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Edición 103

event 10 Octubre 2022
schedule 4 min.
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Laura Almanza
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  • En la UdeA hay una plaza de vicio que se volvió paisaje

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    La primera vez que compré un bareto en la Universidad de Antioquia fue un jueves después de almorzar. Ahí estaba el tipo de siempre, sentado en un pupitre debajo de un árbol cualquiera. No sabía muy bien qué decir así que le solté un “Hola, ¿tenés marihuana?”. Me dijo que solo tenía cripa y me sacó un cigarrillo ya armado en una bolsita ziploc. Pagué dos mil pesos y me fui rápido con un vacío en el estómago.

     

    CONSUMO

    Ilustración: Átomo - @atomocartun

    Más que un secreto a voces, la plaza de vicio de Ciudad Universitaria es una de las más antiguas de Medellín. Lo que llamamos el Aeropuerto es en realidad una amplia zona deportiva diseñada institucionalmente para la recreación y el deporte, en donde desde hace años también se puede comprar dulces, licor artesanal, cervezas, comidas rápidas y energizantes. En el centro de esos negocios, desde los años 70, hay una plaza de vicio que es básicamente un tipo en un pupitre del que sabemos muy poco.

    Lo más atractivo del Aeropuerto es que no solo es un lugar de venta, sino de consumo de sustancias sicoactivas. “Cuando hemos hablado con los consumidores de la Universidad la pregunta directa que les hacemos es ‘¿Por qué lo hacen en la Universidad?’. La respuesta es: ‘Profe, porque es el único lugar seguro donde puedo prenderlo; si yo lo prendo en la casa me van a echar, si me voy pa’ un parque está la Policía y me van a meter un comparendo o un canazo, y en el barrio los que venden no dejan que uno lo prenda ahí porque se les calienta el parche’. Entonces, lo hacen en la Universidad, se sientan con los amigos, dialogan, lo prenden y nadie los molesta”, explica Adrián Restrepo Parra, docente e investigador del Instituto de Estudios Políticos de la Universidad.

    El 14 de julio del 2022, un grupo de encapuchados estalló un par de explosivos justo al lado del Aeropuerto. Durante la acción pasaron repartiendo volantes con un mensaje impreso que decía: “Es incongruente de nuestra parte que sigamos financiando las balas que luego nos van a suprimir. Preguntémonos, ¿es concordante luchar por un mejor mañana, pero tener la raíz de los problemas tan cerca y latente?, ¿es lógico hablar del daño que hace la parapolítica, pero luego ir a comprar un bareto del jíbaro?”. El texto iba firmado por el Frente Revolucionario Popular (FRP).

    Lo que en principio podría interpretarse como una crítica personal a los universitarios que financian el narcotráfico o a los actores armados ilegales que tienen el control de ese negocio en el campus, también retomó la pregunta de cómo entendemos el consumo de drogas en la UdeA dejándole la responsabilidad de la situación únicamente a quienes consumen. La lógica de “si no hay quien compre, no se vende” es ingenua y alejada de la realidad. Primero porque la gente no va a dejar de consumir drogas y, segundo, porque otras alternativas para adquirirlas son difíciles.

    “El autocultivo es una manera de no involucrarse directamente con el narcotráfico, algunos chicos lo hacen, pero es muy costoso”, explica Restrepo. “Cultivar es un asunto rural, es una matriz campesina del que siembra la mata, el que se unta de tierra tiene la paciencia de cuidar la semilla, de ver crecer la plantita y dele que dele… Eso lo hacen muy pocas personas. Es muy difícil que la gente se vuelque al autocultivo, pero sí es un escenario que ayuda y esa propuesta la estuvimos impulsando”. Otro de los problemas del autocultivo es que se reduce a los consumidores de marihuana, pero no habla de cómo auto gestionar otras sustancias. Alguna vez un profesor en clase mencionó que deberían enseñar a “autocultivar perico”, y otro compañero propuso comprar una furgoneta para sintetizar drogas sintéticas a lo Walter White.

    En cualquier caso, no es posible señalar a los consumidores como los únicos responsables de que la plaza de vicio permanezca en la Universidad. Hace tiempo uno de los muros de Ciudad Universitaria replicaba una pregunta que nos hacemos muchos estudiantes: “¿Y a los de la plaza no les piden la TIP?”.

