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Ni comodidad, ni miedo

En ocasiones, los periodistas buscamos la belleza, la truculencia de las historias o el morbo extremo. Tal vez de esos afanes provenga el periodismo ligero, atrapado en la fugacidad del día a día o en la comodidad de hacer “lo que vende”. Fácilmente perdemos el rumbo de nuestra profesión: buscar la verdad de los hechos y contarla. Por incómoda que sea para los poderes. Mantener ese norte cuesta. Muchos están pagando el precio.

“Váyase de aquí si no quiere que lo ‘pele’, le dijo un desconocido a un reportero de Teleantioquia Noticias. Estaba en el extremo centro occidental de Medellín, en el barrio Los Alcázares de la comuna 13. Ocurrió el domingo 27 de enero último. La advertencia fue contundente: “Si vuelve por aquí, ya sabe lo que le pasa”.

Al otro lado de la ciudad, un día antes, un grupo de hombres les exigió a los equipos periodísticos de RCN, Caracol, Teleantioquia y Telemedellín que apagaran las cámaras y salieran. Ocurrió en el barrio Villa Turbay, en la Comuna 8, hasta donde llegaron los medios para registrar el sepelio de un joven asesinado.

En Montería, dos emisarios del grupo paramilitar ‘Los Urabeños’ visitaron la redacción del periódico Al Día. Pidieron que se rectificara la información según la cual ellos serían los responsables de las amenazas contra dos periodistas de orden público. Y advirtieron: si no rectifican “tomamos medidas”. El coordinador de circulación del mismo periódico y de El Heraldo en Sucre recibió amenazas.

El 29 de enero de 2013, como sucedió con El Espectador en Medellín en tiempos de Pablo Escobar, alguien compró los ejemplares de El Meridiano de Sucre en el municipio de Majagual. Ese alguien no quería que se conociera la denuncia por la utilización de una ambulancia para transportar materiales de construcción.

A las amenazas y el terror se suma una peligrosa tendencia que gana terreno en Colombia contra los periodistas: “empapelarlos”, enredarlos judicialmente desde instancias de los poderes político o económico, y someterlos al desgaste de procesos legales costosos e interminables.

El lunes 4 de febrero, en Bogotá, el periodista Hollman Morris, gerente de Canal Capital, canal público de televisión, respondía en la Procuraduría por la decisión de transmitir el concierto de Paul McCartney el 19 de abril de 2012. Mientras la Procuraduría afirma que hubo falta de estudios y detrimento patrimonial, el Canal arguye que “los estudios de justificación, reflejan oportunidad, necesidad y conveniencia y se basaron en una política pública de inclusión, pluralidad y democracia”. Y ante el presunto detrimento, la defensa de Morris señala que “El ánimo de lucro es propio de la televisión comercial. El tema que está en discusión aquí es la esencia misma de la televisión pública”. Por estos mismos hechos, la Contraloría había exonerado a Morris del cargo de detrimento patrimonial desde el 19 de octubre del 2012.

Vale recordar, también, la condena del Tribunal Superior de Cundinamarca contra el periodista Luis Agustín González, por el delito de injuria, tras cuestionar en un editorial las aspiraciones políticas de Leonor Serrano de Camargo, dirigente gremial de esa región; González recibió cárcel y sanción económica por opinar. Y el anuncio de la Corte Suprema de Justicia, malogrado por fortuna, de entablar una demanda penal contra las columnistas Cecilia Orozco y María Jimena Duzán por calumnia. Y la denuncia que entablaron en marzo de 2012 algunos accionistas de Petro Magdalena contra Héctor Mario Rodríguez, editor general de primerapagina.com por el delito de pánico económico. Y la presencia, siempre incómoda, de grandes conglomerados económicos en el campo periodístico, como Pacific Rubiales que entrega premios de Periodismo y patrocina medios de comunicación en una estrategia de relaciones públicas muy cercana a la búsqueda del silencio cómplice.

El monitoreo de la Fundación para la Libertad de Prensa (FLIP) en Colombia identificó 158 agresiones contra periodistas en el 2012. 29 fueron agresiones físicas y sicológicas y 80 amenazas terminaron en atentados. 31 de esas agresiones provinieron de miembros de la fuerza pública. Dice la FLIP que, de 140 asesinatos de periodistas registrados desde 1977, 59 investigaciones han prescrito; dos de ellas el año pasado. A este panorama se suma que no avanzan las investigaciones por la interceptación ilegal de las líneas telefónicas de periodistas por parte del desaparecido DAS.

Las amenazas y agresiones en ascenso; los asesinatos, en la impunidad y la tipificación de algunos casos contra periodistas como crímenes de lesa humanidad, son razones suficientes para que la Unidad de Atención y Reparación a Víctimas reconozca a los periodistas como población con la cual es pertinente establecer acciones de reparación colectiva.

Por terror o por falta de garantías de seguridad; por presiones o por motivaciones políticas; por asfixia económica o, al contrario, por la inyección de capital; y hasta por la vía judicial. Por todo eso, la censura y el miedo se instalan contra el oficio periodístico. La vida de los periodistas se garantiza a un precio muy alto: el sacrificio del derecho de la sociedad toda a estar informada. La calle, el escenario propio para el ejercicio del periodismo, está vedada para los periodistas. Las salas de redacción no escapan al ojo supervisor de los poderes ilegales y las arbitrariedades de los poderes formales se tornan paisaje, cuando no quedan en el olvido, anestesiadas por el temor.

Con todo, como universidad, estamos en la obligación de trabajar en dos direcciones. Una, mantener viva la oferta de un pregrado en Periodismo. En un espectro muy amplio de propuestas formativas en Comunicación reafirmamos nuestra apuesta. Es el compromiso con la formación de profesionales críticos, comprometidos, creativos. Otra, reconocer, con sentido autocrítico, cuándo perdemos el norte. Reafirmamos nuestra vocación de contar las historias que nos construyen y las que nos desgarran; las historias que retratan a Colombia, aunque incomoden a los poderes que buscan silenciarnos. Lo haremos siempre, con estrategias de investigación novedosas. Buscamos contarlas de manera clara y, por lo mismo, bella; vigilantes, para no ceder  a la tentación de la comodidad y el miedo que conducirían, fatalmente, al territorio de lo insulso.

Una tarea de todos los días.

La imaginación es recurso periodístico (Declaración juramentada de un cronista incierto)

Dos egresados de la Facultad de Comunicaciones de la Universidad de Antioquia protagonizan uno de los encuentros más sonados y recientes en torno a los límites del periodismo narrativo y el papel de la ética periodística.

La columna de Joaquín Botero propició la reacción de defensores y contradictores de José Alejandro Castaño, quien rompió el silencio en su blog Crónicas inciertas.

En aras de la discusión que nos concita, De La Urbe reproduce, con la autorización de los dos autores y de La Silla Vacía, los dos artículos. En el fondo, lo que está puesto en cuestión es el periodismo.

 *** 

Puesto a fabricar talco para pies, con los ingredientes correctos, un químico farmacéutico no produce otra cosa. Si aplica la fórmula, sin importar qué tanto le tallen los zapatos, qué tan infeliz o gozoso se sienta, si lleno o hambriento, sea él un miedoso o un valiente, si es de noche o es de día, el resultado de su esfuerzo es talco para pies. No hay lugar para la perplejidad, para el asombro. Un periodista en cambio, y por suerte, rara vez es capaz de semejante simetría. El lugar de sus tareas suele ser campo al aire libre, a merced del azar, de sus propias capacidades. En su trabajo sí cuentan el hambre, el cansancio, la alegría y la tristeza, los deseos, sus temores, la mala ortografía, el tipo de calzado. Elucubrismo, palabra que no existe, rima con periodismo, oficio sin ciencia.

Finalmente leí tu columna Joaquín, «De Castaño a oscuro», publicada en La Silla Vacía. Mientras te leía proclamándote anónimo, profesional, apóstol de la verdad, te imaginaba de tapabocas, con guantes de enfermería, de bata blanca, disfrazado de científico. Pides que se me reprenda, que se me quiten los títulos de la misma manera en que se hace con un deportista proscrito por doping. Eres un atrevido.

Llevo años oyendo el siseo de los que me acusan de fraude, de inventar las historias de mis crónicas. Casi siempre fue un murmullo anónimo, informe, vago, sin un rostro de frente. No quise responder, hasta ahora. Nunca hice una llamada de reclamo, ni escribí un mensaje de correo, ni una carta, ni una línea si quiera. Me mordí los codos. ¡Es que a tantos les consta lo que no les consta! Afirman con voz segura, enjuician, repiten lo que saben de oídas, y dictan sentencia, imponen condena. La pregunta es: ¿qué gano al desmentir lo que encierra un evidente tufo de rivalidad, de rabia gratis?

