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Edición 103

event 06 Octubre 2022
schedule 25 min.
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Valentina Arango Correa
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  • Beatriz Monsalve, linyera fue

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    La memoria de Beatriz Elena Monsalve, la prima lejana, no reposa en un mural, a diferencia de la de muchos hombres de la Universidad de Antioquia que también fueron asesinados en los años 80. Con algunas fotografías, papeles y anécdotas, su historia la guardan solo aquellos que la recuerdan en mi familia y los amigos que sobrevivieron al genocidio contra la izquierda colombiana. Para mí representa una conexión con la UdeA más allá de lo que han sido estos años de estudiar y, quizá, luchar en ella.

     

    Linyera 1

    Evelio con la fotografía de su hija Beatriz durante una movilización. Sin fecha. Fotografía: cortesía de la familia

    En esta sala de poltronas barnizadas y cojines tan grises como el cabello de Evelio, de 84 años, alguna vez se reunieron Héctor Abad Gómez, Luis Felipe Vélez y otros defensores de derechos humanos que tuvieron relación con la Universidad de Antioquia y que fueron asesinados durante los años 80. Sí, en esta sala, en un segundo piso del barrio Mesa, en Bello. Así lo recuerda Evelio. Esto porque su hija, Beatriz Elena Monsalve Ceballos, también era una de esas defensoras. En la pared hay un retrato pintado, es el rostro de ella y el de su hermano.

    Aunque toda su familia es de Entrerríos, cuando Beatriz nació, el 19 de agosto de 1961, ya vivían en Bello por una oportunidad laboral que tuvo su padre en Fabricato hacía casi una década antes, en 1953. Desde que Beatriz estaba en la secundaria, cuenta Evelio, demostraba su voluntad de ayudar a la gente, se reunía con amigas del colegio para hacer colectas y entregar dinero, alimentos o enseres a quien lo necesitara. Cuando ingresó a la Universidad de Antioquia para estudiar Trabajo Social casi no estaba en su casa. Su labor siempre estuvo afuera, con la gente. Por ejemplo, buscaba alimentos y refugio cada vez que la quebrada La García, arrastrada por el invierno, dejaba a su paso a familias damnificadas. Así, inquieta y andariega, afianzó su camino de activismo en la región de Urabá, y en las ciudades de Medellín y Bello.

    “A Beatriz la disfrutamos muy poquito. Un primero de mayo ella se perdía desde el día antes, me decía que tenía que hacer un trabajo donde alguna compañera y era para irse a las marchas”, cuenta Evelio. Y Ofelia Correa, una de sus amigas, lo reafirma: “Ella era muy pegada al estudio, muy dedicada. Trabajaba mucho por la gente y pedía de todo lo que podía para ayudar. Como trabajadora social fue muy entregada”.

    Desde 1980 adquirió un papel importante en el Frente Popular, un proceso de izquierda que era señalado de subversivo por su reivindicación de los derechos populares. Para las elecciones del Concejo de Medellín de 1986, fue una de las candidatas en la lista de la coalición de este partido junto con la recién creada Unión Patriótica, la Central Unitaria de Trabajadores (CUT) y A Luchar. Con este último movimiento apoyó en Urabá a la organización sindicalista de los trabajadores bananeros en contra del paramilitarismo y a favor de sus derechos laborales.

    Carlos Enrique Uribe, uno de sus amigos cercanos, sobreviviente de la persecución y exterminio contra la izquierda en Colombia, cuenta que ella también participó del Comité Permanente por la Defensa de los Derechos Humanos, Seccional Antioquia, hasta agosto de 1987 que tuvo que retirarse por amenazas en contra de su vida y se desplazó hacia Bogotá. Allí se desempeñó como secretaria de relaciones internacionales del Frente Popular. 

    “Y así como todo cambia, que yo cambie no es extraño”

    Ella se llamaba igual que mamá. Beatriz Elena. Nació un año después de mamá. También estudió, como yo, en la Universidad de Antioquia, donde mamá alguna vez quiso estudiar y no pasó. Fue la primera mujer de mi familia en estudiar en la U. En 2016 ingresé yo, fui la cuarta. Comencé a sentir más la necesidad de actuar ante la desesperanza cuando un “no” ganó en un plebiscito para refrendar el acuerdo de paz con las Farc y, luego, cuando comenzaron a matar a sus firmantes.

