Una vida dedicada a las cestas

Carlos Andrés Puerta ha estado desde niño junto al baloncesto. Pasando de ser un jugador de élite a monitor deportivo en la UdeA su vida sigue ligada a las cestas.

 

Carlos, a la derecha, observa a sus alumnos. Cortesía: Carlos Puerta.

Carlos, a la derecha, observa a sus alumnos. Cortesía: Carlos Puerta.

Por: Sergio Castrillón Uribe

Toma menos de cinco segundos dejar su bolso en una columna que sostiene el coliseo deportivo de la Universidad de Antioquia. Sin frenar un solo instante, como si se tratara de una jugada que implica puntos decisivos, se dirige al depósito por el costal lleno de balones que utilizaran sus alumnos. Regresa y por fin Carlos Andrés Puerta frena, junto a la canasta de la placa deportiva al aire libre, para expresar su preocupación por la lluvia que se avecina. Para un hombre que recuerda quien le entregó el primer balón para jugar en la escuela el agua complica toda su labor.

“Cuando era niño yo jugaba futbol hasta que me aburrí de él en la escuela, así que abandoné los deportes. Pero había una profesora, Lilia Urrutia, que le gustaba mucho el baloncesto y un día me prestó un balón. Y me gustó porque no era un deporte con los pies, tenía otros movimientos, otro tipo de jugadas, en fin, era diferente”. Después de ese acercamiento inicial al baloncesto Carlos ingresó a cursos en Comfama donde aprendió los movimientos básicos y las reglas del deporte.

Mientras los estudiantes interesados en el baloncesto formativo lanzan balones comienza a llover. Para Carlos ha sido un problema que las clases se hagan al aire libre porque con la lluvia se hace peligroso jugar. “Cuando llueve a veces nos prestan un espacio dentro del coliseo. Pero no siempre se puede, cuando es imposible toca hacer entrenamiento físico. También pasa que si empieza a llover, justo antes de las cuatro que comienza la práctica, la gente no viene”.

Con las escuelas populares del deporte de Inder Medellín Carlos empezó a afianzarse como jugador de baloncesto y desde los quince años ya participaba en torneos; incluso de carácter nacional. Un año después se encontraba en desarrollo deportivo, una categoría donde se reúnen los mejores jugadores de todas las escuelas populares y se juega en la liga antioqueña de baloncesto. Parecía que todas sus metas se cumplían, sin embargo su desilusión con el juego llegó de la mano del Pony Baloncesto que no pudo jugar por un problema con su edad que le impedía participar.

Recupero su entusiasmo, las ganas de driblar, correr, saltar y encestar. Pero se encontraba ante un momento transcendental de su vida. Se Estaba en once y debía elegir una carrera universitaria. “Yo vivía para jugar, estudiaba, pero le metía mas corazón al  baloncesto que al estudio, para mí la prioridad siempre fue jugar. Qué pasó, a mi me dejaron a cargo un grupo una vez en énfasis deportivo del Inder y me sentí muy a gusto y ahí supe que lo mío era licenciatura en educación física o entrenamiento deportivo”.

Y así fue, en el segundo semestre de 2013 Carlos pasó a licenciatura en educación física en la Universidad de Antioquia. Paradójicamente el final de su ciclo en Inder Medellín coincidió con su entrada a la Alma Mater, por eso a pesar de estar en un ámbito académico, donde sus estudias prevalecen, a principios de 2014 se vinculó al equipo representativo de baloncesto masculino. Las rutinas eran exigentes, salir de entrenamientos para empatar con las clases y los horarios extremos no fueron impedimento para que se adaptara rápidamente al equipo, sin embargo con el pasar del tiempo sintió que no disfrutaba del baloncesto. “Me desmotivé mucho porque era tanto desgaste y exigencia que dejé de disfrutar el baloncesto competitivo y decidí retirarme porque mi futuro académico es una prioridad”.

Carlos se alejó del baloncesto profesional y de alto rendimiento, pero no del recreativo y en junio de 2015 su proyecto de vida se ajustó a su nueva realidad: el entrenador de baloncesto representativo le ofreció la monitoria deportiva, así el otrora jugador pasó a ser profesor de aquellos que buscan formarse en este deporte y porque no, llegar al baloncesto competitivo. “Cuando me ofrecieron la monitoria no lo pensé dos veces, yo estaba trabajando en un ámbito completamente diferente a lo que estoy estudiando, trabajaba en una funeraria y para mí ha sido el cambio más radical de mi vida porque estoy ejerciendo sin haberme graduado”.

Al principio sintió nerviosismo porque son dos grupos permanentes —principiantes y avanzados— de martes a jueves seguidos, lo que implica mayor responsabilidad con la asistencia, la preparación de las clases y su tiempo, pues además de que estudia en las mañanas en la ciudadela Robledo tiene que llegar a las cuatro de la tarde a las placas deportivas de la sede central y quedarse hasta las ocho de la noche. Del futuro sólo espera poderse dedicar a entrenar y enseñar lo que sabe a sus jugadores cuando obtenga su titulo; para Carlos esa sería la mejor forma de recompensar al mismísimo baloncesto que le ha dado tanto.

Por eso es natural que cuando se le pregunte por la magia del baloncesto responda que está ligado a la vida. “Lo que se ve en el baloncesto es muy similar a la vida. Una cesta es un objetivo logrado; un rebote es otra oportunidad; un drible es avanzar; un pase es compartir. De ahí sale la mística de este deporte de equipo: como compartes haces familia”.

La lluvia ha dado tregua y los alumnos de Carlos Andrés Puerta, un joven de veintiún años y el único monitor deportivo de baloncesto formativo masculino,  exigen reanudar la práctica. Para él la confianza no ha sido forzada. Por eso a pesar de lo resbalosa que pueda ser la cancha, así como el camino al éxito profesional, sale sin temor a enseñar y —por supuesto— ha seguir encestando una y otra vez.

 

 

 

 

 

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