Hace dos años, desde aquella publicación de El Malpensante en la que se me acusó de fraude, de inventar viajes, de fabular testimonios, oigo a algunos decir que mi silencio es confirmación de culpabilidad, prueba de que no tengo cómo controvertir. Supongo que me imaginan en un mar de nervios, descubierto en flagrancia, mudo del susto. No es así.

Tu texto, que se pretende lapidario, es más de lo mismo, Joaquín: recuento de rumores, juicios de valor, opiniones de compañeros con los que dejé de trabajar hace doce años, justo al comienzo de mi carrera. Tú me acusas de falsificador pero no aportas pruebas, solo apreciaciones. Yo, lo admito, habría preferido no responder a tu columna, mantenerme mudo, impávido, entelerido. Así llamaban las abuelas a los despistados de la casa, a los ensimismados.

Algunos amigos, entre los que hay editores de revistas y miembros del programa Nuevos Cronistas de Indias, de la Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano, insisten en que esta vez sí diga, que hable, que no me quede callado. Laura y María Alejandra también me pidieron romper el silencio. Ellas me han hecho caer en cuenta de que el mal olor de tus palabras afecta a publicaciones y a personas que quiero y respeto.

Lo primero será admitir que tienes razón, Joaquín: cuando escribo fabulo. Cómo negar algo tan obvio. Pero no lo hago como tú piensas, como algunos creen. Lo supe desde antes de escribir mi primer artículo en la universidad: que la imaginación es recurso periodístico, utensilio narrativo, aparejo más útil que el lápiz, que la libreta de apuntes, que la grabadora, ese trasto sobrevalorado que algunos usan como si fuera sustituto del cerebro, del mismísimo corazón.

Yo supe aquello de una manera intuitiva, igual que el visitante que camina una ciudad por primera vez y sin embargo siente que ya estuvo allí antes, entonces se aventura por las calles sin un mapa, sin más compañía que la curiosidad. Uno de mis primeros textos en El Colombiano fue sobre un conflicto electoral en un pueblo aurífero a orillas del río Magdalena. Yo todavía era un estudiante en práctica. Escribí una crónica imaginada.

Tras el recuento de votos, dos candidatos al concejo municipal obtuvieron la misma cantidad de sufragios. Aquello amenazó con iniciar una revuelta entre los miembros de las dos campañas enfrentadas. Pocas cosas llegan a ser más azarosas que las ilusiones de redención personal tras el triunfo de un candidato: los patrocinadores esperan contratos millonarios, los miembros de su ejército de hormigas esperan trabajos bien remunerados, los barrios de donde provienen las votaciones más altas esperan aceras, parques, postes de luz, alcantarillados al fin. Es tan común y corriente ese mundo bursátil con que suele tranzarse el fervor ciudadano que lo entendemos como normal. Asustadas, las autoridades del pueblo extendieron el toque de queda aquella noche y los candidatos acordaron reunirse a primera hora del día siguiente en la oficina de la Registraduría.

Para esos casos, la ley establece como único recurso de desempate un juego de azar: meter dos papelitos con los nombres de los aspirantes en una bolsa y sacar un ganador, igual que si la rifa fuera de un pastel recién horneado. Las campañas aprobaron el procedimiento pero no lograron ponerse de acuerdo sobre quién sería el que metería la mano en la bolsa. El registrador se excusó, dijo que prefería no sentenciar la buena suerte de unos y la mala suerte de otros. Propusieron que fuera el alcalde, pero resultó que era del mismo partido político de uno de los candidatos; entonces que el director del hospital, pero tampoco pudieron ponerse de acuerdo porque le había atendido ya dos partos a la esposa de uno de ellos; entonces que el comandante de la Policía, pero recordaron que ese diciembre una de las campañas les había regalado una ternera a los policías para la cena de navidad. Es lo que recuerdo ahora, a tantos años de distancia.

A la una de la tarde, los candidatos no habían logrado ponerse de acuerdo sobre quién metería la mano en la bolsa y la oficina de la Registraduría se fue convirtiendo en una gallera por culpa de los espontáneos que, afuera, recibían billetes de quienes apostaban a favor de uno o de otro. Pueblo aurífero. Les dio la noche en esas. Que el profesor de la escuela, que el boticario de la farmacia, que el administrador de los billares, que el conductor de tal bus que era testigo de Jehová, que el dueño de la carnicería, que un niño ciego de la escuela, todos resultaban impedidos por algún tipo de proximidad indeseable, de parentesco hasta entonces inadvertido.

Ahora se me ocurre que tal vez, de haber estado un circo de visita por aquellas lejuras, habrían podido invocar la intercesión de una mujer de goma, de un enano en zancos, de algún burro bilingüe. Pero sí ocurrió un prodigio. En el tumulto de voces un hombre recordó que esa misma mañana había llegado al pueblo un nuevo sacerdote, el padre Arcángel. Así se llamaba. A él fueron a pedirle ayuda.

Una hora más tarde, con el papelito entre los dedos, observado por los rostros deformados de tanto calor, el silencio apretujado entre el aire sucio, el viento del río sin resquicios por donde entrar, el sudor ardiendo en los ojos, el padre Arcángel, enviado de Dios, dudó, tragó saliva, giró un poco la cabeza, acercó el papel, lo alejó, y al fin, con voz de ceremonia, proclamó el nombre escogido por la divina providencia. Todo lo demás fue algarabía. No recuerdo cuántas llamadas hice al pueblo. Al alcalde, a los candidatos, al comandante de la Policía, a los apostadores. Habrán sido nueve, diez, quince llamadas. Tantas para imaginar lo que nunca vi.

Por culpa de artículos como ese, que despertaban admiración en unos pocos compañeros e inquietud y dudas en tantos otros, El Colombiano decidió extenderme un contrato a término indefinido. Estuve allí casi cinco años, entre finales el 1997 y comienzos de 2002. Aquella época está llena de malos textos, artículos de practicante, sujeto apurado, disperso, sin duda con más atrevimiento que talento. Cabeza dura, eso también. Enamorado de Laura, entonces de cuatro años, y de María Alejandra, de dos.

Esto lo hacía todas las noches: me llevaba a mi casa los artículos que iban a aparecer en la edición del otro día para leérselos a ellas como si fueran cuentos. Uno de mis errores más frecuentes de esa primera época consistía en querer hacer una crónica con cada noticia. Aprendiz desvergonzado. Un día decidí que ya no necesitaba usar comillas. Descubrí que aquello era recurso innecesario, y también una intención fallida. Se usan las comillas para hacer creer que hay un otro que habla, y el que escribe lo certifica. Pero pocas veces semejante presunción de fidelidad resulta cierta porque quien transcribe una declaración la edita, y para ello omite y también reescribe, conjuga, pone artículos, corrige pronombres, busca concordancias de número, de género. Supuse entonces, y lo sigo creyendo todavía, que sólo se pone entre comillas las frases célebres, los giros del ingenio, las palabras memorables, todo lo demás debería escribirse de corrido, con verbos atributivos sin más señas.

Hay libros del periodismo nacional, algunos de los más celebrados y vendidos, libros que yo también leí en la universidad y acrecentaron en mí la idea feliz de hacerme cronista, que son eso: testimonios de páginas enteras entre comillas. No son, por supuesto, citas textuales, aunque eso sugieran. Está claro en ellos la mano entrometida del escritor que pone, que quita, que orienta un ritmo necesario, que hace legible el relato, que acentúa una atmósfera, que deja abiertas preguntas que otros personajes resuelven con una coincidencia sorprendente. Si hasta parece que estuvieran conversando en la misma habitación cuando, en realidad, los separan miles de kilómetros y años de distancia. Y en ocasiones esas declaraciones son de personas muertas que nos hablan desde el más allá.

Poner entre comillas párrafos enteros es alarde de una fidelidad imposible. Ni siquiera el periodismo televisivo, que exhibe sus hallazgos en vivo y en directo, logra contar textualmente. Porque la televisión, claro está, también omite, edita, zurce, construye escenarios, imprime sus puntos de vista, hace énfasis, matiza, vende. A veces todo lo que se logra son aproximaciones, igual que en el sorteo de las loterías. Fue lo que hice ese día del 2002 cuando el Independiente Medellín quedó campeón tras 45 años de no serlo. Pero me equivoqué. Y puse entre comillas lo que debí contar sin miedo, sin pretensiones de exactitud. Bobo fui.

“¡Los queremos muchachos, gracias por limpiarnos el alma y darnos alegría! -vociferaban cinco prostitutas en las afueras de la iglesia de La Veracruz, y aplaudían y tiraban besos, y reían y bailaban”. Sí: eso suena tan almidonado, tan irreal. Yo vi a esas putas riéndose tras el paso de los jugadores subidos en el carro más grande de los bomberos, un camión escalera. Saltaban ellas, hinchas del Medellín campeón. Y recuerdo el sol, en todo lo alto, derritiéndoles los rastros de colorete. Yo no inventé nada ese día, Joaquín. Tampoco los milagros que pones en duda en tu diatriba, diez años después. ¿Cuál es tu prueba en contra?