    Desde ahí me cuestionaba sobre si la indiferencia en mi familia ante el absurdo de matar gente no había tenido un atisbo de defensa por la misma y, entre preguntas a mamá, llegué a la historia de Beatriz, la prima lejana, la hija de Evelio, el primo de mi abuelo que también se crio en Tesorero, la vereda en Entrerríos donde yo también viví 17 años.

    Aunque la primera vez que sentí que defendía algo fue en la U, la primera vez que fui a defender algo fue el 11 de septiembre de 2015, cuando un grupo de personas luchaba contra el cierre de la biblioteca comunitaria de Niquia, en Bello. Toda una tarde vi jugar a niños, cocinar un sancocho y hacer carteles en una pequeña calle. Estas mismas calles las recorrió Beatriz. Por eso pienso en ella en cada marcha, en cada defensa, en cada letra que habla de luchar, de mujeres que gritaron antes, que amaron profundamente sus pasiones y actuaron en coherencia con sus posiciones y posibilidades. Me duele su muerte como cualquier otra que estuvo en esta casa universitaria, en este pueblo y en esta familia.

    Hace poco, papá me dijo que la Universidad me había cambiado, su frase fue como un reproche. No le respondí nada. Desde ese día pienso y sueño con eso. La Universidad es para eso, para cambiarnos. De la UdeA, alguna vez dije en un video por su cumpleaños que le agradecía por permitirme pensar en colectivo. Incluso, pensaba que su mayor enseñanza y a la que se debe mi apego es que me enseñó a no ser o, por lo menos, a no sentirme indiferente. Es que ver de cerca morir a otros estudiantes que marchaban por las mismas causas que mis amigas y ver tanto dolor en sus familias nos cambia, nos sobrecoge. Y el cambio es apreciar la diferencia y entender que la vida se sobrepone, incluso, ante las luchas.

    Mi cambio fue que comencé a marchar, a contar historias sobre la misma U en la coyuntura de 2018, cuando se gestó la lucha que logró unos acuerdos para la educación superior pública. Papá y mamá fueron al primer plantón que se realizó en Entrerríos un día de noviembre durante el paro nacional de 2019. Y les asustaba verme hablando y arengando con un micrófono. Y así mismo cuando, con la convicción de no quedarme en silencio ante la desaparición de una niña en el pueblo en 2020 o ante una suma de descontentos en 2021, nos movilizamos por primera vez en un lugar en el que siempre ha habitado la indiferencia.

    En la U era distinto, no era la hija del señor que trabaja pintando carros, era parte de la turba. Ser una más me genera el sosiego de no sentirme visible ni perseguida y de ver que mis acciones nunca fueron comparables con las de Beatriz. Sobre todo, porque yo no quiero que mi vida cueste lo que me convoca, lo que rechazo ni lo que defiendo.

    Creí que la U había sido eso en mi vida, el lugar para apreciar la diferencia y entender el dolor, la calma, la rabia propia y ajena. Pensaba que existía la empatía porque parecíamos muchos. Sin embargo, lo que ha pasado actualmente ―la muerte de Stefany Orrego y la emergencia por violencias hacia las mujeres en la U―, me ha llevado también a preguntarme sobre el porqué no hay un mural con el rostro de Beatriz y sí de Héctor Abad o de Luis Felipe Vélez. No sé la respuesta.

    Es que cuando hay muerte, como el pasado 8 de junio de 2022, Día del Estudiante Caído, que murió Stefany Orrego Bedoya ―artista y estudiante de Química― en un accidente mientras manipulaban explosivos en una casa cercana de la U; la U solo expone, de manera oficial, un comunicado diciendo que no quiere que se frustren más sueños y enviando condolencias sin ni siquiera nombrarla. Para Beatriz, la Facultad de Ciencias Sociales y Humanas declaró un día de duelo, cada profesor debía rendir un homenaje durante las clases del 16 de agosto de 1988. Para Stefany, durante aproximadamente un mes, solo un pupitre con su foto en un papel, mojada y ajada, reposó en Barrientos. La reflexión, entonces, se queda en un homenaje inmediato y un texto igual de vacío que el pupitre que ella habitaba, como el que habitó Beatriz, y una arenga en una asamblea estudiantil. No queda ni pasa nada más.

