinción de dominio. Ellos tienen su negocio y yo tengo el mío», explica Johan, a quien también han extorsionado para que pague los servicios de vigilancia. «No basta con darles chorro gratis y los cincuenta mil para el combo que maneja seguridad, también quieren vender adentro», comenta.

El lenguaje de Johan son los números: todo lo que gana, dice, lo reinvierte en la guaracha: «Tengo mil metros cuadrados, y el metro cuadrado de un negocio vale tres millones quinientos mil pesos. ¿Sabe cuánto hay acá? Más de un millón de dólares». Aunque muchos de los rincones están en obra negra, los fines de semana la discoteca sigue llena. «Los lujos son para el final. Mucha gente se deja llevar de las apariencias y, como se dejan llevar, trabajan para las apariencias. La guaracha es el mundo de la apariencia. ¿Cuánto dinero están perdiendo por impresionar a los demás?», concluye.

Cada hashtag arroja más de mil resultados en Instagram: #guaracha, #privadito, #aleteo y #zapateo. En la mayoría de publicaciones aparecen jóvenes levantando y balanceando los brazos como el aleteo de una gallina, en fincas con piscina y dj. Pelados exhibiendo el lujo, la plata, el pelo, el culo, la pinta, el reloj, la gorra. Estas imágenes, sumado a las pugnas con los dj de electrónica, quienes desprecian y marginan este tipo de música, y a la casi inevitable clandestinización de la compra y consumo de sustancias psicoactivas, que en una legislación como la colombiana son perseguidas y criminalizadas por el Estado, han ayudado a crear una idea alrededor de la fiesta: mañé y hasta peligrosa.

Este tipo de fiestas, muchas veces privadas, donde hay consumo elevado de sustancias ilícitas, a las que van putas, pillos y maricas, gente que no se sonroja por su estilo ni lo oculta, sino que lo publica en redes y cada vez tiene más seguidores, genera una idea que parece capaz de hacer hervir la sangre de una Medellín encopetada que no le gusta ver que otros se apropian de la electrónica, de las drogas sintéticas y de la ropa de marca.

«Lo mismo decían del reguetón»

Los vendedores de chicles estaban preparados a las afueras del Jardín Botánico, por la carrera Carabobo: colombinas con sabor a cereza y pañitos húmedos por si el sople dejaba restos en el borde de la nariz. La tarde del 23 de junio, los asistentes al Summer Bestival, el primer festival de guaracha en Medellín, compraban su mecato para entrar.

Un mes antes del evento, la boleta general costaba sesenta mil pesos y la vip noventa mil. El cartel anunciaba más de dieciséis artistas nacionales e internacionales en el escenario. La zona de treinta palcos era la más exclusiva. Doce incluían la entrada de diez personas, una botella de whisky, una botella de champaña y cinco aguas. Los restantes no tenían champaña y estaban unos metros más retirados del escenario. Su costo era el mismo: dos millones quinientos mil pesos. Abundaban el humo, el calor, las lociones dulces. Abundaban las siliconas en las tetas y en el culo. Las uñas acrílicas, mirelladas, con murano. Abundaban las botas de tacón y muchos tenis de plataforma. Los crop tops brillantes, joggers, shorts. Cabellos largos, muy largos.

Abundaban los bolsos con diseños de Carolina Herrera y Victoria’s Secret y las riñoneras colgadas al hombro. Abundaban las gafas de sol que brillaban como máscaras de feria.
Muchos dj y productores en Medellín no consideran que la guaracha sea un subgénero de la electrónica. Uno de ellos es Jairo Rúa, conocido como DJ Jotta, exdirector de La X Medellín, una emisora cuya parrilla se especializa en música electrónica, y actualmente dj de la estación de música urbana Oxígeno. Rúa considera que la guaracha proviene del circuit house, como era conocido el tipo de electrónica que se empezó a escuchar en las fiestas gais que duraban días a finales del siglo pasado en Estados Unidos, y que se popularizó en países como México y España en el 2000. Según Rúa, la guaracha copió las características del circuit: la base de percusión tribal —uno de los subgéneros de la electrónica con los que más se emparenta a la guaracha por sus fusiones con música africana y latina—, los teclados del trance, como los de dj Tiesto, y las vocales casi siempre femeninas del house. «La guaracha es circuit house mal hecho, mal producido. Cogen una base tribal y le meten una vocal, nada más. ¿Dónde comenzó? En los barrios populares», afirma.