Es verdad: la emoción puso de pie a un parapléjico -supongo que ponerse de pie no es lo mismo que caminar-. Y un asmático se curó. Y un postrado dejó la cama. Y una pareja cayó de un balcón sobre un vendedor ambulante y los tres se pararon ilesos –no habrá sido de un quinto piso-. Todo eso me lo contaron la misma noche del campeonato vecinos de Moravia, de Villa Hermosa, de La Floresta, de Castilla, de La Toma, barrios a donde fui a recoger testimonios. Eran declaraciones a los gritos, entre abrazos, llanto, lluvia de maicena, ruido de pólvora. Y hubo fotos de algunos de los que hablaban, claro que las hubo.

¿Querías ver al parapléjico con la camiseta del Medellín parado sobre su silla de ruedas? Yo también, pero en la barahúnda no hubo tiempo para nada más. ¿Te ha pasado que todo lo que tienes a veces es la versión de quienes te cuentan una historia? Yo estoy seguro de que esa noche prodigiosa ocurrieron más milagros, solo que yo no tuve tiempo ni recursos para contarlos, para ir tras ellos. Claro: ese que escribía entonces era un cronista en formación, un alumno a toda prisa, un sujeto torpe. Lo admito sin atenuantes: aquel fue otro texto fabulado, la narración de un título que parecía imposible.

Entre los rumores en mi contra oí este: que una vez, sorprendido en una mentira, fui echado de El Colombiano. En su molestia contra mí, El Malpensante repitió ese disparate. Los recuerdos de mi último día en ese periódico son distintos. Una tarde de amigos con torta y helado, en compañía de Linamaría, de Laura, de María Alejandra, brindis con vino y un discurso de Carlos Alberto Giraldo, de quien tengo tantas cosas qué agradecer. Fueron unas palabras emotivas, elogiosas, venturosas en sus deseos. Esta es tu casa, vuelve cuando quieras, me dijo Ana Mercedes Gómez, la directora, y hubo aplausos, abrazos y besos. No fue la despedida de un forajido.

En cambio la vez que sí estuve a punto de que me echaran fue por un texto cuya verdad se me pidió no publicar de inmediato. Una tarde recibí la llamada de una prostituta de Remedios, en el nordeste de Antioquia. Ella se llamaba Gloria, pero le decían Candelaria. Me dijo que los policías habían cavado una mina de oro dentro de la estación, un túnel vertical de 15 metros de profundidad. Una de las tareas más rutinarias de los policías en los pueblos auríferos consiste en evitar que la gente cave túneles en sus viviendas. En Remedios, en Segovia, en Zaragoza, hay barrios enteros cuyas casas se desplomaron por culpa del efecto dominó que originó la excavación de una familia en su propia cocina. De manera que la historia de un socavón minero en la estación de Policía era una promesa dorada.

Los que me vieron entrar al pueblo, con cámara fotográfica, vestido con el chaleco de prensa de El Colombiano, dieron por cierto lo que, hasta entonces, era un rumor sin confirmar. ¿Viene por lo de la mina policíaca?, me preguntó el conductor del campero que me recogió en el aeropuerto. Tan pronto se enteraron de mi llegada, los agentes me mandaron una razón con un vendedor de copitos de nieve: que me fuera, que a la estación solo entraba si iba preso, y ni así vería nada. Tuve suerte. Al otro día llegó un ingeniero de la Secretaría de Minas del Departamento para verificar los rumores y en la Alcaldía se conformó una comisión de notables. El hoyo resultó una garganta oscura de un metro y medio de diámetro y más de 20 metros de profundidad, lo mismo que un sótano de 10 pisos. Los únicos que nos atrevimos a bajar a ese infierno fuimos el ingeniero de minas de la Gobernación y yo. Primero él, luego yo, en ese orden. Si me meto primero, pensé, tal vez no me vuelven a sacar.

Es que la única manera de descender era sentados sobre una tabla amarrada a un lazo y sostenida desde un malacate que giraban los mismos policías sudorosos, con miedo de que los despidieran, molestos con la intromisión de un periodista, justo un periodista. Su coartada para la excavación fue un permiso del Ministerio de Defensa en el que les autorizaban construir una trinchera para que se resguardaran en caso de un ataque guerrillero. Las especificaciones estaban escritas en un papel con sellos oficiales y se advertía que la profundidad máxima era de 140 centímetros. Los policías habrán hecho mal las cuentas, o las hicieron bien.

Hay tanto oro en los pueblos del Nordeste que la gente roba la tierra de los caminos para procesarla con mercurio y extraer dinero. Los drogadictos excavan los separadores de las aceras y barren el polvo de las calles. En el basurero municipal de Segovia encontré dos familias que extraían metal de entre los desechos de papeles, cáscaras de frutas y verduras, botellas de licor. ¿Cuánto oro sacaron los policías de la tierra de un hoyo semejante? No lo sé, y no voy a respondérselo, aquí no pasó nada, fueron las palabras en susurro que me dijo el ingeniero en el fondo del pozo oscuro, ambos empapados de sudor, mirando arriba, al cielo de ese infierno, las cabezas diminutas de los policías armados con sus fusiles.

Cuando regresé al periódico, dos días después, uno de los asesores editoriales, Alberto Velásquez Martínez, me pidió llamar al comandante de la Policía Antioquia, un coronel de apellido Carrillo. Le había prometido que la historia solo saldría después de que yo conversara con él. Al parecer, el oficial pensó que si evitaba hablar conmigo no habría publicación. Se equivocó. Después de insistir diez horas para que me diera una entrevista, convencí al editor del periódico para que publicara la historia. Al otro día, con todo el revuelo que provocó el escrito, fui acusado de incumplir una orden superior y de atentar contra el buen nombre de la Policía. Faltó poco para que perdiera mi trabajo, pero el mismo Alberto Velásquez Martínez, un hombre rodeado de Quijotes en su oficina, esculturas, dibujos, libros, terminó mediando a mi favor.

Es curioso. Esas mismas historias que algunos han calificado de mentirosas, las he visto después en programas de televisión, en revistas, en otros periódicos. La historia de los hipopótamos fugados de la hacienda Nápoles, por ejemplo. Yo fui el primero en hablar de ellos. Escribí una crónica de domingo para El Tiempo. ¿A dónde van dos hipopótamos tristes? Fue el título de aquella historia inverosímil. Al parecer eran dos machos que se metieron al río Magdalena a buscar aguas abajo las hembras que no iban a encontrar. Las autoridades conformaron un Bloque de Búsqueda para cazarlos, el mismo nombre del grupo de policías que, con el apoyo logístico y económico de los carteles de la droga, persiguió a Pablo Escobar hasta matarlo. Recibí mensajes anónimos de burla, acusaciones de fraude, comentarios en voz baja. Pero los hechos posteriores fueron aun más increíbles.

Yo estaba en Barcelona, razón por la que no pude contar el final de aquella historia como hubiera querido: los animales fugados resultaron ser un macho y una hembra en embarazo. Habían huido para formar una familia pero fueron alcanzados por el Bloque de Búsqueda un par de meses después. El macho resultó muerto. Vi su cadáver rodeado por los soldados que lo fusilaron, trofeo idéntico al del capo que ordenó traerlo a él y a sus hermanos desde África, de las planicies de Kenia junto con cebras, antílopes, avestruces, una jirafa.

En Cali, trabajando para El País, conté la historia de un ancianato para leones jubilados. Te sorprenderías de las muchas veces que se repitió esa imagen en todas partes: la escena de la dueña del hostal de fieras besando a un león en la boca, abrazada por sus garras enormes. Hasta tú la habrás visto.

Un día encontré en el parque San Fernando de Cali a un aviador del ejército alemán, testigo de la caída de Berlín al final de la Segunda Guerra Mundial. Vivía en un edificio de familias judías, en la avenida Sexta, y algunos de sus vecinos eran sobrevivientes del holocausto, hijos y nietos de hombres y mujeres muertos en los campos de concentración nazi. En las tardes se reunían en su apartamento para tomar café y comer panecillos y oírlo a él tocar el piano. Melodías de Mendelssohn, Chopin, Beethoven, Strauss. Todos habían nacido en Transilvania, en el centro de Rumania. ¿Cómo es que llegaron a encontrarse ya viejos en un lugar tan lejano, al sur de Colombia? Cuando hablé con él era un joven de 83 años, lúcido conversador en más de seis idiomas, español, alemán, francés, inglés, rumano, italiano, portugués. Conté su historia en El País.

También en Cali descubrí una empresa funeraria cuyos coches eran los que el Servicio de Inteligencia de Estados Unidos le donó a la Presidencia de Colombia para que se transportaran los Jueces sin Rostro, esos magistrados que llevaban procesos contra los capos más peligrosos del cartel de Medellín. Muchos años después, el dueño de la funeraria los había comprado a precio de ocasión y ordenó desmontar el pesado revestimiento de acero y vidrios blindados, restauró las latas podridas, cambió los tapetes, retiró las sillas de atrás, justo donde viajaban los jueces, y dispuso un sistema de rodillos para deslizar los féretros sin esfuerzo.