    Linyera 2

    Carta de la coordinadora departamental de la Unión Patriótica a Beatriz. 26 de agosto de 1988. Bello, Antioquia. Foto: cortesía de la familia

    Otro clavel rojo

    Mientras que en la UdeA se realizaba un homenaje por parte de las directivas a profesores y estudiantes asesinados, el viernes 12 de agosto de 1988, Evelio y su hermano viajaron hasta Bogotá para buscar a Beatriz; llevaban un día sin saber de ella. Estaba desaparecida. En la sede de la CUT les consiguieron acompañamiento militar para recorrer las calles, las guarniciones, las cárceles y los hospitales. Recordaron que Luz Mila Collantes, estudiante de Periodismo y compañera de trabajo de Beatriz, era de La Mesa, Cundinamarca, y arrancaron rumbo a ese pueblito. En el camino, dice que dieron la extra en la radio: habían encontrado a dos mujeres sin vida en Chía, a unos 35 minutos de Bogotá.

    “Vea, ella era así morenita como usted, bajita y con un lunarcito aquí”, dice Evelio señalando el cachete al lado derecho de su boca. “A toda hora estaba riéndose y cuando la miré allá estaba así”, refiriéndose al momento en que fue a reconocer su cuerpo y tenía una expresión de alegría. Justo un año antes, el 13 de agosto de 1987, en las calles de Medellín protestaron con una ola de claveles rojos en contra de los asesinatos a estudiantes y profesores de la Universidad de Antioquia que hasta ese día eran nueve.

    El 15 de agosto de 1988, antes de partir para el sepelio desde la capilla La Candelaria en Bogotá hasta la sala de velación Los Olivos en Bello, Evelio recuerda que, antes de salir para el aeropuerto, Cecilia Faciolince García, esposa de Héctor Abad Gómez, le colocó un clavel rojo a Beatriz sobre su pecho.

    Según el periódico El Espectador, en una nota de esa misma fecha, el Instituto de Medicina Legal informó que sus cuerpos presentaban huellas de tortura e impactos de bala y fueron asesinadas el mismo día de su desaparición. A los 27 años y con seis meses de embarazo, mataron a Beatriz y a su amiga Luz Mila.

    Un día después, las pancartas y los cantos acompañaron con una movilización a mi familia hasta el cementerio San Andrés.

    ***

    Fernando Barrientos y otros estudiantes  

    ofrecen los libros para la ocasión 

    porque están sedientos de conocimientos  

    todos los que asisten a la reunión; 

     entre tantos libros que trae Barrientos  

    está el Libro negro de la represión para recordar los asesinatos 

    que enlutan con duelos a nuestra nación.  

    Beatriz Monsalve, con su vientre niño,  

    a quien un Estado impidió florecer, 

    trae ramilletes de ciencias sociales 

     para coronar luchas de mujer. 

    (Oscar Manuel Zuluaga Uribe. 2008. Elegía en memoria, recuerdo, salud y lucha) 

    ***

    ―El disco de ella desde que era muy pequeña era Linyera. 
    ―¿Cuál es ese? 
    ―“Linyera soooy”, ese es el himno de ella y aquí en todo homenaje que hacían ponían Linyera. 
    Trino Evelio ―así es su nombre completo― silba entonando la canción. Su nombre parece hacerle honor a su casa aturdida con el canto de decenas de pajaritos. 
    ―¿La pongo? 
    ―Déjela― dice. 
    Lleva su mano al rostro y llora. 

    El día que te encuentre tirado en un camino dormido para siempre, mudo tu corazón, unas guedejas rubias y una magnolia seca de tu andar errabundo dirá la sinrazón. 

     (Antonio Tormo. 1972. Linyera soy

    Evelio afirma que otras muertes de su familia han sido más dolorosas por lo inesperadas. Con Beatriz, se resignó a entender que ella era una mujer que pensaba diferente, que si ella no temía al destino que habían tenido sus compañeros él tampoco tenía por qué temerle a su partida.

    ―Yo me enfermé cuando ella empezó a salir con la gente del Frente Popular y un psicólogo de Fabricato me trató… Ahí entendí que por más que ella corriera peligro, tenía sus bases y era leal a ellas. Cuando la mataron me dio muy duro, pero pensé que murió haciendo lo que a ella le gustaba, en su causa.

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