Actualmente, en barrios como Manrique, Aranjuez o Barrio Antioquia, muchos jóvenes han empezado a mezclar las canciones pop del momento, canciones de electrónica famosas —actuales y de la década anterior— e instrumentos que van desde la marimba hasta la trompeta. Dasten es uno de los dj más famosos en Colombia, con más de cuatro millones de reproducciones en SoundCloud y presentaciones en festivales en Chile y Perú. «La guaracha es una electrónica muy tropical, muy de acá de Colombia. A nosotros nos gusta experimentar con canciones tradicionales y hacerlas más atractivas a los jóvenes», dice Lukas Guerrero, dj famoso por usar acordeón en sus presentaciones.

Si usted sigue preguntándose qué es la guaracha vaya a YouTube y busque una de sus canciones más famosas: «Baila conmigo» de DJ Dayvi. A lo mejor reconoce la melodía de la trompeta o la voz femenina que lo invita a imaginarse en una playa. También puede buscar «Disfruto», la canción de la cantante mexicana Carla Morrison, pero producida por los DJ Sergio Arboleda y Harmood, en 2018.

Felipe, productor musical y mánager de diferentes dj en Medellín quien pidió la reserva de su nombre real para este reportaje, afirma que esta música mueve mucho dinero. En un solo año de trabajo con un dj reconocido, dice, generó cerca de cuatrocientos millones de pesos. «Antes los pelados querían ser cantantes de reguetón, ahora el sueño es ser dj. La edad de los dj top de guaracha oscila entre los dieciocho y veintiuno. Entre los más conocidos están Alex Hard de Cali, DJ Dasten y Fumaratto de Medellín, y ninguno supera los treinta años».
Son jóvenes como José*, de catorce años y quien actualmente cursa octavo grado de colegio. Su primera fiesta como dj de guaracha fue el 31 de diciembre del año pasado, en compañía de cuatro amigos, en una casa finca cerca de Medellín. «Quiero ser muy famoso, no para hacer guaracha de la mala, sino de la buena. Se necesita producción musical para lo que yo quiero: llevarla por todo el mundo», dice. Para José, la guaracha es un estilo, un proyecto de vida, y le molesta que se le relacione con el tusi.

«Dasten es un ídolo, Fumaratto también. Pero ellos crearon un nicho de seguidores no por la música, sino por la fiesta que venden», opina Rúa, quien agrega que a pesar de que los dj se están profesionalizando a las personas que escuchan guaracha no les interesa la música. «La gente que escucha guaracha no tiene cultura electrónica, no sabe si el dj mezcla bien la canción, si sigue o no una línea musical; sencillamente va a una fiesta, no a escuchar al dj». Tres fuentes consultadas que se mueven en el mundo de la electrónica afirmaron que lo que importa en la guaracha es el tusi, sin embargo, los tres pidieron que esa declaración fuera confidencial. Por su parte, los dj de guaracha y los organizadores del Summer Bestival prefirieron no referirse al tema.

La fiesta del Summer Bestival pasó rápidamente del día a la noche. Humos, láseres, juegos de luces, bailarinas, invitados como Manuela Gómez, una de las participantes del reality show Protagonistas de Novela de 2012, acompañaban las presentaciones de los dj. Cuando llegó el turno de la DJ Marcela Reyes, quien una semana atrás había protagonizado una famosa escena de celos, con patadas y puños, a las afueras del apartamento de su novio, y cuyo video fue difundido en redes sociales, el público estalló en gritos y aplausos.