En El Heraldo publiqué la crónica de un pueblo en las montañas de Becerril llamado Estados Unidos. El gentilicio de sus habitantes era simple y lapidario. Ellos mismos lo repetían con orgullo: gringos. Y vivían al lado de otros dos caseríos: Canadá y Argentina. No me molesta darme de bruces con lo increíble. No le temo a esas crónicas inverosímiles. Y la verdad es que, lo admito, disfruto las caras de asombro de quienes me tildan de mentiroso embutidos atrás de sus escritorios de toda la vida, las barrigas enormes, los ojos adormilados, las palabras duras, malgeniados ellos, enfermos de tedio.

En tu diatriba citas a un ex compañero de El Colombiano que dice recordar Las Cuevas de Barrio Triste de manera muy distinta a como yo las describí. ¿Se supone, Joaquín, que eso prueba qué? Yo estuve en ese antro de droga y prostitución disfrazado de mendigo, acompañado de un indigente, ingeniero de petróleos de la Universidad Nacional, a quien apodaban Mickey Mouse. Fue una inmersión de cuatro horas. El periódico El Colombiano elogió el texto, lo respaldó en una nota editorial, me felicitó en público. Y exigió una respuesta de la Alcaldía. Esa crónica, en efecto, produjo una enorme movilización de opinión, fue el inicio de un debate de control político en el Concejo y motivó el más grande operativo policial que se haya hecho en el Centro de la ciudad contra los antros de vicio.

Las Cuevas eran un lugar peligroso. A sus muertos los desmembraban para poder arrojarlos al río Medellín escondidos en costales. Hasta 400 personas, muchos de ellos niños, podían alojarse en su geografía de túneles y pasadizos en las horas de más movimiento. Yo conté mi experiencia en esa crónica de dos páginas por la que, meses después, fui finalista del Premio Internacional de Periodismo Kurt Schork, de la Universidad Columbia de Nueva York. No fue un logro aquel trabajo. Fue más bien una derrota dolorosa.

Tras la publicación, el alcalde de la época, Luis Pérez Gutiérrez, ordenó un operativo policial contra Las Cuevas y sus habitantes fueron desalojados con chorros de agua, gases lacrimógenos y golpes de macana sin que mediara ningún esfuerzo por reconocerles los derechos que tenían. En cambio, los expendedores de droga siguieron tal cual, y siguen, en Barrio Triste, a mil y tantos pasos del centro administrativo de La Alpujarra, donde los políticos recitan discursos de memoria sobre la inclusión, la equidad de género, la lucha contra la corrupción, la protección de la niñez, la transparencia de los policías motorizados que patrullan las calles, esas cosas. Mientras tanto, las esquinas del Centro pertenecen a las bandas criminales y en el río Medellín siguen apareciendo cuerpos de indigentes mutilados.

Yo decidí volver a las calles a oír las voces entre la muchedumbre de niños, de viejos, de jóvenes, de mujeres embarazadas drogándose a la intemperie en la Avenida Regional. Aquel fue el origen de un librito que escribí en las madrugadas, en El Colombiano, a escondidas de mis jefes y que, aunque testimonial, no se pretendía periodístico. En sus páginas hay poemas que recuerdan los muros de Las Cuevas derruidas, las voces de sus habitantes escritas en las paredes sucias, sobre rastros de sangre y mugre, electrocardiogramas de corazones alucinados:

Vagina es la Santa más popular,

la Beata con más fieles en el mundo.

Ante ella se inclinan reyes,

ricos y mendigos.

Hombres sabios y brutos,

honestos y rateros la veneran,

la besan,

la acarician,

lo dejan todo por ir tras ella.

Y aunque Santa Vagina no es grande,

apenas una enana de rostro deforme,

le caben joyas,

dinero,

poder,

propiedades,

palacios,

carros,

barcos,

naciones enteras.

Ese es su milagro:

se traga todo.

Estando en El Colombiano, siendo un aprendiz del oficio, hice parte del equipo de trabajo que obtuvo el premio Rey de España y gané también el premio Casa de Las Américas, en Cuba, con ese libro sobre Las Cuevas que titulé La isla de Morgan y que luego editó la Universidad de Antioquia con un prólogo maravilloso de Juan José Hoyos. El reconocimiento de ese libro fue literario, no periodístico. Hace un par de años, Cristóbal Peláez, director del Matacandelas, me propuso hacer una versión teatral de La isla de Morgan y entonces le cedí los derechos a él y a su grupo del carajo, sujetos prodigiosos. Quién sabe qué llegue a pasar.

Yo creo que lo mejor que tienen los premios de periodismo y de literatura es que te dan dinero, un dinero que nunca sobra en este oficio. Mi papá tenía una frase para los reconocimientos: decía que son como el perfume: para untarse pero no para tomarse. Eso hago yo, y no tengo un solo pergamino o foto o estatuilla de premio alguno exhibida, puesta ante los ojos de los demás. Esas cosas la tengo guardadas con papeles y fotos viejas arriba en zarzos y debajo de las camas. Pero será justo que ahora, aludido por tus palabras sucias, mencione que también en El País hice parte de un equipo de trabajo que mereció un Premio Nacional de Periodismo Simón Bolívar. Lo mismo ocurrió cuando trabajé en El Tiempo, donde conté el drama de las víctimas de los ejércitos paramilitares a través de las manos de una recuperadora de huesos de la Fiscalía, una mujer con la que me metí a fosas de cadáveres sin nombre, al sur, en La Hormiga, en las selvas del Putumayo.

Mi primer Premio Simón Bolívar lo obtuve con la revista Gatopardo. Fue una crónica con fotos de Henry Agudelo sobre los policías cazadores de mulas en los aeropuertos. ¿Cómo es posible que, con tanta exposición, mis “manías de mentiroso compulsivo” no hayan sido descubiertas, Joaquín, y por el contrario hayan obtenido premios y reconocimiento?

Pecas de ingenuo cuando me acusas de no haber ido a la tragedia de Amagá y escribir como si nada la crónica de los mineros muertos. Creo que te apuraste con el siseo de voces y el mentiroso resultas ser tú. Dices que hablaste con un par de periodistas y que ninguno me vio allá como corresponsal de Semana, ¿esa es tu prueba?

Yo en cambio puedo decirte que hablé con el párroco de la iglesia de Amagá, y con otros cuatro sacerdotes que llegaron de los pueblos vecinos para atender la mortandad de tantos hombres, 73 al final, según el censo de las autoridades. Y hablé con la directora del ancianato, donde descubrí a un sobreviviente de otra vieja tragedia de 77 mineros en esas mismas montañas horadadas por túneles al infierno. Y hablé con la Secretaria de Gobierno del Municipio. Y hablé con el comunicador de la Alcaldía de Amagá, ahora presidente de una cooperativa de periodistas. Y hablé con uno de los enviados de El Colombiano y con el conductor del periódico, con quien me reí recordando andanzas juntos. Y, por supuesto, hablé con los papás, y con las mamás, y con las esposas, y con los hijos de los mineros sepultados. Y hablé con el gerente de una de las funerarias que se quedó sin ataúdes y debió mandar por féretros a los pueblos vecinos. Y hablé con las autoridades de Ingeominas. Y hablé con las palomas del parque y con la estatua de Simón Bolívar, cuya espada fotografié rota y oxidada. Y hablé con un par de perros callejeros que me dijeron que eran de los mineros muertos, pero aquello no lo comprobé y entonces, más curtido en el oficio, omití su relato.

Me obligas a responderte a ti lo que nunca le respondí a El Malpensante. Ellos también hablaron de «fundadas sospechas». Me acusaron de haber incumplido la entrega de unas crónicas luego de un largo recorrido que hice por Venezuela, Perú, Bolivia, Colombia, Panamá y Ecuador. Dijeron que los engañé con material ya publicado, también que inventé un viaje, o parte de él. Eso dijeron. Y que estuve preso en Venezuela varios días. ¿De dónde habrán sacado eso? Se excedieron, sin duda, ofuscados conmigo, impotentes por culpa de mi incapacidad, de mi torpeza sin atenuantes. Yo fui un imbécil que colmó su paciencia. Por eso, cuando apareció aquel texto en febrero de 2011, guardé silencio. Ni siquiera terminé de leer el edicto completo de sus acusaciones. No fui capaz.

