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Edición 102

event 21 Abril 2022
schedule 19 min.
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Jénnifer Giraldo Esta dirección de correo electrónico está protegida contra spambots. Necesita activar JavaScript para visualizarla.
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  • Cuando estuve embarazada y no quise ser madre

     Yo aborté. No me siento mal ni culpable, mucho menos me siento una mala persona o una mala mujer, no pienso en mi cuerpo como una tumba. Me siento libre, plena, agradecida con las mujeres que me rodearon y fueron fuerza.

    Foto crónica 1

    Podría romantizarlo, incluso, porque solo unos temblores y la ansiedad me asustaron un poco, de resto, no hubo dolor ni secuelas ni remordimiento. Lo recuerdo como un ritual en el que me acerqué a mi cuerpo, a mis amigas, a las mujeres y a mi convicción de lo que es ser mujer desde la seguridad plena de no desear ser madre.

    Pero no lo romantizo porque sé que, a pesar de que desearía que fuera la realidad para todas, no es así. Según el Ministerio de Salud y Protección Social de Colombia, en 2020 se dejaron de atender a una de cada cinco personas que buscaban métodos anticonceptivos. Por lo tanto, se estima que el 52 % de los nacimientos en el país fueron no deseados o no planeados, y una cuarta parte de las mujeres dijeron no haberlo querido nunca. Ellas no tuvieron acceso a una interrupción voluntaria del embarazo (IVE), aunque sus casos encajaran en las causales. Además, según Profamilia, hubo 26.223 abortos inseguros, 34.130 interrupciones voluntarias del embarazo dejaron de realizarse y La Mesa por la Vida y la Salud de las Mujeres determinó que 400 mujeres, al año, son criminalizadas por abortar en Colombia. 

    Foto crónica 2Entonces, al miedo al procedimiento médico se le suman los obstáculos de acceso, el desconocimiento, la clandestinidad, sobre todo para mujeres rurales y menores de edad. En pandemia, por ejemplo, pudieron estar encerradas con sus violadores o abusadores y muchas de ellas no tuvieron acceso a la información y no pudieron abortar; también por el temor al rechazo y al juzgamiento de una sociedad machista que decide sobre nuestros sentires desde cuerpos masculinos. 

    Quiero contar mi historia, porque contarla en voz alta puede dar vía a que más mujeres tomen decisiones autónomas y sin prejuicios. 

    ***

    Quedé embarazada con una pareja estable a la que no le pregunté si estaba de acuerdo con mi decisión de abortar, porque para mí estaba claro. Planificamos con condón, porque la planificación hormonal, en otra decisión consciente, no era una opción para mí. Una vez lo intenté con pastillas, pero mi cuerpo no reaccionó bien. Decidí entonces no cargar sola con esa responsabilidad y el condón no había fallado, pero… me pasó.

    Me hice la prueba el 31 de enero de 2021. Tenía un retraso de dos días, no era normal. La prueba costó 15 mil pesos, y aunque jamás me había hecho una fue tan fácil como lo imaginaba. Cinco minutos. Dos rayitas. Positivo. 

    El 2 de febrero fui a Profamilia, en Medellín, a la sede principal, sabía que el personal estaba capacitado para atenderme sin juzgarme ni obstaculizar mi decisión. Vivo en Envigado, pero ir al Hospital Manuel Uribe Ángel a solicitar un aborto no me generaba confianza y sentí que pedir una IVE podía ser motivo de persecución. Mientras mi novio tenía la cita para realizarse la vasectomía, yo entraba a solicitar una IVE. No tenía EPS. La cita me costó 37 mil pesos, con EPS salía gratis. Me acompañó mi novio y una amiga, aunque la espera y el proceso fueron individuales. 

    Después de hora y media en una sala de espera, de ver llegar e irse cada diez minutos mujeres con el sticker verde que nos identificaba como las de la IVE, me llamaron de uno de los consultorios. El médico me hizo preguntas muy cortantes, entre ellas, por qué quería abortar.

    “No deseo ser madre, no estoy en las condiciones para serlo, ni quiero serlo en estos momentos”. No dije más.

    Sin ropa interior, con una bata y mucho frío, puse mis nalgas al borde de la camilla, abrí las piernas, el médico insertó la sonda en mi vagina y confirmó mi embarazo: nueve milímetros, cuatro semanas. Muy pequeño. Tocaba esperar dos semanas más. Me quedé con la ecografía porque me llegué a sentir mal por no ver lo que me estaba pasando como algo significativo o trascendental y, porque por experiencias de otras mujeres, me negué y me negaré a banalizarlo. 

    En el 2019, la escritora y filósofa feminista Carolina Sanín, dijo que quienes no deseamos ser madres no deberíamos reducir el debate que hay que dar sobre si hay vida en el embrión o en el feto, porque sí se mata “un conglomerado de células que forman un individuo incipiente y que constituyen la concepción de un ser humano”. Y hay que reclamar el derecho a “matar la concepción de un animal humano en favor de que otro animal humano, no solo concebido sino nacido, ya existente en el mundo (yo), con vida fisiológicamente independiente y con vínculos con el mundo, pueda vivir su vida y desarrollarse […]. La mujer siempre ha podido ser la causa de esa muerte, que, no es la muerte de nadie, pero sí de la concepción de alguien. Si todos reconocemos ese poder también podremos reconocer ese derecho”.