Las críticas de los dj de techno y house —considerados dos de los géneros más tradicionales de la electrónica— a los de guaracha por la pobreza de su música y de sus espectáculos son frecuentes. El 28 de junio de 2019, durante un conversatorio en Cali, el dj colombiano de house, Moska, afirmó: «Vos nunca vas a ver a Tiesto tocando guaracha. La guaracha no es tribal house. El tribal house está bien hecho, bien producido. Pero hay otra música que no tiene ni pies, ni cabeza. A la gente que no sabe de música la hace mover, pero eso no es música». En el mismo conversatorio, Moska comentó que los dj de guaracha cuando viajaban al exterior solo tocaban para los mismos colombianos, a lo que Fumaratto publicó en su cuenta de Instagram una respuesta: «Te recuerdo que no solo le tocamos a colombianos en Chile, ni en México, ni en Panamá, ni en Estados Unidos […] así pensaban del reguetón y este año estará presente en Tomorrowland».

Para algunos, los motivos de esta rivalidad son las ganancias que hay entre ambas escenas. DJ Dasten publicó en su cuenta de Instagram una imagen comparativa: un montón de billetes en referencia a la ganancia de los dj guaracheros y un puñado de monedas para los techneros. Felipe Restrepo, otro dj paisa, publicó en una historia de Instagram: «[…] dejen de sufrir por un aparecido que apenas lleva tres años tocando y creo que he logrado más de lo que ustedes han logrado en más de siete años».

Más allá de estas rencillas juveniles en redes sociales, lo cierto es que en tres años la guaracha pasó de las calles de Barrio Antioquia al Orquideorama del Jardín Botánico, un escenario donde se realizan grandes eventos culturales en Medellín. Dani Masi, un dj español que toca tribal house en las playas de Ibiza, pero que en Colombia prefiere la guaracha, fue el encargado de cerrar el festival a las tres de la mañana. En la madrugada del domingo, convocados por los mismos organizadores del Summer Bestival, muchos combos de amigos siguieron la rumba en Farenheit, una discoteca cercana a la Plaza Mayorista.

¿Sin tusi no hay guaracha?

El intercambio fue rápido. Era casi la medianoche en la zona rosa del barrio Cabañas, en Bello. El conductor de un carro negro modelo Spark GT recibió una bolsita con alrededor de dos puntos de tusi y pagó ciento noventa mil pesos. «Metan de una vez para que los coja cuando estemos en la casa», dijo mientras pasaba la bolsa a los otros tres pasajeros, dos mujeres y un hombre de veintidós años, entre ellos uno de los autores de este reportaje.

Ese viernes, después de comprar una botella de ron, bombones de fresa y gomitas, el grupo de amigos fue a la casa de una de las jóvenes. Una vez allí, voltearon la cama de su pieza y alistaron la pista. También rodaba entre ellos un frasquito de etiqueta amarilla con un sticker de anime en su tapa: un popper de siete pepas. «No se siente, diga qué música quiere escuchar para que baile y no le dé un babeado», le dijo uno de los jóvenes a una de las mujeres. Esa noche escucharon el nuevo set de DJ Dasten, «The Pink Panther (Vol. 3)». Luego del popper, unos tragos de ron y otra vez a soplar tusi.

Según Échele Cabeza, una iniciativa piloto de la corporación Acción Técnica Social (ats) que busca generar y difundir información sobre sustancias psicoactivas, el 2C-B es una feniletilamina psicodélica y su rango de dosis varía entre dieciséis y veinticuatro miligramos. Su nombre científico es 4-bromo-2,5-dimetoxifeniletilamina y fue sintetizado en los setenta por Alexander Shulgin —quien también sintetizó el mdma, y casi todas las feniletilaminas que conocemos hoy— y Ann Shulgin, una pareja de esposos estadounidenses que dedicaron su vida a probar y a crear drogas.

Aunque el polvo les costó casi cien mil pesos por gramo, los pasajeros del Spark GT no compraron 2C-B. En Colombia, el tusi es mezclado con cal, azúcar pulverizada, colorantes, colbón ketamina —una droga usada para la anestesia general—, viagra o en el mejor de los casos mdma para hacerlo rendir. En su presentación más pura, el 2C-B es un polvo blanco y se ingiere por vía oral. En Medellín también es vendido como cocaína con colorante rosa y se inhala.

