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Edición 101

event 19 Agosto 2021
schedule 17 min.
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Valentina Arango Correa Esta dirección de correo electrónico está protegida contra spambots. Necesita activar JavaScript para visualizarla.
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  • Mi primera capucha

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    La capucha es rostro colectivo de la resistencia feminista, elemento estético y político, encuentro, sororidad. Fue la primera y quizá sea la última vez que fabriqué y usé una. Este relato no es más que la experiencia de reconocerme como militante de un movimiento.

     

    25N fulanamalafama

    Foto: @fulana.malafamaLa mujer encapuchada no muestra su rostro no por miedo a ser reconocida,
    sino por no representar un ser individual: su rostro es tu rostro, tu rostro es mi rostro.
    Es la manifestación de todas y cada una de nosotras quienes tanto física
    como ideológicamente vivimos en un territorio de resistencia.
    Fragmento de un comunicado del colectivo Capuchas Rojas, Chile (2019)

    Contenido en alianza con el colectivo La Herejía 

    Herejia logo 

    Escabullirse entre la multitud. Alejarse de los rostros cercanos. Agachar la cabeza y organizarse el cabello. Ponerse la capucha. Taparse, respirar. Desprenderse del tapabocas. Hacerlo rápido. Pasar desapercibida. Salir. Ahogarse por el humo de las bengalas. ¡Achís! Avanzar. Pedir permiso. “Hermana, gracias por marchar a mi lado”. La capucha es poder.
    No hubo miedo. Las mujeres que se movilizaban a mi lado en vez de mirarnos con temor o desconfianza, lo hacían con respeto y complicidad, quizá, reconociendo la valentía de cubrirnos para no ser señaladas, para gritar libres aún ocultas. A través del huequito en cada ojo trataba de mirar los detalles que, entre el sudor y la algarabía, pintaban una ola violeta en Medellín.

    Una de mis amigas se ubicó al frente mío, a menos de dos metros de distancia, me tomó fotografías sin reconocerme y sentí un poco de tensión.

    El 24 de noviembre de 2020, la tarde antes del Día Internacional de la Eliminación de la Violencia contra la Mujer nos encontramos en una reunión para preparar la movilización. Mi amiga Pato y yo compramos unas lentejuelas con flores de colores: negro, azul, rosado, fucsia, morado y amarillo; en un centro comercial de El Hueco lleno de adornos y estampados para ropa. Estábamos emocionadas. Por primera vez iba a ponerme una capucha. Incluso, había averiguado las implicaciones legales de portar una, de rayar una pared, de sacar la digna rabia. Tenía otra invitación ese mismo día en un hotel, rodeada de mujeres lideresas de Antioquia. Pero desistí y preferí ser parte del rostro colectivo.

    “Yo daría todo por mi lucha, menos la vida”. Eso fue lo que pensé después de escuchar, esa tarde, a Marta Restrepo, una feminista de vieja data de la ciudad, junto con otras lideresas. Mientras que ellas hablaban sobre ser feminista en este lugar, otras pintaban una vulva gigante, carteles y banderas. Aunque pensaba ir sola, invité a Pato y aceptó sin dudarlo. Juntas tratamos de coser una tela violeta de 20 por 40 centímetros con una máquina rosada manual que nos costó 10 mil pesos. Coser y escuchar.

    La capucha también es un elemento que protesta, cada una le otorga una identidad política desde sus vivencias más allá de lo estético. Plumas, piedras de un collar antiguo, retazos de telas brillantes y de encaje. María, nuestra guía en la creación de las capuchas, me dio la idea de ponerle a la mía un dije de Cristo crucificado al revés en medio de la cabeza. Cuando terminé, otras mujeres admiraron lo linda que quedó. Al final de la tarde hicimos un brindis con vasitos desechables dorados, decorados con cinta morada y llenos de champaña rosada. Cantamos juntas: “¡Abajo el patriarcado que va a caer, que va a caer! ¡Arriba el feminismo que va a vencer, que va a vencer!”. Algunas nos abrazamos.

    Le puse una pepita de murano violeta en medio de los ojitos a una pequeña perrita beagle de otra compañera y me fui a casa después de darle un abrazo a María. Ella dijo que nos acuerpaba, como forma de respaldo y defensa, cuando fuésemos a rayar al día siguiente, durante la marcha del 25 de noviembre. Aunque el aerosol morado que queríamos no lo conseguimos.

    Pañoleta verde. Buzo cuellotortuga negro para ocultar un tatuaje. Maquillaje con línea de agua violeta. Un poco de mirella. Listo. Dormí poco la noche anterior. Trataba de controlar la ansiedad. Pensaba en la responsabilidad de usar un elemento político tan diciente como la capucha y en hacerlo con el respeto de aquellas que tienen más experiencia o legitimidad. La calle como espacio de lucha siempre está en disputa y si bien estoy acostumbrada a ocuparla con mi cámara persiguiendo momentos que considero memorables, esta vez era diferente.