Siento admiración y respeto por las personas de esa revista y sé que el proyecto en el que nos embarcamos juntos era su apuesta más ambiciosa. También lo era para mí. Y les fallé. Me fallé. Pero no en la forma en que ellos lo expusieron. Por ejemplo: la historia de un partido de fútbol en el desierto de la Alta Guajira entre policías colombianos y venezolanos que apareció publicada en SoHo y que propuse como parte de mis crónicas sobre la independencia no fue ningún intento de engaño. Fue un recurso adrede: aprovechar un material que era mío, de nadie más, y que no había circulado en España, que podía hacer parte de un todo en el que, por supuesto, lo demás era inédito, producto de los viajes que sí sufragaron Casa América de Cataluña y El Malpensante. Aquello iba a ser valorado en el proceso de edición, como ocurre con cualquier ejercicio de escritura, pero terminó gritado en público sin que mediara ninguna discusión.

Mario Jursich hizo lo que estuvo en sus manos, lo sé. Fue diligente, generoso, siempre se mostró contento y dispuesto. Yo lo eché a perder. Pero eso no justifica sus acusaciones de falsedad. La verdad que nadie puede controvertir es esta: jamás he inventado un viaje. ¿Para qué? Por suerte todos mis recorridos, dentro y fuera del país, están documentados en fotos, entrevistas, testimonios. No tengo temor. Nada qué ocultar.

En tu diatriba, Joaquín, mencionas mi paso por El Mundo, y relatas el episodio de un especial sobre las barras bravas. En ese trabajo participaron cinco periodistas más, ¿por qué te conformaste con la opinión de uno solo de ellos? Aquel fue un texto que yo corregí como editor, un par de semanas después de haber llegado al periódico. La jefa de contenidos, Luz María Tobón, no solo estuvo de acuerdo con mi trabajo sino que lo respaldó y lo celebró. Era, dijo entonces, un ejemplo de lo que debería seguir haciéndose. Fueron sus palabras. Por supuesto que cada afirmación de ese especial estuvo sustentada en un documento de la Policía Metropolitana, cuya copia también recibió la Personería Municipal y el Instituto de Deportes y Recreación de Medellín.

Durante el tiempo que estuve en ese periódico les propuse a mis periodistas una cátedra diaria sobre la imaginación como recurso periodístico, el asombro como método de trabajo, los reté a no escribir entre comillas, les dije que ya no usaran verbos en pasado y los animé a leer y a leer y a caminar y a caminar y mientras todo eso les lanzaba por los aires grapadoras, zapatos, sus propios celulares, el directorio telefónico, llamados de atención. E hicimos paseos y entrevistas en grupo, y escribimos textos a seis, ocho, diez, doce manos. ¿Por qué omitiste sus valoraciones?, ¿justamente del grupo de profesionales con los que me vi todos los días durante doce meses? Varios de ellos, estudiantes recién graduados, obtuvieron premios y distinciones nacionales por trabajos periodísticos que sí hicieron conmigo. ¿Oíste algo de eso?

Mencionas un texto que fue retirado de la edición por contenido falso, el de un sacerdote en el barrio San Benito. La verdad que no quisiste averiguar es que ese texto no lo escribí yo. Fue una periodista cuyo nombre tú conoces. Bastaba hablar con ella. Su versión de lo ocurrido es, en todo caso, muy distinta. La explicación que le dieron por el retiro del texto nunca fue por falsedad. No es cierto que en ese periódico me hayan rechazado artículos a último momento. Yo no escribí crónicas para El Mundo. El único texto que publiqué apareció con mi nombre, por decisión de la dirección: un especial sobre el aniversario del asesinato de Guillermo Gaviria y Gilberto Echeverri.

No te lo habrán dicho: estando en El Mundo fui docente de su programa de prensa escuela y participé en la formación de sus promotores de lectura. Entonces también era asesor pedagógico de un proyecto de convivencia con desmovilizados y víctimas del conflicto armado, tarea que me ocupaba los fines de semana. Sin embargo, con frecuencia, se me pidió encargarme de la edición general del periódico en turnos de domingo. Era una solicitud siempre insistente, espontánea, de buenos amigos. ¿Confiarían esas tareas a un ladronzuelo del que temían que manipulara, mintiera, se excediera?

Hace un par de meses, ese periódico me entrevistó a propósito del lanzamiento de Cierra los ojos, princesa. Fue después de mi salida del diario. La publicación ocupó dos páginas, un reconocimiento desconcertante para un periodista tenido por indeseable.

Yo lamento que no hagas parte del libro que mencionas, la Antología de crónica latinoamericana actual, que compiló Darío Jaramillo para Alfaguara y que reúne lo mejor del género en lengua española. Yo no llamo pidiendo atención, no escribo correos, no contesto el teléfono. Buena parte de mis errores más estúpidos se originaron en esa incapacidad para responder a tiempo, para explicar. La cárcel del amor, que Darío decidió incluir en su antología, es otro de mis textos imaginados.

La primera versión la publiqué en El Tiempo, otro domingo cualquiera, con fotos a color. Ana María Escobar, entonces jefe de prensa del Instituto Nacional Penitenciario, fue testigo de cada foto, de cada entrevista que hice con los reclusos y con sus novias, presas de la pasión. Un texto siguiente apareció en Etiqueta Negra, donde publiqué tantas crónicas, una revista portentosa que, como sabes, verifica los textos de sus autores. Yo fui su corresponsal en Colombia por generosidad de Julio Villanueva Chang, el mejor editor de crónica en lengua española.

La cárcel del amor acaba de ser traducida el alemán y publicada en Suiza. ¿Quieres el correo de mi editor en Berna para que lo adviertas de algún fraude?, ¿qué sabes tú que él ya no sepa? Lo que tú en cambio no sabes, y seguro tampoco los que me acusan tan orondos, es que nunca he tenido que rectificar, retractar o corregir alguno de mis textos, ni en su totalidad ni en parte. Nunca.

Soy un hombre agradecido. Algunas de mis crónicas han sido traducidas al inglés, al francés, al portugués, al japonés. No voy a detenerme ahora, claro está. La última de las habladurías surgió con Cierra los ojos, princesa, una novela publicada por Ícono hace unos meses. Algunos me acusan de haberle robado ese libro a una ex novia. ¿Tienen idea de qué hablan?, ¿qué significa robar un libro?

“… un día le escribió un poema al número dos. Decía que tenía dos aretes, dos huequitos en la nariz, dos oídos, dos pulmones, dos riñones, dos ojos, dos ovarios no sé de dónde sacó eso de los ovarios porque estaba muy chiquita; dos rodillas, dos manos, dos pies, dos lados, pecho y espalda, dos teticas, que el amor nunca es tres, nunca cuatro, nunca cinco, nunca diez. El amor es dos. Así terminaba el poema. Puede parecer tierna, es verdad doctora, pero cuando se enoja, esa niña es otra cosa. Se multiplica”.

(Fragmento de Cierra los ojos, princesa)

Ni una sola línea de esa novela ni de ninguna de mis crónicas, de mis relatos, de mis cuentos, de mis libros, pertenece a alguien que no sea yo.

Ahora mismo estoy avanzando en una nueva novela, y estoy terminando un cuento para niños, y sigo recogiendo historias sobre el alzhéimer para un libro que tal vez se llamará Papá no me olvides, y estoy reuniendo la correspondencia de mis hijas, la de sus primeros años, sus voces en cartas, en tarjetas de navidad, en cuadernos del colegio, en grabaciones de paseos. Les propuse hacer un libro entre los tres, una historia a seis manos de nuestra crónica más íntima. Y por iniciativa de Fernando Gaitán estoy convirtiendo en guion televisivo algunos de mis textos. Me declaro afortunado.

No necesito de tu reconocimiento para seguir adelante, para persistir en lo que amo y gozo. Tú me acusas de algo muy grave e incurres es un comportamiento punible. Y pretendes hacerlo con la alegría de un repartidor de pizza, destruir mi honra, no solo ante los lectores de mis textos sino también ante mi familia. Lamento tu ligereza, tu bravura.

Intenté publicar esta carta en La Silla Vacía pero a Juanita León, su directora, le pareció extensa e imprecisa. Ella me pidió concretar mis objeciones y exigir una rectificación. La reconozco como una periodista seria y creo que la anima el mejor criterio. Pero no creo ser capaz de complacerla. No quise. Si hasta ahora nunca hablé sobre los salivazos hediondos no iba a hacerlo en una enumeración de asuntos del uno al diez. Lo siento. Será incapacidad de cronista. Otra más.

Lo que debes saber es esto, Joaquín: les hice caso a mis amigos. Ahora estarás obligado a ir ante un juez a probar tus afirmaciones en mi contra. Cada una, como corresponde. Semejante anuncio no me hace feliz. Me preocupa. Sé que una batalla jurídica quita tiempo, roba energías, cuesta dinero, qué pereza. Pero me siento obligado. No sólo por mí, también por mi familia, por mis hijas, por los amigos que me quieren, que me creen. Se sabe que este es oficio de egos al acecho, de envidias rapaces, siseo de voces venenosas, rabias porque sí. No tengo miedo, no tanto.

Vuelvo a mi escritura. Es lo que más gozo. Yo no soy químico de nada. Científico. Matemático. Doctor del periodismo. Tú lo serás. Lo serán otros. Yo soy escritor, cronista incierto. ¡Eso! Cronista incierto. No quiero ser otra cosa mientras viva.