«El tusi es muy rentable. Lo hacen en una cocina cualquiera de un apartamento. Este año hemos cogido como tres cocinas en Sabaneta y en Medellín», cuenta el capitán Zuluaga. Aunque las cifras de incautaciones en operativos hasta junio de 2019 reflejan que la marihuana —2 734 438 g—, el bazuco —42 421 g— y la cocaína —27 073 g— son las sustancias más incautadas, entre otras cosas porque la labor de las autoridades está enfocada en lugares públicos como los parques y no los privados como las fiestas, las drogas sintéticas como el éxtasis y el tusi empiezan a estar en su radar.

En 2012, la revista Semana publicó uno de los primeros informes sobre 2C-B en Colombia. El artículo ligaba su consumo con una clase social alta y exclusiva: «Sus “clientes” son modelos, reinas, actores y políticos. Desde hace meses en los más cerrados y exclusivos círculos sociales de Bogotá solo se habla de una cosa al momento de hacer rumbas o reuniones: el 2C-B o Tu-ci-bí (en inglés, ni más faltaba)». De acuerdo con el informe, la droga había llegado seis años antes al país de la mano de Alejandro Montoya, conocido como Alejo Tusibí, un joven de clase media de Envigado que aprendió a cocinar tusi —el nombre fue cambiando con los años— durante un viaje a Europa.

Químico empírico, ligado a las fiestas de electrónica, Alejo se convirtió en objetivo tanto de las estructuras criminales ligadas al narcotráfico, como de la Dijín, Dipol y Antinarcóticos en Colombia, y la dea en Estados Unidos. A pesar de que en junio de 2016 el general Jorge Hernando Nieto Rojas, entonces director general de la Policía, anunció la captura de Jorge Alejandro Arboleda Uribe, el supuesto Alejo Tusibí, pocos días después reconoció que este sigue prófugo de la justicia.

A las dos de la mañana, los cuatro jóvenes de la fiesta en Bello llevaban más de cuatro horas bailando guaracha y unas ocho rayas de tusi. Cierta fiebre en sus cuerpos los obligaba a moverse. Los colores de un televisor encendido les parecían más intensos. No sentían hambre. A esa hora, llegaron dos pelados más a la fiesta, un cocinero y un vendedor de tusi. Estaban vestidos con camisetas Adidas y lucían cadenas plateadas en sus cuellos. Uno de ellos, el cocinero, traía puestas unas gafas tipo Oakley y se presentó como el químico; el otro aseguró ser «un administrador experto». En medio de la fiesta, alguno contó que cuando los muchachos del barrio pillaron a un amigo vendiendo tusi le pidieron cincuenta millones. El pelado pagó treinta y tuvo que irse para Estados Unidos; a la familia le tocó irse también del barrio.

Desde que Alejo empezó a cocinar su receta en 2006, el tusi pasó de venderse en zonas exclusivas, a través de intermediarios, a ciento cincuenta mil pesos el gramo, a conseguirse afuera de una discoteca hasta por cincuenta mil. La droga se popularizó, sobre todo, por su relación con la fiesta de guaracha que, de cierta manera, también popularizó la electrónica y la llevó a los barrios de Medellín. Ahora es común dentro de los círculos sociales de la guaracha tener algún amigo o conocido que sea dj o que tenga una cocina y fabrique el polvo rosado al que le dice tusi. Para el químico, «la guaracha se produce con tusi, se distribuye con tusi, se escucha con tusi. Sin tusi no hay guaracha».

La relación entre música y drogas ha sido histórica. «Encontrarse y reunirse en torno a un evento musical o a un performance ha estado acompañado de sustancias desde hace mucho tiempo, desde los rituales dionisíacos. Tenemos una relación natural hacia el cambio de estado de consciencia, incluso hay quienes dicen que los seres humanos tenemos derecho a la intoxicación. La fiesta es un ritual para salirse de sí», opina Daniel Bedoya, historiador de la Universidad Nacional e investigador sobre consumo de drogas y sus usos culturales.