    Nunca estás sola en una marcha feminista. Salí. Antes de bajarme del metro, en la estación San Antonio, me encontré con una mujer de Sincelejo que marchaba por primera vez en Medellín y no sabía el camino. Juntas recorrimos la avenida La Playa y nos despedimos al llegar al Teatro Pablo Tobón Uribe. Vi a más mujeres que el 28 de septiembre, Día de la Acción Global por el Acceso al Aborto Legal y Seguro. Alegría. Algunas mujeres pintaban carteles, otras cantaban, otras preparaban la performance antes de salir y otras, curiosas, miraban expectantes por lo que pudiera ocurrir.

    Primera pinta. El temor de que me reconocieran. Fue en una acera, cruzando El Palo con La Playa. El color azul platinado del aerosol con el que escribí “25N” resaltaba poco entre los fucsias, rojos, verdes y violetas que anunciaban en paredes y calles la caída del patriarcado o la lucha feminista como una consigna de vida o una amenaza al establecimiento. Aborto legal ya. Estado violador. El feminismo va a vencer. Dibujos de vulvas en esculturas.

    Llegando a la avenida Oriental, un hombre adulto le gritó algo a una compañera y todas corrimos a ver qué sucedía. El acoso. Fue la primera de tres veces durante esa tarde en la que un hombre se enfrentó a una turba feminista. Sin temor alguno. La sensación de superioridad en ellos era tan tangible como el pacto patriarcal social que encubre las violencias contra nosotras. A María, mientras rayaba un local cerrado, el dueño de otro negocio la tomó del brazo y la empujó. Las mujeres encapuchadas, que planearon desde un mes y medio antes una performance en la marcha, corrían con palos de escoba pintados de verde y morado para atacar al acosador. Yo temía. Hubo un momento en que corrieron tantas que abandonaron el carrito de supermercado en el que portaban los materiales, Pato y yo nos apropiamos de él y lo manejamos por un rato.

    Otras mujeres encapuchadas intentaron incendiar un objeto de señalización de una obra en construcción en medio de la avenida Oriental, frente al Comando de Policía, pero gastaron toda la gasolina y nada ardió. Avanzamos. Yo llevaba dos semanas indagando sobre la historia de Luz Leidy Vanegas, desaparecida desde el 1 de enero de 2020. Ella es un símbolo de todas las mujeres desaparecidas en Medellín: por los plantones en su nombre; la creación de una mesa de seguimiento a su caso; la recompensa tardía de 20 millones de pesos, que ahora son 100 millones; un tuit y un pronunciamiento del alcalde; un debate de control político en el Concejo; una alerta de la Gobernación de Antioquia; varias tendencias en Twitter; cientos de carteles con su foto; el apoyo, después de insistir, del movimiento político de mujeres Estamos Listas; un mural con su retrato y el #BuscarlasHastaEncontrarlas en el puente de San Juan con la avenida Ferrocarril. Todavía la seguimos buscando.

    De ahí que la rabia y el dolor despertaron en mí la fuerza necesaria para salir a la calle, tomar un palo cuando era necesario y perseguir a esos hombres que tocaron, que agredieron o que acosaron a nuestras compañeras. Llegando al parque de San Antonio levanté la foto de Luz Leidy. Allí, un grupo de mujeres que me rodeaba comenzó a cantar: “¿Y Luz Leidy dónde está?”. Yesenia Rivera, su hija, no estaba presente durante las arengas; cuando finalizó la movilización, le conté la anécdota y sonrió. La rabia es una causa justa, sentirla también fue una realidad negada para nosotras.
    Quitarme la capucha, sin duda, fue más fácil que ponérmela. Anocheció y hacía frío. Me vestí con mi buzo que dice en letra cursiva: “La revolución será feminista o no será”. Y detrás de unos bambú en el parque de las Luces, de la forma más rápida posible, descubrimos nuestros rostros.

    Respirar. Ponerse el tapabocas. El ambiente era festivo, ya la rabia había detonado, continuaron las arengas y las canciones. Bailamos en círculo. Liberamos la energía que nos quedaba, sudamos unas cervezas y unos cuantos vinos. Rematamos con un licor barato que hacen en un garaje: cocteles de whisky Williams con agua saborizada de maracuyá. Cantamos más. Voces ásperas y forzadas. Cansancio. Nadie se va a enterar. Llegar a casa. El feminismo es una reflexión constante, es militancia, es filosofía, es movimiento, es acción, es libertad. No recuerdo mi vida antes del feminismo, no quiero recordar al feminismo antes de la capucha.

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