De Castaño a oscuro

A finales de octubre del año pasado llegó a De La Urbe y a otros medios de comunicación el artículo De Castaño a oscuro, de Joaquín Botero, egresado de la Facultad de Comunicaciones de la Universidad de Antioquia, en el que enunciaba y denunciaba varias “licencias periodísticas” de su colega José Alejandro Castaño como cronista en diferentes medios del país.

Su publicación se discutió en nuestro Consejo de Redacción. Finalmente no se hizo porque, a juicio de  integrantes del equipo, hacía falta la otra versión, la del implicado, sin la cual la publicación de la columna podría tomarse por un ataque personal. Tras un proceso editorial que matizó la versión original, el 13 de noviembre salió publicada en La Silla Vacía.

El 21 de diciembre, Castaño respondió en su blog, con un artículo titulado La imaginación es recurso periodístico, claro está (Declaración juramentada de un cronista incierto). En aras de la discusión que nos concita, De La Urbe reproduce, con la autorización de los dos autores y de La Silla Vacía, los dos artículos. En el fondo, lo que está puesto en cuestión es el periodismo.

***

José Alejandro Castaño empezó su carrera como periodista en El Colombiano a fines de los noventa. Su último trabajo de planta en un medio fue en El Mundo de Medellín este año. Recientemente publicó una novela sobre Pablo Escobar y su familia. Castaño ganó premios de periodismo en Colombia, España, Cuba y se convirtió en una celebridad entre los reporteros. Compartió foros con otros escritores-celebridades. Fue una autoridad en el tema de la no ficción en Iberoamérica. Pero la mala reputación entre sus colegas empezó a crecer, se decía que inventaba fuentes y hechos, y a pesar de eso los medios seguían publicando sus crónicas. Esta es la historia.

Años atrás

Cuando el Independiente Medellín quedó campeón en 2002 tras 45 años de sequía, al otro día hubo una caravana de recibimiento. “¡Los queremos muchachos, gracias por limpiarnos el alma y darnos alegría! -vociferaban cinco prostitutas en las afueras de la iglesia de La Veracruz, y aplaudían y tiraban besos, y reían y bailaban. El sol, en todo lo alto, les derretía los rastros de pintura y les alargaba las sonrisas”, escribió Castaño. Dos reporteros que iban en el mismo vehículo que Castaño me dijeron diez años después que quedaron con la boca abierta al leer la crónica que describía un cuadro que no existió.

La nota de Castaño del día anterior, o sea un día después del triunfo del DIM, describe siete milagros que se registraron en la ciudad aquel domingo inolvidable en Medellín. Dice “según pudo comprobar El Colombiano”, un parapléjico se paró de la silla de ruedas, un asmático se curó, un postrado dejó la cama, una pareja cayó de un balcón sobre un vendedor ambulante y los tres se pararon ilesos. Hay nombres y apellidos. Pero no hay fotos, no se dice la ubicación de los milagros, ni cómo el periodista encontró tales exclusivas. Al parecer tampoco la cadena de mando de editores encontró necesario confirmar alguno de los fenómenos.

Pasaron los años y Castaño transitó por El País, El Tiempo, El Heraldo, y Semana. Publicó largas crónicas en medios como SoHo, El Malpensante, Etiqueta Negra, Gatopardo y Letras Libres, entre otros.

En junio de 2010 escribió para Semana una crónica sobre la tragedia minera en Amagá. Pero Castaño nunca estuvo allí. Tres periodistas dijeron no haberlo visto en dicho pueblo del que no se movieron hasta el entierro de las 72 víctimas. ¿De dónde sacó los testimonios, el ambiente? ¿De la radio, de la prensa, de los reportes oficiales, de su imaginación?

Sin embargo, en febrero de 2011, cuando El Malpensante le mostró a Semana antes de publicar una nota en la que describía el engaño del que habría sido víctima la revista (junto a SoHo y la Casa América Catalunya) por parte de Castaño, el semanario hizo lo que nadie antes: verificar los datos de la última pieza de Castaño (en ese entonces su corresponsal en Medellín) antes de ser publicada. El reporte sobre una marcha cocalera en Anorí resultó estar lleno de testimonios y escenarios inventados. Comprobaron que Castaño no fue al lugar de los hechos y decidieron colgar la nota y despedirlo discretamente.

El Malpensante dijo por fin lo que iba de boca en boca entre periodistas y que ningún medio había hecho público: “Tenemos fundadas razones para sospechar que esa crónica es falsa, si no por completo al menos en algunas de sus partes… Pero es un tema sobre el cual volveremos pronto. En todo caso, ese fantasma, el de la invención de datos y fuentes, ha perseguido a Castaño desde tiempo atrás y ya le costó una vez la expulsión de un periódico”.

El Malpensante no volvió al caso y después del incidente, El Malpensante mantuvo en internet una “entrevista anónima” hecha a Castaño dos años atrás. ¿Cómo puede ser posible una entrevista anónima?, ¿por qué el entrevistador no da la cara si el entrevistado es tan franco y lúcido?, ¿son la misma persona?. El Malpensante mantiene el contenido en la red con esta introducción: “retrata fielmente un caso ejemplar y sirve como diagnóstico certero de un conjunto de males sintomáticos del periodismo colombiano”.

Cuando Jason Blair del New York Times fue pillado en una mentirilla, el diario tuvo el valor de desandar los pasos de su falso cronista y encontró problemas en 36 de sus artículos: lugares en los que dijo haber estado y no estuvo, testimonios y escenas inventadas, tomó textos de otros periódicos o agencias. El diario se desnudó totalmente en más de siete mil palabras, hizo mea culpa, cayó Blair, cayó el máximo editor del NY Times, Howell Raines, y el periódico también cayó en un desprestigio del que le tomó años recuperarse (son también recordados los casos de James Frey y Stephen Glass).

Pero en Colombia las cosas parecen distintas. Después de salir de Semana, Castaño se vinculó como editor de Metro de El Mundo. En una nota de abril de 2011 argumentó que los grupos criminales patrocinaban las barras de hinchas del fútbol. Javier Restrepo, jefe de redacción del diario, dijo que, conocedor de los malos hábitos de Castaño, antes de la publicación asignaron secretamente al reportero Guillermo Benavides para que rastreara el mismo caso.

Tras una semana, Benavides estaba con las manos vacías. Pero Castaño ya tenía el testimonio de Mauro, un vigía del barrio Popular Dos, de un oficial de la Sijín, de un investigador de la Unidad de Fiscalías, de un funcionario de la Secretaría de Gobierno y hasta de la Policía Metropolitana. Todas sus fuentes preferían el anonimato, pero ratificaban la tesis de Castaño. A pesar de la oposición de Restrepo y Benavides, la editora, Luz María Tobón, dio luz verde a la nota de Castaño que fue publicada sin firma. Pero en adelante, la indisciplina de Castaño como reportero y editor la alertaron.

“Él es un aventurero teórico. Convierte intuición en hipótesis y eso lo quiere convertir en trabajos periodísticos,” dice Tobón, vinculada al diario desde 1991. En adelante colgó varios de sus trabajos. Recuerda particularmente uno sobre el barrio San Benito que ella conocía muy bien. “La historia era ridícula, él no hizo la reportería adecuada. ‘¿Quién te dijo esto?’ le pregunté. ‘El cura párroco’, respondió. Lo que me confirmó la debilidad de la historia”.

En abril Castaño fue despedido sin ruido. “Su paso por El Mundo dejó como herencia un afinamiento en los controles. Él no respetó el manual de estilo ni la disciplina y por eso su contrato no fue renovado”, dice Tobón.

Cinco periodistas que fueron sus supervisores o compañeros en El Colombiano reiteran que tenían problemas con las fuentes de Castaño. Nunca pudieron certificar ciertos testimonios o la localización de algunos escenarios. Uno de ellos, Reinaldo Spitaletta, visitó antes que Castaño “Las Cuevas”, unos antros de drogadicción en Barrio Triste sobre los cuales Castaño escribió un reportaje con el que ganó el premio Casa de las Américas en Cuba. “Yo nunca vi esos personajes ni espacios que describió ni tuve pistas de uno de los asuntos que afirmaba al escribir que allí mataban y sacaban por partes los cuerpos descuartizados. Aparte, yo conocía mucho las calles y nunca encontré las prostitutas que sólo Castaño encontraba. Tal vez él tuvo más suerte.”

El líder comunitario “Papá Giovanni” quien lo guió y escoltó por Las Cuevas para el artículo original del diario, aunque no tuvo interés en leer la versión publicada después en un libro, dice “escuchaba que sus lectores comentaban de un mundo distinto del que yo transité día a día”.