    La administración actual habla con mesura del tema y se defiende de quienes consideran su postura como condescendiente: “Nosotros no tenemos herramientas para controlar un fenómeno de esos, además lo que hacemos aquí es una vigilancia cívica. Yo no voy a ser rector de una universidad que tenga que poner personas con armas en las puertas”, dice el rector John Jairo Arboleda Céspedes. Lo cierto es que una cosa es intervenir la venta ilegal de drogas, que corresponde a autoridades externas a la Universidad, y otra, que sí es interna, que tiene que ver con el abordaje de los consumos como un problema de salud pública y convivencia.

    Esta diferencia es importante porque enfoca las estrategias de atención universitarias en torno al diálogo, la salud y el autocuidado. Hace algunos años, Olmes Ortiz, líder histórico de la marcha cannábica, y quien murió en 2021, decía: “También tenemos que educar a los consumidores, porque uno fuma por placer o por gusto, pero todos respiramos por necesidad”.

    Y a propósito, desde Bienestar Universitario, el Programa Educativo de Prevención de Adicciones (Pepa) interviene en comportamientos compulsivos en general que pueden tener un impacto importante en la vida de los estudiantes. Aunque el programa se enfoca en prevención y evasión del consumo, también son conscientes de que algunos estudiantes son y seguirán siendo consumidores, y así aparecen otras perspectivas como la reducción de riesgos y daños. Eliana Hernández, psicorientadora de Pepa, explica que “se trata de pensar en cómo hacer para que un estudiante que decide consumir y no puede o no quiere dejar de hacerlo no vea deteriorada sus condiciones o calidad de vida, que pueda terminar su proyecto académico y que tenga algunas conductas de autocuidado”.

    Pepa fue creado en el año 2013 por el Departamento de Promoción y Prevención; según varios informes publicados por la revista Cultura y Droga, los estudiantes que han accedido al programa han sentido que les ayuda y es de fácil acceso. Sin embargo, las conversaciones cotidianas con consumidores en la UdeA demuestran que el programa se queda muy corto en su difusión y que muy pocos estudiantes lo reconocen.

    Ahora bien, hay otras acciones no institucionales que apuntan a reflexiones similares. En el bloque 12, por ejemplo, aparecieron a mediados de 2022 algunos carteles sin marcas administrativas ni logos en los que se leen mensajes como “Préndelo, pero lejos, todo bien” o “¿Fumas solo al aire libre y alejadx de lxs demás? Qué chimba sog”, acompañados de datos curiosos sobre el daño que causa el humo del tabaco y la marihuana tanto para fumadores activos como pasivos. “Si yo leo un mensaje de esos definitivamente sí me haría reflexionar, lo leería y me preguntaría por qué está ahí, qué me está pidiendo la otra persona”, dice Julián Ramírez, de 27 años y estudiante del pregrado de Música.

    En el año 2018, algunos estudiantes en compañía de la profesora Luz Marina Monroy, del Departamento de Música, crearon la iniciativa Con-Suma-Conciencia. No se trataba de una campaña para que las personas dejaran de consumir, sino de cómo lograr acuerdos para que esos consumos no afectaran la dinámica académica. “Con- Suma-Conciencia tenía una cercanía con la comunidad que consume, constantemente se hacían charlas, talleres, traían personas, hacían conciertos aquí en el Aeropuerto, incluso se regalaban semillas. Tal vez es hora de retomar todos esos espacios después de la pandemia, no necesariamente para que haya más, sino para que sean de un buen impacto y una mejor calidad”, afirma Julián.

    En la experiencia universitaria los muros han sido más efectivos que las invitaciones a conversatorios que llegan al correo institucional y se pierden en la bandeja de entrada. “Esto también demuestra que el problema sigue siendo más de convivencia. El humo genera problemas, como también los pueden generar las ventas ambulantes. Sentarse a estudiar con un olor a chicharrón o a chorizo también puede generar malestar, mareo, incluso algunos se vomitarán porque les evoca algo. Cada uno tiene un universo con eso”, comenta Adrián Restrepo.

    A lo mejor llegó el momento de hablar del consumo de drogas en la Universidad sin eufemismos y crear estrategias desde la administración que tengan mayor difusión. Que se planteen debates sobre la construcción de espacios para el estudio de fumadores y sobre cómo evitar el consumo de sustancias adulteradas. Mientras esperamos un país con mejores políticas de drogas, en el Aeropuerto seguirá el tipo del pupitre llenando los bolsillos de grupos que no nos representan y, quizá, sin siquiera leer una sola de nuestras palabras.

     

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