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    Seis semanas.

    El 16 de febrero, dos semanas después, volví a Profamilia. Consulté también con Las Parceras, una línea y red feminista de acompañamiento en aborto mediante un número telefónico que luego remite a una aplicación de comunicación segura. También contacté a una mujer que no conocía, pero que hizo pública por Twitter su experiencia. Fue un apoyo, gracias a ella decidí volver a Profamilia. Aunque Las Parceras estuvieron pendientes hasta el final, me generaban seguridad y con ellas el procedimiento salía más económico, sigo pensando que sus recursos deben ir a niñas y mujeres que realmente lo necesitan y mi proceso con Profamilia no tuvo obstáculos. 

    Me hicieron de nuevo una ecografía. Sí se veía más grande que la primera, sin embargo, no tenía forma. Podía escoger entre pastillas o una intervención y decidí irme por las pastillas, porque era más económico. Costó 300 mil pesos, más condones como método de planificación, porque no tenía EPS. Si no hubiera tenido el dinero, hay organizaciones de mujeres que ayudan con recursos y estadía, sobre todo a mujeres que llegan de la ruralidad. 

    Una tableta de Mifepristona de 200 mcg vía oral, 36 horas antes de las cuatro tabletas de 200 cmg de Misoprostol, dos sublinguales y dos intravaginales. Ibuprofeno. 

    Con la Mifepristona sentí nauseas, un poco más fuertes que las que recordaba en las dos semanas de embarazo, además de ansiedad. Me preparé un té del kit de aborto de Las Yerbateras, mujeres que regalan almohadillas, aceites y yerbas que liberan, restauran y calman los cuerpos de las mujeres que abortarán. La casa se llenó del olor a manzanilla, albahaca y cidrón. Mi hermano preguntó si estaba haciendo brujería, y yo pensé en esta como la complicidad entre mujeres que han escuchado sus cuerpos y explorado la naturaleza para brindarle a estos lo que requieren. Entonces la respuesta era un sí, estaba haciendo brujería. La infusión calmó mi ansiedad y los cólicos que sentía. 

    Al otro día, con mis amigas hice la segunda y la fase final del aborto. Nos reunimos en la casa de una de ellas, prepararon un espacio seguro y ambientado para hacer del procedimiento un ritual, como de brujas, es decir, de cuidado y amor.

    Nota 2

    18 de febrero. El aborto.

    Seguí las indicaciones: dos sublinguales, dos intravaginales. Lengua entumida, posición incómoda mientras se absorben las pastillas en la pared vaginal. 20 minutos. Escalofrío. Temblaba como si afuera estuviera cayendo nieve. Fiebre. 40 minutos. Sueño. Una hora. Sangrado durante las horas siguientes. Pasó. Nuevo día. Aborté. 

    En la marcha del 8 de marzo lloré con mis amigas, rodeada de mujeres, cuando vi que alguien salió con un cartel antiderechos. Pensé:

    “mierda, estas personas son el primer obstáculo, su señalamiento público nos hace sentir temor, culpa o vergüenza”. El 28 de septiembre, el Día de Acción Global para el Acceso al Aborto Legal y Seguro, grité con más convicción que en cualquiera de mis marchas anteriores: “La mujer decide, la sociedad respeta, el Estado garantiza y las iglesias no intervienen. Educación para prevenir y decidir, anticonceptivos para no abortar y aborto legal, gratuito y seguro para no morir”.

    Al día siguiente, el 29 de septiembre de 2021, se archivó en la Comisión Primera de la Cámara de Representantes el proyecto de acto legislativo número 161 de 2021, titulado “Derecho a nacer”, que buscaba abrir la puerta a la penalización del aborto en las tres causales permitidas en 2006 por la Corte Constitucional. Y el 21 de febrero de 2022, a más de un año de la demanda del movimiento Causa Justa que pedía declarar inconstitucional el artículo 122 del Código Penal, la Corte Constitucional, en un fallo histórico, despenalizó el aborto hasta la semana 24 de gestación. Más de 90 organizaciones y 134 activistas de todo el país estuvieron detrás de la lucha por derribar un artículo que era ineficiente e injusto, especialmente con las mujeres en situaciones de vulnerabilidad, y violatorio de los derechos fundamentales, no solo de las mujeres, sino también del personal de salud.

    Colombia se convirtió en el primer país latinoamericano que permite una IVE hasta la semana 24 –en comparación con Argentina donde es legal hasta la semana 14–. Hoy cuento mi experiencia y mi compromiso con la defensa de nuestro derecho al aborto, para que otras mujeres puedan hacerlo de la misma manera en que lo hice yo, con la tranquilidad y la libertad de poder decidir. 

     

    Fotografía: Jénnifer Giraldo

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