Historias recientes

A pesar de los rumores y del incidente de El Malpensante, Darío Jaramillo Agudelo lo incluyó en la Antología de la crónica latinoamericana actual de Alfaguara que salió publicada en España en febrero de 2012 y en abril en Colombia y en otros países como Estados Unidos. Rige la pregunta de si el compilador verificó los datos de la pieza “La cárcel del amor” incluida en el libro Zoológico Colombia (Norma 2008) o contactó a los editores originales para hacerlo.

En septiembre pasado, SoHo publicó una crónica de Castaño sobre un levantador de pesas colombiano que no pudo competir en los Olímpicos de Munich. Pareciera que hubo “perdón y olvido” a los “pecados” cometidos por el periodista en Semana, la revista madre.

En la Universidad de Antioquia, donde compartí clases con Castaño, nos enseñaron que el periodismo debe basarse en la realidad. Ahora pienso que si un texto contiene un 99 por ciento de hechos y el uno por ciento de ficción, se convierte en ficción. Como dice el veterano periodista nortemericano Bill Kovach, la verificación es el elemento fundamental del periodismo, lo legitima, y lo diferencia de otros géneros como la ficción o el entretenimiento. Así como algunos medios anglosajones como el New Yorker han construido su reputación gracias a su juiciosa disciplina de verificación, algunos medios colombianos parecen pecar de laxos, o ser más flexibles con este tipo de “licencias literarias” que aun así se presentan como textos periodísticos.

¿Por qué si al deportista que se dopa le quitan los títulos y lo suspenden, o si un funcionario público interviene en política lo inhabilitan, a un periodista que miente se le deja tranquilo?

El mundo espera nada más que la verdad de nosotros los periodistas. Salud por los periodistas anónimos y profesionales que cada día se esfuerzan al máximo por acercarse a la verdad.

Los primeros pasos en De La Urbe de los primíparos de la Facultad de Comunicaciones

Profesores ‘primíparos’

En el proceso de ingreso  a la Universidad de Antioquia ha tomado fuerza el uso del término ‘primíparo’ para referirse a los estudiantes del primer semestre que se distinguen por andar en “grupitos” y asombrarse fácilmente por todo. La famosa ‘primiparada’ es algo por lo que pocos pasan y de lo que poco se sabe. Pero ¿cómo es ser docente universitario de ‘primerazo’?, ¿cuáles son sus temores?, ¿incluían ellos en  su plan de vida el ejercicio de la docencia?

Algunos docentes como Jorge Alonso Sierra de la Facultad de Comunicaciones, ejercieron docencia en colegios y universidades, ello les permitía un poco de confianza en sí mismos y de motivación por el reto que les planteaba entrar a una universidad con tanto prestigio. Otros por el contrario, como Marta Chavarriaga Monsalve de la misma Facultad, nunca habían incluido en su plan de vida ejercer la docencia, y el reto era aún más grande por los pocos conocimientos pedagógicos, pero aunque ella tomó el reto, buscó asesorías con amigos acerca del ejercicio de la pedagogía y comprendió que iba a compartir una experiencia y no a dictar una clase, sin embargo, minutos antes de iniciar la clase se preguntaba en qué momento y por qué había aceptado ser docente.

Descubrí que hay docentes que temían no hacerse entender y no promover espacios propicios para el conocimiento porque nunca antes habían dictado cátedras, superaron estas sensaciones, buscaron asesorías, se armaron de herramientas que habían sido usadas por quienes antes dictaban su cátedra y las personalizaron, aprendieron que no les debían asustar las preguntas ‘corchadoras’, no los atemorizan porque ellas pueden propiciar el conocimiento y que eso es precisamente la Universidad de Antioquia, según dice la profesora Marta: “un espacio para la generación de conocimiento. Los nervios nunca dejan de existir y para algunos profesores, enfrentarse a un nuevo público siempre es algo que genera ansiedad y curiosidad”.

Diego Osorno Franco

Comunicaciones

dieguito-of@hotmail.com

Gastronomía costeña en la U de A

La Universidad de Antioquia se caracteriza por manejar la pluralidad de culturas que conforman nuestro país. En esta ocasión vamos a hacer referencia a una región que se caracteriza por su gran versatilidad en la gastronomía, es el caso de la cultura costeña, que tiene presencia en los diversos programas de la universidad.

Pasando el puente peatonal de la salida de Barranquilla encontramos un sitio para los estudiantes costeños que quieren recordar y sentirse como en casa. Es un lugar donde se refugian cuando vienen a estudiar a la universidad y comparten momentos que los transportan a sus ciudades natales.

Este punto se caracteriza por ofrecer comidas típicas de esta región, como:

Arepa de Huevo – $1500

Carimañola – $1000

Patacón con suero – $800

Quidbe – $1500

Jugo de guayaba agria – $1000

Jugo de corozo – $1000

Jugo de tamarindo – $1000

Estudiantes como Yeidis Ávila, de la Facultad de Comunicaciones, opinan que puntos como éste sirven para encontrarse entre amigos y charlar temas académicos, pero sobre todo para sentirse como en casa. Ella cree que en ciudades lejanas como Medellín es importante que existan lugares como éste, porque es un punto de encuentro y articulación de personas de diferentes ciudades de la costa y Colombia en general.

Danny Correa

Periodismo

cd_correa@hotmail.com

Juan Camilo Escobar

Periodismo

juancamiloer12@hotmail.com

Una Universidad que habla

Es por excelencia la universidad, aquel utópico e irreal lugar donde muchos de los que transcurren por los linderos de la educación básica depositan sus sueños y esperanzas de un futuro promisorio, lleno de grandes logros y victorias, algo así como lograr arribar a un puerto lleno de riquezas, con el fin de proveerse con los suficientes recursos para encarar luego ese mar salvaje y abierto, digno de todo respeto, conocido universalmente como vida, la misma que trasciende por obvias razones de lo estrictamente biológico y que en su faceta social nos ofrece caprichosamente un sinnúmero de retos por afrontar. Es por eso que resulta estigmatizante para quienes desean “encallar” en la Universidad de Antioquia, todas y cada una de las cosas que a extramuros se habla acerca de esta, situaciones que sin lugar a ninguna duda son un conciso y detallado resumen de la realidad nacional, en una explosiva mezcla con la rebeldía propia de una juventud que poco a poco se agota de la constante quietud con la que desacelera cada vez mas una sociedad sufrida y agobiante, falta de toda identidad y llamada a la desunión y el individualismo en exceso.

En realidad es curioso todo lo anteriormente enunciado, cuando por un privilegio de la vida quienes logran entrar a ella, se encuentran con la agradable sorpresa de que aquella mole de cemento, independiente de todo lo que por fuera de ella se murmure, habla por sí sola y que en realidad y tan literal como fuese posible aquel metafórico refrán que pregona  la inconcebible capacidad de las  paredes para hablar, se materializa dentro de ella concurriendo ya de entrada a un inacabable universo de corrientes, de pensamiento, de intenciones, que logran dar fe de la pluralidad y diversidad propia de un lugar que para crecimiento propio necesita de estos componentes indispensables y casi vitales.

Invitaciones a la lucha, al socialismo, a la insumisión y emancipación femenina, a recurrir a las páginas de los más grandes literatos, a la paz, al pacifismo, al rechazo de la discriminación racial o simplemente a portar la capucha son algunas de las más frecuentes imágenes que se repiten a lo largo del campus, en busca de persuasión, legimitimización o concientización de todos aquellos quienes portan en su obrar, el futuro a mediano plazo de un país urgido de cambios significativos y estructurales, que permitan que la pluralidad inmersa en este sitio estalle e inunde todos los rincones de Colombia la “multicultural” y no aquella mal dirigida y saqueada por intereses minoritarios y egoístas que afectan de forma directa y descarada la riqueza humana, única en un mundo interesado de forma particular, en autodestruirse.

Por esta razón es  imprescindible preguntarse si sería beneficioso escucharla y tomar en cuenta sus sabios consejos o si resulta más cómodo hablar sin conocerla y destinarla sin ninguna clase de compasión a un paradigma cimentado en la ignorancia y el desconocimiento, donde sobresale un rótulo inmerecido de violencia, vandalismo y destrucción.

Daniel Moreno Montoya

Periodismo

d.medellin1994@gmail.com

Mi experiencia como primípara en la U de A.

Escuchar cosas como: “no le preguntes nada a ningún estudiante, ni siquiera a un portero, porque ellos también te la hacen” antes de entrar por primera vez a la Universidad de Antioquia es algo bastante común, palabras que te invaden de miedo, no peligroso pero si abrumador, palabras que hacen de tu primer día en la Universidad algo más incómodo de lo que podría haber sido si solo se mantuviera la calma y buscado tu destino con tranquilidad.

Mi primer día como universitaria concurrió con bastante normalidad, el hecho de que la mayoría de estudiantes se encontraran de vacaciones y el no tener que encontrarme a mi hermano fue tranquilizante, pero todo iba más allá de pasar entre personas que verían grupos de estudiantes caminando lentamente sin un destino fijo, era primípara en enfrentar mis miedos a una carrera que exige responsabilidad, darme cuenta si podría manejar la situación, además de un miedo personal de no encajar en ningún grupo de personas, de quienes más adelante aspiraría convertir en mis amigos.