Según Bedoya, dependiendo de la fiesta o la música hay unos consumos diferenciados, entre otras razones, por los contextos sociales en que se den estos: «¿Qué pasa con el mdma, el lcd, el 2C-B o la ketamina? A estas sustancias las llamamos anestésicos disociativos y son sustancias relacionadas con la fiesta porque te mantienen en un estado alterado de la conciencia, eufórico. Incluso no necesitas tantas dosis para mantenerte hasta cinco o seis horas bien», explica. Para el historiador, el problema no está en las sustancias, sino en el acceso a la información. «Los pelados no saben qué están consumiendo, ni qué combinaciones son peligrosas. No saben, por ejemplo, que hay sustancias que los ponen en un estado de anestesia o que es mejor no combinar alcohol con el efecto euforizante de algunas feniletilaminas. Eso es responsabilidad de la prohibición».

Felipe, mánager de diferentes dj en Medellín, agrega que el consumo de tusi está especialmente ligado a una cuestión de estatus. Por su origen elitista quien tiene, cocina o vende el tusi maneja la fiesta. «El tusi es una droga de estatus, pero sin clase social», sentencia. Quien tiene el tusi en una fiesta de guaracha adquiere una importancia parecida a la del dj.
A las cinco de la mañana, la guaracha dejó de sonar en Bello. Cada uno de los jóvenes se marchó a su casa después de una noche en la que no necesitaron más que varias rayas de tusi, unos pocos tragos de ron y un bombón.

La fiesta eterna

Camilo dice que pagó doce millones de pesos por la fiesta de un fin de semana. En una finca en Santa Fe de Antioquia reunió cerca de cincuenta invitados, cinco dj, ochenta gramos de tusi y cuarenta pepas de éxtasis para celebrar el cumpleaños de su novio.

Desde que tenía dieciocho años llevaba a sus amigas a lo que llama mariquiaderos y chochales donde conoció la gente de la rumba que, según él, es casi siempre la misma: «A mí todavía me encanta ir a discotecas, pero a mis amigos no porque son unos creídos. Además la rumba se dañó mucho, como la guaracha se volvió famosa todo el mundo quiere estar ahí: hay mucho pillo en estas fiestas, ahí mismo se les ve las pintas, las caras, todo», comenta. En medio de prejuicios y apariencias, Camilo afirma que ahora sus amigos prefieren organizar las fiestas en las fincas de sus amigas.

Rematico o privadito. En Bello, en El Poblado, en Barrio Antioquia. En la casa de la amiga de un parcero o en una finca en Copacabana. Desde las ocho hasta las doce de la noche. Desde las doce hasta las cuatro de la mañana. Un día o una semana. Tres, cinco, veinte o cincuenta asistentes. Según Felipe, la fiesta de guaracha adquirió fama por las rumbas en fincas privadas con piscina en municipios cercanos a Medellín como Girardota, Barbosa, San Jerónimo y Santa Fe de Antioquia. Lo que ahora se conoce como privaditos o rematicos eran los raves o los after party de antes. Jairo Rúa cuenta que en su época más activa como dj, a principios de los 2000, ya iba a este tipo de fiestas: «Eso existe desde hace mucho. La primera fiesta after fue en la Rinconada, en una finca en Girardota, cuando vino la primera vez Mauro Picotto, el dj italiano».

Sin embargo, Felipe advierte que este tipo de fiestas en fincas ha disminuido debido a las restricciones que aparecieron cuando entró en vigencia el Código de Policía, a principios de 2017, y a que las autoridades empezaron a identificar los privaditos. «Cuando se recibieron informaciones sobre alquiler de fincas para fiestas privadas, en algunos municipios, fuimos evidenciando que ellas se volvieron populares porque no tenían control y eludían toda la normatividad, incluida la presencia de menores consumiendo licor y sustancias ilícitas», respondió la Secretaría de Gobierno de la Gobernación de Antioquia en una carta para este reportaje. A principios de marzo de este año, la Gobernación le pidió a la Alcaldía de Barbosa revisar la actividad de cuatrocientas cincuenta fincas dedicadas al turismo, pues por lo menos quince eran utilizadas para explotación sexual, hotelería ilegal y prostitución. Este año, además, la administración de Luis Pérez impulsó un proyecto de ordenanza para controlar y regular el alquiler o el uso de fincas recreativas. Al cierre de esta investigación, al proyecto le faltaba solo un debate en la Asamblea Departamental para ser aprobado.