“Ana, esta mañana que nos encontramos, un grupo que estaba cerca de mí se comenzó a reír de ustedes porque se notaba que eran primíparos, caminando y mirando para todos lados” Me decía después mi amigo Daniel Areiza, un primíparo más, cuando recorría la Universidad con muchos otros de mis compañeros, pero no me afecto en absoluto pues comprobé que satisfacen su necesidad de burlasen de las “víctimas” que ellos un día fueron.

Ana Maria Góez Jaramillo

Comunicaciones

m-ana00@hotmail.com

Diversidad, el precio de nacer en otra cultura

Cuna de ideales, manifestaciones y logros, como una mancha verde entre una selva de cemento, así, tan sublime y gloriosa, se erige entre la ciudad la Universidad de Antioquia: llena de mitos, sueños e ilusiones. Se muestra ante el mundo como una revolución cultural, caracterizada por la diversidad de sus estudiantes, los cuales entre manifestaciones, voluntarias o no, le dan muestra al mundo de su pluralidad, la cual, hacen dudoso el nombre del Alma Máter.

La de Antioquia, como la mayoría de las universidades públicas colombianas, es un reflejo dela pluralidad manifiesta en el país. La universidad es recorrida diariamente por su gente, personas que entre la espesura de sus pasos persiguen su sueños personales, originarios de lugares desconocidos para unos, poco comunes para otros, pero que sirven de motor para impulsar sus más grandes emociones.

Como todo cambio en la vida, el ingreso a la universidad trae consigo una serie de dudas y temores, los cuales se acrecientan cuando el estudiante nuevo experimenta lo desconocido, lo que es extraño a su diario vivir, a sus costumbres, sus ideales. “Desubicación total” dice Daniela Osorio, quien proviene de Quindío, “En Medellín se tiene la costumbre de que en el colegio se trae a los estudiantes a la universidad, en cambio uno siendo de Armenia, uno no sabe dónde están los salones y los bloques”.

La cultura, tan diversa en Colombia, es otro obstáculo en el camino de adaptación, como nos dice Mayestty Nagles Vergara, quien proviene del Chocó, “es una dificultad muy grande, pues yo vengo de una parte donde el ambiente es mucho más familiar, además es difícil llegar a una ciudad donde te etiquetan solo por ser diferente”. A Mayestty le molesta que las personas le atribuyan adjetivos que le son impropios como “negrita” o “morenita”, pues en su casa le enseñaron a llamar por su nombre.

Pero no todo cambio es malo, pues en muchas ocasiones este lleva a nuevos conocimientos, que conllevan a una experiencia placentera. Yvonne Laudien, estudiante de intercambio proveniente de Alemania, asegura “me he sentido muy cómoda; la gente, la Universidad, la ciudad me han parecido fascinantes; la cultura, tan alegre y amable, ha sido la que más me ha marcado”.

Diversidad es lo que se respira dentro del Alma Máter, y a pesar de las contrariedades que en ella se puedan encontrar, se toma como una oportunidad de abrirte ante el mundo y así, llegar a concebir nuevas costumbres, nuevos ideales y creencias que te ayudan a conocer y entender con mayor criterio el mundo que te rodea, además el ser humano es propenso a moldearse a su entorno y todos terminan acoplándose a la universidad, pero cada quien con su propia personalidad colaborando así a una pluralidad que cada día queda marcada en la imagen de la Universidad de Antioquia.

Juan Pablo López Buitrago

Periodismo

Juanpafantastic@hotmail.com

Los más populares

La plazoleta Barrientos

Es denominada el corazón de la Universidad. Recibió el nombre  luego del asesinato del  estudiante Fernando Barrientos en 1974  en la esquina de la  actual salida peatonal. Luego de su muerte, Barrientos fue traído por toda la plazoleta hasta llegar a la oficina del rector en el bloque 16, después los estudiantes incendiaron la edificación. Se dice que Fernando Barrientos fue asesinado por hacer un trabajo sobre la conciencia política  universitaria. De ahí el  nombre: PLAZOLETA BARRIENTOS.

“El aeropuerto”

No solo es conocido así por el hecho de fumar marihuana,  tirar vicio o mantenerse volando como  nos hacen creer a todos los primiparos. Es un lugar donde el silencio es mágico y la naturaleza atrae con hermosos colores y un  gran ambiente natura. El aeropuerto no es solo un sinónimo de vicio, allí podemos  relajarnos y distraernos en muchos momentos de nuestra vida universitaria.

Se dice que es denominado el “Aeropuerto “ en honor a Gonzalo Arango, quien “en sus tiempos de director de la Biblioteca Central fue  conocido por consumir marihuana allí. La recomendación para él fue que buscara un lugar donde se esparciera el olor. Con sus amigos decidió buscar un lugar donde  relajarse;  fue así  donde comenzaron a buscar sitios al aire libre y surgió el “aeropuerto”.

Deportes

Es   el espacio ideal para  distraerse y  “desestresarse” de los acosos que aparecen en el estudio. Con razón los estudiantes reconocen que  el deporte también hace parte de la educación y además ayuda a la integridad física y mental de la persona. L a zona deportiva de la Universidad  no solo es un espacio  de sudor y esfuerzo  si no de meditación y vida sana. Así opinan sus habituales visitantes.

El Teatro al Aire Libre (TAL)

En el teatro encontramos esa tranquilidad segura y ese  silencio que podemos usar para una concentración muy buena cuando la necesitemos. El TAL es un espacio muy libre y el ambiente se presta para encuentros, es más fácil coordinar este espacio ya que el para el teatro CAMILO TORRES hay que adquirir el permiso por parte de la universidad, en este es solo ir y dar a conocer a los estudiantes de lo que queremos que aprenda, y pues es un lugar donde todo lo que se realiza en este llama la atención de todos.

Yurany Marcela Marín Alzate

Periodismo

yuranymarin@hotmail.com

Consejos básicos para un primiparo

Llegar a la universidad por primera vez puede ser una experiencia traumática, conflictiva, incluso dolorosa. El desconocimiento del ambiente, del funcionamiento administrativo, de las dinámicas propias de la universidad, pueden llevar a que cualquier primiparo despistado pase por más de una situación incómoda, e incluso, ponga en riesgo su estabilidad académica y psicológica.

Aquí, algunos estudiantes de semestres superiores nos dan 10 consejos que consideran importantes para que el comienzo de la vida universitaria sea más amable.

Johana Correa, estudiante de octavo semestre de Sociología:
1. los beneficios que ofrece Bienestar Universitario en cuanto a salud, deporte, orientación psicológica, alimentación, subsidio de transporte, entre otros.

Pablo Rodas y Michel Calle, estudiantes de octavo semestre de Licenciatura en la Educación Especial:
2. saber dónde están ubicados los lugares estratégicos de la Ciudad Universitaria como las fotocopiadoras.

Carlos Hincapie y Luisa Rodríguez, estudiantes de Licenciatura en Ciencias Sociales:
3. Conocer aspectos del reglamento estudiantil, por ejemplo, que hay un periodo de prueba en el que un estudiante puede salir de la Universidad por bajo rendimiento académico.

4. Se puede tener acceso a un trabajo en la universidad a partir del segundo semestre con un promedio de 3.8 y con mínimo de 12 créditos matriculados, y se puede obtener información en una carpeta llamada “convocatorias”, ubicada en el punto de información del bloque 16.

Diana Montoya, estudiante de octavo semestre de Administración de Empresas.
5. Conocer los conductos regulares, como saber a donde o a quien dirigirse cuando se tiene algún problema con profesores o empleados administrativos.

Natalia Leal, estudiante de cuarto semestre de Traducción Inglés-Francés-Español.
6. Tener claridad en trámites administrativos, como certificados de estudio, qué hacer para coger materias de otras dependencias, homologaciones, etc.

Marcela, estudiante de octavo semestre de Historia.
7. No tomar agua durante el “bonche”, arde más. Tomar o echarse leche. Es mejor irse para la casa que esperar a que le abran la cabeza.
8. Acercarse a los grupos de investigación y realizar actividades diferentes a lo académico.

9. Al entregar los libros en la biblioteca, esperar a que el lector de código de barras suene para asegurarse de que el material quede descargado.

10. Hay comidas para todo tipo de gente, variedad de precios y de sabores. Por ejemplo, por la zona de deportes se pueden conseguir frijoles, arroz y tajadas por 2000 pesos.

Estos consejos pueden ser útiles para estudiantes de cualquier semestre, porque incluso terminando una carrera, hay situaciones que se nos pueden salir de las manos.

Daniela Carvajal Moreno

Periodismo

zuridaniela_93@hotmail.com

Jheison Carrillo Ospina

Periodismo

yeyohipi@hotmail.com