Otro factor con el que Felipe explica la disminución de las fiestas en fincas es el de la seguridad. El sábado 15 de septiembre de 2018, dos jóvenes murieron y otros dos resultaron heridos en un ataque sicarial en San Jerónimo. «El ataque [...] estaría relacionado con un fallido atentado contra un cabecilla de la organización criminal La Terraza, se lee en el blog Revelaciones del bajo mundo, del periódico El Colombiano. Una de las personas heridas era Gloria Katherine Murillo Contreras o Kathe Reyes, una conocida dj de guaracha.
Camilo conoció el mundo de la rumba en medio del proxenetismo y sus relaciones con las personas de la mafia y el narcotráfico. Afirma que en estas fiestas se ve «mucho traqueto». Cuando él organiza una de estas fiestas se asegura de que vayan solo aquellos que él quiera y que entiendan lo que es la fiesta. «A los conocidos, a los que hablen nuestro mismo idioma, a los que les guste parchar, bailar, brincar, gritar, enloquecerse». Esto tiene relación con lo que explica el historiador Daniel Bedoya sobre los motivos de la fiesta de guaracha: «Los pelados que van a una fiesta de guaracha tienen sus rituales. Es una práctica estetizada: se peinan de cierta manera, se ponen cierto tipo de ropa. No es una cosa de “me voy a meter drogas y a zapatear”, no», dice.

La fiesta es salir de la rutina, pero a veces la fiesta se vuelve rutina. No se tiene que tener un cumpleaños como motivo para armar un privadito y cuando se acaba una fiesta comienza otra. «¡Ay! Que hay una fiesta en la finca de Toro o hay una fiesta en la finca de Juli, hay una fiesta en la finca de Daniela o donde Catalina. Ahí es cuando se reparten los grupos y desembocan las fiestas privadas». Esto hace que las fiestas vayan de sábado a domingo y se lleguen a pagar cuentas de dos y tres millones en un día.

Camilo cree que a causa de tanta fiesta, de tanto trasnocho, de tanta rumba, de tanto tusi, le dio cáncer de tiroides. Se lo descubrieron el 5 de diciembre de 2018. Aunque Hugo Gallego, médico toxicólogo, dice que no hay una relación directa del cáncer de tiroides por el consumo de 2C-B, Camilo insiste: «El tusi es una cosa muy compleja, si te dejas llevar te mata. A mí no me mató por de buenas, porque soy una perra muy brava». A pesar de esto, en su casa, en El Pedregal, acostado en la cama a las diez de la noche de un viernes, con un whisky en su mano y un frasquito de popper sobre el nochero, Camilo dice que no es capaz de dejar de ir a fiestas y de disfrutar la guaracha.

La fiesta no para ni lunes, ni martes, ni miércoles. Ni para Camilo, ni para Johan, quien abre su discoteca todos los días de la semana. No paran de tocar los dj en un apartamento, en una finca, en un motel, en una disco o en el Orquideorama. No paran tampoco los hashtags, ni las críticas, ni las burlas. Tampoco paran de cocinar tusi los químicos, a pesar de las incautaciones de laboratorios, aunque toque esconderse de los combos y ni siquiera sea 2C-B.

La guaracha la escuchan las tías en los gimnasios, los primos en los videos de los youtubers y cualquiera que haya pasado un día en Medellín. Es la explosión de lo popular. Mueve los odios del buen gusto y te hace tararear hasta la canción más triste. La guaracha es una industria que mueve millones de pesos en una sola noche y hace soñar a los jóvenes con internacionalizar su música como si fueran el J Balvin de la pandereta. «La gente que escucha guaracha ve esto una chimba. Yo siento esto una chimba», concluye Camilo.
Es cuestión de gustos.

 

 

Este texto hace parte del libro Medellín Clandestina. Encuentra el libro completo aquí.  

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